Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos.
Part 11
Aquella situación se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su hermano la sentía Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera él quien la hubiera cometido.
Pasábase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostenía vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba; discutía acaloradamente con su madre y sostenía larguísimas conversaciones con Rosa, exponiéndola razones irrefutables para convencerla de que debía perdonarle la traición que bullía en su cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramón y de la paz y el sosiego de la pobre Inés. Y tanto y tanto bregó con la una, y tan elocuente se mostró con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que nunca habló con ellas, sino consigo mismo, logró convencerlas, y Benito pudo poner en práctica el proyecto que hacía días le tenía en aquel estado tan lamentable.
Una tarde, pálido y tembloroso, poseído de una grande emoción, tanto por el acto que iba á realizar como por la incertidumbre del acogimiento que pudiera tener, se presentó en el ancho portalón de la casa de Inés. La imagen de Rosa se le presentó allí nuevamente más hermosa que nunca; pero Benito dióla las últimas y más poderosas razones que podían servirle de justificante para su conducta, y aquélla, anegada en llanto, desapareció para siempre.
Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosían cuando Benito hizo su aparición. Al verle la señora Juana, madre de Inés, exclamó con enojo:
--¡Tú aquí!
--Yo, señora Juana, yo mismo--respondió todo azorado Benito.
--Creí que no nos volveríamos á ver más.
--¡Señora Juana!...
--Madre--interrumpió Inés--, Benito es bueno... ¿Por qué le habla usted así al pobre?... ¡Qué culpa tiene él!...
--Si él hubiera influído lo necesario con su hermano...
--¡No diga usted eso, por lo que más quiera, señora Juana!--exclamó Benito con fogosidad en él no acostumbrada.
--¡Madre!...
--Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. ¿Cómo quieres que te vea con calma viendo á mi hija? ¿Cómo quieres que hable, qué quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia?
Inés, levantándose con presteza, fuése hacia su madre, besándola y acariciándola con ternura.
--¿Qué será de mi pobre hija--continuó la señora Juana entre sollozos--; quién la amparará cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... ¡Mi pobre hija no tendrá quien vele por ella; porque ¿quién ha de casarse ya?...
Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dándole más vueltas á su gorra que rueda de molino, exclamó al oir á la madre de Inés:
--¡Yo!
Al escuchar aquella contestación, quedaron ambas mujeres mudas y perplejas.
--¿Tú?--dijo al fin la señora Juana.
--Yo, sí; yo me caso con ella.
Miraba Inés á Benito, sin acertar á comprender sus palabras; sin duda había oído mal.
Benito, no queriendo dar lugar á que el habla se le cortase, continuó diciendo:
--A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Inés recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo á mi hermano en su sepultura. Si Inés quiere, será mi esposa; es el único medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le causó.
Inés miró con asombro á Benito durante algunos instantes.
--¿Tú serás el padre del hijo de tu hermano?--preguntó después, poniéndose más pálida que la cera.
--Yo, Inés; yo seré el padre de esa criatura que ha de venir al mundo; yo seré tu marido y haré cuanto esté en mano para que seas feliz... si tú me aceptas.
Inés se acercó lentamente á Benito, y cogiéndole una de sus manos, estampó en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lágrimas:
--¡Gracias, Benito!
Y después, echando los brazos al cuello de su madre, la estrechó amorosamente contra su pecho.
Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sintió que una mano misteriosa arrancaba de su corazón la imagen de Rosa, de aquella muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias caderas, á la que nunca se había atrevido á decir: ¡Te quiero con toda mi alma!...
Ellas son más tercas
--¡Cómete este caramelo, Andrés!--dijo Lucía á su novio alargándole uno.
--Ya sabes que no me gustan--replicó éste.
--¡Que te lo comas!
--¡Que no me lo como!
--¡Pues no me vuelvas á dirigir la palabra!
--¡No te la dirigiré!
--¡Hemos terminado!
--¡Hemos concluído!
Lucía y Andrés continuaron el paseo muy serios y sin volver á cruzar la palabra.
Detrás de los novios, á cierta distancia, iban las respectivas mamás, hablando de _lo mal que está el servicio_; en último término, los papás discutían acerca de _lo mal que está esto_.
Ambas familias tenían estrecha amistad, desde muchos años atrás, y puede decirse que Lucía y Andrés eran novios desde que tuvieron edad para pensar en ello.
Engolfados en la conversación los progenitores, no se enteraron de lo ocurrido á la enamorada pareja, hasta que, terminado el paseo y llegado el momento de despedirse, observaron la frialdad con que los muchachos lo hacían.
--¡Ay... qué chicos estos!--dijeron las mamás besuqueándose en ambos carrillos.
--¡Qué poca formalidad tenéis!--agregaron los papás sentenciosamente.
Cualquiera hubiera supuesto que la riña no pasaría adelante, y que ello terminaría en dulces y sabrosas paces; pero no fué así: el pícaro amor propio, la terquedad de los muchachos convirtió en montaña inaccesible lo que sólo era grano de arena.
Andrés dejó de ir á ver á Lucía; ésta, muchas veces cogió la pluma para escribir á su novio diciéndole: «Perdóname y ven». Pero otras tantas la volvió á dejar, pensando que tanta razón había para que ella le pidiera perdón á él, como él á ella: tan terco había sido el uno como el otro.
Y de este modo iban dejando pasar el tiempo, y dando lugar á que la situación se hiciera por momentos más tirante.
Andrés dábase á todos los diablos y muchas veces llegó hasta muy cerca de la casa de Lucía; pero otras tantas retrocedió, pensando que ella no debía quererle mucho, por cuanto no intentaba hacer las paces por medio de una cartita. ¿Qué culpa tenía él de que no le gustaran los caramelos?
Viendo que la cosa no se arreglaba, mediaron las mamás, y llegaron á tomar cartas en el asunto los papás. ¡Era una verdadera tontería que unos chicos que tanto se querían y que tan felices estaban llamados á ser, rompieran las relaciones por un caramelo: ¡esto era ridículo! Pero ningún resultado satisfactorio obtuvieron los mediadores; y no solamente no consiguieron nada, sino que la discordia acabó por extenderse á ellos mismos.
El padre de Andrés dijo que él no volvía á decir una palabra más sobre el asunto; que hicieran lo que quisieran.
--«Esa niña--decía--está demasiado consentida y mal educada; es demasiado terca, y una mujer terca no puede hacer feliz á su marido... ¡Vaya con la muñeca!»
La madre de Lucía concluyó por asegurar que Andrés tenía demasiados humos, y que ella _no se rebajaba_ más.
--Se habrá figurado--decía á cuantos la querían oir--que no hay más hombre que él en el mundo y que Lucía se va á quedar para vestir imágenes. Total, porque tiene ocho mil reales de sueldo en el Banco de España, ya se cree que es el _rey del petróleo_. Pues que se quede en su casa, que mi hija se está tan ricamente en la suya; y que tenga cuidado, que puede que vaya á caer con alguna que en vez de caramelos le haga comer morcilla... ¡El demonio del niñito...! ¡Pues no faltaba más!
Y las relaciones entre los padres fueron suspendiéndose poco á poco, hasta romperse del todo.
Pero si los padres se conformaron con esto, los hijos, no. Lucía necesitaba _darle en la cabeza_ á su ex novio, para ver si se le ablandaba, y, para ello, aceptó las relaciones de un comerciante, conocido de casa, que, si bien era cierto que tenía muchos años, también lo era que tenía mucho dinero.
No faltaría algún alma caritativa que se lo contara á Andrés, y seguramente que las condiciones del nuevo novio le harían rabiar más.
Así sucedió. En cuanto Andrés supo que Lucía tenía novio... ¡y qué novio...!, se declaró á una muchacha que vivía en el principal de su misma casa, _para darle en las narices_ á su ex novia.
A los seis meses de esto, y al levantarse una mañana Andrés, para ir á la oficina, la criada le entregó un paquetito que, momentos antes, habían llevado para él. Desenvolvióle, con no poca curiosidad, y, cuál no sería su sorpresa al encontrarse con una cajita de caramelos y una cartulina plegada en tres dobleces, en la que Lucía y su esposo le participaban el efectuado enlace.
Averiguar á dónde fueron á parar los caramelos al salir por la ventana del cuarto de Andrés, es cosa bien difícil.
A los tres meses, Andrés contraía matrimonio.
II
Dos años pasaron. Andrés fué ascendido y trasladado á la ventanilla de «Caja», en el departamento de «Cuentas corrientes».
Cuatro ó cinco días llevaría desempeñando su nuevo cargo, cuando una mañana quedóse como petrificado al ver aparecer á Lucía ante la ventanilla. Mirábala Andrés, sin hacer el menor ademán para coger el _talón_ que aquélla le alargaba y que debía hacer efectivo.
Al fin, Lucía, hubo de exclamar:
--¿Le ha dado á usted un aire?
Andrés, al oir que Lucía le trataba de usted, pareció volver á la realidad.
--Me ha dado una alegría muy grande al verla.
--¿Sí? ¡Menos mal! De todos modos, no sé á qué santo se alegra usted de verme.
--Porque siempre alegra ver una cara bonita.
--Le advierto que yo he venido á cobrar y no á que me echen flores--dijo Lucía agitando el triangulito de papel con la mano.
--¿Continúa usted con tan mal genio como antes?
--¡Continúo con el que tengo desde que nací!
--¡Por muchos años!
--¡Y usted que lo vea!
--¡Gracias!
--¡No hay de qué!
--Lo que parece mentira, es que su marido la deje sola siendo tan bonita.
--Mi marido hace lo que le parece... y vuelvo á repetirle que se deje de floreos... y que los guarde para su señora.
--¡Soy viudo, hace un año!
--¿Ha enviudado usted?
--¡Acabo de decirlo!
--Lo creo: su pobre señora se moriría como único recurso, para no sufrir á su marido.
--Mi señora murió al darme un hijo.
--¿Tiene usted un hijo?
--Sí.
--¡Pobre angelito, más le valía haberse ido con su madre!
--¡Me está usted ofendiendo!
--¡Le hago justicia!
--Y usted... ¿no tiene familia?--preguntó Andrés con cierto retintín.
--Sí, señor--replicó Lucía, poniéndose encendida--: tengo padre, madre, esposo, tíos, primos... y demás parientes.
--Parece usted una esquela de defunción.
--Para usted... ¡como si fuera el cadáver!
--Quiero decir que si no tiene usted hijos.
--¡Ah! No, señor.
--No me extraña; su marido debe estar para sopitas y buen vino.
Lucía, que comprendió que cada vez perdía más terreno, replicó con cierta acritud:
--Mi marido estará para lo que sea; pero yo no estoy para darle á usted conversación; conque págueme y ponga punto final.
--¿No sería mejor ponerlos suspensivos?
--No, señor: final... final; porque ya me guardaré yo muy bien de volver á cobrar nada.
Andrés, algo cortado por el tono seco empleado por Lucía en sus últimas palabras, empezó á contar billetes.
Cogió Lucía el dinero que Andrés le alargaba, y con un «buenos días» muy desabrido, se alejó de la ventanilla, dejando á su antiguo novio triste y pensativo.
Lucía, en efecto, no volvió más, defraudando las esperanzas de Andrés; un dependiente fué el que, en lo sucesivo, se presentó á cobrar.
III
Cierta tarde que Andrés iba de paseo por la calle de Alcalá, llevando de la mano á su hijo Abelardito, que á la sazón contaba tres años, al pasar por frente á San José, quedóse de pronto sin saber qué partido tomar: Lucía y su madre avanzaban en dirección suya, y se hallaban á muy poca distancia; ambas vestían de luto.
Lucía, al ver á Andrés sonrió, y, tanto ella como su madre, siguieron andando hasta llegar á él.
Saludólas Andrés con gran azoramiento.
Lucía, sin dejar de sonreir ni de mirarle, dijo:
--Tienes un hijo bastante más guapo que tú.
Púsose Andrés sumamente colorado, y quiso responder algo; pero no acertó á decir palabra.
Lucía, cogiendo al niño en brazos, besóle con apasionamiento.
--Rico, monín... ¿Cómo te llamas?... Tu papá es muy feo, ¿verdad?
Y al decir esto, juntaba su cara con la del nene y, siempre sonriente, miraba al padre.
Por fin, quiso Dios que Andrés recobrara el habla, y hubo preguntas y explicaciones por ambas partes. Lucía había enviudado hacía poco más de un año.
Como la conversación no llevara trazas de terminar, Doña Luisa propuso que Andrés las acompañara hasta su casa. Lucía, cuando llegaron, insistió en que subieran, para darle unas galletas al bebé... ¡Era tan monín, tan salado... y tan chiquitín!...
* * * * *
Doña Luisa, la madre de Lucía, se llevó al niño al comedor, y ésta y Andrés quedaron solos en la sala. Andrés miraba á Lucía sin decir palabra.
--¿Te has quedado mudo?--preguntó ella.
--Me he quedado asombrado al ver lo bonita que estás; eres una viudita lindísima.
Lucía se puso colorada.
--¿Me quieres todavía un poquitillo, Lucía?
--¿Y tú á mí?
--¡Con toda mi alma; más que antes! Si tú quisieras, aun podríamos remediar pasados errores... ¿Quieres ser mi mujer?
Lucía, cada vez más colorada, y con voz algo velada por la emoción, respondió:
--Eso depende de ti.
--¿De mí?
--Sí.
--Pero tú, ¿me quieres?
--No he dejado de quererte nunca.
--No obstante, aquella mañanita del Banco...
--Aquella mañanita... yo era casada.
--Es verdad. Pero, entonces, no comprendo...
--Espera un momento.
Lucía, al decir esto, se levantó y dirigióse precipitadamente hacia un gabinete contiguo.
Hacíase Andrés inútilmente reflexiones acerca de cuál podía ser la causa que hiciera depender el matrimonio de él, cuando Lucía reapareció en la sala, ocultando en sus manos un pequeñísimo objeto.
Avanzó resueltamente hacia Andrés, y, tomando asiento frente á él, dijo así:
--¿Dices que si quiero ser tu mujer?
--¡Sí!--respondió el aludido, sin comprender en qué iba á parar aquello.
--Pues cómete esto--y Lucía puso ante los ojos de Andrés el pequeño objeto que ocultaba.
--¡¡Un caramelo!!--exclamó Andrés.
--Un caramelo, no; es el mismo caramelo de aquel día--dijo Lucía, haciendo un delicioso mohín.
Andrés vaciló un momento, miró á Lucía, miró al caramelo... y, por último, tomó éste, que se hallaba en un estado lastimoso, de manos de Lucía; le quitó el papel, como Dios le dió á entender, y echándoselo á la boca, lo mascó con fuerza y se tragó los pedazos.
--¿Estás ya satisfecha?
--¡Sí! Ahora te pido que perdones mi terquedad; era una cuestión de amor propio. Desde hoy mi voluntad será la tuya, Andrés--dijo Lucía, levantándose y bajando la vista al suelo.
Andrés, levantándose también, se acercó á Lucía, á la ex novia que recobraba, y estrechóla amorosamente contra su pecho, á tiempo que Doña Luisa, con Abelardín, aparecía en la puerta de la sala.
Indice
Págs.
DEDICATORIA 5
PRÓLOGO DEL AUTOR 7
Escuela de humorismo 9
Lo que le faltaba al tío 57
Los pescadores 109
Juan Pacheco 187
Dolores (Segunda parte de «Juan Pacheco») 201
¡Yo me caso con ella! 227
Ellas son más tercas 237
Obras del mismo autor.
Teatro.
=Un beneficio=, sainete (en colaboración con D. Rafael de Santa Ana).
En preparación.
=La Pecadora= (novela).
End of Project Gutenberg's Escuela de Humorismo, by Guillermo Díaz-Caneja