Part 2
Mientras Gabriel atisba detrás de los maderos el cuarto de su vecina, aparece de pronto en él una graciosa figura. Es una jovencita de catorce a quince años, vestida con un modesto y elegante traje de cachemira negra. En su rostro de virgen, de líneas purísimas, hay una expresión dulce y serena, sin asomos de melancolía. Rubia, esbelta, de tez de nácar, con ojos azules hermosísimos aparece ante Gabriel, que la mira extático, como una de esas princesas encantadas de que hablan las historias maravillosas de genios y nigromantes.
Apoyada en el balcón, mira distraída la solitaria callejuela, cuando de pronto un rubio muchacho con aspecto de estudiante en vacaciones aparece de improviso a su espalda, y, cogiéndola por la cintura, la alza del suelo y emprende una serie de giros y saltos por la habitación. Ella grita y ríe hasta derramar lágrimas y cuando, por fin, logra desasirse, toma, a su vez, la ofensiva, enlazando con sus níveos brazos el cuello del agresor. Él resiste como puede las sacudidas de ese cuerpo que se enrosca al suyo y ambos ríen como locos. De pronto, la gentil pugilista cesa en sus juegos y dice a su hermano con tono de alarma: —Pedro, ¿has oído? —Sí, parece una puerta que el viento cerró de golpe.
Lo primero que llamó la atención de doña Benigna al regresar a su morada fue el gran silencio que reinaba en la casa y sobre todo en la cocina. Entró en esta última, y su sorpresa, al ver el fuego totalmente apagado, no tuvo límites; pero, muy pronto, el asombro cedió el campo a la cólera, que se despertó en ella iracunda. Salió al patio y gritó temblorosa de ira: —¡Gabriel!, ¿dónde estás? ¡Gabriel! Bruscamente se calló y se dirigió en silencio al cuarto del huérfano. Una idea repentina había iluminado su cerebro: el muy flojo, pensó, se ha recostado en la cama y se ha quedado dormido.
Mas, una nueva contrariedad le aguardaba allí, pues el cuarto estaba vacío. Marchó, entonces, hacia el comedor y, al cruzar esa pieza, vio con creciente indignación que no se había hecho en ella el aseo de costumbre. Pero donde su coraje alcanzó el máximum fue al contemplar el desarreglo de su dormitorio. Sus coléricas miradas tropezaron con el chicote, del que se apoderó al punto, encaminándose con él en la diestra a la habitación del tío. Al abrir la puerta, era tal su obsesión de sorprender in fraganti al delincuente, que apenas hizo hincapié en el acre olor que de la sala se desprendía.
Su primera mirada fue para la cama, posándose, en seguida, sus ojos en el sillón en el cual se destacaba, sumida en la vaga penumbra, la silueta del durmiente. Avanzó hacia él en puntillas y cuando estuvo a su lado, descargó sobre la inmóvil figura una lluvia de furiosos chicotazos mientras vociferaba frenética: —¡Toma, pícaro, flojonazo, bribón! De repente, su brazo se detuvo en seco; algo líquido que destilaban las disciplinas le había salpicado el rostro y, dando un paso hacia la ventana, abrió los postigos con violencia.
Junto con la claridad que inundó la sala, el semblante de doña Benigna se transformó en la imagen fidelísima del espanto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente; flaquearon sus rodillas; la sangre se agolpó al cerebro Y, resbalando en algo viscoso, cayó desvanecida en el pavimento. Minutos después, un gato de blanco y lustroso pelaje avanza silencioso hacia ese punto del dormitorio y se detiene ante algo húmedo que hay en el piso. Observa atentamente el obstáculo, aproxima a él sus rosadas naricillas y, de súbito, con la irrespetuosidad que caracteriza a los de su raza, salta sobre la espalda inerte de su dueña y de ahí a la repisa de la ventana, donde se arrellana muellemente junto a los cristales.
De vez en cuando, con expresión irónica y desdeñosa, fija sus verdes pupilas en aquel niño de rostro de cera, con la cabeza reclinada en un ángulo del sillón en que está sentado, y en el cuerpo informe y voluminoso del ama, echada de bruces en el suelo, con las rojas disciplinas en la diestra y la cabeza entre esos pies desnudos que cuelgan blancos, rígidos, y debajo de los cuales se extiende un ancho tapiz de púrpura.
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