Escenas Montañesas

Part 13

Chapter 13 4,110 words Public domain Markdown

»Se me dirá que de esto me tengo yo la culpa, pues he saltado portillos y corrido por los prados, y me he sentado en ellos.... Pero, señores míos, ¿es posible que á otra cosa se pueda venir al campo? Sin contar lo que he dado en limosnas, pues esto bien empleado está, llevo gastado un dineral en propinas y en pagar, triple de lo que valían, _regalos_ que estas gentes dieron en hacerme cuando corrió la voz de mi largueza. Total, incluso manutención, obra de la alcoba, etc., según el estado de mi bolsillo y cartera, cerca del doble de lo que, en igual tiempo, gasto en Madrid con carruaje y espectáculos.

»Veamos ahora mi expedición por la parte instructiva, por la del estudio, para el cual se receta siempre el campo. Perdidas mis ilusiones por la frívola poesía pastoril, solamente la idea de salir de aquí muy pronto era capaz de hacerme leer con paciencia mis libros instructivos. No comprendo que sin un confidente con quien consultar, ó con la idea de no volver á ver más el mundo, haya un hombre capaz de encerrarse entre los bosques á desentrañar los misterios de la ciencia, cuando la ignorancia completa de ella es lo primero que se necesita para vivir á gusto entre estas cerriles criaturas, ser tan rústico como ellas, y circunscribir á las suyas las propias ambiciones. Y no se me diga que ésta es cuestión de carácter, porque el mío es un modelo de docilidad y acomodamiento, soy un optimista extremoso, y así y todo me ha hastiado la naturaleza y me ha repugnado la humanidad inculta. Mi lectura, pues, con la esperanza de ver el mundo otra vez, no ha sido escasa, pero no provechosa: pues con incómoda habitación, malas digestiones y preocupado con las miserias de que he sido objeto, no he sacado tanto fruto aquí en dos meses como en un solo cuarto de hora en mi gabinete de estudio en Madrid.

»Por lo que hace á robustez, que es lo que en mí busca y dice que encuentra todos los días Silvestre desde que estoy en la aldea, si algo he aumentado en volumen, debe ser consecuencia de la corteza tostada que cubre mis manos y mi cara, y del no sé qué que se ha adherido á mis cabellos que, á pesar de mi esmero, se rebelan, y están cada día más rústicos y cerdosos.... Decididamente me vuelvo á la corte.... Pero ¿y el hastío que me echó de ella? ¿Será otra ilusión, como la del campo, la inclinación que hoy siento hacia Madrid? Antes de salir de aquí voy á probar el último recurso; voy á vivir á lo Robinsón. Dialogaré con la naturaleza y huiré de todo ser humano en lo que me sea posible.»

Aquí llegaba el de la corte con sus meditaciones sin notar que el sol había apagado su último reflejo, y que, por ende, la noche había dejado su habitación envuelta en la más impenetrable obscuridad, cuando un ruido estrepitoso, sobre el techo de la alcoba, le hizo dar un salto en la silla y buscar en seguida, á tientas y acelerado, la puerta, pensando que se hundía el tejado solariego.

--¡Silvestre! ¡Silvestre!--gritó al hallarse en la sala.

--¿Qué demonios te ocurre, hombre?--contestó á poco rato el mayorazgo, apareciendo en escena con el candil en la mano.

--¿Qué ruido es el que he sentido sobre mi cuarto?

--¿Á que te has asustado?... ¡Ja, ja, ja, jaaaa!

--¡Pues el lance es para reir!

--Y ya se ve que sí. Como que no es otra cosa que un garrote de panojas de la otra cosecha que estoy poniendo encima de tu cuarto.

--Á buena hora te has acordado de hacerlo.

--Como los criados han estado _cogiendo_ todo el día en la mies, no se ha podido hacer hasta ahora.

--Ya podías haber avisado antes, ó dejar la operación para mañana.

--En lo primero tienes razón, y dispénsame el olvido; en cuanto á lo segundo, como esta noche es la _deshoja_, no era cosa de que se mezclaran las dos cosechas.

--¿Qué es eso de la deshoja?

--¡Cómo! ¿No sabías que era esta noche? ¡Bruto de mí!... Vente conmigo.

Y así diciendo, cogió á su amigo por un brazo, y le arrastró, ó poco menos, hasta la cocina. En ella le enseñó al ama de llaves que estaba fregando una enorme caldera en la que iban á cocerse media fanega de castañas que estaban en un saco cerca del fogón.

--Todo esto es para la gente--dijo don Silvestre señalando las castañas y un enorme jarro de vino que estaba sobre el vasar.

--¿Para qué gente?--le replicó su amigo cada vez más sorprendido.

--Vente y lo verás--repuso el mayorazgo saliendo de la cocina y llevando por delante á su amigo.

Unos pasos antes de entrar en el _estragal_, ó sea el corredor que conduce á la _bodega_ desde el punto en que arranca la escalera del piso alto, una algarabía atronadora de carcajadas, cantares y chillidos llamó la atención del forastero; algarabía que cesó tan pronto como éste y don Silvestre llegaron á la puerta de la bodega. En ésta, iluminada por un roñoso farol colgado de un clavo en una pared, se veía una enorme pila de panojas recién traídas de la heredad, y á su alrededor, sentados en el suelo, un enjambre de mozas y mozos del lugar ocupados en deshojarlas, echándolas después una á una, pero con extraordinaria rapidez, en los _garrotes_, ó grandes cestos, que estaban colocados delante de los deshojadores, á razón de uno de los primeros por cada seis de los segundos. Estos garrotes suelen tener una medida dada, y por el número de garrotes, ó _coloños_, que van llenos al desván, calcula fácilmente el labrador el resultado de su cosecha.

La deshoja es una operación que toma la solemnidad que hemos visto en casa de don Silvestre, en las de cuantos labradores cogen maíz para todo el año, pues con el objeto de que el grano empiece pronto á ventilarse, procura el cosechero despojarle cuanto antes de la hoja que le envuelve y le perjudica mucho, después que se retira de la heredad; y como la operación es muy pesada para poca gente, es ya costumbre que se reuna toda la que quiera del pueblo, sin mas retribución que un _maquilero_ de castañas cocidas y un vaso de vino ó de aguardiente, y á veces una sola de las dos cosas, para deshojar una cosecha en una noche, ó en dos á lo sumo.

El silencio impuesto por la llegada de don Silvestre y su amigo, volvió á alterarse en breve, en cuanto el último, siempre propenso á gozar con tales cuadros, se mostró muy satisfecho en medio de la concurrencia, y le dirigió algunas palabras en son de broma. Fraccionóse, pues, el círculo en secciones; y en una se contaba el cuento de _Juan del Oso_, en la otra se criticaba, en ésta se cantaba y en aquélla se hablaba de la cosecha, sin que faltasen manotazos ó coscorrones por aquí y por allá, pues aquellos mozos también eran de carne y hueso, y no siempre, buscando una panoja oculta entre las hojas apiladas, topaban con ella al momento y sin tropezar antes con tal cual pantorrilla extraviada, cuya dueña, aunque con la risa en los labios, protestaba con el puño cerrado contra la equivocación.

Hacía un rato que la deshoja estaba en plena efervescencia, cuando una voz gritó: «¡la _mona!_»; y esto bastó para que las mujeres se alborotaran y chillasen, y para que los hombres se pusieran en actitud de defensa.

El forastero, pensando que se trataba del cuadrumano de aquel nombre, miraba á todas partes con ávida curiosidad, en tanto reía á sus anchas el bonachón de don Silvestre, quien al cabo explicó á su amigo lo que aquella voz significaba.--Llámase _mona_ á una gran bolsa ó protuberancia que sale á algunos maíces en el tallo, y que después de seca se convierte en un depósito de polvo negro y pegajoso; bolsa que suelen guardar cuidadosamente los aldeanos al coger el maíz, para untar con ella en la deshoja la cara del más cercano, cuando más descuidado esté.

Prodújose la alarma de costumbre; pero la mona no pareció por ninguna parte. Un mocetón colorado y mofletudo, que no pudo ver con calma á un rústico Tenorio (pues también los hay en el campo) charlando más de lo regular con una moza á quien él galanteaba, era el que había gritado con la intención de interrumpir el amoroso coloquio, ya que no había podido conseguirlo de otra manera, por hallarse colocado muy lejos de la amartelada pareja.

--¡Diez y _tarja_!--cantó la voz de un hombre que, llegando á la puerta de la bodega, cruzó con una raya de yeso otras nueve paralelas, hechas una á una á cada coloño que se subía al desván.

Chocó al forastero que el décimo, en lugar de seguir el camino de los anteriores, cayese en un rincón de la bodega, que se había aseado antes con el mayor esmero; y preguntado á don Silvestre, supo que aquel garrote de panojas, tal vez el más repleto de todos y el de las más gordas, era el primero del _diezmo_ que pagaba á la Iglesia de Dios. Por aquel tiempo andaba aún la cosa pública ... á la moda de entonces, y de nada se extraño el forastero, sino del cuidado y escrupulosidad con que don Silvestre cumplía el mandato número cinco de los de la Iglesia. Y aún hacía más el mayorazgo: junto á la pila de panojas formada con los coloños del diezmo, había otras varias más pequeñas, hechas á costa de las nueve partes que á el le quedaban libres; porque de cada coloño que subía al desván, dejaba tres panojas para las ánimas del purgatorio; dos para alumbrar á San Antonio, patrono del ganado; seis para San Roque, abogado de la peste; seis para San Pedro, patrono del lugar, y otras seis para los pobres del vecindario que careciesen de semilla en la época de siembra. ¡Y todavía don Silvestre daba gracias á Dios por lo mucho que le quedaba!--«¡Desgañitaos, hombres de la ciencia, para _ilustrar_ á la humanidad; afanaos en _perfeccionarla_ para hacerla más feliz á costa de lágrimas y sudores; pero estudiad á este hombre, y tomad en cuenta la tranquilidad de su espíritu!»

Así exclamaba, para sus adentros, el forastero al contemplar la fe y el placer con que su amigo cumplía los preceptos que se le imponían, y las muestras de la caridad que guardaba siempre en su sencillo corazón.

Ya comenzaba á gozar un poco el de Madrid entre los episodios de la deshoja, y una prueba de ello es que permaneció observándolo todo, sentado sobre un arcón viejo, hasta que muy avanzada la noche se presentaron los criados de don Silvestre á la puerta de la bodega, llevando con mucho pulso, entre los dos, una caldera llena de castañas, é inmediatamente detrás el ama de llaves con el jarro del vino, un vaso para escanciarle y otro jarro más pequeño para repartir las castañas. Á la vista de todos estos objetos la deshoja se alborotó, y á merced de la efervescencia pudo un colindante untar á su placer con una mona la cara del celoso y rechoncho mocetón que había gritado antes, de mentirillas. El sorprendido y cerril amante, que entre las carcajadas de la gente no veía más que con sus celos y al través del ignominioso tinte de su cara, en lugar de echar al garrote la panoja que tenía entre las manos, la arrojó furioso hacia su rival; pero éste tenía la cabeza más dura que la panoja, y habiéndola recibido cerca del occipital, resbalando sobre él el proyectil fué á parar á las narices del forastero, que estaba sentado, un poco más atrás y en la misma dirección. Y gracias á la penosa sensación que en todos produjo la carambola, no hubo un lance entre los dos jabalíes rivales, que se quedaron pasmados al ver sangrar por las narices al buen señor, y al oirle decir, mientras salía de la bodega acompañado de don Silvestre y de su ama, que bufaban de rabia:

--Esto debí yo haberlo previsto; pues á quien entre bestias anda, tales caricias le esperan.

XII

Curado en pocos días de las consecuencias del panojazo, juró solemnemente huir de todo contacto con tales gentes; y al efecto se proveyó de caña y escopeta, para explotar, en los ramos de pesca y caza, aquellas regiones donde tantos disgustos iba pasando mientras buscaba la realidad de sus mejores ilusiones. Pero siendo tan infecundos en pesca el río y los regatos del país como en ninfas y Salicios y Nemorosos sus campiñas, abandonó la caña á los pocos días de dedicarse á ella, pues no compensaban dos anguilas y tres docenas de pececillos que pescó durante la temporada, todos los constipados y mojaduras que cogió sentado á la orilla del río, unas veces al sol y otras al agua.

Abandonada la caña, se dedicó á la escopeta; y ya que la caza no fuera muy abundante, por lo menos el ejercicio corporal que hacía corriendo tras de las _miruellas_, le proporcionaba buen sueño y más que regular apetito.

En esto había pasado un mes desde el panojazo. La naturaleza, lánguida y enclenque entonces, iba quedándose, como si dijáramos, en cueros vivos; las brisas eran más frescas, y en lugar del sonido armónico y majestuoso que formaban perdidas entre el follaje de junio, gemían lastimeras al chocar contra los escuetos miembros de los árboles; lloraban fatídicas, como si fueran la voz de la naturaleza que lamentara la pérdida de sus risueñas galas. El suelo se humedecía cada vez más, porque el sol no tenía fuerza bastante para enjugarle después de los chubascos, cada día más fuertes y más frecuentes; las noches eran eternas, y sólo un sueño como los que últimamente dormía el de Madrid, era capaz de hacérselas pasar medio á gusto entre los silbidos del vendaval que penetraba fino y cortante por cada rendija de las innumerables que tenían las puertas exteriores del solariego palomar; las _lumbradas_ que hacía el ama en la cocina solamente las soportaban ella y don Silvestre, acostumbrados á su calor desde la infancia: el forastero se abrasaba acercándose al fuego, y retirándose de él se le helaban las espaldas con el _gris_ que corría en aquel inmenso páramo.

En cuanto á la poesía del chisporroteo de los tizones y del hervir de los pucheros, así la encontró como lo que había buscado entre los jarales. Roncaba el ama de llaves, roncaba don Silvestre, roncaban los criados y el gato y el perro; silbaba el viento, bramaba la cellisca contra las inseguras ventanas, y más que visión placentera, parecía aquel cuadro escena de conjuro, ó ensueño de calenturiento.

¡Entonces sí que pensó en su gabinete de Madrid y en los salones del _mundo_ y en el teatro de la ópera!...

--¡Qué será un invierno pasado así, Dios mío!--se decía una noche mientras se acostaba en busca del sueño, único amparo que hallaba en medio del aburrimiento que empezaba á perseguirle.

XIII

Fatigado de saltar setos y regatos y de trepar por cerros y colinas, tornaba hacia su casa una mañana el huésped de don Silvestre, con la escopeta al hombro y sin haber podido matar más que dos gorriones y una calandria.

Ya columbraba la ventana de la cocina solariega y hasta llegaban á sus narices los aromas de los guisotes del ama de gobierno, cuando distinguió una miruella sobre la rama más alta de una higuera.

Agazapóse el cazador todo lo que pudo; deslizóse de mato en mato y de bardal en bardal, como una culebra, para no ser visto ni sentido del animalito, cuya vigilancia es proverbial en el país; apuntóle con la escopeta cuando le tuvo á tiro y á su gusto, y....

Pero expliquemos la situación del cazador, por si los permenores del suceso nos fueren más tarde de alguna utilidad.

Apuntando el madrileño á la miruella, tenía á cuatro pasos, á la espalda, un huerto contiguo á una pequeña casa, y cerrado en todo su perímetro por una pared _seca_, es decir, una pared transparente, de piedras sobrepuestas medio á la casualidad, paredes que suelen durar eternidades, porque la consistencia que les falta de nuevas se la da bien pronto la hiedra que junto á ellas nace, y penetra, entretejiéndose, por todos los intersticios. La pared del huerto que tenía á su espalda el cazador comenzaba ya á consolidarse: sólo un tramo de dos varas estaba sin revestirse de las verdes ligaduras, y sostenido por un prodigio de equilibrio.

Por lo que hace á la casa, estaba cerrada herméticamente; y en toda la extensión que alcanzaba la vista no se distinguían más seres vivientes que el cazador, la miruella y un hombre que cerca de la casa esparcía _toperas_ en un prado, y acechaba de cuando en cuando las operaciones del topo, á cuya caza andaba. Este hombre, á quien el de Madrid no veía, era el tío Merlín.

Hecha, pues, la puntería á placer del cazador (como que apoyaba la extremidad del cañón de la escopeta en una rama), disparó sobre el pajarraco, y éste cayó, como una masa inerte, rebotando de quima en quima. Pero al pie del árbol había un bardal bastante espeso, y en este bardal cayó la miruella.--Cerca de un cuarto de hora invirtió en buscarla el pacientísimo cazador, que al fin la encontró; pero no sin desgarrarse las manos con las punzantes zarzas.

Con su presa en el morral, salió otra vez al camino que antes llevaba; y echándose la escopeta al hombro, marchó á largos pasos hacia su casa, pues ya había oído tocar á mediodía y no le gustaba hacer esperar á don Silvestre que de fijo, estaría arrimando las sillas á la mesa.

Cerca ya de la portalada del mayorazgo, oyó un estrepitoso ruido. Volvióse hacia el sitio de donde éste partía, y vió que se había caído la parte flaca de la pared del huerto antes citado.

Como el suceso tenía muy poco de particular, no le llamó la atención: lo extraño para él era que semejantes muros resistieran un día en posición vertical.

En esta inteligencia, siguió su camino y llegó á casa del mayorazgo, á quien encontró esperándole para comer.

En los postres estaban, cuando un criado apareció en escena, anunciando á un hombre que deseaba hablar con «el señor».

--Que pase adelante--dijo éste, siempre dispuesto á complacer á todo el mundo.

Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando vueltas en las manos á un mugriento sombrero que solamente cesaba de girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre los ojos.

--Tengan ustedes buenas tardes.

--Muy buenas las tenga usted; y díganos en qué puedo serle útil.

El recién venido titubeaba.

Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo, manosear el sombrero y luchar con sus greñas, comenzó así el aldeano:

--Pues, señor, yo soy, pa lo que usté mande, Cleto Rejones, y vivo aquí, á la esquierda, cancia la juenti, como el que tira á la mies del Jalecho, en una casa sola que usté habrá visto al ir á cazar esta mañana..., que tiene un _higar_ delante....

--La del suceso que me has contado--añadió don Silvestre, dirigiéndose á su amigo.

--Adelante--contestó éste, más interesado ya en saber el objeto de la visita.

--Pues, señor, resulta _de_ que yo, á la vera de la casa, tengo un güerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avío de la casa...; como que el viudo del Cueto me daba por él un prao de cinco carros y un rodal viejo, y no se le quise cambiar.... ¡Que me muera de repente si es mentira!

--Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios--repuso, riéndose, el de Madrid.--Pero vamos á ver lo que usted desea.

--Á eso voy de contao.... Resulta de que yo, como decía, tengo un güerto de carro y medio de tierra á la vera de la casa, y de que ese güerto tiene una paré que le cierra sobre sí. Resulta de que esta paré se vino á tierra está mañana, por la parte de la calleja.

--Dé lo que doy fe porque lo vi.... Adelante....

--Resulta de que, al caer la paré, quedó un juriaco abierto.

--Claro está.

--Y por ese juriaco entraron después, con perdón de usté, _dos de la vista baja_[7].

--Adelante.

--Y estos dos de la vista baja, con perdón de usté, me jocaron el güerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me desbarataron dos semilleros de cebollas....

--Hombre, ¡qué lástima!--exclamó, verdaderamente condolido, el noble forastero.

--Como usté lo oye, señor: crea usté que para mí ha sido hoy un día desgraciao.

Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba más y más los giros de su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su áspera cabellera.

El huésped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano se reducían á pedirle alguna cantidad para reparar la avería, dispúsose desde luego á dársela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su _delicadeza_.

--Y ¿qué es lo que usted pretende de mí?--repuso con intención.

--Señor--contestó el aldeano,--yo quisiera que se nombrase una presona que fuera á reconocer el daño, y que le tasara.

--No esta mal pensado.... Pero ¿contra quién va usted á reclamar?

--De modo y manera es que ... la paré bien tiesa se estaba....

--Sí..., hasta que se cayó.

--De modo es que, si no la hubieran _aboticao_...[8].

--Luego, ¿se sabe quién la tiró?...

--Paece ser que hubo testigos....

--Pero, en fin, ¿qué es lo que yo puedo hacer en esta cuestión?

--Pos ná, si le paece....

--¡Explíquese usted de una vez, santo varón!

El aldeano bajó la cabeza, volvió á cambiar de postura, y sin cesar de mirar al sombrero, continuó, al cabo de un rato y tartamudeando:

--Yo, señor, pa decirlo de una vez ... porque ello es justo, ¡canario!, justo como la ley de Dios, vengo á que usté me pague, ó á que nombre por su cuenta el tasador.

El forastero dió un salto en la silla.

--¡Que le pague yo á usted!... ¿Pues acaso tengo yo la culpa del suceso?

--Ahí esta la _jaba_.... Yo no digo que usté lo hiciera de mal aquel, pero la paré estaba flojilla, y con una perdigoná sobraba pa echarla abajo.

--¿Pero usted habla de veras?... ¿Usted es capaz de sostener que yo derribé la pared?

--Yo no lo vi, no, señor; pero una presona que estaba cerca cuando usté mató la miruella me lo ha asegurao....

--¡Esto es inaudito, Silvestre, y voy á hacer un escarmiento con esta canalla!... Figúrate que al matar el pájaro estaba yo de espaldas á la pared....

--Pero á eso--interrumpió el aldeano,--dice la presona que con el _rustrió_ de la escopeta....

--Qué rustrió ni qué.... ¡Imbéciles!... Y aunque tamaño absurdo fuera atendible, ¿de qué serviría cuando la pared cayó un cuarto de hora después que sonó el tiró?...

--¿Pero tu haces caso de esas socaliñas?--dijo don Silvestre, hasta entonces mudo espectador.--Á esta gente es preciso conocerla. ¿Á que anda el tío Merlín en el ajo?

--Justamente--contestó el pobre hombre.

--Me lo temí; ¡es el enredador de más malas entrañas!... Quítate de delante, canalla, ó te arrimo un botellazo que te rompa las muelas. ¿Cómo te atreves á acercarte á una persona decente con esas tretas de tan mala ley?...

--Yo no tengo la culpa--contestó tímidamente el aldeano, haciendo un cuarto de conversión hacia la puerta....--Yo soy un probe ... ¡muy probe!, señor don Silvestre; tengo un güerto que me da para ayudar la vida, cáese la paré, entran por ella los animales, destrózanme la probeza que había en él, dícenme: «Fulano tiene la culpa»; y ... ¡qué menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!... Pero--añadió, enternecido, dirigiéndose á la puerta,--dicen ustedes que me he equivocao, y yo lo creo.... Perdonar la falta..., y queden ustedes con Dios....

--Tiene razón el buen hombre--exclamó á poco rato el bonachón madrileño.--El infeliz no tendrá, tal vez, comida para mañana; y de él no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito.... Llámale, Silvestre, que voy á gratificarle....

--No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que tú ... y no son tan suaves como aparentan.

De todas maneras, el aldeano había desaparecido, y los buenos deseos del madrileño quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de su amigo una moneda de oro para entregársela al pobre labrador lo más pronto posible.

Cuando al día siguiente se despertó el madrileño, su primer recuerdo fué para el aldeano; y, en su consecuencia, la primera pregunta á su amigo, en estos términos:

--¿Le entregaron el dinero?

--No--contestó el mayorazgo.

--Caramba, lo siento mucho....

--Bah..., no te apures ... y, por de pronto, lee este papelito que me ha entregado para ti el alguacil del concejo.

Tomó el huésped, lleno de sorpresa, el papel, y leyó en voz alta lo siguiente:

«Alcaldía constitucional de....