Part 5
--Don Damián fué un señor desde sus principios, y cuando salió de aquí llevaba muchos estudios y sabía tratar con personas decentes...; y había heredado la levita, que esto vale mucho para bandearse fuera de los bardales del lugar.
--¡Bah, bah!...; ríete de cuentos, Nisca, que todos los hombres nacimos de la tierra y tenemos cinco dedos en cada mano.
--Valiera más, Nardo, que en lugar de fijarnos en ejemplos como el de ese buen señor para echar de casa á nuestros hijos, volviéramos los ojos á otros más desgraciados. ¡Cuántas lágrimas se ahorrarían así!... Sin ir más lejos, ahí está nuestra vecina que no halla consuelo hace un mes, llorando al hijo de su alma que se le murió en un hospital al poco tiempo de llegar á la Habana.
--Sí; pero ese muchacho....
--Era tan sano y tan robusto como Andrés, y como él era joven y llevaba buenas recomendaciones. También las llevó el del tío Pedro, y murió pobre y desamparado en lo más lejos de aquellas tierras.... Bien colocado estaba el sobrino del señor alcalde, y malas compañías le llevaron á perecer en una cárcel; y Dios parece que lo dispuso así, porque cuentan que si sale de ella hubiera sido para ir á peor paraje. Veinte años bregó con la fortuna su primo Antón, y, por no morirse de hambre, anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esos mares de Dios. Bien cerca de tu casa tienes al pobre hijo de Pedro Gómez esperando á que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias al cabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le lleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para apoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lo peor...; y bien reniega de la hora en que salió de su casa....
--¡Anda, anda!...; ¡echa por esa boca desventuras y lástimas! ¿Por qué no te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen que gastan coche en la Habana y que están tan ricos que no saben lo que tienen?
--¡Mal año para ellos, que dejan morir de miseria á sus familias que se arruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra en que vieron el sol! ... mucho quiero á ese pobre hijo que se va á ir por ese mundo; pero antes que verle mañana sin religión, olvidado de su familia y de su tierra (Dios me perdone si en ello le ofendo), quisiera la noticia de que se había muerto.
--Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de ánimas.... Todavía me has de hacer ver el asunto por el lado triste.
--¡Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!
--No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como tú las ves.... Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos....
--Calcula tú cómo andarán los demás ... cuando en este rincón solo hay tanta lástima. ¡Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni lo viera con mis ojos, los consejos de don Damián, con la experiencia que tiene, serían de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo, á esa pobre criatura.
La salida de Andrés interrumpió este diálogo. Traía puesto su traje de camino, nuevo también, pero de corte más humilde que el que se había quitado para que su hermana se le guardase.
Tía Nisca se enjugó apresuradamente los ojos al ver á su hijo, y plegó con esmero sobre sus rodillas la camisa que había concluído.
Toda aquella tarde se invirtió en arreglar el equipaje de Andrés, y al anochecer se rezó el rosario con más devoción que nunca, pidiendo todos á la Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazón cristiano, amparo para el que se iba, y, para los que se quedaban, resignación y vida hasta volver á verle.
III
Ahora, si el lector lo consiente, que sí lo consentirá, pues no le cuesta dinero ni cosa que lo valga, vamos á trasladarnos con la escena á otra parte.
Estamos en el magnífico Muelle de Santander.
Como de ordinario, multitud de carros, bultos de mercancías, básculas, corredores, dependientes, comerciantes, marineros, pescadores, vagos y curiosos forasteros, en el más agitado y bullicioso desorden, le hacen intransitable desde la Ribera al café Suizo. Fijémonos un momento en este último punto, como el más despejado. Frente á la puerta pasan tres personas que nos son muy conocidas, y siguen, sin detenerse un segundo ante las vidrieras del establecimiento para ver sus espejos y divanes, hacia la punta del Muelle. Estos personajes son Andrés, su padre y su madre. El primero en medio de los otros dos, metidas las manos en los bolsillos de sus anchos pantalones, tiradas hacia la espalda las solapas de la levita consabida, y el hongo muy calado sobre el cogote. El tío Nardo á la derecha, con su vestido nuevo de paño pardo, y su mujer al otro lado, con muselina blanca á la cabeza, la saya morada de los domingos colgada al hombro, y terciado en el brazo opuesto un gran paraguas envuelto en funda de percal rayado. Los tres caminan sin decirse una palabra: tío Nardo con las más visibles muestras de indiferencia; su mujer abismada como siempre en su pena, y mirando al través de sus lágrimas el barco fatal que espera á su hijo, meciéndose sobre las aguas á una milla del Muelle. En cuanto á Andrés, á juzgar por su resuelto continente y por su sonrisa desdeñosa, puede asegurarse que acaricia la ilusión de construir por su cuenta, á su vuelta de América, un barrio tan elegante y monumental como el que va recorriendo.
Tres días hace que llegaron del pueblo. Despachados los papeles y demás diligencias indispensables á todo pasajero, sólo se pensó ya en complacer á Andrés y en proporcionarle cuantas distracciones estuvieran al alcance de sus recursos. Tuvo éste á su disposición dos días y cerca de veinte duros. De modo que á la hora en que le volvemos á encontrar, no cuenta un solo deseo que no haya visto satisfecho; es decir, se ha bebido, vaso á vaso, más de media cántara de agua de limón «fría como la nieve»; ha comido, de seis en seis, más de un ciento de merengues; ha convidado á cuantos paisanos y conocidos hallaba al paso; ha comprado una _sinfonía_ en una tienda de alemanes, y ha oído una misa mayor en la Catedral. Total de gastos, con hospedaje y alimentos de las tres personas en el _Cuartelillo_, cinco napoleones. Nada, pues, le quedaba ya que ver, como él decía, cuando le avisaron que era preciso embarcarse, porque estaba la fragata lista para darse á la vela.
Esta noticia, que no le sorprendió lo más mínimo, acabó de anonadar á su madre y sacó, por un instante, de su habitual atolondramiento á tío Nardo.
Sigámosles ahora por el Muelle. En la última rampa se embarcan en un bote que se dirige en seguida á la fragata que aún no ha contemplado Andrés más que de lejos, sin que por ello la haya perdido de vista un solo día desde su llegada á Santander; por consiguiente, no ha podido formarse todavía una idea exacta de lo que ella es.
Á medida que se aproximaban los tres al buque, éste va desarrollando á sus ojos sus gigantescas proporciones; su negra mole parece que surge del agua, y tía Nisca, aunque jamás se forja ilusiones ni las toma en cuenta para nada, lo cree como el Evangelio. Y cree más: para ella, aquel volumen enorme tiene una fisonomía, fisonomía satánica, imponente, que la mira siempre y con un gesto terrible que hiela la sangre en sus venas. Los gritos de adentro y el sinnúmero de caras que asoman sobre la borda mirando á los del bote que llega, le parecen el alma diabólica y multiforme de aquel monstruoso cuerpo en cuyos antros va á desaparecer quizá para siempre, el hijo de su amor. El atezado rostro de tía Nisca se vuelve lívido.
Andrés, por el contrario, se entusiasma más y más según que se acerca á la fragata. La magnitud de su casco, la elevación de sus palos, el laberinto de su jarcia, todo le enamora y hasta le enorgullece. ¿Qué vale la pobre choza de su aldea junto á aquel flotante palacio que va á habitar durante mes y medio?
En cuanto á tío Nardo, si hemos de ser justos, desde que pudo apreciar la magnitud real y efectiva del barco hasta que llegó á su costado, no pensó más que en calcular cómo no se iría á pique un cuerpo tan pesado, siendo el cuerpo tan _duro_ y tan _blando_ el elemento que le sostenía; cuestión que trató con sus vecinos más de una vez, á su vuelta á la aldea.
Otro cuadro más raro tienen que contemplar nuestros tres conocidos al llegar sobre cubierta: montones de jarcia, cajas de provisiones, una res acabada de desollar, enormes jaulas conteniendo vacas, cerdos y carneros, y otras menores con gallinas; grupos de marineros acá izando una verga, allá bajando pesados bultos á la bodega; y por último, revueltos y deslizándose entre tanto obstáculo, más de un centenar de muchachuelos del corte de nuestro aspirante á indiano. Todo esto junto produce un ruido infernal. Tío Nardo se marea, su mujer solloza y Andrés observa impávido.
De aquella turba de niños, algunos lloran, otros meditan tristemente reclinados contra la borda, otros miran atónitos cuanto les rodea..., ¡muy pocos ríen! Todos, como Andrés, van á América buscando la fortuna; todos van, como él, poco más que á merced de la casualidad.... Seamos exactos: muchos de ellos no llevan ni siquiera una carta como la de don Damián.
De todos los que acompañan á Andrés, acaso no encuentre uno solo lo que va buscando; quizá todos ellos contemplen por la última vez de su vida la tierra sobre que han nacido.
Tía Nisca logra ver el sitio que se destina á su hijo en la fragata.
Sobre la carga que ésta lleva en sus bodegas, se han tendido unas tablas de pino; entre estas tablas y la cubierta, espacio mucho más bajo que la talla de un hombre, se han colocado en fila tantas colchonetas como son los pasajeros: una de ellas es la de Andrés. Este departamento es el que se conoce con el nombre de _sollado_. La pobre madre se estremece al ver la mezquindad del sitio destinado al reposo de su hijo. Aquello es insano, no tiene bastante ventilación...; ¡si Andrés se pusiera enfermo!...
No corre, vuela en busca del capitán.... Quiere gratificarle..., comprar un poco de comodidad para aquella inocente criatura. Se palpa los bolsillos, rebusca los de su marido; pero sólo puede reunir ... ¡medio duro! ¡Y el capitán es un señor tan elegante! ¿Con qué cara le ha de ofrecer ella diez reales? Pero nota, en su defecto, que tiene la mirada muy noble. Se decide á hablarle, y entre lágrimas y sollozos,
--Señor--le dice,--el hijo mío que va á la Habana es Andrés, aquel muchacho tan guapo y tan listo que está mirando hacia acá. Créame usted, señor: no va en primera cámara porque ni aun vendiendo la camisa hubiéramos podido reunir tanto dinero si habíamos de dejarle algo al pobre muchacho por lo que pudiera sucederle fuera de su casa. Le juro á usted que es la pura verdad lo que le digo. Pero yo no sabía que el sitio donde tenía que ir era tan angosto, que si no, ¡ay, Dios mío! ... mire usted señor, somos unos pobres; pero si al mi Andrés le atendieran algo por el camino.... No es esto decir que yo desconfíe de usted, ¡ave María Purísima! Usted es hombre honrado, y no hay más que mirarle para ... voy al decir, que.... ¡Hijo mió de mi alma!...; yo no sé ya lo que digo ni lo que he de hacer porque lo pase más á gusto.
Las lágrimas ahogan á la pobre mujer, y el dolor perturba su razón.
El capitán, respetándole en todo lo que vale, promete á la afligida madre un sitio en primera cámara para su hijo en cuanto se hagan á la mar y trata de consolarla con cariñosas aunque breves palabras.
Esta misma táctica ha seguido siempre con todas las madres de los pasajeros que han ido á su cuidado, porque es de advertir que todas ellas han solicitado para sus hijos lo mismo que la tía Nisca para Andrés. Convengamos en que, en la imposibilidad de complacerlas, es muy recomendable esta manera de engañarlas á todas.
Tía Nisca vuelve más animada adonde está su hijo, á quien refiere entre bendiciones, la buena acogida que le dispensó el capitán. Después, abrazándole estrechamente, le recomienda de nuevo mucha devoción al escapulario bendito de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho; que sea bueno y sumiso; que huya de las malas compañías; que piense siempre en su pobre choza y en su patria..., en fin, cuanto es de necesidad que recomiende una madre cariñosa á un hijo querido en el instante supremo de una larga ó tal vez eterna separación.
Pero el sonido metálico y vibrante del molinete se oye: comienzan á levar anclas, y es preciso separarse.
La desdichada madre siente que hasta la voz le falta para decir el último «adiós». Andrés comprende por primera vez lo que es perder de vista su hogar y su patria, y lanzarse niño y solo á los desiertos del mundo, y también por primera vez llora, y acaso se arrepiente de su empresa; tío Nardo mira hacia el Muelle y procura no hablar para que no se vean las lágrimas que al cabo vierte, ni descubra su voz la pena que hay en su pecho; y deseando abreviar aquella escena por afligir menos á su hijo, estréchale en silencio entre sus brazos, coge por otro bruscamente á su mujer y desciende con ella al bote, imponiéndose la dura penitencia de no mirar á la fragata hasta que llegue al Muelle.
Cuando en él desembarcan, tía Nisca se deja caer en el umbral de la primera puerta que hallan al paso. Con los codos sobre sus rodillas, la cabeza entre las manos, los ojos fijos en la fragata y la cara inundada en llanto, espera inmóvil, como una estatua del dolor, á que el buque desaparezca. Tío Nardo de pie á su lado, pero algo más tranquilo, respeta la situación de su mujer y no se atreve á separarla de allí.
Transcurre media hora.
La fragata despliega al viento su blanco velamen; hunde la proa en las aguas, como si dirigiera un galante saludo de despedida al puerto, y, deslizando rápidamente su quilla, desaparece en breve detrás de San Martín.
Al perderla de vista no cayó la pobre aldeana exánime sobre las losas del Muelle, porque Dios ha dado á estas criaturas una fuerza y una fe tan grandes como sus infortunios....
IV
Aquella misma tarde, á la caída del sol, atravesaban tío Nardo y su mujer la extensa sierra que conduce á su lugar. Mustios iban los dos y cabizbajos, el uno en pos del otro. Pensaban en Andrés. Pero tía Nisca, de imaginación más activa que su marido, examinaba interiormente el cuadro de sus pesares, ¡y no le faltaban causas con que justificar toda la amargura de los dolores que sentía! Por eso no pudo menos de dirigir un duro apóstrofe á la tierra que pisaba, viéndola poblada de ásperos escajos, y cuya aparente esterilidad alejaba de ella á sus hijos para buscar en país remoto lo que la madre patria no podía darles. ¡Cargo injusto, por cierto, y que, perpetuamente en boca de tantos ignorantes, sostiene en esta provincia la plaga de emigración que la despuebla!...
Pero antes que de la pluma se me escapen ciertas reflexiones, más propias del periodista que del pintor, volvamos á nuestros personajes, aunque no sea más que para despedirnos de ellos.
Es ya inútil: pasada la sierra, han desaparecido por una extrecha y larga calleja formada por dos frondosas seturas, verde y pintoresco toldo cuyas paredes no pueden atravesar los débiles rayos del sol que va á ocultarse: tampoco se columbra un alma en la campiña; y sólo turba el silencio de aquella soledad la voz de una mujer que, desde el fondo de la calleja, canta á grito pelado:
«Á las Indias van los hombres, á las Indias por ganar: las Indias aquí las tienen si quisieran trabajar.»
Esta mujer ha debido de encontrar, yendo á la fuente, á tía Nisca y á su marido. Quizás al verlos caminar silenciosa y tristemente hacia su casa, ha recordado esa estrofa que, por otra parte viene como de molde para dar fin á este cuadro, porque precisamente es la síntesis de él.
LA COSTURERA
(PINTADA POR SÍ MISMA)
--Qué linda está usted hoy, Teresa!
--¡Vaya!
--Es la pura verdad. Ese pañolito de crespón rojo junto á ese cuello tan blanco....
--¡Dale!
--Ese pelo, tan negro como los ojos....
--¡Otra!
--Y luego, una cinturita como la de usted, entre los pliegues de una falda tan graciosa. ¡Vaya una indiana bonita!
--¡Jesús!
--Es que me gusta mucho el color de lila..., cae muy bien sobre un zapatito de charol tan mono como el de usted.... ¡Ay qué pie tan chiquitín!... ¡Si le sacara un poco más!...
--¡Hija, qué hombre!
--Yo quisiera tener una fotografía de usted en esa postura, pero mirándome á mí.
--¡Vaya un gusto!
--Ya se ve que sí.
--Pues también yo tengo fotografías, sépalo usted.
--¡Hola!
--Y hecha por _Pica-Groom_.
--¿En la postura que yo digo?
--¡Quiá!; no, señor. Estoy de baile, como iba el domingo cuando usté nos encontró junto á la fábrica del gas.
--Por cierto que no quiso usted mirarme. ¡Como iba usted tan entretenida!...
--¡Si éramos ocho ó nueve!
--¡Pero qué nueve, Teresa! Parecían ustedes un coro de Musas.
--Usté siempre poniendo motes á todo el mundo.
--Es que entre aquellos árboles, y subiendo la cuesta..., ni más ni menos que la del monte Helicona....
--¿Ónde está eso?
--¿Helicona?... Un poco más allá de Torrelavega. El que no me gustó fué aquel Apolo que las acompañaba á ustedes.
--Si no se llama Polo.... Es un chico del comercio.
-Lo supongo. Quiero decir que iba algo cursi. ¡Y ustedes iban tan vaporosas, tan bonitas!
--¡Otra! Si íbamos al baile de Miranda, como todos los domingos.
--Ya oí el organillo.
--Y aquél que nos acompañaba era uno de los que dan el baile.... Y como nos había regalado billetes para todos los de verano en la huerta, y, si á mano viene, nos convida también á los de ivierno, de salón....
--Ya sé que son chicos muy galantes esos empresarios y sus amigos: ellos pagan para que ustedes bailen todo el año gratis.
--Cabal. Y tan buenas somos nosotras como las señoritas que hacen lo mismo.
--Ya se ve que sí.
--Me parece que _La Nata y Flor_ y _El Órgano_, no tienen nada que envidiar á ningún baile.
--Sobre todo en caras bonitas y cuerpos de sal y pimienta.
--Es que, como usté decía....
--Lo que yo decía, ó iba á decir, es que el ir á un baile no es motivo para que usted deje de saludar en la calle.
--¡Jesús!; ¿qué se diría!
--¿Cómo que «qué se diría»?
--Pues es claro.... ¡Tratarse usté con _costuderas_!
--Lo dice usted con un retintín....
--No por cierto, hijo; pero es la verdad.
--Pues no hay tal cosa. Yo saludo á todo el mundo en la calle, con muchísimo gusto ... y sobre todo á usted.
--Muchas gracias; pero....
--¿Pero qué?...
--Que no le creo á usté, vamos; que usté es muy truhán ... y que no me fío de usté, en plata.
--¡Hola!; ¿esas tenemos? ¿Y por qué me teme usted?... De fijo que no será por seductor.
--No por cierto. Es que entre usté y otros como usté, se cuenta lo que es y lo que no es.
--Me hace usted poco favor, Teresa.
--Lo siento, pero yo digo siempre la verdad. Cuando usté pasó el domingo junto á nosotras, íbamos hablando de eso una amiga y yo.
--¿La que iba á la derecha de usted?
--¿Por qué se fija usté en esa?
--Porque me hace mucha gracia: es una rubia saladísima.
--¿Le gusta á usté la _Bigornia_?
--¿Qué es eso de la bigornia?
--¡Otra!; pues esa chica, que la llaman así.
--¿Y por qué la llaman así?
--Porque es hija de un calderero.
--¡Ave María Purísima!
--¿Y tampoco sabe usté cómo llaman á la que iba á mi izquierda?
--No, hija mía.
--Pues ¿en qué mundo vive usté, cristiano?
--Eso le probará á usted cuan injusta fué conmigo antes, al sospechar de mi sinceridad.
--Pero ¿quién no conoce aquí á la _Faisanuca_?
--Yo no la conozco por ese nombre.... ¿Y por qué se le han dado?
--Porque su madre vende alubias en la plaza.
--¡Qué atrocidad!
--¡Otra!...; y al tenor de esos, todas tenemos mote.... ¿Pero ahora se desayuna usté?
--Le aseguro á usted que sí. ¿Y quién se entretiene en bautizarlas de ese modo?
--Pues en la _enseñanza_, cuando somos chiquillas..., ó en los bailes después, nunca falta alguno que, por reirse un rato de nosotras, nos ponga un mote; y como lo malo corre mucho....
--¡Vaya una barbaridad! ¿Y ustedes entre sí, se llaman por esos nombres?
--¡Quiá!... Pero lo sabemos; y como no la deshonran á una....
--Es claro.... Pero volvamos á la rubia.
--Parece que la tiene usté entre las cejas.
--Como me ha dicho usted que iban hablando de mí....
--¿Yo he dicho eso?
--Por lo menos una cosa muy parecida.
--Lo que yo dije es que íbamos hablando de lo mucho que se alaban algunos hombres de cosas que no les han pasado.
--Eso sí que no iría conmigo.
--No por cierto; pero iba con algunos que usté conoce muy bien.
--Podrá ser así.... ¿Y sabe usted, Teresa, que de algún tiempo á esta parte anda muy entonada la rubia?
--¡Lo ve usté!
--Lo digo sin ánimo de injuriar á esa muchacha.
--Es que así se dicen todas las cosas, y luego ... el diablo las enreda.... En cuanto una se pone un día un poco vestida.... Hija, ¡qué lenguas!... Ya se ve, ustedes están acostumbrados á oir que una señora gasta el oro y el moro para salir á la calle medio decente; y como nosotras no tenemos rentas, en cuanto nos ven algo majas, ¡es claro!, en seguida, que se lo regalan á una.... ¡Como no regalen!... Ni la rubia ni yo tenemos otras rentas que la peseta que ganamos á coser en las casas adonde nos llaman, y la jícara de chocolate, por la mañana y por la tarde, que nos dan además, como usté sabe. Pero conocemos nuestra obligación, y con dos varas de tul y seis de percalina hacemos un traje que los que no lo entienden piensan que vale un dineral.... Lo mismo que lo que ahora llevo puesto...; pues cuatro veranos tiene, y Dios sabe lo que tirará todavía si no se van del mundo el agua, el jabón y las planchas.... ¡Vaya!
--Si yo estoy en eso mismo, hija mía.
--Es claro, esa muchacha es de suyo vistosa y arrogante; después, tiene unas manos divinas para cortar y coser, y hace un vestido de baile aunque sea de unas enaguas....
--Si no digo yo lo contrario....
--Y al verla en la calle compuesta, como ella tiene aquel semblante y aquel cuerpo..., ¡uf!, lo que menos se figura la gente que lo ha ganado de mala manera. Pues mire usté, para que se vea lo que son las cosas, todavía, después de vestirse con la peseta que gana la infeliz, le queda para que fume su padre.... ¡Pero ya se ve!..., es una pobre costudera..., ¡y allá va eso! Pues si fuera yo á decir todo lo que sé.... ¡Cuántos vestidos de moaré se pasean por esas calles que no se han pagado, y cuántos se han pagado sin el dinero del marido de las que los llevan!... Pero esas son señoras y tienen bula para todo.... Lo mismo que lo demás.... ¡Cuántos cuerpecitos que á ustedes les marean están hechos por estas manos!... Pero más vale callar.
--Es usted cruel, Teresa; lo que he dicho de la rubia fué ... por decir algo. Desde hace dos ó tres días, cuando pasa á las doce por la plaza Vieja, la veo más compuesta que de costumbre....
--Eso es decir que usté se pone allí para verla pasar todos los días.
--No diré que por ella; pero por ella y por usted y por otras por el estilo, quizá, quizá.
--Y ¿qué saca usté de eso?
--Recrear la vista. ¡Como son ustedes tantas y tan bonitas!... Por cierto que me ha chocado ver cómo se las arreglan ustedes de manera que pasan siempre por la Plaza, sea cualquiera la procedencia que traigan.
--Pues eso quiere decir que por todas partes se va á Roma, y que cuando una deja la costura al medio día, de la hora que le queda para comer aprovecha la mitad para ver gente y tomar un poco el aire.
--Y ¡qué bonita era aquella amiga que la detuvo á usted esta mañana en la esquina del Puente!...; pero no es tan elegante como usted.
--¿Una morena? Aquélla no es amiga; es _costudera de sastre_.
--¡Ah, ya!... Como la vi hablar con usted....
--Me estaba dando un recado. Y no es porque yo tenga á menos ser amiga de algunas de _esas_, sino que como las que cosemos en blanco en las casas tenemos sociedad aparte.... Y no crea usté que nos faltaría motivo para darnos tono con ellas, porque ahí están las modistas que parece que nos honran cuando nos saludan en la calle.
--¡Vea usted qué demonio!