Chapter 17
Leonora abandonó el hombro de su amante, se desasió de sus brazos; limpiaba sus lágrimas y se erguía con la firmeza del que ha adoptado una resolución irrevocable.
—Estoy decidida a todo. Me hace mucho daño lo que voy a decirte, pero no retrocederé: será inútil que protestes. Ya no puedo estar bajo este techo; comprendo que he acabado para mi tía: ¡pobre vieja! Mi ilusión era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha caído de sus ojos; yo no soy más que una pecadora que con mi presencia turbo su vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que mañana arregle los equipajes... Rafael, dueño mío, esta es la última noche... Pasado mañana ya no me verás.
El joven retrocedió asombrado, como si repentinamente acabasen de herirle en medio del pecho.
—¿Irte? ¿Y lo haces con esa frialdad?... ¿Irte tú, así, así, en plena dicha?
Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquello no era más que la resolución momentánea en un arranque de indignación. No se iría, ¿verdad? Debía reflexionar, ver con claridad las cosas. ¡Qué disparate! ¡partir abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.
Leonora sonreía con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. También ella había sufrido mucho, mucho, antes de decidirse a adoptar tal resolución.
Sentía frío hasta en la raíz de los cabellos al pensar que antes de dos días se vería sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella vida agitada y loca a través del arte y del amor. Después de haber gozado la dulzura de la pasión más fuerte de su existencia, lo que ella creía _su primer amor_, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una navegación sin rumbo a través de las tempestades. Le quería más que nunca: le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba perderle.
—¿Entonces por qué te vas?—pregunta el joven.—Si me amas ¿por qué me dejas?
—Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.
Quedarse allí era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¡Oh, no! ¡qué horror! Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su pasado. ¿Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre lo más santo, lo más puro?
—No, resígnate, corazón mío. Es preciso que parta; es imposible que sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi vida... todos los días sabrás de mí aunque esté en el polo; pero quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias, que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir dejando aquí la mayor felicidad de mi existencia?...
Y para dar más fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las ideas, removiendo profundamente su voluntad.
Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante, marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor, la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce arrobamiento de la comunión amorosa. Y los lazos que él creía eternos ¿iban a romperse? ¿tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por el mundo y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a través de los viajes y los azares de una existencia errante, le prometía escribirle todos los días... ¡escribirle! tal vez al mismo tiempo que su cuerpo divino sentiría el contacto de otra mano que no fuese la suya... No; él no perdía aquello; estaba resuelto.
—No te irás, Leonora—afirmaba con energía.—Un amor como el nuestro no puede terminar de este modo. La fuga sería una ofensa para mí, huir como afrentada por la tristeza de haberme amado.
Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco: se avergonzaba de pensar que ella huyese por haberle querido y que él quedase allí, triste e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que con su amor la causa grave daño. ¡Ira de Dios! El era un hombre y no podía tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por el amor; y él, un hombre, un personaje ¿había de quedarse allí, viendo como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución enérgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado en su monótona existencia?...
—No te irás—repetía con sorda firmeza.—Yo no pierdo mi felicidad tan fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.
Leonora se irguió estremecida. Esperaba aquello; se lo decía el corazón. ¿Escapar juntos los dos? ¿aparecer ella como una aventurera que se lleva tras si a Rafael después de enloquecerle de amor arrancándole de los brazos de su madre? ¡Oh, no! muchas gracias. Ella tenía conciencia; no quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia. Debía partir sola; después, más adelante ya vería; buscarían ocasión para verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes estuviera allá solo, ella cantaría en el Real gratuitamente si era preciso.
Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla! ¡transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro como el poeta italiano.
Y lo decía con convicción, mirando al suelo con ojos extraviados, como si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el revólver en la crispada diestra.
—¡Oh, no! ¡qué horror! ¡Rafael! ¡Rafael mío!—gemía Leonora abrazándose a su cuello, colgándose de él, estremecida por la sangrienta visión.
El amante seguía protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras su fuga una mujer que llorase su traición, hijos que le llamaran en vano, aún comprendería aquella resistencia; la repugnancia de un corazón bueno que no quiere que su amor deje tras sí la maldición de una familia dispersa. Pero ¿a quién abandonaba en su fuga? A su madre nada más, que se consolaría al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su madre, que se oponía con ese ciego cariño maternal que no quiere encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas veces su felicidad. El mal que causase siguiéndola a ella no sería irreparable. Huirían juntos; pasearían su amor por el mundo.
Y Leonora, cabizbaja, repetía débilmente:
—No; estoy resuelta. Partiré mañana sola. No tengo fuerzas para arrostrar el odio de una madre.
Rafael se indignaba.
—Entonces di que no me amas. Te has cansado de mí. Quieres levantar las alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo locamente por tu mundo.
La artista fijaba en él sus grandes ojos empañados por las lágrimas. Su mirada era de ternura y de lástima.
—¡Cansarme de ti!... ¡Cuando jamás me he sentido tan triste como esta noche!... Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo que si entrase en un lugar de tormento... ¡Ay, dueño mío, mi alma!... Tú no comprenderás nunca hasta donde he llegado en mi amor.
—¿Pues entonces?
Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de ninguno de los peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafael habló de su madre, de lo que ocurriría al quedar solo con ella sumido en la monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que todo era cariño en la indignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único; pero en sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por el engrandecimiento de la casa, que había ocupado toda su existencia. Le tenía destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en la alianza que meditaba con una gran fortuna. Quería casarle: y si ella partía, si se veía solo, abandonado, la tristeza y el tiempo que todo lo pueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregándose como una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del sacrificio.
Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror. Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que en días anteriores habían llegado hasta ella y la demostraban ahora la certeza de lo que decía su amante... ¡Rafael destinado por su madre a otra mujer!... ¡encadenándose para siempre si ella partía!...
—Y yo no quiero, ¿sabes Leonora?—continuó el amante con tranquila firmeza—Yo sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por el mundo, aunque no quieras; ser tu criado, verte... hablarte, mejor que enterrar aquí mi desesperación bajo millones.
—¡Ah, niño! ¡niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!
Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entre sus brazos como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor que casi le dio miedo; envuelto en una espiral de placer que no tenía fin. Estremeciose empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan voluptuosa, tan inmensa que le hacía daño. Creyó morir desmenuzado, hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba, absorbiéndole con la fiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un golpe los torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió en sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido que le sostenía cariñosamente. Leonora le hablaba al oído con la lentitud del cansancio.
Convenidos. Huirían juntos, irían a continuar su dúo de amor donde nadie les conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce existencia. Leonora conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontrarían en ellas demasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían por los estrechos canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la góndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen los puentes sin adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...
Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa nunca. Mejor era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba las manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad, amarse con el mismo impudor sublime de los _lazaronis_ que viven desnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá en el Posilippo una pequeña casa, un _villino_ de color de rosa, una bicoca con un jardín de higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rápida pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo terso y azul como un inmenso espejo, y a la caída de la tarde, mientras él volviese los remos, ella cantaría mirando el mar inflamado por el sol al hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos morados, la inmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de oro, reflejando el crepúsculo.
Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras, de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre, abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de perlas de las mandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios mío! ¡qué hermoso!
Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando todos los detalles de la fuga.
Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días después cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muy lejos. ¿Dónde se encontrarían? Primero pensaron en Marsella, pero era demasiado lejos. Después en Barcelona. Regateaban las horas y los minutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse. Cuanto antes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Y acabaron por decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia. El amor gusta de la audacia.
VII
Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una gran parte de la habitación de Leonora en el hotel de Roma.
Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sin otro testigo que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosa vida de su señora a toda clase de sorpresas, y que contemplaba a Rafael con respetuosa sonrisa, como un ídolo nuevo con el que debía compartir la devota sumisión que sentía por Leonora.
Era el primer momento de tranquilidad y alegría que había tenido el joven en algunos días. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, de alto techo; sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual, le parecía un lugar de delicias, un ameno retiro en el que se consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le habían oprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese viento exótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosa ocultación en aquel país tan calurosamente descrito por Leonora, desde los macarrones del almuerzo y el Chianti en empajada y ventruda redoma, hasta el castellano defectuoso y musical de los dueños del hotel, carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los tradicionales mostachos de la casa de Saboya.
Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas, que aislado de la circulación, ocupa todo un lado de una plaza solitaria, señorial y tranquila, sin más ruidos que los gritos de los cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.
Había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, como un colegial que se fuga con solo lo puesto. Los dos días transcurridos desde que Leonora abandonó la ciudad, habían sido de tormentos para él. La gente comentando la huida de la cantante; escandalizándose de su inmenso equipaje que, agrandado por la imaginación de los murmuradores, llenaba no se sabía cuántos carros.
Esto quien lo sabía bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre, había corrido con todo el servicio del equipaje. Sabía a dónde había dirigido su vuelo aquella mujer peligrosa, y lo decía a todos. Volvía a Italia. El mismo había facturado para la frontera todo el equipaje grueso, mundos enormes como casas, cajones donde podía ocultarse cómodamente él con sus pelados mancebos. Y las mujeres, oyéndole, celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro. ¡Vaya bendita de Dios!
Rafael, después de la partida de su amante, apenas salió a la calle. Le molestaba la curiosidad de la gente, la conmiseración burlona de los amigos que envidiaban su pasada felicidad y permaneció dos días en su casa, seguido por la mirada interrogante de su madre. Doña Bernarda mostrábase más tranquila al verle libre de la maléfica influencia de la artista, pero sin abandonar por esto su gesto ceñudo, como avisada por el instinto maternal que aún presentía el peligro.
El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le parecía intolerable permanecer allí mientras ella estaba sola, aislada en un cuarto de hotel, aguardando con igual impaciencia el momento de la reunión.
¡Qué amanecer el de la partida! Rafael se avergonzaba viéndose descalzo; caminando de puntillas, como un ratero, por la sala donde su madre recibía a los hortelanos y ajustaba las cuentas del cultivo. Avanzaba a tientas, sin otro guía que los luminosos resquicios de las cerradas ventanas. Su madre dormía en una habitación inmediata: oía su respiración, el fatigado estertor de un sueño pesado, con el que se reponía de aquellas noches en vela espiando su regreso de las citas de amor. Creía aún sentir el estremecimiento que le producía el suave tintineo de las llaves, abandonadas con la confianza de una autoridad sin límites en la cerraja de un mueble antiguo donde guardaba Doña Bernarda sus ahorros. Así ocultó con mano trémula en sus bolsillos todos los billetes guardados en los pequeños cajones.
Temblaba de emoción al consumar el acto audaz. Se llevaba lo suyo; no había pedido nada de la herencia de su padre. Leonora era rica; con una delicadeza admirable había rehuido hablar de dinero al discutir los preparativos del viaje; pero él no iba a ser un entretenido, no quería vivir como aquel Salvatti que explotó la juventud de la artista. Estos pensamientos le dieron fuerzas para llevarse el dinero y abandonar la casa; pero en el tren aún duraba su inquietud, y el personaje, el diputado experimentaba un miedo instintivo al ver en las estaciones los tricornios de la guardia civil. Palidecía pensando en el despertar de su madre si casualmente se daba cuenta del despojo.
La confianza y la alegría renacieron al entrar en el hotel como si entrase en un lugar de asilo. La encontró en la cama, la cabellera esparcida sobre la almohada como una ola de oro, los ojos entornados, la boca sonriente como si la sorprendiera en mitad de un ensueño saboreando sus recuerdos de amor. A medio día se levantaron para almorzar en el cuarto, pálidos, fatigados, proponiéndose emprender su viaje cuanto antes. No más locuras; sensatez hasta que se viesen fuera de España. Al anochecer saldrían en el correo de Barcelona hacia la frontera. Y tranquilamente como un matrimonio que discute en la calma placentera del hogar los detalles de la vida material, pasaban revista de los objetos necesarios para el viaje.
Rafael no tenía nada. Había huido como quien escapa de un incendio, con el traje que primero encontró al saltar de la cama. Necesitaba muchas cosas indispensables y pensaba salir a comprarlas: asunto de un momento.
—¿Pero vas a ir tú?—preguntaba Leonora con cierta angustia, como si su instinto femenil adivinase en el peligro.—¿Vas a dejarme sola?...
—Un momento nada más. No te haré esperar mucho.
Se despidieron en el corredor con la ruidosa y descuidada alegría de su pasión; sin fijarse en los camareros que iban y venían al otro extremo del largo pasadizo.
—Adiós, Rafael... Uno; uno nada más.
Y cuando él salió a la plaza, con el sabor en los labios del último beso, todavía le saludó desde un balcón una mano cubierta de pedrería.
El joven andaba apresuradamente. Quería volver cuanto antes, y pasó con rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecían sus servicios frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococó.
—Rafael, Rafael...
El diputado volviose al oír su nombre, y palideció como en presencia de una aparición. Era don Andrés quien le llamaba.
—¿Usted aquí?
—He llegado en el correo de Madrid. Hace dos horas que te busco por todas las fondas de Valencia. Ya sabía que estabas aquí... Pero vámonos, tenemos que hablar; este no es buen sitio.
Y lanzaba una intensa mirada de odio al hotel, como si quisiera aniquilar al enorme caserón con todos los seres que encerraba.
Se alejaron, caminando lentamente sin saber dónde iban, errando a la ventura, doblando esquinas, pasando varias veces por la misma calle, con el pensamiento concentrado, los nervios estremecidos, prontos a gritar y haciendo esfuerzos por que su voz fuese débil, apagada, y no llamase la atención de los transeúntes que pasaban rozándoles por las estrechas aceras.
Don Andrés comenzaba, como era de esperar.
—¿Te parece bien lo que has hecho?
Al ver que él, cobardemente intentaba mostrarse asombrado, asegurando que nada había hecho, que había venido a Valencia por un asunto insignificante, el viejo se indignó.
—No mientas: o somos hombres o no lo somos. Tú debes sostener lo hecho, si te figuras haber obrado bien. No creas que vas a engañarme para echar a correr con esa señora, Dios sabe dónde. Te he encontrado y no te dejo. Quiero que lo sepas todo: tu madre en cama; yo, avisado por ella de lo ocurrido, saliendo en el primer tren a encontrarte; toda la casa en revolución, creyendo en el primer instante en un robo, y la ciudad llevándote en lenguas tal vez a estas horas. Qué... ¿estás contento? ¿deseas matar a tu madre? Pues la matarás... ¡Dios mío! ¡y estos son los hombres de talento! ¡los señoritos con carrera! Cuánto mejor que fueses un bruto como yo o como tu padre; sin estudios, pero sabiendo vivir y divertirse sin compromiso.
Después relataba minuciosamente lo ocurrido. La madre teniendo que visitar su viejo mueble para hacer un pago a los jornaleros; el grito de horror y alarma que puso en conmoción la casa; la llegada de Don Andrés, avisado apresuradamente; la sospecha contra la fidelidad doméstica, pasando revista a todas las sirvientes, que lloraban protestando con indignación, hasta que doña Bernarda cayó en una silla, casi desmayada, murmurando al oído de su consejero:
—Rafael no está en casa. Se ha ido... tal vez para no volver. Lo adivino; él tiene el dinero.
Y mientras metían en la cama a la madre sollozante y avisaban al médico, él salía hacia la estación para coger el tren, y leía en las miradas curiosas el presentimiento de lo ocurrido, la prontitud con que los maldicientes unían aquella agitación sorda en la casa de Brull con la subida de Rafael en el primer tren, presenciada por algunos, a pesar de sus precauciones.
—Rafael; señor diputado, ¿está usted contento?... ¿Quiere usted dar que reír más aún a sus enemigos?
El viejo hablaba con voz temblona; parecía próximo a llorar. La obra de toda su vida, las grandes victorias ganadas al lado de Don Ramón, aquel poder político tan cuidadosamente pulido y aguzado, todo iba a quebrarse y perderse por culpa de un chiquillo ligero, vehemente; que al adorar a una mujer arrojaba a sus pies lo suyo y lo de los demás.
Rafael, que en el primer momento se sentía agresivo, dispuesto a contestar con la violencia si el viejo camarada extremaba la reprensión, mostrábase ablandado y un tanto conmovido por el sincero dolor de aquel hombre, sin otro sentimiento que la dominación, semejante a su padre, como el gato se parece al tigre, y casi sollozante al ver en peligro el prestigio de la casa.
Cabizbajo, aterrado por la imagen de aquella escena, después de su huida, Rafael no sabía por dónde marchaban. Le sorprendió de pronto un perfume de flores. Atravesaban un jardín, y al levantar la cabeza vio brillando al sol la arrogante figura del conquistador de Valencia sobre su nervudo caballo de guerra.