Entre naranjos

Chapter 20

Chapter 203,958 wordsPublic domain

La iglesia cobrando todos sus servicios a los fieles y cobrando al mismo tiempo del Estado. La Hacienda demandando economías, mientras se crean nuevos obispados y las obligaciones eclesiásticas aumentan en provecho del alto clero, sin beneficio alguno para el populacho de sotana, para los de abajo, que necesitan entregarse a la más despiadada codicia, explotando sin escrúpulos la casa de Dios. Y mientras tanto, sin dinero para las obras públicas, poblaciones sin caminos, regiones enteras sin haber oído jamás el silbato del ferrocarril que resuena en regiones salvajes de Asia y Africa, campiñas pereciendo de sed mientras los ríos pasan junto a ellas llevando al mar sus inútiles aguas.

El estremecimiento de la convicción pasaba por la Cámara silenciosa, anhelante para no perder nada de aquella voz débil, lejana, como salida de una tumba. Todos sentían en el ambiente el paso de la verdad, y cuando terminó con una invocación al porvenir, en el cual no existirían absurdos ni injusticias, se hizo más profundo el silencio, como si un viento glacial, una brisa de muerte hubiese aleteado sobre aquellas cabezas que creían estar deliberando en el mejor de los mundos.

Al terminar el venerable orador se levantó Rafael, pálido, tirando de los puños de la camisa, dejando pasar algunos minutos para que se calmara la agitación de la Cámara, ansiosa de expansionarse, de murmurar después del largo recogimiento a que la había obligado la palabra tenue y concisa del anciano.

Si a Rafael le había de animar la benevolencia del auditorio, buen principio tenía. El salón se vaciaba por momentos. Era la fuga prevista apenas se levantaba el señor de la comisión a contestar a las oposiciones, teniendo al lado un rimero de papeles. Una _lata_, ¡huyamos! Y pasaban por enfrente de Rafael, atravesando el hemiciclo, los grupos de compañeros; mientras arriba en las tribunas la dispersión era general, como si el edificio se incendiase. Las señoras, mascando el último caramelo y viendo terminado por aquel día el desfile de hombres ilustres, abandonaban las tribunas. Abajo las aguardaba el coche para dar un paseo por la Castellana. Aquella extranjera de la tribuna diplomática también se movía para irse. Pero no; daba la mano a su acompañante, le despedía y se quedaba, moviendo aquel abanico que con su revoloteo turbaba a Rafael. Muchas gracias, señora. Aunque él, por su gusto, hubiera querido que se marchasen todos, que no quedasen en el salón otras personas que el presidente y los maceros para hablar con menos miedo. Le atemorizaba la tribuna pública, donde no se había movido nadie, aguardando sin duda la rectificación del venerable orador: toda aquella aglomeración de blusas blancas y pecheras sin corbata, rematadas por cabezas morenas que le miraban con fija frialdad como diciendo:—Ahora veremos lo que contesta ese tío.

Rafael comenzó por un elogio a la historia intachable, a la consecuencia política, a la sabiduría de aquel venerable septuagenario que todavía tenía fuerzas para batallar por los ideales de su juventud. Era de rúbrica un exordio como este; así lo hacía el jefe. Y al hablar, su vista se fijaba angustiosamente en el reloj. Quería ser largo, muy largo. Si no hablaba hora y media o dos horas, estaba deshonrado. Era el tiempo que correspondía a un hombre de su importancia. Había visto a los jefes de partido, a los caudillos de grupo, hablar toda una tarde, desde las cuatro hasta las ocho, roncos y congestionados, sudando como cavadores, con el cuello de la camisa hecho un trapo sucio y mirando el gran reloj del salón con angustia de condenados. «Aún falta una hora para levantar la sesión», decían los amigos. Y el gran orador, como un caballo cansado, pero de buena sangre, sacaba nuevas fuerzas y emprendía otra vez la carrera, falto de espacio para galopar, volviendo sobre sus pasos, repitiendo lo que ya había dicho un sinnúmero de veces, resumiendo la media docena de ideas desenvueltas en cuatro horas de sonora charla. Los buenos discursos se apreciaban reloj en mano. El rey de la casa era un señor rubio que desde los bancos de la oposición se divertía molestando al jefe del gobierno: un diputado eterno con fuerzas para hablar tres días seguidos.

Rafael había oído ponderar la concisión y la claridad de la oratoria moderna en los parlamentos de Europa. Los discursos de los jefes de gobierno en París o Londres llenaban media columna de un periódico. También el venerable orador a quien iba a contestar, por ser original en todo, hablaba con esta concisión: cada período encerraba tres o cuatro ideas. Pero él no se dejaba tentar por la austeridad oratoria; creía que el peso y la medida sin tasa eran cualidades indispensables en la elocuencia, y deseando llenar todo un cuaderno del _Diario de sesiones_ para que allá en su distrito se asombraran ante el interminable batallón de columnas impresas, hablaba y hablaba sin más preocupación que no soltar idea alguna; guardándolas todas con avaro celo, con la certeza de que cuanto más las conservara prisioneras, más larga y solemne resultaría su oración.

Llevaba hablando un cuarto de hora sin contestar a nada del anterior discurso, llenando de flores al ilustre personaje. «Su señoría era respetable por esto o aquello, había hecho lo otro y lo de más allá... pero», y al llegar por fin al _pero_ comenzó a soltar algo de lo que traía preparado. Su señoría era un ideólogo de inmenso talento, pero siempre fuera de la realidad; quería gobernar los pueblos con arreglo a las teorías adquiridas en los libros, sin atenerse a la práctica, al carácter propio e indestructible que tiene cada nación.

Y había que oír con qué ligero tono de desprecio marcaba aquello de _ideólogo_ y lo de sabiduría adquirida en los libros y lo de vivir fuera de la realidad.

Muy bien; así, así,—le decían los compañeros de comisión, moviendo sus cabezas peinadas, lustrosas e indignadas contra todos los seres que quisieran vivir fuera de la realidad. Había que cantarles las verdades a los _ideólogos_.

Y el ministro, amigo de Rafael, el único que ocupaba el banco azul, abrumando con su enorme tronco el pupitre, volvía su cabeza de búho gordo, pelado y con agudo pico para sonreír benévolamente al joven.

El orador continuaba cada vez más sereno, fortalecido por aquellas muestras de aprobación. Hablaba de los detenidos y profundos estudios que la comisión había hecho de los presupuestos. El era el más modesto, el último, pero allí estaban sus compañeros—todos aquellos señores con levita inglesa y pelo partido de la frente a la nuca,—jóvenes estudiosos que le habían ilustrado con sus profundas apreciaciones, y cuando ellos no habían hecho más economías, era porque resultaba imposible.

Y las cabezas de la comisión se movían para murmurar el optimismo del agradecimiento:—¡Pero este Brull habla muy bien!...

El gobierno estaba dispuesto a cuantas economías fuesen prudentes y factibles, sin menoscabo de la dignidad y del país; pero era el gobierno de una nación eminentemente religiosa; favorecida por Dios en todos sus trances, y no tocaría un céntimo de las obligaciones eclesiásticas. ¡Jamás! ¡Jamás!

Su voz resonaba con ese triste eco que conmueve las casas vacías. Miró el reloj con angustia. Media hora; ya llevaba media hora hablando y aún no había comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cámara estuviese vacía. ¡Tan bien que marchaba aquello!... Frente a él, en la penumbra de la tribuna diplomática, seguía moviéndose el abanico, distrayéndole con su aleteo. ¡Diablo de señora! Bien podía estarse quieta.

El presidente, siempre con la campanilla en la mano, inquieto y vigilante cuando hablaba alguien de las oposiciones, descansaba ahora con los ojos entornados y la cabeza en el respaldo del sillón, dormitando con la confianza de un director que no teme desafinaciones. Los vidrios de la claraboya tomaban un tinte acaramelado con los rayos del sol, pero abajo solo descendía una luz verde y difusa, una claridad de bodega, discreta y dulce, que parecía sumir la Cámara en una calma monástica. Por las ventanas del techo, encima de la presidencia, veíanse pedazos de cielo azul impregnados de la suave luz de una tarde de primavera. Un palomo blanco revoloteaba a lo lejos en estos cuadros azules.

Rafael sintió un desmayo de la voluntad, una invasión de entorpecedora pereza. Aquella sonrisa dulce de la naturaleza asomando a los tragaluces de la lóbrega cripta parlamentaria le hizo pensar en sus campos de naranjos, y por un capricho de la imaginación vio praderas cubiertas de flores, damas vestidas de pastoras como en los abanicos antiguos bailando sobre la punta de sus tacones al son de juguetones violines, y sintió un impulso de acabar en cuatro palabras, de tomar el sombrero y huir para perderse en las arboledas del Retiro. Existiendo el sol y las flores ¿qué hacía allí, hablando de cosas que no le importaban?... Pero se repuso pronto de aquella rápida crisis. Cesó de buscar entre los legajos amontonados en el escaño, de hojear papeles para disimular su turbación, y tremolando el primer pliego que encontró a mano, continuó su discurso.

No se le ocultaba la intención que guiaba a su señoría al combatir aquel presupuesto. Sobre este punto tenía él ideas particulares y propias. «Yo entiendo que su señoría, proponiendo economías, busca también combatir las instituciones religiosas, de las que es enemigo».

Y al llegar a este punto Rafael se lanzó en loca carrera, pisando terreno firme y conocido. Toda esta parte del discurso la tenía preparada, párrafo por párrafo; una apología del catolicismo, de la fe religiosa unida íntimamente a la historia de España, con arranques líricos y estremecimientos de entusiasmo, como si predicase una nueva cruzada.

Veía en los bancos de enfrente el brillo irónico de unas gafas, el estremecimiento de una barba blanca sobre los brazos cruzados, como si una sonrisa bondadosa e indulgente saludase el desfile de tantos lugares comunes, mustios y descoloridos como flores de trapo. Pero Rafael no se intimidaba. Ya le faltaba poco para llegar a una hora de discurso. Adelante, adelante, a soltar todos sus arranques líricos sobre la gran epopeya nacional y cristiana. Y desfilaban por el oratorio cinematógrafo, la cueva de Covadonga; un árbol fantástico de la Reconquista «donde el guerrero colgaba su espada, el poeta su arpa, etc., etc.», pues todos acudían a colgar cualquier cosa; los siete siglos de batallas por la cruz, plazo algo largo, mediante el cual fue expulsada del suelo español la impiedad sarracena. Y a continuación los grandes triunfos de la unidad católica. España dueña de casi todo el mundo, el sol obligado a alumbrar eternamente la tierra española; las carabelas de Colón llevando la cruz a las tierras vírgenes; la luz del cristianismo saliendo de entre los pliegues de la bandera nacional para esparcirse por toda la tierra.

Y como si hubiera sido una señal aquel himno a la luz cristiana entonado por el orador casi invisible en la penumbra del salón, comenzaron a encenderse las lámparas eléctricas, saliendo de la obscuridad los cuadros, los dorados, los escudos, las figuras duras y chillonas pintadas en la cúpula.

Rafael se sentía trémulo, fuera de sí, embriagado por la facilidad con que desenvolvía su discurso. Aquella ola de luz que se derramaba por el salón, en plena tarde, mientras en la claraboya aún brillaba el sol, parecíale la repentina entrada en la gloria que venía hacia él, para darle el espaldarazo del renombre.

Arrebatado por su verbosidad seguía soltando cuanto había almacenado aquellos días en su pensamiento. «En vano se cansaba su señoría: España era profundamente religiosa, su historia era la del catolicismo: se había salvado en todos sus conflictos abrazada a la cruz». Y abarcaba todas las grandes luchas nacionales; desde las batallas en que la piedad popular veía a Santiago en su caballo blanco, cortando las cabezas de la morisma con alfanje de oro, hasta el levantamiento de los pueblos contra Napoleón, tras el pendón de la parroquia y con el escapulario al pecho. No hablaba una palabra del presente: dejaba en pie aquella crítica despiadada del viejo revolucionario, despreciándola como un sueño de _ideólogo_, y se enfrascaba en su canto al pasado, afirmando por centésima vez que habíamos sido grandes por ser católicos, que en el momento no lo fuimos, todos los males del mundo cayeron sobre nosotros, y hablaba de los excesos de la revolución, de la tormentosa república del 73, cruel pesadilla de las personas sensatas, y del Cantón de Cartagena, el supremo recurso de la oratoria ministerial, una verdadera fiesta de caníbales, un horror jamás conocido en la tierra de los pronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir al auditorio el terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto era no haber revolucionado nada... Y a continuación una apología entusiasta de la familia cristiana, del hogar católico, nido de virtudes y dulzuras, con tal fervor, que no parecía sino que en los países donde no imperaba el catolicismo, eran todas las casas repugnantes lupanares u horrorosas cuevas de bandidos.

—Muy bien, Brull muy bien—mugía el ministro, de bruces en su pupitre, oyendo con delicia sus propias ideas en la boca del joven.

El orador descansó un instante, paseando su mirada por las tribunas, iluminadas ahora por las lámparas. La dama de la tribuna diplomática había cesado de abanicarse, mirándole fijamente.

Faltó poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por la sorpresa. ¡Aquellos ojos!... ¡tal vez una asombrosa semejanza! Pero no; era ella, le sonreía con la misma sonrisa burlona de los primeros tiempos.

Sentía la turbación del pájaro que se revuelve en el árbol sin poder librarse de la mirada magnética de la serpiente encogida junto al tronco. Aquellos ojos que se burlaban de él trastornaban todas sus ideas. Quiso acabar; callarse pronto: cada minuto le parecía un suplicio; creía oír los mudos chistes que aquella boca estaría haciendo a costa suya.

Miró otra vez el reloj; con quince minutos más redondeaba el discurso. Y emprendió una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economía de ideas para prolongar la peroración, soltándolas todas de golpe, con el deseo de terminar cuanto antes. «El Concordato... obligaciones sagradas con el clero... sus antiguos bienes... compromisos de estrecha amistad con el Papado, padre generoso de España... en fin, que no podían hacerse economías ni por valor de un céntimo y que la comisión sostenía el presupuesto sin reforma alguna».

Al sentarse, sudoroso, conmovido, restregándose con fuerza el congestionado rostro, los compañeros del banco le felicitaron, tendiéndole las manos. «Era todo un orador; debía lanzarse; hablar más; tenía condiciones».

Y del banco de abajo venía el mugido del ministro:

—Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo.

El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación, repitiendo las mismas afirmaciones de antes que no habían sido contestadas.

—Me he cansado mucho—suspiraba Rafael contestando a las felicitaciones.

—Salga usted si quiere—dijo el ministro.—Yo pienso contestar la rectificación. Es un deber de cortesía con un diputado tan antiguo.

Rafael levantó la cabeza y vio vacía la tribuna diplomática. Aún creyó distinguir en su lóbrego fondo las grandes plumas del sombrero.

Salió del banco apresuradamente y se lanzó al pasillo, donde le detuvieron muchos para felicitarle.

Ninguno le había oído, pero todos le daban la enhorabuena, le estrechaban la mano, impidiéndole avanzar.

De nuevo creyó ver al extremo del corredor, al pie de la escalera de las secciones, destacándose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas negras y ondulantes.

Se abrió paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a los que le tendían la mano y tropezó en la cancela de cristales con dos compañeros que miraban hacia fuera con ojos de entusiasmo.

—¡Qué hembra! ¿eh?

—Parece extranjera. Será mujer de algún diplomático.

III

Al salir del palacio la vio en la acera, disponiéndose a subir en una berlina. Un ujier del Congreso sostenía la portezuela con el respeto que inspira el coche oficial, el galón de oro brillante en el sombrero de los cocheros.

Rafael se aproximaba, creyendo todavía a la vista de aquel carruaje en una asombrosa semejanza. Pero no, era ella; la misma; ¡como si no hubiesen transcurrido ocho años!

—¡Leonora! ¡Usted aquí!...

Ella sonrió como si aguardara el encuentro.

—Le he visto y le he oído. Muy bien, Rafael: acabo de pasar un rato delicioso.

Y estrechando su mano con un franco apretón de amistad, entró en el carruaje, con estrépito de sedas y finos lienzos.

—Vamos, ¿no sube usted?—preguntó sonriendo.—Acompáñeme; daremos un paseo por la Castellana. La tarde es magnífica; un poco de oxígeno sienta bien después de ese ambiente tan pesado.

Rafael subió, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado al verle en tan seductora compañía.

Comenzó a rodar la berlina; los dos, en íntimo contacto, sintiendo el calor de sus cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de los muelles.

Rafael no sabía qué decir. Le turbaba la sonrisa irónica y fría de su antigua amante; sentíase avergonzado por el recuerdo de su brutal despedida. Quería hablar, y sin embargo, no sabía qué decir; le pesaba aquel _usted_ ceremonioso con que se habían tratado al subir al coche. Por fin se atrevió a decir tímidamente, hablando en tercera persona:

—Encontrarnos aquí, ¡qué sorpresa!

—Llegué ayer, mañana salgo para Lisboa. Una corta detención: hablar dos palabras con el empresario del Real; tal vez venga el próximo invierno a cantar _La Walkyria_. Pero hablemos de usted, ilustre orador... más bien dicho de ti, porque nosotros creo que aún somos amigos.

—Sí: amigos, Leonora... yo no he podido olvidarte.

Pero el entusiasmo con que dijo estas palabras, se desvaneció ante la fría sonrisa de la artista.

—Amigos; eso es—dijo con lentitud:—amigos nada más. Entre nosotros hay un muerto que nos impide aproximarnos.

—¿Un muerto?—preguntó Rafael no comprendiendo a la artista.

—Sí; aquel amor que mataste... Amigos nada más; camaradas unidos con la complicidad del crimen.

Y reía con su irónica crueldad, mientras el carruaje corría por una de las avenidas de Recoletos. Leonora miraba distraídamente el paseo central; sus filas de sillas de hierro, llenas de gente; los grupos de niños, que vigilados por las criadas, corrían alborozados bajo la luz dorada y dulce de la tarde primaveral.

—Leí esta mañana en los periódicos que don Rafael Brull, de la _comisión_, se encargaría de contestar en eso de los presupuestos, y rogué a un antiguo amigo, el secretario de la embajada inglesa, que viniese a recogerme para acompañarme al Congreso. Este coche es el suyo... Pobre muchacho; no te conoce, pero apenas vio que te levantabas, emprendió la fuga... Una injusticia, porque tú no has estado mal. Estoy asombrada. Y di, Rafael, ¿de dónde sacas todas esas cosas?

Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisa cruel. Además, ¿qué le importaba su discurso? Creía estar años enteros dentro de aquel coche; le parecía haber transcurrido toda una vida desde que salió del Congreso: el recuerdo de la sesión se borraba de su memoria. La contemplaba con admiración, paseando una mirada de asombro por su rostro y su cuerpo.

—¡Qué hermosa estás!—murmuró con arrobamiento.—La misma que entonces. Parece imposible que hayan transcurrido ocho años.

—Sí; reconozco que no estoy del todo mal. El tiempo no me muerde. Un poco más de tocador, he ahí todo. Yo soy de las que mueren de pie, sin sacrificar a la edad nada de su exterior. Antes que entregarme me mataría. Quiero eclipsar a Ninon de Lenclos.

Era verdad. Los ocho años no habían marcado su paso por ella. La misma frescura, igual esbeltez, robusta y fuerte; idéntico fuego de arrogante vitalidad en sus ojos verdes. Parecía que al arder en incesante llama de pasión, en vez de consumirse se endurecía, haciéndose más fuerte.

Su mirada abarcaba al diputado con una curiosidad irónica.

—¡Pobre Rafael! siento no poder decirte lo mismo. ¡Cuán cambiado estás! Pareces un señor casi venerable. En el Congreso me costó trabajo reconocerte. Grueso, calvo, con esos lentes que trastornan tu antigua cara de moro de leyenda. ¡Pobrecito mío! ¡Si ya tienes arrugas!...

Y reía, como si le causara intenso gozo el placer de la venganza, ver a su antiguo amante anonadado y cabizbajo por el retrato de su decadencia.

—No eres feliz, ¿verdad? y sin embarga debías serlo. Te habrás casado con aquella muchacha que te ofrecía tu madre; tendrás hijos... no intentes negarlo para hacerte el interesante: lo adivino en tu persona, tienes el aire de padre de familia; a mí no se me escapan estas cosas... ¿Y por qué no eres feliz? Tienes todo el aspecto de un personaje y lo serás muy pronto; de seguro que usas faja para disimular el vientre; eres rico, hablas en esa cueva lóbrega y antipática; tus amigos de allá se entusiasmarán leyendo el discurso del señor diputado, y estarán ya preparando los cohetes y la música para recibirte. ¿Qué te falta?

Y con los ojos entornados, sonriendo maliciosamente, esperaba la respuesta, adivinándola.

—¿Qué me falta? El amor; lo que tenía contigo.

Y con la vehemencia de otros tiempos, como si aún estuvieran entre los naranjos de la casa azul, el diputado daba salida a sus melancolías de ocho años.

La ofrecía la imagen inspirada por su tristeza. El amor, que pasa una sola vez en la vida coronada de flores con su cortejo de besos y risas. Quien le sigue obediente, encuentra la felicidad al fin de la dulce carrera. El que por orgullo o egoísmo se queda al borde del camino, ese llora su torpeza, la expía con una existencia de tedio y dolor. El había pecado, lo reconocía e imploraba su perdón; había purgado su falta con ocho años monótonos, abrumadores como una noche sofocante y sin fin: pero ya que volvían a encontrarse, aún era tiempo, Leonora, aún podía hacer retoñar la primavera de su vida, obligar al amor a que volviese sobre sus pasos, a que pasase de nuevo, tendiéndoles sus dulces manos.

La artista le escuchaba sonriendo, con los ojos cerrados, reclinada en el fondo del carruaje, con un gesto de placer, como si paladease con fruición aquel fuego de amor que aún ardía en Rafael y que era su venganza.

Los caballos marchaban al paso por la Castellana. Pasaban junto a ellos otros carruajes en los que brillaban curiosas miradas, sondeando el interior de la berlina y admirando aquella mujer hermosa y desconocida.

—¿Qué contestas, Leonora? Aún podemos ser felices. Olvida mi falta, el tiempo pasado; imagínate que ayer fue nuestra despedida en aquel huerto, que hoy nos encontramos para vivir eternamente unidos.

—No—dijo fríamente la artista.—Tú lo has dicho, el amor sólo pasa una vez en la vida. Lo sé por cruel experiencia y he procurado olvidarlo. Para nosotros pasó ya, y es una locura pretender que nos busque de nuevo. Ese no retrocede nunca. Si le buscásemos, sólo a costa de esfuerzos encontraríamos su sombra. Le dejaste escapar; llora tu culpa como yo lloré tu torpeza... Además, tú no te das cuenta de la situación. Acuérdate de lo que hablábamos en nuestra primer noche a la luz de la luna: «El arrogante mes de Mayo, el joven guerrero con armadura de flores busca a su amada la Juventud». ¿Y dónde está en nosotros la juventud? La mía búscala en mi tocador; se la compro al perfumista, y aunque sabe disfrazarme bien, oculta una vejez de ánimo, un desaliento en el que no quiero pensar porque me asusta. La tuya ¡pobre Rafael! no existe ya, ni aun exteriormente. Mírate bien: estás muy feo ¡hijo mío! Has perdido aquella esbeltez interesante de la juventud. Me haces reír con tus ensueños. ¡Una pasión a estas horas! ¡el idilio de una jamona retocada y un padre de familia calvo y con abdomen! ¡Ja, ja, ja!