España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 16
Blasco Ibáñez es de contextura maciza, cabelludo y de bravas barbas, ojo fino que va a lo hondo, amable o terrible: su conversación es, sin penachos meridionales, franca y vivaz; es un _bon garçon_ ese soldado de tormentas. Por lo de Montjuich ha luchado con entusiasmo, en unión de otros dos escritores, Dionisio Pérez, redactor de _Vida Nueva_, novelista cuyo _Jesús_ ha tenido cierta resonancia tanto en España como en América, también hombre de combate y de talento tesonero, y Rodrigo Soriano, cuyo nombre _La Nación_ ha hecho conocer en Buenos Aires; carácter de irresistible simpatía, autor de libros varios sobre asuntos distintos, pues si hace cuentos encantadores, sus críticas artísticas son de interés y amenidad notorios, como sus artículos de periodista; y en todo una fácil manera, un estilo de escritor mundano, al tanto de todo lo que pasa en el extranjero, cosa rara aquí; un diletantismo discreto y un innegable tono personal. Su amistad con Emilio Zola es sabida; y el ilustre maestro le ofreció asistir al _meeting_ proyectado en San Sebastián, en favor de la revisión del proceso de Montjuich. Otros novelistas buscan también vías nuevas.
Un distinguido amigo escritor me manifiesta que la novela española no existe hoy, como la francesa, la inglesa, la rusa. ¿Por qué? «Porque las costumbres españolas comenzaron a perderse a fines del siglo XVII, y la novela fundada en las costumbres no tiene carácter nacional si aquéllas no son propias, nacionales. Habría que remontarse a los clásicos para encontrar «costumbres», y, por consiguiente forma especial del género novelesco. Acaso el triunfo de Alarcón, y, sobre todo, el de Pereda, estriban sólo en esa cualidad: sus obras tienen mucho de la tierra en que se formaron. Lo mismo podría decirse de Fernán Caballero». No creo lo propio. En la literatura universal los españoles tienen ese aislado tesoro que se llama la novela picaresca, hoy ciertamente olvidado. Pero si es verdad que los novelistas de España, del siglo XVIII a esta parte, han sido influídos por corrientes exteriores, academicismo, romanticismo, _bon sens_, socialismo, realismo, naturalismo, psicologismo, etc., a través de la imitación ha permanecido visible el carácter nacional. Larra mismo fué tentado por Walter Scott, y ¿quién más español que él, a pesar de su conocimiento de literaturas extranjeras? Justamente ha escrito don Juan Valera a quien estas líneas traza:
«Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es nada más que un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición española». Fernán Caballero realizó la novela andaluza, junto a los admirables cuadros de Estébanez y Mesonero Romanos. Hoy mismo, las novelas de Salvador Rueda y Reyes son puramente andaluzas. La novela gallega nos la ha dado, aun vestida con modas extranjeras, la egregia doña Emilia; la novela vasca tendría su sola representación con esa admirable y fuerte _Paz en la Guerra_, de Miguel de Unamuno. Existe, pues, no solamente la novela española, de Galdós, Palacio Valdés, Valera o Alas, sino la novela regional.
Hubo un tiempo en que reinó el folletín. Eugenio Sué tuvo su _doble_, en Madrid, en don Wenceslao Aicuals de Izco. _Los Misterios de París_ se multiplicaron en _María o la Hija de un Jornalero_ y en la _Marquesa de Bella Flor_. El socialismo romántico de entonces encontró excelente campo de este lado de los Pirineos. Luego vino la época de aquel buen Pérez Escrich, que causó muchos llantos a nuestras madres y abuelas, pues la inundación de entregas sentimentales no fué tan sólo en la Península, sino que recorrió la América entera. Lo propio daba el _Cura de la Aldea_, que el _Mártir del Gólgota_, o la _Mujer Adúltera_. Tras él vino Antonio de Padua, caro a las modistas y señoritas ansiosas de ensueños burgueses. Y otros de la misma harina que encontraron fácil la explotación de esos antiliterarios filones. Puesto muy distinto es el de don Manuel Fernández y González, una especie de Dumas el viejo, fecundo y brillante de imaginación, productor incansable, tonel de cuartillas, al que la pobreza soltaba la espita, intrigador colosal y cuyo espíritu galopante no deja de encenderse de tanto en tanto con bellas chispas de arte.
El diluvio de entregas pasó. Algunos libros aparecieron de corta extensión, como los de las bibliotecas francesas. Eran _El Escándalo_, de Alarcón, y la _Pepita Jiménez_, de Valera. La literatura recobraba su puesto, así fuese en aislados esfuerzos. Alarcón, escritor de hábil inventiva, sutil y emotivo, causó gran impresión con su novela de espíritu hondamente conservador, o _neo_, como aquí se dice, a la cual novela habría de oponerse, en un combate de doctrina moral más que de ideología, la _Doña Perfecta_, de Galdós. Valera asimismo se impuso desde luego por la delicada elegancia de su manera, por la resurrección de antiguos prestigios nacionales, por el abolengo impoluto de su estilo. Valera tenía la gracia, Galdós conquistó con la fuerza. Pereda, que publicara sus _Escenas montañesas_ desde 1894, no tuvo verdadera resonancia sino muchos años después. _Pedro Sánchez_ y _El Sabor de la Tierruca_ señalan el principio de su renombre. Después llegaron la Pardo-Bazán, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés. Se creaba ya la novela de ideas. Al surgir victoriosos esos nombres, un grupo en que bien podía haber un talento igual, mas no certera orientación, se presentaba, en el deseo de hacer algo nuevo, de encauzar en España la onda que venía de Francia. Era la época del naturalismo. Nadie se atrevería a negar el valer mental de López Bago, de Zahonero, de Alejandro Sawa; pero la importación era demasiado clara, el calco subsistía. López Bago, en cuya buena intención quiero creer, tuvo un pasajero éxito de escándalo y de curiosidad. Sus obras eran abominadas por los pulcros tradicionalistas y por los mediocres que le envidiaban su buen suceso. Se trataba de verbosos análisis, de pinturas de vicio, escenas burdelescas, figuras al desnudo y frases sin hoja de parra. Zahonero siguió un naturalismo menos osado. Sawa, muy enamorado de París, y más artista, se apegó a los patrones parisienses, y produjo dos o tres novelas, que aun se recuerdan. Alejandro Sawa es un escritor de arte, insisto, y el naturalismo no fué propicio a los artistas: era una literatura áptera.
He de hablar de Silverio Lanza, un cuentista muy original, cuyo nombre es escasamente conocido. Sin perder el sabor castizo que suele aparecer con frecuencia en sus narraciones, este escritor tiene todo el aire de un extranjero en su propio país. Es un humorista al propio tiempo que un sembrador de ideas. Pero en su humor no encontraréis mucho el chiste nacional, sino el _humor_ de otras literaturas. Su ideología se agria de cierta aspereza al rozar problemas que se relacionan con defectos y tachas de su misma patria. «Y si habla mal de España, es español», dice Bartrina en uno de sus versos. Pero no es este el caso. Es que se trata de un hombre de pensamiento que se subleva ante las desventajas de su patria en comparación con otras naciones, a las cuales desearía sobrepasase en el camino del progreso humano, ante los vicios característicos que habría que combatir, y los inconvenientes de educación que habría que subsanar. Silverio Lanza es un hombre de guerra. Se ha repetido el caso de Stechetti y Olindo Guerrini. Olindo Guerrini en esta vez se llama en España Juan Bautista Amorós. Entre sus libros, sobresalen _Cuentecillos sin importancia_, _Ni en la vida ni en la muerte_ y los _Cuentos políticos_. Recientemente Ruiz Contreras ha tenido la acertada idea de llamarle a la _Revista Nueva_, en donde sus cuentos ofrecen como antes,--extrañamente vertebrados, llenos de oscuridad que seduce, enseñadores de atormentadas gimnasias de estilo, al decir mucho en cortas oraciones, incoherentes con premeditación, y teniendo siempre a su servicio la mitad del Genio,--compañera del Ensueño, la Ironía. El director de esa revista me decía que a su sentir era Lanza «acaso el más fuerte y el más arrojado. Silverio Lanza no ha sufrido la menor decepción. Desde que publicó la primera obra, _El Año triste_, no ha cambiado una sola vez de senda. Es un carácter, un hombre, una inteligencia superior, y triunfará, logrando ser en la literatura española un personaje aislado sin antecesores y acaso también sin descendientes». Lo creo. La libertad por él proclamada con el ejemplo, que ha hecho resaltar en esta literatura de estilo uniforme--hablo en general--o uniformado, para decirlo mejor, su inconfundible individualidad, dará aquí buenos frutos, cuando el aire circule, cuando el aliento universal pase bajo estos cielos; el individualismo traerá consigo--y ya empieza a iniciarse, después del desastre--una floración flamante y saturada de perfumes nuevos.
Al paso observo un pequeño huerto bien cultivado, lejos del parque inglés de Palacio Valdés, de las granjas montañesas de Pereda y Galdós y de la rica quinta gallega de doña Emilia. El huerto es de José M. Matheu, cuyas excelentes cualidades de novelador son reales. Este es un modesto; se ruboriza de la audacia. Suave y metódicamente ha creado unos cuantos caracteres que ha alojado en sus libros, en donde si esas buenas notas resaltan, falta en cambio la divina virtud de la ironía, el culto del arte de la frase, las cambiantes estaciones del estilo.
Ortega Munilla, creo que, demasiado entregado a la política, ha permanecido sin producir un solo libro desde hace algún tiempo. De cuando en cuando florece su ingenio en algún cuento, que recuerda al vibrante narrador de otros días, el novelista de conciencia y el prosista aquilatado. ¿Taboada? A Taboada también hay que contarle ya entre los novelistas. El paso de la narración corta a la novela lo ha hecho, como sus semejantes, Mark Twain y Alphonse Allais. Este gracioso de España como el clownesco yankee y el incoherente francés, ha obtenido un enorme éxito con su obra después del continuado éxito periodístico de cuentos y crónicas desopilantes. Su mérito no puede ponerse en duda. Es una originalidad. Es el cronista incomparable de la vida cursi. Su _Viuda de Chaparro_ se ha casi agotado en pocos días. Hace reir, con un si es no es de amargor, que, en verdad, merece su latín. Aquel de Ovidio, si gustáis:
_...medio de fonte leporum Surgit amari aliquid..._
La novela de Unamuno, _Paz en la Guerra_, es de esas obras que hay que penetrar despacio; no en vano el autor es un maestro de meditación, un pensativo minero del silencio. Es la novela un panorama de costumbres vascas, de vistas vascas, pero es de una concentrada humanidad que se cristaliza en bellos diamantes de universal filosofía. El profesor de Salamanca es al mismo tiempo el euskalduna familiar con la tierra y el aire, con el cielo y el campo. Su pupila mental ve transparentemente el espectáculo de la vida interior en luchas de caracteres y pasiones, en el olear de la existencia ciudadana o campesina. Sus figuras las extrae como de bloques de carne viva; y es un poderoso manejador de intenciones, de hechos y de consecuencias. Y en su manera no hay ímpetus, no hay relámpagos.
Tranquila lleva la pluma, como quien ara. Para leerle, al principio se siente cierta dificultad: pero eso pasa presto para dar lugar a un placer de comprensión que nada iguala. Este es uno de los cerebros de España, y una de las voluntades. Lo que su paisano de Loyola, San Ignacio, enseñó con sus _Ejercicios_ a Maurice Barrès, él lo ha aprendido en los ejercicios de su alma, en la contemplación de la vida, en su tierra honorable y ruda con la rudeza de lo natural y de lo primitivo incontaminado y sano. Antes he amado, por innata simpatía, a esos hombres fuertes de Vasconia, que adoran su cielo y su tierra feraz y su libertad, en la conservación de una vida de grandeza antigua, que cantan tan sonoras canciones de meditación y amor y danzan tan bizarras danzas; marineros, herreros, campesinos, nobles todos, veneran un árbol y han tenido un bardo como Iparraguirre; pero jamás he comprendido el alma vasca como cuando me he impregnado de las páginas de Unamuno. El amor allí tiene el hervor de la prístina savia; los elementos conspiran para la fraternidad con el hombre, la tierra besa a la carne, la savia se une a la sangre; el abrazo, la cópula, debía ser como un sacramento, o como ley sagrada. Son razas poseedoras de la serena energía, de la fuerza donada por los viejos dioses, esa ilustre fuerza que saluda Gladstone junto al árbol de Guernica, que pinta Puvis de Chavannes, y a la cual invoca el canto cuando, en su Provenza, Mistral empuña ante el concurso conmovido la simbólica copa.
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LOS INMORTALES
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22 de septiembre de 1899.
PRONTO aparecerá la nueva edición del Diccionario de la Real Academia Española. La casa editorial de Hernando da la última mano al grande y lujoso mamotreto. El señor Echegaray ha explicado ya en la Prensa muchos de los nuevos términos científicos que la Corporación ha decidido adoptar. Dentro de poco el _volt_ se llamará voltio y el _culomb_ culombio. En cuanto a la palabra _trolley_, queda sencillamente convertida en trole, como hace muchos días tuvo la amabilidad de comunicármelo mi eminente amigo Eugenio Sellés. Ignoro si el _presupuestar_ de Ricardo Palma tendrá cabida esta vez en el léxico. Mas lo cierto es que hay novedades, y es posible que el chistoso pedante de Valbuena prepare otra «fe de erratas». Veremos lo que se limpia, lo que se fija y lo que se da de esplendor, para recordar nuestro Horacio y su _jus et norma loquendi_.
Estos inmortales cumplen con su deber conservador sobre todo; de las tres partes del lema prefieren el fijar. Sus sesiones parecen de una amenidad muy discutible. Ha pasado ya de moda el murmurar de sus hechos y gestos. En Francia todavía las palmas verdes y el espadín provocan una que otra ocurrencia. Aquí es poco decorativa la representación, y un libro no se vende más porque el autor pueda poner debajo de su nombre: _De la Real Academia Española_. La labor de los excelentísimos e ilustrísimos, fuera de las papeletas del Diccionario, es poco activa: la publicación de algunas obras, como las que dirige Menéndez Pelayo, y la adjudicación de varios premios.
La Real Academia se fundó en 1713, y trece años después apareció el primer tomo del Diccionario; otros trece años pasaron para que pudiesen publicarse los otros cinco de aquella primera edición. El rey ordenó que se diesen a la Academia mil doblones al año. Aprobada por Felipe V, logró especiales concesiones. Los académicos quedaban en cierto modo y para ciertas ventajas iguales a la servidumbre de la Real Casa. En 1793 se les favoreció con la renta anual de 60.000 reales. Desde 1793 tuvo su local, en la célebre casa de la calle Valverde, hasta que hace poco tiempo se ha instalado en edificio especial que hizo construir con propios fondos.
Los inmortales de Francia son cuarenta; los de España sólo llegan a treinta y seis, sin que yo sepa el motivo. Lo que no cabe duda es que el sillón 41.º de Houssaye, que aquí corresponde al 37.º, existe en la academia del marqués de Villena como en la academia de Richelieu... No deja de haber aquí también su partido «de los duques». La política no anda asimismo muy alejada de las influencias que privan en el reino de la gramática. Ved un simple desfile de figuras. El director actual es el conde de Cheste. Muy viejo, antiguo militar, muy querido en la Corte; hace algún tiempo que no asiste a las sesiones académicas. El conde de Cheste dejará una obra extensa principalmente de traducciones. Hasta hace poco, obsequiaba a sus colegas con buenas comidas y candorosos versos. Secretario perpetuo es hoy don Miguel Mir, desde la muerte de Tamayo y Baus; censor, Núñez de Arce; bibliotecario, Catalina; tesorero, el marqués de Valmar; vocal administrativo, Sellés, e inspector de publicaciones Menéndez Pelayo.
El marqués de Valmar es un verdadero aristócrata. Este viejo hidalgo, muy erudito, en sus primeros años literarios escribió para el teatro. Su obra más considerable es un estudio acerca de la poesía castellana en el siglo XVIII. Se le debe la publicación de las _Cantigas del Rey Sabio_. Su vejez se desliza entre libros y comodidades; es un caballero que ha sabido proteger, cuando ha podido, a los jóvenes de verdadero valer que le pedían su apoyo literario y social. Mucho le debe a este respecto el señor Menéndez Pelayo. Demás decir que el marqués de Valmar, noble y literato, ha pertenecido al cuerpo diplomático.
Campoamor llevó su humor a la Academia. No sé que haya contribuído mucho a la cocina del Diccionario; pero si encontráis en la nueva edición algunas humoradas, creed que son suyas, a menos que no sean de don Juan Valera. Es de pensarse que en el secreto del ministerio, en lo más intrincado de la tarea filológica, sabrá poner una gota de su espíritu ático este marqués del estilo que habría sido amigo de Barbey. Más que los ratones de los estantes empolvados, le conocen las alegres liebres que, según Hugo, _telegrafían_ al buen Dios en las mañanas de primavera: _¡content!_ Por lo demás, Pepita Jiménez conversa muy amigablemente con fray Luis de Granada.
Don Enrique de Saavedra, duque de Rivas, emparentado con don Juan Valera, es, sobre todo, el hijo de su padre. Su mayor título académico es ser obra de don Ángel, hermano por lo tanto de _Don Álvaro o la fuerza del sino_. La herencia espiritual no fué en este caso completa, y don Enrique es a don Ángel lo que Francisco o Carlos Hugo al César de los poetas franceses.
Don Cayetano Fernández es un señor presbítero adobado de humanidades. Su candidatura a la Academia salió de Palacio. Ha sido el áulico profesor de las infantas viejas. Creo que ha escrito un volumen de _Fábulas morales_. Moral: _Timeo hominem unius libri_.
Don Gaspar Núñez de Arce ilustra con su poesía el árido senado. Es el Sully-Prudhon de los españoles, o el José María de Heredia.
Don Eduardo de Saavedra es ingeniero de caminos. Se le abrieron las puertas de la Academia por su ciencia, como a Lesseps. Dicen que tiene gran talento. Alcalá Galiano es otro hijo de su padre. Ha traducido a Byron, en verso. Ignoro si el sacrificio fué antes o después de entrar en la Academia.
Don Mariano Catalina se distingue entre otras cosas por sus barbas rojas, y por sus ideas, que son completamente opuestas al color de sus barbas. Sus dramas valen mucho más de lo que se ha dicho de ellos. En ese reaccionario hay un varón de fibra. Le silbaron, injustamente, y se dedicó a otras cosas. Su manera es parecida y anterior a la de Echegaray, menos descoyuntada y más española; sus versos aceptables, es decir, malos. Es editor de la colección de escritores castellanos, que publica, entre otros libros importantes, la _Historia de las Ideas Estéticas_ y demás obras de Menéndez Pelayo.
Don Marcelino entró muy joven en la Academia, como se recordará. Hiciéronle triunfar por una parte su saber enciclopédico y vasto, por otra su conocida filiación conservadora. No hay duda de que sus conocimientos son asombrosos: don Marcelino sabe más que todos los académicos juntos, y sus trabajos han sido y son los de un gran crítico, los de un verdadero sabio. La edición monumental de Lope y la _Antología_ lo demuestran.
Pidal y Mon escribe correctamente.
El señor Mir escribe con muchas intenciones académicas, y, como la mayor parte de los escritores de su país, se toma muy escaso trabajo para pensar. Siempre esa onda lisa del período tradicional cuya superficie no arruga la menor sensación de arte, el menor impulso psíquico personal. Ha publicado un libro en que se descubre sinceridad e independencia, libro antijesuítico y de largo nombre: _Los Jesuítas de puertas adentro y un Barrido hacia afuera de la Compañía de Jesús_. Escribe la historia de Cristo y memorias o monografías académicas; en lo académico suspiraréis por un poco de literatura o de sentimiento artístico, y en lo religioso es en vano buscar el espíritu de los antiguos místicos--única cosa que el académico español podía perseguir.
Balaguer acaba de publicar uno de los innumerables volúmenes de que constan sus obras. No parece que le preocupen gran cosa los asuntos de instituto. Maestro en gay saber, vive mucho para las musas.
Commelerán entró en la Academia en ocasión famosa. Se sabe que luchó con Galdós y que la candidatura del novelista fué pospuesta. Se escribió mucho con este motivo, y hubo enérgicas protestas. No veo tanto la razón. El señor Commelerán sabe más latín y más lingüística que el señor Galdós; es más útil en las tareas de la Academia. Además, el novelista debía entrar tarde o temprano. No estaba en el mismo caso de Zola... Commelerán es un incansable trabajador en sus estudios oficiales. Tuvo en un tiempo aficiones literarias y, apasionado de Calderón, hizo algo para el teatro, que no llevó a la escena. Publica ahora un gran Diccionario latino y libros de texto que son bien juzgados.
Fabié es de una eminencia especial; para unos es un sabio; para otros, lo contrario de un sabio. No es digno, a mi entender, de lo uno ni de lo otro. En sus escritos se ve, además de la irremediable corrección, mucha cultura clásica y legítima solidez.
Ha preferido en sus disciplinas, a lecturas insustanciales y nuevas, generalmente obras de segunda mano, el desempolvar pergaminos viejos en los rincones de archivos y bibliotecas; de ahí que la crítica histórica tenga en el señor Fabié uno de sus más serios representantes en España.
Del señor Silvela diré que, hijo de un padre ilustre y hermano de otra notable inteligencia española, vale muchísimo más que lo que él se figura. Tiene atracción y un inmenso número de amigos que le siguen. Con todo, su política es mejor que su literatura, literatura de aficionado. Lo cual no quita que encontréis en sus discursos páginas admirables.
Colmeiro es un sabio. Nada más que un sabio.
El señor Fernández y González es un arabista insigne, según aseguran los que dicen que entienden el árabe. Se me ha hablado mucho de su talento de crítico, y conozco estudios suyos nutridos de doctrina; pero no he podido encontrar su libro _La Crítica en España_, del cual se cuentan maravillas.
El conde de Buenos Aires, don Santiago Alejandro de Liniers, hoy alcalde de Madrid, tiene ante todo su alta posición social y pecuniaria. Ha publicado un libro, _Líneas y Manchas_, y ha sido periodista. Exprimiendo toda la producción de esta excelente medianía, no se sacaría la cantidad de pensamiento y de arte que hay en una sola página de su sobrino Ángel Estrada.
De don Luis Pidal y sus obras confieso mi absoluta ignorancia.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, es otro poeta de la Academia. Vive ahora un tanto retirado, después de que el duque de Almodóvar tuvo la peregrina ocurrencia de quitarle su empleo en la Administración; por lo cual la indignación de su verso envió unas cuantas abejas de su jardín a picar al caballero, como él dice «un poquito duque y un poquito tuerto». Arquíloco es mal enemigo.
La ciencia por un lado y el teatro por otro, apadrinaron a don José Echegaray para entrar a ocupar su sillón. Castelar le hizo el dudoso favor de compararle con Goethe al contestarle su discurso de recepción. El señor Echegaray es un hombre eminente, «de lo mejorcito que aquí tenemos», me dice don Leopoldo Alas; pero su enciclopedismo de nociones en este tiempo de las especialidades le coloca en una situación que fuera de su país sería poco grata para su orgullo.