España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 22
Pío Rajna contribuye con algunas observaciones topográficas sobre la _Chanson de Roland_, escritas en italiano; largamente se ocupa de la jurisdicción apostólica en España y el proceso de don Antonio Covarrubias D. P. de Hinojosa; y Antonio Restori envía desde Italia un curioso y ameno escrito acerca de un cuaderno de poesías españolas, que perteneció a donna Ginevra Bentivoglio. Casi un verdadero libro dedica el señor Rodríguez Villa a don Francisco de Mendoza, almirante de Aragón. El marqués de Jerez envía a su amigo Menéndez Pelayo unas cuantas papeletas bibliográficas. Don Juan Catalina García escribe sobre el segundo matrimonio del primer marqués del Cenete, cuya narración es de tal manera interesante, que parece la fabulación intrincada y sentimental de una novela; con el aditamento de detalles ultranaturalistas que claman por el latín. Otro escritor italiano, Alfonso Miola, diserta sobre _Un Cancionero manoscritto brancacciano_. Muy importante para arqueólogos y estudiosos de historia es el tratado de Iliberis, o examen de los documentos históricos genuinos iliberitanos, por el señor Berlanca. El señor Rodríguez Marín se refiere a _Cervantes y la Universidad de Osuna_ en un copioso escrito. Don Pedro Roca ha ofrecido una muy erudita monografía sobre el origen de la Academia de Ciencias; y don José María de Pereda cierra pintorescamente esta fuerte labor de sabios con una narración: _De cómo se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañosa enclavada en un repliegue de lo más enriscado de la cordillera_.
Tal ha sido el regalo que se ha hecho, a los veinte años de cátedra, al moderno Erasmo español, a quien bien sienta el caluroso elogio de Justo Lipsio: _O magnus decum hispanorum!_
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EL MODERNISMO
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28 de noviembre.
PUEDE verse constantemente en la Prensa de Madrid que se alude al modernismo, que se ataca a los modernistas, que se habla de decadentes, de estetas, de prerrafaelistas con s, y todo. Es cosa que me ha llamado la atención no encontrar desde luego el menor motivo para invectivas o elogios, o alusiones que a tales asuntos se refieran. No existe en Madrid, ni en el resto de España, con excepción de Cataluña, ninguna agrupación, _brotherhood_, en que el arte puro--o impuro, señores preceptistas--se cultive siguiendo el movimiento que en estos últimos tiempos ha sido tratado con tanta dureza por unos, con tanto entusiasmo por otros. El formalismo tradicional por una parte, la concepción de una moral y de una estética especiales por otra, han arraigado el españolismo que, según don Juan Valera, no puede arrancarse «ni a veinticinco tirones». Esto impide la influencia de todo soplo cosmopolita, como asimismo la expansión individual, la libertad, digámoslo con la palabra consagrada, el anarquismo en el arte, base de lo que constituye la evolución moderna o modernista.
Ahora, en la juventud misma que tiende a todo lo nuevo, falta la virtud del deseo, o mejor, del entusiasmo, una pasión en arte, y sobre todo, el don de la voluntad. Además, la poca difusión de los idiomas extranjeros, la ninguna atención que por lo general dedica la Prensa a las manifestaciones de vida mental de otras naciones, como no sean aquellas que atañen al gran público; y después de todo, el imperio de la pereza y de la burla, hacen que apenas existan señaladas individualidades que tomen el arte en todo su integral valor. En una visita que he hecho recientemente al nuevo académico Jacinto Octavio Picón, me decía este meritísimo escritor: «Créame usted, en España nos sobran talentos; lo que nos falta son voluntades y caracteres».
El señor Llanas Aguilaniedo, y uno de los escasos espíritus que en la nueva generación española toman el estudio y la meditación con la seriedad debida, decía no hace mucho tiempo: «Existen, además, en este país cretinizado por el abandono y la pereza, muy pocos espíritus activos; acostumbrados--la generalidad--a las comodidades de una vida fácil que no exige grandes esfuerzos intelectuales ni físicos, ni comprenden, en su mayoría, cómo puede haber individuos que encuentren en el trabajo de cualquier orden un reposo, y al propio tiempo un medio de tonificarse y de dar expansión al espíritu; los trabajadores, con ideas y con verdadera afición a la labor, están, puede decirse, confinados en la zona Norte de la Península; el resto de la nación, aunque en estas cuestiones no puede generalizarse absolutamente, trabaja cuando se ve obligado a ello, pero sin ilusión ni entusiasmo». En lo que no estoy de acuerdo con el señor Llanas, es en que aquí se conozca todo, se analice y se estudie la producción extranjera y luego no se la siga. «Sin duda, dice, no nos consideramos elevados a una altura superior, y desde ella nos damos por satisfechos con observar lo que en el mundo ocurre, sin que nos pase por la imaginación secundar el movimiento».
Yo anoto. Difícil es encontrar en ninguna librería obras de cierto género, como no las encargue uno mismo. El Ateneo recibe unas cuantas revistas del carácter independiente, y poquísimos escritores y aficionados a las letras están al tanto de la producción extranjera. He observado, por ejemplo, en la redacción de la _Revista Nueva_, donde se reciben muchas buenas revistas italianas, francesas, inglesas, y libros de cierta aristocracia intelectual aquí desconocida, que aun compañeros míos de mucho talento, miran con indiferencia, con desdén, y, sin siquiera curiosidad. Demás decir que en todo círculo de jóvenes que escriben, todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos pimienta, o frase caricatural que evita todo pensamiento grave. Los reflexivos o religiosos de arte, no hay duda, que padecen en tal promiscuidad.
Los que son tachados de simbolistas no tienen una sola obra simbolista. A Valle Inclán le llaman decadente porque escribe en una prosa trabajada y pulida, de admirable mérito formal. Y a Jacinto Benavente, modernista y esteta, porque si piensa, lo hace bajo el sol de Shakespeare, y si sonríe y satiriza lo hace como ciertos parisienses que nada tienen de estetas ni de modernistas. Luego, todo se toma a guasa. Se habló por primera vez de estetismo en Madrid y, dice el citado señor Llanas Aguilaniedo: «funcionó en calidad de oráculo la _Cacharrería_ del Ateneo, donde se recordó a Oscar Wilde... Salieron los periódicos y revistas de la Corte jugando del vocablo y midiendo a todos los idólatras de la belleza, por el patrón del fundador de la escuela, abusándose del tema, en tales términos, que ya, hasta los barberos de López Silva consideraban ofensiva la denominación, y se resentían del epíteto. Por este camino no se va a ninguna parte».
En pintura el modernismo tampoco tiene representantes, fuera de algunos catalanes, como no sean los dibujantes que creen haberlo hecho todo con emplomar sus siluetas como en los _vitraux_, imitar los cabellos avirutados de las mujeres de Mucha, o calcar las decoraciones de revistas alemanas, inglesas o francesas. Los catalanes, sí, han hecho lo posible, con exceso quizá, por dar su nota en el progreso artístico moderno. Desde su literatura que cuenta entre otros con Rusiñol, Maragall, Utrillo, hasta su pintura y artes decorativas, que cuentan con el mismo Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de todo encomio y atención, Pichot y otros que como Nouell-Monturiol se hacen notar no solamente en Barcelona sino en París y otras ciudades de arte y de ideas.
En América hemos tenido ese movimiento antes que en la España castellana, por razones clarísimas: desde luego, por nuestro inmediato comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo, y principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye su potencialidad mayor, con lo cual poco a poco va triunfando de obstáculos tradicionales, murallas de indiferencia y océanos de mediocracia. Gran orgullo tengo aquí de poder mostrar libros como los de Lugones o Jaimes Freire, entre los poetas, entre los prositas poemas, como esa vasta, rara y complicada trilogía de Sicardi. Y digo: esto no será modernismo, pero es _verdad_, es realidad de una vida nueva, certificación de la viva fuerza de un continente. Y, otras demostraciones de nuestra actividad mental--no la profusa y rapsódica, la de cantidad, sino la de calidad, limitada, muy limitada, pero que bien se presenta y triunfa ante el criterio de Europa: estudios de ciencias políticas, sociales. Siento igual orgullo. Y recuerdo palabras de don Juan Valera, a propósito de Olegario Andrade, en las cuales palabras hay una buena y probable visión de porvenir. Decía don Juan, refiriéndose a la literatura brasileña, sudamericana, española y norteamericana, que «las literaturas de estos pueblos seguirán siendo también inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el tiempo o tal vez mañana, o ya, salgan autores yanquis que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra, ni impide tampoco que nazcan en Río de Janeiro, en Pernambuco o en Bahía escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; o que en Buenos Aires, en Lima, en Méjico, en Bogotá o en Valparaíso lleguen a florecer las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en Barcelona».
Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse, nos va dando un puesto aparte, independiente de la literatura castellana, como lo dice muy bien Remy de Gourmont en carta al director del _Mercurio de América_. ¿Qué importa que haya gran número de ingenios, de grotescos si gustáis, de diletanti, de nadameimportistas? Los verdaderos consagrados saben que no se trata ya de asuntos de escuelas, de fórmulas, de clave.
Los que en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Rusia, en Bélgica han triunfado, han sido escritores, y poetas, y artistas de energía, de carácter artístico, y de una cultura enorme. Los flojos se han hundido, se han esfumado. Si hay y ha habido en los cenáculos y capillas de París algunos ridículos, han sido por cierto «preciosos». A muchos les perdonaría si les conociese nuestro caro profesor Calandrelli, _pour l'amour du grec_. Hoy no se hace modernismo--ni se ha hecho nunca--con simples juegos de palabras y de ritmos. Hoy los ritmos nuevos implican nuevas melodías que cantan en lo íntimo de cada poeta la palabra del mágico Leonardo: _Cosa bella mortal passa, e non d'arte_. Por más que digan los juguetones ligeros o los niños envejecidos y amargados, fracasa solamente el que no entra con pie firme en la jaula de ese divino león, el Arte--que como aquel que al gran rey Francisco fabricara el mismo Vinci, tiene el pecho lleno de lirios.
No hay aquí, pues, tal modernismo, sino en lo que de reflexión puede traer la vecindad de una moda que no se comprende. Ni el carácter, ni la manera de vivir, ni el ambiente, ayudan a la consagración de un ideal artístico. Se ha hablado de un teatro, que yo creí factible recién llegado, y hoy juzgo en absoluto imposible.
La única _brotherhood_ que advierto es la de los caricaturistas; y si de músicas poéticas se trata, los únicos innovadores son--ciertamente--los risueños rimadores de los periódicos de caricaturas.
Caso muy distinto sucede en la capital del principado catalán. Desde _L'Avenç_ hasta el _Pèl & Ploma_ que hoy sostienen Utrillo y Casas, se ha visto que existen elementos para publicaciones exclusivamente «modernas», de una _élite_ artística y literaria. _Pèl & Ploma_ es una hoja semejante al _Gil Blas illustré_, de carácter popular, mas sin perder lo aristo; y siempre en su primera plana hay un dibujo de Casas, que aplauden lápices de Munich, Londres o París. El mismo Per Romeu, de quien os he hablado a propósito de su famoso _cabaret_ de los _Quatre Gats_, ha estado publicando una hoja semejante, con ayuda de Casas, y de un valor artístico notable.
En esta capital no hay sino las tentativas graciosas y elegantes del dibujante Marín--que logró elogios del gran Puvis--, y las de algún otro. En literatura, repito, nada que justifique ataque, ni siquiera alusiones. La procesión fastuosa del combatido arte moderno ha tenido apenas algunas vagas parodias... ¿Recordáis en Apuleyo la pintura de la que precedía la entrada de la primavera, en las fiestas de Isis? (Mét. XI, 8) Pues confrontad.
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UNA REINA DE BOHEMIA
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23 de diciembre 1889.
EN estos días ha venido a despedirse de Madrid la célebre Mme. Rattazzi, que con el nombre de _Barón Slock_, dirige en París la _Nouvelle Revue Internationale_, antiguas _Matinées espagnoles_. Sin ser archimillonaria, esta señora, verdadera reina del país de Bohemia, ha mantenido casa puesta durante mucho tiempo, en tres o cuatro puntos de Europa. Conocida es en gran parte su curiosa vida. Poetisa, novelista, periodista, mujer de mundo sobre todo, caprichosa y rara cuando se le sube el Bonaparte a la cabeza, se ha casado tres veces y ha consagrado un perpetuo culto al amor y al arte. Fué su primer marido el conde de Solms; el segundo, el famoso hombre público italiano Rattazzi; el tercero, el español señor de Rute.
Ya la princesa está muy vieja; con mucho trabajo habrá debido resignarse a la tiranía del tiempo. Hoy viene a cerrar su casa madrileña y a decir adiós a España, a la que tanto quiere. Anteanoche ha dicho conmovida ese adiós, en verso, ante un concurso de amigos. Todavía tiene energías para trabajar y vuelve a París a proseguir en su labor; pero ya no verá más el cielo de España, ni volverá a escuchar las líricas salutaciones que antaño le dirigiera Castelar. Su memoria está poblada de recuerdos singularísimos; su existencia toda ha pasado entre grandezas dichosas y terribles tragedias.
Nieta de Luciano, y por lo tanto, sobrina del emperador, ha recorrido en triunfo todas las cortes europeas, en tiempos en que su belleza era cantada por los más gloriosos poetas. Si esta señora publicase sus memorias, que es probable tenga escritas, serían de lo más interesante. Posee autógrafos, artículos, versos, cartas amorosas de las primeras personalidades de este siglo; y no sé hasta qué punto esté de acuerdo con George Sand, que en una ocasión, a propósito de la publicación de las cartas de Lamennais, la decía: «Yo pienso como Eugenio Sué, que los muertos continúan amándonos, pero nosotros les debemos aún más de lo que nos deben, sobre todo, a señalados muertos, tan ultrajados y calumniados en vida, por haber amado y procurado el bien. El excelente Sué se inquietaba por las negligencias de estilo de sus propias cartas y nos pedía las revisáramos. Si Lamennais hubiese visto de nuevo las suyas, habría corregido también. En fin, yo contradigo aún a nuestro pobre Sué, en esto: que debemos atenernos todos a no escribir una línea que no pueda ser mostrada y publicada. No quiero pensar en lo que llegarán a ser mis cartas. Quiero persuadirme de que cuando son íntimas no saldrán de la intimidad benevolente». ¡La pobre Sand, que ha sido tan traída y llevada cuando la publicación de su correspondencia, y no hace mucho, cuando la resurrección del famoso Pagello! Eugenio Sué había escrito antes a María Letizia: «Creedme, mi querida María, un hombre honrado no se ruboriza jamás de ver expuestas sus opiniones, sus acciones, o sus pensamientos... Cuando escribe un hombre de nuestra posición, un escritor, sabe bien que sus cartas son desgraciadamente autógrafos y que, dentro de veinte o cuarenta años, serán entregadas necesariamente a la curiosidad o a la simpatía, por la persona a quien han sido dirigidas, o por sus herederos. Ya lo habéis visto por Balzac. A cada carta íntima que escribía a vuestra madre, le ponía a la cabeza: _Brûler_, y vos obedecíais como ella a esta indicación, mientras que las demás no tenían nada indicado, como si él adivinara el papel posible que debían representar en tiempo más o menos lejano. Hay, sin embargo, un caso, en que el silencio más escrupuloso se exige, por las simples leyes del pudor, y es cuando las cartas han sido dirigidas a la mujer y no al escritor. La mujer de letras es excusable siempre, loable a menudo, cuando busca hacer conocer por su correspondencia a un amigo literario o político que haya pertenecido a su salón; es censurable y poco delicado cuando turba el silencio del cementerio por revelaciones amorosas».
La señora Rattazzi haría muy mal en no formar el más interesante de los libros con tanto valioso documento como posee. Siendo muy joven, tuvo el placer de que Alfredo de Musset la hiciera versos. Sainte-Beuve fué uno de sus galanteadores y el viejo Dumas llegó, en días de mayor gloria, a ser su amanuense, copiándole, ¡todo un drama! Con Ponsard, el _flirt_ es innegable como lo demuestra este soneto:
Hier dans votre sein, ma montre est descendue; Le pays lui parut sons doute bien orné, Car pour voir chaque site elle a tant cheminé Que la pauvre imprudente à la fin s'est perdue.
Elle battait bien fort, vous l'avez entendue, Mais vous ne saviez pas que j'eusse imaginé D'y renfermer au fond mon cœur emprisonné; C'était lui qui battait sur votre gorge nue.
Depuis ce temps, il bat d'un mouvement si vif, Dans le cachot doré qui le retient captif, Que ma montre en une heure achève la semaine.
C'est ainsi qu'à l'en croire il s'est passé des mois Depuis que je vous vis pour la dernière fois; Il s'est passé pourtant une journée à peine.
En otros versos, Ponsard ronsardiza:
Lorsque vous atteindrez le bout de la carrière, Vieillie et regardant longuement en arrière, Quand vous n'entendrez plus le langage d'amour,
Vous puissiez retrouver dans ces feuilles fanées Un peu du doux parfum de vos jeunes années, Et dire: Je fus belle et bien aimée un jour.
Que fué muy bella lo dicen los retratos de sus mejores épocas, los de su primera juventud y los de su plena lozanía. No ha sido su hermosura majestuosa belleza de matrona clásica, sino belleza delicada y fina, lo que expresa el delicioso vocablo francés _mignonne_. Víctor Hugo estuvo enamorado de ella, y no hay duda de que los suyos son los más valiosos autógrafos que conserva la anciana princesa. El poeta admiraba toda su beldad, pero sentía singular predilección por el pie, que debe indudablemente haber conocido al natural. Creo que me agradeceréis que os dé a conocer aquí algunas de esas curiosas cartas que dejan ver un lado poco conocido del gran lírico. Él llamaba a la princesa Rodope, y a sí mismo se bautizaba, con modesta naturalidad, Esquilo.
«Hauteville-House, 13 de noviembre. ¿Seríais, señora, bastante buena para decirme si _La leyenda de los siglos_, que habéis recibido, es la que os he enviado, pues el honrado correo imperial juzga a propósito interceptar la mayor parte de mis envíos? Algunos diarios que por ello se han quejado, en el extranjero, tal vez han llegado a vos. En todo caso, quizá os lleve el libro yo mismo, si Italia de aquí a entonces está ya libre, como lo espero. Permitidme que, esperando el gran artículo prometido por vos al público, os agradezca las veinte líneas encantadoras que habéis escrito sobre _La leyenda de los siglos_. Y concededme, señora, la gracia de besar vuestra mano, toda radiante de poesía. Pongo a vuestros pies todos los homenajes de mi alma y de mi espíritu.»
«Querida y sublime Rodope, un pensamiento al despertarme, un pensamiento de recogimiento y de adoración, al leer esas páginas tan tristes, tan melancólicas y tan dulces; dejadme en este ensueño depositar un beso sobre vuestro pie desnudo, pues, como dice Hesíodo, _el pie desnudo es celeste_. Si mi audacia os enoja, castigad mi carta quemándola.»
«17 de julio. No me pidáis ni verso ni prosa; pedidme, señora, que me conmueva hasta el fondo del alma por una carta como la que recibo; pedidme que os admire, que os aplauda, que os contemple--de muy lejos, ¡ay!--. Pedidme que comprenda que una mujer como vos es una obra maestra de Dios. Los poetas no hacen sino Ilíadas; sólo Dios hace mujeres como vos; es así cómo se demuestra. Todo lo que me decís me conmueve. No puedo pensar sin un pesar melancólico, y casi amargo, en el lugar casi radiante en que me habéis colocado en vuestra imaginación. Es la gloria, señora, semejante lugar; ¡y ello hubiera podido ser mejor que la gloria!... Dejadme que me incline ante vuestra soberanía de gracia, de belleza y de espíritu, y permitid que a la distancia, y sin intentar franquear toda esta mar y toda esa tierra que nos separan, y quedando en mi sombra, y replegándome en ella aún más profundamente y más resueltamente, me ponga, en pensamiento al menos, a vuestros pies, señora.»
«Hauteville-House, 1.º de julio. Vuestro encantador envío me llega, señora en medio de una nube de cartas políticas (algunas muy sombrías), como una estrella en un torbellino. No sabría deciros con qué emoción he visto ese deslumbrador retrato, que se parece a vuestro espíritu al mismo tiempo que a vuestro rostro, y la graciosa firma que lo subraya; buscad otra palabra que dé las gracias: _je vous remercie_ no es suficiente.»
«2 de enero de 1883. El sombrío Esquilo da las gracias a la deslumbradora y divina Rodope. Las tinieblas están _más que nunca_ enamoradas de la estrella. Vuestros pensamientos y vuestras cartas son perlas, de esas perlas ardientes de que habla el Korán. Sería preciso tener todo lo que vos tenéis, la dignidad mezclada a la pasión, la gracia exquisita y el deslumbrante espíritu; sería preciso ser vos misma, para que un hombre en el mundo pudiera creerse digno de vos. Me parece que si estuviese cerca de vos, en vez de estar tan lejos, os tomaría algo de vuestra alma, os robaría como Prometeo a los dioses, esa llamada celeste que está en vos. Pero estás en Roma ¡ay! Dejadme en este ensueño hablaros y evocaros... ¡Oh, señora! Quien dice grandeza dice franqueza, y vos sois franca porque sois grande. Desde hace doce días espero el _coup d'Etat_; espiaba y aguardaba... Hay que partir, ahora. Heme aquí de nuevo en el torbellino, en el vaivén, en el movimiento continuo. Escribidme, escribidme. Esquilo envía a Rodope toda su alma, todos sus ensueños.--VÍCTOR HUGO.»
Ahora, en sus postreros años, todas esas cosas viven en la memoria de la antigua beldad, como pétalos de una seca flor entre las hojas de un viejo libro. La princesa, como he dicho, todavía va a Portugal, a Turquía, a Austria, en jiras artísticas o periodísticas. Es la sombra errante de su pasado. Además, ha sufrido durísimos golpes. Uno de ellos la muerte de una hija, a quien amaba mucho. Estando en Aix-les-Bains, un ómnibus decapitó a la niña que jugaba, cerca de la villa de la madre. Su hija Isabel, hija de Rattazzi, se casó en España, y su marido está en un manicomio. Y como éste muchos sufrimientos, muchas penas. Con esto paga a la suerte el ser de sangre napoleónica y tener talento. Y admiro a esta gran bohemia, de familia imperial, que ha sido bella y ha sabido defenderse de la vida, al amor de los versos y de los besos.
EL CARTEL EN ESPAÑA
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