España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX

Part 17

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Sellés, conquistador del teatro, desde su sonoro _Nudo Gordiano_, continúa escribiendo piezas en un acto, y aun se dice que abordará el libreto de zarzuela, sin que se perturbe el _decorum_ de su noble compañía.

Al conde de Viñaza le he conocido en casa del secretario de la legación argentina. Es uno de los académicos más jóvenes. Estudioso y erudito, tiene entre otras obras suyas un libro muy interesante sobre Goya; y prepara un estudio, que será de indudable valor, acerca de la historia del grabado en Europa, y especialmente en España, para lo cual cuenta con copiosos datos inéditos y planchas antiguas de colecciones hasta hoy desconocidas.

El señor Moret está en la Academia oficialmente. Hubo una ocasión que para celebrar un acontecimiento resolvieron los académicos ofrecer un sillón al ministro del ramo. Le tocó al señor Moret, que casualmente ocupaba entonces el Ministerio. El señor Moret, por otra parte, es orador agradabilísimo y su palabra debe animar y flexibilizar las secas discusiones.

Pérez Galdós, para el reglamento, vive en el paseo de Areneros, núm. 46; pero en realidad reside en Santander, en la villa que se ha levantado a fuerza de novela. Ya he dicho que presentó su candidatura la primera vez y fué vencido por el latinista Commelerán. En poco tiempo se cumplió su voluntad. Pereda, el montañés, según la guía, vive también en la Corte, en la calle de Lista, núm. 3; pero en realidad vive en Santander, en Polanco, y como las novelas no se le pactolizan como a Galdós, a pesar de que es rico, sigue fabricando jabón. El señor Pereda debería no separarse de la Real Academia, no faltar a sus sesiones. Es él quien escribe _los relieves del yantar_; por limpiar, fijar y dar esplendor a _las sobras de la comida_.

El señor Balard, académico electo, es el poeta meloso y falso que ya conocéis, y crítico de una limitación asombrosa, que beneficia no obstante en España la más injusta de las autoridades.

Don Daniel de Cortázar es ingeniero de minas, hijo del autor de un muy conocido tratado de matemáticas elementales. Su ciencia le ha ganado la honra. Los académicos aquí, como en Francia, quieren tener de todo en su casa.

El último académico electo es el poeta Ferrari. Su candidatura ha brotado de los salones influyentes que frecuenta y en donde sus recitaciones son proverbiales... Conste que una vez yo le he visto defenderse con bravura--y al fin sucumbir--en casa de doña Emilia Pardo-Bazán.

La Academia cuenta con innumerables miembros correspondientes, en Europa y América española, y con dos miembros honorarios, ambos de la América Central: uno de Honduras, otro del Salvador. Esto os causará alguna sorpresa, pero he aquí la explicación. El presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, hace mucho tiempo ordenó por decreto gubernativo que en la República se usase, al menos en todos los documentos y publicaciones oficiales, la ortografía de la Real Academia Española. Supongo que acompañaría el decreto con alguna demostración de afecto académico más práctica. El presidente del Salvador, Rafael Zaldívar, hombre muy inteligente, viajó un día por España, con gran séquito y con la pompa de un príncipe exótico. Tengo entendido que dió a la Academia asimismo valiosas pruebas de amistad. Se le correspondió con una sesión especial en su honor. Todas las personas de su comitiva tuvieron nombramiento de miembro correspondiente. De aquí que los dos únicos miembros honorarios sean esos expresidentes centroamericanos.

La labor de la Real Academia, dígase bien claro, es en nuestro tiempo inocua, como la de los inmortales franceses. Hacen el diccionario, reparten premios más o menos Montyon y coronan obras mediocres y correctas.

Aquí se defiende el purismo, la virginidad de esta vieja lengua que ha dado y dará tantas vueltas. Y esos defensores tienen eco en ciertas naciones de América; pues como reza un decir magistral--cito de memoria--«cuando el purismo desaparezca de Salamanca se encontrará en algún cholo de Lima o en el morro de un negro mejicano». En ese continente, en las aldeas más primitivas no falta el barrigudo licenciado abarrotado o abarretado que persiga el _le_ y el _lo_, y el caso y la concordancia, y entre tortilla de maíz y tortilla de mais no haga su discursito en caribe en defensa de los fueros del idioma.

No puedo menos que concluir citando las palabras de un ilustre profesor de la más célebre de las Universidades españolas: «Hay que levantar voz y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo en el simple empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y lo que es aún peor, de reacción entera y verdadera. Eso del purismo envuelve una lucha de ideas. Se tira a ahogar las de cierto rumbo, haciendo que se las desfigure para vestirlas a la antigua castellana. Se encierra en odres viejos el vino nuevo para que se agrie». Y luego: «Hay que hacer el español internacional con el castellano, y si éste ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él. El pueblo español, cuyo núcleo de concentración y unidad dió al castellano, se ha extendido por dilatados países, y no tendrá personalidad propia mientras no posea un lenguaje en que sin abdicar en lo más mínimo de su modo peculiar de ser, cada una de las actuales regiones y naciones que lo hablan hallen perfecta y adecuada expresión a sus sentimientos e ideas. Hacen muy bien los hispanoamericanos que reivindican los fueros de sus hablas y sostienen sus neologismos, y hacen bien los que en la Argentina hablan de lengua nacional. Mientras no internacionalicemos el viejo castellano, haciéndolo español, no podemos vituperarles los hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los hispanocastellanos, y hacen muy bien en ir a educarse a París, porque de allí sacarán, por poco que saquen, mucho más que de este erial, ya que lo que aquí mejor puede dárseles, la materia prima de esa lengua, consigo la llevan y con libros pueden perfeccionarla».

El autor de esas líneas se llama Miguel de Unamuno. Aquí y entre nosotros protestarán especialmente de ellas los que no se llaman ni son nada, _pas même académiciens_.

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LOS POETAS

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Madrid, 24 de agosto de 1899.

EL modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes. Antes lo eran el Darro, que como se sabe tiene arenas de oro, y el Genil que las tiene de plata. Los cisnes viejos de la madre patria callan hoy, esperando el momento de cantar por última vez. Ya os he hablado de Campoamor, cuando se pensó en su coronación, ceremonia de que no se ha vuelto a ocupar nadie, a pesar de las buenas intenciones del Círculo de Bellas Artes, cuyo presidente, el señor Romero Robledo, manifestara tanta excelente voluntad. El anciano poeta sigue cada día más enfermo. Últimamente no ha podido contestar a una _enquête_ iniciada por una revista de París, _La Vogue_, sobre el asunto Dreyfus. Casi imposibilitado de moverse, sufre en su retiro horas dolorosas, y visitarle es ir a pasar momentos de pena. Sus últimos versos son una que otra dolora dolorida que ha publicado la _España Moderna_, una que otra humorada en que se depositan las últimas gotas que quedan del humor antiguo en el vaso de ese espíritu que fuera tan bellamente lozano, tan frescamente juvenil. Ahora es cuando hay que volver los ojos al viejo tesoro prodigado, aquella poesía tan elegante en sus sutiles arquitecturas y tan impregnada del amargor que el labio del artista siente al primer sorbo de vida.

Recordad aquellas perlas brillantes de ironía, de las doloras; y aquellos pequeños poemas que conducen por una corriente de sonoras transparencias verbales a la finalidad de una inevitable melancolía, la melancolía que por ley fatal florece en los jardines de la humana existencia. ¡Amable filósofo! Daba la lección de verdad adornada de la gracia de su música, su música personal, inconfundible en toda la vasta orquesta poética de las musas castellanas.

Núñez de Arce, también silencioso. Dirige las oficinas del Banco Hipotecario, y _Luzbel_, anunciado hace largos años, no se concluye. Dicen que padece el poeta de enfermedad gástrica, y así debe ser por el continuo gesto de displicencia que presenta su faz. No es ya el tiempo de los _Gritos del Combate_ y de la _Visión de fray Martín_. El vate de antes se encuentra ya transpuesto en época que desconoce sus pasados versos, el alma de sus pasados versos, alojada hoy en una casilla de retórica. No es esto desconocer el inmenso mérito de ese noble cultivador del ritmo, que ha dominado a más de una generación con su métrica de bronce. Hoy España no cuenta con poeta mejor. Más aún, no existe reemplazante. Cuando deje de aparecer en el nacional Parnaso esa dura figura de combatiente que ha magnificado con su severa armonía la lengua castellana, no habrá quien pueda mover su armadura y sus armas. Porque Núñez de Arce, dígase lo que venga en antojo a los que no es simpático intelectual o personalmente, ha sido un admirable profesor de energía. En verso, pero de energía. Ha mezclado más de una vez la prosaica política en sus imprecaciones, y ha sido ministro de Ultramar cuando había ministros de Ultramar. Ha sido con su manera sonante y oratoria un parlador de multitudes, un dirigente del espíritu público de su época. Y si de algo se resiente el conjunto de su obra, es de haber sacrificado más de una paloma anacreóntica o cordero de égloga a la diosa de pechos de hierro que no tiene corazón, a la Patria, en su más triste ídolo: el ideal de un momento. Porque el mayor pecado de este poeta es no haber empleado sus alas para subir en el viento del universo, sino que se ha circunscrito a su terruño, al aire escaso de su terruño aun en los poemas de tema humano en que debiera haber prescindido de tales o cuales ideales de grupo. Krausistas y neos han tenido en esta tierras liras en sus batallones. La obra de Núñez de Arce aun persiste. Su puesto, como he dicho, se mantiene el primero. Que su _Visión de fray Martín_ tenga por origen el abad Hieronimus de Leconte de l'Isle, que _La Pesca_ tenga la fisonomía familiar de la copiosa producción coppeista, eso no obsta a la marca individual de este forjador de endecasílabos; endecasílabos de Toledo que vibran y riegan su resonante son: _spargens sonus_. Mas eso no basta al deseo de la juventud que observa la deslumbradora transfiguración del arte moderno. No dice nada a las almas nuevas el conocido alternar del endecasílabo en la estrofa núñezdearcina, que por otra parte, es estrofa dantesca, del Dante de las poesías amatorias. Y Núñez de Arce queda solo ante su ara, o ante su Banco Hipotecario, como el finalizado Campoamor entre el recuerdo y la tumba.

Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, vive también flotante en las brumas de su Olimpo muerto. Bueno, triste, aun guarda una chispa de entusiasmo que brilla en el fino azul de sus ojos penetrantes. Esa tristeza suya me recuerda cierto pequeño poema de Baudelaire, el de los viejos juglares. Pasó para del Palacio el buen tiempo en que un soneto espiritual daba la vuelta a la Corte entre preciosos comentarios, pasó el tiempo de la diplomacia lírica que ponía en humor jovial a los bonaerenses, gracias a este excelente don Manuel, entonces ministro en el Río de la Plata, y al nunca bien ponderado colombiano señor Samper. Hoy está aún más amargado el ingenioso poeta, porque ha quedado cesante de su empleo de secretario de la orden de Isabel la Católica, por obra del duque de Almodóvar. El cual no ha contado con que la indignación del verso debía venir. Y ha venido. No hace muchas noches nos leía don Manuel a varios amigos las vengadoras ocurrencias de su musa:

Alegre por fuera y triste por dentro, con la carga encima de muchos inviernos, muchos desengaños y muchos recuerdos, voy ya por el mundo a paso de espectro, como va entre brumas la nave hacia el puerto. A mi espalda quedan cada vez más lejos, placeres y glorias, quimeras y sueños; y al fin del camino, que cercano veo, dos sombras me aguardan olvido y silencio. Centinelas mudos del reposo eterno, ¿pensáis que ya tardo? Pues no estéis inquietos: ni os odio, ni os amo, ni os busco, ni os temo. Cansado de luchas del alma y el cuerpo para toda empresa inútil me siento. De hacer beneficios que era mi embeleso, un ministro imbécil me quitó los medios, y nunca a los pobres negando consuelo al darles mis lágrimas les doy cuanto tengo, de lo cual resulta que, de puro bueno, la vida me paso haciendo pucheros, ¿y vale la pena de vivir para esto? Sirva usted a su patria, defienda el derecho; por él y por ella sufra usté destierros, prisiones, calumnias y otros vilipendios, y cuando juicioso la edad le haya vuelto, logre entre los sabios pasar por discreto y entre los tunantes fama de no serlo, mientras llega el día en que un majadero, _un poquito duque y un poquito tuerto_ por chiripa jefe de elevado centro, venga y diga: «¡Basta! ¡Vaya usté a hacer versos!» Y usté que en la lengua nunca tuvo pelos, le responda: «¡Sánchez, Vaya usté a paseo!»

Manuel del Palacio, a quien poéticamente el satírico señor Alas tasaba en cincuenta céntimos, es decir, cincuenta céntimos de poeta, da señales de perseverancia de cuando en cuando en las revistas de la Corte, aunque no ya con la frecuencia de antaño. Cuando la guerra, se puso él también en campaña contra el yanqui; sus «chispas» no produjeron desde luego ningún incendio. El señor don Sinesio Delgado, Casimiro Prieto y Manuel del Palacio fueron los tres patriotas del consonante.

Manuel Reina ha logrado recientemente un triunfo con su _Jardín de los Poetas_. Lírico de penacho, en color un Fortuny. Ha llamado la atención desde ha largo tiempo, por su apartamiento del universal encasillado académico hasta hace poco reinante en estas regiones. Su adjetivación variada, su bizarría de rimador, su imaginativa de hábiles decoraciones, su pompa extraña entre los uniformes tradicionales, le dieron un puesto a parte, alto puesto merecido. Le llaman discípulo e imitador del señor Núñez de Arce. No veo la filiación, como no sea en la manera de blandir el verso. Núñez de Arce es más severo, lleva armadura.--Reina va de jubón y gorguera de encajes, lleno de su bien amada pedrería. No hay versos suyos sin su inevitable gema. En el _Jardín de los Poetas_ se ven sus preferencias mentales, un tanto en choque, por la variedad de las figuras. Su jardín es trabajo de virtuoso. Cada poeta le da su reflejo, y él aprovecha la sugestión felizmente.

¿Grilo? Es una situación literaria especialísima la de Grilo. Es el poeta laureado de España, aunque España no tenga oficialmente poeta laureado. Su barril de malvasís, o pongamos de Jerez, debe tenerlo por obra y gracia de la infanta doña Isabel, y demás gentes de palacio. Grilo ocupa un lugar especialísimo, semejante al de ese pobre míster Austin en Inglaterra. Los intelectuales, y aun la mayoría, sonríen ante la parada de esa áulica musa de ocasión que dice sus rimas con acompañamiento de piano. Grilo es el poeta de la reina Isabel, de la reina regente, del rey, y de las innumerables marquesas y duquesas que gustan de leer el día de su santo un cumplimiento en renglones musicales. ¡Aun hay melenas! La poesía suya es de esa azucarada y húmeda propicia a las señoras sentimentales y devotas. Según se me informa, la protección práctica de sus altas favorecedoras es eficaz, y ese ruiseñor no puede quejarse de los cañamones del mecenato.

Don José Echegaray, a quien Castelar hizo el peregrino obsequio de compararle con Goethe, no ha vuelto a _taquiner_ la musa. Es sabido que de todo entiende, y gratifica periódicamente a sus compatriotas con la información de una ciencia de colegiales. El ingeniero poeta goza de una enorme popularidad, y cada vez que yo manifiesto mi asombro por la ocurrencia castelarina, no falta quien se asombre de mi asombro. Su musa concluyó en los empujes de sus dramas elásticos, en las tiradas de la Guerrero. Ferrari es también un poeta de salón, y he tenido la honra de compartir con él una noche el curioso éxito de una recitación para _ladies and gentlemen_. No puede negarse su mérito, bajo el árbol frondoso de don Gaspar. Don Juan Valera ha hecho versos correctísimos; hoy ya no los hace. Menéndez Pelayo asimismo ha frecuentado el Helicón. Este erudito humanista, cuando se le presenta una niña con su álbum, sale del paso con escribir unas estrofas de su antigua composición:

Puso Dios en mis cántabras montañas...

Salvador Rueda, que inició su vida artística tan bellamente, padece hoy inexplicable decaimiento. No es que no trabaje; pues ahora mismo acabo de ver el manuscrito de un drama de gitanos--otro modo de ver que el de Richepin--que piensa someter a los cómicos en la temporada próxima; pero los ardores de libertad ecléctica que antes proclamaba un libro tan interesante como _El Ritmo_, parecen ahora apagados. Cierto es que su obra no ha sido justamente apreciada, y que, fuera de las inquinas de los retardatarios, ha tenido que padecer las mordeduras de muchos de sus colegas jóvenes; dándose el caso de que se cumpliese en él la palabra del celeste y natural Francis Jammes: «Los que más te hayan nutrido con las migajas de tu mesa, los que te atacarán serán aquellos que más te hayan imitado y aun plagiado». Los últimos poemas de Rueda no han correspondido a las esperanzas de los que veían en él un elemento de renovación en la seca poesía castellana contemporánea. Volvió a la manera que antes abominara: quiso tal vez ser más accesible al público y por ello se despeñó en un lamentable campoamorismo de forma y en un indigente alegorismo de fondo. Yo, que soy su amigo y que le he criado poeta, tengo el derecho de hacer esta exposición de mi pensar.

Dicenta ha encontrado su filón en las tablas, y no hace otra cosa que obras para el teatro, como su compañero Paso. Se nombra mucho a Ricardo Gil. He buscado sus obras, las he leído; no tengo que daros ninguna noticia nueva. Es la poesía que conocéis, con un copioso número de aedas, entre los cuales, estos nombres más resaltantes: Catarineu, Ansorena, Morera, Galicia, Melchor de Palau. El espíritu regional cuenta con buenos representantes. Hay ahora un poeta de Murcia que ha conquistado Madrid, Vicente Medina. Se le ha elevado a alturas insospechables, se le ha declarado vencedor. Es verdad que trae con su emoción, con su sencilla facultad de ritmo, su gracia dialectal y su fondo de sensitivo, una nota desconocida hasta hoy; es un hallazgo. Pero lo monocorde de su manera llega a fatigar, con la repetición de la queja, una queja continua, picada de diminutivos que por su copia llegan a causar otra impresión que la buscada por el poeta. De todas maneras Vicente Medina es un excelente poeta campesino.

El señor Vaamonde ha intentado algunos cambios de ritmo, algunas flexibilizaciones de verso, y ha conseguido interesar. Después de la guerra, publicó un libro de inspiración patriótica. Los catalanes tienen buenos poetas, desde su padre Verdaguer, el de la _Atlántida_, hasta los modernos Maragall, Pajes de Puig, y Maten. Son infinitos los rimadores y _mestres en gay saber_. Los andaluces forman también su grupo, con Díaz Escobar, especialista en _cantares_, Arturo Reyes, de la familia de Rueda, como el joven Villaespesa, bello talento en vísperas de un dichoso otoño, y otros escanciadores de sol y manzanilla. Los vascos no sé que tengan un poeta representativo; debe haber varios, que escriban en su idioma y no quieran confundirse con el Parnaso de la Maquetania. Pero con Unamuno basta para tener aún en la lírica representación digna en la Corte.

Los jocosos son legión. Los diarios y revistas publican una cantidad increíble de chistes rimados, y periódicos como el _Liberal_ tienen un redactor especial que trata asuntos de actualidad, en verso. Pues aquí Felipe Pérez y González, como antes Antonio Palomero o José María Granés, tiene por tarea dar diariamente cierta cantidad de estrofas a los lectores, sobre sucesos del momento. Y la gente paga, y pues lo paga, es justo.

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UN «MEETING» POLÍTICO

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4 de octubre de 1899.

HE asistido hace pocas noches a un _meeting_ republicano. Sabía que la concurrencia sería numerosa, y procuré llegar a tiempo, para no perder en ese acto ninguno de los hechos y gestos del «pueblo soberano». Nuestro compañero Ladevese, uno de los organizadores, me había conseguido un puesto de prensa. Allí me senté, cerca de un francés y un ruso. Era enorme aquel hervor humano. Todo el circo de Colón lleno, y por las entradas, la aglomerada muchedumbre hacía imposible que penetrase la gente que todavía quedaba en las calles cercanas. No gusto mucho del contacto popular. La muchedumbre me es poco grata con su rudeza y con su higiene.--Me agrada tan solamente de lejos, como un mar; o mejor, en las comparsas teatrales, florecida de trajes pintorescos, así sea coronada del frigio pimiento morrón. Esta gente republicana, debo declarar que estaba con compostura, a la espera de los discursos, y cuando la campanilla presidencial se hizo oir, el silencio fué profundo.

El presidente, hombre de años, y sin duda de respetabilidad, inicia su alocución de apertura, con cierta gravedad, y luego, a _la bonne franquette_, como habla con cierta dificultad, se explica: «Estos dientes no son los míos, y por eso...» El buen pueblo está contento. Se encarga a un pésimo lector las cartas recibidas de personajes extranjeros. El pobre hombre mutila a Goblet y le convierte en _mumsiú René_, y no hay medio de que oiga al soplón que al lado le corrige; _Clemansó, Clemansó_; él sigue impertérrito: _Cle-men-ceau, Cle-men-ceau_. El público protesta, no por el descuartizamiento de los apellidos franceses, portugueses e italianos, sino porque no se oye nada, y un varón de buena voluntad salta a la tribuna y se ofrece para leer. Al fin acaban las cartas, que Ladevese oye descuartizar con impaciencia visible--pues gracias a sus buenas relaciones han venido--, y él va a pronunciar un discurso.

Se sabe que el conocido corresponsal de _La Nación_ y ex secretario de Ruiz Zorrilla es español, por consiguiente, demás está decir que es orador. Desde sus primeras palabras fué acogido con los más nutridos aplausos. Dijo a los partidarios de la república que es el momento de que el pueblo vuelva a ser lo que fué hace treinta y un años. Ahora que la Patria está más abatida después de las recientes catástrofes, es hora de levantarse. «Yo estoy seguro de que este pueblo volverá a ser grande, fuerte y libre. Algunos al verte por la desdicha y el dolor postrado, se figuran que estás de rodillas... ¡No, no estás de rodillas! Levántate y cubrirás con tu sombra a los que hoy aparecen más altos». En este punto nuestro amigo recibe una sonora y larga ovación. «Pero si estas reuniones han de ser útiles a la idea que las inspiran, es preciso que salga de ellas algo práctico, y nada más práctico que señalar las causas de nuestra impotencia, para remediarlas. Una de las principales causas del estado en que nos vemos es el funesto y antidemocrático sistema de las jefaturas personales»; Ruiz Zorrilla, a quien por cierto se le acusaba de querer ejercer una jefatura personal, quejábase amargamente de ese sistema funestísimo en una democracia, y muchas veces, allá en la emigración, nos decía: