Part 9
Deja, Fabio, la corte fascinadora, déjala, y corre presurosa hasta mi noble tierra; y aquí, entre su follaje, junto á su gala espléndida, desde que abril acaba hasta que octubre empieza, verás ... lo que no cabe en pálidas endechas. Mas no de la dulzaina meliflua te proveas, ni de ligeras cintas de coruscante seda, ni de pellico tenue cortado _á la francesa_, ni de leve sandalia y primorosa media, cual van en tus cantares los hijos de las selvas. Antes, Fabio procúrate zapatos de dos suelas, calzón de paño recio, garrote y podadera; que en el _ameno_ prado que la vista recrea, hay charcos escondidos y espinas ... y culebras; y el _cristalino_ arroyo que _manso_ serpentea, es un _regato_, á veces, que no pueden las piernas saltar, sin el auxilio de la tranca pasiega; y en el frondoso bosque hay zarzas y maleza que el paso te interrumpen, y has de cortar, so pena de que en sus garras dejes calzones y pelleja; y, en fin, que el agua moja hasta en la primavera; y como en mayo llueve, y llueve con frecuencia, si tienes un paraguas te ha de venir de perlas.
Verás entonces prados, y cabañas cubiertas por olmos y laureles y mirto y madreselva; verás espesos montes, caminos y veredas bajo toldos de verde, fragante, inculta yerba; verás montañas, cerros y dilatadas sierras; robustos, viejos troncos y ramas que se quiebran al peso del follaje; mantos de rica hiedra cubriendo de las ruinas la desnudez escueta; hondos, negros abismos do pavoroso suena el _murmurante_ arroyo que fué por la pradera; verás valles _risueños_ y ríos y florestas, y el humo que, tranquilo en espiral se eleva, y cabras y terneros y alondras ... y _miruellas_: respirarás las brisas balsámicas que juegan con las fragantes rosas que esmaltan las praderas; verás los rayos de oro del sol cuando amanezca, y perlas de rocío, y hasta nubes de perlas; verás, en fin, primores; pero de tal grandeza, que no podrás cantarlos, ni los soñó siquiera en sus aspiraciones «la rica, gaya ciencia».
Mas del deliquio dulce en que el cuadro te aduerma, cuida no te despierte con su prosa grosera la humanidad inculta que la campiña puebla. Aquí anda _Nemoroso_ detrás de su carreta, sin rizos, con la barba mal afeitada y recia, con los calzones rotos, luchando con la tierra que, á costa de sudores, al cabo le sustenta. Verás que la _zagala gentil_ que te embelesa, es una mocetona de alborotada greña, _de libras y boyonte_, de tosca faldamenta, sin cintas ni guirnaldas, con lodo y almadreñas; verás que si, ofuscado, audaz la galantea, no la colora el rostro, como tus trovas cuentan, las tintas sonrosadas de púdica vergüenza; sino que, ardiendo en ira, como fornido atleta, á bofetada limpia te salta un par de muelas.
Así son los modelos (al menos en mi tierra) de las ninfas ... y _ninfos_ que vagan por las selvas; así al Autor Supremo le plugo que nacieran, y así serán y han sido..., y no hay que darle vueltas.
¡Qué fuera de nosotros, gran Dios, de otra manera!; ¡si en vez de tales tipos que el alma desalientan, cruzaran por los prados _sensibles_ Doroteas!... Porque no son las rústicas pasiones de la aldea las que la sangre inflaman, holgando en las praderas: el ámbar, el almizcle ... y el Tamorlán de Persia con todos sus _divanes_, sus _opios_ y sus _siestas_, se agitan en la mente ... y no hay que darle vueltas.
No creas, pobre Fabio, que en solitaria selva un Títiro sensible con una Galatea se pasa la mañana tendido á pierna suelta, tocando el caramillo, sin reparar siquiera que tiene la zagala muchísima canela.... Ó Galatea es tonta, ó Títiro es un bestia..., ó son de otra substancia distinta de la nuestra.
Tú, que el hervor aún sientes de la vida en tus venas, si vas por el Retiro y bajo su arboleda hallas una _pastora_, como la rosas fresca, tejiéndose guirnaldas, en muelle negligencia; si ves su pie pequeño que se adivina apenas en un zapato breve de _satinada_ tela; si por crecer la brisa agítase la seda y los revueltos pliegues ... (pero detente, péñola); si sus lánguidos ojos, llenos de amor, te asedian; si su garganta late, si su jubón..., etcétera..., ¿adonde irá á parar, iluso, tu _prudencia_? Pues bien: si en el Retiro, do, sobre ardiente arena, de mísero ramaje raquíticos se elevan árboles de artificio, sin sombra ni belleza; si entre la prosa, digo, de esa enfermiza selva las gracias de una ninfa trastornan y marean, ¿qué harán entre estos bosques cuando su gala ostenta en voluptuoso alarde la alegre primavera? ¡Oh, pobres trovadores de tirso y pandereta!: del cortesano mundo entre la turba espesa, cantad al sol de agosto que sin piedad os tuesta; llorad, míseros vates, fatídicas cornejas, sobre las tristes sábanas de calcinada arena donde la hispana corte su pedestal asienta; cantad al mar bullente que surcan en calesa, tras chulos argonautas, impúdicas sirenas; cantad al hambre, al frío, al lujo, á la opulencia, al vicio y á la intriga..., al crup y á las viruelas, que, pues vivís entre ello, lo conocéis por fuerza; mas del risueño mayo, con tosca, ruda péñola, no mancilléis los dones que, como gala, ostenta sobre florido trono la dulce primavera.
Tú que la adoras, Fabio, si quieres conocerla deja al punto la corte fascinadora, déjala, y corre presuroso hasta mi noble tierra; y aquí, entre sus montañas y encantadoras selvas, renegarás del torpe numen que, sin conciencia, te hizo mentir soñando mezquinas primaveras; y acaso, _convertido_, al ver tanta belleza, arranques de tu lira las insonoras cuerdas, juzgando, cual yo juzgo, que si á sentir se llega de tan hermoso cuadro la sencilla grandeza, para cantarla es poco «la rica, gaya ciencia».
SUUM CUIQUE
I
Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, _plus minusve_, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote _cochinero_, como dicen por acá, ó al _paso de la madre_, expresándonos según los cultos castellanos ... de Becerril de Campos.
El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con _portalada_ y escudo de una hacienda, cerrada _sobre sí_, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la cabaña la papera ó el _coscojo_; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba _á subio_, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.
Y no se vaya á creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de todo buen montañés, para quien nada supone el bollo cuando se trata del coscorrón; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón á la puerta de la Audiencia, por llegar á tiempo á presenciar la quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este pleito era de abolengo é inherente al patrimonio de los Seturas, quienes le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro como la ley de Dios.
Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada, consintió en que le echasen una _rodada_ por un prado de quince carros, lindante, de Norte á Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras vivió el fundador, no se opuso nunca á que algunos de sus convecinos pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida. Pero murió éste de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el anticipo hecho á su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo, reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada. Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo del dinero; mas que en cuanto á lo de la rodada:
«_Visto_ que en la obligación del primer Seturas no aparecía término alguno para su compromiso;
»_Vista_ la necesidad que tenía la llosa de servirse por aquella cambera; y
»_Visto_, por último, que ninguno de los vivientes del lugar la había servido por otra parte, y que la costumbre hacía ley; y
»_Considerando_ una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de tener Seturas alguna razón, se emplease ésta en exigir á los hijos el pago de las torpezas de sus padres, tenía á bien desestimar su pretensión, aconsejándole que se conformara con el fallo y no se metiera en más honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de algunas columnarias que había entregado borradas entre las restantes monedas de pago.»
Seturas dijo que nones; pero fué condenado en juicio verbal á dejar la rodada por su linde ... y á dar al concejo tres duros claros de á veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se armó la gorda. El mayorazgo protestó contra el acuerdo del concejo, y acudió á un abogado que apoyó sus razones y se comprometió á defenderle en el litigio que se entabló en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa, agregáronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y más fojas, murió este cuarto Seturas, y después el Seturas quinto, y vino el sexto de la familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del proceso, consiguió adelantar la causa más que sus antecesores que no la movieron un punto; y por último, entró en posesión del vínculo nuestro don Silvestre que, por de pronto, fué tan poco feliz como sus abuelos en el asunto de la rodada, y mucho más desgraciado que todos ellos, por ser el que recibió la herencia más mermada con el perpetuo y cada vez más ancho desaguadero de la curia.
Sabida esta última circunstancia económica, y teniendo presente que don Silvestre no carecía completamente de sentido común, no parecerá muy extraño que á la edad en que todos sus progenitores contaban por lo menos un heredero, él permaneciese célibe y con ciertos síntomas de recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendió al punto que su hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de una familia, si no había de descuidar las exigencias de su pleito: para que no se extinguiera en él la raza de los Seturas legítimos, tenía que transigir con el concejo. Don Silvestre no vaciló.--«Piérdase la casta, dijo; pero adelante el pleito.»
Y aquí tiene el elector, dibujada á grandes rasgos, la perspectiva exterior, digámoslo así, de don Silvestre Seturas, pocos años antes de la ocasión en que se le presento.
Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus convecinos, que era el más listo de los Seturas, y otra, de su ama de gobierno, que no era últimamente, en genio y en saber, como ella le había conocido.
El padre de don Silvestre, ya por no tener más que un hijo, ya porque viera en él, aguzándole un poco, un instrumento más para el triunfo de sus hollados derechos, determinó mandar á su retoño á la villa inmediata para que estudiara latín con un dómine de torva catadura y de tantas narices como fama, y no era chato. Allí, á fuerza de linternazos y conjuros, que tanto podían significar sistema en el maestro como torpeza en el discípulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo primero ... casi tanto como por lo segundo, llegó el joven Seturas á construir oraciones de _activa_ con _de_. Siete meses después de haber vuelto por _pasiva_, una de ellas sin trocar el tiempo del verbo auxiliar, escribió á su padre que antes de un año sabría hacerlas de _relativo_ compuestas, ó que perdería las orejas (cosa nada increíble según el dómine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendió la muerte á la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo. Pudo haberla leído antes de salir de casa, cuando la recibió; pero los minutos que en ello tardara los perdía en la vista; y «todo buen Seturas--como él decía,--antes que á sus hijos, se debe á su pleito».
Este acontecimiento varió la faz de las cosas, y el púbero Silvestre fué llamado á su pueblo para arreglar la testamentaría. Su tutor, y tío á la vez, decidió que no estudiara más, pues, para mayorazgo, bastante sabía; y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos tirones.--Quedóse Silvestre en su lugar.--Aunque en la lengua de Tácito no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que estuvo con el dómine, vencer la repugnancia tradicional de la familia á la lectura de todo documento que fuese extraño al pleito. Esto no lo conoció Silvestre mientras estudiaba; pero sí durante el primer año de su orfandad, bostezando, panza arriba, dondequiera que hallaba un palmo de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al _Nebrija_ como á un camarada antiguo. Repasando _declinados_ y echándose oraciones á sí mismo, tuvo que hojear el _Tesauro_ de Requejo y el _Calepino_, para traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le divertía gran cosa, aunque le aficionaba más á la lectura, rebuscó la casa y halló el _Electo y Desiderio_. El estilo de este libro patriarcal le formó cierto gusto para el diálogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los desenlaces sorprendentes, dióse á _Bertoldo_ con todas las potencias de su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de más volúmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y el tutor no quería dar un maravedí para la adquisición de otro libro que el calendario; así es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos años, comenzó á fastidiarse de sus libros, que ya sabía de memoria, no pareció en todo el lugar más que un _Fr. Junípero el de la panza gorda_, que le sacó, por unos días, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez, y á la cual propendía notoriamente. Y como amaba por sistema los libros, á falta de otro mejor adquirió una baraja. Lo primero que aprendió con ella fué el _tute arrastrado_, y después el _mus_. Al principio jugaba de capirotazos y vueltas _á riquicho_ con sus contemporáneos, mientras guardaban el ganado; después jugó los pocos cuartos que tenía, y en cuanto ganó una peseta, se fué un domingo al _corro_, acusó las cuarenta al cura en una sección de tute, echó en otra de mus un _órdago á la mayor_ al secretario del concejo, y se armó para toda la semana. Desde entonces ya no se aburría. Poco después, debido tanto á su precoz desarrollo como á su categoría de mayorazgo, fué admitido en el corro de bolos, donde no tardó en hacer un _emboque cerrado, al pulgar_, desde el ultimó _pás_. Los mejores jugadores declararon que, si bien no _las borneaba_ gran cosa, en cambio tenía mucho brazo, y que prometía. Quedó, por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo antedicho de los naipes, ya tuvo más de lo suficiente para dar expansión á su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su mayorazgo, sin necesidad de diálogos, ni de grecolatinos, ni de tumbarse detrás de cada tapia y bajo cada rama.
Llegó por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumplió los veinticinco y entró en posesión libre de sus bienes.... Por cierto que, al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no sé qué raspaduras hechas en los libros.
II
Dueño de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de libros que tuvo años atrás; pero, sobre habérsele dormido la afición á ellos, le era imposible dedicarse á la lectura. Entre los naipes, los bolos y el pleito que corría ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre en todo el año más que para almorzar la cazuela de leche; tomar las once con medio de blanco; comer despacio el ollón de berzas, patatas y tocino, en compañía de su ama de llaves; echar la siesta, en verano bajo un nogal y en invierno en la pajera; cenar al anochecer otro ollón como el del mediodía; dormir diez horas, y, por último, pasar una escoba ó un puñado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la mañana al pasto, y segar el retoño para el caballo que estaba á su cargo.
Bien debe saber el lector de por acá, que de ninguno de estos pormenores puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se cruza en su vida algún incidente extraordinario, como se cruzó en la de don Silvestre años después de su advenimiento al mayorazgo.
Llevóle el procurador una _Gaceta_, al cual periódico estaba suscrito en unión de otros compañeros de la curia, aconsejándole que desde aquel día la leyese siempre, cuidando él de proporcionársela, pues le convenía estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno á que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la inteligencia y celo de su abogado, sino porque éste había citado, más de una vez, disposiciones derogadas medio siglo hacía, y pasado en silencio otras más recientes que favorecían la causa del mayorazgo.
Éste se conformó el primer día con leer el título del periódico y el pie de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que tendría todo el papel, y los reales que sumarían, suponiendo que á él le dieran un ochavo por cada línea.
Días después leyó un decreto; otro día leyó tres, y así sucesivamente, hasta que acabó por leerse todo el periódico y por despertar su antigua afición á lo negro, contribuyendo no poco á ello los comentarios políticos que dió en hacerle el cirujano, que recibía otro periódico, sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El romancista, que estimaba á don Silvestre porque sabía latín, le propuso el cambio de sus periódicos, y desde luego fué aceptado.
No tardó en sucederle á Seturas con los artículos de fondo algo parecido á lo que á don Quijote le sucedió con los libros de caballerías: fascináronle sus írases y acabaron por extraviarle el poco criterio que tenía, amarrándole completamente á la opinión del diario. Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos políticos del periódico. Faltábale á su carácter la esencia romancesca que había en el de Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la perseguida patria.
Seturas, á pesar de su afición, que era tal que le obligaba con frecuencia á negarse á hacer la partida á los jugadores de naipes y de bolos, no había formado una opinión política sobre un cuerpo más ó menos sólido de doctrinas: en su afición era ciego y testarudo, y estaba tan encarrilado en la senda del periódico, que hubiera creído insultar la razón dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no veía en el diario de Madrid un papel más ó menos grande, con la impresión de unas letras de plomo colocadas mecánicamente, y detrás de todo ello la pluma y la cabeza de un hombre de talla común y de vulgares ambiciones, que apreciando á su modo la dirección de la cosa pública, prestase vida é interés á aquel objeto; el mayorazgo veía en él una idea fuera de todo contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural, ajena completamente á las escisiones de la vida civil; el periódico del cirujano era para él el catecismo, el Evangelio, un catálogo de verdades inconclusas, indiscutibles. Por eso al hablar de política con sus amigos, resolvía todas las cuestiones citando las palabras del diario, y con el apoyo de éste, reñía con cuantos le contradijesen.