España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 10
DOÑA Emilia está ahora por París; ha hablado a los franceses de la España de ayer, de la España de hoy y de la España de mañana... Como casi siempre, dos versiones llegan, una del éxito de la conferenciante, otra del fracaso. Creo desde luego en la primera. Los franceses (fuera de la tradicional cortesía y de la no menos tradicional novelería) han oído en su idioma, a una mujer muy inteligente, muy culta, que les ha hablado desembarazadamente de un tópico que todavía no ha perdido su actualidad; el problema español, después de la _débâcle_. La señora Pardo-Bazán cuenta desde hace tiempo con largas simpatías y amistades del otro lado de los Pirineos, desde sus visitas al _desván_ de los Goncourt, desde _La cuestión palpitante_. Es colaboradora de más de una revista parisiense, y luego, para su buena recepción, tenía la excelente «guardia de honor» de _La Fronde_. No deja de haber murmuradores que encuentran raro lo de que España vaya a ser representada intelectualmente, en la Sociedad de Conferencias, por una mujer. «Después de todo--me decía un espiritual colega--es lo que tenemos más presentable fuera de casa».
Y ciertamente, como no fueran Menéndez y Pelayo o Galdós a París, en esta ocasión no sé quién mejor que doña Emilia hubiera podido hablar en nombre de la cultura española. La de doña Emilia es variada y por decir así europea, a pesar de su siempre probado retorno al terruño después de sus excursiones a tales o cuales islas mentales de pensadores extranjeros. En ella lo nacional no alcanza a ser ocultado completamente por propósitos de arte o pasiones intelectuales. Su catolicismo, por ejemplo, ha hendido como una vieja y fuerte proa, las oleadas naturalistas y las filosofías de última hora. Su forma literaria no ha podido asimilarse nunca nada extraño a la tradición castellana; y encuentro de una justicia que no ha menester muchas demostraciones para vencer, sus pasadas tentativas para conseguir, lo que por derecho propio se le debe, un sillón de la Real Academia Española.
Y es un personaje simpático y gallardo, esta brava amazona que en medio del estancamiento, del helado ambiente en que las ideas se han apenas movido en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho ruido, ha hecho color, ha hecho música y músicas, poniendo un rayo rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacatos, colocándose masculinamente entre los mejores cerebros de hombre que haya habido en España en todos los tiempos.
Es la señora Pardo-Bazán de cierta edad, todavía guapa y exuberante de vida. Su trato es amenísimo y desde el primer momento, si lo merecéis, tenéis su aprecio intelectual y se abre su amable confianza.
Pocas veces puede encontrarse unida tan llana franqueza con tan inconfundible distinción. Vive en su casa de la calle Ancha de San Bernardo, en compañía de su madre la condesa viuda de Pardo-Bazán, de sus hijas las señoritas de Quiroga y su hijo don Jaime, que, entre paréntesis, le ha resultado un gran partidario de don Carlos. En la casa se celebran con bastante frecuencia reuniones a que concurren personajes políticos y de la nobleza, y principalmente, hombres de letras y artistas. Puede asegurarse que no hay escritor o artista extranjero que no sea invitado a estas recepciones, y como doña Emilia habla la mayor parte de las lenguas europeas, se entiende con cada cual en su idioma. Sus libros han tenido una fama creciente en toda Europa y ha sido traducida la mayor parte de ellos en las principales naciones.
Desde hacía algunos días circulaba la noticia de que la señora Pardo-Bazán iría a París a dar una conferencia sobre España. En el _Journal des Débats_ apareció un artículo de Boris de Tannemberg anunciando a los parisienses la llegada de la escritora, y poco después, ella partía, en efecto, a llenar su compromiso.
Ecos varios, como he dicho al comenzar, llegan de la conferencia, y en los extractos de ella aparecen, como puntos principales, las dos leyendas de España, la «leyenda áurea» y la «leyenda negra».
La leyenda _áurea_, es decir, una España heroica, noble, generosa, potente, cuna del valor y la hidalguía. La leyenda negra, una España codiciosa, sangrienta, avara, inquisitorial, terriblemente peligrosa al progreso humano. La primera, dice la señora Pardo-Bazán, ha sida la causa de los desastres actuales. Ella se arraigó tanto en el espíritu de la Nación, que formó un pueblo optimista, quijotesco, vanidoso, que con castillos en el aire compensaría su decadencia y su pobreza. Los hombres dirigentes, los guías de la política del reino en los últimos años, se dejaban cegar por los mirajes y perdían el concepto de la realidad.
La leyenda negra tendría por origen la envidia de otras naciones, y sobre todo, las rivalidades religiosas y políticas empezadas desde el siglo XVI con el soplo del protestantismo que veía como su principal enemigo a la poderosa España católica de entonces. Así lo comprende un erudito escritor, el señor Maldonado Macanaz, en un artículo que ha dado a la publicidad en esta ocasión. Pero de los tres puntos en que se basa la leyenda negra, que son la conquista española, la Inquisición, la decadencia que se iniciaba en el siglo XVII y las figuras de Carlos I y de Felipe II, se desprende que no ha habido demasiada injusticia en Europa cuando se ha formado esa leyenda «de color oscuro» con bases tan innegablemente sombrías. No habría manera de paliar las atrocidades de la conquista, pues aun suprimiendo la _relación_ del padre Las Casas, que es obra de varón verecundo y cristiano, no se pueden negar las imposiciones a sangre y fuego de los conquistadores, la deslealtad que más de una vez salta a la vista, así en Méjico como en el Perú, y tantas páginas rojas y negras que aportan su color a la leyenda. La inquisición está en el mismo caso, pues aun concediendo, desde el punto de vista de una crítica especial, defensas de aquella institución como lo hace Menéndez y Pelayo, y aun observando que no solamente España encendió las hogueras religiosas, resulta siempre que es en España en donde el espíritu inquisitorial halló su verdadera encarnación; por ello el inquisidor de los inquisidores será siempre el inquisidor español; ya a través de la Historia, ya en el cuento de Poe, en el drama de Hugo o en el dibujo de Ensor. La leyenda áurea constituye el lado nervioso del alma española, y solamente los desaciertos de los políticos de última hora han podido hacer que se empañase. Es la de una España romántica, una España generosa y grande que alza sus vastos castillos de gloria sobre la selva poética del Romancero; una España de valor y de caballería que ha clavado en el bronce del tiempo, con nombres épicos, toda una serie de nobles victorias, de orgullosas conquistas. Sobre su pintoresco escenario lleno de sol y de música el alma española aun sustenta la grandeza y el brillo del pasado, digan lo que quieran los pesimistas y los que han perdido toda esperanza de regeneración. No hace daño a España, como doña Emilia cree, no le ha hecho daño el recuerdo y mantenimiento de la leyenda de oro de su historia; sino que malaventurados políticos y ministros modernistas a su manera, hayan descuidado el cimentar el presente apoyados en la gloria tradicional. Para la reconstrucción de la España grande que ha de venir, aquella misma áurea leyenda contribuirá con su reflejo alentador, con su brillo imperecedero. España será idealista o no será. Una España práctica, con olvido absoluto del papel que hasta hoy ha representado en el mundo, es una España que no se concibe. Bueno es una Bilbao cuajada de chimeneas y una Cataluña sembrada de fábricas. Trabajo por todas partes; progreso cuanto se quiera y se pueda; pero quede campo libre en donde Rocinante encuentre pasto y el Caballero crea divisar ejércitos de gigantes.
* * * * *
Varias publicaciones de Madrid, desde hace poco, han empezado a ocuparse con alguna atención de literatura hispanoamericana. Comenzó el diario _El País_, siguió la _Revista Nueva_, interesante y de carácter moderno, y luego el conocido y afamado periódico _Vida Nueva_, ha comenzado a publicar una hoja mensual con el título _América_ y que se dedicará, como su título lo indica, al pensamiento americano. Como la dirección me pidiese un artículo de introducción a dicha hoja, hícelo refiriéndome a uno del señor Unamuno, publicado en _La Época_, y en el cual, con motivo de la _Maldonada_ de Grandmontagne, hablaba de las letras americanas en general y de las argentinas en particular, con un desconocimiento que tenía por consecuencia una injusticia. El señor Unamuno es un eminente humanista, profesor de la antigua Universidad de Salamanca, en donde tiene la cátedra de literatura griega. Se ha ocupado de nuestra literatura gauchesca con singular talento; pero no conoce nuestro pensamiento militante, nuestro actual movimiento y producción intelectual. Comencé con tomar de un número de _La Nación_ datos del yanqui Carpenter y hacer un largo párrafo de estadística. Luego dije lo que otras veces he dicho sobre nuestra escasa producción, y sobre las esperanzas en un futuro proficuo. Y como él se refiriese al demasiado parisienismo que creía ver en la literatura de Buenos Aires, manifesté lo que en este párrafo se verá:
«Hay que esperar. América no es toda argentina; pero Buenos Aires bien puede considerarse como flor colosal de una raza que ha de cimentar la común cultura americana; y desde luego, puede hoy verse como el solo contrapeso, en la balanza continental, de la peligrosa prepotencia anglo-sajona. Nuestras letras y artes tienen que ser de reflexión. No puede haber literatura en un país que ha empezado por cimentar el edificio positivo de mañana; después de la base sociológica, de la muralla de labor material y práctica, la cúpula vendrá labrada de arte. Por lo pronto, nos nutrimos con el alimento que llega de todos los puntos del globo. Hemos tenido necesidad de ser políglotas y cosmopolitas, y mucho tiempo antes de que la Real Academia Española permitiese usar la palabra _trole_, nos habíamos hecho del aparato. Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con París, que tanto preocupa al señor Unamuno, tenemos las más frecuentes y mejores relaciones.
»Buena parte de nuestros diarios es escrita por franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido publicadas por _La Nación_ al mismo tiempo que aparecían en París; la mejor clientela de Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de nuestro Jockey Club, donde Pini es el profesor de esgrima, la _Diana_, de Falguière, perpetúa la blanca desnudez de una parisiense. Como somos fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos un pueblo industrioso, bien puede haber quien en minúsculo grupo procure en el centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los cristales de su capricho. _¡Whim!_--diría Emerson. Crea el señor Unamuno que mis _Prosas profanas_, pongo por caso, no hacen ningún daño a la literatura científica de Ramos Mexía, de Coni o a la producción regional de J. V. González; ni las maravillosas _Montañas de Oro_ de nuestro gran Leopoldo Lugones perturban la interesante labor criolla de Leguicamón y otros aficionados a ese ramo que ya ha entrado en verdad en dependencia folklórica. Que habrá luego una literatura de cimiento criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso libro de Roberto Payró, _La Australia Argentina_ y las obras del popularísimo e interesante _Fray Mocho_».
[Ilustración]
EL REY
[Ilustración]
25 de abril.
HACE algunas tardes, por un punto de la Casa de Campo en que suele turbar el silencio del bosque reverdecido de tropel de jacas, un jinete, el rodar de un _cupé_, he visto pasar al rey Don Alfonso con su madre y sus hermanitas. Iba el carruaje despacio, y así pude observar bien el aspecto de Su Majestad infantil. No está tan crecido como los retratos nos lo hacen ver; pero muestra lo que se dice _une bonne mine_. Tiene la cara, ya señaladamente fijos los rasgos salientes, de un Austria; es la de Felipe IV niño. Es vivaz y sus movimientos son los de quien se fortifica por la gimnasia. Los ojos son hermosos y elocuentes, la frente maciza sería un buen cofre para ideas grandes; el cuerpo no es robusto, pero tampoco es canijo. La leyenda de un reyecito enclenque y cabezudo, de un niño raquítico, se ha concluído. El muchacho real ha pasado los peligrosos años de su niñez y entra en la pubertad con buen pie. No es esto decir que las leyes de herencia no puedan, cuando menos se piense, aparecer con sus imposiciones. La misteriosa aya pálida, su dama blanca, puede presentarse cerca de él, en un instante inesperado; pero por hoy, Don Alfonso es príncipe que sonríe, que monta a caballo, que hace sus estudios militares, y si de esta manera continúa, hay Borbón para largo tiempo.
Es cierto que sus años primeros han sido penosos y enfermizos, y que razón hubo en llegar a creer que podría hacerse trizas el frágil vaso al menor choque. Pero los cuidados de doña Cristina han sido excepcionales; a madre como esta reina, es difícil superarla. No se ha dado punto de reposo previéndolo todo, dedicándose antes que a cualquier otro grave asunto a la salud de su hijo, preparando, mullendo el nido para su aguilucho, no teniendo su mayor confianza sino en sí misma, y después de velar por la vida física, trazar un plan de educación, un método de cultura moral. Este ya es otro capítulo y habrá que ver si el acierto ha guiado la obra.
Desde luego, el rey Don Alfonso XIII ha tenido y tiene ayos honorables, de la más pura nobleza, hombres de excelencia incomparable para guiar por buena senda los despiertos instintos de su príncipe; pero en nuestra época se exige algo más que eso; formar el alma, el carácter del rey, enseñarle a dominar sus pasiones, darle lecciones de moralidad y de religión, es ya mucho; pero habría que ayudar a formarse al mismo tiempo al rey y al hombre; hacerle comprender el espíritu de su tiempo, alargar sus vistas en el horizonte moderno; hacerle salvar los muros de la tradición, prepararle para las exigencias de su época. Él aparece en un tiempo en que si los Maquiavelos son imposibles, los Lorenzos de Médices son inencontrables.
El profesor de Oviedo don Adolfo Posada se ha planteado en _La España moderna_ el problema de la educación del rey; la dificultad de la educación de un rey constitucional. Indudable: los monarcas absolutos no tienen delante de sí más que la demostración de su poderío; el príncipe, desde que tiene uso de razón, sabe su superioridad, su grandeza; la actitud de sus súbditos respecto a él, la costumbre del mando, la obediencia de los que le rodean, definen desde un principio el sistema educativo que hay que seguir. De Burrho a Bossuet no hay gran diferencia. Más la educación de un monarca constitucional implica varias anomalías. Los reyes de hoy, los reyes con Cámaras y ministerios responsables, los reyes que reinan y no gobiernan, puede decirse que son simples personajes decorativos. Los antiguos esplendores, la misma parte estética de la representación real, adquiere hoy, en medio de su brillo cierto por el valor histórico, por sus viejos símbolos, un vago prestigio de ópera cómica; y apena el confesar que las funciones más respetables por la vieja resurrección de soberbias costumbres palatinas y las pompas de los magníficos ceremoniales, evocan, a nuestro pesar, la necesidad de una partitura. La imaginación del príncipe niño se impresiona desde el comienzo de su despertamiento a la existencia que le rodea, con las manifestaciones de una vida falsa o equívoca. No será sino con harta dificultad que de la noción de soberanía que ha penetrado primero en su cerebro, pase a la noción de una existencia democrática. «Los niños, esos pequeños salvajes--dice el señor Posada--, no conciben sino reyes completos». En palacio, la manera de ser para con él de las personas que le rodean, afianza por una parte en el príncipe la posesión de su papel de _rey completo_; no será sino con mucha dificultad que se le inculcará luego el legítimo valor de esas demostraciones, la significación de su rango de simple porta-corona. Don Alfonso, por ejemplo, sabe ya que es el jefe absoluto, pues los viejos generales inclinan ante él sus barbas blancas: sabe que tiene el toisón de oro sobre su uniforme de cadete--pasajero uniforme que será mañana sustituído por el de generalísimo--; sabe que es el rey. Conozco una bonita anécdota. Un día, por alguna pequeña falta no sé si en sus lecciones o en otra cosa, fué castigado con encierro. El niño se debatía entre los ayos que le llevaban a su prisión, pero la orden se cumplió. Entonces, ya encerrado, Don Alfonso daba grandes voces, deliciosamente furioso. Se le decía que no gritase, y él contestaba: «¡He de gritar más fuerte! ¡Que me oigan los españoles! ¡Que sepan que tienen preso a su rey! ¡Que vengan a sacarme los españoles!»
Sabe, pues, que es el jefe de los españoles; y la idea de su soberanía no puede estar mejor arraigada. Pero sé otra anécdota. Otro día, de paseo, se detuvo Don Alfonso delante de un naranjero. Hay que advertir que adora las naranjas, y que a esta edad, entre el globo de Carlos V y una naranja, se queda con ésta. Pues he aquí que se detiene delante del naranjero y le dice: «Dame unas naranjas; pero yo no tengo con qué pagártelas. ¡Imagínate, yo, el rey de España, no tengo en el bolsillo ni una perrilla!» Confesaba el pobre su pobreza con la más encantadora desolación. Ignoro si el naranjero le dió las frutas y si los ayos le permitieron comérselas; pero ello revela que Don Alfonso sabe ya que los reyes de hoy no se comen todas las naranjas que quieren y que suelen andar sin un cuarto.
Se dice que los primeros años del rey han sido de cuidadoso aislamiento, que no se le ha puesto en contacto con otros niños de su edad, contacto tan necesario; que se le ha recluído, sin otra compañía para sus juegos que la de sus hermanas. Podría creerse por ello en una infancia entristecida, bajo la mirada de una madre que ha sido abadesa de un convento. Eso no es cierto. El rey ha tenido sus compañeros, naturalmente, escogidos entre la alta nobleza. El más íntimo ha sido el jovencito hijo del conde la Corzana, por un lado Morny y por otro Sexto... Es claro que la reina vigila sus amistades y compañías. Otro niño íntimo del rey es el hijo del conde de Casa-Valencia. El cual hace algunos años tuvo el siguiente diálogo con su amiguito coronado: «Aquí no hay buenas carreras de caballos. Yo las voy a ver ahora muy buenas; y ustedes no». «¿Cómo es eso?» «Me voy a Londres. Tío Antonio (Cánovas del Castillo) ha nombrado a papá embajador.» «¿Y cómo no lo he sabido yo, el rey?» dijo la minúscula majestad en toda la posesión de su papel.
En general los reyes son educados militarmente. En España no se lleva tan a la alemana el método, pero Don Alfonso conoce bien el manejo de las armas, será buen jinete como su padre; y aunque no haga el caporal a la continua como uno de esos ferrados Hohenzollern, tiene amor a la carrera y se decía en estos días que pronto haría vida de guarnición en la Academia de Toledo. Esto es de dudarse mucho, por la madre. Sé que en lo íntimo de la familia, la educación del rey es lo más burguesamente posible. La reina es en el hogar como cualquier respetable señora que se preocupa de los menores detalles de su _home_; sencilla y poco ostentosa hasta llegar a murmurar los descontentadizos cortesanos, de su avaricia. «¿Qué quiere usted que hagamos--me decía un caballero--con una señora que le cobra su pupilaje a las infantas en Palacio y que manda poner medias suelas a los zapatos de sus hijas?» Descartando las exageraciones, no creo que el pueblo prefiriese una reina derrochadora delante de la miseria que abruma a las clases bajas, a una reina económica que hace lo que puede por socorrer los infortunios de los menesterosos; que es aclamada a la puerta de los asilos que visita y sostiene. Don Alfonso XIII no podrá quejarse de no haber tenido en la entrada de la vida una ejemplar madre, una buena _mamá_, que ha sido para él una encarnación de la Providencia.