Entre naranjos

Chapter 21

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¡Cruel! ¡Cómo reía! ¡cómo se vengaba! Rafael irritábase ante aquella resistencia punzante e irónica; se exaltaba al hablar de su pasión... Nada importaban los desgastes del tiempo. ¿No podía obrar milagros el amor? El la amaba más aún que en otros tiempos; sentía hambre loca por su cuerpo; la pasión les daría el fuego de la juventud. El amor era como la primavera que vivifica los troncos aletargados por el invierno, cubriéndolos de flores. ¡Que ella dijera _sí_, y vería al instante el milagro, la resurrección de su vida entumecida; el despertar de su alma a la vida del amor!

—¿Y la mujer? ¿y los hijos?—preguntó Leonora brutalmente, como si le quisiera despertar con este recuerdo, cruel como un latigazo.

Pero Rafael estaba ebrio de pasión. Le trastornaba el contacto tibio de aquel cuerpo tantas veces deseado en su aislamiento; las emanaciones perfumadas de voluptuosidad con que impregnaba el interior del carruaje.

Todo lo olvidaría por ella; familia, porvenir, posición. El sólo la necesitaba a ella para vivir y ser feliz.

—Huiré contigo; todos me son extraños cuando pienso en ti. Tú sola eres mi vida.

—Muchas gracias—contestó Leonora con gravedad.—Renuncio a ese sacrificio... ¿Y la santidad de la familia de que hace poco hablabas en aquel salón? ¿Y la moral cristiana sin la cual sería imposible la vida? ¡Cómo reía yo escuchándote! ¡Qué de mentiras decís allí para los bobos!...

Y volvía a reír cruelmente, regocijada por el contraste entre las palabras del discurso y aquella loca proposición de abandonarlo todo para seguirla en su correría por el mundo. ¡Ah, farsante!

Ya había presentido ella en su solitaria tribuna que todo eran mentiras, convencionalismos, frases hechas; que el único que hablaba allí con la firmeza de la virtud, era aquel viejecito, al que contemplaba con veneración por haber sido de los ídolos de su padre.

Rafael se sentía avergonzado. La rotunda negativa de Leonora; la burla despiadada de su hipocresía le hacían darse cuenta de la enormidad de su deseo. Se vengaba haciéndole revolcarse en la abyección de su amor loco y desesperado, capaz de las mayores vergüenzas.

Comenzaba el crepúsculo. Leonora dio orden al cochero para volver a la plaza de Oriente. Vivía en una de las casas inmediatas al teatro Real, que sirven de alojamiento a los artistas. Tenía prisa; había de comer con aquel joven de la embajada y dos críticos musicales cuya presentación le había anunciado.

—¿Y yo, Leonora? ¿No nos veremos más?

—Tú me dejarás en la puerta, y ¡hasta que volvamos a encontrarnos!

—Quédate unos días. Al menos que te vea; que tenga el consuelo de hablarte, de sentir el amargo placer de tus burlas.

¡Quedarse!... Tenía sus días contados; iba de un extremo a otro del mundo, arreglando su vida con la exactitud de un reloj. De allí a dos días cantaría en el San Carlos de Lisboa tres representaciones de Wagner nada más; y después de un salto a Stokolmo y luego no sabía con certeza donde; a Odessa o al Cairo. Era el Judío Errante, la walkyria galopando entre las nubes de una tempestad musical, pasando a través de las más diversas temperaturas, saltando sobre los más distintos países, arrogante y victoriosa, sin sufrir el más leve menoscabo en su salud y su hermosura.

—¡Ah, si tú quisieras! ¡Si me permitieses seguirte! ¡Como amigo nada más! ¡Como criado, si es preciso!

Y la cogía una mano, oprimiéndola con pasión; hundía sus dedos en la manga, acariciando el brazo por debajo del guante.

—¿Lo ves?—decía ella sonriendo con frialdad.—Es inútil; ni el más leve estremecimiento. Para mí eres un muerto. Mi carne no despierta a tu contacto; se encoge como al sentir un roce molesto.

Rafael lo reconocía así. Aquella piel que en otros tiempos se estremecía locamente bajo sus caricias, era ahora insensible; tenía la frialdad indiferente con que se acoge lo desconocido.

—No te esfuerces, Rafael. Esto se acabó. El amor que dejaste pasar está lejos, tan lejos que aunque corriéramos mucho, nunca le daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada. Nuestra pasión murió porque debía morir. Tal vez fue un bien que huyeses. Para romper después, cuando yo me hubiese amoldado para siempre a tu cariño, mejor fue que lo hicieses en plena luna de miel. Nos aproximó el ambiente, aquella maldita primavera, pero ni tú eras para mí, ni yo para ti. Somos de diferente raza. Tú naciste burgués, yo llevo en las venas el ardor de la bohemia. El amor, la novedad de mi vida te deslumbraron; batiste las alas para seguirme, pero caíste con el peso de los afectos heredados. Tú tienes los apetitos de tu gente. Ahora te crees infeliz, pero ya te consolarás viéndote personaje, contemplando tus huertos cada vez más grandes y tus hijos creciendo para heredar el poder y la fortuna del papá. Esto del amor por el amor, burlándose de leyes y costumbres, despreciando la vida y la tranquilidad, es nuestro privilegio, la única fortuna de los locos a los que la sociedad mira con desconfianza desdeñosa. Cada uno a lo suyo. Las aves de corral a su pacífica tranquilidad, a engordar al sol; los pájaros errantes a cantar vagabundos, unas veces sobre un jardín, otras tiritando bajo la tempestad.

Y riendo de nuevo como arrepentida de estas palabras dichas con gravedad y convicción, en las que resumía toda la historia de aquel amor, añadió con expresión burlona:

—Qué parrafito, ¿eh? ¡Qué efecto hubiese hecho al final de tu discurso!

El carruaje entraba ya en la plaza de Oriente: iba a detenerse ante la casa de Leonora.

—¿Subo?—preguntó el diputado con angustia, con la entonación del niño que implora un juguete.

—¿Para qué? Te aburrirías; seré la misma que aquí. Arriba no hay luna ni naranjos en flor. Es inútil esperar una borrachera como la de aquella noche. Además, no quiero que te vea Beppa. Se acuerda mucho de aquella tarde en el hotel de Roma al recibir tu carta, y me creería una mujer sin dignidad al verme contigo.

Le invitaba a bajar con un gesto imperioso. Cuando partió el carruaje, los dos quedaron un momento en la acera, contemplándose por última vez.

—Adiós, Rafael. Cuídate, no envejezcas tan aprisa. Cree que he tenido un verdadero gusto en volver a verte; el gusto de convencerme de que aquello acabó.

—¡Pero así te vas!... ¡Así acaba para ti una pasión que aún llena mi vida!... ¿Cuándo volveremos a vernos?

—No sé: nunca... tal vez cuando menos lo esperes. El mundo es grande, pero rodando por él como yo ruedo, hay encuentros inesperados, como este.

Rafael señalaba al inmediato teatro.

—¿Y si vinieras a cantar ahí?... ¿Si yo volviera a verte?...

Leonora sonreía con altivez, adivinando su pregunta.

—Si vuelvo, serás uno de mis innumerables amigos; nada más. Y no creas que soy ahora una santa. La misma que antes de conocerte; pero de todos, ¿sabes? del portero del teatro, si es preciso, antes que de ti. Tú eres un muerto... Adiós, Rafael.

La vio desaparecer en el portal, y permaneció aún mucho rato en la acera dominado por el anonadamiento; abstraído en la contemplación de los últimos resplandores del crepúsculo que palidecían más allá de los tejados del Palacio real.

Las bandadas de pájaros piaban sobre los árboles del jardín, estremeciendo las hojas con sus aleteos juguetones como enardecidos por la primavera que llegaba para ellos fiel y puntual como todos los años.

Emprendió la marcha hacia el interior de la ciudad, lentamente, con desaliento, pensando morir; diciendo adiós a todas las ilusiones que aquella mujer parecía haberse llevado consigo al volverle implacable la espalda. Sí; era un muerto que paseaba su cadáver bajo la luz triste de los primeros faroles de gas que comenzaban a encenderse. ¡Adiós, amor! ¡adiós juventud! Para él ya no había primavera. La alegre locura le rechazaba como un desertor indigno; su porvenir era engordar dentro del hábito de hombre serio.

En la calle del Arenal oyó que le llamaban. Era un diputado, un camarada de banco que volvía de la sesión.

—Compañero; deje usted que se le felicite: estuvo usted archimonumental. El ministro ha hablado con gran entusiasmo de su discurso al presidente del Consejo. Cosa hecha; a la primera combinación es usted director general o subsecretario. ¡Mi enhorabuena, compañero!

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia). Julio-Septiembre de 1900.

* * * * *

DEL MISMO AUTOR

NOVELAS

Arroz y tartana. _Una peseta_. Flor de Mayo. _Una peseta_. La Barraca. _3’50 pesetas_. Cañas y barro. _3 pesetas_. Sónnica la cortesana. _3 pesetas_. La Catedral. _3 pesetas_. El Intruso. _3 pesetas_.

CUENTOS

Cuentos valencianos. _Una peseta_. La Condenada. _Una peseta_.

VIAJES

París (_agotada_). En el país del Arte (_Tres meses en Italia_). 1’50 ptas.

Imp. de EL PUEBLO.—Don Juan de Austria, 14, Valencia