España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX

Part 19

Chapter 193,512 wordsPublic domain

Hemos visto en Madrid el discutido Hamlet de París. Sarah-Hamlet. Discusión hubo sobre si Hamlet fué rechoncho o delgado, alto o bajo; en lo que no puede haber es sobre lo bello de la soberana creación que realiza la gran francesa. Como lo ha acostumbrado Sarah, la compañía que ha traído ha sido mediocre; de modo que toda la atención se ha concentrado en la «princesa del gesto y reina de la actitud». Sorprende desde luego el poder de la trágica al cambiar casi por completo su conocida voz de oro, por una voz de hierro, o mejor, de acero. En la masculinización de su papel el prodigio se impone. Desde que aparece el príncipe _au pourpoint noir_, el hechizo está realizado. Apenas si uno tiene tiempo de protestar por los cortes y aun descuartizamientos que se han perpetrado en la obra, como el suprimir, entre otras cosas, la escena de Hamlet ante el rey que ora, o el diálogo de los sepultureros. Pero en las partes básicas de la tragedia, el encanto aportado por Sarah vale por una de las más inmensas sensaciones de arte que puedan experimentarse.

Hay, entre muchas, una escena en el primer acto en que el dominio es absoluto, y en la frase final el auditorio siente un gran sacudimiento:

_But break, my heart; for I must hold my tongue_,

que Sarah hace vibrar en su francés: «_Mais éclate, mon cœur, car il faut rester bouche close!_»

La interpretación de Sarah es de esas acciones artísticas que pueden apasionar hasta la violencia. Me explico la estocada de Vanor a Mendés.

Aquí Sarah se ha impuesto, a pesar de que no es muy común el dominio de la lengua francesa en el público. Cierto es que el público de Sarah Bernhardt ha sido de lo más aristocrático de que se compone el «todo Madrid».

Quienes han admirado a sir Irving, quienes conocen el «juego» de Monet-Sully, quienes recuerdan a los potentes trágicos italianos de este siglo, hasta Novelli, con su _Hamlet_ gesticulador, están de acuerdo en que no ha habido palacio de carne humana en que se hospede como en propio habitáculo el espíritu del soñador pensativo de Elseneur, como la carne nerviosa y eléctrica de Sarah Bernhardt; ella es el príncipe delicado, pero fuerte de nervios, que le hacen ser buen esgrimista; lejos de la fuerza musculosa, pues él mismo exclama en una escena, hablando de su tío incestuoso: «_But no more than my father,--Than I to Hercules..._»

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UNA EMBAJADA

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LA embajada extraordinaria alemana presidida por el príncipe Albrecht ha sido en estos días nota de actualidad. Él es un buen gigante teutón, digno representante de su tierra militar y férrea. Le ha traído el Águila Negra al adolescente rey Don Alfonso XIII, que en la ceremonia palatina ha dicho un muy bonito discurso en francés. No ha habido revistas militares, por disposición de gran cordura. Pero los príncipes extranjeros han visto mucho de la España grande e indestructible: han visto la sala de Velázquez en el Prado, han tenido otras varias impresiones que les han podido dar a entender que por más que la obra de los malos gobiernos traiga ruina y desastre a la patria española, queda un rico fondo de fecundidad y de vida de donde brote una España dueña de su porvenir.

Han podido admirar también la otra noche, en el Teatro Real, la soberbia mina de hermosura que se encierra en este pueblo lleno de bizarrías y hechizos. La aristocracia mostraba joyas de juventud y de belleza de que pocos países pueden enorgullecerse.

Ya es el tipo de grandes ojos negros y cabelleras de una riqueza incomparable que pesan sobre los cuellos armoniosos como la carga capilar que agobia a una _d'annunziana_ virgen de las rocas; ya el tipo semiarábigo, que denuncia la andaluza procedencia; o la mujer maciza del Norte que en su opulencia guarda el orgullo gentilicio de una raza generosa. Y mientras la Darclée hacía su Manón bravamente, yo veía al coloso alemán recorrer con sus gemelos el jardín de los palcos. Allí tenía la fragante flora humana del país solar que ha vivido en un ambiente de heroísmo caballeresco bajo un cielo de poesía; allí las descendientes de los más preclaros nombres de la nobleza española, mantenedoras de la gracia que pintaron tantos pinceles ilustres y que cantaron tantos luminosos poetas.

Y algo de don Alonso Quijano _el Bueno_ decía a mi alma: «Deja que la bala _dum-dum_ se ensaye en el boer, y que el fin del siglo XIX sea de sangre y matanzas razonadas o sin razón. Alguien ha dicho que Krupp es Hegel y que Chamberlain es Darwin. No hay que desesperar. Estos descorazonamientos científicos pueden ser sucedidos por razonables y necesarios vínculos líricos. Nunca es malo Don Quijote. Y Guillermo II hace versos y pinta cuadros y escribe óperas e himnos. España no debe pensar ahora en guerras y cosas que le han enseñado lo vario de la suerte y lo frágil de la grandeza. Y cuando el César germánico envía un águila negra, se le debería corresponder con una paloma blanca.»

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UNA NOVELA DE GALDÓS

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26 de octubre de 1899.

OTRO nuevo «episodio nacional» estalla en los escaparates de librería, con sus colores amarillo y rojo en la cubierta, formando bandera española. Y bajo el título, y el 7.000 que se refiere a los ejemplares, la esfinge sentada sobre el globo nos anuncia que aparece un libro más en que se tiene por divisa Arte, Naturaleza y Verdad. Ya os he dicho del ordenado fabricar del maestro novelador. No censuro--sino todo lo contrario--el método y la exactitud en el término de la producción. Eso indica que la voluntad priva sobre el talento, lo cual es razón que honra al carácter humano. Lo que lamento es que se transparente, hasta casi llegar al público, un plan industrial con mengua de propósitos mentales. Quién encuentra una familia como la Rougon Macquart, quién la Historia de España. El Sr. Galdós pudo comenzar en los tiempos de Vamba y concluir en los de Sagasta. Habríase llenado una biblioteca y desbordado el capital de la casa editora. Pero el potente autor de _Gloria_, de _León Roch_, de la primera serie de los _Episodios_, no tiene el derecho de descender en calidad por ascender en cantidad. Yo respeto y saludo ese admirable y sereno talento que ha producido innegables obras maestras; pero ese mismo respeto es el que me hace contristarme ante una fecundidad inquietante, porque la obra precipitada de ahora no resiste comparación con la madura de antaño. Claro está que un libro de Pérez Galdós no podrá nunca ocultar el lustre original; no será un libro malo jamás, ni un libro mediocre, que es peor. Pero se advierte que falta la gestación indispensable en partos de esta índole--gestación casi siempre elefantina--. Sale el libro flojamente vertebrado, un si es no es anémico, con marcada tendencia al raquitismo; aunque se observan--como en los ojos del niño--reflejos y chispazos del alma paternal. Son libros faltos de tiempo. _La Estafeta romántica_ está escrita de julio a agosto de este año, en que van publicándose ya cuatro episodios. Cabalmente acabo de salir de la inmensa floresta de _Fécondité_, y al dejarla he visto el tiempo que Zola ha empleado en ella. Cerca de un año. Es el lapso más corto para realizar una labor de conciencia, sin llegar a la religiosidad flaubertiana. Zola, con todo y su simétrica tarea de gran obrero, sabe que tiene que elevarse a sus Cuatro Evangelios con la mayor energía y el aliento de su idea, y que no es sino con ímpetu aquilino y ansias de grandeza moral como podrá escudriñar a su manera las que llama San Agustín «montañas del Señor», para bien de su patria la Francia. Bien podría el señor Galdós dar a España un libro cada año, en el cual libro pusiese la esencia saludable de su pensamiento y ayudase a la obra social y al resurgimiento de la nación española. De estos volúmenes se ocupa escasamente y mal la crítica de casa; y la extranjera, por respeto al nombre del autor, suele hacer una que otra _compte rendu_, aunque sea como la de M. Vicent, del _Mercure de France_, que ha hojeado seguramente el libro, y ha sacado en claro, traducida una novedad del título de _La campaña del maestrazgo_. Su precario español le haga confundir campaña con campana, y traduce: _La cloche du Maestrazgo_.

Es el caso de decir que ha oído campanas y no sabe dónde.

No veo que en la Prensa de Madrid se le haya hecho la menor observación al ilustre novelista, respecto a ese producir absolutamente mecánico. No hay duda que causa el silencio, la consideración a sus altos méritos y a su celebridad. Él propio debía notar que si antes el aparecimiento de un libro suyo era lo que llama el clisé un acontecimiento literario, hoy apenas conmueve la atención y suscita uno o dos artículos de complacencia y las rituales gacetillas. Es natural que nunca su producción será colocada entre la copia innumerable y repetida de los multíparos conejos de las letras.

Veamos la _Estafeta romántica_.

* * * * *

En estos libros, donde dice _Benito Pérez Galdós_, no se pone el aditamento: _De la Real Academia Española_. Debía hacerse, pues pocos escritores contemporáneos contribuyen más a sostener dignamente la amojamada castidad del idioma.

Con ser heterodoxa la médula, lo exterior va siempre en una lengua conservadora y depurada y cuya espontaneidad non infiere el menor agravio a su legítimo y castizo abolengo. Esta novela de que trato está compuesta de una serie de cartas, y de ahí que sea _Estafeta_. Romántica es por la época en que el argumento se desarrolla. Y el ser la novela en cartas, quizás, no sea ajeno al título, pues el género en dicha época tuvo su boga. Consta la obra de cuarenta cartas en que se desarrolla una intriga amorosa, se trata de la política del tiempo y de literatura. El autor no ha descuidado la documentación; se ve que se ha tomado el trabajo de informarse en las mejores fuentes; y pone ante el lector, viviente y palpitante, esa curiosa vida de comienzos de siglo.

Algo de lo más interesante es el episodio de la muerte de Larra, narrada y comentada en el curso de estas epístolas.

Figura en la estafeta una carta simulada de don Miguel de los Santos Álvarez, el amigo íntimo de Espronceda y de _Fígaro_. No hay duda de que el señor Galdós trató a Álvarez y de sus labios obtuvo muy interesantes informes. Yo tuve oportunidad de conocer a dicho personaje en casa de don Juan Valera, y no dejé pasar la ocasión de despertar en más de un punto sus recuerdos, especialmente en lo referente a la amistad estrecha que le unía con el poeta del _Diablo Mundo_. Álvarez, ya muy viejo y bastante sordo, no había perdido sus facultades de delicioso parlante.

El general Mansilla ha publicado en sus interesantes _causeries_ algo sobre la vida de aquel original ingenio en Buenos Aires. Es sabido que, creo que en tiempo de Rozas, fué al Río de la Plata, enviado por el Gobierno español. Él se complacía en rememorar aquella época de su vida y guardaba muy buenas impresiones de sus noches y días americanos. Digo noches, porque don Miguel de los Santos fué incorregible noctámbulo durante toda su larga existencia. A los setenta y tantos inviernos, y hasta muy poco antes de su muerte, era de los últimos en abandonar a la madrugada el tresillo del Casino. «Vea usted, me decía, dicen que el trasnochar es malo. Tengo de hacerlo tantos años y me va perfectamente.»

La carta fingida de Álvarez al tipo principal de la novela, Fernando Calpena, está escrita de manera que bien podía considerarse como no apócrifa. Es alabar demasiado la inteligencia del Pilar creerla capaz de una imitación palpablemente difícil. Y Galdós, en esta carta, como en muchas de las del libro, demuestra que posee una flexibilidad de pensamiento que no siempre es un don de los fuertes. Todavía no se ha escrito la vida íntima de la época en que pasan estos sucesos de la Estafeta, y no se conocen detalladamente, pongo por caso, las causas que condujeron a Larra a suicidarse. El romanticismo tuvo, sin duda alguna, gran parte en el arrebato de aquel brillante espíritu. Era el tiempo en que el romanticismo estaba más en el ambiente que en la literatura, y en que, en París, como cuenta el doctor Verón en sus memorias, un serio y conservador hombre de letras, después de atacar y negar la revolución romántica con la pluma, se fué a echar al Sena, por causa de un amor imposible. Larra, según dicen, se mató también por amor. Su querida, una dama casada, cortó la intimidad obligada por la severidad de su confesor. El poeta no pudo lograr que se reanudasen las relaciones y, enamorado de veras como estaba, se precipitó en la muerte. No puedo dejar de haceros conocer el párrafo de la carta de Álvarez a Calpena, en que trata del desgraciado acontecimiento, y que, como digo, debe estar basado en algunas conversaciones entre Galdós y don Miguel: «Supe yo la muerte de Larra al día siguiente del suceso, o sea el 14 de febrero. Fuí a verle con otros amigos a la bóveda de Santiago, donde habían puesto el cadáver, allí me encontré a Ventura y a Roca de Togores, tan afligidos como yo y Hartzenbusch, que me acompañaba. ¿Y por qué?... decíamos todos, que es lo que se dice en estos casos.--¿Cuál ha sido el móvil?... Quién hablaba de un arrebato de locura; quién atribuía tal muerte al estallido final de un carácter, verdadera bomba cargada de amargura explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir a parar en aquella siniestra caída al abismo. ¿Y ella? Si alguien la culpaba en momentos de duelo y emoción, no había razón para ello. No era ya culpable. Por querer huir del pecado, había surgido la espantosa tragedia. En fin, querido Fernando, suspiramos fuerte y salimos después de bien mirado y remirado el rostro frío del gran _Fígaro_, de color y pasta de cera, no de la más blanca; la boca ligeramente entreabierta, el cabello en desorden; junto a la derecha, el agujero de entrada de la bala mortífera. Era una lástima ver aquel ingenio prodigioso caído para siempre, reposando ya en la actitud de las cosas inertes. ¡Veintiocho años, una gloria inmensa alcanzada en corto tiempo con admirables, no igualados escritos, rebosando hermosa ironía, de picante gracejo, divina burla de las humanas ridiculeces!... No podía vivir, no. Demasiado había vivido; moría de viejo, a los veintiocho años, caduco ya de la voluntad, decrépito, agotado. Eso pensaba yo, y salí, como te digo, suspirando y me fuí a ver a Pepe Espronceda, que estaba en cama con reuma articular que le tenía en un grito. ¡Pobre Pepe! Entré en su alcoba y le hallé casi desvanecido en la butaca, acompañado de Villalta y Enrique Gil, que acababan de darle la noticia. El estado de ánimo del gran poeta no era el más a propósito para emociones muy vivas, pues a más de la dolencia que le postraba, había sufrido el cruel desengaño que acibaró lo restante de su vida. Ignoro si sabes que Teresa le abandonó hace dos meses. Sí, hombre, y... En fin, que esto no hace al caso. Gran fortuna ha sido para las letras patrias que Pepe no haya incurrido en la desesperación y demencia del pobre Larra. Gracias a Dios, Espronceda sanará de su reuma y de su pasión y veremos concluído el _Diablo Mundo_, que es el primer poema del _ídem_... Sentéme a su lado y hablamos del pobre muerto. En un arranque de suprema tristeza, vi llorar a Espronceda; luego se rehizo trayando a su memoria, y a la de los tres allí presentes, los donaires amargos del _Pobrecito hablador_, el romanticismo caballeresco del _Doncel_, y el conceptismo lúgubre de _El Día de Difuntos_. También hablaron de ella, y tal y qué sé yo, diciendo cosas que no reproduzco por creerlas impropias de la gravedad de la historia. Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de _Fígaro_ con el «mayor lucimiento posible», y me quedé solo con el poeta, el cual, de improviso, dió un fuerte golpe en el brazo del sillón diciendo: «¡Qué demonio! Ha hecho bien». Yo rebatí esta insana idea como pude, y para distraerle, recité versos, de los cuales ningún caso hacía. A media tarde entró de nuevo Villalta con Ferrer del Río y Pepe Díaz. Espronceda sintió frío y se metió en la cama. Yo, caviloso y cejijunto, hacía mis cálculos para ver de dónde sacaría la ropa de luto que necesitaba para el entierro...» Luego narra lo acontecido en el entierro, con la nota saliente del aparecimiento de Zorrilla, «de la estatura de Hartzenbusch, y con menos carnes; todo espíritu y melenas; un chico que se trae un universo de poesía en la cabeza»; el triunfo del poeta en un tiempo en que los banqueros y los ministros se entusiasmaban con los versos, y los festejos de que fué objeto. Zorrilla no duerme esa noche; al día siguiente va a ver a Álvarez, le toma su chocolate y le da la estupenda noticia de que le han colocado en el _Porvenir_, Pacheco y Pastor Díaz, ¡con treinta duros de sueldo! Toda la carta está escrita ingeniosa y vibrantemente, es un documento de verdad; y crea el mismo Pérez Galdós que ella no es obra de Pilar ni suya, don Miguel de los Santos Álvarez se la ha dictado desde el otro mundo como otros espíritus lo han hecho con Hugo o Claretie... ¡El señor Galdós ha sido espiritista sin saberlo!

La intriga principal de la novela no interesa tanto como esos episodios en que se resucita la vida privada de la España de aquellos días. Lo anecdótico histórico triunfa sobre la inventiva del escritor. Hay cartas que sobresalen, como las firmadas por la joven Gracia, la cual pone en su escritura mucho de su nombre, aunque escasísima ortografía. En este caso podría ella decir, con gran justicia, que la ortografía no es lo primero, y que epitológrafa de tanto vuelo como madame de Sevigné, no era muy católica en tales disciplinas.

Entre otras figuras que aparecen en el desfile de personajes, está la del célebre banquero Salamanca, pero apenas esbozada y falta de detalles, que habrían sido muy del agrado del lector contemporáneo. Apenas si se entrevé algo de la juventud de Zorrilla; no se nos informa de la vida intelectual del semiargentino Ventura de la Vega. De Espronceda habrían sido muy bien recibidos datos sobre sus amores con la famosa Teresa del no menos famoso canto. Pudo el señor Galdós aumentar la parte íntima de sus tipos, para lo cual no le faltarían seguramente buenos informantes. Muchas gentes hay en España que han vivido parte de esa época, no tan remota, y que, testigos de varios hechos, ayudarían eficazmente a la documentación del novelista.

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A propósito del suicidio de Larra. La primera vez que fuí a visitar a Mariano de Cávia, este excelente camarada y escritor de tan rico ingenio, me llevó a uno de los balcones de su casa, y señalándome uno de la casa de enfrente, que forma esquina en la calle de Amnistía, me dijo: «Cada vez que me asomo veo allí una página de gran filosofía». Y me explicó de qué manera en aquella casa se había dado muerte uno de los más firmes y finos talentos de la España de este siglo, el pobre Mariano José de Larra. En lo primaveral de la juventud, en un tiempo en que todo favorecía al encumbramiento de su personalidad, al definitivo triunfo, a la gloria segura, aquel hombre, que había recibido de la implacable _Eironeia_ las más temibles armas del estilo, los más sutiles venenos del pensamiento, fué una víctima de ella misma. La aventura pasional se cristalizó en un diamante de sangre, y aquel amargo dueño de la sátira murió por desdenes de amor, muerte de buen romántico.

No querráis nunca ver el reverso de la sonrisa.

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LA ENSEÑANZA

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8 de septiembre.

REFIÉRENME que cuando hace poco tiempo estuvo vacante la plaza de verdugo, hubo entre los que la solicitaron abogados y médicos. Un amigo mío terrateniente, me asegura haber empleado como guarda forestal a un abogado. Esto no es una rareza. En los países menos civilizados, como en los más florecientes, ya se conoce lo que es el proletariado intelectual. En el país de mi nacimiento hay quien puede decir más de una vez: «¡licenciado, lústrame las botas!», y en Buenos Aires, cuando fuí secretario del director general de Correos y Telégrafos, recuerdo solicitudes para puestos de escribiente u otros más modestos, en que los recomendados podían responder al vistoso apelativo «doctor». En toda la América latina el titulismo es endémico; pero el origen está aquí, en la tierra clásica en que se asienta Salamanca. El mal está en la raíz.

La ignorancia española es inmensa. El número de analfabetos es colosal, comparado con cualquier estadística. En ninguna parte de Europa está más descuidada la enseñanza.