Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos.
Part 5
Y cuando D. Sebastián quedó solo, hubo de refunfuñar entre dientes:--¡Claro, hombre, claro: si á un marido con tanta nota y tanto pedido..., no le puede quedar tiempo para nada!
Volvió la primavera, y con ella la sublime explosión de vida y alegría de la Naturaleza.
En todos los hotelitos colindantes se notó el arribo de la estación. Este plantaba claveles; aquél, geráneos; el otro de más acá, que tenía un trocito de huerta, hacía sus siembras de hortalizas; aparecieron los pajarillos cantando alegremente; mostrábase más perezoso el sol para acostarse y más diligente para madrugar; arrinconáronse estufas y braseros, y diéronse á conocer los que ocultaban su rostro entre subidos cuellos y liadas bufandas; volvió, en fin, el alegre vivir de la primavera.
Don Sebastián resucitó también. ¡Con qué alegría veía revivir su muerto jardín! La savia, trepando por los troncos y encaramándose por las ramas, hacía brotar en éstas innumerables puntitos verdes, que habrían de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgían de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro; acariciábalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo temblorosas el primer rayo de sol, cual púdicas vírgenes que reciben en los labios el primer beso de amor; abríanse lentamente, como temerosas de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que, rendidas á las caricias del ardoroso amante, ofrecíanse á él en toda su lozanía, entregábanse sin rebozo á sus besos de fuego que habían de matarlas.
Clotilde ayudaba, siempre que podía, á su tío en aquellas tan agradables faenas.
Felipe seguía en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa más provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado, á la sombra de un árbol, en un sillón de mimbres ó en un banco rústico.
«Valientes chifladuras, valientes tonterías las que decían _Heine_ y todos aquellos otros tontos por el estilo. Él comenzó á leerlo y tuvo que dejarlo más que de prisa. ¡Que se gastara el dinero en comprar aquellas paparruchas! Si el tío quisiera, podría dedicarse con él al comercio, y ganaría más--decía.»
Sonreía el tío, y con la intervención de Clotilde, se ponía fin á tan enojoso tema:
--«El tío no tiene carácter para eso, Felipe; además, el tío tiene lo bastante para vivir, y no ambiciona más: el dinero no es precisamente la felicidad.»--«¿Que no ambicionaba más? ¡Valiente tontería!»
Felipe no comprendía que nadie pudiera decir: «ya tengo bastante» ¡Cristo!... ¡Con el dinero que había en el mundo!
Los días que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa que sucedía contadas veces, no por eso estaba ocioso: metíase corral adentro, en compañía de Doña Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en cuenta los informes de la tía, rara era la vez que entraba en el corral que no salieran dos ó tres de aquellos ovíparos sentenciados á muerte.
Inútil era que Clotilde y su tío pusieran el grito en el cielo, intercediendo por aquellos animalitos: no había apelación posible contra los _mortíferos_ decretos de Felipe.
--Señor, para llegar á formar un buen corral--decía éste--, la selección es lo primero.
--¡Claro!--apoyaba Doña Andrea.
--Las gallinas ¿para qué son? Para que pongan huevos ó para comérselas; ¿no es eso?
--¡Naturalmente!--decía Doña Andrea.--No van á ser para adorno.
--¡Pobrecitas!--gemía Clotilde.
--¡Qué sensiblerías más tontas!--replicaba desdeñosamente Felipe.
--Pero, ¿para qué se quiere tanto huevo?--alegaba D. Sebastián.
--Para venderlos--contestaba Doña Andrea.
--Pero, señor, eso es convertir esta casa en una huevería, y dar lugar á que á ti te llamen Doña Andrea _la huevera_, y á mí D. Sebastián _el huevero_.
--Tú dame pan... y llámame tonto.
--Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir.
--Por mucho trigo nunca es mal año.
Ante este modo de razonar, D. Sebastián tenía que callar... por no hablar.
Y sea por la selección que Felipe hacía ó porque las gallinas llegaron á sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que llegó día en que éstas formaron cola para ir á depositar el huevo en los ponederos; con lo cual Doña Andrea llegó á venderlos por cientos, con harta satisfacción suya y desesperación de D. Sebastián.
V
Una tarde, era ya la hora del crepúsculo, hallábase D. Sebastián en el jardín, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando Clotilde, avanzando lentamente por el jardín, llegó hasta donde su tío estaba.
Tan absorto se hallaba éste en la contemplación del grandioso espectáculo que se ofrecía á su vista, que no se dió cuenta de la presencia de su sobrina.
--Tío--dijo ésta con dulce voz.
--¡Clotilde!
--¿Te molesto si me siento aquí, á tu lado?
--¡Qué disparate, hija mía!--dijo D. Sebastián corriéndose un poco en el banco que le servía de asiento para dejar más espacio á Clotilde.--Pero, ¿qué tienes? ¡Tú has llorado!
--No, no... ¡no he llorado!
--¿Cómo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos?
--Es que... Bueno, sí, he llorado; pero por nada, por una tontería. Verás: estaba yo en mi habitación concluyendo de coser unas cosillas, cuando sin saber por qué, empecé á ponerme triste, muy triste... ¡una cosa sin fundamento!
Como ya apenas se veía, dejé la labor y me asomé á la ventana para que me diera un poco el aire. Yo no sé lo que sentí: el poético crepúsculo que se ofrecía á mis ojos, el religioso recogimiento que á estas horas parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el día se aleja de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle á ver, me impresionaron vivamente; sentí una angustia grande aquí, en el pecho, y ganas, muchas ganas de llorar... ¡Ya ves qué cosa tan tonta!
--Tus tristezas se resolvieron en llanto.
--Pero si yo no he estado triste nunca.
--¡Pobrecilla!--replicó D. Sebastián sonriendo bondadosamente.--Hace tiempo que lo estás sin darte cuenta... ¡Dónde está tu alegría de otros tiempos!... ¡Dónde las risas con que á todos nos alegrabas!
--Es verdad que hace algún tiempo...
--Algunos meses.
--Bueno, sí; hace meses que siento así como un malestar... una ansiedad... un _no sé qué_...
--Un _no sé qué_: eso, eso es lo que se siente.
--Al principio pensé que la causa sería el que yo...
--Sí; yo también creí que la causa sería el que tú... Pero no era eso.
--No, no era eso--dijo Clotilde con un leve suspiro.
--La causa era otra.
--¡Otra!...
--La causa de todo eso era, y sigue siendo, el empacho que tienes de _notas_, de pedidos de camisetas, de calcetines... y demás géneros de punto.
--Tío...
--No, no te sorprendas... ¡¡Si lo tengo yo, y no soy la mujer de tu marido!!
--Felipe es bueno--dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de convicción de su tío.
--¡Quién lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar más que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no pensó, á lo que se ve, en hallar la dulce compañera que sabe dar consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al representante de una fábrica ó al encargado de un almacén á quien comunicar _notas_ y más _notas_, pedidos y más pedidos.
Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de abrigo al mismísimo _Preste Juan_, porque le sobran; pero tampoco es para que llegue al extremo de suponer que tu única aspiración en este mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales.
Calló breves momentos D. Sebastián, y Clotilde dió un nuevo suspiro.
--¡Pobre niña!--continuó diciendo aquél.--Tú, tan buena, tan cariñosa; tú, cuyo corazón rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de comunicación espiritual con el ser amado, te ves privada de dar expansión á esos bellos sentimientos que, acumulándose en tu pecho, te ahogan, te oprimen y te hacen sentir un _no sé qué_... ¡Ah!... Eres un bello libro de poesías que tu marido no se ha ocupado en hojear siquiera... ¡Psch!... ¡Así es la vida!... En cambio, otros buscan con afán, aunque no sea más que una sola poesía, una sola... y ¡nada!, prosa, hija mía, prosa á todas horas.
Un silencio prolongado reinó entre ambos.
--Qué dulce bienestar se siente aquí, tío--dijo al fin Clotilde.
--La Naturaleza es manantial inagotable de poesía; á él acudimos todos los que no tenemos _fuente_ en casa. Hoy acudes por primera vez á ese manantial para mitigar tu sed, y á él seguirás acudiendo. ¡Hoy vienes junto á mí; mañana, cuando yo falte, seguirás viniendo tú sola!
La luz del día habíase extinguido por completo; á lo lejos se veía el resplandor del alumbrado de Madrid.
--Tú aun puedes esperar--continuó Don Sebastián.--Sois jóvenes, y tal vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que su opinión es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que él llegue á ser dueño de todas, y entonces quizá piense que se olvidó de leerte... ¡Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer!
--Pobre tío: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz completamente.
--¡No sólo de pan vive el hombre, Clotilde...!
--¡Ni la mujer, tío...!
--Caro te ha costado el saberlo, pobrecita mía. Recuerdas lo que te decía la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones á _nuestro tipo_; pero hay que ver cuáles sean éstas: las concesiones son muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo también las hice á _mi tipo_, creyendo que sería capaz de despertar sentimientos que suponía dormidos... pero... ¡sí... sí...! ¿Quién es capaz de despertar lo que no duerme, ni cómo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo malo; lo malo es que no hay derecho á quejarse: ellos son buenos, tal vez mejor que nosotros, puesto que son más humanos; toman la vida como es, sin preocuparse de reformarla, y así nos la dan.
--Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesía en la vida...
La campanilla de la puerta del jardín anunció que alguien abría ésta violentamente; pero ni el tío ni la sobrina repararon en ello: tan abstraídos se hallaban.
De aquel arrobamiento vino á sacarles la voz mal entonada de Doña Andrea, que llegó hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo á hablar de pronto, les propinó un susto morrocotudo.
--¿Qué...? ¿Ya estáis viendo salir las estrellas? ¿Hay alguna nueva, ó son las mismas?
Al volver en sí los dos soñadores, hubieron de sentir, primero, dolor producido al chocar en su caída con la dura corteza terrestre, después, risa al oir á Doña Andrea.
--Tu marido dice que vayas, que dónde diablos has metido la carta que recibió ayer de _Masnou y Compañía_, que no la encuentra.
Clotilde, al oir que Felipe había venido, cayó en la cuenta de que, por primera vez, no había salido á esperarle á la puerta del jardín. ¿Qué le diría? ¿Le reprocharía en su falta? Clotilde sintió una gran alegría al pensar que así sucediera.
La Luna iluminaba por completo el jardín. Clotilde se dirigió hacia el hotel, mientras D. Sebastián y su esposa quedaban discutiendo; por el camino, Clotilde fué cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subió las escaleras que conducían al piso principal, y compitiendo el color rojo de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entró en la habitación en que se hallaba Felipe.
Éste, muy sofocado, revolvía en un mueble papeles y cartas. Al ver á Clotilde, prorrumpió en exclamaciones que denotaban claramente su enfado.
--¡Dónde está la carta de Masnou, vamos á ver: dónde está, que no la encuentro!
Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara en la imaginación, acercóse al mueble en que Felipe revolvía, y abriendo un cajoncito, sacó la carta y se la entregó.
--Ya podía yo volverme loco buscando--gruñó Felipe cogiendo bruscamente la carta que le alargaba Clotilde, y sentándose ante su mesa.--¡Quién iba á suponer que la habías puesto en un sitio donde no se ponen nunca!
Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo interior de la americana, empezó á leer y á tomar apuntes.
Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. Así permaneció algunos instantes.
Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo á su esposa:
--¿Qué haces ahí? Díle á la tía que á ver si cenamos pronto, que tengo que madrugar mañana y quiero acostarme en seguida.
Y dicho esto, volvió á reanudar su interrumpida tarea.
Clotilde nada respondió; llevó el ramo de rosas á su rostro, aspiró con deleite su aroma y, lentamente, salió de la habitación dejando caer de sus ojos amargas lágrimas, que fueron á perderse en los cálices de aquellas flores...
Los pescadores
Despuntaba el día cuando Pedro llegó frente á la casa de Julia. Acercóse á una de las dos ventanas que daban á la carretera y escuchó atentamente; después llamó con repetidos golpes de los nudillos. Como nadie respondiera, volvió á escuchar y volvió á llamar, esta vez, más fuerte y con mejor fortuna: una voz fresca y juvenil respondió desde dentro con un--«ya voy»--dicho en tono un tanto desabrido.
Pedro, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, empezó á pasear, con la cabeza baja, por delante de la casa.
Era Pedro un guapo mozo, pescador, como su padre, con quien vivía; alto, robusto, ancho de hombros, de entre los cuales salía un recio cuello delator de no pocas fuerzas.
Mirando su rostro, que aunque curtido por el sol y el aire del mar, bien claramente decía no ser más de diez y ocho ó diez y nueve años los que tenía, sentíase una viva simpatía por aquel muchacho. Los ojos, grandes y azules, tenían un mirar noble y sincero, incapaz de expresar nada que fuera contrario al sentir de su dueño; nariz recta y afilada, boca grande, labios finos y pómulos un poco pronunciados; espesas cejas, abundante y rizada cabellera de color castaño muy obscuro, que, desbordándose por debajo de la boina, encasquetada en la coronilla, servía de juguete al fuerte norte que reinaba. No tenía pelo de barba, lo cual le daba una expresión un poco aniñada, y el bigote apenas se revelaba por una ligerísima sombra que aun no había hecho necesaria la intervención del barbero.
Vestía pantalón y blusilla de lienzo; los pies los llevaba descalzos; las mangas de la blusa, remangadas hasta el codo, dejaban ver las de una camiseta á rayas azules y blancas, que también asomaba por el pecho.
Muy contrariado parecía el mozo, á juzgar por la actitud meditabunda con que paseaba. Detúvose haciendo intención de repetir la llamada, cuando la llave, chirriando en la cerradura, anunció á Pedro que la puerta se abría. Julia, hermosa aldeana, arrogante moza que apenas hacía un mes cumpliera los diez y siete años, apareció en ella pugnando por ahuyentar de sus ojos el perezoso sueño, que heroicamente se defendía para seguir acurrucado bajo aquellos párpados que durante la noche le cobijaran.
--¡Buenos días!--dijo Pedro.
--¡Buenos!...--respondió la muchacha en medio de un bostezo que dejó ver su blanca dentadura.
Retiró con ambas manos algunos rizos de su hermoso pelo negro que acariciaban la tersa frente, y, dando un nuevo bostezo, retiróse al interior de la casa, diciendo con tono seco:
--¡Ahora vuelvo!
--¡Bueno!--replicó Pedro, reanudando su paseo.
Dos años haría para San Juan que Julia y Pedro tenían relaciones. Nada, hasta entonces, había turbado la paz de aquéllas; porque si es cierto que Julia, con su carácter altanero daba lugar á frecuentes disgustillos, Pedro sabía perdonarlos y suavizar las querellas. Pero he aquí que en aquellos últimos tiempos habíase metido el diablo por medio, y esta vez Pedro, por más que hacía, no encontraba forma de dar al olvido ni de disculpar las cosas que estaban pasando, y que muy pronto sabremos.
Julia, en vida de su madre, que del padre nada podemos decir, por desconocerlo, como lo desconocían en la aldea, iba con ella al mercado de la ciudad, que de allí á poco más de una legua se encuentra, á vender leche, manteca y huevos; después, cuando la madre murió, siguió ella sola con el comercio, no por voluntad, sino porque era el único medio de ganar el sustento; medio que á Julia le parecía harto incómodo y molesto.
El rápido desarrollo de su exuberante hermosura hizo que, desde muy niña--catorce años tenía cuando murió la madre--se viera asediada y pretendida por todos los muchachos, en su mayoría pescadores, de la aldea. Tampoco en la ciudad faltaban pretendientes á la bella aldeana; y bien fuera esto, bien que en su predispuesto temperamento germinara demasiado pronto el envanecimiento, ello es que á todos rechazaba, desdeñosa é indiferente. Tan sólo Pedro, al cabo de mucho penar, y de repartir muchos golpes para quitar rivales de en medio, consiguió ser recibido con buena cara; y esto hay quien dice que fué, no porque Julia pensara que aquél llenaba por completo sus deseos y ambiciones, sino por dejar con tres palmos de narices á todas las mozas que en la aldea se pirraban por él; que pescador más bueno, más guapo, honrado y trabajador, no le había en cien leguas á la redonda de _Rodaleda_, que así se llama la aldea donde nos hallamos.
Decir que Pedro quería á Julia, sería no dar idea de la intensidad de su cariño; Pedro la idolatraba, sentía por ella una verdadera adoración, y su solo deseo era casarse cuanto antes; pero ella siempre daba largas al asunto diciendo que había tiempo.
No tan gustoso como el muchacho era su padre en aquel matrimonio; mas viendo á su hijo tan enamorado, si al principio le hizo algunas observaciones, pronto dejó de sermonear, pensando que lo que fuera ello había de ser.
Pedro, siempre que el trabajo de la pesca, que hacía con su padre, se lo permitía, iba á buscar á Julia para acompañarla al mercado; si no podía hacerlo, salía á esperarla al regreso; y, en fin, cuando ni una ni otra cosa era posible, aguantaba marea hasta el anochecer.
Mostrábase él siempre cariñoso y solícito con ella; Julia, por el contrario, casi siempre aparecía indiferente á estas atenciones. Pedro, no obstante, no se quejaba, y si alguna vez ella se mostraba algo cariñosa, creía haber alcanzado el reino de los cielos.
Salió Julia de la casa llevando en sus manos un cántaro de barro y una cesta, objetos ambos que dejó sobre una gran piedra rectangular que, adosada á la fachada de la casa, hacía las veces de asiento.
Pedro cogió el cántaro y lo puso sobre el hombro; Julia, después de cerrar la puerta con llave, se puso el cesto en la cabeza, sujetándolo con una mano para que el fuerte viento que reinaba no lo derribase.
Operación muy acostumbrada debía ser esta en ellos, por cuanto su ejecución no dió lugar á discusión alguna. Emprendieron la marcha. Julia, desnuda de pie y pierna, caminaba rápidamente con paso menudito; el viento agitaba su falda de percal, ciñéndola unas veces sobre los muslos, levantándola otras lo necesario para que se pudieran ver las soberbias pantorrillas de la muchacha. Completábase el traje de Julia con una chambrilla blanca, y, cruzada sobre el pecho, modelando los turgentes senos, una pañoleta de vivos colores que enlazaba sus puntas sobre la cintura, en la espalda. El pelo, de un negro brillante, con reflejos acerados, caía peinado en dos grandes trenzas que unían sus extremos por una ancha cinta negra.
En su rápido caminar, la pareja iba adelantando á unos y á otros que, ya solos, ya en grupos de dos ó tres, se dirigían también al mercado; ésta, para vender lo que en la aldea sobraba; aquél, para comprar lo que no había. Aquí encontraban una que, cantando, se acompañaba en su camino; más allá, un grupo alegre y contento, del que salían francas risas y frases intencionadas. Julia y Pedro saludaban á todos al pasar.
--Vaya con Dios, Julia y la _compaña_--dijo una fornida moza, que llevaba sobre la cabeza un cesto con algunas gallinas, cuyas cabecitas asomaban espantadas.
--¿Vas al mercado, Pepa?--preguntó Julia por decir algo.
--Voy á vender media docena de gallinas que ya se van haciendo viejas.
--A ver si tienes suerte y las vendes todas--añadió Pedro.
--¿Quieres venir con nosotros?--interrogó Julia sin detener su rápido andar.
--Gracias. Bien acompañados vais los dos, sin necesidad de estorbos.
--No, mujer; por eso no lo hagas...
--Vosotros vais más de prisa.
--Pues hasta luego, Pepa.
--Id con Dios.
Siguió la pareja su marcha, y pronto dejaron á Pepilla muy atrás.
--Sí que se figuraría la Pepa que nos iba á estorbar la conversación--dijo al fin Julia con tono irónico.
--No será por falta de asunto para sostenerla--contestó Pedro.
--Pues habla, hombre; mira que es malo dejar que las cosas se pudran en el cuerpo.
--Peor es, á veces, hablar de ellas.
--No serán muy buenas.
--Tampoco serán malas, cuando se da lugar á que las haya.
--Vamos, hombre; habla ya de una vez...; aunque de memoria me sé el asunto que, desde ayer, te está recomiendo.
--¡Mira cómo lo sabes!
--¿Cómo no he de saberlo, si desde ayer tienes una cara que parece un libro abierto?
--Porque no soy como otros que ocultan lo que sienten.
--Eso no lo dirás por mí.
--Bien sabes que tú eres la única persona que me trae con cuidado en este mundo.
--¿Y en qué te fundas para pensar de mí de ese modo?
--¡En que dices que me quieres y no es cierto!
--¿Que no es cierto? ¡Pues quién me iba á obligar á decírtelo, si ello no fuera mi voluntad? Si yo no te quisiera, ¿por qué ibas á estar ahora á mi lado?
--¡Bah!... También están á tu lado otros...
--¿Volvemos?
--¡Ya lo creo que volvemos!
--¡Pues sí que es tormento!
--Tormento, el que tú me estás dando, Julia.
--El que tú te proporcionas por cosas que no tienen fundamento.
--¡Que no tienen fundamento!
--¡Ninguno!
--¿De modo que no tiene fundamento el que ese señor que antes pasaba todas las tardes en el automóvil, sin detenerse, de poco tiempo á esta parte se haya parado tres veces frente á tu casa... para verte y para hablarte?
--¡Eso lo dices tú!
--¡Eso lo dice todo el mundo en la aldea!
--En la aldea no se pierde la ocasión de hablar mal del primero que se presenta.
--Difícil es hablar mal de nadie, cuando no hay algún motivo, por pequeño que sea.
Al oir esto, Julia, parándose en seco y encarándose fieramente con Pedro, exclamó:
--¿Y cuál es el motivo que he dado yo, si puede saberse?... ¿Me lo quieres decir?
--Yo no digo que tú hayas dado motivo; pero sí digo que tú ves esas detenciones con agrado, que si así no fuera... ¡ya sabrías evitarlas!
--¿Yo? Ni á mí me preocupan esas visitas, ni yo tengo por qué evitarlas... ni sé cómo podría hacerlo.--Y al decir esto, Julia reanudó la marcha.
--Tampoco yo puedo decirte cómo; pero sí puedo decirte que si tú quisieras, te sería muy fácil evitar esa casualidad de que, siempre que pasa, estés en casa.
--Demasiado sabes que no salgo casi nunca de ella; y, después de todo, no creo que ese señor sea el _coco_, para que yo tenga miedo de que me coma. Pararon allí el primer día, porque necesitaban agua; me la pidieron y yo se la di. Después, las otras dos ó tres veces, sabiendo que yo vendía leche, paró para pedirme un vaso; se lo di y me lo pagó de modo que con media docena de vasos que vendiera diarios á ese precio, no necesitaría darme esta caminata para ir al mercado. ¿Tengo yo la culpa de esto? ¿Voy á negarme á vender una cosa que es mi comercio?
--¡Porque tú quieres!
--¡Porque yo quiero!--replicó Julia con tono zumbón.
--Ni más ni menos; que si por ti no fuera, ya estaríamos casados hace mucho tiempo.
--¡Ya salió el casorio! ¿Y qué hacemos con eso?
--Que tú no tengas que pensar en otra cosa que en tu marido.
--Y que donde dos lo pasan malamente, seamos tres para empeorarlo.
--¡Julia!... ¡A ti nada ha de faltarte!