España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX

Part 11

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Hubo un tiempo en que el rey estuvo casi invisible. Su salud era apagadiza, su aspecto no ayudaba a alentar a los partidarios de su dinastía. Se decía que era lo más probable su muerte. Mas apareció por fin, en una recepción. Se hallaba sentado en el Trono, junto a su madre y sus hermanas. El cuerpo diplomático estaba delante de él. Se notaba que el niño real había pasado por una crisis; pero sus grandes y brillantes ojos se iluminaban de vida. De pronto se vió una cosa inaudita que pasó, como un relámpago, sobre todos los protocolos. Un deseo vivo se había despertado en aquella cabecita, y no hubo vacilación para llenarlo. Don Alfonso, a la mirada de todos, dió un salto, y antes que nadie pudiese detenerlo, se había montado en uno de los dos leones de bronce que están a los dos lados del Trono. El hecho podría tener su significado si el porvenir fuese propicio tras la disipación de las tempestades. Asegúrase que Zola, que vió en una temporada de verano en San Sebastián al pequeño rey, quiso pintarle más tarde en uno de los capítulos de su _Docteur Pascal_. Yo he vuelto a leer esta obra para confrontar el retrato, y si en Clotilde podría entrever los pensamientos de la reina que ansía penetrar en el futuro de su hijo, no puede reconocerse en el animado y ágil monarca de España ninguno de esos «delfinitos exangües que no han podido soportar la execrable herencia de su estirpe, y se duermen, consumidos de vejez y de imbecilidad, a los quince años». Moralmente, la formación del rey fuera de la influencia maternal, dependerá de los preceptores. El ideal sería hacer primero _a man_, para en seguida dejar obrar el desarrollo del propio carácter, lograr el _self made king_. ¿Qué preceptor a propósito? ¿Un Saavedra Fajardo, un Bossuet o un Ernesto Curtius? Para un monarca esencialmente católico, parecería de ley junto al príncipe, un religioso. Más hoy los inconvenientes de tal sistema no necesitan demostración. Las alharacas que levanta la presencia del padre Montaña, confesor de la reina, dejan sospechar lo que haría un preceptor con hábito de cualquier Orden. La educación esencialmente religiosa está, pues, fuera de la pedagogía. La idea de Posada de la fundación de una escuela especial en que el rey se instruyese, en relación y contacto con otros niños, parece difícil, dadas las tradiciones de la monarquía en España, a pesar de haber habido un seminario de nobles, en donde cuéntase que el niño Fernando VII recibió un pelotazo, jugando con el niño Simón Bolívar. Más bien estaría la adopción de un sistema como el de la familia imperial germánica. El emperador Federico, después de recibir su educación palatina, se matriculó en Bonn y el emperador Guillermo en el _Lyceum Fridericianum_ de Cassel. Ambos se han puesto en contacto con los alemanes de su edad, han hecho vida común con sus súbditos, y en el medio de los estudiantes, se han compenetrado con el alma del país. Por lo demás, no puede ser mejor la síntesis de Posada: «Un rey que en su infancia recibiera el influjo bienhechor del roce con los niños, que tratase a todo el mundo de igual a igual; un rey que pasara luego su juventud en medio de los jóvenes de su edad y de todas las condiciones sociales en un Instituto adecuado, que asistiera luego en una Universidad o en varias a sus cátedras, viendo en ellas cómo las desigualdades humanas no son siempre cosa del nacimiento, sino obra del mérito personal y resultado del trabajo; un rey que estudiase su oficio, que viajara mucho, hasta por los países donde sin reyes viven las gentes honrada y pacíficamente; un rey así podría ser, ante todo, un buen ciudadano que llevara en el alma la íntima convicción de que sus elevadas funciones, aun cuando llegaron a él por obra y milagro de la herencia, son funciones que deben desempeñarse en bien de la sociedad o del Estado, a quien, en definitiva, corresponde disponer de ellas». Mucho de bueno produjo en Don Alfonso XII su infancia de rey _en exil_, y mucho contribuyeron a la formación del carácter del _Pacificador_ esos primeros pasos por la vida como un simple particular--_Alfonso García y Pérez_--, como él se solía llamar en los hoteles, en días del destierro.

Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de obstáculos y aquel admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar hacia el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha sido la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre materno. El matrimonio de su padre con la austriaca--de nacionalidad fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia--después de la pasajera luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el espacio de una aurora, en el Aranjuez tan líricamente florecido en los versos de _Don Carlos_; los años de un matrimonio no del todo amoroso y semiturbado por ésta y aquella expansión de Don Alfonso XII, cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la razón de Estado; la muerte, el agostamiento de la existencia de aquella majestad demasiado apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María Cristina, previsto por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el parto, casi a las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey nuevo que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera por causa de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado movimiento pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios; pero de ambas cosas se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y de las amenazas de la política. No creáis exageraciones como las del yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho tiempo, con la imaginación recalentada por la guerra, que «la posición del rey es patética, personal y políticamente considerada; que las revelaciones que para otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez; que él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer campesino; que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península persona alguna en cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de su madre, desamparada mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que «los muchachos americanos se afligirían si pensaran en este pequeñuelo nacido para la púrpura y vestido de ceremonia desde la cuna, que no tiene compañeros de infancia para sus juegos, porque nadie es igual al rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí pasa en ese mundo no tan velado a los ojos de los simples mortales, y juzgar a estas horas con criterio pesimista a través de las historias de Saint-Simon o de las memorias de madame Aulnoy. Por momentos terribles ha pasado España en que el Trono hubiera podido ser cercado de tormentas, y la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la lista de los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en los partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron seriamente nada. Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don Carlos ceñida por la corona hasta los deseos un tanto románticos de una regencia en que la infanta Isabel _la Chata_ estaría a la cabeza, no son sino perfumes de vino español, aroma de claveles que perturba uno que otro cerebro. Por hoy Don Alfonso, según lo que se alcanza a divisar, puede esperar tranquilo la hora de su reinado. Lo que no han podido los errores e ineptitudes de Gobiernos absurdos o culpables, no lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni menos los divididos partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no se calienta el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima y su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este fin de siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el desfile de la Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante de sus antepasados homónimos, como en una escena semejante a la de los retratos en _Hernani_. Es el comparecimiento de los Alfonsos: el I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso _el Casto_; el III, _el Magno_, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde el césar Carlos V, buscaría en un monasterio la tranquilidad espiritual, fanático y solitario; el V, _el de los buenos fueros_, legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,--a su lado la figura del Mío Cid--el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso _el Emperador_; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después al propio tiempo que caballero de combate, amante de la sabiduría, el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun hoy se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: _Ficieron los omes_... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por la mente de Don Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas de una linterna mágica, iluminadas por las palabras de los cronistas, realzadas por las explicaciones de sus preceptores; están demasiado alejados por las centurias, por bastas cordilleras de tiempo. Son los abuelos de los retablos y de las armaduras, los que duermen por siempre en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los cuentos. A quien verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y honrará la memoria del _Pacificador_. No dejarán de ir a llamar su atención los _venticellos_ de la famosa juventud de Don Alfonso XII, el _rey buen muchacho_. Sobrarán cortesanos que le refieran las aventuras picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la reina regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda tomará su nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los años de las futuras luchas políticas y palaciegas, sobre el espíritu de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su infancia, cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con capa», y llamaba a sus hermanitas, a la una _Pitusa_ y a la otra _Gorriona_.

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UNA EXPOSICIÓN

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12 de mayo de 1899.

SE recorre todo el paseo de Recoletos; se deja atrás la columna de Cristóbal Colón, se llega hasta el monumento de Isabel _la Católica_, osadamente llamada por los burlones «la huída a Egipto»; sobre una eminencia del terreno se destaca el palacio de la Exposición, la cúpula gris en el azul fondo del cielo. Al palacio fué la reina a inaugurar la fiesta artística, y su vestido primaveral, tenue, pintado de flores delicadas, lucía como emergido de una luz de acuarela. Hubo pompa social y música e himno alusivo, mucho alto mundo y rica suma de belleza. El _vernissage_ se había verificado hacía pocos días, y fué poco menos que un desastre. Cuatro gatos y los pintores. Se diría un _vernissage_ en nuestro Salón del Ateneo. No podemos negar que somos de una misma familia. ¡Cuán lejos de la cita que se dan en París, en igual caso, la elegancia florecida de la estación, la moda inteligente, la distinción mundana! Estos señores duques y estos señores condes, si por acaso se hallan en la gran ciudad, no faltan al _rendez-vous_. Aquí, no. Entre una exposición y una corrida, la corrida. Los pintores no hallan qué hacer, y desde luego, con singulares casos en contrario, arte no hacen. Los ricos no protegen como antaño a los artistas; y el Gobierno hace poquísima cosa. ¡Y decir que lo único que les queda a los españoles es esta mina de luz, el decoro orgulloso de su pintura, la noble tradición de su escuela, su tesoro de color! A un paso está París. Se imitan los usos elegantes, las comedias, las novelas, hasta el café-concert, pero no las nobles costumbres que enaltecen y honran al talento y al arte. Escasos, muy escasos, son aquí los artistas que tengan de qué vivir; los ricos son señalados. Por lo tanto, la lucha por la peseta está ante todo. Es inútil pretender encontrar el enamorado de un ideal de belleza, el consagrado a su pasión intelectual. Se pinta como se escribe, como se esculpe, con la puntería puesta al cocido patrio, buscando la manera de _réussir_, de caer en gracia al público que paga. Se asombran de que en la actual exposición abunden los cuadros tristes, enfermedades, hambres, harapos, mendigos. Los pintores de antaño, aun pintores de príncipes, señalan ya la marcada afición por los lisiados, zarrapastrosos, piojosos, feos pobres; únase a esto el modelo constante, el hormigueo de limosneros que anda por las calles, el tipo del eterno cesante siempre en ayunas, que aparece en el teatro, en la caricatura y en los corrillos de vagos de la Puerta del Sol, y el resultado son estas exhibiciones de miseria, esta representación de escenas de la vida baja y famélica. Fuera de contadas telas de este Salón, en que profesores favorecidos instalan el estiramiento y el énfasis del retrato nobiliario, el aire y el uniforme de algunos excelentísimos señores, el interior elegante, lo que abunda es la anécdota de la existencia penosa de la gente inferior, el hogar apurado de la clase media, o la chulapería andante, o el medio obrero. Los pintores, aquí, en su mayor parte, como los escritores, no pueden emprender sin error asuntos de la vida aristocrática, porque no la frecuentan; y los ricos, los nobles, no querrán adornar sus palacios con cuadros sin nobleza ni distinción; repetirán siempre el _ôtez-moi ces magots!_ del rey francés. El gusto de la generalidad, por otra parte, no se demuestra, y un escritor nacional llega a afirmar que este público es «el más indocto en Europa en materia de Bellas Artes», no sin falta de fundamento.

Difícil sería contemplar algo del espíritu de España a través de las obras de este certamen. ¿En dónde está la España católica? Tal o cual rincón de iglesia, una que otra imagen de encargo, manera jesuíta; el único que evoca el espíritu de los antiguos místicos es Rusiñol, con uno de sus cuadros. ¿Y la España patriótica? En Grecia, después de los triunfos, surgen aladas o ápteras de la piedra, las maravillosas victorias, y tras el desastre se alza la Nike funeraria, que simboliza el sentimiento popular. De igual manera se fundía el bronce romano. Tras las guerras de Flandes se desborda la alegría en las telas risueñas de los geniales pintores de kermeses; y cuando acaba de pasar la _débâcle_ francesa, los cuadros se encienden en odio al prusiano: se reconstruyen escenas heroicas, se rememoran actos sublimes, se pinta el sueño de la victoria, o el soldado que quema «el último cartucho». Entre todos los cuadros de esta exposición, fuera de una escena de hospital militar y ciertas sentimentales consecuencias de la campaña no parece que se supiese la historia reciente de la humillación y del descuartizamiento de la Patria. Esto tiene más clara explicación. La guerra fué obra del Gobierno. El pueblo no quería la guerra, pues no consideraba las colonias sino como tierras de engorde para los protegidos del presupuesto. La pérdida de ellas no tuvo honda repercusión en el sentimiento nacional. Y en el campo, en el pueblo, entre las familias de labradores y obreros, aun podía considerarse tal pérdida como una dicha: ¡así se acabarían las quintas para Cuba, así se suprimiría el tributo de carne peninsular que había que pagar forzosamente al vómito negro! El cuadro de historia casi no está representado; el retrato no abunda; en cambio, el paisaje y la marina se multiplican por todos lados. No es esto malo, pues se advierte que al ir hacia la naturaleza, hacia la luz, se mantiene la tradición. En conjunto, la exposición es mala. El viajero que al llegar a Madrid y sin haber visitado el Museo de Arte Moderno, quisiese darse cuenta de la pintura española contemporánea por lo que ahora se exhibe, saldría con una triste idea de la actual España artística. Recorríamos, con Carlos Zuberbühler, las salas llenas de cuadros, y no podíamos dejar de notar cómo en la más que modesta tentativa del Salón de Buenos Aires no se admitirían los estupendos asesinatos de dibujo, las obscenidades de color, los ostentosos mamarrachos que aquí un Jurado complaciente deja pasar y aun coloca en la _cimaise_. La cantidad es larga, lo poco de buena calidad se pierde entre el profuso amontonamiento de lo mediocre y de lo pésimo. Las firmas principales no han concurrido todas, y las que han venido al concurso lo han hecho con producciones ya expuestas y juzgadas, o con medianos esfuerzos. De seguro la razón de la esquivez está en el 1900 de París. Después de todo, quizá tengan razón; porque el estímulo de la tierra propia, como veis, es nulo; y el halago de París, atrayente, mágica flor de gloria segura.

No, no es éste el arte pictórico de la España de hoy. Con sus deficiencias y todo, el Museo de Arte Moderno puede considerarse como el Luxemburgo madrileño. Sé las quejas: que Raimundo Madrazo no tiene un solo cuadro en el Museo, ni Barbudo, ni Jiménez Aranda, y que lo que hay de Fortuny y de Domingo no es de lo mejor de estos artistas y que de Villegas no hay más que dos acuarelas; mientras que las medianías eminentes firman docenas de cuadros. Pero hay lo suficiente de Pradilla, de Casado, de Rosales, de Gisbert, de Moreno Carbonero, de Plasencia, de Muñoz Degrain, del admirable Haes, de Sorolla, para que el visitante se sienta bañado del maravilloso esplendor que brota de tanta riqueza solar, y reconozca que este don divino de la comprensión del día, fué dado a los pintores de España con singular generosidad. Casi no hay exposición europea en donde los medallados extranjeros no sean españoles. Los aficionados yanquis, las pinacotecas de Munich, de Londres, de Berlín, de Viena, adquieren a altos precios las pinturas españolas. Buena parte de los maestros emigran, abren sus estudios en centros donde cosechan más. Preguntaba yo a uno de los jurados de esta exposición, un colorista de gran mérito, Manuel Ruiz Guerrero, por qué no había concurrido a la fiesta de la cultura nacional con uno de esos cuadros suyos tan animados de cálidos tonos, tan prestigiosos, tan llenos de vida luminosa; y él, con aire de desencanto,--y con los baules listos para ir a dar un paseo por Buenos Aires--, me decía: «Y para qué?» _À quoi bon?_ dicen los franceses. Y como Ruiz Guerrero, otros maestros, ante la indiferencia de sus compatriotas, buscan en extranjeros países lo que no hallan en la casa propia, o se retraen y dejan invadir las salas de las exposiciones por los kilómetros de tela que manchan las señoritas aficionadas y los facinerosos del caballete.

Después de recorrer estos salones, diríase que para los pintores españoles no existe el mundo interior. El mismo paisaje no es sino la reproducción inanimada de tierra, de árboles, de aguas, solitarios o con acompañamiento de figuras anecdóticas; sin que la secreta vida de la Naturaleza se presente una sola vez, y mucho menos el alma del artista, que contagiara con su íntima sensación al espectador atraído. «La realidad», se dice; y se nombra a Velázquez. Cierto, Velázquez pintaba la realidad; pero sus colores animaban no solamente rostros, sino caracteres; y con un bufón y un perro deja entrever todo un espectáculo histórico. Goya es realista; pero ese potente dominador de la luz y de la sombra ponía en sus creaciones, o en sus copias de lo natural, quíntuple cantidad de espíritu. Sus incursiones al bosque misterioso de las almas humanas le daban su singular dominio. Los escultores actuales son alabados por sus tangibles condiciones de realismo: «¡Cuánta anatomía saben!» Hacen huesos, nervios, gestos, contracciones que dejen campo a estudios de esqueleto o de musculatura; pero no hacen carne, no hacen vida, no hacen pensar, como las figuras de Trentacoste o Bistolfi, para no citar franceses, en la circulación de una sangre maravillosa bajo la epidermis de mármol o de bronce.

Entre lo expuesto hay regular cantidad de _grandes machines_, y en casi todas un lujo de tubos se desborda, una agrupación de todas las charangas de los ocres y de los rojos, un desborde de azules, el estrépito de las chirimías y gaitas de la paleta, con sacrificios de dibujo, incomprensión de valores y relaciones, y tristeza de composición. Mas aquí y allá, busca buscando, se encuentra lo de mérito, y algo diré de ello, en cuanto me ayuden mis notas asidas al paso en mis visitas.

Uno de los _clous_ de la exposición es un cuadro de Raurich, que desde luego atrae por su originalidad y su vigor. Es un gran mazizo de tierra asoleada en primer término, una pequeña altura en cuya falda medran unos cuantos chaparros cuya sombra mancha de violeta oscura el terreno reseco. En el fondo se divisa un azulado monte; y a la derecha, en choque violento, con el amarilloso tono de la tierra, el mar al sol, de un azul ofensivo, se deja ver, espumante en las olas que llegan a la costa. La gran masa está plantada con hermosa osadía, y se calca en el cielo soberbiamente; los detalles se avaloran con el atrevimiento de la pincelada, que en veces diría espatulazo, toques espesos de un relieve insolente, pero Raurich, a quienes le censuren por esto puede decir lo que Rembrandt a los que notaban el espesor de su pincelada al marcar los puntos luminosos: «Yo soy pintor y no tintorero». Y agregaba, a los que hacían tales observaciones de cerca, a los que no sabían mirar, apreciar esos toques de lejos: «Un cuadro no se hace para ser olido; el olor del aceite es dañoso». Y encuentro esta tela admirable, y tan solamente observaría que el mar no tiene perspectiva y aparece como falto de nivel.

Sorolla presenta una tela meritoria, _Componiendo la vela_, en la cual habría que señalar al par que las condiciones de color, que acreditan a este pintor, y su estudio del movimiento, la nimiedad en la rebusca de un efecto como el atigrado de luz y sombra que produce el sol al pasar entre las hojas. Por otra parte, sus figuras, muy bien hechas, tienen ojos que no miran, gestos que no dicen nada, es un mundo de verdad epidérmica, de realidad por encima. Esto mismo digo de los personajes de su escena de mar, _El Almuerzo a bordo_: en el ancho bote, bajo las velas, unos cuantos marineros toman su alimento en la fuente común. Maneja Sorolla con habilidad el claroscuro; los tipos están bien agrupados, la inevitable «realidad» está conseguida.