España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 12
Moreno Carbonero ofrece una nueva escena del _Quijote_, la aventura con el vizcaíno. Cervantes ha tenido un sinnúmero de intérpretes, desde antiguos tiempos. Cuando en el castillo de Fontainebleau, Dubois pintaba las aventuras de Teágenes y Cariclea y Le Primatice interpretaba a Homero, en el de Cheverni Jean Mosnier se dedicaba a la historia de Astrea y a las aventuras del ingenioso Hidalgo manchego. Más tarde, Charles Coypel se apasiona por este mismo asunto, al cual Pater y Natoire se aplicarán también y consagrarán dibujos Tremolières y Boucher. Esto solamente en Francia. Otros artistas de Europa, especialmente los ingleses, se han complacido desde antaño en tales asuntos, hasta el fuerte y noble Frank Brangwyn con sus recientes ilustraciones del _Quijote_ de Gubbin. Pocos, sin embargo, han logrado ser visitados por el verdadero espíritu de Cervantes. En España un maestro como Moreno Carbonero ha intentado la evocación, pero creo que sus propósitos de excesiva verdad le han alejado de la intención cervantesca. No hay que olvidar que Don Quijote es la caricatura del ideal; pero siempre en un ambiente de ideal. Desde luego, y con todo y haber dejado un dibujo verbal perfecto de su héroe Cervantes, no puede uno reconocer a Don Alonso Quijano _el Bueno_, al Caballero de la Triste Figura, en la mayor parte de las encarnaciones de los pintores y escultores. A propósito, hay en esta misma exposición una serie de ilustraciones de Jiménez Aranda, muy notables como dibujo, pero que no tienen nada de personajes cervantescos; esos Quijotes y esos Sanchos son un Juan y un Pedro de cualquier parte, vestidos para representar un papel. Moreno Carbonero me manifestaba una vez que para Sancho había encontrado un modelo en la campaña manchega. El de Don Quijote sería un precioso hallazgo. Pero luego habría que agregar al modelo el alma del andante caballero, animarle con una chispa que no se encuentra a voluntad cuando no es el genio el que impera.
La intelectualidad de Moreno Carbonero no es para discutirla; y en este cuadro impone su sabiduría de colorido, su impecabilidad de factura; pero Don Quijote tampoco es Don Quijote, aunque Sancho sea Sancho. Los otros personajes quedan tan alejados en su término, que casi no dicen nada, y el episodio pierde con esto su mayor interés. Cuando Pierre de Hondt alababa los Quijotes de Coypel no dejaba de hacer notar el valor del acompañamiento, de los personajes secundarios que siempre ayudan a la animación del suceso. No he de olvidar dejar anotado que la sensación de la árida Mancha está dada por el artista de modo magistral. Es éste el terreno reseco que recorrieron Rocinante y el rucio con sus dos inmortales jinetes. La conciencia de la indumentaria y la resurrección de la época son completas; pero repito mi pensar: tanta realidad hace daño a la idealidad del tipo, a lo, por decir así, grotesco angélico que hay en el héroe que Cervantes creara con tanto amor y amargura.
_Salus infirmorum_ de Menéndez Pidal sale de la pura realidad, para ofrecernos una dulce impresión de fe, una escena de suave religiosidad. Un pobre padre lleva ante el altar de la Virgen un niño enfermo. A su lado ora la madre enlutada. El sacerdote, de sobrepelliz y estola, acompañado del pequeño monago reza también por el enfermito. Esto es verdad, es realidad, pero hay asimismo una entrevisión de más allá, sopla un aire suave de misterio, y se siente que esas almas humildes recibirán su bien de Dios. ¡Cuán otra _La Herencia del Héroe_ del Sr. Suárez Inclán, de un sentimentalismo ocasional, de forzada factura; escena de comedia para la Tubau, dolor sin verdad! Verdad e intención, sí, se advierten en la tela de Santamaría, _El Precio de una madre_: la familia rica que va a llevarse a la joven nodriza, de la campaña a la ciudad; y el marido que se queda con el chico propio y la primera paga no muy satisfecho, mientras su mujer, buena moza de ricas ubres rurales, se le va con el muchacho ajeno. Este cuadro y un alto relieve de Mateo Inurria, _La Mina de carbón_, son de las muy raras notas que hagan pensar en un arte socialista en la exposición presente.
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LA FIESTA DE VELÁZQUEZ
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15 de junio de 1899.
FLOJA, muy flojamente se han celebrado las fiestas del «pintor de los reyes y rey de los pintores». Cuando el centenario de Calderón, hubo inusitadas pompas y agitaciones académicas que hicieron murmurar a Verlaine en un soneto. Es verdad que la España de entonces no estaba en la situación actual; pero, con todo, a España no le ha faltado nunca ganas y dinero para divertirse; y don Diego de Silva Velázquez bien valía una verbena. Por Rembrandt acaba de hacer relucir todas sus alegrías Holanda, presididas las fiestas por la «naranjita» real _à croquer_, Guillermina. Aquí el Gobierno ha hecho poca cosa, y el entusiasmo de los artistas no ha podido suplir todo. Inauguración de la Sala Velázquez en el Museo del Prado; recepción en Palacio, inauguración de la estatua obra de Marinas; y se acabó. Tiempo hubo de sobra para realizar algo digno de la ilustre memoria, y con un poco de buena voluntad se hubiese rendido el tributo justo a quien con Cervantes lleva el nombre de España a lo más alto de la gloria universal. Inglaterra envió a sir Edward J. Poynter, Francia a Carolus Durán y a Jean Paul Laurens--todos caballeros cubiertos delante de Velázquez--. Todos tres, el día en que se descubrió la estatua, saludaron al maestro antiguo y al arte que une los espíritus de todos los climas y razas en la misma luz y adoración imperiosa. En la Sala de Velázquez se ha reunido todo lo suyo existente en el Museo; y al cuadro de «Las Meninas», se le ha colocado de manera que triplica la ilusión.
¡Famoso empeño, descubrir a estas horas al gran pintor! No es mi intención haceros un largo capítulo en que no hallaríais nada nuevo; antes bien y a mucho andar, algún extracto de lo que con mayor prolijidad y competencia podéis aprovechar en Justi o en Stirling, en Madrazo o en Lefort, en Curtis o en Michel o en la reciente obra monumental que ha dado al público Beruete con prólogo de Bonnat. Pero mi buena suerte ha hecho llegar a mis manos un libro casi desconocido, que se ha puesto a la venta, a pesar de estar impreso desde 1885; me refiero a los _Anales de la vida y obras de Diego de Silva Velázquez, escrito con ayuda de nuevos documentos por G. Cruzada Villaamil. Madrid, librería de Miguel Guijarro._ Y de este libro, sí, os diré algo, aprovechando la ocasión. El año de 1869, el autor, por cargo oficial que a la sazón desempeñaba, tuvo oportunidad de registrar el archivo del Palacio Real de Madrid, y entre papeles e inventarios del tiempo de Felipe IV y su hijo, encontró gran número de documentos de alto interés, referentes a Velázquez. No dejó de observar que otra mano había andado por ahí antes que la suya, la cual mano extrajo buena cantidad de papeles valiosísimos. En posesión de esos documentos, y los que luego consiguió en Simancas y en el archivo histórico nacional, nutrido de buena, aunque escasa bibliografía velazquina, y armado de su experiencia de crítico de arte, el señor Cruzada Villaamil dió comienzo y fin a su obra, que dedicó al rey Don Alfonso XII, por haber este monarca apoyado su empresa. Muertos ya Don Alfonso y el autor, se dió fin a la impresión del libro, y, creo que por causas de testamentaría, u otro motivo judicial, es el caso que los pliegos, todavía sin encuadernar, yacen en su depósito. De esos pliegos sueltos es el ejemplar que está en mi poder, el cual debo a la amabilidad de un distinguido caballero de la Corte.
En estos _Anales_ se nos presenta a Velázquez en su vida y en sus obras, sencilla y claramente, al paso de los días. Es un arsenal precioso para el Taine o el Ruskin de más tarde. El señor Cruzada Villaamil escribía sin dificultad y sin estilo, o más bien, su prosa es de esa prosa académica que por tan largo tiempo ha subsistido entre estos escritores, a largas circunvoluciones de períodos, cansadora, monótona, pesada. Pero la carta, la anécdota, el documento, interesan y atraen. Comienza la obra con una exposición del estado de la pintura en el reinado de los Felipe II y III, y resaltan las figuras del «divino» Morales, el mudo Navarrete, Sánchez Coello el portugués, Carvajal Barroso y Pantoja, mientras en Italia se alza la soberana persona del viejo Ticiano, quien no dejó de ser aprovechado por el Segundo Felipe y pintó para el Escorial «El Martirio de San Lorenzo» y la «Santa Cena». Felipe III no impulsa tanto el arte, aunque artistas italianos que residían en España prosiguiesen en su labor continua. Este período tiene, no obstante, de notable la llegada de Rubens, enviado por el duque de Mantua a Valladolid. Curiosa es la nomenclatura de los regalos que traía el flamenco: «para Su Majestad una hermosa carroza tallada--que el señor Villaamil cree sea la que hoy se conoce en las reales caballerizas como el _coche de doña Juana la loca_,--con sus caballos; doce arcabuces, de ellos seis de ballena y seis rayados; y un vaso de cristal de roca lleno de perfumes. Para la condesa de Lemus, una cruz y dos candelabros de cristal de roca. Para el secretario Pedro Franqueza, dos vasos de cristal de roca y un juego entero de colgaduras de damasco con frontales de tisú de oro. Veinticuatro retratos de emperatrices para don Rodrigo Calderón, y para el duque de Lerma un vaso de plata de grandes dimensiones, con colores, dos vasos de oro y gran número de pinturas, que consistían en copias, mandadas sacar en Roma al pintor Pedro Facchetti, de los cuadros más preciados de aquel tiempo». La opinión que Rubens tuviera de los pintores españoles en tal momento es digna de notarse. Él escribía al secretario del duque de Mantua, Iberti, que el duque de Lerma «quiere que en un momento pintemos muchos cuadros, con ayuda de pintores españoles. Secundaré sus deseos, pero no los apruebo, considerando el poco tiempo de que podemos disponer, unido a la miserable insuficiencia y negligencia de estos pintores, y de su manera--a la que Dios me libre de parecerme en nada--absolutamente distinta de la mía». Y en otra parte: «El duque de Lerma no es del todo ignorante de las cosas buenas; por cuya razón se deleita en la costumbre que tiene de ver todos los días cuadros admirables en Palacio y en El Escorial, ya de Ticiano, ya de Rafael, ya de otros. Estoy sorprendido de la calidad y de la cantidad de estos cuadros, pero modernos no hay ninguno que valga». Rubens partió, y acaeció el incendio de El Pardo, en donde se perdieron tesoros pictóricos. Así el reino de Felipe III concluye para la vida artística.
Felipe IV fué el rey artista: escritor, pintor, actor, algo tenía entre las paredes del cerebro de lo que hoy anima las aficiones y bizarría de Guillermo de Alemania. Los pintores, tanto como los poetas, fueron protegidos, y entre todos, el fuerte Velázquez no cesa en su labor. Los retratos se multiplican, y son sus modelos desde las princesas hasta los bufones y los perros. No dejó la malquerencia de visarle, la envidia de morderle. El monarca, no obstante, le sostuvo en su favor. Lo cual regocijaba al buen Francisco Pacheco que viera los comienzos de su amado don Diego, allá en su obrador de Sevilla. Es de interés la descripción de la casa de Pacheco en donde se reunían escritores, poetas, artistas de toda especie, a charlar y discurrir; no faltó a tales reuniones cierto manco que creara cierta novela inmortal.
Tanto quiso Pacheco a don Diego, que le dió su hija por mujer. «Después de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido de su virtud, limpieza y buenos portes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio». «Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quería atribuir esta gloria quitándome la corona de mis postreros años». Página misteriosa es la de los amores de Velázquez. Quizá su matrimonio fué hechura exclusiva de su maestro, sin que la pasión tuviera la menor parte. Influído por Tristán y por lo tanto por _el Greco_, afianzóse el artista en su vigor de colorido, al brillo de la gloriosa luz veneciana. Es en 1622. Velázquez va a visitar El Escorial, y para ello parte para la Corte con buenas recomendaciones y con el encargo de hacer el retrato de Góngora. Con buen viento llega, y le reciben sus paisanos los andaluces, entre los cuales estaba la alta influencia del conde-duque de Olivares. De allí a poco, hace el retrato del rey. En este orden siguen los años que duró la vida del pintor, con gran copia de documentos, con cartas curiosas; con papeles en los cuales se ve que no era muy envidiable el puesto de Velázquez en Palacio, a pesar de todo lo que entonces era considerado como una honra. Al artista se le concedió la comida palaciega en esta forma: «Diego Velázquez, mi pintor de Cámara, he hecho merced de que se le dé por la despensa de mi casa una ración cada día en especie como la que tienen los barberos de mi cámara, en consideración de que se le debe hasta hoy de las obras de su oficio que ha hecho para mi servicio; y de todas las que adelante mandare que haga, haréis que se note así en los libros de la casa. (Hay una rúbrica del rey). En Madrid, a 18 de septiembre de 1628.--_Al conde los Arcos, en Bureo_».
Como ésa hay otras tantas llamativas notas en el grueso volumen del señor Villaamil; y en cuanto a la parte de la obra artística, análisis de los cuadros, legitimidad de algunos dudosos, y otros puntos de esta especie, dicho libro es de aquellos que no deben faltar en la biblioteca de un Museo, o de un artista estudioso; y es una lástima que no se ponga a la venta, por las razones que dejo expuestas anteriormente.
Quise hablar con sir Edward J. Poynter pero no me fué posible encontrarle. En cambio, puedo transmitir mis impresiones de una entrevista con Jean Paul Laurens y Carolus Durán. Son dos tipos completamente opuestos. Laurens es el hombre de labor, el artista austero y consagrado a su ideal de una manera tiránica. Durán es el elegante pintor de los salones, el retratista de las princesas de la aristocracia y de las princesas plutocráticas de los Estados Unidos... No hay que negar su habilidad suma, sus dotes de ejecución, su colorido, su dibujo, las condiciones todas que le han llevado a la presidencia de la Sociedad de Artistas Franceses, y a la fama universal y a la fortuna. Han pasado escuelas modernísimas y tentativas varias delante de su inconmovible invariabilidad. Carolus Durán ha sonreído de todo, y, comprendiendo su tiempo, sigue la corriente.
Su cabeza es la hermosísima cabeza de un Lohengrin adonjuanado; el cuerpo, elegante, a pesar de la imposición del vientre en lucha con la gimnasia y con la esgrima. La melena y la soberbia barba, nevadas de días y noches de buena vida; el ojo perspicaz y voluptuoso, como la boca; el gesto principesco. Carolus Durán, munido de su indispensable y parisiensísima _pose_, es un hombre encantador. Me habló de Velázquez, de la pintura española, todo esto en español, pues lo habla correctamente, aunque de cuando en cuando le falta el vocablo. Le hablé de Buenos Aires. «Buenos Aires...» Conoce poco. Lo que él conoce es Nueva York. ¡Ya lo creo!... No obstante, sabía que en Buenos Aires está la «Diana» de Falguière y que la ciudad tiene cerca de un millón de habitantes. Nuestros ricos sudamericanos, decididamente, debían acordarse algo más de que es preciso tener un retrato de Carolus Durán.
Jean Paul Laurens parece al pronto un hombre seco y hasta adusto. Y debe tener muy temerosa idea de los periodistas, pues antes de serle presentado por Ruiz Guerrero, apenas me contestaba una que otra palabra. Luego--fué en el Círculo de Bellas Artes--, se abrió, en la más grata franqueza, sonriendo amablemente su dura cabeza de apóstol. Me habló también del arte español y de Velázquez, y me hizo un curioso croquis verbal de su compañero y amigo Carolus Durán, con quien había estado en oposición, «pero siempre en la nobleza y altitud del arte». «Buenos Aires. Sí. ¿Conoce usted a Sívori? He ahí uno que tiene algo dentro de la cabeza. Pero, _pauvre garçon!_ ¿qué hace por allá? _Là-bas_ es imposible todavía hacer arte. ¿Es usted amigo suyo? Dígale que no haga pintura para cocineras. Hay que hacer arte _por dentro_, para uno mismo, en la independencia del provecho y de la moda. En América no se entiende de ese modo, ¿no es así? Mucho industrialismo artístico; y así se pierden los talentos y las disposiciones que da la Naturaleza. Dígale usted a Sívori que dice su maestro Laurens que haga arte _por dentro_, y que no se cuide de cuadros para la cocina».
Traduzco al pie de la letra, hasta donde puede permitirlo el vuelo de la conversación.
Volví a verle.
El Círculo de Bellas Artes dió una fiesta íntima, por decir así, a los artistas extranjeros.
Almorzamos bajo un toldo, al amor de altos árboles, en el jardín del Círculo, casi desecho hacía pocos días por el más formidable de los pedriscos de que hay memoria en Madrid. Los vinos españoles animaron la fiesta, y se comió al aire libre, al son de una orquesta de guitarras. Jean Paul Laurens sonreía en su gravedad bajo sus espejuelos; Carolus Durán llevaba el compás de los tangos y de las seguidillas y sevillanas. Cuando el poeta Manuel del Palacio ofreció la fiesta, ya se oía por allí el ruido de las castañuelas de las bailaoras. Habló Durán, en español; brindó Laurens, que estrechó la mano al joven Marinas, el de la estatua. «¡Yo me complazco en descubrirle!» dijo. En un instante, tras el champaña, ya estaba la tarima puesta para la pareja del baile. Eran dos muchachas; la vestida de hombre, con el ceñido incitante calipigio, morena; la otra blanca, con admirables ojos y cabellos obscuros. Bailaron, pero antes de que comenzasen ellas al grito de las guitarras, Carolus Durán se puso a esbozar unas sevillanas, con levantamiento de pierna y meneo de caderas que no había más que pedir. Primero todos nos quedamos _abasurdidos_, como diría Roberto Payró; pero después, no pudimos menos de decir: _¡ole!_ Jean Paul Laurens sonreía. Sir Poynter no estaba en la fiesta. Si llega a estar, nadie le quita de sus británicos labios un irremediable _shocking!_
Bailó, pues, la pareja de danzantes de oficio; mas había una nota de color que ya había llamado la atención de los extranjeros: una familia de gitanos. El viejo, bien preparado, con disfraz de guardarropía, modelo de Doré, para no dejar perder la influencia del «color local», obstentaba desde el calañés hasta la faja imposible y la chaquetilla fabulosa, y el bastón de enorme contera. La vieja gitana, de ojos de cuencas negras; y las gitanillas, tan cervantinas como antaño, una de doce, una de quince, otra de veinte años. Cuando la pareja de baile cesó, llegaron los gitanos. Bailaron todas las hembras, pero las dos menores se llevaron la palma. Sobre todo la más chica, que bailaba, según el decir de Carolus Durán, «como una princesita rusa». Bailaba en efecto maravillosamente. Era el son uno de esos fandangos en que se va deslizando el cuerpo con garbo natural y fiereza de ademán que nada igualan, en una sucesión de cortos saltos y repique de pies, en tanto que la cara dice por la luz de los ojos salvajes, mil cosas extrañas, y las manos hacen misteriosas señas, como de amenaza, como de conjuro, como de llamamiento, como en una labor aérea y mágica. Todo en un torbellino de sensualidad cálida y vibrante que contagia y entusiasma, hasta concluir en un punto final que deja al cuerpo en posición estatuaria y fija, mientras las cuerdas cortan su último clamor en un espasmo violento. Después fué otra danza en que la zingarita triunfó de nuevo. Ágil, viva, una paloma que fuera una ardilla, moviendo busto y caderas, entornando los párpados no sin dejar pasar la salvaje luz negra de sus ojos en que brillaba una primitiva chispa atávica, se dejaba mecer y sacudir por el ritmo de la música, y dibujaba, esculpía en el aire armonioso un poema ardiente y cantaridado al par que traía a la imaginación un reino de pasada y luminosa poesía. Entonces se daba uno cuenta del valor de sus trajes abigarrados, sus rojos, sus ocres, sus garfios de cabello por las sienes, sus caras de bronce, sus pupilas de negros brillantes. Sonreían como si embrujasen; sus dedos sonaban como castañuelas.
Carolus Durán puso dentro del corpiño de la gitanilla un luis de oro.
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LA CUESTIÓN DE LA REVISTA
LA CARICATURA
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EN España, como entre nosotros--¡es un triste consuelo!--, no se ha llegado todavía a resolver el problema de la revista. Es singular el caso que aquí, en donde se ha contado con elementos a propósito desde hace largo tiempo, acaezca a este respecto lo propio que en nuestros países de progreso reciente. España no cuenta en la actualidad con una sola revista que pueda ponerse en el grupo de los «grandes periódicos» del mundo; no existe lo que llamaremos la revista institución--_Revue des Deux Mondes_, _Nuova Antologia_, _Blackwood's_ o _North American Revue_. La _España Moderna_, que podría ocupar el puesto principal, se sostiene gracias al cuidado y entusiasmo de su propietario el señor Lázaro. No faltan los escritores de revistas, y la prueba es que las revistas extranjeras tienen colaboradores españoles de primer orden--; he encontrado principalmente a Ramón y Cajal, el eminente sabio que acaba de partir a los Estados Unidos a dar conferencias, llamado por una de las mejores universidades; a Salillas, el antropólogo; y a un escritor cuyo nombre en Europa, en el mundo del estudio, es bien conocido: Rafael Altamira, profesor de la Universidad de Oviedo.