Escenas Montañesas

Part 18

Chapter 18 4,043 words Public domain Markdown

Uno de los pastores, jefe á la vez de los demás, penetró en el ancho círculo que formaban los asistentes; paróse enfrente del alcalde; arrojó al suelo un saco casi vacío que llevaba al hombro; descubrióse; cargó el cuerpo sobre el garrote; balanceóse un poco en esta postura; esparrancóse; escupió tres veces; pasó una manga de su camisa por debajo de las narices, y después de obtener el permiso del alcalde, habló de esta manera:

--Pos ... salto y digo: ahí está la cabaña, como se habrá visto. En la cabaña hay de too, como en la viña del Señor; porque musotros, á la res que es de mal pacer y de peor engordar, no podemos mejorarla, á no hincharla con una paja. Esto es claro como el sol del megodía. Pos digo yo ahora: hay que tener en cuenta que el verano ha sío fatal; hoy que la ventisca, mañana que el aguacero, el pasto se ha reblandecío, y pué ecirse que el ganao no se ha visto limpio de _despeño._ De salú, bastante bien: sólo han fenecío una vaca de tío Pedro Meñique y una novilla de la viuda del _Cevil_. La una murió de un _empanderao_, y la otra de un mal, á manera de perlesía. Dióseles lo que manda el aquel, vamos al decir, del hombre que lo entiende; pero no les acanzó.

El pastor, al decir esto, metió en el saco la mano y sacó de él dos cuernos de diferente forma y tamaño.

--Aquí están las _gamas_--dijo, levantando en alto los dos retorcidos apéndices.

El alcalde llamó á los dueños de las reses muertas, para que se presentasen á reconocer los restos que el pastor exponía á la consideración del concejo, para cumplir con un requisito exigido por éste.

Pedro Meñique y la viuda del _Cevil_ reconocieron, contristados, las astas de las reses que respectivamente les habían pertenecido, y de cuya muerte ya tenían noticias, aunque vagas, antes de la llegada de la cabaña.

En seguida preguntó el alcalde si había algún vecino que tuviera que hacer _daque_ cargo á los pastores.

--¡Pido la palabra!--dijo, saliendo á primera fila, un hombre muy entrado en años, cano de greña, enjuto y ahumado de carnes y ronquillo de voz.

--Hable Garabiel Pernías--díjole el alcalde.

--He pedío la palabra al auto de que he visto que la vaca mía que fué bien trisná al puerto, vuelve en los puros huesos y con un ojal en salva sea la parte, que mete miedo; y como el hombre no gana su probeza tumbao panza arriba, y yo sudo los güétagos pa ver de conservar la que tengo, quiero que se me satisfaga, como es justo, al respetive de la vaca.

--Tocante á la vaca--replicó el pastor,--tocante á la vaca, tío Garabiel, usté sabe mejor que yo que la vaca es una cabra condená que no se pué hacer vida de ella. Los cinco sentíos del alma le pone uno encima, y con too y con eso no se la pué meter por vereda. Si usté la chifla pa golvela, malo; si usté la vocea, pior; si se la apedrea, ¡me valga el Señor!, no la alcanza un galgo.... Pus évate que voy, amigo de Dios: hace ocho días, trepa la condená por un pedregal arriba á pacer unos matorrales que estaban entre un cajigaluco; salgo detrás de ella, hace la feguración de echarse cancia el desfiladero que estaba por la banda de atrás, atájola yo corriendo, asústase más la endina, échase de prisa por onde había subido, rueda como una pelota, y rásgase el pellejo contra la punta del peñasco. ¡Ésta es, tío Garabiel, la pura verdá; y si otra me queda en el cuerpo, que con ella reviente!

--¡Sastifecho!--dijo con solemnidad Garabiel Pernías, retirándose á la segunda fila.

Otro de los que formaban en ella salió en seguida á la primera, y endilgó al pastor estos cargos.

--Yo mandé al puerto una vaca _geda_ de siete meses, y pa el efeuto de destetarla, dejé la cría en casa. La vaca iba gorda, la vaca es lechera, ¡horror de lechera!; la vaca viene hecha un telar, y la vaca no está _seca_, porque á la vaca acabo yo de ordeñarla en el prao. Yo soy claro como el agua, y no tengo algún aquel en decir que aquí se han corrío voces de que en Mercadal se ha vendío este verano mucha manteca de la cabaña nuestra. Diga el pastor, si á mano viene, de ónde ha salío esa manteca, y por qué no viene seca la mi vaca.

El pastor se rascó la cabeza, escupió por entre los incisivos, y después de pasear su vista por los circunstantes, replicó en estos términos:

--Ya sé yo que más de cuatro, que pué que no estén muy lejos de aquí, por el aquel de hacer mal y porque hay lenguas que atarazás entre dos cantos debieran estar, han corrío por el pueblo lo de la manteca; pero, ¡premita Dios que me trague la tierra aquí mesmo de repente si en el puerto se ha hecho medio cuarterón de manteca, ni se ha bajao á Mercadal más que por el efeuto de comprar dos libras de bacalao y siete maquileros de harina! Pos évate que voy á lo de que la vaca no está seca. Yo puedo hacer güeno con toa la cabaña, si quiere hablar, que el _bello_ de la vaca del señor alcalde mamaba toas las noches á la vaca de usté, y que de esto no tuvimos más auto que de la hora de la muerte, que en santa gloria nos coja, hasta la semana pasá. Yo, bien lo sabe Dios, me comí la feura al conocerlo; pero el hombre, es la verdá, no acanza los imposibles..., y si ha hubío falta, perdonar, que lo que es la voluntá no ha podío ser mejor; y cinco años que llevo en la cabaña cantan bien claro si sé cumplir con mi deber.

--Sastifecho--contestó el interpelante con la misma formalidad que Garabiel Pernías.

--Señor alcalde--gritó una mujer amortajada entre una saya de estameña negra que le cubría el busto, y otra de bayeta amarilla ceñida á la cintura,--yo quisiera que....

--Usté se calla la boca mientras que yo no la pregunte, porque aquí no tienen voz las mujeres.

--Es que, canijo, yo tamién soy hija de Dios; y si se me murió el marido no fué por culpa mía.

--¿Y qué se le ofrece á usté?

--Pus se me ofrece que cuando fué al puerto la mi novilla se me feura que tenía el pelo colorao, y ahora le trae que tira algo á burreño...; tamién era más juerte de voz....

--Vaya usté mucho con Dios, ¡trapacera!--la interrumpió el alcalde, echando chispas por los ojos.--¡Le paece á usté la sinfonía con que se nos viene?... ¡Taday, simplona!

--Yo pregunto lo que es de mi aquel, ¡ea!

--¡Taday, chapucera!

--¡Juera con ella, que se vaiga á cuidar la puchera!--añadieron por todas partes voces que nada tenían de suaves para la pobre mujer, que en vano gritaba para que se reconociese su supuesto derecho de hablar en aquel concejo.

Salióse, al cabo, del círculo, llorando de coraje, y continuóse todavía un buen rato interpelando al pastor y exponiéndole quejas, muchas de ellas tan impertinentes como las de la desairada mujer; pero como estaban _en su derecho_ los señores hombres al exponerlas, se atendían y ventilaban con el más acalorado empeño.

Agotado el capítulo de cargos, el alcalde preguntó al pastor si no tenía algo que manifestar al concejo respecto al puerto, á la cabaña, á los demás pastores, etc.

--Aticuenta que ná--respondió el interpelado.--Los pastos han sío güenos por la mayor parte: no muy alta la herba, pero finuca y nutría. Dos veces se presentó el lobo á la vera de la cabaña; pero los perros, que saben su obligación, no le dejaron ganas de ripitir: al segundo viaje le atenazaron el rabo, y por un tris no se queda _Navarro_ con él entre los dientes. El toro se escapó una tarde del _Sel_, porque le provocó el de la cabaña de Vioño; trabáronse de palabras, y el nuestro le arrimó una jaretá de media vara en el cuadril esquierdo, y le hizo golverse en un periquete á la su cabaña. Un pastor de Cóo nos apandó una cría de dos meses, la de la _Cordera_ de tío Celipe Cuartajo: vímosle, juímonos encima, negó, arriméle un garrotazo, cayó á tierra pidiendo miselicordia, y soltó el jato. No ha habío multa denguna ni por el aquel de dir ni por el aquel de venir, porque no se ha saltao una mala cerradura, ni tan siquiera se ha movío una res de la cabaña en too el camino. La vaca de tío Miguel Cerojo tuvo un lubieso en salva sea la parte, pero curó bien; y en la cabaña de Viérnoles, que estaba á la vera de la nuestra, hubo _solengua_ y fenecieron siete cabezas. Nel, mi compañero, pensó que se le había pegao el mal; pero too ello resultó ser una atracá de arenques con leche: rompió á las tres horas, y no tuvo otro aquel. Y con too y con esto no digo más, y acá estamos toos, gracias á Dios, güenos y gordos; perdonar las faltas, porque pecaores semos, y en la gloria nos veamos.

--Amén--contestó el concejo.

Acto continuo se procedió al remate del toro y de los perros; es decir, al de su manutención hasta el día de San Antonio del año siguiente. Adjudicáronse los animalitos á los vecinos que ofrecieron mantenerlos por menos dinero, y se disolvió la asamblea.

Una hora después cada vecino recogía en el prado las reses de su pertenencia, y se encaminaba con ellas á su casa, contemplándolas de paso con tanto deleite como (acépteseme la comparación que voy á hacer, en gracia de que es la pura verdad), como el que puede sentir un padre delante del hijo predilecto que vuelve de la Universidad á pasar con él las vacaciones.

1868.

«UN MARINO»

Marino, como ustedes saben muy bien, significa genéricamente, hombre que se dedica á la navegación, que profesa la náutica, empleado en la marina, etc., etc.

Pero «un marino» en Santander, hasta hace muy pocos años, hasta que llegó á la clásica tierra de los garbanzos ese airecillo que aclimató la _crinolina_ en Bezana y la cerveza en San Román, significaba otra cosa más concreta y determinada. «Un marino» significaba, precisamente, un joven de veinte á treinta años, con patillas á la catalana, tostado de rostro, cargado de espaldas, de andar tardo y oscilante, como buque entre dos mares, con chaquetón pardo abotonado, gorra azul con galón de oro y botón de ancla, corbata de seda negra al desgaire, botas _de agua_, mucha greña, y cada puño como una mandarria.

«Un marino» no era capitán, ni contramaestre, ni simplemente marinero; era, por precisión, _tercero_, ó _examinado de segundo_, ó, á lo sumo, piloto en efectividad.

Cuando estudiaba en el Instituto, no se había embarcado jamás, y, sin embargo, ya era tostado de color y cargado de hombros, y se balanceaba al andar...; en fin, ya olía á brea y alquitrán. Cualquiera diría que, como destinado á la mar, estaba construído de _macho_ de trinquete ó de piezas de cuaderna, y no de carne y hueso como nosotros.

Entonces se llamaba _náutico_, y se largaba cada _piña_ que derrengaba.

La clase de filosofía que contaba con un par de estos alumnos que _sacase la cara_ por ella, ya se creía capaz de hacer frente á la pandilla de _Cuco_, el del muelle de las Naos, ó al rebaño de mozos más aguerridos de Monte.

_Correrla_ entre nosotros, equivalía á pasar las horas de la cátedra jugando á paso en el _Prado de Viñas_, ó pescando _luciatos_ en el _Paredón_, ó acometiendo alguna empresa inocente en el _Alta_.

Correrla en compañía de un par de náuticos, era provocar á todo bicho viviente, hundir á _cales_ cuanto sombrero alto se viese sobre cabeza de aldeano, llegar á regiones inexploradas, tocar todo lo prohibido, buscar por entradas difíciles salidas imposibles, volver, en fin, á casa desgarrados y sucios, muertos de fatiga, cubiertos de cardenales y sangrando por las narices.

Pero por más que entre los filósofos y los náuticos hubiese algunas individualidades unidas por vínculo amistoso, colectivamente las clases eran incompatibles; se repelían entre sí, se separaban como el agua y el aceite. Por supuesto, que allí el aceite eran los náuticos; es decir, los que siempre quedaban encima.

Para ellos no había conserje, cargos ni títulos dignos de su consideración, y pasaban por en medio del mismísimo claustro de profesores, sin ocurrírseles llevar la mano á la visera por vía de saludo. Sólo temían y respetaban, y hasta querían, á su propio catedrático, el que ya no existe, don Fernando Montalvo.

Este inflexible, recto é ilustradísimo profesor, parecía nacido para domar aquella raza especial de estudiantes. Su vastísima instrucción, su carácter un tanto excéntrico, su proverbial voluntad de hierro, su continente severo é impasible, le investían en cátedra de cierta majestad _sui géneris_, contra la que rara vez osaba rebelarse el alumno más díscolo. Sobre su mesa y bajo su mano, el reglamento disciplinario del Instituto adquiría todo el color de las terribles _Ordenanzas de mar_. ¡Ay del que infringiera sus bases! Así se hacía respetar. Su mayor deleite era enseñar lo mucho que él sabía, estudiar para saber más, y dar un estrecho abrazo, á vuelta de viaje, á un discípulo suyo. Así se hacía querer.

Con este método, su pequeña república era una balsa de aceite; mas cuando, por una rara casualidad, dejaba de serlo, yo no sé á qué comparar el aspecto que tomaba la cátedra, sino al de una jaula de leones en el momento en que el terrible y severo domador esgrime entre ellos el sangriento látigo, y los humilla y arrincona amontonados y gruñendo. Temblaban los cristales, rompíanse los bancos, y el suelo se conmovía. No era de envidiar la situación del bedel á quien se encomendaba el peligroso encargo de encerrar en el _número once_ á los condenados á este castigo después de la refriega. Por eso, toda atención con ellos le parecía poca antes de dar vuelta á la llave que los aseguraba.

En cambio, se la echaba de autoridad inexorable con nosotros, que marchábamos al calabozo como borregos al corral. ¡Así son las cosas de este pícaro mundo!

Concluídos sus estudios preparatorios en el Instituto, y después de hacer su primer viaje en calidad de _agregado_, era cuando dejaba el náutico este nombre y tomaba el de _marino_, con todos los honores inherentes á la categoría.

Á su retorno era la envidia de los humanistas, no por lo que había navegado, ni por lo que había visto, ni por lo que le habían engordado los puños y crecido las barbas, ni por el ruido sordo que al andar producía con las botas de agua, sino porque traía la _picadura_ de la Habana á granel en los bolsillos del chaquetón, y para hacer un cigarro derramaba en el suelo tabaco para otros dos.

Recordarle en tales momentos antiguos títulos de amistad, era todo nuestro afán, y hallar su memoria accesible á los evocados recuerdos, el mejor negocio para nosotros, condenados á fumar anís á pasto, y, lo que aún era peor, los pitillos de cinco al cuarto que vendía _Godos_ en la subida de los Remedios; pitillos que transcendían á demonios desde media legua, y lo mismo tumbaban chicos que cañas un vendaval recio.

Tras el puñado de tabaco y la caricia subsiguiente, que era un _coquetazo_ que nos hacía ver las estrellas, venía la convidada en el café de _La Marina_, que ya no existe, ni tampoco la casa en que se hallaba en la calle del Arcillero.

El marino se atizaba, de dos sorbos, una copa de ron ó de Ginebra; nosotros libábamos otra de licor de _rosa_, mojando en ella, con mucho pulso, un canutillo de á dos cuartos.

Durante los tragos, los mordiscos al pastel y las chupadas á los cigarros, el convidante narraba sus primeras borrascas en la mar y sus aventuras en los puertos.

Por de contado que la noche antes del día en que se hizo á la vela para Santander, armó con otros camaradas de profesión la gran _culebra_, en la cual hubo todo aquello de echar los muebles á la calle, entrar la policía, apagar la luz, saltar por la ventana, cerrar la puerta por fuera, tirar la llave á la alcantarilla, etc., etc.

Y debía de ser verdad, porque las que armaba aquí se le parecían mucho.

Si al salir de casa encontraba usted un sereno con un ojo borrado, los cristales de un café hechos trizas, las puertas de una taberna fuera de quicio, cambiados los letreros de las tiendas de una calle, de modo que sobre una botica se leyese, por ejemplo: _Quincalla y clavazón_, y sobre una ferretería _Almacén de comestibles_; si con algo de esto, ó con todo ello junto, ó con mucho más, se encontraba usted, repito, al salir de su casa, y preguntaba por los autores de las fechorías,

--«Los marinos»--le respondían al punto.

Quiénes, de los conocidos en el pueblo, no había para qué inquirir. ¿Qué más daba? Todos eran lo mismo....

Por aquel entonces se habló mucho en Santander de la _Berrona_, que salía todas las noches, á las altas horas, no se sabía de dónde, y recorría varias calles determinadas. La Berrona era un animal, un fantasma ó un demonio muy grande, con dos ojos como dos hogueras, muchos pies y dos cuernos muy largos y muy derechos. Al andar hacía un ruido como de cadenas y cacerolas de latón que chocasen entre sí, y lanzaba _berridos_ tremebundos, muy roncos y muy lentos, como las notas del piporro en las procesiones de la catedral.

Las comadres, al sentirla de lejos, trancaban las puertas; los chicos soñaban con ella, y los mismos serenos, que han sido aquí siempre hombres muy templados, al atisbarla en lontananza, hacían como que no habían visto nada y se iban por otra calle opuesta.

Pues, señor, la cosa llegó á excitar vivamente la atención de la autoridad, y el miedo del barrio rayó en espanto; la Berrona seguía, sin embargo, haciendo todas las noches su horripilante procesión.--Que la van á coger, que ya se sabe de dónde sale, que es de carne, que es un espíritu, que muerde, que cocea, que busca chiquillos para sacarles el sebo, que los serenos, que la policía, que cazarla á tiros ... y nadie se atrevía á pedirle el pasaporte.

Al cabo, la delación de un pinche de billar _hizo luz_ en el horrible caos, y el misterio se aclaró. ¿Saben ustedes lo que era la Berrona? Una docena de marinos que salían de un café muy popular en Santander, por lo antiguo y por lo especial de su parroquia (el cual café no nombro porque aún se conserva tan boyante como entonces, aunque más _tabernizado_); una docena de marinos agrupados de cierta manera y tapados hasta la rodilla con el paño de cubrir la mesa de billar del susodicho café. Los ojos del fantasma eran dos linternas, los cuernos dos tacos, y la causa del ruido metálico, una batería completa de cocina, bien manejada debajo del paño. En cuanto á los berridos, un amigo mío, que por cierto no era marino, aunque formaba con ellos muchas veces, sabía darlos como el mejor piporro; los marinos de la Berrona no hacían más que acompañarle en el tono que podían.

Aunque el marino era con frecuencia perteneciente á las principales familias de la población, no había que buscarle en la Alameda, ni en el salón del Suizo, ni en los bailes de formalidad. Semejantes atmósferas le asfixiaban. Sus terrenos preferidos eran los cafés de segundo orden y todas las calles de la población, siendo de noche. Como extraordinarios, las romerías cercanas y los jaleos de las sociedades _Sin nombre, Unión soltera_ y otras _ejusdem farinoe_.

En los cafés jugaba al billar ó al dominó, aunque prefería el papel de espectador, con el santo fin de divertirse á costa de algún jugador distraído ó atrabiliario.

En las calles, ya conocemos el género de las diversiones á que se dedicaba.

En las romerías, indispensablemente había de pegarse de cachetes con los _zapateros_.--«Los zapateros» eran entonces otro gremio especialísimo que no comprendía, según la acepción popular del título, á todos cuantos machacaban suela y tiraban del cabo, así en un portal como detrás de una vidriera. El tipo del individuo de ese gremio era un joven de pelos y bigotes erizados, pálido de cutis, hundido de vientre, con las manos muy sucias, chaquetilla á media espalda, pantalón de campana, gorrita en la cabeza, sin chaleco y con la camisa muy sacada sobre la cintura. Los zapateros frecuentaban todos ó la mayor parte de los sitios de recreo de los marinos, por lo mismo que éstos, dondequiera que los hallaban, los abrasaban á epigramas y los acribillaban á burlas de todos géneros. De aquí la tirria que se profesaban y los bofetones que se sacudían.

En las sociedades á las que, como se ha dicho, concurría alguna vez el marino, no bailaba ni enamoraba. Lo mismo que en los demás teatros en que le hemos visto, en aquéllas su único afán era _armarla_ ... mejor cuanto más gorda. Si por epílogo había bofetadas, retemejor. Precisamente el esgrimir los puños era, como se habrá observado, su gran delicia.

De ordinario usaba un lenguaje especialísimo, un _caló_, digámoslo así, que en nada se parecía al de los demás marinos de la tierra, entre quienes es cosa corriente aplicar á todo el tecnicismo náutico. No llamaba á nadie ni á nada por su nombre verdadero, y los que usaba en sustitución, tomados del lenguaje popular de Santander, eran en alto grado expresivos y adecuados.

--Vengo de casa del señor de _Viruta_--decía, por ejemplo, muy serio.

Y usted, que no conocía á semejante persona, se devanaba los sesos inútilmente por averiguar quién era, hasta que el otro, extrañándose de tanta torpeza, le decía que el señor de Viruta era Fulano de Tal. Y entonces tenía usted que soltar la carcajada, porque Fulano de Tal era un carpintero, largo, seco y doblado, casi enroscado, como las cintas de madera ó virutas que sacaba con su garlopa.

Refiriendo una _rumantela_, y ponderando una bofetada que en ella había dado, decía, verbigracia:

--Vamos, que _le casqué la sopera_.

Lo cual significaba que había abierto la cabeza á su contrario.

--Saca esa _cerraja_--decía aludiendo al reló que uno llevaba en el bolsillo, para que se mirase en él la hora.

Si se quejaba de la _caldera_, debía entenderse que le dolía el estómago.

Para los vocablos _finos_ era aún más original. Los usaba de los más exquisitos, á juzgar por la eufonía, tanto, que para convencerse de que muchos de ellos eran rematados desatinos, había que analizarlos muy al por menor. No tenía acopio hecho de estos términos; pero sí una facilidad asombrosa, una especie de máquina para producirlos cuando los necesitaba. Ejemplo al canto.

Salía yo una noche del teatro; y, como rapaz que á la sazón era, caminaba más que de prisa, casi asustado de verme fuera de mi casa á horas tan avanzadas; como que quizás era aquélla la vez primera que yo las oía sonar hallándome al raso. Pisaba yo recio y menudito saboreando _in mente_ los episodios de la comedia que acababa de ver, cuando al entrar en la calle de la Blanca sacáronme de mis meditaciones fuertes y descompasados gritos que daban dos hombres riñendo en uno de los extremos de la calle. Paréme á escuchar, no sé si por miedo ó por prudencia, y al punto conocí la voz de uno de ellos, marino de profesión, aún no piloto, y que más de dos veces me había honrado en el Instituto con sus testimonios de cariño á su manera. Llegaba la refriega á su desenlance, cuando de ella me enteré yo. Y dijo la voz que me era desconocida, á vueltas de algunas interpelaciones cáusticas y violentas de ambas partes:

--¡Á mí no me venga usted con _cacofonías_!

Y respondió en el acto la voz que yo conocía, en un tono que tanto picaba en burlón como en iracundo:

--¡Ni usted á mí con términos _fisimánicos_!

En seguida se oyó, retumbando en la calle solitaria, el ruido de una sublime bofetada, y el de un hombre que cae al suelo, rompiendo, _al pasar_, con la cabeza, el tablero de una tienda, ó cosa así.

Conociendo, como yo conocía, al _uno_, no era muy aventurado creer que el derribado por la bofetada tenía que ser el _otro_, por recio que fuese. Sin embargo, para cerciorarme del todo, á pesar del miedo que tenía, acerquéme al lugar de la catástrofe, y encontré el cuadro como yo me lo imaginaba; sólo que entonces conocí también al caído, gran pedante y muy trapisondista.

Ahora bien: ni ustedes, ni yo, ni el que lo dijo, sabemos lo que significa la palabra _fisimánicos_. Pero á él le habían amenazado con _cacofonías_, y necesitaba responder con _algo_ que sonase aún mejor y largó _fisimánicos_, y por si aún era poco, la bofetada que, como él decía, nunca estaba de más.