España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 15
En los buenos tiempos románticos florecieron en Madrid muy famosos editores como Roig y Mellado. No enriquecerían a los poetas llenos de apetito de entonces, pero por lo menos les quitaban el hambre. En medio siglo ha perdido Madrid mucho de su ambiente literario. Zorrilla, como poeta lírico, no sacaría hoy a su editor un puñado de onzas para sus caprichos, como el año 1840. Apenas un puñado de garbanzos, y gracias. Hay de aquellos tiempos volúmenes de poesías de autores desconocidos, hechos en casas editoriales que, por lo menos, pagaron la edición. Hoy quien no esté abonado por el nombre, no encontrará sino el desdén de no importa cuál editor. De entonces acá es cierto que se ha apagado el entusiasmo. Los periódicos publicaban folletines de versos que la gente leía sin duda; la novela estaba un tanto canija; pero, a pesar de su flacura y anemia, había editores para ella. Es verdad que la prensa ayudaba mucho a los libros; los periódicos, en general, cuidaban de su parte literaria, y aunque no hubiese grandes críticos, porque la crítica nunca tuvo en España muchos ni muy competentes devotos, teníanse en cuenta la bibliografía y se hablaba y se discutía alrededor de una obra nueva. Hoy la Prensa no se ocupa de un libro nuevo a conciencia. No hay críticos fijos en las redacciones. El libro se anuncia, a lo más en una gacetilla--la misma para todos los periódicos--que por lo general manda hecha el editor interesado; y los artículos firmados por nombres de autoridad obedecen a móviles amistosos o de camaradería, antes que a cualquier preocupación artística, o literaria. Hasta hace algún tiempo, el envío de dos ejemplares de un libro a una redacción hacía que se hablase de la obra con más o menos laconismo; hoy ni las obras de los más sonantes autores--Galdós, Pereda, Palacio Valdés, Pardo-Bazán, Valera, etc.--encuentran eco en la Prensa. Galdós, con empresa especial para sus libros y con el sentido comercial que le distingue, anuncia sus nuevos _Episodios Nacionales_ en la cuarta plana de los diarios, junto al aviso en que el novelista santanderino Pereda recomienda su fábrica de jabón; Valera se da por satisfecho con las atenciones de su público y las traducciones que le hacen en el extranjero, y Palacio Valdés, que tiene un desdén profundo por la crítica de su país, ni siquiera envía sus libros a las redacciones, escribe para ser vertido al inglés y leído en Nueva York y en Londres.
Hasta los libreros y editores van dejando la costumbre de enviar los dos ejemplares de prensa, al ver la inutilidad del procedimiento.
Las ediciones de los románticos--algunas muy bien hechas y muy parecidas a las de los franceses--debieron ser numerosas. Demuestran más que el valor de los poetas, el entusiasmo del público. Desde Salas de Quiroga hasta Romero Larrañaga--ayer, hoy y mañana ilustres desconocidos--un ejército de cabelludos desbocados exuberó en prosas y versos que tuvieron la vida de una col. Sus ediciones--de las que se suelen encontrar ejemplares muy hermosos en los puestos de librería de viejo--no se cotizan, como en otros países, por motivos esencialmente tipográficos y de curiosidad literaria. La primera edición de los _Romances_ del duque de Rivas no vale más que dos pesetas, y he visto vender en quince una primera edición de los trece primeros volúmenes de _Poesías_ de Zorrilla. Del _Trovador_ de García Gutiérrez y _Los Amantes de Teruel_ de Hartzenbusch, si aparecen las ediciones primitivas, se confunden en los montones de comedias que se venden por lotes, con las más recientes, y se cotizan a veces a menor precio que las que acaban de aparecer, porque «son viejas». Las primeras obras de Campoamor corren igual suerte. En la época romántica se fundaron las «Galerías dramáticas», y creo que el editor Delgado fué el primero que intentó el negocio. Hasta entonces, y sobre todo en los siglos XVII y XVIII había habido impresores que coleccionaban preferentemente comedias y las imprimían a dos columnas. Aun aparecieron impresas así las de Moratín y las tragedias de Jovellanos y Quintana. Luego se adoptó para comedia el 16º; así aparecieron las primeras de Bretón de los Herreros, y al fin se agrandó la forma, estableciendo la primera galería el tamaño corriente y el formato que hoy se usa para las obras teatrales. Así como ahora lo que sobra en las galerías son títulos, al principio faltaban, y para presentar un catálogo copioso de obras nuevas y nombres nuevos, Delgado ofrecía buenas pesetas por todas las obras que le llevaban los principiantes. Imprimía los originales sin leerlos siquiera. Sólo así se concibe que hayan llegado a publicarse muchas obras entre las cuales me ha llamado la atención, y no por sus bellezas, una de Campoamor, que debió escribir el poeta cuando tenía quince años. Se vivía en aquel mundo literario en una inocencia arcádica. La Prensa aplaudía las fogosas redondillas y los ingenuos sonetos. El bisoño Orfeo, recién llegado de provincia, encontraba un colega cortesano que le presentase a un editor; las tentativas se estimulaban; de una tertulia salía con frecuencia un nombre nuevo: el público se dejaba seducir por aquellas fascinaciones. Un epigrama daba la vuelta a la ciudad, y una poesía solía conquistar la buena voluntad de un ministro. Renduel no existía, ni Lemerre tampoco; pero algo semejante animaba en España a los excelentes hijos de Apolo. Es de lamentar que un Valera no deje escrita la historia íntima de la literatura española de este siglo. Sería muy interesante ver cómo se producen y se agitan las corrientes por un momento dominadoras de todo y que desaparecen en este país nervioso, impresionable y de mil faces.
Don Wenceslao Ayguals de Izco quizá fué el primer editor literario de empresa. Don Wenceslao acometía la novela, se lanzaba por la poesía, autor fecundo y atrevido; dirigió un periódico, _la Risa_, en que escribieron todos los famosos de la época, y supo fundar un negocio de publicidad en grande escala; falsificó en castellano _Los Misterios de París_ y el espíritu de Sué, con su _Hija de un jornalero_ y su _Marquesa de Bella Flor_.
Gaspar y Roig y Ángel Fernández de los Ríos hicieron bibliotecas ilustradas del tamaño y forma de los _magazines_, y a ellos se debe en gran parte el sostenimiento de la cultura literaria, pues hicieron traducir y publicaron muchas obras francesas e inglesas con buenas ilustraciones intercaladas en el texto y a precios hasta entonces desusados. Asimismo alternaban con los extranjeros Espronceda y el duque de Rivas, Carolina Coronado y Fernández y González. En competencia con los _cuadernos_ cultos de la Biblioteca Universal y de la Biblioteca Gaspar, aparecieron las entregas de novelas de un género especial. Era el desborde de la fantasía endiablada de Fernández y González, el torrente sentimental de Pérez Escrich, la honesta narración «a la papá» que humedeció los pañuelos de varias generaciones en España y América, y a cuyo recuerdo aun suspiran las porteras agradecidas. Ambos novelistas ganaban muchas onzas de oro y enriquecieron a sus editores. Pero la novela por entregas también pasó, al vuelo del tiempo, y el honrado Escrich murió en la pobreza después de cazar mucho y escribir otro tanto, pues su vida en la Corte se deslizó como canta una quintilla suya:
Escrich es un cazador Que pasa días felices Persiguiendo con ardor En el campo a las perdices Y en Madrid al editor.
Como en Valencia durante muchos años la Biblioteca de Cabreziro hacía buena obra publicando libros de mérito, más tarde en Barcelona La Maravilla dió al público novelas e historia a precios reducidos, y alcanzó popularidad. Por allí salieron a mezclarse con el pueblo español Walter Scott y Dumas el viejo. No hay duda de que del año de 1840 al 1860 se publicaba y leía más en la Península que lo que ahora se publica y se lee. Los editores de Barcelona que hoy trabajan mucho, lo hacen de modo principal para la exportación y con escaso cuidado. En Madrid apenas hay editores literarios. Las bibliotecas económicas de vulgarización a dos reales aumentan y producen continuamente. La primera fué la de Pi, la Biblioteca Universal, hecha por el patrón de la francesa del mismo título, aunque a precio duplicado (la Bibliothèque Universelle sólo cuesta veinticinco céntimos); siguióla en Valencia la Biblioteca Selecta y en Barcelona la Biblioteca Diamante. Antonio Zozaya intentó cuerdamente su Biblioteca Filosófica--también a dos reales--y dió a conocer al gran público, cierto que como en un botiquín, a los filósofos antiguos y modernos, desde Aristóteles hasta Schopenhauer.
No dejaré de recordar el impulso que dió a las obras ilustradas, con sus libros bien presentados y económicos, el editor Cortezo, barcelonés, en su Biblioteca de Artes y Letras, con encuadernaciones a la inglesa, y sus buenos grabados; a tres pesetas volumen, dió mucho bueno. La Biblioteca franco-española y el Cosmo editorial inundaron el país de traducciones, por lo común mediocres y malas; una importó al divino Montepín, a la otra se le debe agradecer la presentación de Zola. Lázaro y Galdeano, director de la _España Moderna_, y de quien ya os he hablado, hombre de buen gusto y de fino tacto, ha invertido una fortuna en traducciones. Al comenzar en París la _Collection Artistique Guillaume_, Sanz de Jubera quiso aquí imitarla. Error. El fracaso vino luego. Editores de novela como Charpentier, o de poesía como Lemerre no hay en España ninguno. El editor Cortezo intentó fundar en Barcelona una biblioteca de novelas contemporáneas, pero tuvo que abandonar la empresa. El problema es sencillo. Los editores quieren firmas reputadas, nombres hechos, quieren la seguridad de la venta, la salida del producto. Los jóvenes, y entre ellos muchos que acudirían a formar esa biblioteca, no son recibidos, y, cuando publican uno que otro trabajo, lo hacen por cuenta propia. Ello no es nuevo. Pérez Galdós, Pardo-Bazán, Palacio Valdés, que antes de ser conocidos tuvieron que publicar ellos sus obras, se han acostumbrado a eso, y ahora, ya célebres, no se resignan a sufrir la tutela de Shylock de un editor. ¿Qué ventaja le reportaría al señor Pereda, por ejemplo, un editor que le diera de sus obras menos de lo que ahora le paga Suárez, que se las administra por un 35 por 100? Si cuando empezaban esos escritores hubiese habido un editor de comprensión y talento que les acogiese y ayudase, como Charpentier a Zola, a Daudet, a Goncourt, estarían todos unidos ahora a la sombra de un buen árbol editorial, que a su vez se habría nutrido de rica savia y sería amparo siempre de los nuevos. Aquí el editor no quiere hacer obras, sino ser contratista de obras hechas.
La guerra, el desastre, han traído ahora un movimiento que algo hace esperar para mañana, o para pasado mañana. No hay que olvidar que los ingleses llaman a esto _the land of «mañana»_. Se ha producido algo más en estos tiempos que antes de la _Débâcle_, en novela, estudios sociales, crítica, anuarios, etc. Han aparecido nombres nuevos, y los mismos nombres viejos han aparecido como con un barniz nuevo. No hablo de la producción catalana, que cuenta con el libro de arte en fondo y forma; _L'Avenç_, por ejemplo, no tiene nada que envidiar a Empresas como el _Mercure de France_, o la de Deman, de Bruselas. Tal es la actual España editorial.
Allí entre nosotros solemos quejarnos. Yo ya no me quejo. Aguardemos nuestro otoño. ¡Oh! argentinos, creed y esperad en ese gran Buenos Aires.
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NOVELAS Y NOVELISTAS
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24 de julio.
ACABA de publicar don Juan Valera una novela nueva, _Morsamor_. Hace ya días que el libro ha aparecido, y la crítica «oficial»[2] no ha dicho una sola palabra, si se exceptúa el saludo de Cávia al aristocrático y veterano autor de _Pepita Jiménez_. Don Juan Valera se encuentra, a pesar de su ceguera y de los ataques del tiempo, en una ancianidad que se puede llamar florida.
[2] La crítica «oficial» ha hablado por boca de don Leopoldo Alas: «Valera no es como los pedantes Flaubert y France...»
Hablando de un argentino, en cuyos largos años ha nevado ya mucho, pero que se conserva maravillosamente, decía José Martí: «Es un lirio de vejez». El aspecto de don Juan Valera dice la salud y la paz mental. Hace algunos meses presidió, con sus ojos sin luz, una sesión pública de la Real Academia; Menéndez Pelayo le leía el discurso, y parecía que, con suave sonrisa y leves movimientos de cabeza, Valera se aprobase a sí mismo, al correr los períodos cristianamente fluviales de su prosa académica. Tiene muy feliz memoria, y su conversación es de aquellas que encantan. Sus sábados han sido famosos entre las gentes de letras. La muerte ha raleado algo el grupo de sus contertulios. En siete años, encuentro de menos al duque de Almenara, a don Miguel de los Santos Álvarez, a varios más que tuve la honra de conocer en la casa de la Cuesta de Santo Domingo.
El joven don Luis, hijo de don Juan, se ha casado con una hija del duque de Rivas, nieta del autor del _Don Álvaro_ y de los _Romances_, la cual solía asistir a las reuniones literarias de los Sábados. La casa de Valera es la de un hidalgo noble de estirpe y de pensamiento. Que los bríos del escritor se sostienen, lo dicen la constancia en la labor y el mantenimiento de la bella virtud del entusiasmo. El nombre de Valera es conocido en toda Europa; se le ha traducido mucho. Antes que las heroínas de las novelas de Armando Palacio Valdés fuesen luciendo su garbo español por el extranjero, ya la «señorita» Pepita Jiménez «andaba en lenguas» por el mundo. Tiene conquistadas el ilustre maestro generales simpatías y el respeto de todos. Si algo ha podido hacerle daño, ha sido su extremada benevolencia en ciertos casos, aunque se defiende casi siempre con una delicada ironía. Ha hecho mucho por hacer conocer aquí las letras americanas. Sus célebres _Cartas_ son de ello buena prueba.
A pesar del cansancio natural que produce este estilo común a todos los escritores peninsulares--hoy en vías de adquirir, por los nuevos, flexibilidad y variedad--, la prosa de Valera se lee con el agrado que se deriva de su inconfundible distinción. Su lengua trasparente deja ver a cada paso la arena de oro del castizo fondo, y en su manera, de una elegancia arcaica, de una gracia antigua, se observa siempre el gesto ducal, el aire nobiliario. Como Buffón, él también posee sus _manchettes_, con la diferencia de que no se las tiene que poner para escribir, porque no se las ha quitado nunca. Se le ha observado su apego por asuntos de cierto picor erótico; y ha habido quienes se hayan escandalizado de sus llamadas libertades. En realidad no es el hecho para tanto.
No son las suyas sino figuras de pecado que pueden circular sin temor entre el concurso de las «honestas damas» de nuestro tiempo, de las cuales habría él sido, si le hubiese venido en deseo, el incomparable cronista, el Brantome enguantado de piel de Suecia. Buena cantidad de pimienta y demás aromas y picantes especias hay en el tesoro clásico de novelas ejemplares y picarescas, para que no puedan aparecer hoy, mostrando sus naturales gracias, mujeres españolas de cepa autóctona y de indiscutibles atractivos, como Pepita Jiménez, Juanita _la Larga_, Rafaela _la Generosa_. Don Juan es autor de formas y de fórmulas.
No varían mucho de las de fray Luis de Granada. Esto es una curiosidad y hasta cierto punto un mérito. Se cree aquí que los americanos estamos imbuídos exclusivamente en la literatura francesa, sin saber que nos hacen su visita provechosa todas las literaturas extranjeras. Se entiende que hablo de Buenos Aires. Sin salir de nuestro periodismo--guardando las distancias--no se sospecha que hay un Ebelot, francés, un Ceppi, italiano, y en sus puestos consiguientes, un Loweinstain, inglés, un Clímaco Dos Reis, portugués, que escriben castellano en nuestros periódicos _sin que se les note el acento_.
Y, consagrando el purismo, se habla con respecto al castellano de América y en especial del de la República Argentina, con espanto castizo, con horror académico, para venirnos, por opinión de su más conspicuo crítico, con que don Juan Valera, a quien estimamos y admiramos en su legítimo valer, es superior en algún punto a Flaubert o a Anatole France.
Esto no es una excepción. Ya os he dicho que un espíritu tan informado y sutil como doña Emilia Pardo-Bazán no ha vacilado en hacer de Víctor Hugo un émulo de Campoamor. Por lo general, aquí se compara lo propio con lo extranjero, cuando no con aire de superioridad, con un convencido gesto de igualdad. No se dan cuenta de su estado actual.
No se dan cuenta de que quitando a Cajal y a algunos dos o tres más en ciencias, y a Castelar en su rareza oratoria, no les conoce el mundo más que por sus toreros y sus bailaoras. Pongo naturalmente a un lado a los pintores. Y esto no es sino lo que oigo decir y reconocer por hombres de pensamiento imparcial y sin preocupaciones, que desean para su hermoso país una renovación, un cambio, una vuelta a la pasada grandeza. Decía, pues, que uno de los incondicionales méritos del eminente Valera estriba en su anticuada gracia estilística, en su impecabilidad clásica, en ese purismo que hoy combaten humanistas como Unamuno. Ciertamente, leído a pocos, saboreado a sorbos, ese estilo agrada, pero después de varias páginas, el cansancio es seguro. Esto llega hasta lo insoportable en el santanderino Pereda, el hombre del «sabor de la tierruca» que para decir los restos de la comida dice «los relieves del yantar». Le censura a Valera cierta crítica quisquillosa, su tendencia a la rica mina amatoria, su hasta cierto punto complacencia erótica. El amor le subyuga, es claro, como a todo artista. Las gafas del censor en este caso deberían hacer leer bajo el simulacro del Dios los conocidos versos del señor de Voltaire:
_Qui que tu sois, voici ton maître; Il l'est, le fut, ou le doit être._
Valera se deleita, es verdad, en asuntos de esta clase, pero lo hace con tanta discreción y, sobre todo, con tanto talento, que sus historias desnudas o semiveladas se escuchan como la relación perfumada y sugestiva brotada del anecdotario de un abate galante. Más atrevida es doña Emilia Pardo-Bazán, y sus novelas adquieren en sus pasajes escabrosos doble sabor por venir de fuente femenina.
Doña Emilia, mujer de vasta cultura, muy conocedora de literaturas extranjeras y escritora fecunda, es también bastante famosa fuera de España. Naturalista, desde los buenos tiempos del naturalismo, ha permanecido en su terreno realizando el curioso maridaje de un catolicismo ferviente y una briosa libertad mental. Ha escrito la novela gallega y la novela de la corte, ambas con el conocimiento directo del asunto a que su vida de alta dama de Madrid y terrateniente de La Coruña le ha ofrecido campo. Sus últimas novelas han tenido menos resonancia que las primeras, sin motivo especial, pues sus cualidades de vigor y brillantez son las mismas. Cuenta con gran habilidad, y es uno de los primeros cuentistas españoles actuales.
Armando Palacio Valdés puede asegurarse que escribe para el extranjero, para ser traducido. Su clientela está en Londres, en Nueva York, en Boston, no en Madrid. Se me asegura que cuando publica un libro no manda ejemplares a la Prensa madrileña, sino con raras excepciones. No se señala ciertamente por calidades de estilo, y se conoce que no tiene grandes preocupaciones de arte; pero narra con verdad y color y sobre todo es un gran técnico, un constructor de primer orden. Por otra parte, el autor de _El Origen del Pensamiento_ no está por descubrir como un fuerte talento, como una de las más hermosas figuras de la España intelectual.
El famoso don Benito Pérez Galdós ha vuelto a cavar en la antigua mina de _Episodios Nacionales_; convertido en el Charpentier de sí mismo, se ha industrializado y fabrica de un modo prodigioso. Casi no hay mes sin episodio, y el público observa que la ley de antaño era otra. A pura novela se ha construído un elegante hotel en Santander y es hombre de fortuna.
Era tiempo de dedicarse a la labor _para sí mismo_, como me decía Jean Paul Laurens de la pintura, a la obra de arte y de idea en que el alma ponga toda su esencia, en la libertad del soñado y perseguido ideal.
Don José María de Pereda, propietario de una fábrica de jabón, descansa en sus conquistas. Regionalista rabioso, su mundo se concentra en el Sardinero o en Polanco; su estética huele a viejo, su cuello se mantiene apretado en la anticuada almidonada golilla. Es un espíritu fósil, pero poco simpático a quien no tenga por ideal lo rancio y lo limitado. Hay que leer esa _Sotileza_ que han traducido al francés, hay que leerla en el idioma extranjero para ver lo que queda en el esqueleto, despojada de sus afectaciones de dicción: un colosal y revuelto inventario.
* * * * *
El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico, sencillo como un buen árbol; lleva como la esencia de su tierra y en su rostro el reflejo de un atávico rayo morisco. _La Barraca_ le ha colocado recientemente entre los primeros novelistas españoles. Es joven, y los vientos de la política le han envuelto. Como diputado a Cortes ha hecho bien sonoras campañas, con mayor felicidad que el francés Barrès y el italiano D'Annunzio. Cierto es que lo que menos hay en él es un esteta, en el buen sentido de la palabra, porque aquí tiene uno muy malo. Sí, Blasco Ibáñez es el hombre natural, de su país de flores y fierezas, de cantos y bizarrías, y su alma sincera y sana va por la vida con una libertad aquilina. Y tiene ese potente varón de lucha el pecho de un sensitivo. Como a todos los pensadores contemporáneos, preocúpale el áspero problema del hombre y de la tierra y está naturalmente con los de abajo, con los oprimidos. En sus palabras del Parlamento como en sus escritos, se manifiesta su continua ansia de combate. En _La Barraca_ se exterioriza en las musculaturas del estilo uno de esos espíritus de gladiador, o de robusto constructor, a la Zola. La onda mental corre sin tropiezos con un ímpetu de fecundación que denuncia la original riqueza. Libros como ese no se hacen por puro culto de arte, sino que llevan consigo hondos anhelos humanos; son páginas bellas, pero son también generosas acciones y empresas apostólicas. Pinta con colores de vida escenas de su tierra que para el lector extranjero son de un pintoresco interesantísimo. Es la «huerta», trozo paradisíaco, rincón de amor y de vigor, saturado de energías primitivas, y en donde la Naturaleza pone por igual en el hombre dulzuras y rudezas. En esa tierra es en donde cantan las dulzainas sus sones de reminiscencias africanas y las muchachas danzan llenas de sol. Alrededor de la barraca surgen, en la obra de mi eminente amigo, tipos bañados de sombra y luz, en aguas fuertes de una hermosa intensidad. Es el desgraciado tío Barret, el asesino de don Salvador el terrateniente; es esa alma salvaje de Pimentó, y su mujer, la Pepeta, que en la narración, en medio de su revuelo de pájaro zahareño, se enternece de maternidad; es la figura graciosa y buena de Roseta; y sobre todo, la vigorosa persona de Batiste, fiero y alto ante el peligro, pero vencido al fin por una funesta fatalidad; todo en una sucesión de cuadros, que encantan o se imponen en su valor de verdad a punto de contagiar de angustia o de sufrimiento; tal la muerte del hijo de Batiste, la de Pimentó, y el incendio de la Barraca, en el cual, sin pecado, creo sentir un potente aliento homérico.