España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 18
«Si me duele la cabeza, le duele la cabeza a todo el partido; si me duele el brazo, a todo el partido le duele el brazo». «Con motivo de este _meeting_ hemos tocado otra de las lamentables consecuencias de jefaturas personales. Hay republicanos que para venir a tomar parte en este fraternal abrazo, han ido a pedir permiso a un jefe... y luego no han venido. El republicano que para abrazar a sus hermanos necesita el permiso de un jefe, ¡valiente republicano estará...» Se oyó primero una voz de las filas laterales, luego cien voces, luego gritos de todos lados, dicterios, protestas, insultos. Unos contra otros; era una tormenta de interjecciones, de amenazas. Y nuestro buen Ladevese se paseaba al ruido de aquella tempestad, esperando el silencio. Que al fin se hizo. Reconquistó su público el orador y prosiguió: «A las jefaturas personales deben reemplazar las direcciones democráticas. Verdad es que ya se ha hecho algo en ese sentido. Pero al hacerlo se ha incurrido siempre en el error de excluir sistemáticamente de esas direcciones a todos los elementos revolucionarios. Por eso no existe la estrecha armonía que debiera haber entre directores y dirigidos.--Nadie ignora que mientras el pueblo quiere la lucha, hay hombres que quieren la república sin esfuerzo y sin peligro. Sin duda esperan que va a caer llovida de las nubes... y ya ven lo que cae de las nubes: ¡contribuciones, jesuítas y epidemias!» Aquí, mientras el pueblo aplaude rabiosamente, yo no puedo dejar de observar una guapísima muchacha, elegantemente vestida, que en uno de los palcos da muestras del más vivo entusiasmo. La republicana ostenta el par de ojos más librepensadores que os podáis imaginar, y, decididamente, manifiesta el propósito de romper sus guantes.
El orador hace ver la conveniencia de la unión. La república, una vez constituída, velará por la suerte de los que trabajan.--Concluye con estas palabras:
«En todo estamos conformes los republicanos. Y como lo estamos además en que nuestra fraternidad, que hoy vamos a sellar aquí, sea la fraternidad de la lucha, podemos darnos ese abrazo.
»La organización de la república la decidirá la soberanía nacional, representada en Cortes constituyentes cuyo fallo todos acataremos. Y como la república que queremos no ha de ser sólo para los republicanos, sino que ha de ser, como el sol, para todos los españoles, yo tengo la esperanza de que este abrazo ha de extenderse a todos los patriotas de buena voluntad, que aunque no militan en nuestro campo, desean para España mejores días. También a ellos les abro mis brazos y a aquellos que hace treinta y un años estuvieron con nosotros, les digo: ¡Ya ha llegado la hora de pasar el puente! A pasarlo y estaremos en seguida unidos todos los españoles. Y no olvidéis que el río no se pasa sólo por el puente sino también por el vado. Si para pasar el río queréis nuestra mano, la mano del pueblo es fuerte; ¡nosotros os la daremos! ¡Arriba y adelante! Sólo viven los que luchan y sólo de los que luchan es la victoria. ¡Si el que ayer hizo treinta y un años pasó el puente a la cabeza del ejército, el que hoy lo pase lo pasará al frente de un pueblo!» Ladevese es rodeado y aclamado. Luego sube a la tribuna un joven zaragozano, que se descubre como un copiosísimo orador. Y luego varios más. Se habló con libertad completa. El representante de la autoridad parece a veces querer protestar, cuando son ya demasiado violentos los golpes a la monarquía. Bien puede ser la tolerancia convencimiento de que no se trata más que de palabras, palabras y palabras... De pronto un hombre del campo solicita hablar. Él también quiere decir su discurso, y, a vuelta de varias observaciones del presidente, «Evaristo Jiménez habla en nombre del pueblo de Colmenar de Oreja». Y habla bien. Untado de periódicos, aborrecedor de los curas, probable suscriptor de _El Motín_, sus palabras brotan con una facilidad de fuente. Su retórica pasa de pronto a un color poco diplomático y de indudable irreverencia para con el congreso católico de Burgos. «Allí nos han arrojado el guante; nosotros debemos recogerlo y darles con él por los hocicos...» El pueblo aplaude al temerario paleto. El presidente le llama al orden; mi muchacha de los ojos soberbios continúa en su entusiasmo. El «orador» se retira, no sin protestar. Al pasar por mi lado le oigo decir: «¡Qué van a ser republicanos éstos!» La gente vocifera y la tempestad vuelve a estallar en el circo. Por fin se logra la tranquilidad, y el _meeting_ sigue: se aprueban las conclusiones formuladas por la Comisión iniciadora y se nombra una Comisión ejecutiva encargada de realizar los acuerdos.
Persona informada me da los datos siguientes: El local en que solían celebrarse las grandes reuniones políticas de los partidos era el circo del Príncipe Alfonso, que estaba situado en el paseo de Recoletos, frente al Palacio de la Biblioteca y Museos. Aquel circo, al que se le llamaba Circo de Rivas por el nombre de su propietario, fué demolido hace algunos meses. Allí se celebró una reunión memorable en los últimos meses de 1868, en la cual se fundó el Partido Republicano español. Acababa el Gobierno revolucionario de Serrano y de Prim de lanzar al país un manifiesto en favor de las instituciones monárquicas (redactado por Núñez de Arce, a quien el Gobierno encargó de aquel trabajo) y entonces los republicanos contestaron a aquel manifiesto convocando al Circo de Rivas a todos sus correligionarios de Madrid. Presidió la reunión el decano de la democracia española don José María Orense, y hablaron en ella Castelar, Pi y Margall, Figueroa, Salmerón y otros grandes oradores. Acordóse lanzar al país un manifiesto declarando que quedaba fundado desde aquel día el Partido Republicano. Todos los arriba citados--menos Salmerón--y una multitud de republicanos no tan conocidos, firmaron aquel manifiesto, que fué el principio de la propaganda republicana en España. A la reunión, donde el entusiasmo fué numeroso, acudieron 4.000 personas. Todas las que allí cabían. Desde entonces hubo en dicho circo numerosas reuniones políticas. Una de las últimas que se celebraron, pocos años antes de la demolición, fué cuando los republicanos de Madrid emplazaron a los diputados y a los concejales del partido para que diesen al pueblo explicaciones acerca de la conducta que seguían en el Congreso y en el Ayuntamiento, calificada de apática y tibia. Aquella reunión fué un continuo tumulto; el público insultó y maltrató despiadadamente a los diputados y a los concejales, y hasta volaron algunas sillas lanzadas contra los oradores. Estos abandonaron el local, y se suspendió la reunión entre silbidos. El 11 de febrero de 1897, habiéndose hecho la unión entre las fracciones que acaudillaban Salmerón, Muro, Ezquerdo, y los disidentes del partido de Pi y Margall,--Menéndez Pallarés y Vallés y Ribot--convocaron, todos estos reunidos, a un _meeting_ en el Circo de Colón, local mucho más espacioso que el Circo de Rivas. Tratábase de hacer una gran ostentación de fuerzas populares republicanas con motivo del aniversario de la proclamación de la República del 1873, y como todas las parcialidades republicanas--menos la federal pactista de Pi--estaban unidas, esperábase que el Circo de Colón, en cuya sala caben 6.000 personas, se llenase. La concurrencia de público fué muy grande, pero el Circo de Colón no se llenó. Asistirían unos 5.000 republicanos. Nunca hasta entonces se había visto a tantos republicanos juntos en el local cerrado. La reunión fué en extremo tumultuosa. El público silbó terriblemente a Salmerón y a Ezquerdo. Los discursos fueron sin cesar interrumpidos por las protestas y los gritos hostiles del auditorio. Salmerón se encaró con el público y empezó a insultarle; la lucha entre el público y Salmerón se prolongó más de media hora, y, después de aquella reunión agitadísima, no habían vuelto los republicanos de Madrid a celebrar ninguna reunión pública. Los prohombres republicanos, a pesar de las circunstancias por que España ha pasado desde entonces, esquivaban presentarse ante el pueblo. Al _meeting_ de «fraternidad republicana» del 29 de septiembre último, celebrado en el Circo de Colón, han acudido 8.000 personas. Como ya he dicho, el circo estaba completamente lleno, comprendida la pista, y en la calle se quedaron cerca de 3.000 personas que no consiguieron entrar en el local.
De modo que ésta ha sido la reunión republicana más numerosa que ha habido en Madrid.
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UN PASEO CON NÚÑEZ DE ARCE
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13 de octubre.
COMIENZA en la Carrera de San Jerónimo el ir y venir de las gentes a la hora del paseo de la tarde. La Carrera de San Jerónimo es la calle de Florida de Madrid. Mucha vitrina elegante, mucho carruaje que va y viene; y por la noche mucha luz y alegría de ciudad moderna.
En la librería de Fe, poco antes del crepúsculo, encontré hace algunos días al poeta Núñez de Arce con su amigo Vicente Colorado, también poeta. Hacía algún tiempo que no veía al maestro, y le hallé, aunque quejoso de su salud, bastante mejor que como le viera la reciente vez. Tras hablar unas cuantas cosas del obligado asunto América, se le ocurrió: «¿Si diéramos un paseo?» Acepté con gusto, y salimos los tres hacia el Prado.
Despacio, pues don Gaspar no puede fatigarse. El tiempo estaba fresco, el aire era grato; el cielo lucía afable; pero el poeta desde que comenzó a conversar con nosotros, parecía verlo todo gris. Como yo le preguntase si tenía algún trabajo en obra, si escribía algo.
--No, nada, me contestó, fuera de las cartas que escribo a un diario de Buenos Aires.
Y con un aire de vago desencanto:
--Ah, amigo Darío, mi tiempo ha pasado. Soy ya viejo, y las musas, como hermosas hembras que son, no gustan de los viejos. El campo es ahora de quien se llama...
--Maestro--le interrumpí--, eso quien menos lo puede decir es usted. El amor y el gozo de la vida tienen a Anacreonte y Hugo...
--Lo que de Hugo vale verdaderamente fué escrito en su juventud.
No quise contradecirle.
Pero el hábil Colorado, cuyo ingenio es mucho, apoyado en su antiguo cariño y en su amistad íntima, le increpó con amable irrespeto. «Es que usted se está poniendo insoportable de pesimismo». Y le manifestó que era cosa de los años, que en la juventud todo lo vemos lleno de una luz de rosa. (Lo cual no es cierto en nuestro tiempo; decía yo en mi interior.)
Núñez de Arce prosiguió entonces en un largo parlar todo ornado de bellas frases de decepción. No creo ni en la misma vida. ¿Acaso sabemos algo de lo que hay tras el impenetrable velo de la eterna Isis? ¡La Ciencia! Pues la Ciencia no ha conquistado sino un pequeñísimo reino, el reino de lo experimental. La _débâcle_ a que se ha hecho tanto ruido no hace mucho tiempo, no puede ser más cierta. ¿El arte? Campo para las ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que humo vago que deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en todo. La sociedad, después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver el problema de su misma organización. Véanse las rojas flores que brotan en tal terreno: se llaman socialismo, anarquismo, nihilismo. ¡La nacionalidad española! un sueño. Al primer cañonazo que se oiga en la Península, ya verán cómo se deshace la nacionalidad española. Yo volví a tocar el tema del arte y de la literatura. «Ah, el arte, la literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más patente ejemplo. Los ideales se levantan, se ven como bellos mirajes y luego no se logran nunca. Es el inmenso camino cuyo fin no se encuentra ni se encontrará jamás, a pesar del vuelo continuo de las humanas aspiraciones». Y así seguía, con su voz pectoral, un tanto apagada, y en sus ojos vivaces había una chispa fugitiva y en sus labios se marcaba una sonrisa que podía decir resignación y convencimiento.
Entretanto yo me decía--siempre para mí sobre todo--: Gaspar Núñez de Arce,
...DON _of course A true Hidalgo, free from every stain Of Moor or Hebrew blood, he traced his source Through the most Gothic gentleman of Spain_...
Don Gaspar Núñez de Arce, sin duda alguna el primer poeta de la España de hoy, parecería por sus negros mirares y sus desconsoladores decires, un espirite extranjero, un alma septentrional, rara bajo su cielo de alegría, si no se supiese que en el fondo del alma española crece siempre una oscura rosa. Puede tener un rocío de creencia o no tenerlo. Este fuerte poeta es un Carlos V sin fe que se encierra en su Escorial interior y celebra los funerales de su propia poesía, de sus propios ensueños, de su propia gloria. Y no es nuevo en él este modo de pensar y de ver los cuatro puntos cardinales de la existencia. Allá, ya lejos en el siglo, se oyen aún sus _Gritos del combate_, y ya había resonado en sus oídos el fracaso producido por la risa de Voltaire, a quien en nombre de sus sueños agonizantes o muertos maldecía en el último endecasílabo de un soneto célebre; decía a los poetas que colgaran, en un desconsuelo bíblico, sus harpas, de los llorosos sauces. Gracias a que la férrea contextura de su estro daba animación para la lucha, no se caía en el anonadamiento voluntario. Por esos tiempos, o poco después, miraba con cruel desdén al pobre Becquer, que vivía de pan de amor y vino de sueño. Sonreía el caballero vestido de su pesada armadura, de los que él llamaba «suspirillos germánicos»: le disgustaba el poco de azul que fué a traer en su ramillete de _vergissmeinnichts_ de Alemania, para suavizar el escarlata de sus claveles, el artista triste de las _Rimas_, que después de todo, era esta cosa formidable: un corazón.
En el Prado reían los niños: la tarde desfallecía risueña; en el poniente se fundía una montaña de oro de sol. Don Gaspar proseguía en sus doctrinas. La muerte es lo único que nos interesa verdaderamente, pues da la clave del enigma, Isis aparece entonces sin velo. El hombre no mata nada: todo _se muere_. El hombre cree inventar algo: todo está ya inventado; todo ha sido. De pronto, en un yacimiento de tiempo, descúbrese alguna cosa; eso es todo. Pero nada de lo que se cree nuevo es nuevo. La palabra de la Escritura dice una inconmovible verdad cuando dice: _Nihil novi sub sole_. El hombre vive en la lucha perpetua con la vida y consigo mismo porque, pasada la divina estación de la juventud, quiere ver, quiere saber, quiere conseguir la posesión de un fantasma, descubrir lo imposible, y la realidad le hiere y le desconsuela. El hombre sólo es feliz en el instante de su primavera.
Miré en los ojos a don Gaspar, y canté en mi memoria el recuerdo:
¡Oh recuerdos, encantos y alegrías De los pasados días! ¡Oh gratos sueños de color de rosa! ¡Oh dorada ilusión de alas abiertas Que a la vida despiertas En nuestra breve primavera hermosa!
--Yo, ya estoy viejo, repito, y creo ver en lo que dije la verdad; o lo que me parece la verdad, porque, ciertamente, ella no ha mostrado su faz nunca; su desnudez no ha sido profanada por nadie. Crea usted, me dijo, que la juventud es lo único que vale la pena, y esto por su jardín de ilusiones; esto es, _por lo que existe_.
Yo volví a clamar dentro de mi: «¡Oh poeta, oh querido amigo y maestro! no haces obra de bien predicando el desencanto, tú que sabes la perenne renovación de las cosas, el placer del vivir, con todo y la persecución del dolor; no debes, porque hayas pasado ya mucho más del medio del camino de la vida, quedarte en tu primera etapa, y no mostrar a la juventud sedienta de ideal nada más que el infierno; tú bien debes saber que en la tercera está situada la gloria incomparable del Paraíso, así haya que pasar para penetrar en sus dominios bajo el arco de la Ilusión. La misión del poeta es cultivar la esperanza, ascender a la verdad por el ensueño y defender la nobleza y frescura de la pasajera existencia terrenal, así sea amparándose en el palacio de la divina mentira. Te ha tocado un difícil momento en la historia de tu patria; momento de vacilaciones y de derrumbes, de dudas y de miserias; pero tú no colgaste el harpa del «lloroso sauce». Antes bien, elevaste por tu sonora y acerada poesía las almas, reavivaste el amor a lo bello; de la duda hiciste hermosas esculturas de palabras en que vió la joven generación cómo se esculpía el castellano en potentes estrofas; con el _Idilio_ tomaste a la inagotable viña de amor, cuyo jugo dará sangre a la poesía y al arte por los siglos de los siglos. No, no intentes destruir una sola ilusión. En verdad te digo que retoñará en mil partes. La obligación de la vejez sabia, es decir a los que vienen coronados de flores, en su estación de encantos, en palabras de luz, lo que dice la Boca de Sombra. Hay un caballero cantado en tus poemas, que podía servirte de admirable ejemplo. Es aquel maravilloso Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de ilusiones, capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues bien, Raimundo Lulio no se fué por el camino de la desesperanza, sino que, como entró en el templo, montado en su caballo, ascendió a las estrellas, cabalgante en su pegaso, en seguimiento siempre del ideal. Aquel inmenso poeta, aquel príncipe del símbolo, aquel sabio, te señala una buena pauta que seguir. No pasa el tiempo para los poetas que tienen el alma firme y libre; para los que no reconocen fronteras, preocupaciones, limitaciones: las musas son como dices, muchachas fragantes y frescas, pero no tienen inconveniente en ir a dormir con Booz, o acostarse en el lecho del viejo David.»
Y no sé en qué libro antiguo he leído que Abisag, después de sus nupcias con el anciano rey del harpa, quedó en cinta y dió a luz una estrella.
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TENORIO Y HAMLET
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10 de noviembre 1899.
CADA comienzo de noviembre, al empezar a asarse las castañas y a inflarse los buñuelos, es sabido que Don Juan Tenorio hace su visita a Madrid. Este año ha estado también el taciturno príncipe de Dinamarca. Hamlet, encarnado en Sarah, la prodigiosa comedianta que ha logrado cristalizar la más inconmovible juventud. Don Juan se ha visto en casi todos los teatros y han sido largo asunto de discusión las innovaciones de un cómico que ha querido presentar un Tenorio como cortado por molde de comedia francesa a la moderna, un Tenorio a quien se ha amputado el apéndice que Cyrano llevara hasta delante del Eterno Padre, y Don Juan también, un apéndice que constituye en esos caballeros parte vital y precisa: ¡el _penacho_!
Pues el actor de la Comedia, Thuiller, ha creído oportuna la variación, y dió un Don Juan despenachado. Dijo a la sordina la décima zorrillesca; quiso imponer lo natural en punto en que la naturalidad huelga; el hombre que convida a comer a los difuntos ha hablado como un tipo de Dumas hijo o de Lavedan; Doña Inés del alma mía ha tenido que corresponder en igual tono a las declaraciones de su caballero; esto ha sido un _flirt_ en vez de la tradicional tempestuosa pasión manifestada; la famosa cavatina ha sido una _causerie_; el público se ha mostrado sorprendido, le han cambiado a su Don Juan; la crítica censuró al actor, pero los empresarios demostraron que los críticos aplaudieron en la temporada pasada lo que hoy han señalado como defectuoso. Lo cierto es que el señor Thuiller ha errado. El Tenorio tipo de leyenda no cabe en la pauta de conservatorio reformista que ha querido imponerle. Don Juan, el idealizado por los poetas y cuyo contacto según Musset engrandece, no tiene nada que ver con el personaje histórico de quien Sevilla posee un retrato--el señor de Mañara--por otra parte, muy feo, y al cual seguramente el actor no querría copiar. El nuestro, el de todo el mundo, es un antiguo amigo, _our ancient friend Don Juan_, que dice el sublime y donjuanesco lord. Para darle vida, no es preciso que el actor se desgañite y gesticule como un loco, cual lo hemos visto en los infinitos Tenorios que nos ha dado la declamación española, pues desgraciadamente no hay cómico de la legua que no quiera entenderse con su correspondiente convidado de piedra. Mas algunos grandes actores ha habido que en España han penetrado en el carácter de Don Juan, sin menoscabarle ni hipertrofiarle. Calvo fué uno bueno, para no citar anteriores, y Vico, y aun otro actor de poco renombre pero de reconocido talento, Pedro Delgado, que este año ha hecho el Tenorio en... en el pueblo de Écija.
No se puede hablar de _Don Juan_ sin recordar al pobre Zorrilla, que decía con justa amargura, poco antes de morir: «mi _Don Juan_ produce un puñado de miles de duros anuales a sus editores, y mantengo con él en la primera quincena de noviembre, a todas las compañías de verso de España». Él ha contado de admirable manera el génesis de su drama, que por cierto no fué recibido por el público con el triunfo que más tarde consiguiera. Fué en el año de 1844, en febrero. El actor Latorre necesitaba una obra flamante para su _rentrée_ en la villa y corte. Zorrilla era quien debía entregar la obra. Había él refundido en ese tiempo _Las Travesuras de Pantoja_; y registrando las comedias de Moreto, tuvo la idea de la pieza; y con el _Burlador_ y la refundición de Solís, manifestó a Latorre que se comprometía a entregarle un _Don Juan_ en el término de veinte días.
No conocía Zorrilla, según propia confesión, ni _Le Festin de Pierre_, de Molière, ni el libreto de Da Ponte, ni lo que había ya hecho en Europa con más o menos igual argumento. «Sin darme, dice, cuenta del arrojo a que me iba a lanzar, ni de la empresa que iba a acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazón humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento; fiado sólo en mi intuición de poeta y en mi facultad de versificar, empecé mi _Don Juan_, en una noche de insomnio, por la escena de los ovillejos del segundo acto, entre Don Juan y la criada de Doña Inés de Pantoja». Los ovillejos los compuso a oscuras, y sin escribirlos; a pura memoria los retuvo. Del plan de la obra apenas si tenía hilos tendidos. Su plan era «conservar la mujer burlada de Moreto y hacer novicia a la hija del comendador, a quien mi Don Juan debía sacar del convento, para que hubiese escalamiento, profanación, sacrilegio y todas las demás puntadas de semejante zurcido». Comenzó a escribir, pues, sin saber por donde iba. La musa le supo guiar. Puso a Don Juan en su piel; y Ciutti, es el nombre de un criado italiano que había tenido Zorrilla, en el café del Turco de Sevilla; el hostelero Butarelli, uno que vivía en la calle del Carmen el año 1342, y de quien fué huésped el poeta. De Ciutti, el de carne y hueso, ved el retrato que traza en cuatro rasgos: «Ciutti era un pillete muy listo, que todo se lo encontraba hecho, a quien nunca se encontraba en su sitio, al primer llamamiento, y a quien otro camarero iba inmediatamente a buscar fuera del café, a una de dos casas de la vecindad, en las cuales se vendía vino más o menos adulterado, y en otra, carne más o menos fresca. Ciutti, a quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, según me han dicho, y se volvió a Italia».
He hablado alguna vez de los postreros años de Zorrilla, cuando, en una existencia de enfermedad y pobreza, llevaba en su vejez todavía un rayo de sus antiguos fuegos; y veía ganar dinero, mucho dinero, con sus viejas obras, a editores a quienes en otro tiempo las vendiera en lamentables condiciones. Entonces fué cuando Castelar sostuvo en las Cortes la necesidad de pensionar al lírico, y la pensión fué negada a quien era propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que comer».
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