España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX

Part 26

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«Es un hecho patente--dice un documento oficial--, traducido además en cifras, que, a la infausta hora en que hubimos de abandonar nuestra soberanía en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, representaba nuestro comercio de exportación a esas posesiones, en los últimos tiempos en que pudo verificarse, de un modo regular, la considerable suma de 241 millones de pesetas, o lo que es igual, el 25 por 100, aproximadamente, de la total exportación de la Península». Y otro: «En el primer quinquenio de 1880 a 1884, exportábamos un total de 62 millones a todos los mercados americanos; en cambio, en 1896 nuestra exportación quedaba reducida a 46 millones... Por ejemplo: En la República Argentina, donde en aquel período nuestra cifra de exportación ascendía a 17 millones, ha bajado a 10. En la República del Uruguay, de 11 millones ha descendido a 6». Es decir, de 62.564.000 pesetas, del año de 1890 al 1898, se ha reducido a unos cuarenta millones y pico. En la Junta del Comercio de Exportación, del ministerio de Estado, demostró la gravedad de tal situación el señor Rodríguez Sampedro, «España, decía, señora al principio del presente siglo de todos aquellos territorios poblados por su raza, con comunidad de idioma, de hábitos y de costumbres, ha perdido casi por entero sus mercados, de tal modo, que hoy se anteponen comúnmente a ella Inglaterra, Alemania, Francia, Austria, Italia y Bélgica, figurando nuestro comercio, al principio del postrer quinquenio, tanto en la importación como en la exportación, el último de todos, y cifrando para la República Argentina el 2,20 por 100 de su comercio, al de exportación; para Méjico el 8 por 100 en la primera y el 11,60 en la segunda; para el Perú, 2,50 por 100 y 0,60, respectivamente; y todavía, con parecer esta situación imposible de empeorar, sigue decreciendo manifiestamente, pues al concluir el quinquenio de 1897, los resultados son 1,40 por 100 para la importación, y 3 por 100 para la exportación respecto a la Argentina, 2 por 100 para la primera y 10,30 para la segunda en Méjico; 0,08 y 0,90, respectivamente, en cuanto al Brasil; y 0,10 y 0,50 en el comercio con el Perú, pudiendo decirse que en muchas partes de los citados países su comercio con España ha desaparecido, mientras el de Inglaterra, promediando los datos de su importación y de su exportación, es más del 33 por 100 del total; de un 20 por 100 el de Alemania; de un 23 el de Francia y así sucesivamente». El Congreso, pues, vendrá si se realiza, a tratar de ver cómo se mejoran las transacciones comerciales entre España y las repúblicas americanas; pero no tendrán poco que modificar en las leyes actuales los legisladores, que quieren que el arreglo se lleve a buen término. ¿Ha sido acaso poco lo que ha trabajado el ministro argentino señor Quesada para la simple cuestión del tasajo y carnes conservadas? El Gobierno español parece que apoyará la labor del Congreso y se harán invitaciones oficiales a los Gobiernos hispanoamericanos. Si los Gobiernos aceptan, es posible que una vez más se cometa el error de elección cuando se trate de los representantes. Al saberse la noticia del Congreso, en cada una de las pequeñas repúblicas de América-Villabravas, que dice Eduardo Pardo, habrá un grupo de compadres intrigantes que quieran venir a ver bailar el fandango, y a conocer a la Reina; y en cuyos labios pugna por salir la gran palabra «Señores»...

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LA MUJER ESPAÑOLA

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Marzo de 1900.

HACE pocos días, el último de Carnaval, hubo en el palacio de una distinguida señora, casada con un millonario y diplomático mejicano, una improvisada y elegantísima reunión de máscaras, que largamente han cantado los habituales cronistas de salón, y entre todos, y sobre todos, mi incansable y ameno amigo el marqués de Valdeiglesias. La particularidad de la fiesta fué que a ella concurrieron aristocráticas y bellas damas de esta corte, con el pintoresco mantón de Manila y otros adornos no menos nacionales. Y el entusiasmo fué inmenso; y hasta hubo quien dijese: _¡ole!_ con la disculpa de los días de locura. Ese entusiasmo fué natural. ¡Es tan difícil en la aristocracia de España encontrar una belleza puramente española! Como en todas las altas clases de la tierra, el britanismo por un lado y el parisienismo por otro han hecho su invasión. No deja de ser lamentable. Una maja de Goya vestida por Chaplin es algo encantador y desconcertante; pero me habrán de confesar que una maja de Goya vestida por Goya es mucho mejor. No es que yo pretenda que estas duquesas de ahora vuelvan al osado peinetón, a mantilla perpetua y a los paseos por las arboledas de San Antonio de la Florida, sino que está a la vista de los amantes de la viva estatuaria humana la desaparición de uno de los más bellos tipos que hayan halagado al arte: el tipo español, cuya línea propia se ha bastardeado y confundido entre curvas francesas y restas anglo-sajonas. La moda, ¡he ahí el enemigo! En esto estoy apoyado por un talento que sobre ser certeramente estético, es una mujer: la señora Pardo-Bazán. Doña Emilia considera como enemigos de la clásica gracia española los vestidos pesados y de corte masculino del país de las misses; los impermeables y abrigos largos, ciertos calzados, y sobre todo, los formidables sombreros de París. La naturaleza procede y enseña lógicamente; ha ordenado los seres y las cosas de la tierra según las latitudes; y sabe por qué los escandinavos son rubios y los abisinios negros; por qué las inglesas tienen cuellos de cisne y las mujeres flamencas preponderantes asideros. A las españolas las dió diversos modelos, según las distintas regiones peninsulares, pero el tipo verdadero, el tipo generalizado por la poesía y por el arte, es el de la morena de maravillosos y grandes ojos oscuros, un tanto _potelée_, ondulada, y casqueada de ricos cabellos negros; ni alta ni baja; todo esto animado por un producto marino y venusino, que en este sentido no tiene nombre correspondiente en ninguna otra lengua: _sal_. Ya en sus tiempos, Gautier afirmaba que para ver la verdadera danza española había que ir a París; hoy en pintura, los que hacen admirar al mundo la gracia femenina de España, son extranjeros, como Sargent y Engelhart, ¿nos conformaremos dentro de poco con buscar en viejas telas y grabados la que fué tan original y graciosa belleza hispánica? La moda ha comenzado a hacer su daño en la educación. Para toda joven de buena familia que se vaya a educar al extranjero, se importa la indispensable institutriz, casi siempre inglesa o tudesca, a veces francesa. La _gouvernante_ empieza su obra de moldeo y la flexibilidad nativa entra en la jaula angular de una disciplina por lo general _very english_. Los trajes, de corte igualmente angular, contribuyen a la reformación del original encanto curvilíneo. Una vez la niña crecida, sus gustos y sus costumbres tenderán a lo extranjero. Hubo una elegancia española: apenas si se recuerda en algún baile de trajes. Porque la moda lo requiere, los opulentos cabellos negros se tiñen de rubio o de rojo; el airosísimo andar de antaño se transforma, los gestos y maneras se aprenden. Se fué primero _chic_, después _vlan_, después _pschut_, después _smarl_, después _swell_. No se leen buenos libros castellanos; ¿pero qué señora no se ruborizaría de no conocer a Ohnet en el original? Se viaja, se veranea, se adora a Worth, a Laferrière, a Doucet. Visten con gran lujo; pero rara vez se llegan a confundir con una parisiense; desdeñando la riqueza propia, no consiguen el tesoro ajeno. Y son encantadoras. Hace algunos años un embajador oriental, al presenciar un desfile de altas damas en Palacio, expresó una frase descontentadiza y poco galante para la nobleza femenina que acompañaba a la Reina. Hoy, en igual caso, proclamaría la hermosura y la gentileza de beldades como doña Sol Stuard, hija de la duquesa de Alba y otras cuyos nombres constelan la crónica social. Hay diversos tipos que se imponen; pues en la Corte se hallan representadas las distintas provincias. Desde luego, la mujer suavemente morena, de un moreno pálido, cara ovalada, cuello columbino, boca sensual y mirada concentradamente ardiente, cuerpo en que se ritman felinas ondulaciones; y la rosada y firme de plasticidades, de cabellos dorados, un tanto gruesa; y la belleza decadente y tradicional, de los retratos en cuyas manos puso Pantoja tan preciadas gemas; rostros con algo de las figuras de los primitivos; de un óvalo marcado, como se ve en la pequeña infanta María Teresa, de Velázquez; y dotadas de un aire que si indica la floración de razas crepusculares, impone su orgullo gentilicio y su antigüedad heráldica. En el pueblo se encuentra conservado mucho del antiguo donaire. La chula ostenta su ritmo natural, sus impagables gestos; y va a los toros y a las fiestas con legítimas prendas que alegran los ojos y marcan el color local tan deseado por los viajeros que buscan arte y novedad. En la Ópera, la sala es igual a todas las salas de capitales modernas; el patrón cosmopolita impuesto por la elegancia francesa vence e iguala. Apenas los rostros, la llama de los ojos, un movimiento atávico, denuncian la sangre maternal, la originalidad patria.

El alemán Hans Parlow recientemente y todos los turistas y observadores que visitan a España, notan que en estos últimos tiempos la sociedad española, el alto mundo madrileño, se divierte poco. No se vaya a creer que las damas vivan en una existencia lúgubre--algo como en las páginas de madame Anloroy--dadas a la soledad y al aislamiento, en contacto tan solamente con frailes y monjas, y en plegarias y rezos, bajo una atmósfera de tiempos de Felipe II. Ciertamente, las grandes familias actuales dan pocas recepciones, raras fiestas; no hay en la Corte un ambiente como el de comienzos de siglo o bajo Isabel II; y la mayor parte de los bailes, banquetes y reuniones, son ofrecidos por el Cuerpo diplomático. Por cierto que se distingue el ministro argentino doctor Quesada en reunir de cuando en cuando en la Legación los más bellos palmitos titulados. Mas la mujer española gusta de divertirse; va a París, va a Londres, o a Italia, y en la temporada del veraneo, convierte en ciudades de alegría y de hechizo San Sebastián y Biarritz. La Corte es un tanto triste porque sobre ella se extiende la sombra de la Reina. Ese viejo palacio, enorme, sombrío y fastuoso que asustó al fino pájaro de Francia que se llama Réjane, es en verdad una vasta basílica de tristeza, que necesita, para no contagiar con su embrujamiento, reinas risueñas como doña Isabel, y reyes barbianes como Alfonso. La Regente, que guarda aún la gravedad conventual de sus funciones religiosas de soltera, cuya vida de casada no fué muy agradable en lo íntimo del hogar, y cuya vida ha sido cercada de tantos cuidados, penalidades y desventuras, no tiene ciertamente motivos para estar vestida de color de rosa. La única que pone una nota jubilosa en la mansión real es la infanta Isabel, la infanta popular, amiga de los artistas, un poco _virago_, aficionada a cazar, a cabalgar, valiente _sportman_, generosa, caritativa, melómana, muy madrileña, y cuyo _sans gene_ le atrae por todas partes, y sobre todo en el pueblo, innegables simpatías. La infanta en sus departamentos de Palacio tiene un teatro en que hace trabajar a los actores que son de su preferencia y amistad: y allí mismo representan comedias, aficionados pertenecientes a la aristocracia. A esas representaciones no asisten más que la Familia Real y la servidumbre de Palacio. En algunas casas suelen señoritas y caballeros hacer piececitas francesas, con toda corrección y propiedad. Algo lejanos están los tiempos en que damas de lo más encumbrado representaban en el palacio de la de Montijo _La bella Helena_ de Blasco.

No existen salones literarios, en el sentido francés del vocablo. Doña Emilia Pardo-Bazán suele invitar a algunas tertulias en que priva el elemento intelectual; y don Juan Valera ha tenido sus sábados en que, fuera de las señoras de su familia y las hijas del duque de Rivas, no han asistido más que hombres. La duquesa de Denia de cuando en cuando invita a su mesa a señalado número de artistas y hombres de letras; lo propio hace el barón del Castillo de Chirel. Pero el barómetro de intelectualidad está marcando sus grados reveladores; el poeta preferido de la aristocracia es Grilo. Hay damas inteligentes y cultas que, como he dicho, viajan y se instruyen; pero son perlas negras o rosas azules las que sobresalen. La duquesa de Alba se interesa en trabajos de erudición e historia y pone a la disposición de los estudiosos el inagotable archivo de su casa; la duquesa de mandas es muy entendida en ciencias; las duquesas de Medinaceli y de Benavente son aficionadas a las letras; la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la Laguna imponen su espiritualidad en los salones. La hija de esta última, Gloria, tiene fama de agregar a la herencia de la gracia materna nuevas pimientas y sales.

La clase media, acomodada o no, sigue los rumbos de la clase alta. Basta la más ligera observación para comprender que se ha adelantado mucho en instrucción primaria, desde la época no muy distante en que una señorita apenas sabía leer y escribir. Me refiero, es claro, a lo común, pues antes y después de don Oliva Sabuco de Nantes y de Santa Teresa, ha habido notadas españolas que hayan competido con los varones en disciplinas mentales. Las preciosas no dejaron a su tiempo de aparecer en las cultilatiniparlas. Quevedo aquí hizo su caricatura como en Francia Molière su _charge_. En este siglo las literatas y poetisas han sido un ejército, a punto de que cierto autor ha publicado un tomo con el catálogo de ellas--¡y no las nombra a todas!--Entre todo el inútil y espeso follaje, los grandes árboles se levantan: la Coronado, la Pardo-Bazán, Concepción Arenal. Estas dos últimas, particularmente, cerebros viriles, honran a su patria. En cuanto a la mayoría innumerable de Corinas cursis y Safos de hojaldre, entran a formar parte de la abominable _sisterhood_ internacional a que tanto ha contribuído la Gran Bretaña con sus miles de _authoresses_. Para ir hacia el palacio de la mantenida Eva futura, las falta a éstas cambiar el pegaso por la bicicleta.

El señor Sanz y Escartín, catalán, en una notable obra que ha agregado Alcán en París a su biblioteca filosófica, dice que antes que las leyes son los sentimientos y las ideas, los que están llamados a reformar las costumbres actuales españolas, que tantos males han causado; y que lo primero es educar a la mujer. Esto me hace pensar en idéntica idea que la de madame Necker de Saussure, y su comparación de la voz femenina en los coros cantantes. No admite discusión la eficacia del procedimiento, y venimos a parar que en este punto hay algo de aquello «en que consiste la superioridad de los anglo-sajones». No se trata de implantar en España el cultivo del «tercer sexo»; ni el espíritu nativo, ni la tradición lo permitirían; pero sí de abrir a la mujer fuentes de trabajo, que la libertasen de la miseria y de los padecimientos actuales. Puede asegurarse que en raros países del mundo se presenta el espantoso dato estadístico siguiente: en España, 6.700.000 mujeres carecen de toda ocupación, y 51.000 se dedican a la mendicidad. Fuera de las fábricas de tabacos, costuras y modas y el servicio doméstico, en que tan míseros sueldos se ganan, la mujer española no halla otro refugio. El señor Alba, en un notabilísimo estudio que muchas veces he citado, asegura que conoce algunos casos en que grandes industriales y almacenistas de tejidos o de novedades, no han vacilado en dar a sus hijas un puesto en el negociado de correspondencia, en el de contabilidad y en la alta dirección de la sección de confecciones para señoras y niños. Estas _empleadas_, dice, tienen un sueldo asignado en la casa, con arreglo al cual visten, gastan en diversiones y caprichos y hasta abonan al fondo de familia una cantidad por su manutención. Acostumbradas así a vivir por cuenta propia, no se parecen en nada al resto de nuestras pobres mujeres, siempre dependientes de la tacañería o la prodigalidad ajenas. Sobre todo, en la vida íntima de las familias a que aludo, no existen las preocupaciones que crea el temor al porvenir y, por ello, el afán de un necesario casamiento de las hembras. Es este un buen ejemplo que ojalá se propagase en la burguesía de este país, aunque ello choque un poco con las costumbres arraigadas y sea bastante yanqui. Eso quitaría la obsesión del novio rico en unas y en otras la de «un príncipe italiano por lo menos», de que habla Campoamor. La ociosidad y la miseria, en la clase media y en la baja, son un admirable combustible para la prostitución. En París ya en 1847 había tres mil profesores de música, mujeres, profesoras de idiomas y aun de historia. La Soborna había establecido un curso femenino, con grados y diplomas. Hoy, ¿hasta dónde no se ha llegado? En cuanto a los Estados Unidos, desde 1870 a la fecha, las arquitectas han subido de 1 a 53; las pintoras y escultoras de 412 a 15.340; las escritoras, de 159 a 3.174; las dentistas, de 24 a 417; las ingenieras, de 0 a 201; las periodistas, de 35 a 1.536; las músicas, de 5.753 a 47.300; las empleadas públicas, de 414 a 6.712; las médicas y cirujanas, de 527 a 6.882; las _contables_, de 0 a 43.071; las copistas--a mano y máquina--y secretarias, de 8.016 a 92.834; las taquígrafas y tipógrafas, de 7 a 58.633. Y esto sin contar las actrices, que de 692 han llegado a 2.862; las _clergy-ladies_, de 67 a 1.522, y las directoras de teatro, de 100 a 943. Aquí, con la escasez de trabajo y con las preocupaciones existentes, ¿qué hace una joven que no tiene fortuna? Además de los trabajos que he señalado, no la queda otro recurso que los coros del teatro, que ya se sabe para dónde van; los puestos de horchateras y camareras de café, limitados y peligrosos para la galería, pues para ejercerlos hay que ser guapa; y el baile nacional, para el país, o para la exportación. Y las Oteros son escasísimas. De aquí que un francés, en viendo a una española, sólo piense en el _petit air de guitare, ollé_. ¡Las que quieren ser honradas y trabajar, encuentran costura, por ejemplo, se destrozan los pulmones, y por todo el día de labor sacan una pobre peseta! Hay quienes lo soportan todo y, o se echan un novio también pobre, y se van a vivir una vida de privaciones, o mueren sacrificando vida y belleza. En la galantería tampoco pueden encontrar un paraíso... La vida galante es aquí poco productiva, para las tristes máquinas del amor. La _cocotte_ no se encuentra aquí como en París o Londres. La mayoría de infelices caídas va a parar a horribles establecimientos. Como la gracia y la belleza abundan en el pueblo, es esta una de las capitales en que el amor fácil tiene mayor número de lamentables víctimas. Aun cruzan por las callejas tortuosas las viejas dueñas. Y la mujer española, entre las mil y tres, es la preferida de don Juan.

CERTÁMENES Y EXPOSICIONES

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7 de abril de 1900.

EN estos días cuatro exposiciones: la del Salón Amaré, la de carteles de _El Liberal_, la del concurso del _Blanco y Negro_ y la de fotografías de _La Ilustración Española y Americana_. Antes de que la Casa Amaré inaugurase su salón, la capital de España no contaba con un local en que se expusiesen, con fines comerciales, las obras de los buenos artistas. En uno que otro punto solía verse, en promiscuidad inaudita, la obra de firmas notables y la amontonada bazofia oleosa que riega en incontenido flujo un ejército de cocineros del caballete. Barcelona tenía su Salón Parés, en donde suele encontrarse bastante bueno. Madrid ofrece ya al comprador un centro aceptable; los señores Amaré han querido hacer algo como Le Barc Bouteville o Durand-Ruel, y por ello deben estarles agradecidos los artistas peninsulares. He visitado la casa.--Antes del salón en que se exhiben los cuadros, he visto la sección de muebles. No he encontrado nada de particular. Inglaterra, Alemania, Francia han tenido en estos últimos años un gran desarrollo en sus artes aplicadas a la industria. Holgaría aquí toda comparación con esos países.--Pero, aún Italia, cuenta con artistas que en la fabricación del mueble sostienen un carácter propio, exteriorizan una inventiva individual dentro de la tradición nacional: quiero nombrar, por ejemplo, a Bugatti y a Eugenio Quarti. En la Casa Amaré no hay una sola nota nueva a este respecto.--Todo es _bonito_; y es decir esto, que el público queda encantado. Todo bien elaborado; más inútil buscar nada de creación. Vi en los diarios que cierto inglés había comprado en una regular cantidad un juego de dormitorio, para llevarlo a Londres. Me mostraron el célebre juego--más o menos _modern style!_--Y pensé: el caso es muy inglés: ¡Este sí que importa naranjas al Paraguay!

La sala es pequeña, suficiente para el mercado; tiene muy buena luz y está elegantemente puesta. Háse inaugurado con excelentes firmas. Al entrar, halaga la vista un cuadrito de Cecilio Plá, _La araña_: una mujer, por cierto encantadora de coquetería, sentada, y en actitud de atraer la mosca masculina; la figura es preciosa y de mucha gracia de factura; podría achacársele el ser muy «efecto de salón», muy «cubierta de _Figaro illustré_»; ¿pero qué le puede importar eso al señor Plá, cuya principal admiradora es en la Corte la infanta doña Isabel?...

El señor Alcalá Galiano, creo que pariente de don Juan Valera, e ilustrador de una reciente edición de _Juanita la larga_, expone una pequeña tela, castigo de las pupilas, de una violencia de tintes que no superarían todos los cromos del poeta andaluz Salvador Rueda. Son unos gitanos en viaje, bajo el más fuerte de los soles; quizá sea el cuadro espejo de la realidad; mas suponiendo que los gitanos se vistiesen con el alma de las cochinillas, el jugo de las esmeraldas y el espíritu esencial de los ocres, no llegarían jamás, me parece, a la realización de esta escena bañada de una luz indecorosa y embijada de colores insultantes.

Cuatro Benlliures exponen: don Blas, don José, don Juan Antonio y don Mariano. Me parecen todos de condiciones plausibles, pero me detengo en un cuadro de don Blas. Reproduce un interior de iglesia, el de la Basílica de San Francisco de Asís. El pintor ha logrado, ante todo, imponer la serenidad mística del recinto; ha tratado los planos de admirable manera, y ha obtenido la sensación del ambiente. Se revela al propio tiempo que entendido detallista, hábil imaginador de sus tubos, en su justo y discreto colorido, y esto es ya bastante en un medio artístico en que el virtuosismo impera en toda su potencia. Digno de nota es también el trabajo de don José, _Pobres de San Francisco_. Este mismo artista se distinguió en la última exposición de Bellas Artes de Venecia, con su cuadro _San Francesco al convento di S. Chiara_.

Se ve que los Benlliure hallan en el autor de las _Fioretti_ temas e inspiraciones.

¡Que él les favorezca con la constancia y la revelación continua del maravilloso _frate Sole_!

Don Aureliano de Beruetes el autor del notable libro sobre Velázquez, que se publicó en francés con prólogo de Bonnat, y cuya edición española es probable que no se vea nunca, tiene en esta exposición una tela interesante, una impresión sentida y bien trasladada, en las orillas del Tajo. El señor Berruete es un paisajista de mérito y no es la menor de sus cualidades una sobriedad muy rara entre sus colegas.