España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 24
Una novela americana acaba de publicarse en Madrid, de la cual quiero hablar a los lectores de _La Nación_. _Todo un pueblo._ Su autor es Miguel Eduardo Pardo, venezolano, residente en París, y que ha vivido por algún tiempo en esta Corte. El libro es una obra de bien y de valor. Alguien ha dicho que en vez de llamarse _Todo un pueblo_, debería ser _todo un continente_. En efecto, con la excepción de los dos pueblos cuerdos que van a la cabeza de la América española, el resto puede reclamar como retrato propio el libro de Pardo. Se trata del famoso _South America_, un _South America_ que se extiende hasta la frontera de los Estados Unidos. Yo no sé si su autor ha querido ponernos a la vista su Venezuela; pero por más de un retrato hecho a lo vivo, se sacaría por consecuencia que sí. Mas lo que pasa en las doscientas y tantas páginas del libro puede tener por escenario más de un país americano que conozco. Es la lucha del espíritu de civilización con un estado moral casi primitivo que permite el entronizamiento del caudillaje en política, del fanatismo en religión, y en lo social de una vida, o retardada en la que confina con la choza de antes, o advenediza hasta producir ese fruto de exportación único y de legítima procedencia hispanoamericana: _el rastaquouere_. En este libro de literato hay el pensamiento de un sociólogo. La tragedia que anima la narración tiene por escenario un pedazo de esas Américas cálidas, con sus ciudades semicivilizadas y sus campañas pletóricas de vida, sembradas de bosques en que impera la más bravía naturaleza y en donde se refugia el alma del indio, el alma libre del indio de antaño, afligida de la opresión y decaimiento de los restos de tribus del indio de ahora. Y es la preponderancia de los descendientes de los conquistadores, de los mestizos enriquecidos; el producto de la raza de los aventureros y hombres de presa que llegaron de España y la raza indígena, que dió por resultado «una sociedad sin génesis bien esclarecido», que tuvo como las sociedades europeas su aristocracia, su clase media y su plebe. La primera, más anémica y por ende menos copiosa que la abundante clase media, engendró seres degenerados y enclenques los cuales seres, creyendo a pie juntillas en su alcurniada descendencia, se proclamaron de la noche a la mañana raíces, ramas, flores y capullos de aquellos árboles egregios que fueron orgullo genealógico del pueblo que por casualidad hizo nido en las montañas de la egregia Villabrava. Villabrava, como he dicho, puede estar en la república americana que el lector guste. En política es esa interminable serie de revueltas, motines, asesinatos, pandillajes, asonadas, pronunciamientos; los feroces coronelotes zambos y los crueles generalotes indios; el aventurero que logra en países semejantes altos puestos públicos, a fuerza de habilidad y audacia; los oradores de oratoria rural, los diputados fantoches y guapetones, ¡y _La Patria! ¡La Libertad! ¡El 93! ¡Los derechos del hombre!_ la Prensa grotesca, adulona o de presa; los distinguidos personajes que rodean a su excelencia; la policía de verdugos; los vicios desbragados al son de las bandas palaciegas... ¡oh!, es eso de un pintoresco de opereta que mezcla lo terrible con lo bufo. Pues bien, de eso hay mucho en el decorado de la obra de Pardo; y en el fondo el problema de la regeneración, o mejor, de la verdadera civilización de esas comarcas. Claro es que en la fábula debía haber su llama de amor, y la hay; es la lámpara que arde en su pureza entre las agitaciones del cómico y sangriento carnaval. Pardo es escritor de prosa violenta, algo desenfadada, pero se ve que ama el arte por los lujos verbales que ostenta el caballo en que un duque puede entrar en la iglesia, lleva herraduras de plata. Sobre las rocas de su tierra deja un reguero de bellas chispas.
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LA CRÍTICA
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Madrid, 1899.
HACE algún tiempo decía Leopoldo Alas: «En literatura estamos muy mal. Muchos no lo notan siquiera, o porque su grosera naturaleza no da importancia a lo espiritual, no siendo de interés egoísta, o por falta de gusto y de inteligencia; otros sí lo notan... pero quieren _ganar amigos_, no perderlos, y hacen como si creyeran que todo va perfectamente. Censuras generales, anodinas, que no ponen el dedo en la llaga ni comprometen, eso sí; todo lo que se quiera. Pero censura directa, concreta, _personal_, con motivo de este autor, de esta obra ¡oh! nadie se atreve. Hablo de la censura bien intencionada, imparcial, desapasionada, por amor al arte. No llamo censura a los gritos del rencor, de la enemistad, de la burla baladí, que todo lo mancha y pisotea por dar que reir a los malvados, a los imbéciles y a los envidiosos. Ruindades y cascabeles de bufón inmoral, casi inconsciente en sus injusticias de Momo, no faltan. Alardes de procaz insulto, de falta de respeto a ideas y legítimas autoridades, abundan; pero eso ¿qué tiene que ver con la crítica honrada, concienzuda, edificante?»
El señor Alas se refiere, como veis, a la crítica que censura; yo encuentro iguales o más lamentables tachas en la crítica que quisiera tender a sociológica; en la crítica que admira. Pero ante todo, ¿existe la crítica española? Un amigo escritor me contestaba:
«Crítica, no hay; hay críticos.» Desde mi llegada he buscado en libros y periódicos alguna manifestación nueva. Los pocos reconocidos como maestros callan, o porque los órganos principales no solicitan sus opiniones o porque el desencanto les ha poseído. Valera prefiere volver a la novela; Balart hacer versos de cuando en cuando; _Clarín_, el más militante de todos, escribe paliques en vez de ensayos, porque los paliques se los entienden. En las publicaciones de cierta autoridad, revistas e ilustraciones, ejercen unos cuantos veteranos anónimos, cuyas palabras no encuentran el más débil eco; extraen sus pensares de antiguas alacenas, los exponen a propósito de cualquier tópico y los vuelven a guardar. Los hay que tienen cierto nombre como eruditos en materias especiales; pero a uno de éstos he visto juzgar en la revista más seria de España, y en cuatro líneas, como obra mediana y de autor _que promete_, el magistral _Del Plata al Niágara_--de Groussac--, y deleitarse en el espacio de dos o tres páginas con cualquier producto nacional, que entre nosotros apenas lograría ser mencionado en la sección bibliográfica de un diario.
Ciertamente, de Larra a estos tiempos, la crítica en España ha tendido a salir de la estrechez formalista y utilitaria. Quedan rezagos de la época hermosillesca y dómines tendenciosos, a quienes mataría una ráfaga de aire libre. Las pocas figuras sobresalientes en la mediocridad común han conseguido hacer entrar alguna luz tras muchos esfuerzos; pero esos rayos quedan aislados. La crítica tiene que encogerse, tiene que rebajarse para ser aceptada. No se demuestra la voluntad de pensar, en ninguna clase de muntales especulaciones. Y Luis Taboada dice una corrosiva verdad--que me permito creer de terrible intención--cuando afirma que en España entre «el señor de Ibsen» y él, él. Así os explicaréis que _Clarín_ siga en una incontenible exuberancia de paliques, y que ese grotesco y distinguido gramático de Valbuena tenga lectores.
Hay que advertiros que en revistas y diarios, apartando los nombres célebres que conocéis, todo escritor, malo o bueno, es crítico. La tendencia que entre nosotros se acentúa, y que en todo país culto es hoy ley del especialismo, es aquí nula. Todo el mundo puede tratar de cualquier cosa con un valor afligente. ¿Hay que dar cuenta de una exposición artística, que juzgar a un poeta o a un músico, o a un novelista?--El director de la publicación confiará la tarea al primero de los _reporters_ que encuentre. Aquí no hay más especialistas que los revisteros de toros; los cuales revisteros también hacen crítica teatral, o lo que gustéis, con la mayor tranquilidad propia del público.
Pero hay autoridades notorias. Ante todo Menéndez Pelayo, cuyas preocupaciones de ortodoxia no han impedido que sea el más amplio al mismo tiempo que el más sólido criterio de la literatura española en este siglo. Es una vasta conciencia, unida a un tesón incomparable. Hace algunos años he tenido ocasión de tratarle íntimamente, cuando vivía en su departamento del hotel de Las Cuatro Naciones. Hacía vida mundana, no faltaba a las reuniones de sociedad; tenía su cátedra; y sin embargo, le sobraba tiempo para escribir en varias revistas, informarse de los libros en cuatro o cinco idiomas, que llegaban del extranjero, y proseguir en su labor propia, en la producción de tanta obra saturada de doctrina, maciza de documentación, imponente de saber y de fuerza. Es el enorme trabajador de los _Heterodoxos_ y de las _Ideas estéticas_. Creo que abandonó su antiguo proyecto de escribir una Historia de la literatura española. Su labor realizada vale verdaderos tesoros, que son desde luego más estimados en su justo valer en el extranjero que en España; fuera se pesan su ciencia y su conciencia; aquí se admira su fetiche, y se le coloca entre varias beneméritas momias.
Entregado a estudios universales, a labores de dificilísima erudición, la crítica de Menéndez Pelayo no se aplica a la producción actual, como no sea a trabajos que tengan relación con sus señaladas disciplinas. Encerrado en la Biblioteca Nacional, cuyo director es, continúa en sus tareas benedictinas, lejos de las agitaciones cuotidianas y en relación tan sólo con los eruditos y sabios de otros países.
Don Juan Valera, en sus últimos años, ha vuelto a la novela. No se lee más aquella sabrosa crítica suya en que las ideas expresadas no tenían tanto valor como la manera de expresarlas. No es esto decir que el famoso trabajo sobre el Romanticismo en España, o sobre el _Quijote_, carezca de vigor ideológico; pero su manera, que desenvuelve tan gratamente las más sutilísimas complicaciones, ha sido el principal distintivo de su excepcional talento. Su cultura es mucha, y posee esa cosa hoy muy poco española en el terreno de la crítica: distinción. Lo cual no obsta a que a través de la trama de sus discursos aparezca cierta fina malignidad, un buen humor picaresco, que suele dar a los más calurosos elogios una faz de burla. Y esto es de tal modo, que los enconados o los envidiosos suelen ver aún en los más sinceros aplausos de don Juan, un sentido oculto y desventajoso para los que él cree dignos de su alabanza.
Lo cierto es que tiene singular habilidad para manejar contradicciones y recrearse recreando con paradojas. Teje alrededor de una idea complicadas redes, traza ingeniosos laberintos en donde él camina con toda holgura y sin peligro, mientras sus lectores poco avisados caen en la trampa o juzgan salir del enredo cuando más en él se internan. Y no obstante, yo creo en la lealtad de sus opiniones. A este respecto le encuentro mucho de semejante con Anatole France.
Leopoldo Alas, o sea _Clarín_, ha sufrido la imposición de un público poco afecto a producciones que exijan la menor elevación intelectual. _Clarín_ ha demostrado ser un literato de alto valer, un pensador y un escritor culto, en libros y ensayos que fuera de su país han encontrado aprecio y justicia; mientras los lectores españoles no han podido sino gustar sus cualidades de satírico, obligándole así a una inacabable serie de charlas más o menos graciosas, en que, para no caer en ridículo, tiene que desperdiciar su talento ocupándose generalmente de autores cursis, de prosistas hueros y poetas «hebenes». Taboada en el Parnaso. Y ese es el autor de páginas magistrales como sus antiguas _Lecturas_, o su ensayo sobre _Baudelaire_, o el de _Daudet_ y tantos otros. En América se tiene por esto una idea falsa de Leopoldo Alas. Este es un hombre serio: desde hace mucho tiempo doctor en derecho y profesor de Oviedo, y entregado siempre a lecturas graves y poco risueñas. Mas tiene que reir y hacer reir a tontos y a malignos, so pena de no colocar sus estudios de médula y enseñanza: pues como lo acaba de decir un diario--_El Liberal_--, el «_Madrid Cómico_ va en camino de ser el primer periódico literario de España». Claro está que el señor Alas escribe esos artículos con una precipitación febril que se ve claramente en cada uno de ellos, y así se explica que algunas dos veces haya confundido en el _Madrid Cómico_ a Richepin con... Montepín, y haya hecho la célebre comparación entre Flaubert, Eberts y Anatole France, con el Valera de _Morsamor_. _Clarín_, pues, actualmente, no escribe crítica, como no sea para el extranjero. ¡Aquí, lo que pagan bien son paliques: pues paliques!
El señor Balart también hace mucho tiempo que no critica. Este escritor, cuya fama de poeta ha oscurecido su renombre de crítico, ha sido comparado con Lemaître y France a título de impresionismo. En mi entender, no ha habido en el señor Balart más que una nueva faz del eterno pedagogo autoritario, que se conmueve reglamentariamente y falla en última instancia sobre todas las estéticas; y así como su censura es estrecha, su elogio es desmesurado. Se le ve en ocasiones pasar impasible ante una manifestación artística, ante una idea llena de novedad y de belleza, y cantar los más sonoros himnos a la mediocridad apadrinada, o a lo que por algún lado halaga sus tendencias personales, sus propios modos de ver. Se celebran sus críticas de arte, y jamás ha demostrado en tales asuntos sino la más completa chatura, la «flatitud» de un criterio áptero, impermeable a toda onda de arte puro. Viene de los antípodas de un Ruskin. Yo no me explico la conquista de su autoridad a este respecto sino por la falta de competencias y por la inconmovilidad con que la mayoría se deja imponer toda suerte de pontificados. La misma minoría intelectual no protesta sino en voz baja, y, sin fuerzas tampoco para poder imponerse, deja que la corriente siga.
Como crítico de arte sobresale Jacinto Octavio Picón, el novelista cuyo último libro sobre Velázquez ha tenido muy buena acogida en España y fuera de España. Su crítica teatral ha tenido también una época de boga. A este respecto se distingue entre todos sus colegas, el crítico de _El Español_, señor Canals. Al menos es quien trata con más certidumbre y más entusiasmo las obras de que le toca dar cuenta en su tarea periodística.
Podría señalar algunos otros nombres como el del señor González Serrano--después de recordar la pérdida que sufrió el pensamiento español con la muerte del catalán Ixart--, pero sería la revista harto larga. En la juventud surge hoy una que otra esperanza, y no es poco lo que ha de dar en un cercano porvenir cerebro tan bien nutrido y generoso como el del autor de _Alma Contemporánea_, Llanas Aguilaniedo, cuyos comienzos han entusiasmado al mismo descontentadizo _Clarín_. Llanas es un estudioso y un reflexivo. Comprendo lo grave que encierra el trabajo de pensar y de juzgar. Hay una luz individual que él ha descubierto dentro de su propio espíritu, y siguiendo el consejo de Emerson, la persigue. En lo moral, en lo intelectual, cultiva la buena virtud de la higiene. Llega a una época en que, si sabe dirigir su propia voluntad, hará mucho bien a la nueva generación de su país. No es su libro primigenio, sino la apertura de una larga vía. En esas páginas hay mucho justo y original y no poco reflejo e injusto. Pero el esfuerzo supera a todo lo que sus compañeros han producido. Antes que él está Martínez Ruiz, curioso y aislado en el grupo de la juventud española que piensa. De él he de tratar en otra ocasión, como del vasco nietzschista Ramiro de Maeztu, que está llamando la atención de los que observan, por su fuerza y su singularidad.
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LA JOVEN ARISTOCRACIA
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CUANDO el rey de España recibe a los nuevos grandes que deben cubrirse delante de él, es costumbre que cada cual diga unas cuantas frases en que, después de recordar la gloria de sus antepasados y el timbre de sus blasones, ofrezca al monarca sus servicios y protestas de lealtad. Sorprendió hace algún tiempo el discurso de cierto joven grande de España, que más o menos, dijo a la reina estos conceptos: «Señora, mis abuelos fueron mis abuelos y su gloria es de ellos; yo soy ingeniero y mi título y mi trabajo es lo único que puedo poner a los pies de vuestra majestad». Lo llamativo y simpático de la nota, despertaba en la generalidad este pensar: «¡Hay, pues, nobles que trabajan!» La sorpresa era justa. Es un hecho reconocido que en nuestras sociedades modernas, según la frase reciente de M. de Montmorand, _ce qui caractérise le noble, c'est son oisiveté, son inaptitude au travail_.
En todas partes, y por su propia culpa, la nobleza ha perdido terreno.
Las necesidades de la vida actual, el desarrollo del comercio, las ambiciones de la gran burguesía, han trastornado un tanto los armoriales: y el día en que un Rothschild ha sido ennoblecido a causa de su dinero, el espíritu de Dozier flotó sobre las salazones de Chicago. Desacreditada y todo, la nobleza impone sus pergaminos. Las señoritas adineradas de los Estados Unidos, y por no quedarnos atrás, algunas de la América del Sur, pagan a buen precio el derecho de poder ostentar una corona marcada en su ropa blanca, o pintada en la portezuela del carruaje. En nuestras democracias, la presencia de un noble siempre es decorativa en la vida social. Huelen esos caballeros, mal educados, ignorantes, obtusos, pero casi siempre ¡visten tan bien! A América suelen llegar _gentlemen_ y _escrocs_; nobles verdaderos y nobles falsos. Algunos han ido a parar a la penitenciaría de Buenos Aires.
La nobleza francesa, que en estos últimos tiempos ha dado tan poco edificantes espectáculos, diríase que constituye el más claro tipo de decadencia. Su incapacidad es tan solamente igualada por su ligereza; y si en algo puede confiar la estabilidad de la república, es en la ineptitud intelectual y flaqueza moral que se revela en ese plantío de gardenias y claveles. Con gran justicia un escritor de criterio certero, Paul Duplan, dice, en un estudio reciente: «Cuando se estudia la historia de nuestro país de cien años acá, queda uno estupefacto de la increíble incoherencia sociológica y política de los nobles. Hacen constantemente lo contrario de lo que se podría prever; están siempre a caballo cuando se debería estar a pie; parlanchines y ruidosos cuando deberían estar silenciosos y prudentes; pierden en la vida pública el tacto que conservan en sus salones; empujan la república a la izquierda con la intención de atraerla a la derecha; demasiado católicos al fin del siglo XIX después de haber sido volterianos al fin del siglo XVIII, pierden el contacto con la democracia y se obstinan en confiar sus hijos a los religiosos, cuando debían hacerlos educar en nuestros colegios; caen en el snobismo inglés, cuando debían hacer prevalecer la elegancia francesa; chismosos y maldicientes; descontentos y vejados bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo Napoleón III, bajo la tercera república; vuelven la espalda a la ciencia contemporánea que no es clerical y quieren que lo sea; se hacen ridículamente zurrar el 16 de mayo; se meten en «la Baulange»; exageran el antisemitismo después de haber adoptado a los grandes judíos, aceptado sus regalos y frecuentado sus castillos, sus yates y sus cacerías. En fin, gentes en su mayor parte _surannés_ y _vieux jeu_, aun en el dominio de sus placeres. Han quedado como cazadores diligentes, y ¿qué ardor les devora? Por ejemplo, la caza a la carrera como en las épocas prehistóricas: cansar, en nuestras pequeñas florestas, a un desgraciado animal, casi amansado, que a menudo no quiere correr; entregarle a la ferocidad de los perros y gozar con ese terror y con esa muerte. ¿Y el estúpido tiro de pichón? ¡Qué singular _élite_, la de esta nobleza ociosa e ingenua, que no tiene otra carrera que el matrimonio de dinero!»
La nobleza española no ha llegado a este último estado, hay que confesarlo. (¿Es por falta de cotización?) Pero nada señala que la patria española pueda esperar algo de sus grandes o de su aristocracia. A pesar de que buena parte de las principales familias educan a los hijos en pensiones inglesas, es difícil encontrar aquí el _gentleman-farmer_ blasonado. Los propietarios de tierras de labranza, o los ganaderos, o arriendan o dejan los trabajos al cuidado de administradores, que poco interés han de tomarse, como no sea el propio provecho. El propietario cobra sus rentas, sin que se le ocurra pensar en introducir mejoras, o aplicar la experiencia de otros países, en procedimientos o maquinaria.
Algunos se dedican a la política; raros, rarísimos, como Valdeiglesias, al periodismo. Señalados son los que en las letras tienen nombre, o se consagran a estudios especiales. En cuanto a los grandes nombres científicos, ni Cajal, ni Federico Rubio, ni Builla, ni Posada, ni Pedro Dorado, ni Augusto Linares, pertenecen a la nobleza... En el teatro, durante el tiempo que llevo en Madrid, dos títulos han presentado al público sendos arreglos del francés. En cambio, hay un actor grande de España, y varios emparentados con linajudas casas. Ahora bien, con la última estadística a la vista, he contado 41 duques, 358 marqueses, 203 condes, 30 vizcondes y 49 barones.
De antiguo he sabido la poca afición al trabajo de la nobleza española, a causa sobre todo de las preeminencias de la hidalguía y de los mayorazgos.
Familias llenas de oro y acostumbradas al regalo, mal podían pensar en otra cosa que en los privilegios de su grandeza. En tiempos de Felipe II, el duque del infantado tenía 90.000 ducados de renta; el de Medina de Río Seco, 130.000; el de Osuna, 130.000; dependían de ellos más de 30.000 familias feudatarias. Los duques de Alba, de Nájera, y de Zúñiga poseían tierras que daban 80.000, 60.000 y 70.000 ducados de renta, en Castilla la Vieja; el de Medinaceli, en Toledo, 150.000; en Granada, Extremadura y Jaén, los duques de Medina Sidonia, de Arcos y de Feria, 150.000, 70.000 y 60.000. En Cataluña y Valencia los duques de Gandía y Córdoba, 80.000 ducados de renta cada uno. (_Ms. de Denys Geoffroy. V. Weiss_).
Algunas de estas familias todavía conservan mucho de sus pasadas riquezas. Otras, como la de los Osuna, han tenido que caer bajo el martillo del rematador.
La juventud aristocrática, como he dicho, se educa generalmente en el extranjero: Inglaterra y Bélgica son los países preferidos.
La educación es esencialmente religiosa. Siempre, en las altas familias está la influencia del sacerdote.
Si el joven sigue una carrera, una vez obtenido el título se dedica a vivir de sus rentas; se case o no se case, en Madrid y en el extranjero, la vida social y el _sport_ le absorberán todo su tiempo. La moda inglesa, el britanismo, se apodera de algunos; otros tienden a la vida chulesca. Son amigos de los toreros, y, los días de corrida, van a la plaza con indumentaria que pregona sus aficiones, en lujosas calesas tiradas por mulas llenas de cascabeles, o en sus espléndidos carruajes. Hoy que medra el café-concert, hay quienes se aficionan a las _divettes_. Por lo que toca a la vida íntima, a la familia, naturalmente, diré que no la conozco. Se me dice, no obstante, que el padre Coloma exagera un poco sus _Pequeñeces_.
Las antiguas virtudes esencialmente españolas, parece que también han desaparecido. Dejo la palabra a don Santiago Alba.
«Por de pronto, ya hemos revelado y hemos aprendido que sin una educación positiva no conservan los pueblos algo de que nosotros hubimos de creernos depositarios, a través de los siglos de los siglos, simplemente por el mágico efluvio de nuestras glorias legendarias: el valor y el patriotismo. Mientras que aquí la aristocracia de la sangre y la del dinero--con ligeras y honrosísimas excepciones--seguíase divirtiendo en plena guerra «a fin de evitar perjuicios al comercio y a la industria», allá, en el pueblo de los «mercachifles», todo un batallón de millonarios pedía puesto en la guerra y recibía en la vanguardia el saludo de los fusiles españoles».