Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos.
Part 3
«--En verdad que hace falta cinismo--decíase--para venir á pedirle á este pobre hombre que me esperara un mes... ¡Pobrecillo! Pedirle á un infeliz que no tiene más que ocho casas una cosa así... es una infamia. Comprendo que al que no tiene más que una, se le pida que espere, porque no va á dar la casualidad que los cuatro inquilinos que tenga se vean en tan triste situación; pero no á un hombre que tiene ocho casas y ochenta inquilinos... ¡Si á todos les da por no pagar..., lo que él dice: la ruina! ¡Pobre!»--Suspendió Jacinto un momento su humorístico monólogo, para que no le oyeran unos que junto á él pasaron, y después lo reanudó así:
«--¡Ah, Luisito, hijo mío: en verdad te digo que ahora pienso que has hecho bien en morirte! ¡Qué desgracia tan grande para ti, si hubieras llegado á ser hombre... y á tener ocho casas...! ¡Y qué desgracia tan horrible que hubieras tenido inquilinos como tu padre, que no puede pagar...! ¡Me estremezco de horror al pensar que hubieras llegado á tener ocho casas..., porque tu corazón hubiera tenido que llegar á endurecerse como una piedra! El Señor te ha demostrado su particular afecto no dejándote llegar á ser hombre, y llevándote consigo. Intercede, hijo mío, con Él, por tus hermanitos y por tu pobre madre, porque yo... ¡yo no sé ya lo que podré hacer por ellos!»
Cuando Jacinto entró en su casa y Claudia supo lo ocurrido, hubo de exclamar, con angustiado acento:
--Dios mío... ¡qué poca caridad!
--¿Poca?--replicó Jacinto.--Poca, no: mucha, pero mal entendida.
--¡Qué haremos, Jacinto, qué haremos!
--Nada, hija mía, nada; no apurarse, sobre todo; á mal tiempo buena cara, como dice mi compañero Pepe.
Claudia movió la cabeza en son de duda y fuése hacia la alcoba.
Jacinto, recorriendo el pasillo de una punta á otra hablaba en alta voz, gesticulando á la vez, como si discutiera con alguien.
«--Esto no es posible tomarlo en serio; no es posible dejarse llevar de la desesperación... porque no es posible... ¡no es posible! Esto que me pasa, á fuerza de ser terrible, es cómico, sí señor, esto es cómico.»
De pronto, dándose una sonora palmada en la coronilla, exclamó:
«--Ya me había yo olvidado de los sabios consejos de mis compañeros--: «escribe artículos cómicos». Ya no me acordaba de la buena acogida que tuvo el primero. Esta misma noche escribo el segundo... ¡Y que no estoy yo en punto de caramelo para escribir artículos cómicos!»
Y siguió paseando mientras hilvanaba su segundo artículo cómico.
Claudia, entretanto, arrodillada junto al lecho, con las manos cruzadas, imploraba á una imagen de Jesús, colocada á la cabecera.
El Señor parecía contemplarla dulcemente y escuchar sus quejas.
«Caridad... caridad--parecían decirla sus amorosos ojos--; harto sé yo, pobre mujer, que el amor y la caridad que prediqué, no se practica por mis más fieles devotos.
_Amaos los unos á los otros_--dije--, y no parece sino que todos ponen especial empeño en destruirse. Les di una Ley para que se gobernaran, y ellos, creyéndola insuficiente, no dejan de promulgarlas á cientos, sin que logren otra cosa que entorpecer la existencia. Puse en la tierra todo lo necesario y lo superfluo para que el hombre viviera, obteniéndolo con su trabajo, y he aquí que medio género humano perece por falta de lo más indispensable. Cuán grande es mi dolor al ver cómo deshonra mi obra el ser más noble que yo creé. Muchos son los que me aman, muchos los que me adoran y reverencian; mas pocos serán los que, cuando la trompeta llame á Juicio, puedan presentarse sin temor ante el Supremo Juez.»
Cuando Jacinto entró en la alcoba donde se hallaba Claudia, ésta lloraba con gran congoja. Jacinto se apresuró á levantarla del suelo y á prodigarla palabras llenas de dulces consuelos.
--Todo se arreglará, Claudia; ten confianza en que todo se arreglará--decía el valeroso oficinista.
Aquella noche, como en otra de antaño, Jacinto escribió su segundo artículo cómico, que, en realidad, fué su primer artículo humorístico; un artículo humorístico de primer orden; al menos, así lo juzgó el público, dispensándole una acogida entusiasta.
Perseveró el humorista con nuevos artículos, que fueron igualmente bien acogidos. Siguió riendo, fustigando á muchos de los primeros actores de la humana comedia, cuyos elevados puestos habían alcanzado sin que se supiera qué escala moral ó material les había servido para lograrlo, y elogiando la labor y las grandes cualidades de muchos modestos racionistas y partiquinos. La sociedad que, como algunas hembras, más ama á quien más la pega, llegó á convertir á Jacinto en su escritor favorito.
La suerte, queriendo sin duda reirse de Jacinto y demostrarle que nadie más humorista que ella, hizo que sus artículos fueran solicitados y casi... casi, bien pagados. El oficinista pudo llevar un relativo bienestar á su casa. ¡Cuántas veces pensó el pobre humorista que aquella holgura no había llegado á tiempo de salvar al pobre Luisín! Pero... ¿no sería el nene el que le mandaba aquel dinero que entonces ganaba, para que sus hermanitos se libraran de perecer de hambre como había perecido él?
¡Pobre Luisín! Lo que no pudo mandarle nunca á su padre fué el vomitivo que le hiciera arrojar del corazón la materia que lo había asqueado para siempre...
Lo que le faltaba al tío
Un buen trecho llevaban andado por la mal llamada carretera tío y sobrina, sin que se les oyera el metal de la voz, cuando ella, preciosa morena de diez y ocho años, colgándose con ambas manos de uno de los brazos del tío, dijo así, con tono zalamero:
--Oye, tío...
--¿Qué quieres, sobrina?
--Quisiera hablarte de una cosa...
--¡Pues habla! ¿Quién te lo impide?
--Es que... verás... es una cosa un poco seria... ¿Por qué pones esa cara de risa?... ¿Es que yo no te puedo hablar de cosas serias?
--Sí, chiquilla... ¿por qué no? Tus diez y ocho años no son muy á propósito que digamos para tener cosas serias de que tratar; pero valga, en cambio, que, á pesar de ser tan joven, eres muchacha de talento, y, por lo tanto... ¡quién sabe las cosas serias que se te pueden ocurrir en tus pocos años!
Y al mismo tiempo que así hablaba, Don Sebastián, que éste era el nombre del tío, miraba amorosamente á su sobrina, acariciándola las manos suavemente.
--Gracias, tío, por tus alabanzas.
--No hay de qué, Clotilde. En el corazón, sales á tu difunto padre, mi pobre hermano, que en gloria esté.
--Vamos, ¿quieres dejarte ya de floreos?
--Carácter alegre, sano juicio, gran bondad de corazón, tacto exquisito para tratar á las gentes...
--¿Me vas á dejar hablar? ¿sí ó no?
--Habla todo lo que quieras; ya sabes que yo no hago más que todo lo que tú quieres.
--Todo lo que yo quiero, no; no seas embustero, tío. Si tú hicieras lo que yo quiero, no estarías siempre tan tristón; la tía y tú no estaríais siempre como estáis, en perpetuo desacuerdo; no pensaría el uno negro cuando el otro piensa blanco. ¿Qué mayor felicidad que estar en buena armonía y pensar del mismo modo que la persona con quien hemos de vivir siempre?
--¡Tienes razón, hija mía! ¿Qué mayor felicidad que la de ver pensar y sentir igual que nosotros á la persona que ha de vivir á nuestro lado toda la vida?
No pasó inadvertido para Clotilde el cambio de lugar de las personas en el mismo pensamiento; pero nada dijo.
Callaron un momento ambos interlocutores. El afable semblante de D. Sebastián, cuyo pelo y bigote entrecanos dejaban sospechar que su edad podría ser como de unos cuarenta años, pareció ensombrecerse ligeramente. Clotilde mirábale disimuladamente y pudo observar aquel pequeño cambio en el semblante de su tío.
La carretera, que en aquel lugar era casi calle, por tener bastantes edificaciones en ambos lados, hallábase en aquel momento bastante animada. Un tranvía eléctrico circulaba por el lado derecho, llenando de polvo á los peatones y poniendo en comunicación á Madrid con aquella barriada que, como todas las de la capital, era fea, sucia y polvorienta. En los solares donde aun no se habían edificado hotelitos, había campos de trigo y de cebada, segados ya y que ostentaban el amarillento rastrojo.
--Tú no eres feliz, tío; algo te falta para serlo, que yo no sé lo que es--dijo Clotilde adelantando un poco la cara para mirar á D. Sebastián.
--¿Por qué no he de serlo, chiquilla? Tenemos salud, tenemos un mediano pasar; tu tía... es buena...
--Sí; pero tú siempre estás pensativo, siempre con tus libros, con tu jardín...; casi nunca hablas, como no se te hable...
--Qué quieres: cada cual tiene su modo de ser... Pero no se trata ahora de mí. Volvamos al punto de partida de nuestra conversación; arranquemos del momento mismo en que decías que tenías que hablarme de...
--De una cosa muy seria--añadió Clotilde dando prueba de su tacto al no insistir sobre una conversación que bien se veía que no era del agrado de D. Sebastián.
--Pues mira, niña; si tan serio es lo que que tienes que decirme--respondió el tío recobrando su tono jovial--, espera que lleguemos al recodito aquel de la carretera y nos sentaremos para no caerme del susto.
Rieron tío y sobrina, no sin que ésta protestara del tono zumbón empleado por él, y llegado que hubieron al sitio indicado, tomaron asiento en el borde de la cuneta.
Quitóse el tío su sombrero de paja, y pasó el pañuelo por su frente para limpiar el sudor que la empañaba. El mes de Julio tocaba á su fin. La tarde declinaba; el sol había traspuesto el horizonte, dejando ver solamente su rojo resplandor; una ligerísima brisa arrancaba á las flores de los diminutos jardines sus preciados perfumes.
Don Sebastián esperó á que pasara un automóvil con su ruido trepidante, y después exclamó:
--Venga de ahí. Vamos, ¿á qué aguardas?
--Es que...--replicó Clotilde poniéndose algo colorada.
--Sea lo que sea, habla.
--Pero ¿me prometes tomarlo en serio?--Y como viera que su tío la miraba con cierta sorpresa, añadió vivamente:--No; si ya sé que tú me quieres mucho, tiíto; que todo lo que yo digo y hago, aunque sea lo peor del mundo, para ti es lo mejor; pero...
--Vamos, chiquita, díme lo que sea, ó vas á ponerme en cuidado--dijo D. Sebastián tomando entre sus manos una de Clotilde y revelando en su semblante alguna inquietud.--¿Qué cosa tan seria es esa que tienes que decirme?
--¡Que tengo novio¡--exclamó Clotilde bajando la vista y poniéndose roja como una amapola.
Don Sebastián, abriendo desmesuradamente los ojos, soltó una sonora carcajada.
--¿Ves como te ríes?--dijo Clotilde con infantil enfado.
--¿Y qué quieres que haga, si lo que tú llamas una cosa muy seria es la cosa más divertida del mundo... y la más lógica?
--¡Es que no he concluído todavía!
--¡Que no has concluído!--dijo D. Sebastián suspendiendo la risa.
--No.
--¿Pues qué falta?
--Lo principal: que mi novio quiere hablaros; quiere que formalicemos las relaciones... y que nos casemos muy pronto.
--¡Mira tú... mira tú; eso ya es más serio!
--¿Eh?... ¿Por qué no te ríes ahora?
--Pero, ¿desde cuándo tienes tú novio?
--Pronto hará ocho meses.
--¿Ocho meses y tu tía no se había enterado?
--No; porque yo no quería que se enterara nadie hasta saber yo misma si mi novio era digno de llegar á serlo oficialmente.
--Ahora sí que te digo que eres una chica de verdadero talento; tener novio ocho meses y no saberlo tu tía... ¡porque me lo dices tú lo creo! Bueno, ¿y por qué no se lo dices á ella todo eso?
--Por nada... Es que como tiene ese modo de ser y esos prontos así, tan... pues he preferido decírtelo á ti.
--Eso; y que si hay voces... me las gane yo... ¿verdad?
--No, no; no es por eso; es que... ¡vamos!, yo no sé cómo decirte, tío; es que contigo tengo más confianza... ¡Como tú eres tan bueno para mí!
Sonrió cariñosamente D. Sebastián al oir á su sobrina, á la que adoraba como un padre.
--Y después de todo, ¿por qué ha de haber voces? ¿No es lo más natural que tú te cases, como se casan todas las muchachas que valen lo que tú y menos también?
--Cállate, tío, cállate, que yo no valgo nada.
--Bien, bien. Pero ahora, cuéntame, dame detalles, díme quién es él, qué hace él, de dónde viene tu conocimiento con él...
--Te lo voy á contar todo.
--Si te parece, emprenderemos el regreso; ya es casi de noche, y por el camino me lo puedes ir contando, ¿eh?
--Sí, sí; no sea que la tía se enfade porque tardamos.
Y en animado coloquio, tío y sobrina emprendieron el regreso hacia la casa, no muy distante del lugar en que se hallaban.
Clotilde había conocido á Felipe, que este era el nombre del novio, una tarde que fueron al teatro. Él la siguió hasta casa; al día siguiente volvió y la tiró una carta, cuando la vió en el jardín; ella le contestó poniendo reparos; él volvió á insistir, no dejando de ir una sola tarde; ante tal constancia, ella aceptó, en principio, las relaciones. No la pesaba haberlo hecho. Felipe no había faltado ni una sola vez, á pesar de la distancia y de lo molesto del camino; condición mucho más de apreciar por cuanto Felipe, que era comisionista, no paraba de andar en todo el día, y terminaba, como se suele decir, reventado. El muchacho era una joya: trabajador hasta un extremo verdaderamente exagerado, si es que en esto cabe exageración; de un carácter apacible y bondadoso, no se enfadaba más que cuando otro comisionista llegaba antes que él á un comercio y le quitaba alguna _nota_; esto sí, esto le sacaba de quicio completamente. Tenía un amor por su profesión que rayaba en locura. Cuando llegaba, al atardecer, á ver á Clotilde por la verja del jardín, no sabía hablar más que de las operaciones que había hecho en el día y de las que pensaba hacer en el siguiente. Donde había una peseta que ganar, allí caía Felipe como una bomba; y mal tenían que ponerse las cosas para que aquella peseta no pasara á su bolsillo. En fin, Felipe era un muchacho que podía hacer feliz á cualquier mujer.
De tal modo elogió Clotilde á su novio, que D. Sebastián hubo de exclamar:
--De modo ¿que tú crees que Felipe tiene todas las condiciones necesarias para hacerte feliz?
--Yo creo que sí. ¿Y á ti qué te parece de lo que te he dicho?
--A mí... no me parece mal; pero has de tener en cuenta que yo no soy el que se ha de casar con él.
Las palabras de D. Sebastián fueron recibidas por Clotilde con grandes risas.
--Hija mía--continuó diciendo D. Sebastián--, tanto los hombres como las mujeres, desde jovencillos, empezamos á crear, allá en nuestra imaginación, en nuestra alma ó en nuestro corazón, que esto, á punto fijo, no se sabe dónde se forma, un modelo de parte contraria, con arreglo á nuestros gustos y deseos, y del cual decimos: _es mi tipo_.
--¡Cierto!
--Tú, sin duda alguna, tendrás también tu modelo creado; si tu novio se ajusta á él, no debes dudar en casarte.
--¿Y si no se ajusta?
--En ese caso, tú sabrás lo que le falta.
--Pero es que encontrar el modelo completo, debe ser muy difícil; todos tendremos que hacer alguna concesión, tío.
--Sí, sin duda alguna, porque, por regla general, el tipo que nosotros imaginamos, como tontos, es de lo más perfecto que puede darse; y sabido es que lo perfecto no existe. Hay, pues, que hacer concesiones; pero hay que ver cuáles sean éstas, porque las concesiones son siempre peligrosas. Tú piensa bien si las que tengas que hacer en obsequio de tu novio no han de ir en detrimento de tu dicha, porque yo, en calidad de tío, ó, mejor aún, de padre tuyo, sólo puedo pedirle que sea bueno, honrado y trabajador; y estas condiciones, según tú, las tiene.
La noche se echaba encima por momentos, y tío y sobrina, sin suspender el coloquio, hubieron de apresurar el paso para no incurrir en las iras de la tía, llegando tarde á cenar.
II
--¿Estás oyendo, Micaela?
--¿Qué... señora?
--¡Qué! ¿No estás oyendo que dan las ocho?
--¿Lo dice usted por los señoritos? Ya deben estar al llegar.
--Asómate, mujer, asómate, que me estoy consumiendo la sangre.
Asomóse Micaela, como la señora la mandaba, á la ventana de la cocina, que daba á la carretera.
--¿Vienen?
--No veo á nadie, señora.
--No, si estarán tan tranquilos. Mi marido, como hoy no se ha podido sentar bajo la acacia, según costumbre, para ver ponerse el Sol, estará sentado en cualquier parte viendo salir las estrellas; y la pánfila de su sobrina, mientras tanto, estará haciendo el programa de las _latas_ que van á tocar esta noche. Pero ¿qué haces ahí soplando y consumiendo la lumbre?
--Señorita, estoy calentando el aceite para freir la carne.
--¿Cómo quieres freir la carne sin que estén aquí? ¡Buena andaría la cocina como te dejaran á ti sola...! ¡Y buena andaría mi paciencia, si Dios no me la aumentara á diario!
--Verá usted como no tardan ni cinco minutos. ¡Bueno es el señor para no sentarse á la mesa á su hora!
--Sí: cuando está en casa, muchas prisas y mucha puntualidad...; pero cuando no... ¡Y luego tiene una mal genio... y no deja vivir á nadie...! Arrima ese puchero á la lumbre, mujer; no se te ocurre nada... ¡Ay, qué cabezas más descansadas...! ¡Así ya se puede llegar á viejo, ya...! Añádele agua: ¿no ves que se ha consumido ya la mitad á fuerza de estar cuece que te cuece?
--Si por eso lo aparté, señorita.
El repiqueteo de la campanilla de la puerta del hotel cortó el diálogo que sostenían ama y criada.
--Ya están ahí... ¿Lo ve usted, señorita?
--Sí..., sí... Pero echa la carne en la sartén y sopla, mujer, sopla; parece que te estás muriendo.
Que sonó la campanilla de la puerta del hotel hemos dicho, y lo mantenemos, porque hotel era la vivienda que albergaba á D. Sebastián y familia. Situado en las afueras de Madrid, en una de esas barriadas que llegan á formar verdaderos pueblos, con todos los inconvenientes de estos y sin ninguna de las ventajas de la capital, á cuyas puertas se hallan, no era ni mejor ni peor que otros que le rodeaban.
Se componía de dos pisos, con tres huecos por fachada; tres de éstas, ya que la cuarta daba á la carretera, estaban rodeadas por una regular extensión de terreno, en la que abundaban los árboles, de ya respetable ancianidad, que demostraban haber sido aquel hotel de los primeros que se construyeron en la barriada. Aquel terreno, que por la distribución de los árboles daba bien claro á entender que en sus tiempos fué todo, ó la mayor parte, jardín, se hallaba á la sazón dividido en dos partes, de las cuales, la más pequeña, que formaba cuesta, era la destinada á jardín; la otra era un inmenso corral.
Habitaban el citado hotel, D. Sebastián y su señora, Doña Andrea, á la que hemos visto en la cocina, en calidad de propietarios; Clotilde, la sobrina, en calidad de hija, que no era menor el cariño que sus tíos la tenían, y Micaela, en calidad de criada. Como seres irracionales moraban, en distintas partes del hotel: _Minín_, en calidad de gato, que, listo tenía que ser el ratón que á él se la diera; la _Careta_ y la _Niña_, en calidad de cabras, á cuyo cargo corría el proveer de leche á los habitantes racionales de la casa; y un número de gallinas que oscilaba entre 50 ó 60, en calidad de buenas ponedoras, que por algo unas eran castellanas negras, y otras, cordobesas de pura raza.
Cuando la diosa fortuna en forma de herencia, puso aquel hotel, con más unos ocho ó diez mil duros, en manos del matrimonio, éste, reunido en sesión permanente, acordó por mayoría de votos el inmediato traslado de residencia.
Es verdad que D. Sebastián tendría que tomarse la molestia de ir desde tan lejos á la oficina, y que esto traería consigo el gasto del tranvía; pero bien echadas las cuentas, y mujer era Doña Andrea capaz de echárselas al mismísimo lucero del alba, resultaba que, descontada la molestia de los diarios viajes, ni el gasto del tranvía, ni algunos otros que también le seguían, alcanzaba á los 15 duros que pagaban de casa; luego el traslado era conveniente.
No era muy grande la cantidad que se ahorraban; pero unida ésta al nuevo ingreso que habría con la renta del capital en efectivo, heredado, venía á formar un total que llevaba el bienestar á la casa de D. Sebastián.
Comprendiéndolo así, éste, espíritu poco apegado á la corteza terrestre y muy dado á vagar por las regiones imaginarias, pensó en realizar alguno de sus ensueños.
Propuso D. Sebastián que del dinero heredado, y puesto que no tenían hijos--Clotilde aun vivía con su padre--, se separara una cantidad prudencial, cuatro ó cinco mil pesetas, y que se emplearan en hacer un viajecito para ver alguna de las muchas cosas que hay que ver en el mundo. Un viajecito á París, bajar luego á Italia, ver algo de Suiza. Haciéndolo con economía, 5.000 pesetas podían dar mucho de sí. Era muy triste morirse sin haber visto más que Madrid, Soria, Cadalso de los Vidrios y Carabanchel Bajo.
Ante semejante proposición, Doña Andrea puso el grito en el cielo y afirmó rotundamente que ella no se movía de Madrid por nada del mundo.
¿Qué era lo que había que ver en todos aquellos sitios? Nada. En Francia, en Italia y Suiza, no podía haber ni más ni menos que en todas partes: casas, gentes, tierra, árboles, montañas... ¿Y qué? ¿Eso valía la pena de gastarse 1.000 duros, de ir á países donde ni le entienden á uno, ni se les entiende á ellos? ¿Valía la pena de ir á padecer molestias y contratiempos, pudiendo estar tan ricamente en su casa por muchísimo menos dinero? Ni ella haría _el primo_, ni consentiría que su marido lo hiciera.
Inútiles fueron todas las reflexiones que D. Sebastián pudo hacerla; inútiles cuantos argumentos le sugirió su imaginación para convencerla.
En vano se esforzó D. Sebastián en hacerla ver que si la Naturaleza es una, no en todas partes se muestra igual; que si en todos los países hay hombres y mujeres, no todos tienen los mismos usos y costumbres; que sus caracteres varían mucho de unos países á otros y que, efecto de esta diversidad de idiosincrasias, son las diferentes obras que ellos han realizado y realizan: todo fué predicar en desierto. Doña Andrea no hizo más concesión que la de ir á Gijón en el próximo verano, á pasar quince días. A esta concesión respondió D. Sebastián que para ir á Gijón, más valía no ir á ninguna parte.
Resolvióse, pues, que en vista de que no se iba á ningún lado, lo conveniente era que se hicieran cuanto antes algunas obrillas de menor cuantía que el hotel necesitaba, para trasladarse en seguida y pasar ya el verano en la nueva morada.
Don Sebastián, que sólo aparentemente había renunciado á sus proyectados viajes, iba todas las tardes, después de almorzar, á inspeccionar las obras y á meter prisa á los operarios, que, si á sus ojos trabajaban con mucha lentitud, á los de Doña Andrea no hacían nada; tal era el deseo que ambos cónyuges tenían de hacer su traslado; y era la tal prisa, porque cada uno tenía sus proyectos, como pronto veremos.
Terminaron las obras, ¡que bien sabía Dios que no estaban en consonancia con el tiempo invertido!, según Doña Andrea, y llegó el momento solemne de despedir la antigua casa. Aquel día, Doña Andrea no cabía en sí de gozo. ¡No ver más al casero!
Cuando D. Sebastián se puso el gabán y el sombrero para ir á cumplir tan importante misión, había que oir á Doña Andrea:--«Le dices que nos vamos á nuestro hotel; que ahora puede subir el piso todo lo que le dé la gana, y no blanquearle la cocina ni al mismísimo Jesucristo que lo alquile; y que me alegraré que no le paguen los que vengan, y que traigan 20 chicos y perro.»
Don Sebastián tuvo que dar su palabra de honor de que todas esas cosas y otras muchas le diría al tío aquél, que porque tenía una casucha de mala muerte, se creía el duque de Medinaceli.
Verificado el traslado, surgieron algunos disgustillos, motivo de los ocultos pensamientos en el matrimonio.
Juraba y perjuraba Doña Andrea que el jardín era una _lata_, palabra ésta muy usual en ella.
Hacía falta mucha agua, y no la había; hacía falta mucho trabajo, si quería tenerlo regularmente, y no era cosa de pagar un jardinero.