España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 23
AL escribir mis primeras impresiones de España, a mi llegada a Barcelona, hice notar que una de las particularidades de la ciudad condal era la luminosa alegría de sus calles, enfloradas en una primavera de _affiches_. Así como en Buenos Aires se está aún con el biberón a este respecto, en España no se ha salido de la infancia. León Deschamps afirma que ello es en el arte en general y más especialmente en el arte decorativo. El francés exagera. Le bastaría haber puesto los ojos en un estudio recientemente publicado en la _Revue Encyclopédique_ por Mélida, para convencerse de lo contrario. Si algo hay que en este general marasmo sostenga el espíritu antiguo de la gloriosa nación, es el arte. Las exposiciones--aunque la última haya dejado que desear--se suceden copiosas, sustentadas por el Círculo de Bellas Artes en Madrid y por el Concejo municipal en Barcelona. Las pequeñas revistas ilustradas hacen lo que pueden por desarrollar el gusto público. La arquitectura busca, en modelos nuevos, amplitud y gracia. El arte decorativo alcanza notable vuelo en Cataluña. La decoración teatral, cuyos Rubé y Chaperón han sido Busato y Amalio Fernández, progresa a ojos vistas. El arte antiguo español tiene un núcleo de apasionados en la Sociedad de Excursionistas; y en el Ateneo las cátedras de arqueología y de historia del arte están muy bien mantenidas. Lo que hay es, como ya lo he manifestado en vez anterior, que la protección de las clases ricas es nula, y que el Gobierno tampoco se ocupa, como en tiempos de ilustres memorias, de favorecer la expansión de los talentos españoles. En la última exposición fué de gran resonancia la compra de un cuadro de Sorolla hecha por una dama de la aristocracia. No se dijo después de esto, que ninguna alta personalidad de la Real Casa, o título rico, hubiese hecho adquisiciones entre lo poco de mérito que había en el certamen que inició la primavera y cerró la granizada colosal del pasado mayo, antes de término.
Pero, hablemos del cartel o _affiche_...
Desde hace largos años, los carteles vistosos se han usado en España para anunciar las famosas ferias de Sevilla, de Valencia, la fiesta de la Virgen del Pilar de Zaragoza, y corridas de toros en días de gala.
Tales carteles no son desde luego del género de los carteles comerciales de hoy. En ellos se procura ante todo llamar la atención del transeunte con la reproducción _criarde_ de los pintorescos tipos de las provincias, o majas de ojos grandes y rojas sonrisas, toros y toreros.
Como fondo puede verse ya la iglesia de la ciudad, o el coso. Últimamente se han visto carteles anunciadores de las exposiciones de pinturas, de las fiestas del carnaval y para algunas representaciones teatrales. Estos aún en número muy reducido, pero se va estableciendo la costumbre.
En los carteles de torería ha predominado, como en los de las fiestas provinciales, y, puede decirse, como en la mayor parte de las nuevas tentativas, el grito hiriente de los colores, el llamamiento feroz del color, con su tiranía engañosa; esta terrible potencia del color, que, como dice Barbey D'Aurevilly, hace creer en la verdad de la mentira.
Con razón sorprende a Deschamps esta acentuación del crudo colorido, y de los oros verdaderamente pronunciados. La falta de originalidad es notoria, pero en esto no sólo en España, sino también en el resto de Europa se nota actualmente. Son cuatro, son seis, pongamos diez, _affichistas_ originales; los demás combinan varios procedimientos, o imitan francamente tales o cuales maneras. En el arte «moderno», en literatura como en todo, un aire de familia, una marca de parentesco se advierte en la producción de distintas naciones, bajo climas diferentes. El primitivismo, el prerrafaelismo inglés, ha contagiado al mundo entero. El arte decorativo de William Morris y demás compañeros se refleja en el arte decorativo universal desde hace algunos años. Y en lo que al cartel se refiere, Aubrey Beardsley perdura en una falange de artistas ingleses, norteamericanos y de otras partes. El mismo yanqui Bradley, que tiene personalidad propia, no negaría la influencia del malogrado y misterioso maestro. Dudley Hardy también ha extendido su sugestión a muchos de sus contemporáneos. Y en Francia, basta con nombrar a Chéret para reconocer a cada paso, en obras de otras firmas, la imitación o el calco de sus figuras, la atracción de sus llameantes locuras de color. ¿En nuestros ensayos de Buenos Aires no se ve la persecución de Mucha? Por lo tanto, no es de extrañar que aquí sea el arte del cartel un arte de reflexión.
Hace algún tiempo una casa industrial muy conocida, la que fabrica el más conocido aún anís del Mono, abrió un concurso para anunciar su licor. Entonces se notó por primera vez que había en España una cantidad de cartelistas bastante notables que antes no se sospechaba. Aparecieron «trescientos monos haciendo trescientas mil monerías», como en los clásicos versos. Pero el mono mejor, el que se llevó el primer premio, fué el del catalán Casas, quien presentó dos carteles, con sus monos correspondientes acompañados de dos españolas _monísimas_. En el uno el animalito sobre un trípode, vierte a la chula, envuelta en un mantón lujoso de alegres tonos, una copa de anís; en el otro la chula--¡precioso modelo, por vida mía!--tiene en la diestra la copa y con la izquierda lleva asido a su mono. Casas es uno de los mejores artistas actuales en España; con Rusiñol sostiene sabia y cuerdamente un modernismo bien entendido, en la capital de su Cataluña. Se le señalan maneras imitadas de autores extranjeros, y Deschamps escribe a propósito de una de sus últimas producciones, _Pèl & Ploma_, los nombres de Ibels y de Lautrec. Lo que hay es que tanto Casas como Rusiñol y los «nuevos» de la joven escuela catalana, como los escritores, están al tanto de lo que en el mundo entero se produce de las evoluciones del arte universal contemporáneo, y siguen lo que se debe seguir del pensamiento extranjero; _los métodos_, como tan sabiamente lo ha dicho en ocasión reciente y a propósito de otras disciplinas en Buenos Aires el doctor Juan Agustín García hijo. Después se desarrolla la concepción individual en el ambiente propio, en el medio propio. No otra cosa encuentro yo en las obras artísticas y literarias del admirable artista de Sitges.
Rusiñol ha hecho carteles dignos de nota, y que el escritor francés de que he hablado juzga sin observación, con criterio más que ligero, precipitado. Que Rusiñol sea un _chercheur_, perfectamente de acuerdo. «Todos sus _affiches_ son de aspecto diferente». _Nego. Le teatro artístico interior_ (sic) _est un effet de nuit très remarquable_. ¿M. Deschamps no ha podido siquiera darse cuenta de lo que se trata? _Teatro artístico_ es el nombre del teatro libre que quería Benavente fundar en Madrid; _Interior_, es el título de un drama, cuyo autor es harto conocido en _La Plume_, de que es director M. Deschamps, y cuyo nombre, en letras bien grandes, está al pie del cartel: M. MAETERLINCK. El «efecto de noche» es una delicada y profunda _rêverie_ en negro y violeta, si mal no recuerdo, interpretación de la obra vaga y dolorosa del poeta belga. En todos los carteles de Rusiñol su espíritu se transparenta, como en todas sus pinturas, como en todo lo suyo, y aun siendo de manera distinta, por ejemplo, el cartel de _L'allegría que passa_, puesto que cada tema debe tener una interpretación diversa, se advierte que también «pasa» por allí el mismo aliento de enfermiza poesía que en la visión del ensueño del _affiche_ de _Oracions_ hecho en colaboración con Utrillo, o en esa otra página de melancolía que anuncia el bello libro de _Fulls de la vida_.
Riquer es un entusiasta. Ha fundado revistas artísticas _à l'instar_ de similares extranjeras y de la que entre nosotros realizaría el sueño de Schiaffino, si existiera; _Luz_ ha sido una de ellas, y tuvo poca vida. Riquer conoce a maravilla el arte moderno. Sus ilustraciones, sus dibujos le han dado aquí justa originalidad. En sus carteles hay el mismo talento buscador y feliz. Es un hábil sinfonista del color, así le haga detonar demasiado en sus graciosas combinaciones. Sus _Crisantemas_ son deliciosas en su claro origen sajón; Bradley mismo no tiene muchos carteles superiores a éste; su figurita para las galletas y bizcochos de Grau y Compañía es de un encanto innegable sobre su armoniosa decoración. A Utrillo se le compara con Steinlen. No hay duda de que el hombre de _Ferros d'Art_ y la figura del _Anuario Riera_, pongo por caso, parecen de la mano del artista parisiense; pero ¿la exquisita _noya_ del cartel de las aguas de _Cardo_? Utrillo es fuerte, es vigoroso; mas cuando un soplo suave le llega, la gracia está con él.
Marcelino Unceta es especialista, como Pérez, en corridas de toros. Sus picadores, sus potentes y cornudas bestias, sus _espadas_, todas las gentes del circo nacional que hace vivir su talento pictórico, son de primer orden. Pero sus carteles no corresponden bien visto a lo que se entiende por pintura de _affiche_. Son figuras que pueden entrar en un cuadro de género, tipos de estudio para verdaderas telas de composición.
A Xaudaró, el caricaturista, no le considero en la misma línea de los cartelistas catalanes, aun de los nuevos como Gual, que revela un brío y un talento que no se discuten. Xaudaró lleva al cartel sus mismas caricaturas; el eterno enano macrocéfalo, la exageración del gesto, la deformación, no por cierto a causa de un exceso de comprensión del dibujo. Sus _bonshommes_ fatigan ya en su incesante repetición. En la expectación del cartel resultan fuera de su centro; se ve que se han salido de los álbumes de su autor o de las páginas humorísticas de las revistas semanales. Navarrete sí merece mención, por su franqueza de dibujo y su colorido--siempre con la nacional exageración naturalmente--. Tanto él como casi todos los dibujantes de España han usado y abusado de la línea gruesa que recorta la figura como el emplomado de los _vitraux_. Desde la aparición de carteles que han dado a Alfonso Mucha su celebridad, esa afición ha aumentado, como la de imitar al _affichista_ de Sarah Bernhardt la manera de desenvolver las cabelleras de sus figuras, como en cintas y volutas.
Yo no he tenido la suerte de encontrar esos carteles de que habla M. Deschamps--que desde luego no ha estado en España según creo--en que pintores españoles han ensayado crear aquí un arte de cartel nacional. Lo que he visto, sí, son muchos reflejos, muchas imitaciones, muchos calcos. Buena voluntad no falta y talento sobra. No será una rareza que esa creación buscada se realice. Desde luego se ve que en el cartel español se salen de la rebusca del atractivo por la desnudez. No sé que motivo haya, como no sea el eterno de la atracción del desnudo, para anunciar una máquina de coser, unas píldoras o unas lámparas, con señoritas en cueros, como hace la mayor parte de los cartelistas franceses. Pero aquí hay muchas bellezas que reproducir halagando la mirada del público, en este país de hermosos rostros femeninos y verdadero imperio de flores; Sattler tenía a su disposición el ensueño en su país del Norte, para hacer florecer de una flor rara su _affiche_ del periódico _Pan_. ¿Qué cosas, al claro día, no puede decir la paleta española, con la ayuda de la verdad de su sol?
LA NOVELA AMERICANA EN ESPAÑA
[Ilustración]
HA escrito el novelista don José María de Pereda una carta a un editor madrileño que se propone publicar una serie de novelas de autores americanos, en la cual carta, después de aplaudir la empresa, hace declaraciones que conviene notar. Desde luego, el desconocimiento que existe en la Península de todo el movimiento literario de las repúblicas hispanoamericanas. Después la afirmación de que la novela americana existe; o más bien, de que hay novelistas americanos a quienes él pone sobre su cabeza. El desconocimiento de que habla el célebre escritor montañés es centuplicadamente mayor que lo que él supone, no sólo en lo que tiene que ver con la literatura, sino con la vida política y social y aun con la más elemental geografía. Y no me refiero al vulgo, o gentes de cultura rudimentaria, sino a personas de valía mundana y hombres de ciencia, artes y letras. Toda América es _tierra caliente_; lo que si para París es excusable, no lo puede ser por motivo alguno para el país que nos ha enviado con sus conquistadores, su habla, su religión, sus buenas cualidades y sus defectos. He conocido parisiense de París, literato y orientalista, para quien no tenía secretos el más modesto personaje del Ramayana, pero que de San Martín y de Bolívar no sabía sino que el uno era un santo y el otro un sombrerero. La ignorancia española a este respecto es más o menos como la de un parisiense. Nuestros nombres más ilustres son completamente extraños. Por lo general, en política, la erudición llega a Rosas. Diario importante ha habido que al publicar una noticia de la reciente guerra boliviana la ha encabezado con toda tranquilidad: _La guerra de Chile_. En la conversación, podéis oir que se confunden el Brasil, el Uruguay, o el Paraguay con Buenos Aires. Y en literatura, todo lo nuestro es irremediablemente tropical o cubano. Nuestros poetas les evocan un pájaro y una fruta: el sinsonte y la guayaba. Y todos hacemos guajiras y tenemos algo de Maceo. Tal es el conocimiento. No exagero.
«Introdúzcanse, popularícense aquí las obras literarias de nuestros consaguíneos de allá, dice amablemente el señor Pereda, y las corrientes intelectuales de simpatía y de afecto serán dobles y recíprocas, y, por tanto, más poderosas. Yo me honro con la amistad de muchos escritores hispanoamericanos, vivo con ellos en frecuente trato epistolar, y por eso sé lo que en España pensamos de sus respectivas naciones cuantos aquí las conocemos por sus libros, espejos fieles de su cultura y de sus tendencias. Hablando sólo de novelistas, porque solamente de ellos se trata ahora, afirmo sin vacilaciones, _que cuentan las mencionadas Repúblicas con algunos tan buenos como los mejores de Europa_, etc». La buena voluntad es manifiesta en el hidalgo. Él ha querido quizás decir «como los mejores de España»; pero aun así, la lisonja no pierde su aumento. Desde los tiempos de la conquista a esta parte, son raros los americanos que han podido ocupar en España un alto puesto intelectual. Además, los que han figurado han sido más españoles que americanos, puesto que no han debido su americanismo más que al azar del nacimiento. Colocar a don Ventura de la Vega entre los poetas argentinos, vale tanto como incluir entre los poetas cubanos a José María de Heredia, de la Academia Francesa. Baralt residió casi toda su vida en España, si mal no recuerdo. El cardenal Moreno nació en Guatemala; pero el primado no era por cierto guatemalteco. El general Riva Palacio se mezcló con los españoles; pero por más que lo intentara, prevalecía el perfume del pulque nativo ante el olor del jerez adquirido. Su españolismo era de diplomacia. Los glóbulos de sangre que llevamos, la lengua, los vínculos que nos unen a los españoles no pueden realizar la fusión. Somos otros. Aun en lo intelectual, aun en la especialidad de la literatura, el sablazo de San Martín desencuadernó un poco el diccionario, rompió un poco la gramática. Esto no quita que tendamos a la unidad en el espíritu de la raza.
Pero, volviendo a la afirmación del señor de Pereda, y haciendo todos los esfuerzos posibles para mostrarme optimista, no diviso yo, desde Méjico hasta el Río de la Plata, no digo nuestro Balzac, nuestro Zola, nuestro Flaubert, nuestro Maupassant, (¡oh, perdonad!) sino que no encuentro nuestro Galdós, nuestra Pardo-Bazán, nuestro Pereda, nuestro Valera. A menos que saludemos a Pereda en el señor Picón Febres, de Venezuela, y a doña Emilia en la señora Carbonero, del Perú. En todo el continente se ha publicado, de novela, en lo que va de siglo, y ya va casi todo, una considerable cantidad de buenas intenciones. Del copioso montón desearía yo poder entresacar cuatro o cinco obras presentables a los ojos del criterio europeo. La novela americana no ha pasado de una que otra feliz tentativa. La _María_ del colombiano Jorge Isaacs es una rara excepción. Es una flor del Cauca cultivada según los procedimientos de la jardinería sentimental del inefable Bernardino. Es el _Pablo_ y _Virginia_ de nuestro mundo. No sé si Büchner o Molleschott, envió a Isaacs una felicitación entusiasta: y el sabio Dozy se manifestó conmovido. Dos generaciones americanas se han sentido llenas de Efraimes y de Marías. Lo cierto es que en esa ingenua y generosa fabulación hay un indecible encanto humano, de frescura juvenil y de verdad, que si al llegar al medio del camino de la vida nos hace sonreir, cuando no nos hace suspirar, en los años primaverales es un delicioso breviario de amor. Pero fuera de la _María_ de Isaacs, que el señor Pereda califica con mucha intención de novela del «género eterno», fuera de ese idilio solitario ¿qué nos queda? En la República Argentina se ha cultivado la novela. Se ha cultivado, sí. ¿Y el producto? Saludo con respeto la novela del doctor López; pero, con muchísimo respeto la coloco a un lado. No me parece que pueda pretender la representación de la novela americana. Mi pobre y brillante amigo Julián Martel realizó el plausible esfuerzo de _La Bolsa_, obra llena de talento, de promesas, de vida, pero _pastiche_. El autor de los _Silbidos de un vago_ forma con sus novelas un grupo aparte. Es de lo más valioso en las letras argentinas esa producción a la diabla, vibrante, valiente, chispeante; pero a la cual falta la gloria del arte, virtud de inmortalidad. Apoyado por Zola, Antonio Argerich escribe una novela; otra tentativa. Carlos María Ocantos escribe novelas absolutamente españolas cuyo argumento se desarrolla en Buenos Aires. Nos queda una obra de resonancia: _Amalia_ de Mármol. Quitadle su valor histórico, su alcance político, su base de «episodio nacional». Encontraréis que el furioso y admirable yámbico resulta un mediocre novelador. Las novelas de Groussac son novelas europeas por todo sentido, y la primera razón es que el autor es un europeo. Grandmontagne con su trilogía realiza, o anuncia, lo que puede ser mañana la novela argentina. Para mí el primer novelista americano o el único hasta hoy ha sido el primer novelista argentino: Eduardo Gutiérrez. Ese bárbaro folletín espeluznante, esa confusión de la leyenda y de la historia nacional en escritura desenfadada y a la criolla, forman, en lo copioso de la obra, la señal de una época en nuestras letras. Esa literatura gaucha es lo único que hasta hoy puede atraer la curiosidad de Europa: ella es un producto natural, autóctono, en su salvaje fiereza y poeta va el alma de la tierra. El poeta de ese momento embrionario es Martín Fierro, y en esto estoy absolutamente de acuerdo con el señor de Unamuno.
Chile ha tenido también cultivadores, pero ninguno de los que han pretendido hacer novela chilena ha vencido al viejo Blest Gana. Sin embargo, Blest Gana, escritor sin estilo, fabulador de poco interesantes intrigas, está ya casi olvidado. Su novela no es la novela americana. Surge ahora en Chile un talento joven que es firme esperanza; ha demostrado la contextura de un novelista de base nacional, sostenido por la precisa cultura, la necesaria cultura, sin la cual nada será posible; me refiero al hijo de Vicuña Mackenna, a Benjamín Vicuña Mackenna Subercasseaux, de nombre un poco largo para nombre de autor. Del Perú no conozco novelista nombrable, aunque hay buenos cuentistas entre los jóvenes literatos, lo que no es poco. Ricardo Palma ha podido realizar una obra que habría completado su fama de tradicionista: la novela de la colonia. Lo propio el boliviano Julio L. Jaimes, cuyas reconstrucciones del buen tiempo viejo de Potosí demuestran su maestría en esos asuntos. Venezuela ha tenido novelistas locales, cuya obra total se esfuma ante un solo cuento de Díaz Rodríguez. Este escritor podría darnos la novela venezolana, americana; pero se queda en su jardín de cuentos, de innegable filiación europea. En Colombia los que han escrito novelas forman legión. Colombia es el país de la fecundidad, en talento, en mediocridad, en todo. Por algún lado allá todo el mundo es Tequendama. Pues entre toda la balumba de novelas colombianas tan solamente florece para el mundo, orquídea única de esos tupidos bosques, la caucana _María_. Últimamente un escritor de combate, artista leonino, _malgré lui_, ha escrito una novela-poema, con la inevitable mira política. Hablo de Vargas Vila. En Centro América sólo hay dignos de cita José Milla, autor de varias curiosas novelas de argumento colonial, escritor de ingenio muy castizo, _persona grata_ seguramente al señor de Pereda; Salazar y Enrique Gómez Carrillo, todos guatemaltecos de nacionalidad, pero el primero, fruto legítimo de España, el segundo saturado de Alemania, el tercero parisiense de adopción y vecino del Boul' Mich. En Méjico, como en Colombia muchos novelistas han surgido, desde Altamirano hasta Gamboa; pero la novela mejicana se espera aún.
Ya ve el señor de Pereda que su bondad es un tanto abultadora. Nuestro organismo mental no está constituído todavía, y si en lírica podemos presentar dos o tres nombres al mundo, toda la novela americana producida desde la independencia de España hasta nuestros días no vale este solo nombre, por otra parte poco simpático para mí: Benito Pérez Galdós.
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