# Escenas Montañesas

## Part 3

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En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á la mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á lo sublime del arte.

De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras é inquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala _traducción_ que sus obras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevía á llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de que no pasaban.

Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones de estopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de _mala venta_; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña de Cafetera.

Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; pues ni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros que corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.

El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lo decía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente esculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podían borrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público sin grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.

Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado de él estaba una mañana en que había _libado_ bastante, sentado sobre un guardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y en espera de sus amigos para jugar al cané.

Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que el raquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señor que, según dijo el pillastre, traía _cara de flete_.

--Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?--le dijo, como tenía por costumbre, así que le tuvo á su lado.

El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándole á la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.

Cafetera lo tragó con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, se fué detrás del puro.

--¿Me da la punta usté?

Chocó al interrogado la desvergüenza del raquero. Miróle muy detenidamente, y

--¿Quién eres tú, chicuelo?--le preguntó.

--Yo soy ... Cafetera.

--¿De dónde eres?

--De la calle Alta.

--Y tu padre, ¿cómo se llama?

--El tío Magano.

--Pero ¿cuál es tu nombre de pila?

--¿De qué pila, usté?

--De la de bautismo, animal.

--Otra, ¿qué sé yo?... ¿Me da la punta!

--¿Conque tú fumas, eh?

--¡Ay, qué contra!...; ¿quiere ver como las _tapo_?

Y diciendo y haciendo, tragó dos chupadas de su colilla, arrojando después el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de una chimenea de vapor. El señor desconocido le miraba cada vez con mayor curiosidad.

--Y ¿á qué te dedicas tú?

--Á cuidar el bote del tío Bandiate.

--¿Y nada más?

--También soy raquero.

--¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?

--¡Quiá, señor; si no sale para café!... ¿Me da dos cuartos?

--Veremos si los mereces.... Dime antes lo que raqueas.

--¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!...

--Pero alguna vez ya se descuidarán.

--Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.

--¿En dónde lo trincasteis?--insistió el señor con más interés que nunca, dando dos cuartos al raquero.

--Pos en esa freata que están aforrando en el paredón--contestó Cafetera con la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de la camisa y escupiendo por el colmillo.

Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que del último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.

Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á la Providencia en sus adentros.

Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del _estrumento_, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual hizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que le había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tan diestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de la verdasca de un cabo de mar.

Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto comprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.

Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listo el grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en trazas de escurrir el bulto.

Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóse á Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto conducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión, salieron ... á tirar del _Bombo_ de la Carraca.

Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechos sus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país con algunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.

Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle de las Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados; comenzaron á examinarle en todas direcciones.

La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedrado y otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de los pilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extravió sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, por la Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego por la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronse los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á paso de gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y se dieron á correr pensando que el mundo se acababa.

Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la han visto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sido hasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de las Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento que la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando el territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede pasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.

Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré una ligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muy frecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de este puerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia y heroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y á fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tan valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.

LA ROBLA

De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si al tiempo de consumarlos no llevaran más requisitos que el mutuo convenio de los contratantes y el _ante mí_ del tabelión más competente del juzgado.

Y cuidado, señores legistas, con atribuirme la pretensión de poner en duda la legalidad de las fórmulas que sobre el particular se vengan usando desde la fecha de las Pandectas.

¡Líbreme de ello Dios! Voy separándome del centro _civilizado_ donde la ley se halla en toda su pomposidad, y estoy refiriéndome á los incultos moradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigente código en todo lo que vale, aún se rinde culto reverente á la tradición, la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que más se funde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonso el Sabio.

Desengáñese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les sea peculiar, estos paisanos no dan por terminado ningún negocio, aunque para cumplir con la ley le amortajen en más testimonios y sellos que hay en un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan á las de Pedro sin cierta solemnidad _sui géneris,_ valdría tanto como para la conciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, símil en que, sin duda alguna se fundaron los _académicos_ de mi lugar para llamar á dicha ceremonia _mojar el asunto_.

No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada escritura de legítima pertenencia, que si ante la ley le asegura en la posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración, asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente balanza de Astrea. No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta la fe de _bautismo_, el _fiat_ del tabernero más próximo, LA ROBLA[1], para decirlo de una vez.

El origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porque se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre mosto riojano[2].

Su definición precisa tampoco es fácil sin que se me olvide algún rasgo gráfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademos adondequiera que se _eche_ una..., y allá nos vamos.

Raro es el colono montañés que al poco tiempo de establecido no posea, como producto de sus _aparcerías,_ una pareja apta para las labores del campo, algún novillo _uncidero_, es decir, capaz de ser uncido, ó cualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que el arrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio ó emparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello, pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ella va siempre la robla.

Luego vamos á una feria.

El lugar de ella queda á elección del lector, pues, gracias á Dios, abundan aquí como los helechos. Abran ustedes un calendario, y donde topen con su santo, cátense una feria. En este dichoso país, el día que no es de fiesta tiene mercado; de los restantes del año, los unos marcan feria, y los otros romería.

Elegido el punto más cercano, tuvo que ser, por precisión, un pequeño bosque de cajigas ó de castaños, verde, fresco, frondosísimo, bello como es la naturaleza aquí hasta en su menor detalle.

Estamos ya bajo el tupido follaje.... Cierra, lector, los ojos por un momento. ¿No te crees transportado, en una serena noche de verano, á la orilla de una inmensa charca, y jurarías que sus ranas, en número infinito, cantan todas á la vez? Es el sello de nuestras ferias y romerías: el sonido de las _tarrañuelas_ de cien y cien bailadores _á lo alto_, al compás de las panderetas que tañen las mejores mozas del lugar.

Sigamos.--Sin reparar en el corro de bolos en que acababan de gritar cincuenta bocas á la vez _¡eseeé!_ al hacer un _emboque_ uno dé los jugadores; abriéndonos paso á través de la batería formada por los pellejos de vino, barriles y cacharros que sobre un carro, debajo y á los lados de él, á la sombra de un castaño, son la delicia de los bebedores; echándonos por la derecha para no turbar el sueño pacífico de los jamelgos de un cura y un señor de aldea, que están amarrados al _cabezón_ del mismo carro, quizá por casualidad, quizá porque los jinetes tomaron este norte como de mejor atractivo para cuando vaya anocheciendo; guardando el cuerpo del fogoso trotón de ese jándalo, que atraviesa la feria llevando á las ancas la parienta más joven é inmediata que encontró en su pueblo cuando volvió de Andalucía, y cuyo chal de amarillo crespón, no menos que su vestido blanco de empinados volantes, forman extraño contraste con su reluciente y pasmada fisonomía; sin responder á las voces de las importunas fruteras, de los _agualojeros_, rosquilleros y otros análogos industriales que nos asedian al paso; sin fijarnos, en fin, en ese maremágnum alegre y estimulante que el cuadro presenta á primera vista, salgamos á aquella braña donde hay un grupo de ocho personas y una pareja de novillos uncidos. Allí va á haber robla.

El que está apoyado sobre sus engalanadas cabezas, hombre que tiene la suya algo más sucia, calzones de _manga corta_, con un tirante sólo, chaqueta al hombro y sombrero de copa alta, más que medianamente apabullado, es el dueño de la pareja, y conocido y honrado en su pueblo por el nombre de Antón Perales.

El otro, más joven y de mejor traza que éste, que pasea alrededor de los novillos examinándolos con gran atención, es el comprador: llámanle Ogenio Berezo, y es de las inmediaciones. De los que forman el círculo, los cuatro son meros curiosos que, á título de conocidos de los primeros, se han aproximado al olor de la robla. La mujer, que come una manzana y tras de cada bocado que le tira se rasca la cabeza por debajo de la _muselina_, es la costilla de Antón Perales. El otro personaje, más viejo que todos los demás, y que observa el cuadro, taciturno y reflexivo, es convecino del comprador: llámase tío Juan de la Llosa, y asiste, á la sazón, en calidad de perito. Sus títulos al efecto están en toda regla. Es público y notorio que en más de cien sangrías que lleva hechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, _al pelo_ y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una sola res. Para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos de suelda, no hay otro que se le iguale. Distingue á la legua un cólico de un _empanderamiento_, y en las cojeras no confunde el _zapatazo_ con el _babón_; y si no ha curado un solo caso de _solenguaño,_ es porque la enfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, «por la boca abajo» del paciente animal, con el auxilio conductor de una teja, el agua de jabón, aceite y vino blanco bien caliente. Por algo dice él que, si le hubieran _desaminao, albitre_ podía ser; y es la verdad. En cuanto á las condiciones externas del ganado, ahora le verán ustedes.

El comprador ha dejado de rondar la pareja, crúzase de brazos y exclama de repente:

--Pues, señor, ¿á qué hemos de decir una cosa por otra? La pareja me gusta. ¿Qué le parece á usté, tío Juan?

Éste guarda en un bolsillo del chaleco la punta que mascaba rato hacía, da dos pasos al frente, cárgase á la izquierda sobre el garrote, pone la diestra en jarras, cruza las piernas y reflexiona un instante. Entretanto el vendedor se sonríe con cierta malicia, su mujer menudea los mordiscos á la manzana, y murmura algunas palabras hacia los otros personajes que emiten su dictamen á media voz.

--Apaséalos--dice en tono grave el perito.

Antón Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de las alegres campanillas que les adornan el pescuezo.

--Ahora, hacia abajo ...--añade el primero.--¡Oooó, joois!--canturria, luego que el vendedor le ha complacido, para indicarle que pare ya.

--Lo que toca al particular--dice la mujer, á quien no le cabe ya la lengua en la boca,--no tienen tacha. Tocante á eso, no es porque sean míos; pero, como dijo el otro.... Vamos, que son dos perlas.

--Como que los he criao yo en casa--repone su marido;--y éste que se llama _Galán_, es hijo de la _Leona_, y este otro, _Cachorro_, de la _Gallarda_, dos vacas que, mejorando lo presente, son dos soles.

--Justo, que las vendimos el mes pasao al sobrino del Regioso, con perdón de ustedes, que por aquel pique que tuvo por la cuñá del Mostrenco, que ya con este mote le han de enterrar, por el lindero del prao que le tocó á resultas del _cobicillo_ que encontraron debajo del jergón de su tío, que en santa gloria esté..., y ahí está el mi hombre que no me dejará mentir, que á la verdá que anduvo como una estorneja de acá para allá, ahora que la botica, después que el señor cura, luego que la unción, porque el enfermo daba el ¡ay! que partía el alma, sin que hubiera en aquella casa un mal nacido á quien volver los ojos..., y no se lo tome Dios en cuenta á la que tanto fachendea hoy gracias á los cinco carros de tierra que apañó.... Pues resulta de que....

Á la buena mujer se le va la burra entre tanta maraña, mientras el tío Juan no quita los ojos de la pareja. El comprador mira al perito como si quisiera leer en su fisonomía la opinión que va formando; el vendedor atusa el pelo á los novillos, y los intrusos los ponderan cuanto les es permitido, con objeto, evidentemente, de contribuir á que se cierre el trato y no se pierda la robla.

Después que el perito y el comprador han visto que los animales _se plantan_ bien al caminar, que no se aprietan, que no _zambean_ del cuarto trasero, que son bien encornados y que igualan perfectamente en alzada y color, el primero les mira la boca, les palpa bien los _brazuelos_ y las nalgas para ver si están _despicados_ de algún remo, y les examina escupulosamente las astas por si son estoposas, las pezuñas por si _blandean_, y los ojos por si tienen _nube_ ó _glarimeo_.

Hecho este examen, el tío Juan, sin perder un solo rasgo de su gravedad, dice en tono solemne:

--Caballeros, la pareja..., lo que toca á la pareja, no tiene pero. Son dos rollos de cuatro años, sanos como dos corales.

--Pos á mí--añade el comprador,--lo que toca al particular, también me gusta la planta y el aquel de la pareja.... Conque si el señor trae gana de vender, diga, si á mano viene, en lo que estima su hacienda, que yo á comprar he venío.

--Al respetive de eso mesmo--replica el vendedor,--no me quedo yo atrás; que hoy por ti y mañana por mí..., y, como dijo el otro, mortales nos hizo Dios.... Vamos al decir, que si tú traes ganas de comprar, no reñiremos.

--Cabales, que ni al mi hombre ni á mí nos ha perseguido nunca la justicia por embusteros; y cuando vemos que se trata con gente de formalidá y de requilorios....

--Esa es la verdá; y vamos, Antón, á estimar la pareja, como el otro que dice, con equidá.

--Pos la pareja, Ogenio, por ser para ti..., la pareja; que, como ha dicho el señor, no tiene pero; la pareja, y que no vea la cara de Dios si te engaño; la pareja vale treinta doblones[3] como dos cuartos.

--Tú no quieres vender, Antón--contesta con cierto desdén el atildado Ogenio.

--Ogenio--replica Antón,--tú me ofendes.

--Que te digo que no quieres vender.

--¡Que mal rayo me parta si he venío á otra cosa á la feria! Y sábete que por ese dinero ya no tendría en casa los novillos hace una semana, si los hubiera querido vender...; pero hoy por ser pa ti....

--Pos yo no doy por ellos más que veinticinco doblones.

--Tú no quieres comprar, Ogenio.

--Á eso vine á la feria, Antón...; y si no, que diga tío Juan si me pongo en lo justo.

--Lo que toca á mí--dice el aludido, que durante la escena referida se ocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,--lo que toca á mí, no me gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarla en aquello que, pongo por caso, le acomoda.

--De manera es--replica el comprador,--que aunque usté diga uno, ó dos, ó medio; ó que la pareja vale tanto ó cuanto, ó que por aquí ó que por allá, no ha de ser medida la palabra de usté.

--Eso es--añade Antón;-que como dijo el otro, ná se pierde con oir á éste y al de más allá.

--Andando--gruñe su mujer, clavando los dientes en la quinta manzana,--que todos somos hijos de Dios, y más ven cuatro ojos que dos.

--Es de razón--exclaman á coro los demás circunstantes.

--Pues, caballeros--concluye el perito con cierto tonillo de autoridad;--creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.

--Ya lo oyes, Antón...; y yo no dejo mal á ningún amigo.

--Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya es la pareja.

Grandes murmullos en el grupo; anímase el tío Juan, y exclama, imponiendo silencio á los circunstantes:

--Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete y medio, y se pagará la robla además.

--Corriente--dice Ogenio.

--Pues buen provecho te hagan--añade Antón, entregando la ahijada al primero, como símbolo del dominio que le transmite....

El pequeño circuló se agita con gran ruido; todos se felicitan recíprocamente, todos hablan á la vez, y entre todas las voces se destaca la de la exdueña de los novillos que charla más que nadie y desbarra como nunca.

Autorizado competente uno de los testigos del ajuste, marcha á buscar al punto más inmediato dos azumbres de vino tinto para _mojar el trato_, es decir, para _hechar la robla_; y mientras vuelve, el comprador se sienta en el suelo, saca un pesado bulto del bolsillo interior de su chaqueta, y comienza á desliarle capa á capa, como si fuera una cebolla. Así van saliendo, sucesivamente, un pañuelo de percal aplomado, un viejo pañal de una camisa y una bula, dentro de la cual aparecen, como núcleo de todo el envoltorio, un montón de napoleones y algunas monedas de oro cuidadosamente guardadas entre los amarillentos repliegues de una hoja de un catecismo.

Con grandísimas dificultades cuenta los veintisiete doblones y medio, ó sean 1.650 reales, y se los entrega al vendedor, quien, en el acto, y con no menores amarguras, los cuenta también; y envueltos en la bula, y la bula en la muselina de la mujer de Antón Perales, desaparecen en los profundos abismos de la faltriquera que debajo del refajo lleva ésta[4].

El que fué por el vino vuelve con un enorme jarro lleno de él en una mano, y con una taza de barro blanca en la otra. Desátanse, á su vista, más y más las lenguas del corrillo; sonríense todas las fisonomías, y el rústico Ganimedes, apoyándose en la _yugata_ de la pareja, comienza á escanciar el vino con gran pulso y mucha solemnidad.

El tío Juan, para quien es la primera taza, levantándola en alto, brinda:

--Por la salud de los presentes, que se disfrute muchos años la pareja, y que en el cielo nos veamos.

--Amén--contesta á coro la reunión.

La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta que se agotan las dos azumbres de rioja.

Pero Antón Perales no quiere ser menos que su contrinca, y paga otros ocho cuartillos que se beben con la misma solemnidad que los anteriores, con el mismo ceremonial, pero con mayor locuacidad de parte de los bebedores y con peor pulso de la del escanciador.

Entretanto la tarde va acabándose, y el ganado y la gente que llenaban la feria se retiran poco á poco.

