España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX

Part 14

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Durante el invierno funcionan regularmente en Madrid dos compañías dramáticas, la del Español, dirigida por la Guerrero y su marido, y la de la Comedia, cuyo director fué por más de veinte años Emilio Mario y ahora es Emilio Thuillier. Mario es otra venerable ruina. Los bizarros papeles de antaño, los «galanes» muy a la francesa, que tanto brillaron, han quedado en la memoria de los que presenciaron sus pasados triunfos; hoy Mario hace maravillosamente el característico, y creo no pretenderá emular los esfuerzos fatigados de Vico. En la primavera también suele trabajar la compañía de la Tubau--otra abuela--y en otros teatros aparecen y desaparecen como por obra de encantamiento, varias compañías que no hallan donde plantar sus escuetas raíces. Entretanto que el apodado «género chico» prolonga en los teatros de la Zarzuela y Apolo indefinidamente sus temporadas, el «género grande» limita las suyas al invierno y desaparece de la Corte con la llegada de las primeras rosas. La compañía del teatro Lara, que no pertenece al género chico ni al grande, cultiva la declamación sin música, en obritas de uno o dos actos (algunas representa de tres), pero no estrena ninguna, limitándose en días de gala, beneficios o noches excepcionales, a _reprises_ de las piezas ya juzgadas y aplaudidas por el público y que juzga pertinentes; su temporada se mantiene durante toda la primavera.

En invierno recorren los escenarios de provincia algunas compañías, encabezadas por Vico, Miguel Cepillo, Sánchez de León, Luisa Calderón, Julia Cirera, Antonio Perrín, García Ortega, dando a conocer aquellas piezas que Madrid ha aprobado; pues la centralización en este caso es absoluta, no teniendo cabida en la Corte la única excepción, el teatro regional catalán. Cuando las compañías del Español, la Comedia y La Princesa terminan su labor de Madrid, pasan a provincias y recorren los teatros de Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, Valencia, y otros más de menor calidad. Varias de las compañías dramáticas de provincia, en verano descansan. Ya por Pascua, suele venir a la Corte alguna compañía extranjera que da sus representaciones en la Comedia, en el Moderno, o en la Princesa. Generalmente las compañías son italianas, aunque Sarah Bernhardt me parece ha estado unas dos veces y se anuncia la llegada de Réjane, en una _tournée_ por Europa.

Novelli ha conquistado desde hace tiempo a los madrileños, y últimamente la Mariani, desde luego superior a todas estas actrices, con excepción de la Guerrero, ha sido excelentemente acogida. El género chico, en verano como en invierno, continúa con varios teatros abiertos, ofreciendo estrenos todos los días, y sosteniendo las obras de sus favoritos hasta quinientas noches. Es la chulapería triunfante, el dúo del mantón y el pantalón obsceno, el barrio bajo que se impone, con defensores que cuando alguien protesta de tanta vulgar exploración, sacan a cuento a Goya y al bastante asendereado don Ramón de la Cruz. Este, como sabéis, se llama hoy López Silva.

No obstante, en estos últimos años ha habido loables tentativas de renovar el ambiente teatral, de sacar la atención del mundo de las chulapas y de los chulos. Se ha traducido algo moderno. Se ha hecho algo de Ibsen, _El Enemigo del Pueblo_; de Sudermann, _Magda_; de Lavedan, _El Príncipe d´Aureac_, con el título de _El Gran Mundo_, entre las conocidas obras de Dumas, Sardou, Pailleron; y han osado en una plausible campaña, los autores de algunos trabajos originales, Guimerá con su _María Rosa_, Dicenta con su _Juan José_, Benavente con _Gente conocida_, Ruiz Contreras con _El Pedestal_. _La Dolores_ de Codina y _Juan José_, con fuerza y bríos hoy no usados aquí; _María Rosa_ iniciando una tentativa de teatro socialista, con el mismo _Juan José_, _Gente conocida_ trayendo las escenas libremente extraídas, sinceras, de la vida, con un análisis hondo, e ironía que parece a flor de piel, pero que penetra, señalan un buen trecho conquistado para un arte escénico futuro. Murió Feliú y Codina, que había pretendido la realización de un teatro regional, de todas las regiones españolas, una especie de geografía escénica de la Península. Así después de _La Dolores_, aragonesa, vino _María del Carmen_, murciana, y luego _La Real Moza_, andaluza. Feliú era un firme trabajador, de gran talento, y un delicioso músico del verso, de este verso español sonoro y sin matices. Joaquín Dicenta, que acertó tan bravamente con _Juan José_, no avanzó con _El Señor feudal_, y, desanimado, o mejor, poseído ya del deseo de la fija ganancia, se fué hacia la zarzuela. Así escribió en unión de su amigo Paso el libreto de _Curro Vargas_, extraído de una novela de Pedro Antonio de Alarcón. Guimerá persistió, con su tesón catalán. Consiguió en _Tierra baja_ dos actos notabilísimos--el tercero desmerece tanto que puede suprimirse--. De todos modos, esa obra, en Madrid, como en París, como en Buenos Aires, ha revelado un gran manejador de ideas y un potente poeta. _El Padre Juanico_ buscó el éxito a la manera de Feliú y Codina. Parecería que hubiese acaparado la herencia del autor de _La Dolores_; pero Guimerá es una fuerza, y después de tantear sus conveniencias, ha de volver sin vacilar a su rumbo verdadero: el drama socialista, el drama actual e intenso, del hombre y de la tierra. Difícil es el público para resistir ciertos intentos. Un Curel o un Mirbeau no tendrían, por lo pronto, oyentes; la autoridad tendería su mano al instante. De _Los Tejedores_ de Hauptmann se arregló _El Pan del Pobre_ con cien atenuaciones. Praga y Rovetta, al ser servidos, van ya aguados.

Benavente, después de _Gente conocida_, ofreció con copa de excelente vino español preparado a la francesa: _El Marido de la Téllez_. Luego dió _La Farándula_, una equivocación... de los cómicos, que no la comprendieron, y la hicieron de una manera dolorosa; después alcanza su más resonante victoria con _La Comida de las Fieras_. Es difícil que, en lo sucesivo, sobrepase las exquisiteces de intención, la variedad escénica, el equilibrio, la gracia, el vuelo psicológico, la ironía trascendental y el interés de su última obra. Y aquí empieza el desencanto, porque, si el público se deja conducir y agradece el regalo de la forma nueva, el actor, hasta viéndola muy aplaudida, se resiste a aceptarla. Ello no es raro. En todas partes, todo _cabot_, grande o chico, y son pocos los casos de excepción, es impenetrable a la concepción artística y yerra, por lo común, al estimar la opinión del público. Un sir Irving, es caso raro. Si no hubiera habido un Antoine y un Hugue Poe en París, aun andarían de teatro en teatro, durmiendo en las gavetas directoriales, verdaderas obras maestras, y sería desconocido más de un triunfador de hoy. Aquí, mucho costó a Benavente conseguir que su _Gente conocida_ fuese representada con esmero. Habíanla dejado para _último día de temporada_, convencidos los cómicos de que la obra no pasaría del segundo acto. Por fortuna, semejante atentado no llegó a cristalizarse en crimen, y _Gente conocida_, al quedarse en cartera, fué al año siguiente el mayor _succès_ de la temporada. No bastó tal enseñanza para reducir a la gente de bastidores, y al ensayar _La Comida de las Fieras_, hacíanlo llenos de desconfianza, sin comprender una sola línea de lo que tenían entre manos, aunque, según parece, poniendo una regular suma de buena voluntad.

Mas, pasado el triunfo, ¿suponéis que se dieron por vencidos y convencidos? Según ellos, la comedia fué aplaudida, no por lo que tiene de arte moderno, sino por lo que tiene de salsa «cómica»; no por lo exacto de la delicada pintura social, ni por el procedimiento, sino por lo que sazona el _chiste_, por lo que hay para sus paladares únicamente saboreable. No es esto de causar extrañeza si se tiene en cuenta que _La Dolores_, obra puramente nacional, popular, clara, sin medias tintas, del tipo más corriente en la escena española, pasó por todos los teatros madrileños sin ser recibida en ninguno, dándose el caso duro de que su autor, para no resignarse a la condena y dando en esto señal de buen tino, fuese a estrenarla en Barcelona, donde se dió treinta y tantas veces. A fin de temporada, Mario se resolvió a estrenarla en Madrid, y María Guerrero se negó a hacerse cargo del papel que más tarde había de ser uno de los más brillantes de su repertorio, y causa de mucha gloria y provecho. Es conocido el pleito que sostuvo el autor con la actriz por esa negativa. El camino que ofrecieron a Guimerá los teatros de la Corte no fué tampoco exento de tropiezos. Enrique Gaspar, conocido autor cómico, tradujo, para que Calvo lo estrenara en Barcelona, _Mar y Cielo_. Guimerá era visto como un «genio regional», pero no podía penetrar las murallas chinas de Madrid. Por fin, Ricardo Calvo se decidió a poner en escena en el Español _Mar y Cielo_, versión de Gaspar, y el éxito ruidoso hizo que después apareciese una _María Rosa_, echegarayizada por don José. No es, pues, Echegaray, como lo ha asegurado la señora Pardo-Bazán en su conferencia de París, quien presentó a Guimerá en Madrid, sino el cónsul autor don Enrique Gaspar.

Galdós, con toda y su colosal _réclame_ de novelista, no inspiró tampoco mucha confianza. Su _Realidad_ no encontró simpatías en la Princesa, donde reinan la Tubau y su marido Ceferino Palencia. Fué recibida la pieza en la Comedia, por obra de la cortesía que siempre tuvo Mario con los grandes, y que hay que agradecerle. Y _Realidad_ venció. Nadie podía esperar que aquella dolorosa y extraña fantasía pudiese tener un buen resultado en las tablas. Y lo tuvo. El drama de Galdós debió haber convencido a los _practicones_ que, si eso no era romper moldes, como se dice, era cortar ligaduras y trabas. No sucedió así. Aun se _anuncian_ los éxitos de dramas cosidos a los viejos cánones, a ridículas usanzas persistentes. Después de _Realidad_ obtuvo gloria legítima Galdós llevando a la escena _La Loca de la casa_ y _La de San Quintín_, y si en sus obras posteriores no ha sido tan afortunado, no hay que echar la culpa al público, sino a la precipitación industrial que se ha impuesto en su labor el dichoso escritor de los _Episodios Nacionales_. _Los Condenados_, _Voluntad_ y _La Fiera_ hasta cierto punto superan a sus obras anteriores, pero hay en su construcción y arquitectura descuidos que las perjudican. Esta sí que fué y será siempre una condición de la obra escénica. En la novela puede impunemente ir lastreando el riblo un capítulo pesado, con tal que lo demás, alado y vigoroso, o sutil y aéreo, mantenga en su vuelo al espíritu. Mas en la pieza teatral no puede aflojarse ni decaer una sola escena, porque la atención a la inmediata marca el descenso.

No es suficiente que se afiance una justa intención y que la idea total y básica se asiente con solidez; hay que sostener la intensidad; la obra del teatro tiene muy señalada extensión, cuenta con una cantidad determinada de tiempo, y por lo tanto, se ha de ser sintético, no cabe analizar.

Ya _hecho_ autor, Dicenta encontró resistencia para su _Juan José_. He visto el original de la obra y leído en el reparto el nombre de «María» tachado, y, en su lugar puesto: «señorita Martínez». Lo cual quiere decir que la primera actriz, que en esta ocasión era la señora Tubau, no quiso encargarse del papel. Tampoco lo tuvo en la obra Emilio Mario, y _Juan José_, desechado por el primer actor y la primera actriz, hizo con actores jóvenes una carrera triunfal, excepcional, pocas veces vista.

Ahora se preparan las formaciones para el próximo octubre. ¿Vendrá María Guerrero a su Español? Le será muy difícil encontrar otro _Cyrano de Bergerac_. Como ya apenas cuenta con Echegaray, cuyos repetidos fracasos prueban, no su falta de talento sino su falta de tino en no retirarse a tiempo, para hacer buena compañía a Guimerá necesita del elemento nuevo. Dos jóvenes tiene ya en casa: López Ballesteros, y Ansorena. No es bastante. La _troupe_ que se empieza a formar para la Comedia consta de muchos nombres, pero de pocos elementos para obras de cierto fuste. Lara seguirá como siempre. En general, los autores encontrarán las mismas dificultades y sus trabajos los mismos jueces de criterio imposible. No habiendo comités de lectura, como en todo teatro culto de la tierra, no buscando los señores actores obras sino papeles, y sin una crítica ilustrada que sirva de guía, todo el teatro en España está sometido a la voluntad o al capricho de los actores dirigentes. En Madrid hay que encomendarse, para lo alto, a María Guerrero y a Emilio Thuillier.

La Real Academia Española, que no hace sino el Diccionario, pudo en este caso hacer algo. Dispone de premios de alguna importancia--de 5.000 y 2.500 pesetas--legados por buenos señores, amantes del teatro, para que se concediesen, periódicamente, a la mejor obra dramática. Pudo perfectamente la Real Academia admitir obras no representadas; aun fué objeto de discusión si debía hacerlo así, y, por mi parte, creo que debía hacerlo de esa manera; pero para mayor comodidad y menor compromiso y _far niente_, resolvió limitarse a «las que mayor éxito logren», con lo cual sometió de modo implícito su fallo al fallo previo de los directores de empresa. La Academia da, pues, las pesetas a quienes amparan María Guerrero y Emilio Thuillier. En esta situación se encuentra el teatro en el momento en que escribo, y así se abrirá la temporada de 1900. Muerto Feliú y Codina, Echegaray gastado, Galdós desanimado, Guimerá buscando el éxito productivo, Benavente piensa en una obra ligera, _puramente cómica_ destinada a una actriz como la Pino, buena y azucaradita solamente para esas fiestas; Dicenta va a Andalucía a escribir libretos de zarzuelas grandes; Sellés--de la Real Academia Española--, se prepara a seguir la misma labor; Leopoldo Cano, sin producir nada desde hace tiempo; Gaspar de cónsul, Blasco de socialista cristiano, y la crítica ilustrada, con perdón del señor Canals y del crítico de _La Ilustración_, sin nacer aún. Los jóvenes encuentran mejor traducir, y se pertrechan. Y así están las máscaras del teatro que fué en un tiempo el primero del mundo.

--¿Si tomáramos un vaso de horchata? digo a mi amigo el autor.

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LIBREROS Y EDITORES

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14 de julio.

HASTA hace poco tiempo--y aun hoy mismo, en la mayor parte de las repúblicas, hacia el Norte--el sueño rosado de un escritor hispanoamericano era tener un editor en España. Por esos países los Gobiernos suelen costear las ediciones de los poetas y escritores, con la condición de que los agraciados les sean gratos en política. No hay otro recurso de hacerse leer como no surja un inesperado Mecenas. En Buenos Aires poco tiene que ver el Gobierno con las musas, y los editores, ya sabemos que, en realidad, no existen... He querido explorar ese punto en España, y en verdad os digo que he salido del antro vestido de desilusión. Editores y libreros desconsuelan.

Un hombre de letras que quiera vivir aquí de su trabajo, querrá lo imposible. La revista apenas alienta, el libro escasamente se sostiene; todo producto mental está en _krach_ continuo. Lo único que produce dinero es el teatro, cierto teatro. El que logra hacer una _Verbena de la paloma_, o una _Gran Vía_, y puede continuar en sucesivos partos de ese género, ya tiene la gruesa renta asegurada. El señor Jackson Veyán, a quien achacan mediocridad literaria e incurable ripiorrea, puede reirse de sus enemigos al embolsar sus miles de duros anualmente. Los editores de teatro, o más bien, los que compran la propiedad de las obras teatrales, tienen mejor fama que los de libros. Son más abiertos, más generosos, y hasta autores principiantes hallan en ellos su providencia.

En esta nuestra curiosa madre patria, en épocas pasadas, y aun en la actualidad, los centros intelectuales de la Península fueron y son las farmacias y las librerías. Decíame un amigo madrileño: «En las farmacias hácense más versos que ungüentos, y en las librerías se derrochan más palabras que pesetas». En la Corte, como en provincias, las librerías son punto de reunión donde acude un número dado de clientes y aficionados, a conversar, a hojear las nuevas publicaciones y a perder el tiempo. En Madrid todavía existe lo que se podría llamar tertulia de librería, aunque no como en tiempos pasados. En casa de Fe, al caer la tarde, podéis encontrar a Manuel del Palacio, a Núñez de Arce, con su inseparable amigo Vicente Colorado, al señor Estelrich, italianista de nota, a otras figuras, grandes, medianas y chicas del pensamiento español. En casa de Murillo no dejaréis de ver cotidianamente las barbas rojas del académico Mariano Catalina. Hace bastantes años era Durán quien reunía en su establecimiento famosos contertulios. Era este Durán hombre de cultura y metido en letras; bibliógrafo de mérito, muchos varones ilustres salieron de su casa muy satisfechos después de una consulta. Conocía todos los libros, todas las ediciones, todas las noticias. Era una especie de Bibliophile Jacob de Madrid, buen parlante y provechoso amigo intelectual. Hoy no existe un solo librero como aquél; y la erudición la suplen los que hay con el aguzado instinto de un comercio genuinamente israelita. Paul Groussac, en sus viajes por el continente americano, hallaba a cada paso comprobada la superioridad de nuestras incipientes librerías bonaerenses, en comparación con las del resto de la América española. Pues bien, las librerías de Madrid son de una indigencia tal, sobre todo en lo referente al movimiento extranjero, que a este respecto Fe, que es el principal, o Murillo, o cualquier otro, están bajo el más modesto de nuestros libreros. En Madrid no existe ninguna casa comparable a las de Peuser o Jacobsen, o Lajouane. París está a un paso y me ha sucedido leer en _La Nación_ el juicio de un libro francés antes de que ese libro hubiese llegado a Madrid. El que no encarga especialmente sus libros a Francia, Inglaterra, etc., no puede estar al tanto de la vida mental europea. Es un mirlo blanco un libro portugués. De libros americanos, no hablemos. La casa de Fe es estrechísima, y Fe no se atreve a mudar de local, quizá poseído del temor de que otra más elegante y espaciosa no se advirtiese tan concurrida. Además de dos pequeños mostradores en que se exponen obras castellanas, uno que otro libro de América, a la izquierda, libros extranjeros, a la derecha, hay, junto al escritorio del jefe de la casa--, rincón estrechísimo--una mesita en que se presentan las últimas novedades españolas. A esa mesita se acercan y tocan los asiduos del establecimiento; unos cortan las páginas y leen las obras de corta extensión, de pie; concluyen, y dejan el ejemplar. En toda España hay poca afición a comprar libros; quizá sea por esto que las librerías son de una pobreza desoladora. Hay que dar vuelta al problema de _Fígaro_: «¿No se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?» decía él. Digamos: «¿No se compran libros porque no se saben vender, o no se saben vender porque no se compran?» Lo cierto es que los libros se venden poco y mal, y, como en Buenos Aires, los culpables son los libreros. Todo comerciante hace lo posible por despachar su mercancía, y procura colocar y recomendar; el librero limita su negocio a dar lo que le piden y no hace ofertas ni recomendaciones. Desde algún tiempo a esta parte se han establecido las ventas a plazos, pero eso es para facilitar la adquisición de las grandes publicaciones ilustradas. El anuncio sólo se emplea en casos muy especiales, y los catálogos que publican algunos libreros no tienen resonancia ninguna.

Hubo un tiempo--y ya va lejos--en que las librerías de lance--libros usados y antiguos--tenían mucho movimiento e importancia y publicaban periódicamente catálogos numerosos. De aquellas librerías apenas queda rastro; unas han desaparecido, y otras redujeron su negocio hasta un simple «cambalache» de _bouquiniste_. Rico sigue publicando catálogos, y un joven de muchos alientos, Vindel, tiene un negocio de esta clase, de bastante importancia. Vindel es hoy algo como lo que fué Durán, guardada la diferencia de educación, clase y tiempo. Este joven sabe mucho de libros viejos y hace su comercio de «novedades» en frecuente relación con los anticuarios de París y Londres; publica libros raros y curiosos, como los Bibliófilos Sevillanos, y en su oficio es una especialidad. Me han contado la historia de Vindel: interesante y extraña novela, que él debía hacer escribir e imprimir a un ejemplar único. Sería el más _raro_ de sus libros. Los jóvenes le han conocido en el Rastro de Madrid, con la cuerda al hombro, haciendo recados y comprando y vendiendo pobres mercancías. Nadie se explica cuándo, cómo ni dónde aprendió lo que sabe. Su fortuna se la debe a la buena suerte. Le cayó una lotería de quince mil duros, y así comenzó a realizar compras importantes. Ha ido a París y a Londres, en ocasiones en que se han anunciado ventas de libros y subastas de bibliotecas particulares y se ha dado vida de gran señor. Vindel se mueve en su negocio como si operase en un gran país; tiene sus desencantos y sus apuros, pero es obstinado y fuerte. Y es el que más entiende su oficio, el que tiene más elementos bibliográficos y el más abierto.

De los libreros de actualidades, el que más negocio hace es Fernando Fe; a su casa acude en busca de libros la mayoría de las gentes que los compran, y es acaso el que más comercio tiene con las provincias. Las librerías de José Ruiz--_Guttemberg_--, San Martín, Manuel Hernández y algunas otras, son, en mayor o menor escala, establecimientos análogos al de Fe. Victoriano Suárez se dedica principalmente a los libros de texto y envíos a América. Hay librerías que tienen especialmente obras profesionales, unas de medicina, otras de jurisprudencia, como la de Leopoldo Martínez, otras como la de Hernando, de primera enseñanza y otros libros de propaganda católica. No sé que haya en la actualidad ninguna librería protestante o que lleve francamente el nombre de tal. Trabaja mucho en España la Sociedad Bíblica, pero no consigue que se lean mucho sus volúmenes y folletos. Aquí cualquiera se permite ser un mal católico, pero pocos renuncian a llamarse católicos. Se precisa la independencia y el buen humor de José Zahonero para llegar a ser obispo protestante.

He hablado de los libreros antes que de los editores; con tener aquéllos tan poca importancia, éstos la tienen menos. Debo advertir que me refiero solamente a los editores de obras literarias; los de obras científicas no abundan, y por lo que noto, se limitan a la explotación de la enseñanza. Un Alcán, ni para muestra.