Escenas Montañesas

Part 12

Chapter 12 3,960 words Public domain Markdown

ó con alguno de los modernos otra frase equivalente en menos rancio castellano, cuando llegaba el impertinente tábano, que le hacía girar como las aspas de un molino para defenderse de sus iras, ó cantaba á su lado la chicharra, ó se punzaba las asentaderas con alguna zarza traidora, ó caía una lagartija sobre la más sentimental y pastoril de las estrofas de su libro. Con cualquiera de estos contratiempos concluía el apasionado madrileño por sacudirse la ropa y marcharse punzado, aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque más cómodo.

--¡Oh magnificencia!--exclamaba una vez contemplando un nuevo sitio;--¡esto excede á la más sublime creación del más sublime de todos los poetas; á la región del más tierno pastor de cuantos ha creado la poesía!

«Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas, verde prado de fresca sombra lleno, aves que aquí sembráis vuestras querellas, hiedra que por los árboles caminas torciendo el paso por su verde seno....»

todo esto, y mucho más, veo yo, oigo y toco. ¡Y por qué el sensible _Nemoroso_ no ha de ser posible en estos valles? ¿Qué distancia hay de ellos á las imaginaciones de Garcilaso? ¡Oh divina poesía!: te veo y te palpo.... Pues señor, aquí, tras este tupido zarzal, cabe el arroyuelo que murmura á mis pies, sobre la florida y olorosa pradera, á la sombra de estos seculares castaños, voy á entregarme á mis gratos ocios. ¡Y dirán las almas de prosa que la poesía es una quimera!

Y al contemplar aquella lozana vegetación, tan caprichosamente distribuída como no pudiera imaginárselo el más diestro jardinero, exclamó, hasta con fe en las palabras del poeta:

«Oh driades de amor hermoso nido, dulces y graciosísimas doncellas, que á la tarde salís de lo escondido, con los cabellos rubios, que las bellas espaldas dejan de oro cobijadas....»

esperando, tal vez, que abriéndose las zarzas dejaran libre paso á la misma Galatea. Así es que al oir agitarse la enramada inmediata, no se sobrecogió lo más mínimo, en espera, como estaba, de algún prodigio. Pero cuando en lugar de los cabellos de la Ninfa, vió, atropellando las enmarañadas árgomas, madreselva, espinas, zarzas, juncias y ortigas, las afiladas astas de un novillo de cuatro años, descendiendo de la sublime región adonde se había elevado con sus pensamientos, á la clásica morada de los revolcones y de los ojales en la piel, despojóse hasta de sus libros para mayor desembarazo, y no paró de correr hasta la portalada de los Seturas.

IX

Éste y otros percances análogos y un tabardillo que le produjo al fin tanta y tanta insolación como tomaba, buscando por el campo la sombra de la poesía, le obligaron á desistir de sus excursiones ordinarias, conformándose después con la sombra del nogal solariego para los pocos ratos que consagraba á la lectura desde el último desencanto. Y como no tenía una sola persona á quien hacer confidente de sus impresiones, pues don Silvestre, nacido entre los prodigios de aquella naturaleza, de nada se pasmaba, como que nada hallaba que le chocase, y fuera de la naturaleza rústica y virgen, no conocía á fondo más que sus recientes desengaños, le pareció muy fastidiosa la contemplación de los fenómenos naturales durante las primeras horas de la noche, desde la solana del mayorazgo; halló también insoportable la noche misma hasta la hora en que se acostaba; y como el sueño era acaso el mayor placer que experimentaba ya en el campo, incomodábale de veras el tener que despertarse á las cinco de la mañana entre la gritería del ama de llaves, los silbidos de los criados y el cencerreo del ganado, después de haber dormido mal toda la noche, desvelado á cada instante por los ladridos del mastín, cuya vigilancia llegaba á ser impertinente, á fuerza de ser escrupulosa.

Agréguese á esto que la prodigalidad del _señor de_ don Silvestre, como llamaban en el pueblo al de la corte, había corrido de cocina en cocina por todo el vecindario, y que, por lo mismo, no hubo en él una sola persona que no se creyese con derecho á pedirle dinero, pretextando necesidades, unas veces ciertas y justificadas, otras fingidas é indignas de la largueza y caridad del forastero; de suerte, que ni siquiera le quedó el placer que experimentaba aliviando la desgracia, pues temía equivocarla con las consecuencias de la haraganería, y contribuir al fomento de más de un vicio, procurando socorrer la verdadera miseria.

Una de las impresiones más agradables que recibió en la aldea, fué al ir por primera vez á oir la misa de la parroquia. Bajo la tejavana, ó _portal_, que se extendía á todo lo largo de dos fachadas de la iglesia, como en todas las de las aldeas de la Montaña, estaban reunidos y en espera del toque de campanilla que les avisara la salida del sacerdote al altar, todos los viejos, jóvenes y niños del lugar que no tenían un impedimento justificado que los eximiera de aquella obligación de conciencia. Todos con el mejor vestido, y formando corrillos en los que se departía á gritos, como es costumbre entre la gente de campo, no porque el furor sustente los debates, sino por hábito adquirido viviendo casi siempre fuera de techado; todos, repito, se entregaban á aquel primer momento de ocio, después de una semana de rudas fatigas, con las más expresivas señales de satisfacción, buscándola especialmente en comunicarse unos á otros las observaciones, planes y labores que cada cual había hecho desde el domingo anterior. Cuando el de Madrid, al lado de don Silvestre, se acercó al portal de la iglesia, el rumor que veinte pasos antes llegara bien claro á sus oídos, cesó de repente; levantáronse los hombres que estaban sentados, suspendieron los muchachos sus juegos y carreras, y descubriéndose todos respetuosamente, abrieron calle al madrileño y á su amigo hasta donde el primero juzgó oportuno detenerse. Esta muestra de deferencia y de respeto afectó al huésped del mayorazgo, acostumbrado al frío y egoísta contacto del pueblo de las grandes ciudades; y en prueba de su reconocimiento, trató de mostrarse afable y cariñoso, más aún de lo que era de ordinario, con el dueño del rostro más cercano, entre los varios que le contemplaban inmóviles desde su llegada.

Á las primeras palabras dirigidas afectuosamente al aldeano, los que detrás de él formaban silenciosos, adelantaron un paso, y á la cuarta pregunta del de la corte, un círculo compacto de curiosos le envolvía, disputándose todos la ocasión de oir la voz del señor forastero, y de seguir de cerca con la vista el movimiento de sus brazos y la dirección de su mirada. Esto duró hasta que se oyó el repiqueteo de la campanilla; porque entonces, los chicuelos rompieron la humana valla que á duras penas habían atravesado para ver al caballero más de cerca, los viejos apagaron sus pipas, los jóvenes restregaron el fuego de sus cigarros contra el poste más inmediato y se guardaron las puntas en el bolsillo del chaleco, los que tenían la chaqueta tirada sobre los hombros, se la vistieron, y todos corrieron al templo atropelladamente para llegar á él antes que el párroco pisara las gradas del altar.

--¡Qué feliz he sido hoy en medio de esos honrados aldeanos!--decía á don Silvestre su amigo durante la comida.--¡Cuánta poesía en aquel cuadro que me rodeaba! Porque su expresión no era la que dan la bajeza ni la ignorancia, sino la mansedumbre del justo, ó el rubor de la inocencia.

Don Silvestre hubiera hecho algunas enmiendas al panegírico de su amigo; pero tan habituado le tenía éste á semejante lenguaje, que ya no se cansaba en contestarle siempre que con él le hablaba.

X

Las escenas del portal de la iglesia se repetían cada día festivo, no solamente en este sitio, sino en el _corro_, á donde iba el madrileño á ver bailar y jugar á los bolos. Pero llegó á notar este fanático personaje que el círculo de curiosos que siempre le envolvía era cada vez más estrecho; que entre los espectadores, antes mudos como estatuas, había muchos que se permitían sus _apartes_ intencionados y con presunciones de graciosos; que los que este título llevaban entre los convecinos, á trueque de conquistarse sus carcajadas, faltaban _aliquando_ al de Madrid, siempre digno y prudente, con una grosera impertinencia; que los chicuelos, que antes le contemplaban con la boca abierta y las manos en los bolsillos del pantalón, se le acercaban hasta tocarle con un dedo la cadena del reló, mientras á la descuidada tentaban con la otra mano el paño de su levita, cuya finura les admiraba; y, por último, que las mozas del lugar, á quienes dirigía delicadas galanterías y que al principio no se atrevían á mirarle á la cara, le volvían ya cada fresca que le dejaba helado. De modo que, después de la metamorfosis de Galatea en novillo _uncidero_, dándose á reflexionar durante la convalecencia del tabardillo sobre el carácter de la gente del campo donde habitaba, á despecho de sus ilusiones se concedió á sí mismo que pedir prudencia, saber, dulzura y poesía á unos seres cuya sociedad constante son las bestias, cuya educación son las rudas tareas del campo, y cuyas aspiraciones están limitadas á salir del año sin morirse de hambre, es una exigencia que toca en lo ridículo. ¡Harto harán, los pobres, sabiendo saludar en turbio castellano! Demasiado es en ellos esa suspicacia extremosa que forma su carácter, primer testimonio de que no carecen de criterio. ¡Ojalá supieran educarle, y entonces no emplearían aquélla en dudar de todo el mundo, ni se acarrearían esas guerras intestinas que los lleva á cada instante á disputar sus derechos ante los tribunales de justicia, consumiendo en empresas tales el fruto de sus faenas, mientras sus hijos se arrastran desnudos, pidiéndoles un pedazo de pan que no siempre reciben!

Merece consignarse otro de los incidentes que más contribuyeron al desencanto de nuestro personaje.

Departiendo una mañana en el portal de la iglesia con el alcalde del pueblo, brindóse de muy buena gana á traer de su cuenta, un reló de torre para la iglesia del pueblo, como un regalo que dedicaba á los honrados vecinos entre quienes tan buenos ratos había pasado. El alcalde, al oir la palabra _regalo_, abrió unos ojos de á tercia, y dióse á reir de pura satisfacción; pero cuando se puso á reflexionar sobre el motivo de tanto desprendimiento, tornóse serio, y dijo al personaje, con la mejor cara que pudo, que al día siguiente le daría la contestación. Éste, que atribuía á modestia ó á cortedad semejante respuesta, no volvió á pensar más en ella, y en cuanto se separó del alcalde, no dudando que su proposición sería bien acogida, se puso á discurrir sobre el modo de que el reló llegase al pueblo lo más pronto posible. Entre tanto el alcalde, apenas pronunció el cura el «_Ite missa est_», se acercó al campanero y le dijo con ansiedad:--Toca á concejo.

Como el edificio en que las sesiones se celebraban, ó sea la casa consistorial, estaba á dos pasos de la iglesia, á medida que ésta se desocupaba iba llenándose la otra, deseosos los vecinos de saber de que se trataba, pues ni había carreteras que componer, ni arbitrios que rematar, ni repartos que hacer sobre el territorial, ni sorteo de mozos para el ejército, ni siquiera ajustes de _puertos_ y pastores.

--Señores--dijo el alcalde, tan pronto como el alguacil pasó lista á los asistentes y vió que, legalmente, se podía celebrar sesión;--se trata de que el señor forastero quiere regalar un reló de campana para la torre de la iglesia del pueblo.

--Pues Dios se lo pague--contestaron á coro la mayor parte de los concurrentes.

--Á mí me parece _que no habrá compromiso_ en que le cojamos por la palabra--añadió el alcalde, dejando entrever ya el fondo receloso que, como opinaba muy bien el personaje, forma el carácter de los aldeanos montañeses.

No necesitaba tanto el vecindario para calcular los inconvenientes que, en su concepto, podría traer al pueblo la aceptación del regalo; así es que al oir la palabra «compromiso» en boca del alcalde, cada vecino se volvió hacia su colateral, con una expresión en la cara que, aun cuando de pronto parecía de estupidez, leyéndola bien se podía traducir en estas palabras:--«¿Que te parece de esto?; ¿nos cogerá de primos?»

Pero tan franco, tan claro era el ofrecimiento, que ni aun con la mala fe de que ellos eran capaces encontraron en el primer cuarto de hora una sola objeción que hacer al generoso forastero. No obstante, lejos de decir explícitamente «aceptamos», todos, y el primero el alcalde, dirigieron sus miradas inquietas á un rincón de la sala donde estaba sentado un viejo con calzón corto remendado, montera bajo la cual asomaban, entrecanos y nada limpios, dos mechones de pelos, uno sobre cada sien y de un palmo de largos, según la antigua moda, chaqueta al hombro y un garrote chamuscado con el que hacía garabatos sobre el polvo del suelo fingiéndose distraído.

El tío Merlín, que así llamaban al viejo de las sucias greñas, era la notabilidad del pueblo, donde se le había dado el nombre que llevaba por la reputación de _listo_ que le acompañaba desde sus contemporáneos, que, al emigrar de este mundo, se le recomendaron á la generación heredera como un dije inestimable, como una providencia. El tío Merlín reunía á la condición de listo la fama de _celebre_, nombre que entre los aldeanos equivale á decidor, oportuno, chistoso; circunstancia que, por sí sola, dice bastante para que todos los lectores comprendan el dominio que el tío Merlín ejercería sobre sus convecinos. Porque en aquel lugar, lo mismo que en el mundo de la cultura, un hombre á quien los demás escuchan con la sonrisa en los labios y dan el apellido de _gracioso_, tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa sin ofender á nadie, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero donde y cuando le acomode, sin que á nadie se le ocurra darse por ofendido. ¿Y cuál no será la influencia de un hombre de éstos entre los que le rodean, cuando sobre su carácter de gracioso lleva la fama de _sabio_, como el tío Merlín? Por eso á este personaje se le encontraba presidiendo todos los acontecimientos del lugar. Bodas, bautizos, entierros, juntas, tertulias..., en cualquier acto de éstos y otros muchos, lo primero que la pública curiosidad buscaba anhelante era la presencia del tío Merlín; porque aquí para provocar la risa, allá para dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los demás, su presencia era tan indispensable, que sin ella no se encontraba alegría, ni lágrimas, ni consuelo, ni parecer.

Y es de notar que el tío Merlín jamás era explícito en sus dictámenes, y que sus admiradores, al repetir á otros las ocurrencias del célebre viejo, apenas hallaban por donde cogerlas; y es claro: el tío Merlín, como casi todos los decidores del mundo, tenía todo su chiste en aquello que callaba, y lo que callaba era lo más importante. Así es que la reticencia era su fuerte, y con un interrogante, unos puntos suspensivos y un gesto de «¡qué pillo soy!» resolvía todas las cuestiones, arrancaba á su placer las carcajadas al auditorio y enredaba á sus convecinos cada día en un berenjenal de pleitos y rencillas, extraviándoles más y más la justicia con lo vago de sus maliciosos pareceres. Pero su fama era bastante más vieja que todos sus convecinos entre quienes el buen criterio no pudo nunca aclimatarse, y el tío Merlín era siempre listo y _celebre_..., y por eso en el concejo se buscaba su opinión al tratarse de aceptaré ó no la oferta del rumboso madrileño.

--¿Qué dice de esto el tío Merlín?--preguntó el alcalde después que, como todo el concejo, le hubo mirado por algún tiempo en silencio, estudiando hasta el rumbo más vago de su garrote.

El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, miró de reojo á todos los circunstantes; fijóse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa enseñaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la respuesta del viejo, y después de arreglar la chaqueta sobre los hombros, contestó muy pausadamente:

--¿Conque ... qué digo yo de esto, eh?... Pues digo que.... ¡Jummma!...

Esta carraspera arrancó al concejo una carcajada que duró medio cuarto de hora.

--Vamos al decir, tío Merlín, _de_ que usté cree....

--Que la cosa no trae malicia, señor alcalde ... ¡jui! que las pillo yo al vuelo....

--Pero, señor, fegúrese usté que el hombre me llama y me ice «doy el reló pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar á los carpinteros y albañiles que han de juriacar la paré, porque la cosa estará aquí en toa la semana que viene.»

--¡Hola!... ¿Conque hubo too eso? ¿Conque le ice á usté ese señor que busque carpinteros y que juriaque la paré de la torre..., y entoavía no atisba usté la estruchá?

--Hombre--repuso el alcalde con cierta humildad que le imponía la sagacidad del viejo,--no diré yo que no viera algo de ella, y por eso mandé tocar á concejo.... Pero ello, ¿qué es lo que usté teme?

El tío Merlín bajó la cabeza, sonrióse, volvió á hacer rayitas en el suelo, y por toda contestación largó otro ¡jummmaaá! que produjo el mismo efecto que el anterior. Al cabo de un rato añadió:

--Señores, en el juriaco que se quiere abrir en la torre, ¿no ven ustedes ná?

Los circunstantes se encogieron de hombros.

--Lo dicho--continuó el viejo,--no ven ustedes un buey á cuatro pasos.... Pues yo veo que por ese juriaco se nos mete en casa el forastero; que el reló es una trampa que se nos quiere armar para dejarnos á toos en cueros vivos en el día de mañana.

Una exclamación de sorpresa fué la contestación del concejo.

--Eso no puede ser, tío Merlín--objetó luego el alcalde;--la cosa no trae tanta malicia. ¿Y á qué se agarra usté pa creer...?

--¿Que á qué me agarro?... Esa es cuenta mía. Nos vió aldeanos, le gustó el pueblo, y dijo: «á pescar lo que se pueda....» Porque, señores, pinto el caso de que uno cualquiera de ustedes va al lugar de ese señor, y tiene tanto dinero como él: por mucho que el lugar le guste, ¿se le ocurrirá regalar un reló para la torre de la iglesia?

--Es claro que no--contestaron algunos.

--Pues cátalo ahí--exclamó triunfante el tío Merlín.--¿Á qué santo ese hombre nos ha de regalar un reló, sin más acá ni más allá?

El concejo se quedó tamañito bajo tan contundente argumento.

--De manera--dijo el alcalde,--que nos convendrá decir á ese señor que se guarde el regalo para engatusar á otros tontos....

--No, señor: «á la zorra candilazo», que dijo el otro--replicó el tío Merlín.--Aquí va á ir de pillo á pillo. Puede usté decirle que traiga el reló, pero firmando un papel.

--¡Á ver, á ver! ...--murmuraron sus convecinos, llenos de curiosidad.

--Escriba usté, secretario--dijo á éste el alcalde;--que la cosa tiene que ver. Dite usté, tío Merlín.

Éste, después de rascarse mucho la cabeza, colocó sobre el garrote sus dos manos, sobre ellas la puntiaguda barbilla, y con los ojos radiantes de malicia y de satisfacción, empezó á dictar al secretario lo que, entre un aluvión de carcajadas y después de cien enmiendas y al cabo de media hora, decía al pie de la letra:

«Digo yo, don Fulano de Tal, que por mí y por todas las generaciones y herederos que pueden venir detrás de mí y por todos mis cuatro costados; he recibido del Ayuntamiento de ... el valor del reló de la torre de su iglesia, traído por mi conducto y á mis expensas.

»_Item_.--Que me comprometí á ponerle por mi cuenta en el juriaco que ocupa.

»_Item_.--Que señalo una cantidad de _dos mil reales_ al año para gastos que el infrascrito reló preduzca, ó arroje de sí mesmo, ó séase para su manutención y conservación.

»_Item_.--Que si algún día la torre se viene abajo en mis días ó en los de todas las generaciones y herederos que puedan venir detrás de mí y por todos los cuatro costados, yo y ellas nos comprometemos á hacer otra torre nueva ú otra iglesia, si el ayuntamiento lo tuviere por conveniente.

»_Item_.--Yo y las dichas generaciones y herederos nos comprometemos á pagar todos los pleitos que por causa del reló resulten en el lugar, ó en las inmediaciones, y á no hacer reclamación alguna al concejo de ... por conceuto del reló ni otro alguno.

»Así lo quise; y, para que conste, lo firmo en ... á tantos de Julio, etc.»

--Ahora--añadió el tío Merlín,--que firme ese señor; después que vea por ónde nos mete mano.

Y retozándole la risa en los labios, salió del concejo entre la algazara y los aplausos de sus convecinos.

Aquel mismo día se presentó el alcalde con este documento al forastero, diciéndole, al entregársele, con tono y expresión de triunfo:

--Aquí está mi contestación.

El amigo de don Silvestre no pudo menos de reirse al leer tan peregrinas condiciones, á pesar de la sorpresa que le produjeron, después, se indignó al considerar tan miserable suspicacia, y, por último, rompiendo en pedazos el papel y volviendo las espaldas al alcalde por toda contestación, acabó por compadecerse de aquellas pobres gentes que, por huir de un mal que nadie les hacía, desechaban el bien que les iba buscando.

XI

En éstas y otras, la estación avanzaba y el melancólico otoño iba iniciándose á medida que morían las ilusiones del forastero. El aterciopelado verde de la campiña se había cambiado en otro más pálido y amarillento; segada y recogida la yerba de los prados y _despuntados_ los maíces, las mieses habían perdido toda su lozana frondosidad; y su aspecto, aunque bastante más risueño que la primavera de Castilla, infundía cierta tristeza en el ánimo que la había contemplado dos meses antes. Los bosques se enrarecían también al menor contacto del furibundo viento Sur, que ya estaba en plena campaña para secar las panojas y madurar las castañas; los pajarillos enmudecían poco á poco y volaban errantes é indecisos; las noches crecían y los días acortaban; la naturaleza toda anunciaba su letargo del invierno, y no se escuchaba otro sonido de su elocuente lenguaje que el de los secos despojos de su primavera, rodando en confuso torbellino á merced del viento que cada día soplaba más recio.

No necesitaba el forastero tanto aparato para languidecer y enervarse, después de los desengaños padecidos hasta allí. Así es que, á la vista del cuadro que se le presentaba, no tenía otro deleite que pensar en su vuelta á la corte. Y como esto no le llenaba el ánimo completamente, se complacía en colocar á su lado, para contraste, todos los disgustos que debía á su expedición á la patria de los Seturas, con el fin de amar la primera á medida que fuera aborreciendo la segunda.

--«Vamos á cuentas--se decía una tarde, sentado en frente de la ventana de su cuarto, y mirando cómo se ocultaba el sol detrás de una montaña, entre vivísimos resplandores.--Llevo en este pueblo tres meses; he gozado á mis anchas y con las ilusiones de un niño, es decir, he gozado cuanto es posible en esta vida de zozobras y de aprensiones, tres semanas. En cambio he padecido después un tabardillo, tres cólicos, trescientos sustos, treinta mil molestias por esos campos de Dios buscando la sombra y la poesía, sesenta y seis insomnios producidos por el perro, por los cencerros y por los golpes oídos durante la noche, é innumerables disgustos en mi trato con el vecindario; y si cuento diez indigestiones que me produjo la bazofia de esta bendita cocinera, una oftalmía á consecuencia del polvo del techo de mi alcoba y doscientos rasguños de espinos en la piel (todo esto durante las tres semanas contadas de placer), no hay duda que la ganancia de mi expedición, vista por este lado, ha sido bien escasa. Veámosla por la parte económica, que es por lo que más se recomienda la vida del campo. Por no reventar con tanto y tan especial menjurje, he tenido que proveerme por mi cuenta de la ciudad; y como está muy lejos, entre propios, carros y otras menudencias, lo que aquí he comido, muy mal sazonado, me cuesta triple que mi alimento ordinario y relativamente exquisito de Madrid. Mi equipaje está sucio y desgarrado.