Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos.

Part 4

Chapter 44,034 wordsPublic domain

Aseguraba D. Sebastián que su mujer tenía más razón que un santo; pero que era una cosa fuera de duda, que las flores son tan necesarias á la vida como el comer, y que, en lo que respecta al trabajo, él haría de jardinero.

Replicaba Doña Andrea que las flores eran muy bonitas para que se las cuidaran á uno y no tener que hacer más que olerlas, y que, por lo tanto, era muchísimo mejor dejar aquel terreno para las gallinas y las cabras que se habían de comprar. Contestaba Don Sebastián que él no se oponía á lo de las gallinas y las cabras; muy al contrario; que á nadie más que á él le gustaban los huevos frescos y la leche pura, aunque la prefería de vacas; pero que por nada del mundo, ya que había conseguido su sueño dorado de tener jardín, consentiría que éste se destruyera. Al fin, y tras de una lucha encarnizada, vínose á un acuerdo: hacer una división con tela metálica. Hízose así, pero pronto empezó D. Sebastián á sufrir y á renegar de su mala estrella: las gallinas, incitadas por el verdor de las plantas, saltaban la división y se daban opíparos banquetes con las flores, tan amorosamente cuidadas.

Ante sus enérgicas protestas, Doña Andrea decía que ella no lo podía remediar. Se procedió á una corta general de alas, y así pudo remediarse en gran parte el mal. No obstante, D. Sebastián, que también profesaba gran cariño á los bichos, los cuidaba y procuraba obsequiarlos de cuando en cuando, dándoles un banquete de verde.

Otro disgusto surgió con la instalación del despacho de D. Sebastián; la elección de habitación dió lugar á otra batalla; pero al fin triunfó el esposo, escogiendo una que daba al Mediodía y que Doña Andrea quería destinar á cuarto de plancha. El despacho que tenía el hotel daba al norte, y D. Sebastián no quería fríos ni tristezas. Instalóse, pues, en la pieza citada y compró grandes estantes para sus libros, que produjeron una serie de palabras admirativas de Doña Andrea, interminable.

--¿Pero si tú no tienes libros para un estante y compras tres? Pero ¿qué vas á hacer con esos armatostes? Pero ¿para qué quieres esos estorbos?

--Para libros--replicaba calmosamente D. Sebastián.

--¡Si no los tienes!

--No tengo todos los que quisiera, porque no los he podido comprar; pero ahora los compraré.

--¡En librotes te vas á gastar el dinero!

--¡En mi dinero nadie tiene que meterse!

Don Sebastián tenía una cantidad mensual para sus gastos; cantidad que ahora, á mayores ingresos, sería también mayor.

Parecían ya deslindados los campos, y normalizada la vida en el hotel, cuando hete aquí, que una mañana que Doña Andrea se ocupaba en mudar el agua á las gallinas, llaman á la puerta del jardín y se presenta una mujer preguntando si vendían huevos.

Doña Andrea quedóse algo sorprendida con la pregunta.

--¿Quién le ha dicho á usted que viniera aquí á ver si vendíamos huevos?

--Nadie, señora, no se moleste usted por eso; es que yo me dedico á comprar por todos estos sitios huevos frescos para venderlos en Madrid. Mire usted; estas cuatro docenas que llevo en esta cesta, las he comprado en aquel hotel _encarnao_ que ve usted allí. Y la mujer señalaba con la mano uno no muy distante.

--¿De modo--dijo Doña Andrea, como quien echa sus cuentas--, que en estos hoteles venden huevos?

--Sí, señorita; en casi todos.

--¿Y á cómo los paga usted?

--A seis reales...

--A... seis... reales--dijo Doña Andrea, como hablando consigo misma.--Vuelva usted mañana y le podré dar dos docenas.

Y volvió la mujer al día siguiente; y aquella noche Doña Andrea echó sus cuentas..., y á los dos días, D. Sebastián se llevó el disgusto número uno: Doña Andrea reclamó para sí la mitad del jardín, haciendo de su petición cuestión de gabinete: era una locura tener todo aquel terreno para recreo de los ojos, cuando se podía sacar una utilidad de él: Doña Andrea quería triplicar el número de gallinas, y, además, necesitaba terreno para sembrar trigo, y que saliera mucho más barato el pienso de aquellos animales.

Don Sebastián puso el grito en el cielo; pero, al fin, como buen esposo, que vaya si lo era, tuvo que ceder, porque no dejaba de comprender que la petición de su esposa era lo más razonable del mundo: pedía la mitad nada más; era justo cederla.

Pobres plantas las que cayeron... D. Sebastián pasó casi una enfermedad.

Un año llevaba el matrimonio en aquella nueva vida, cuando la orfandad de Clotilde, sobrina carnal de D. Sebastián, la trajo á vivir con ellos como una hija.

Clotilde, muchacha de claro talento y despierta imaginación, vino á ser la bendición de Dios en aquella casa. Ella sabía ser la prosaica mujer de su casa para con su tía; ella sabía acompañar á su tío en los viajes _aéreos_ que éste hacía con el pensamiento. Con maestría admirable, ella sabía dirimir las cuestiones que, por asuntos sin importancia, surgían entre el matrimonio, y con tal maña lo hacía, que ella se las arreglaba de modo que, sin dar la razón á ninguno, la daba á los dos; con lo que á los tíos se les caía la baba.

Por el día acompañaba á la tía en las tareas de la casa, ayudaba á cuidar las gallinas, cosía, planchaba y, en fin, hacía por tres; por las noches, gustaba de que su tío la hablara de lo que decían los libros, de otros países y de otras gentes; gustábala bucear por sus páginas y pronto les fué tomando afición. Una noche se decidió á coger una novela, y halló ser _Gloria_, del insigne Galdós. Sus padres nunca la habían dejado leer novelas, y sólo había podido leer algunos folletines del periódico. Aquella primera novela de la biblioteca de su tío, que leyó, produjo en ella hondísima impresión.

Pianista notable, muchas noches hacían música, tocando obras escogidas y trozos de ópera... D. Sebastián se creyó transportado al séptimo cielo con esta nueva expansión á sus sentimientos. ¡Tener libros para leer; tener una pianista en casa que pudiera hacerle oir los trozos de música deseados; tener un jardín!... ¿No era aquello una aproximación á la felicidad? ¡Una aproximación era; pero nada más!

La entrada del tío y de la sobrina en casa fué amenizada por Doña Andrea con un chaparrón de dicterios. Como quiera que el crepitar de la carne en la sartén ahogara un tanto su voz, Doña Andrea hablaba á voz en grito; cosa, por otra parte, no muy de extrañar en ella, porque defecto suyo señaladísimo, era el creer que siempre hablaba con sordos.

Don Sebastián y Clotilde dejaron que Doña Andrea se despachara á su gusto, sin rechistar, medio único para que se callara pronto, y sentáronse á la mesa, tras de un concienzudo cepillado de sus vestidos, y un minucioso lavatorio de manos.

El comedor, sito en la planta baja, abría sus dos ventanas sobre el jardín, y por ellas penetraba el aroma de las flores que tantos sinsabores costaran á D. Sebastián. Certísimo era que, al mismo tiempo que el perfume de las flores, colábanse sin pedir permiso los mosquitos, que, repartiéndose por la casa, iban á parar á las alcobas en espera de los inocentes durmientes, á los que se comían vivos; pero todo no se podía compaginar, y sabido es que todo tiene su pro y su contra.

--¡Qué bien huele!--dijo Clotilde aspirando con fuerza el ambiente.

Sonrió triunfalmente D. Sebastián; Doña Andrea tosió dos ó tres veces, y miró á su sobrina como diciendo: «Es lo único que le hace falta á tu tío: que le ponderen su obra».

--Y, á propósito, tía: mañana es domingo.

--Y qué...

--Que mañana es el primer concierto, é iremos.

--En seguida me cogéis á mí para el primer concierto... ó para la primera _lata_, como quieras... ¡Si quieres ir, te vas con tu tío, que también le gusta mucho la música sabia!

--Pero, mujer--dijo D. Sebastián--; ¿es posible que nunca le tomes el gusto á la buena música?

--No se lo tomo, no; lo sabes ya desde hace tiempo.

--No, pues sin ti no vamos, tía.

--Iremos á la Comedia--dijo D. Sebastián.

--O al Español, tío.

--Al cuerno, sí que os podéis ir--dijo Doña Andrea, tragándose entero un pedazo de carne, para poder hablar antes--. Vais buscando unos sitios para distraerse... que, ¡ya... ya!

--En el Español ponen _Doña Perfecta_, mujer.

--Y en la Comedia, _Rosas de otoño_, tía.

--Bueno, pues me alegro mucho. Yo me aburro con esas cosas, ea. ¿Cuánto más vale una zarzuelita de esas que tienen tanta gracia y una música tan bonita?

--¡Preciosa!--dijo D. Sebastián con tono enfático.

--No, si á ti, no siendo obras de esas en que la dama, cuando se despide del galán, se lleva las manos al corazón, se estremece, como si tuviera frío, y se queda un cuarto de hora mirando al techo, sin hablar, ya sabemos que no te gustan.

Don Sebastián reía bonachonamente al oir á su mujer.

--Sí, sí, ríete; á ti, como también te gusta pasarte las horas muertas mirando al cielo, pues... ¡encantado!

--¡Claro! ¿Tú crees que se puede mirar al cielo sin sentir admiración por ese sublime espectáculo que por las noches se ofrece á nuestra vista?

--¿Qué hay en ese infinito? ¿Qué hay más allá?

--¡Lo que á ti no te importa! ¿Qué quieres que haya sino el Cielo? ¡Herejote! ¡Eso es lo que te queda de tus tiempos de periodista: ideas raras y endemoniadas! ¡Qué hubiera sido de ti, si yo no te hubiera obligado á volver al buen camino!

Don Sebastián dió un profundo suspiro.

--Sí, suspira, suspira...

--Pero ¿el tío ha sido periodista?--preguntó Clotilde con curiosidad.--No había oído hablar nunca de eso.

--Sí, hija, sí: ha sido periodista... y perdía el tiempo lastimosamente haciendo versos á la Luna, al Sol y á todas las estrellas, y por eso sin duda ahora le gusta tanto mirar á los astros.

--¿Y por qué no has seguido, tío?

--¿Tú también? No siguió, porque yo le puse por condición que lo dejara y se ocupara en algo práctico. Gracias á mí consiguió un destino, por medio del director del periódico, y ahí le tienes hoy, hecho un hombre con catorce mil realitos de sueldo.

Prolongóse la conversación, mientras duraba la cena, asegurando Clotilde que el tío tenía que hacerle á ella unos versos, y prometiendo Doña Andrea que, como volviera á ver unos versos, se divorciaba.

Don Sebastián, sintiendo tal vez la nostalgia de un pasado que hacían revivir en él con aquella conversación, sonreía dulcemente y comía sin terciar en ella más que con algún monosílabo.

Agotado ya el asunto, y llegados á los postres, Clotilde miraba á su tío con cierta impaciencia, como diciéndole: «¿Qué haces, tío? ¿A qué aguardas?»

Don Sebastián, mojando unos coscurros de pan en vino, contestaba por el mismo procedimiento á su sobrina, diciéndola: «Espera, mujer, espera que me coma este pan; ahora voy, no tengas prisa».

Don Sebastián buscaba en su magín el exordio con que había de empezar su discurso, porque la cuestión era empezar; después había que dejar pasar el nublado, y, por fin, Doña Andrea vendría á razones.

Trazas llevaba D. Sebastián de no cumplir lo que con la vista le había dicho á Clotilde; pero, al fin, viendo que su mujer se disponía á dejar la mesa, rompió á hablar.

No fué nublado, sino tormenta la que tío y sobrina tuvieron que aguantar cuando Doña Andrea se hubo enterado del asunto.

«Ella era en la casa el último mono, la última que se enteraba de todo... ¡Es claro: como ella no era más que _tía consorte_, mal podía Clotilde contarle á ella primero las cosas! Pues, ya sabía ella que su opinión no serviría de nada, y que el consultarla no era más que cuestión de pura fórmula; pero, valiera por lo que... valiera, ella no daba su consentimiento y declaraba que era un proyecto digno de cabezas tan destornilladas como la del uno y la del otro, el pensar en casorios teniendo Clotilde tan pocos años.»

Doña Andrea, exaltándose cada vez más, concluyó por decir que ella no se haría cómplice de la desgracia de Clotilde, y al decir esto se le cayeron un par de lagrimones sobre la mesa.

Forzoso es aclarar que aquella actitud desabrida y destemplada de Doña Andrea, tenía su verdadera causa en el entrañable afecto que sentía por Clotilde. Jamás se le había ocurrido pensar que la muchacha era lógico que pudiera casarse, como ella lo había hecho, y la noticia de que un novio formal estaba á la puerta con los papeles en la mano, fué para ella una descarga eléctrica que puso en la mayor rebelión todos sus nervios.

Preciso fué que Clotilde, con mil besos y abrazos y otras tantas caricias y monerías, la hiciera ver que no menos cariño que á su tío la profesaba á ella; y no mentía al decirlo; preciso fué que D. Sebastián agotara toda su elocuencia para hacerla comprender que aquello era lo más natural del mundo y que debían esperarlo; aunque él, ciertamente que no hubiera esperado nunca que hubiera un valiente capaz de ir tan lejos para ver á la novia. Después de un mérito como éste, sería cruel negar la entrada en casa al muchacho.

Doña Andrea, ya más tranquila, se enteró de las bellas cualidades que adornaban á Felipe, y su condición de hombre trabajador hasta la ponderación, acabó por granjearle su buena voluntad.

Quedó, pues, convenido que Clotilde haría al día siguiente la presentación de su novio, y que, todos juntos, irían al teatro por la tarde; D. Sebastián tomaría las localidades en Apolo; no hubo más remedio que acceder, en cuanto al teatro, que fué designado por Doña Andrea.

Aquella noche no se hizo música; D. Sebastián se agarró á un libro, poniéndose á leer sobre la mesa del comedor; Clotilde se puso á trabajar en una labor, y Doña Andrea se fué á la cocina á tomar la cuenta á la Micaela.

A buen seguro que si alguien le preguntara á D. Sebastián lo que leía, no se lo pudiera decir, porque él mismo no lo sabía; la idea de que Clotilde se casaría, habíale causado tanta ó más impresión que á su mujer, aunque no lo manifestara. Aquella chiquilla adorable era la única con quien podía expansionar su espíritu... y aquella chiquilla iba á pasar á poder de un hombre, que la querría para él solo, que se la llevaría...

En el comedor no se oía ni el más leve ruido; en la cocina, Doña Andrea protestaba con voz destemplada de la cuenta que ponía Micaela, que, aquel día, se había propuesto dejar pequeñito al Gran Capitán.

Clotilde, de cuando en cuando, miraba á su tío, y en sus divinos ojos, de color verde, brillaba un chispazo de cariño infinito que dulcemente le enviaba envuelto en una sonrisa; después volvía á inclinarse sobre la labor; y, cosa rara, Clotilde, tan alegre momentos antes, sintióse poco á poco envuelta por una sombra de tristeza que la oprimía el corazón. «Separarse de los tíos.»

III

Los preparativos de la boda empezaron pronto y se llevaron á cabo con la mayor rapidez posible. Doña Andrea y Clotilde se pasaban las mañanas trabajando y las tardes las invertían en _ir á Madrid_ para hacer compras.

Felipe metía más prisa que un dolor de tripas y no había modo de oponerse á sus deseos de que la boda se realizara en seguida.

Doña Andrea había llegado, en tan corto tiempo, á tomarle tal cariño, que no veía más que por sus ojos. Felipe, por otra parte, no se había descuidado en hacer lo posible por granjeárselo, y al conocer el espíritu mercantil de su futura tía, habíala tomado también gran afecto.

Un día, Felipe trató de la cuestión de buscar casa, para irla amueblando, y aquí fué Troya; ni D. Sebastián ni Doña Andrea se resignaban á separarse de Clotilde... ¡Vaya un conflicto!... Felipe decía que aquello _le cogía_ muy lejos; D. Sebastián alegaba que si antes podía ir, después de casado podía hacerlo igual; Doña Andrea dijo que ni á tirones se separaba de Clotilde. Felipe se resistía; la tía aseguraba que era una locura ir á pagar casa, cuando tenían allí habitaciones de sobra. Al fin, tanto hablaron y discutieron, que, con la intervención de Clotilde, Felipe accedió á vivir en el hotel, con lo que, no solamente consiguió su propósito de ahorrarse la casa... y otras muchas cosas, según ya tenía pensado para sus adentros, sino que aun apareció como un gran favor que tuvieron que agradecerle.

Llegó el día fijado para la boda, y ésta se realizó en la iglesia de aquella barriada...

Felipe no cabía en sí de gozo; Clotilde estaba radiante de hermosura... y los tíos rebosaban de satisfacción; aunque cualquiera que hubiera observado á D. Sebastián, hubiera notado, en el fondo de aquella gran alegría, una gran tristeza.

--Te quedas sin música; pero pronto volveremos y te desquitarás--dijo Clotilde, abrazando y besando amorosamente á su tío.

--Que Dios te haga feliz, es lo que yo deseo--respondió éste.

--Lo seré, tío, lo seré.

D. Sebastián sonrió de un modo particular, como diciendo: «quién sabe». Clotilde, llamada por unas amiguitas, no pudo ver el gesto hecho por su tío.

Aquella misma tarde salieron los recién casados para Toledo, ciudad donde empezaba el viaje de novios, que debía terminar en un pueblecillo de la provincia de Soria, donde residía una tía de Felipe, para que ésta conociera á Clotilde.

Al día siguiente llegó un telegrama anunciando la feliz llegada á la imperial ciudad; al otro, una carta muy corta, en la que Clotilde se limitaba á decir que estaban buenos, que se acordaba mucho de ellos y que era muy feliz al lado de Felipe; un diluvio de besos y san se acabó.

Inútil es decir que los tíos se apresuraron á contestar, diciendo miles de simplezas... y haciendo cientos de inútiles recomendaciones.

Cinco días después llegó la segunda carta; ésta era más extensa que la primera... ¡como que tenía dos pliegos!... lo cual llenó de júbilo á los buenos tíos, que sintieron humedecerse sus ojos de lágrimas. La carta se leyó con toda solemnidad en el despacho de D. Sebastián.

El primer párrafo, invertíalo Clotilde en pedir á sus tíos que la perdonasen por su anterior, tan corta; pero no había tenido tiempo de más, porque se iba el correo, y no había querido dejarles sin noticias. Concluído este exordio, entraba de lleno en sus expansiones infantiles. Una cosa que por lo visto le interesaba mucho saber, era si había llovido por allí. ¡En Toledo habían caído dos chaparrones fenomenales! Pero ni aun con el agua habían dejado de corretear. Estaba encantada de las maravillas que allí veía. ¡Y pensar que estando tan cerca de Madrid, no las había visto antes! ¡No se lo perdonaba!

Al llegar á este párrafo, D. Sebastián dejaba caer, como quien dice, las palabras que leía, una á una. Doña Andrea demostró su impaciencia por la lentitud que empleaba D. Sebastián en la lectura.

Lo que le había causado un poco de desilusión á Clotilde, era la campana, la célebre campana de Toledo. No era tan grande como ella se había figurado, por lo que decían; no cabía un escuadrón debajo; pero, vamos, era una señora campana. Ella no se cansaba de ver aquellas cosas una y otra vez, y se reía mucho con Felipe, el que aseguraba que si le dejaran, tiraba todo _aquello_ y hacia una ciudad á la moderna, de primera.

Por las noches, sobre todo, sentía un placer inexplicable en andar por aquellas calles tan estrechas y tan torcidas... ¡Cuánta poesía!... ¡Qué dulce evocación de tiempos que pasaron para no volver! Por las tardes, cuando bajaban hacia la estación del ferrocarril, contemplando el Tajo, y pasaban junto al castillo, parecía que iban á salir los moros y los iban á coger prisioneros. Una noche lo soñó así; y soñó que á ella la vendían á un Sultán, y que á Felipe lo compraron para llevar cubas de agua. ¡Cuánto se reían!...

Felipe decía que estaba loca. Loca estaba, sí; pero loca de contento. ¡Qué bonito debía de ser viajar mucho y ver muchas cosas!... De Toledo saldrían dentro de tres días, pues Felipe decía que aquello era aburridísimo y que, además, no podían perder mucho tiempo, porque la estación avanzaba y no podía desperdiciar la época mejor para sus comisiones. Concluía la carta con un chaparrón de besos y una cantidad incalculable de abrazos. Al final, Felipe escribía también unas cuantas líneas cariñosas.

La carta de Clotilde se leyó cien veces aquel día. Doña Andrea dió doscientas vueltas por las habitaciones de _los chicos_, para ver si faltaba algo.

El otoño se presentó frío y desapacible, y D. Sebastián tuvo que abandonar el _campo_, como él llamaba al jardín, y retirarse á cuarteles de invierno.

Nuevas cartas llegaron de Clotilde, que fueron leídas y releídas con tanto amor y alegría como la anterior. Pero la que produjo un júbilo delirante, la que causó una verdadera revolución en el hotel, fué la que recibieron anunciando su salida para Madrid.

Doña Andrea se pasó haciendo _pucheros_ todo el día de tal manera, que su cara parecía fuente con dos caños.

--Pero, hija mía--decíale su marido--, ¿no lloraste cuando se fueron, y lloras ahora, cuando vienen?

A lo que Doña Andrea respondía:

--¡Qué quieres, yo soy así!

Así era, efectivamente: un poco rara, y un mucho esclava de sus nervios, que casi constantemente estaban en abierta rebelión con todos los centros habidos y por haber.

IV

El invierno se coló de rondón, llevando consigo una cantidad horrorosa de catarros y pulmonías.

Los árboles mostraban ya sus desnudas y esqueléticas ramas; las plantas habían enmudecido y no daban flor. Llovía mucho, y los moradores del hotel habíanse confinado en las habitaciones. La vida en él había recobrado su marcha acostumbrada, salvo las modificaciones introducidas por Felipe, que no eran pocas.

Felipe, que no pensaba más que en sus comisiones, salía por la mañana, tempranito, en el segundo ó tercer tranvía, y, con mucha frecuencia, no regresaba hasta la noche; cenaba, contando á todos las _notas_ que había hecho durante el día, y se acostaba con el bocado en la boca. ¡Ah...! El no podía acompañar al tío y á Clotilde en sus reanudadas sesiones musicales; tenía que madrugar. Con mucha frecuencia tenían éstas que suspenderse, porque el ruido del piano no le dejaba dormir. En su apoyo venía Doña Andrea:

«Pobrecillo, con tanto como trabajaba, era un crimen no dejarle dormir. ¡Y con los madrugones que se daba el infeliz! Es verdad que D. Sebastián también madrugaba; pero ¡vaya una diferencia! D. Sebastián llegaba á la oficina, se sentaba, tomaba café, fumaba, charlaba con los compañeros... y pare usted de contar; en cambio, el pobre Felipe tenía que trotar por las calles más que penco de coche de alquiler, y recibir más sofiones que novio en desgracia. ¿Cómo no había de molestarle el piano, y más que el piano, las _latas_ que tocaba Clotilde? ¡Aquel pron... porrorón... porrorón... pon pon... del Lohengrin... del Tannhausser y del Parsifal, le quitaban el sueño á un lirón!» Resignábanse Clotilde y su tío, y entregábanse, él, á los libros; ella, á las labores, que alternaba con la lectura.

Pasaron los meses. Felipe, apoyado siempre por la tía, volvíase cada vez más despótico, comercialmente hablando, y Clotilde sólo escuchaba de él la diaria relación de las _notas_ ó pedidos de las casas de comercio.

Clotilde, sin dejar de estar alegre, parecía no ser la misma: su alegría era reposada, grave; no era aquella bulliciosa alegría que tenía de soltera. D. Sebastián, único en la casa que había observado aquel cambio, como había observado el modo de conducirse Felipe con su esposa, dióse á pensar en las causas de aquella transformación.

No tardó mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y Clotilde habían escrito á París y pronto se recibiría el aviso de la llegada del bebé. D. Sebastián sintió una alegría loca... ¡Tanto como á él le gustaban los niños! Ellos habían tenido dos, pero los dos se los había llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitín rubio como el oro, porque seguramente sería rubio, correr y trotar por el jardín. ¡Oh! pero ya se guardaría muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras á todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los árboles, porque sabían muy bien que nadie les haría daño.

Esperó, pues, D. Sebastián con verdadera impaciencia la feliz noticia; pero pasaban los días, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la noticia no llegaba.

Un día, no pudiendo resistir más, llamó á su esposa, y haciéndola observar lo que él había notado en Clotilde, le preguntó:

--¿No te ha dicho nada Clotilde de si...?

--¡Nada!--replicó Doña Andrea.