Escenas Montañesas

Part 4

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Ya no se oyen las tarrañuelas, ni los panderos, ni un solo grito en el corro de bolos. Los taberneros recogen sus baterías, y embridan sus jamelgos los curas, los jándalos y los señores de aldea; y perdiéndose, por grados, desde el lugar de la feria, por la campiña adelante en todas direcciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que se aleja. Nuestros conocidos, detrás de los novillos, llevan, como quien dice, la llave de la feria, cierran la marcha ... y bien lo necesitan. Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino para no darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar: es una algarabía incomprensible é insoportable. La mujer de Perales, sobre todo, desafina como una cotorra; cuenta lo suyo, lo de los vecinos y hasta lo que no sabe. Su marido se empeña en que relampaguea, y está el cielo sin una sola nube; antójasele que los troncos de los árboles son ladrones y lleva á su costilla agarrada fuertemente por la saya para que no la roben el dinero. Tío Juan, el perito, canturria, con voz atiplada y temblorosa, aires de sus mocedades, y, recordando galantes aventuras, enamora á la disimulada á la mujer de Antón. Ogenio palpa con torpe mano las monedas que le quedan en el bolsillo, y contando por los dedos de la otra, sostiene y jura que ha dado dinero de más á Perales.--Los cuatro intrusos dan la razón á todo el mundo, pero trocando los asuntos. Á Perales le aseguran que Ogenio le engañó, dándole dinero de menos; á éste, que está, en efecto, relampagueando y que al fin tronará; á la pobre mujer, que realmente ha sido muy _atravesá_ y muy revoltosa, y que si pellizca al tío Juan, hace muy bien, porque ella se entiende.... Pero al oir esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, da instintivamente un tirón á la saya que lleva agarrada entre sus dedos; y como su dueña no está para grandes pruebas de equilibrio, viene al suelo como un fardo. En el mismo instante Ogenio toca en el bolsillo á Antón para advertirle que quiere ventilar la duda que le preocupa, y éste, siempre soñando con los ladrones, sobrecógese de horror, dase por muerto, quiere huir, tropieza con su mujer y cae sobre ella; apresúrase el otro á levantarle, pierde el equilibrio y da de hocicos sobre los dos caídos; acuden, al estrépito, los demás personajes; creen que aquello es una lucha, enmaráñanse para separarlos, empújanse los unos á los otros, y al cabo y al fin caen todos amontonados sobre la desdichada mujer que grita y se lamenta medio sofocada por tan enorme peso. Estrújanse y aráñanse todos buscando un punto de apoyo para salir de aquel enredo; y poco á poco, y con grandes fatigas, van levantándose uno á uno; y renqueando y vacilando, se vuelven á poner en marcha, y llegan á un punto en que se bifurca la carretera. Allí deben separarse el tío Juan, Ogenio y dos de los intrusos. Pero da la casualidad (y estas casualidades abundan en la Montaña más que las ferias, que los mercados y que las romerías), da la casualidad, repito, que en el punto de empalme de los dos caminos hay una taberna; y como tío Juan de la Llosa es hombre que no queda mal con sus amigos por un par de azumbres más ó menos, invita á sus camaradas á beber, para demostrarles que «si _aquello_ ha sido guerra, que nunca haya paz».

Inútil es decir que el convite se acepta y se agradece.

Pero los bebedores se han metido en la taberna y han atado la pareja á un poste del portal, indicios todos de que sólo Dios sabe á que hora concluirá aquello y bajo qué techo dormirán nuestros conocidos la robla de los novillos.

Además, la noche ha cerrado ya; me comprometí, lector, á acompañarte á una feria para que supieras con un ejemplo práctico lo que es una robla: he cumplido mi palabra como me ha sido posible, y creería abusar de tu amabilidad obligándote á pasar la noche al raso. Retirémonos, pues..., y hasta la vista.

FOOTNOTES:

[Footnote 1: De _robra:_ escritura ó papel autorizado para la seguridad de las compras y ventas ó de cualquier otra cosa. DIC. ACAD.--Refiriéndose á este cuadro, escribía años ha el eminente literato don Juan Eugenio Hartzenbusch: «También allí (en la provincia de Cuenca) se usaba, aunque más en pequeño, _echar la robra_ en términos parecidos á los de la Montaña, pero dicen _robra_, y robra significa una firma, una escritura, cualquier documento.»]

[Footnote 2: Mi erudito amigo y paisano don E. Pedraja Samaniego, dijo en _El Averiguador de Cantabria_, respondiendo á una pregunta hecha en el mismo acerca de la antigüedad de esta costumbre por mí descrita: _«Robla._--La costumbre de convidar el comprador ó el vendedor, después de consumado el contrato, á los que han intervenido en él, es tan antigua, que ya se halla mencionada con la palabra _Alvoroc_ (hoy alboroque) en el título 25 de las _Cortes de León celebradas el año de 1020_.»--El M.° Berganza, en el tomo I de sus _Antigüedades de España_, pág. 311, dice: «En el año 1025, Zite Morielez vendió al Monasterio de Cárdena una viña por sesenta sueldos de plata y cinco que se gastaron en el _Alvoroc_.» El mismo, en el catálogo de palabras antiguas que trae al fin del tomo II, define así la palabra _alvoroc: «robra_ que confirma la compra».

(_Notas del A. en 1876._)]

[Footnote 3: El doblón, en la Montaña, es una moneda imaginaria, equivalente á 60 reales.]

[Footnote 4: Quizás me objete algún montañés _resabido_ que no es usual, ni tal vez tolerado, recibir el vendedor en la misma feria el importe de lo vendido. No disputaremos sobre el caso, siempre que él me conceda que en los pormenores del pago no he puesto yo uno solo que no sea verosímil.]

«Á LAS INDIAS»

«Á las Indias van los hombres, á las Indias por ganar: las Indias aquí las tienen si quisieran trabajar.»

_(Canc. pop. de la Montaña.)_

I

Madre, este carraclán está mal hecho.

--¡Jesús, qué condenao de chiquillo!... ¡Si le está, que ni pintao!

--¡Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me suben al pescuezo cada vez que me voy á quitar el sombrero!

--Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.

--Diga usté que no sabe coser por lo fino..., ni esta tarascona de mi hermana.... ¿Lo ve?... Lo mismo coge la aguja que las _trentes_. ¡Tisana, qué camisa me está cosiendo!... ¡Á ver si das más cortas esas puntadas!...

--¡El demonio del renacuajo!... ¿Cuándo soñaste tú en gastar levita? ¡Después que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle á él!... Madre, yo no coso más.

Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castaño, arroja al suelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resuelto ademán al escrupuloso elegante, rapaz de trece años, listo como una ardilla y tan flaco como el mango de una paleta.

Su madre, mujer de cuarenta años, aunque las arrugas del rostro y la curva de sus espaldas la hacen representar sesenta, después de comerse media cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de la aguja que apenas se ve entre sus callosos dedos, pone en orden á la susceptible costurera, se acerca al muchacho, le hace girar tres veces sobre sí mismo, le estira con fuerza la levita que lleva puesta y después de contemplar un instante su obra, vuelve á sentarse, exclamando con acento de profunda convicción:

--Que la pinte mejor un sastre.

Pero antes de ir más lejos, y para mejor inteligencia de los lectores, es justo que, como diría el inédito poeta don Pánfilo, expliquemos la situación.

Que nuestros personajes son montañeses, debe haberse deducido del estilo del diálogo anterior; y si éste no lo ha demostrado bastante, conste desde ahora que lo son en efecto.--El lugar de la escena puede el lector colocarle en el punto de esta provincia que más le conviniere, si bien su parte oriental es preferible por ser en ella más frecuentes que en las demás, cuadros semejantes al que voy á describir.--El escenario es aquí el ancho soportal, ó tejavana de una casa pobre de aldea.--Ésta, como todas ó la mayor parte de las de su categoría, tiene en la humilde fachada del portal tres huecos: la puerta principal en el centro; la de la cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina. Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos mujeres; la segunda está entreabierta, porque acaba de entrar por ella á arreglar el ganado el bueno de tío Nardo; jefe de la familia, ó esposo y padre respectivamente de los personajes de nuestro diálogo. Por lo que hace á la ventana, aunque no la necesitamos para nada, diré, á fuer de verídico historiador, que está cerrada, pues su destino, más que dar luz á la cocina, es dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar, el cual está ahora tan frío como la borona que en él se coció por la mañana para todo el día...; y dicho se está con esto que la escena es por la tarde: conste también, sin que este dato sea, como parecerá á primera vista, una minuciosidad inútil, que corre el mes de septiembre. Ahora sólo nos resta consignar que el pequeñuelo interlocutor, al dirigir tan graves cargos á su madre y á su hermana, llegaba al portal, vestido con levita, pantalón y chaleco de mahón gris; agarrotado su cuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una enorme corbata de percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta é inteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cinta verde, y calzado, por último, con gruesos zapatos de Novales. El polvo que los cubre, el arrebatado color de la cara del muchachuelo y el garrote que éste trae en una mano, prueban bien á las claras que acaba de hacer una larga caminata. En cuanto á las razones que tiene para quejarse de las tijeras de su madre y de la aguja de su hermana, no dejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con alguna atención, pero también es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron más gordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellos faldones que le estorban. También debe constar que á pesar de lo que dijo al presentarse en escena, hay en su fisonomía algo de risueño y placentero que denota una satisfacción interior; su viaje debe haber tenido un éxito feliz.... Mas para saber lo que hay sobre esto y otras cosas que nos proponemos referir, volvamos á tomar el asunto donde le dejamos para hacer esta digresión.

Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hecho el examen de la levita de su hijo, éste se sentó en el poyo del portal, entre las dos puertas; y limpiándose luego con el pañuelo del bolsillo el polvo de sus zapatos, replicó vivamente:

--Eso lo dice usted aquí porque no hay comparanza; pero si me viera al lado de don Damián como yo acabo de verme.... ¡Tisana, qué levita!...; ¡aquéllas sí que son costuras!... Ni siquiera se conocen.... ¡Y qué corte! Da gloria de Dios el verla. Y no estos costurones ... ¡más mal asentaos!

--Pero, condenao, ¿cómo quieres tú comparar aquel paño tan fino con este mahón de á tres reales?

--¡Qué mahón ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa la cencia.... Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yo quería.... Lo mismo que el chaleco ... y los calzones: por un lado me sobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro.... ¡Y estos zapatos!... Yo no sé en qué consiste que cuanto más tocino les doy, más peor se ponen. ¡Qué zapatos los de don Damián, tisana! Relumbran como el sol de mediodía.

--Pero, hijo mío, ¿no ves que don Damián es un señor muy rico?...

--También tú te vestirás así el día de mañana, ¿verdá, madre?

--¡Anda, anda!; ya te estás relambiendo con los vestidos que te he de regalar.... ¡Como no pongas otros!...

--Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nací, y con saya de estameña y tirando de la azada me han de querer....

--Calla, tonta, que lo dije por oirte: ¡miá tú qué me importará á mí el día de mañana vestirte como una señora prencipal!... ¿eh, madre?

Á la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban á contender en este terreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenómeno que, en idénticas circunstancias, había observado de algunos días á aquella parte el tío Nardo con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si no combatía la emoción á tiempo no podría disimularla, dió al diálogo otro giro diverso, preguntando al muchacho:

--¿Te dió la carta don Damián?

El interrogado que por otra parte, parecía estar deseando que se le hiciera semejante pregunta, llevó la diestra al bolsillo interior de su levita; después á uno de los del chaleco; ocultó entre sus dedos una moneda, y sonriendo con expresión de triunfo, exclamó, alzando progresivamente la voz:

--Aquí está la carta ... y aquí esto...; ¿lo ven bien? Esto ... ¿qué dirán que es esto?... ¡Tisana!, que no lo aciertan.... Pues esto es ... ¡media onza!...

--¡Media onza!...

--¡Media onza!

--¡Media onza!--añadió el tío Nardo asomando la cabeza por la puerta de la cuadra;--¡media onza!--repitió mientras descubría el tronco;--¡media onza!--exclamó, en fin, trasladándose de un brinco junto al grupo que formaba su familia admirando la moneda que Andrés (y ya es hora de decir como se llamaba el rapaz) mostraba como una reliquia.

--¡Media onza, sí!--recalcaba este último girando en todas direcciones;--¡media onza más maja que el sol!... Aquí está; don Damián me la dió para mí solo.... ¡Viva don Damián!

Después que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las del grupo, y que todas las personas que le componían la hubieron mirado y remirado y hecho sonar contra las piedras, Andrés se volvió á apoderar de ella, y reclamando la atención de toda su familia, desdobló la carta que también le dió don Damián, y leyó en ella, con mucha seguridad, aunque con bien poco sentido gramatical, lo que sigue:

«Señor don Frutos Mascabado y Caracolillo.

»Habana.

»Mi querido amigo y antiguo compañero: El dador de ésta lo será, Dios mediante, el joven Andrés de la Peña, que saldrá de Santander, al primer tiempo, en la fragata _Panchita_ con rumbo á esa ciudad, en la cual se propone probar fortuna. Al efecto, me tomo la libertad de suplicar á usted le auxilie en todo lo que esté de su parte, tratando por de pronto de proporcionarle acomodo conveniente á sus circunstancias. Dicho Andrés es muchacho listo y de buena conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de _compañías_ inclusive.

»Contando con la buena amistad de usted, me atrevo á anticiparle las gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que será, desde luego, uno de los buenos servicios entre los muchos que ya le debe su afectísimo amigo y seguro servidor

Q.S.M.B.

_Damián de la Fuente_.»

Después de esta carta, parécenos excusado decir á nuestros lectores lo que significan la levita de Andrés y el inusitado movimiento de toda su familia alrededor de su equipaje.

II

Por regla general, á los niños, apenas dejan los juguetes, les acomete el afán, sobre todas sus otras aspiraciones, de hombrear, de tener mucha fuerza y de levantar medio palmo sobre la talla. Pero cuando los niños son de estas montañas, por un privilegio especial de su naturaleza, su único anhelo es la independencia con un _Don_ y mucho dinero. Y, según ellos, no hay más camino para conseguirlo que irse «á las Indias».... Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares de una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un país tan remoto ... nada les intimida; al contrario, todo estos obstáculos parece que les excitan más y más el deseo de atropellarlos. ¿No es cierto que en América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmente circulan? Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarse á esa tierra feliz; la vida que en la empresa arriesga le parece poco, y otras ciento jugara impávido, si otras ciento tuviera.

¿Hay quien lo duda? Ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Isla de Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá los aspirantes que á él acuden. Y no se apure porque el pasaje no sea en primera cámara: un montañés de pura raza atraviesa en el tope el Océano, si necesario fuese.

Díganle «á las Indias vamos», y con tan admirable fe se embarca en una cáscara de limón, como en un navío de tres puentes. Este heroísmo suele ir más allá aún. Un indiano de semejante barro ve transcurrir los mejores años de su juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya. No hay trabajo que le arredre, ni contrariedad que apague su fe: la fortuna está sonriéndole detrás de sus desdichas, y la ve tan clara y tan palpable entonces, como la vió de niño, cuando, soñando sus ricos dones, se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paterna choza.

De lo cual se deduce que la honradez, la constancia y laboriosidad de un montañés, son tan grandes como su ambición.

Nadie, en buena justicia, podrá quitar á esta noble raza un timbre que tanto la honra.

Nuestro Andresillo, pues, vástago legítimo de ella, no bien supo hablar, ya dijo á su madre que él sería indiano. Creció en edad, y la idea de irse á América fué el tema de todas sus ilusiones; y tanto y tanto insistió en su proyecto, que su familia comenzó á deliberar sobre él muy seriamente.

Un día fueron tío Nardo y su mujer á consultarlo con don Damián, indiano muy rico de aquellas inmediaciones, y de quien ya hemos oído hablar. Don Damián había hecho, es cierto, un gran caudal: esto es lo que veía toda la población de la comarca y lo que excitaba más y más en los jóvenes el deseo de emigrar; pero en lo que se fijaban muy pocos, si es que alguno pensó en ello, era en que don Damián se hizo rico á costa de veinte años de un trabajo constante; que en todo ese tiempo no dejó un sólo día, una sola hora, de ser hombre de bien, ni de cumplir, por consiguiente, con todos los deberes que se le imponían en las dificilísimas circunstancias por que atravesó. Además, don Damián había ido á América muy bien recomendado y con una educación bastante más esmerada que la que llevan ordinariamente á aquellas envidiadas regiones los pobres montañeses. Todas estas circunstancias que obraron como base principal de la riqueza de don Damián, le obligaban á exponérselas á cuantos iban á pedirle cartas de recomendación para la Habana, y á consultarle sobre la conveniencia de salir á probar fortuna. Cuando semejantes consideraciones no bastaban á desencantar á los ilusos, daba la carta que se le pedía, y á las veces su firma garantizando el pago del pasaje desde Santander á la Habana.

Los padres de Andrés oyeron del generoso indiano las reflexiones más prudentes y los más sanos consejos, cuando á pedírselos fueron en vista de las reiteradas insinuaciones de aquél. En obsequio á la verdad, la mujer del tío Nardo no necesitaba de tantas ni tan buenas razones para oponerse á los proyectos de su hijo: era su madre, y con los ojos de su amor veía á través de los mares nubes y tempestades que obscurecían las risueñas ilusiones del ofuscado niño; pero el tío Nardo, menos aprensivo que ella y más confiado en sus buenos deseos, apoyaba ciegamente á Andrés; y entre el padre y el hijo, si no convencían, dominaban á la pobre mujer, que, por otra parte, respetaba mucho las _corazonadas_, y jamás se oponía á lo que pudiera ser _permisión del Señor._ El párroco del lugar le había dicho en muchas ocasiones que Dios hablaba, á veces, por boca de los niños; y por si á Andrés le había inspirado el cielo su proyecto, se decidió á respetarle en cuanto le pareciese deber hacerlo así.

Sobreponiéndose, pues, á las reflexiones del indiano la fuerza de voluntad de Andresillo y la buena fe de su padre, el primero prometió su protección al segundo; y desde aquel día no se pensó más en la casita que conocemos que en arreglar el viaje lo más pronto posible.

Los preparativos al efecto eran bien sencillos: sacar el pasaporte y hacer el equipaje.

Éste se componía:

De tres camisas de estopilla;

Un vestido completo de mahón, de día de fiesta;

Otro ídem íd. íd., para diario;

Una colchoneta y una manta, y

Un arca de pino, pintada de almagre, para guardar, durante el viaje, la ropa que Andrés no llevase puesta.

Del pago del pasaje se encargó don Damián hasta que Andrés supiera ganarlo.

El producto de la única vaca que tenía el tío Nardo, vendida de prisa y al desbarate, dió justamente para los gastos de equipo del futuro indiano y para el pequeño fondo de reserva que debía llevar consigo, fondo que se aumentó con medio duro que el señor cura le regaló el mismo día que le confesó; con seis reales del maestro que le dió últimamente lecciones especiales de escritura y cuentas, y con la media onza de que tiene noticia el lector. Y no se arruinó completamente la pobre familia para «echar de casa» á Andrés, gracias al generoso anticipo del indiano; de otro modo, hubiera vendido gustosa hasta la cama y el hogar. Los ejemplos de esta especie abundan, desgraciadamente, en la Montaña.

El día en que presentamos la escena á nuestros lectores era el último que Andrés debía pasar bajo el techo paterno: le había destinado á despedidas, y ya tuvimos el gusto de ver el resultado que le dió la de don Damián; día que, dicho sea _inter nos_, había costado muchas lágrimas á la pobre madre, á escondidas de su familia, pues no podía resignarse con calma á ver aquel pedazo de sus entrañas arrojado tan joven á merced de la suerte, y tan lejos de su protección.

Pero las horas volaban, y era preciso decidirse. Cuando Andrés acabó de leer la carta, su único amparo al dejar su patria, y á vueltas de algunos halagüeños comentarios que se hicieron sobre aquélla, la pobre mujer, á quien ahogaba el llanto, mandó entrar en casa á su hijo para que su hermana le limpiara la ropa que llevaba puesta y se la guardara, mientras ella daba las últimas puntadas á una camisa.

Andrés, entonando un aire del país, obedeció, saltando de un brinco sobre el umbral de la puerta; pero su madre, al ver aquella expansiva jovialidad en momentos tan supremos, fijos en él sus turbios ojos mientras atravesaba el angosto pasadizo, abandonó insensiblemente la aguja, y dos arroyos de lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.

--¡Pobre hijo del alma!--murmuró con voz trémula y apagada.

Tío Nardo, más optimista, por no decir menos cariñoso que su mujer, no comprendiendo aquel trance tan angustioso, hacía los mayores esfuerzos por atraerla á su terreno.

--Yo no sé, Nisca--le dijo cuando estuvieron solos,--qué demonches de mosca te ha picao de un tiempo acá, que no haces más que gimotear. Pues al muchacho no soy yo quien le echa de casa, que allá nos anduvimos al efeuto de embarcarle...; y por Dios que no lo afeaste nunca bastante, ni te opusiste de veras.

--Y ¿qué había de hacer yo? Tampoco hoy me opongo, aunque cuanto más se acerca la hora de despedirme de él.... ¡Pobre hijo mío!... Dícenme que puede hacerse rico...; ¡y nosotros somos tan pobres! ¡Ofrecen tan poco para un hombre estos cuatro terrones que el Señor nos ha dado!... ¡Ay, si Él quisiera favorecerle!...

--Pues ¿qué ha de hacer, tocha? ¡No, que no!...; ahí tienes á don Damián....

--¡Siempre habéis de salirme con don Damián!

--Y con muchísima razón. ¿Qué mejor ejemplo? Un señor que vino al pueblo cargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unos señores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao, ya está él socorriéndole; que alza él solo casi todas las cargas del lugar; que corta todos los pleitos para que no se coma la Justicia la razón del que la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tanto beneficio más que la bendición de los hombres de bien. ¿Qué más satisfacción para nosotros que ver á nuestro hijo en el día de mañana bendecido como don Damián?

--¡Ay, Nardo!; en primer lugar, don Damián fué siempre muy honrado....

--No viene Andrés de casta de pícaros.

--Después, Dios le ayudó para que hiciera suerte.

--Y ¿por qué no ha de ayudar á Andrés?