España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 20
La vocación pedagógica no existe. Los maestros, o mejor dicho, los que profesan la primera enseñanza, son desgraciados que suelen carecer de medios intelectuales o materiales para seguir otra carrera mejor. El maestro de escuela español es tipo de caricatura o de sainete. Es el eterno mamarracho hambriento y escuálido, víctima del Gobierno; pero persona de valía y al tanto de las cosas de su tierra, me demuestra que realmente no son por lo general dignos de mejor suerte esos maniquíes de cartilla y palmeta. «Los niños, me dice, no aprenden siquiera a leer en la enseñanza primaria. De gramática no hablemos, raro es el que sabe lo más elemental y escribe con ortografía. Y no habiendo aprendido a leer, no es posible aprender a estudiar. El maestro de primaria, por lo general ignorante, carece de todos los conocimientos y de la mansedumbre necesaria para cumplir su misión, pero tiene la bastante soberbia para suponerse dueño y señor de sus párvulos en la escuela. Como todo buen español con su poco de autoridad, quiere que ésta resplandezca constantemente a los ojos de todos, y ¡ay del que no la acate! Lo primero que exige es la humildad, él que no es humilde, y la obediencia, él que con su proceder descubre la alegría del mando. Los niños, hartos de ser traídos y llevados sin más ni más, sueñan en que llegue su hora de mandar. Un hombre por conveniencia se aviene bien a todo; pero el niño entiende antes la justicia que la conveniencia, y el maestro no cuida generalmente de razonar sus actos: es un rey absoluto. En la mala enseñanza primaria está el origen de todos los males. El maestro, cuando pica muy alto--pican hasta los más ruines--, no quiere que le llamen maestro sino _profesor_. Este título incoloro lo prefieren al de maestro, porque generalmente se llaman profesores los que dan cursos en Institutos y Universidades; bien es verdad que también se llaman profesores los barberos y sacamuelas. El profesor de primeras letras da sus explicaciones (aquí son oradores todos los que hablan), que los niños no entienden, porque en vez de facilitar la comprensión, hace discursos, esperando que sus infelices discípulos le crean un hombre superior. También hace sus libros, y el más imbécil tiene una gramática, una geografía, una historia o unas matemáticas; generalmente les da por los estudios gramaticales. Todos velan por la integridad del purismo. Gramática hay por esas escuelas en que al niño le es absolutamente imposible aprender; el afán de definir de un modo nuevo condúceles a los mayores disparates; y los pobres muchachos aprenden de memoria lo que debiera ser base de su estudio y es origen de su abotagamiento intelectual. Tampoco se cultiva mucho la escritura; unos adoptan la española, otros la inglesa, casi nadie enseña a escribir; total, que a los diez años de edad y cinco de materias, pasan los párvulos de la enseñanza elemental a la segunda enseñanza, sin haber aprendido siquiera a leer y escribir. De cada 100 niños aprobados de ingreso en el Instituto, 90 saben apenas firmar y no hay uno que escriba al dictado correctamente; la lectura también pertenece para ellos _a las ciencias ocultas_; y sin saber escribir ni leer, les meten en latines. El catedrático de Instituto, y más aún el de colegios particulares, no está preparado para la enseñanza; cuando más, conoce vagamente la asignatura que explica, pero no penetra en la mente de los niños. El profesor, como el maestro, tiene la monomanía del discurso. Todos los días hace su explicación en forma oratoria altisonante; si no tiene un libro de texto propio, no se ajusta en todo a ningún autor y obliga a los alumnos a tomar apuntes; así acaban los cursos, y la mayoría de los estudiantes no se ha enterado aún de lo que sean las asignaturas que cursaron; algunas definiciones, alguna clasificación, algún razonamiento aislado: cuatro lecciones prendidas con alfileres, que se olvidan luego, y el que tiene la suerte de salir aprobado no vuelve a pensar en aquellas cosas. Así el niño que salió de la primera enseñanza, virgen de conocimientos elementales, sale de la segunda sin comprender las ciencias y las letras que debieron determinar su vocación, y no emprende la carrera que le aconseja su instinto, sino la que sus padres le imponen por considerarla más lucrativa. Las Universidades aparecen con mejor organización; hay en ellas algunos profesores sabios y cultos--un Posada o Unamuno figurarían en su especialidad en cualquier Universidad del mundo--; aunque por lo general, vicios de constitución y lo que viene desde el origen, la falta de conocimientos elementales, no permitan a los alumnos aprovecharse de la enseñanza superior; con todo y no ser ésta deplorable como las otras, deja mucho que desear». Unamuno, precisamente, ha dicho en una serie de luminosos artículos mucho y muy interesante acerca de la enseñanza superior en España.
Pero mucho más que las Universidades dejan que desear las Escuelas de ingenieros y las Academias militares. Nombrándose de Real orden los profesores, y siendo aptos para el cargo de profesor todos los individuos del escalafón después de un cierto número de años de servicio, resulta que en ciertas épocas y en ciertos cuerpos que tienen su centro de enseñanza en buena población, todo el mundo quiere ir a desempeñar cátedras, no por sus aficiones a la asignatura, sino por la residencia. Y, en cambio, a otros hay que enviar a la fuerza a quien explique, y claro es que no van los más aptos, sino los más desvalidos. Conceder aptitud para desempeñar una asignatura por el mero hecho de haberlo cursado, es una estupidez colosal; y cuando la asignatura es cálculo diferencial, mecánica, geología, construcción, botánica, química, sube de punto el disparate. Así en las escuelas y academias especiales se repiten todos los errores de que viene siendo víctima el joven desde que tuvo la mala idea de ponerse a estudiar, y esta vez aumentados prodigiosamente. Me dicen cosas monstruosas de tales centros de enseñanza, y si no las refiriese persona muy culta y muy conocedora, serían increíbles. En una clase de topografía, después de trabajar todo el año entre los alumnos y el profesor, al hacer las prácticas de fin de curso no consiguieron cerrar un perímetro. Las clasificaciones botánicas y mineralógicas, los experimentos químicos, no van más allá. Muchos libros, muchas horas de clase, muchas horas de estudio; mucho atiborrarse de teorías, leyes y teoremas; pero la ciencia, la verdadera ciencia no aparece.
De algo semejante se quejan en algunos países europeos, pero la falta de conocimientos elementales no sea tal vez tan grande como en España en nación alguna. Precisamente la cuestión del _sumernage_ preocupa en Francia a muchos espíritus cultos que desean dar al estudio una marcha menos violenta y no tan apartada de la vida práctica.
Es verdaderamente lastimoso ver a los jóvenes sufriendo por ocho años la ingestión de voluminosos tratados, rozando las más graves teorías científicas, para venir al fin, terminada la prueba oficial, a trabajar, los que trabajan, con el auxilio de los anuarios de bolsillo extranjeros. Tanta ecuación, tanta integración, para sujetarse a las fórmulas calculadas ya de resistencia, pendientes, velocidades, etc.; tanta bambolla de experimentación para someterse a las apreciaciones, no siempre exactas, de una cartilla de análisis. La verdad es que si esto no fuera terrible sería bufo.
Luego la influencia clerical en la enseñanza. La alta clase española está convencida de que no se puede recibir una buena instrucción sino en establecimientos religiosos. Hay multitud de colegios regentados por Ordenes religiosas; ahí están las Universidades libres de Deusto, manejadas por los jesuítas; el Escorial, por los padres agustinos, y así otros centros docentes. La experiencia ha demostrado aquí y en otras muchas partes que los internados son funestísimos.
La institución libre de enseñanza que empezó hace tiempo con muchos bríos, fracasó por completo. Para esa forma nueva se unieron a don Francisco Giner muy buenas inteligencias, y no consiguieron nada; lo cual prueba que o ellos no supieron enseñar, o el sistema no es aplicable a esta raza; yo creo ambas cosas.
Para ese género de enseñanza se necesita en el profesor un instinto paternal y humano que no permiten la frivolidad y ligereza españolas: y en el alumno una atención y voluntad que las mismas causas hacen imposibles.
Lo que habría que hacer en España sería formalizar la enseñanza elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética. Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada cual siguiese su rumbo. Probablemente ahora es cuando hay menos cultura general en la Península, a pesar de la revolución y de los esfuerzos de algunos cosmopolitistas. El siglo XVIII fué más culto que este fin de siglo; y si las Universidades llegaron entonces a una situación calamitosa, fué por falta de administración y gobierno, por la preponderancia clerical, que ahora nuevamente amenaza con mayores ímpetus, por falta de base, por incultura elemental, por cubrir con el relumbrón académico la miseria de una ignorancia vasta.
No hacen falta reformas, ni planes nuevos ni estudios novísimos. Lo que necesita con urgencia la juventud española es que le enseñen a _leer_, ¡que no sabe!, que se mueran de una vez todos los maestros agonizantes, en cuyas manos se deshilacha como una vieja estofa el espíritu nacional, y que se pongan las fabulosas «Cartillas» en manos de hombres de conciencia, hombres que den al abecedario la importancia de un cimiento sobre el cual ha de apoyarse el edificio de la común cultura.
Santiago Alba, ¡buena cabeza!, a propósito del soñado libro de Desmolins se pregunta: ¿El régimen escolar español forma hombres? ¡Y con la universal voz se contesta: no! Hay mucha disposición, mucho reglamento--; ¡estamos en el reino del expediente del cual hemos sido herederos directos!--, y en el fondo, nada. Todo en los papeles. Alba ha hecho una comparación estadística.--El 1 ½ por 100 (0,73 por habitante) del total del Estado consagra éste en España a la pública instrucción, mientras Francia el 6 ½ (5,82 francos por habitante), Italia el 2 ½ (1,75); y hasta Portugal el 2 ¼ (1,11). No hablemos de Inglaterra, donde el espíritu anglo-sajón y la riqueza del país por el mismo espíritu creado permiten dedicar a la enseñanza el 8 ½ por 100 del presupuesto total, esto es, más de siete francos por individuo. Entrando en lo hondo del asunto, la palabra del señor Alba no puede ser más franca ni más justamente dura. «¿Es que nuestros bachilleres, dice, nuestros abogados, nuestros médicos, nuestros ingenieros, nuestros peritos mercantiles y hasta nuestros militares y nuestros marinos, no son víctimas también del inevitable _chauffage_, de que Demolins abomina escandalizado y dolorido? Bachilleres incapaces de escribir una carta con ortografía, abogados ignorantes al salir de la Universidad de lo más rudimentario de la profesión; médicos que no saben ni tomar el pulso; ingenieros a quienes se hunde la primera obra en que ponen mano; peritos mercantiles que no podrían llevar regularmente ni un libro _diario_;--en fin, militares a quienes «no caben en la cabeza» cien hombres y marinos de cuyos viajes da precisa y exacta cuenta el número de las averías del barco que dirigen, entonan a coro himno grandioso al admirable sistema que empieza por hacer inútiles a cientos de hombres de uno de los pueblos más reconocidamente despiertos del planeta.»
Lo dice el vulgo con toda claridad: «Aquí el bachiller, el abogado, el médico, el ingeniero, el perito mercantil, el militar, y el marino que llegan de veras a serlo «se hacen» por sí solos cada uno en su casa, en su hospital, en su taller, en su cuartel o en su barco; lo que estudian en el Instituto, en la Universidad, en la escuela, o en la Academia, es sólo por coger el título o la estrella».
En lo relativo especialmente a la enseñanza superior, ha iniciado ahora, como he dicho, el catedrático de griego de la Universidad de Salamanca, señor Unamuno, una campaña nobilísima y valiente.
FIESTA CAMPESINA
[Ilustración]
18 de noviembre.
UN hombre del campo me invitó hace pocos días a ver la fiesta de su aldea, en tierra de Ávila. Se trata de un lugar llamado Navalsauz, a algunas leguas de la vieja ciudad de santa Teresa. Mis deseos de conocer las costumbres campesinas de España encontraban excelente oportunidad. Acepté. Una buena mañana tomé el tren para Ávila, en cuya estación me esperaba mi invitante, en compañía de dos hijos suyos, robustos mocetones que tenían preparadas las caballerías consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo momento. Fué cosa de llegar, montar y partir. Pero, debo deciros algo de la buena bestia en que hube de pasar por esos campos. Era el inseparable de Sileno, el compañero de Sancho, el interlocutor de Kant, el amigo de Pascarella. Manso, filosófico, doctoral, aunque en tal o cual punto del camino se manifestase más de una vez mal humorado o asustadizo. La carretera se extendía entre campos cultivados. A un lado y otro había labriegos arando con sus arados primitivos. Se cultiva el centeno, trigo, algarrobas, garbanzos, cebada y patatas. El paisaje no deja de ser pintoresco, limitado por alturas lejanas, cerros oscuros, manchados de altos álamos y chatos _piornos_, bajo cuyas espesuras es fama que se agita el más poblado mundo de liebres y conejos. En el tiempo del viaje, se encuentran a un lado de la carretera mesones o ventas harto pobres, que nada tienen que ver con los caserones que en la árida Castilla se le antojaban castillos a Don Quijote.
En una hubimos de pernoctar.
Mi amigo grita con una gran voz: «¿Hay posada?»
«Sí, señor; pasen ustedes.» Y de la casa maltrecha sale la figura gordinflona del ventero. Mientras los mocetones llevan los burros al pienso, heme allí conducido a la cocina, donde una gran lumbre calienta olorosas sartenes, y conversan en corro otros viajeros, todos de las aldeas próximas, de higiene bastante limitada, pero gentes de buen humor que se charlan y se pasan de cuando en cuando una bota. Entré yo también al corro y de la bota gusté--un vinillo de las villas del Barranco--, así como compartiera más de una vez con los gauchos de las pampas, también al amor de un buen fuego y en la cocina de la estancia, al mate amargo y la ginebra. La cena estuvo suculenta, y luego fué el pensar en dormir. ¿Camas? Ni soñarlo. Cada cual duerme en los aparejos y recados; quién en la cocina, para no perder lo sabroso del calor; quién en la cuadra. Yo prefiero la vecindad de la lumbre y entro en esa escena de campamento. Por otra parte, no me es posible dormir. Esos benditos de Dios roncan con una potencia abrumadora; y así, fabricando castillos «en España», o viajando por el país de mis recuerdos, paso toda la noche, hasta que los gallos anuncian el alba y el ventero me lleva una taza de leche recién ordeñada. A poco estoy otra vez sobre mi asno, que lleva un pasito ligero y no poco molesto, mientras hace no sé qué señas con sus orejas al paso de la fría brisa matutina.
¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol; comienzan a verse las ovejas, y me gratifican con un concierto; los pastores abrigados con sus zamarras, poco limpios y con aspecto de perfectos brutos, quitan a mi mente toda idea de pastor quijotiz; mis compañeros de viaje se detienen con conocidos que vienen de los villorrios cercanos, lo cual es un pretexto para repetidos saludos a la bota. Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino. Es una cosa asombrosa, dice Bacon, que en los viajes por mar, donde no se ve sino el cielo y el agua, los hombres tienen, sin embargo, la costumbre de hacer diarios; y en los viajes por tierra, donde hay tantas distintas cosas que notar, casi nunca los hacen, como si los casos fortuitos o los hechos inesperados merecieran menos ser notados y apuntados que las observaciones que se hacen por una deliberación premeditada. Ni por mar ni por tierra he acostumbrado tales apuntaciones; pero si hubiese tenido un libro de notas a la mano, en esa mañana deliciosa habría escrito, sin apearme de mi simpático animal: «Hoy he visto, bajo el más puro azul del cielo, pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado en el misterio de la Naturaleza». Este mismo sol y la sonrisa de este mismo campo vieron los ojos de la divina Doctora, que se encendiera en la incandescencia de su misticismo, hasta la maravilla del éxtasis y la comunicación con lo extraterrestre y lo supernatural.
El almuerzo fué en el camino, gracias a mi provisión de _pâté de foie-gras_, queso manchego y pollo frío. Seguimos la caminata todo el día hasta llegar a la posada de Santa Teresa, en donde está el cuartel de la guardia civil; y al declinar la tarde, estamos ya en las cercanías de Navazuelas. El terreno cambia, se suceden las cuestas y honduras; y de pronto me indican lo que debo hacer. «Señorito, ¡a pata!» Obedezco, y continúo el camino llevando el burro del ronzal, hasta llegar a la Navazuelas, en donde vuelvo a _enfourcher_ al benemérito rucio. Y diviso el pueblo: un montoncito de casucas entre peñascos.
Al entrar a la aldea se me señala la iglesia; muy chica, medio caída, con una alameda al lado de la puerta; y situada _en medio del camposanto_... Mi asombro es grande cuando no veo una sola cruz, así fuese la más tosca y miserable.
Me instalo en casa de «mi amigo». Calcularéis ya que el _confort_ no es propiamente suntuoso.
Estamos en el imperio de lo primitivo. Buen fuego, sí, se me ofrece, y ricos chorizos y patatas, y sabroso vino. Duermo a maravilla. A la mañana siguiente, vivo en plena pastoral. Se me conduce aquí y allá, entre cabras y vacas y ovejas. Estoy en la _pastoría_. Después, a la iglesia, en donde las mozas están adornando a la Virgen. Las mozas, en verdad, no eran muy guapas, pero las había bastante agraciadas. El traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habréis visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas; la media o calceta es blanca y el zapato negro. En corpiños y faldas gritan los más furiosos colores. Al cuello llevan un pañuelo, también de vivas tintas y flores, y otro en la cabeza, atado por las puntas debajo de la barba. Les cuelgan de las orejas hasta los hombros enormes pendientes, y usan gargantillas y collares en gran profusión. El pelo va recogido en un moño de ancha trama y resalta sobre el moño la gran peineta que a veces es de proporciones colosales, como la primera que, según dicen, se usó en Buenos Aires a principios de siglo. Generalmente no llevan sortijas en sus pobres manos oscuras, hechas a sacar patatas y cuidar ganados. No estamos propiamente en Arcadia, y Virgilio no repetiría, por ningún concepto en este caso, las frases que en su décima égloga prorrumpe Galo, hijo de Polión. Al entrar yo en la iglesia, las muchachas cantaban, adornando con gran muchedumbre de flores la imagen de la patrona, la Virgen del Rosario. Después fuéronse a casa de las mayordomas, al obligado convite: castañas, higos y vino. Por la noche, en medio de la cena, en la casa en que se me hospedaba, las mozas tiraron las cucharas de pronto y echaron a correr fuera. Era el tambor que sonaba a la entrada del lugar; venía de un pueblo vecino, y su son con el de la gaita haría danzar esa misma noche, en la plaza, a las alegres gentes. Luego pude observar algo de un fondo ciertamente pagano. Las mozas formaron un ramo de laurel, cubierto de frutas varias y dulces, para ser llevado a la iglesia al día siguiente. Mientras tanto, vi venir del campo a varios mozos con grandes ramas verdes que iban poniendo sobre los techos de ciertas casas. Se me explicó que en donde había una muchacha soltera colocaba ramos su novio o su solicitante. Era extraño en verdad para mí ver al día siguiente coronadas de follaje casi todas las casitas del villorrio. Del pueblo vecino también llegó el señor cura, un cura joven, alegre y de buena pasta, bastante distinto del tipo de Pérez Escrich. Ya tuve con quien conversar: política, más política y un poco de literatura. Al curita le fueron a buscar los varones, con el tambor a la cabeza del concurso, mientras el campanario llamaba a la misa. Las mozas, vestidas de fiesta, esperaban en el camposanto. El alcalde está allí también, con su vara y sus calzones cortos y su ancho sombrero y su capa larga. Las mozas abren la puerta para que pasen el señor cura y la «justicia», y detrás todos los hombres. La puerta vuelve a cerrarse, y ellas quedan fuera. Entonces, en coro, empezaron a cantar:
Tres puertas tiene la iglesia, Entremos por la mayor Y haremos la reverencia A ese divino Señor...
La puerta sigue cerrada. Y ellas:
Tres puertas tiene la iglesia, Entremos por la del medio Y haremos la reverencia A la reina de los cielos...
Y otra vez:
Tres puertas tiene la iglesia, Entremos por la más chica Y haremos la reverencia A la señora justicia... Abre las puertas, portero, Las puertas de la alegría Que venimos las doncellas Con el ramo p'a María...
Al llegar aquí contesta una voz dentro:
Las puertas ya están abiertas Entren si quieren entrar. Confitura no tenemos Para poder convidar.
Entran las buenas mozas, a pesar de que no hay confitura y, cerca de la pila de agua bendita vuelven a cantar a pleno pulmón:
Tomemos agua bendita, mis amiguitas y yo, Tomemos agua bendita Vamos al altar mayor. Tomemos agua bendita, Amigas y compañeras, Tomemos agua bendita Vamos a llevar la vela.
Al llegar aquí van todas con aquel famoso ramo de laurel ornado de peras, manzanas y guindas, y con la vela, que ha llegado de alguna cerería de Madrid o Ávila, al altar mayor, a hacer la ofrenda a la Virgen. Las estrofas de esa inocente métrica de aldea se suceden entretanto. En todo se admira que, al menos en las mujeres, hay cierta suma de religiosidad y de fe sencilla, junto con el amor al divertimiento, lo cual es mucho en una aldea que no pone cruces a sus muertos. La procesión viene en seguida. Se conduce a la Virgen por la calle, cantando el rosario, y se vuelve a depositar la imagen. Allí hay un interesante remate de la mayordomía del año entrante y otras tantas pequeñas preeminencias.
Por la tarde se reanuda el baile con la gaita y el tambor, en la pradera, donde se merienda gozosamente. Por la noche, baile y más baile. Por largo tiempo resonarán en mis oídos la aguda chirimía y el tan tan del tambor, ese tambor infatigable. Todavía hasta el chocolate cural, se pasa por la rifa del célebre ramo. Aun queda, el día que viene, tiempo para que sigan danzando mozos y mozas, en tanto que los viejos aldeanos vuelven al campo a su tarea de sacar patatas.
Yo volví a tomar mi burrito, camino de Ávila, en donde probé las más ricas aceitunas que os podáis imaginar, con mi amigo el campesino. No dejé de recordar al cuerdo Horacio:
_Non afra ovis descendat in ventrem meum Non attagen Jonicus Incundior quam lecta de pinguissimis Oliva ramis arborum..._
[Ilustración]
HOMENAJE A MENÉNDEZ PELAYO
[Ilustración]
27 de diciembre de 1899.
HA reanudado Menéndez Pelayo la serie de conferencias que desde hace algún tiempo da en el Ateneo, sobre un tema que no puede ser más apropiado para sus admirables facultades: los grandes polígrafos españoles. No posee el célebre humanista facultades oratorias; pero en la lección su voz resonante y enérgica vence toda dificultad. El auditorio le escucha siempre con interés y provecho, aunque la concurrencia no sea en ocasiones tan numerosa como se debía esperar supuestas la autoridad y la gloria del maestro.