Escenas Montañesas

Part 8

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--Duro es, tío Tremontorio; pero ello, pongámonos en lo justo. Ha dao la casualidá de que paece que se ha avisao media calle pa ponerse enfermo too el mundo. Tolete, con viruelas; tío Mocejón, con el muermo que le ajoga; Viruta, con una pata desbaratá; el Mordaguero, baldao de estribor...; y dispués, yo no sé cuántos más á pique de irse á fondo.... Por otro lao, el médico no quería asistir al Cabildo si no le aumentaban dos mil riales de sueldo, y ha habido que dárselos; la lancha del Puntal nos ha empeñao en un pico mu gordo este año, una bandera nueva pa la capilla..., y el diablo que paece que se ha desatao contra nusotros.... Dé usté á los enfermos el porqué que les corresponde cada día, pague usté al médico lo que pidió de más, pague usté la bandera, pierda usté lo que se ha perdió en el pasaje, y....

--¡Tiña, á mí cuéntame tú del otro mundo, que de éste no tengo ya ná que aprender...; y si Patuca sabe mucho, yo sé más que él. Yo lo que veo es que con un papeluco emborronao nos quiso tapar la boca. Miá tú cómo no estipuló el tanto más cuanto de la cosa, mano á mano como se debía. Pero como entiende de pluma, con decir «aquí está apuntao...»; y á mí no me la cuela él, que no me mamo el deo, aunque no conozco la O, tiña!

--Pero las cuentas ya se desaminaron bien allí, y por gente que lo entiende.

--Comosulas nos atrapan, ¡tiña!, no te canses.... Y digo que aquí engorda anguno con lo que tú y yo sudamos, y si no, vamos á ver. Patuca Malaspenas va á la mar; anda vestío y portao como un señor; en su casa se come carne un día sí y otro no, y nunca falta el cuartillo de rioja, tiene un quiñón en la pinaza del Castrejo y está gordo que revienta. El diablo me lleve si no era tan pobre como yo hace poco tiempo. ¿De ónde ha salío tanto lastre? ¡Tiña! ... no quiero hablar; pero si no corriera él con los agorros del Cabildo, como corre hace dos años, no había de tener el pellejo tan reluciente.

--Esos son malos quereres, tío Tremontorio.

--¡Tiña, que yo me entiendo! ¿Por qué no quiso él que se entregara el dinero á un comerciante del Muelle cuando en el otro Cabildo se lo dijieron?

--Porque nos bastamos nusotros pa correr con ello sin ayuda de naide.

--Por lo que se pega, borrico.

--Que son malos quereres, tío Tremontorio.

--Que vos engañan, como bonitos, con cuatro papeles arrugaos, vamos.... Y si quieres irle con el cuento, ya que tanto le defiendes, maldito lo que se me importa.

--Yo no soy cuentero ni vivo de eso; pero cuando se dice mal de un hombre de bien..., vamos, tío Tremontorio, que no me gusta. Usté ha visto mucho mundo, pero á veces quiere saber más de lo regular.

--Y ya que tanto hablas, ¡tiña!, ¿es justo, que tú, cargao de hijos, con una mujer como la que tienes, que te consume hasta la sangre, no recibas uno ó dos ó medio en estos días de temporal? ¿No eres tú tan necesitao como el que más?

--Yo estoy bueno y puedo trabajar....

--¿Á qué? ¿Has de ir á jalar de las pipas del Muelle? Pa eso hay otros primero que tú, que tienes que atender al aparejo y á la lancha y á tu obligación.

--No diré que no me viniera bien uno ó dos ó medio; pero si no me le dan, ¿por qué le he de echar la culpa á quien no la tiene?

--¿Y por qué en lugar de dar nos piden?

--Ese es otro cuento.... Y al último, al que no tiene el rey le hace libre.

--Ya te lo dirán de misas.

--De toos modos, tío Tremontorio, las cuentas se han presentao y se han dao por buenas; y por más que usté y yo nos cansemos....

--Pues veremos lo que comes dentro de un par de días, si el tiempo no se echa á la tierra.

--Salú nos dé Dios, y ya lo veremos.

--¡Amén!... (¡Tina!...; ¡qué hombres hay en el mundo! Too lo encuentran güeno. ¡Así tienen ellos los calzones!)

Si mientras el Tuerto estaba á la mar, alguno de sus hijos rompía la olla, ó se comía el pan que estaba en el arcón, ó hacía cualquier diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre, en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre la cara.

Si de vuelta de correr la sardina salía alcanzada la mujer del Tuerto en la cuenta que éste le tomaba rigorosamente, en el balcón se oía la primera guantada de las que administraba el desdichado marido á su costilla; desde el balcón llamaba á su padre, á su madre y á Tremontorio; desde el balcón les contaba lo sucedido, y renegaba furibundo de su mujer; desde el balcón imploraba el auxilio de Dios..., y de balcón á balcón se enredaba un diálogo animadísimo que entretenía, por espacio de media hora, á las gentes de la calle.

Si el patrón de la lancha de que son socios mis vecinos, les debe algo, desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de cobrarlo.

Por el balcón recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el tiempo; por el balcón las contesta, y el balcón es su observatorio.

En una palabra: mis vecinos tienen el balcón por casa, excepto para dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala ... con todas las puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la cintura con la indispensable correa, es en el balcón. Y esto en invierno; que en verano, ó cierro la puerta de mi antepecho, ó he de contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida íntima, tanto de día como de noche.... Por hacerme partícipe de sus costumbres estas pobres gentes, hasta me despierta á mí al mismo tiempo que á ellas el penetrante é intraducible grito de _¡apuyááá!_ con que les llama, á las tres de la mañana en verano y á las cinco en invierno, para ir á la mar, otro marinero que tiene por esta obligación algunos gajes.

De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida afición á reparar en achaques de costumbres, más de lo suficiente para que comprendas cómo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se le tomara nadie, pude adquirir los datos que apunté en las primeras páginas de este bosquejo.

Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponiéndote orientado en el terreno de nuestros personajes, voy á tratar del verdadero asunto de mi cuadro.

FOOTNOTES:

[Footnote 5: Arenque.]

II

Hace pocos días empezó á llamarme la atención el aspecto que presentaba la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abría, ni en ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.

El tío Tremontorio trabajaba en sus redes al balcón algunas veces, pero siempre mudo y silencioso, cual era su carácter cuando sus convecinos le dejaban en paz y entregado á sus naturales condiciones.

Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces á luz, y en algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos párpados de la mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.

Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atención en la casuca con el objeto de adquirir la verdad.

Las ahumadas puertas del balcón de la buhardilla se abrieron al cabo, después del mediodía, y lo primero que en el interior descubrieron mis ojos, fué un hombre vuelto de espaldas hacia mí, con camiseta blanca de ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, también azul, ocupado en colocar en un gran pañuelo de percal, desplegado sobre el arcón que conocemos, algunas piezas de ropa. Después que hubo anudado las cuatro puntas del pañuelo que contenía el equipaje, se incorporó el hombre, volvió la cara..., y conocí en ella á la del Tuerto: pero más obscura, más triste, más ceñuda que nunca. El pintoresco traje del pobre pescador me explicó en un instante la causa del cambio operado en aquella vecindad.

Hecho el lío de ropa, pasó el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de los nudos, metió dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le caían sobre los ojos, tiró de una bolsa de piel mugrienta que guardaba en un bolsillo de sus pantalones, sacó de ella tabaco picado, hizo un cigarro, encendióle en un tizón que le trajo su mujer, que lloraba, aunque en silencio, fijóse en los chicuelos que también lo rodeaban, y, haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:

--¡Ea!, sobre que ha de ser, cuanto más pronto.

La sardinera, al oir á su marido, rompió á llorar á todo trapo; sus hijos la siguieron en el mismo tono.

--¡Á ver si vos calláis con mil demonios!--exclamó el pescador con visible emoción.--Y tú--añadió dirigiéndose á su mujer,--ya sabes lo que se va á hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las dejo á mi madre al tiempo de bajar. Allí se estarán con ella hasta que yo güelva.

--¡No, por todos los santos del cielo!--gritó la mujer, que al fin era madre.--Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide más que yo dé de comer á mis hijos.

--Lo que eres tú me lo sé yo muy bien; y no me acomoda que el mejor día amanezcan los ángeles de Dios aterecíos á la puerta de la calle. Y sobre too, no te los tiro á la mar: bien acerca te quedan: too el día te puedes estar abajo con ellos.... Pero ya se lo he dicho á mi madre: «antes que dejarlos subir aquí, rómpales una pata».... Y esto sacabó. Vámonos pa bajo.... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrás de mí, que no tengo ganas de perendengues; y cuanto más solo esté uno, mejor.... Así como así, estoy yo tan sastifecho, que si me descuido con la escotilla se me va el alma de la bodega, ¡puño!... Andando, hijos míos....

Y el desventurado Tuerto se bajó para coger al menor de los muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo á un irresistible impulso de su corazón, echó los brazos al cuello de su marido, y con el torrente de sus lágrimas arrancó al fin ¡las primeras, tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.

Pero éste no era hombre que se entregaba rendido á semejantes debilidades; así es que, desprendiéndose de los brazos de su costilla, cogió entre los suyos al menor de sus hijos, mandó á los otros que le siguieran, obligó á su mujer á quedarse en casa, y salió de ella precipitadamente, cerrando detrás de sí la puerta de la escalera.

Pocos minutos después estaba en la calle, con su lío al brazo, en compañía de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle, aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreñada y dando alaridos de desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella, vertían también abundantes lágrimas.

Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los vecinos de la calle salieron á sus balcones, y yo me decidí á seguir á mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio había presenciado. El dolor tiene su fascinación como el placer, y las lágrimas seducen lo mismo que las sonrisas.

Tomé, pues, el sombrero y me largué al Muelle.

Una apiñada multitud de gente de pueblo se revolvía, gritaba, lloraba é invadía la última rampa, á cuyo extremo estaba atracada una lancha. En esta lancha había hasta una docena de hombres vestidos de igual manera que el Tuerto; y también como él llevaba cada cual un pequeño lío de ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros permanecían de pie, pálidos; inmóviles, con el sello terrible que deja un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta al llanto que asomaba á sus ojos. Todos ellos se habían despedido ya de sus padres, de sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigían, entre lágrimas, palabras de cariño y desesperanza. Entretanto, algunos otros, tan desdichados como ellos, se deshacían á duras penas de los lazos con que el parentesco y la amistad querían conservarlos algunos momentos más en tierra. Por eso las palabras «padre», «madre», «hijo», «amigo», eran las únicas que dominaban aquella triste armonía de suspiros y sollozos. ¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos acostumbrados á contemplar serenos la muerte todos los días entre los abismos del enfurecido mar!

Sin calmarse un momento la agitación de la gente de tierra, los marineros que aún quedaban en ella fueron poco á poco pasando á la lancha: el último entró el Tuerto, después de haber dado un estrecho abrazo á su padre y á su vecino, que le acompañaron hasta la orilla. Nada quedaba de común, sino el corazón, entre los embarcados y la gente de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la libertad de los primeros, durante cuatro años, á contar desde aquel momento; y ante deber tan alto, tenían que romperse los lazos de la familia y los de la amistad.

Los remos habían tocado ya el agua, y aún permanecía la lancha atracada á la rampa, y sujeta á ella por un cabo que tenía entre sus manos, por el extremo de tierra, un viejo patrón que contemplaba atónito la escena.

--¡Suelte!--le dijeron desde la lancha más de una vez, con débil voz.

Pero el viejo patrón, ó no oyó las advertencias, ó se hizo sordo á ellas, que es lo más probable, por disfrutar algunos instantes más de la presencia de sus compañeros.

--¡Que suelte!--le volvieron á repetir más alto.

Y nada: el viejo, clavado como una estatua á la orilla del mar, no soltó el cabo.

Pero el Tuerto, á quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos estaban martirizándole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la aflicción que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el patrón habían hecho las órdenes anteriores,

--¡Larga!--gritó con ruda y tremenda voz, dominando con ella los alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.

Éste obedeció instantáneamente; el cabo cayó al agua, crujieron los remos, oyóse un «¡adiós!» infinito, indescriptible; y la lancha se deslizó hacia San Martín, en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor que había de recoger á los pasajeros de ella.

En instante tan supremo, las mujeres que quedaban á la orilla redoblaron sus lamentos, abrazaron á sus hijos, á sus padres, á sus hermanos, á sus amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lágrimas.

Hay situaciones, lector amigo, que no á todos es dado describir, y ésta es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazón como el tuyo y el mío; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca imaginación de un poeta y yo no la tengo.

Recuerdo que, dos años ha, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idéntica á la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma piedra que yo, lloró con su alma las penas de las pobres familias á quienes una leva sumía en el abismo de todos los dolores, y puso en labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y elocuentes:

--«Mi pobre niña inocente el amor perdido siente. Mas ya, ¿quién pondrá en mis manos su pan y el de sus hermanos?

¡Ay, Señor!, que en mi profundo dolor presiento males prolijos; que en este afán angustioso, _lloro, más que por mi esposo, por el padre de mis hijos_.»

Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la desolación de aquella escena. Se lloraba al padre, al esposo, al hijo, que se iban, quizá para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan de los que se quedaban....

III

Cuando la lancha llegó al costado del vapor, la multitud que se había quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo más que un pequeño bulto negro en la superficie del agua, se fué retirando poco á poco y reduciendo á un solo grupo, formado por las familias de los marineros ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesión hallase cada uno más pequeña su desgracia, comenzó á andar tristemente, consolando los hombres á las mujeres y éstas á los niños.

Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la cabeza de Tremontorio, que, como no tenía familia propia, adoptaba por suyas á todas las demás. Hombre corrido por los mares y desgraciado en levas, pues le habían cogido dos, como dije al principio, era el refugio á que acudían aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que esperaba á los objetos de su cariño.

--Y diga, tío Tremontorio, ¿es verdá que los castigan mucho, que los pegan á bordo?--preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.

--¡Quita d'ay!...; pataratas y na más que pataratas.... ¡Qué los tienen de pegar, tiña? ¡Pus no faltaba más! Eso era en un prencipio.... Yo no acancé ya el _chicote_; conque feúrate.... Además, el tu marido es hombre que sabe cumplir con su obligación, y lo pasará bien.... Lo que es á bordo, como no salga _nostramo_[6] con malas entrañas, no hay cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y le toma á uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es mandarle á uno á fregar la perilla del mastelero de mesana, ó á tomar un riso á la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca.... Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto.... Ahora da gusto servir en barco de rey.

--¿Y aónde los echarán ahora?

--Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarán en el departamento unos días; dempués á éste en la freata, al otro en el bergantín, al de más allá en el vapor, me los van embarcando á toos poco á poco. Unos se quedarán en da que guardacostas por los mares de acá, y se refiere tó ello á ná, á barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y á correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas, no hay cuidao por ello. Otros irán á la _otra banda_, al apostaero. Allí la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen café; pero hay que sudar el quilo á cada paso.... Dispués, hoy que _la_ cólera, mañana que el gómito negro.... ¡Tiña, y qué intención más mala tienen estos incomenientes con el probe marinero!... Al que acanzan con el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si á usté le encajan en Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es más que una _remanga_ en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que hace más agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le conoce la madre que le parió...; ¡tiña, más amarillo y más relambío se pone!... Guerras no hay ahora que le obliguen á uno á soltar un par de andanas á cada instante...; y como nusotros, en la _Ferrolana_, vimos cuantos mares Dios crió y cuanto mundo se pué ver, ¿á qué ha de ir naide ya por onde nosotros fuimos? ¡Tiña, no lo quiera Dios...; que hoy se asa usté vivo, mañana se aterece de frío, aquí calenturas, más allá sarna...; ¡hombre, qué climen más endino!...; ¡y qué gente, me valga Dios!; más colores tiene que una _julia_.--Tocante á las campañas de hoy, no hay que tener cuidao.... Conque..., ánimo, ¡tiña!, que de menos nos hizo Dios.... Y aquí estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburón detrás de un bote.... Y no digo más.

El bueno de Tremontorio siguió largo rato consolando, á su manera, á aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez más numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando á su paso, cambió de rumbo al llegar al Consulado, y se internó en la población; y yo, que maquinalmente le había seguido escuchando á Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdíle en él de vista y continué hacia la Ribera, vivamente impresionado con las escenas de que había sido testigo aquella tarde.

Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos del Cid. Pobre pintor de costumbres, aténgome á mi oficio: copiarlas como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.

Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los hombres _que pueden_, dado que se dignasen echar sobre él una mirada, puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi tierno amigo Bustillo:

«¡Ay, Señor! Pues la ley en su rigor los afectos no concilia, haz que los hombres se hermanen, porque al luchar no profanen el amor de la familia.»

FOOTNOTES:

[Footnote 6: El contramaestre.]

LA PRIMAVERA

Deja, Fabio, esa lira que tanto te recrea, ó aprende lo que ignoras y canta lo que aprendas. Basta de idilios tiernos, basta de dulces églogas; no más pastores, Fabio; Fabio, no más praderas. Yo quise entre los rústicos paisajes de mi tierra buscar de tus cantares la realidad perfecta; y ¡ay, Fabio!, tú no has visto jamás la primavera. Tú no has pisado el «campo de terciopelo y seda»; ni respiraste el «fresco cefirillo que juega de los sombríos bosques con la enrramada espesa»; ni la cascada viste que «rauda se despeña en el profundo abismo desde la altura inmensa»; ni «matizadas flores» cojiste entre la yerba, ni oístes el «murmullo del que manso la riega, arroyo cristalino do beben las Napeas y encuentran las pastoras cristal que les refleja de sus cabellos de oro las ondulantes hebras»; ni el trino has escuchado de «mil y mil parleras, pintadas avecillas, de las de arpada lengua, entre el follaje verde de misteriosa selva»; ni vistes el cabrito «triscar la mata fresca, trepar de roca en roca la tímida gacela, ni sobre el fácil soto rumiar la mansa oveja», ni, en fin, esos primores que describir intentas en las limadas coplas que, tierno, canturreas. Tu _campo_ es un tapete, tus _bosques_ son macetas, tus _flores_, inodoras, tus _cefirillos,_ hielan; de trapo son tus _ninfas_, tus _pastores_, horteras, gorriones tus _jilgueros_; y tu _cascada horrenda_, del carcomido techo que á tu numen alberga, por más que la levantes es húmeda gotera.

Desde la ardiente zona do te arrojó la adversa fortuna cuando viste del sol la luz primera, no abarca una mirada, por alta que se meza en el azul espacio tu miserable celda, las primorosas galas que dió Naturaleza á la, por ti, tan célebre hermosa primavera. Aquí, en estos confines de la gloriosa Iberia; desde el límite vasco á la riscosa Liébana; entre el Escudo gélido y la feraz ribera do rompen del salobre cántabro mar, sin tregua, con hórrido bramido las olas turbulentas, está lo que tú, cándido, adivinar sospechas.