Chapter 15
Rafael dio un paso atrás, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas, pero se tranquilizó al ver que el perro, tras una corta indecisión, movía bondadosamente la cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la identidad de la persona. Le había conocido: agradecía sus caricias; recordaba la mano pasada automáticamente por el lomo, mientras conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.
Le pareció un buen presagio aquel encuentro, y siguió adelante mientras que el perro volvía a agazaparse en la sombra.
Avanzaba tímidamente, al amparo de la ancha faja de obscuridad que proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme caer en una emboscada.
Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.
Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que al incorporarse quedó con el rostro en plena luz: Leonora.
El joven hubiera querido desaparecer, que se lo tragara la tierra.
—¡Rafael! ¿Usted aquí?...
Y los dos quedaron silenciosos frente a frente; él avergonzado, mirando al suelo; ella contemplándole con cierta indecisión.
—Me ha dado usted un susto que no se lo perdono—dijo por fin:—¿A qué viene usted aquí?...
Rafael no sabía qué contestar. Balbulceaba con una timidez, que impresionó a Leonora, pero a pesar de su turbación, notó un brillo extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz, que la transfiguraba.
—Vamos—dijo Leonora bondadosamente;—no busque usted esas excusas tan raras... ¿Que venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías es ese? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche peligrosa; yo también lo soy.
Y abarcaba con sus ojos de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por la luna; los nevados naranjos y los rosales y palmeras que parecían negros, destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una opacidad suave; acariciaba como terciopelo.
Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón, habló de la locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó.
—No hablemos de aquella infamia, me hace daño recordarla. Queda usted perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento. Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.
Y recobrando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.
—¡Qué noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena tempestad. He bajado como otras veces y aquí me tiene usted hasta que el sueño pueda más que la hermosura de la noche.
Hablaba con languidez, abandonándose, con temblores de voz y estremecimientos del pecho, como si la angustiase aquel perfume, comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia, blanca, escultural, envuelta en el jaique en que se cubría al pasar de la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al huerto.
Y bajo la fina lana, delatábanse las tibias redondeces con un perfume de carne sana, fuerte y limpia que, atravesando la tela, se confundía con la virginal respiración del azahar.
—He tenido miedo al verle—continuó con voz lenta y apagada,—un poco de miedo nada más; la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando en usted en aquel momento. Se lo confieso. Me decía: «¿Qué hará aquel loco a estas horas?»; y repentinamente se presenta usted aquí como un aparecido. No podría usted dormir excitado por ese ambiente, y ha venido a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras veces.
Hablaba sin su ironía habitual, quedamente, como si conversase con ella misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco con un brazo cruzado tras la cabeza.
Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdón a la que dormía arriba, pero Leonora le atajó de nuevo.
—Cállese usted; habla muy fuerte y podrían oírle. Mi tía duerme al otro lado de la casa, tiene el sueño ligero... Además, no quiero oír nada de remordimiento y perdón. Eso me trae a la memoria la vergüenza de aquella mañana. ¿No le dice a usted bastante que yo le permita estar aquí? De nada quiero acordarme... ¡A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna y el eco de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.
Y quedó inmóvil y silenciosa con los ojos en lo alto, reflejándose en sus córneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael veía de vez en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos, extenderse sus brazos, cruzándose tras la dorada cabellera con desperezos que hacían crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa tensión todos sus miembros. Parecía trastornada, enferma, su respiración anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.
El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia surgiera de nuevo en la conversación, sin ánimo para acortar la distancia que les separaba en el banco. Ella, como si adivinase el pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se hallaba.
—No sé qué tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qué; siento en mí una inexplicable felicidad, y sin embargo prorrumpiría en sollozos. Es la primavera; ese maldito perfume que es un latigazo para mis nervios. Creo que estoy loca... ¡La primavera! ¡Mi mejor amiga y no le debo más que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha sido la consejera... Es la juventud que renace en nosotros; la locura que nos hace la visita anual... ¡Y yo, fiel siempre a ella; adorándola; aguardando su llegada cerca de un año en este rincón para verla aparecer con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen malvada que paga mi cariño con golpes!... Mire usted cómo me ha puesto. Estoy enferma no sé de qué: enferma de exceso de vida; me empuja no sé dónde; seguramente donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de voluntad, caería tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.
Era verdad, estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecían más lacrimosos; su cuerpo, estremecido, parecía encojerse, desplomarse sobre si mismo, como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los poros.
Calló de nuevo por mucho rato con la mirada vaga y perdida en el infinito, y de pronto murmuró como contestando a sus recuerdos:
—Nadie como él conoció esto. Lo sabía todo, sentía como nadie el misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza, y cantó la primavera como un dios. Hans me lo dijo muchas veces y es verdad.
Y añadió sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonámbula.
—Rafael, usted no conoce _La Walkyria_, ¿verdad?; no ha oído el canto de la primavera.
No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban nacarados, fuertes y redondos de las caídas mangas, hablaba lentamente, evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el amor.
La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles, revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo, en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo, olvidado de su padre; Sigmundo, que así mismo se da por nombre _Desesperación_, errante años y años a través de las selvas, acosado por los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirándose en sus cándidos ojos.
El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la rústica cena «Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores. Hasta que apunte el día mi casa te protege, eres mi huésped; pero así que el sol se remonte, serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara la bebida de la noche y vámonos al lecho».
Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija, saldrá el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos, envolviéndole en una mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega, después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la empuñadura de la espada que hundió el dios Wotan: nadie puede arrancarla; sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha destinado el dios.
Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima; la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de rumores y perfumes.
Siglinda se estremece, «¿Quién ha entrado?» Nadie, y sin embargo, un nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina quién es el recién llegado. «Es la Primavera que ríe en el aire en torno de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; terminó la obscura soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores, se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la Primavera y de la Juventud».
Y Leonora se estremecía, escuchando internamente el murmullo de la orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada plazoleta, creía contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechándose en eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los veía desde los bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el entusiasmo del público con su alarido _¡Hojotoho!_
Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que estrechar cariñosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las suyas.
Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de niña, como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de sí.
—No sé qué tengo... Me siento morir... pero con una muerte ¡tan dulce! ¡tan dulce!... ¡Qué locura Rafael! ¡qué imprudencia haberme visto esta noche!...
Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva vida.
Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el suelo, sin fuerzas para defenderse.
Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella mañana, no osaba moverse por el temor de parecer audaz y bárbaro. Le invadía una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche guarda la joya.
La hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía; murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecían dichas por otro y le estremecían al decirlas con escalofríos de pasión.
Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: la noche de bodas del arrogante Mayo con su armadura de flores y la sonriente Juventud. El campo se estremecía voluptuosamente bajo la luz de la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno de sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿qué hacían allí, ciegos ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en torno de sus cabezas?
—¡Leonora! ¡Leonora!—gemía Rafael.
Se había deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado ante ella, agarrado a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar hasta su boca.
Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente con un quejido de niña:
—No, no: me haría daño... me siento morir.
—Los dos en uno—continuaba el joven, con sorda exaltación,—unidos para siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus nombres con la entonación de una estrofa; morir así si era preciso para librarse de la murmuración de la gente. ¿Qué les importaba a ellos el mundo y sus opiniones?
Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.
—No, no;... tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.
Y así era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral, aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la transfiguraba. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada en el placer por el empujón de la violencia, sentía por primera vez rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen al contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella a entregarse entre estremecimientos de miedo a lo desconocido. La naturaleza, al embriagarla abatiendo su resistencia, parecía crear una virginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el placer.
—¡Dios mío! ¿qué es esto?... ¿Qué me pasa? Debe ser el amor; un amor nuevo que no conocía... Rafael... ¡Rafael mío!
Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven, apretaba su boca contra la suya, echándose después atrás, con los ojos extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.
Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso les servía de cámara nupcial: la luna les dejaba en la discreta sombra.
—¡Por fin!—murmuró ella—lograste tu deseo. Tuya... pero para siempre. Te quería antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda mi alma.
Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad. Necesitaba darlo todo.
—Sí; mía para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casaré contigo.
En medio de su embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.
—¡Casarnos! ¿y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño mío, ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el Amor.
V
—Pero bebé, ¿cuándo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este banco, lejos de ti, viendo esos bracitos míos, cómo se cansan de tanto darle a los remos. ¡Un beso!... ¡aunque te enfades! Eso te refrescará.
Y poniéndose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca, imprimiéndola un fuerte balanceo, y besó varias veces a Rafael, que soltando los remos se defendía entre risas.
—¡Loca! Así no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.
Volvió a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del río, sobre las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplación de la amorosa escapatoria.
Había sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doña Pepa y la doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella boca fresca que se adhería con furor a la suya como si quisiera absorberle.
Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que la vida fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad no existía para él. Le parecían fantasmas todos los que le rodeaban; su madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.
Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir después cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma del sueño.
No adivinaba la extrañeza que esta conducta debía producir en su madre, al ver cerrado su cuarto toda la mañana mientras él dormía con la fatiga de una noche de amor. No se fijaba en el rostro ceñudo de doña Bernarda, cansada ya de preguntarle si estaba enfermo y de oír la misma respuesta:
—No, mamá; es que trabajo de noche; un estudio importante.
La madre tenía que contenerse para no gritar: ¡Mentira! por dos noches había subido a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojo de la cerradura. Su hijo no estaba allí. Le vigilaba, y todos los días poco antes del amanecer, escuchaba cómo abría suavemente la puerta de la calle y subía las escaleras quedamente, tal vez descalzo.
La austera señora callaba amontonando en silencio su indignación, lamentándose ante don Andrés de aquel retoñamiento de locura que trastornaba sus planes. El consejero vigilaba al joven por medio de sus numerosos devotos que le seguían cautelosamente por la noche hasta la casa azul.
—¡Qué escándalo!—exclamaba doña Bernarda.—¡De noche también! ¡Acabará por traerla a esta casa! ¿Pero es que esa boba de doña Pepita no ve nada de esto?
Y Rafael, insensible al ambiente de indignación que se formaba en torno de él; sin dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobre Remedios que, cabizbaja como una cabrita enfurruñada, parecía llorar el recuerdo de aquellos paseos regocijados bajo la vigilancia de doña Bernarda.
El diputado no veía nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad. Lo único que le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacer pública su dicha para que se enterasen de ella todos sus admiradores.
Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, donde los amores de los poderosos tomaban la majestad de la pública adoración.
—¡Qué me importa lo que murmuren!—decía una noche en el dormitorio de Leonora a donde subía cautelosamente todas las noches.—Mira si te quiero, que desearía ver a toda esa gente prestándote adoración. Quisiera poder cogerte en brazos así como estás, casi desnuda, y en pleno mediodía presentarme en el puente del Arrabal ante la muchedumbre embobada por tu belleza: «¿Soy o no soy vuestro jefe? Pues si lo soy, adorad a esta mujer que es mi alma y sin la cual no puedo vivir. El afecto que me tengáis a mí, partidlo para que también sea de ella». Y lo haría, a ser posible, tal como lo digo.
—Loco... nene adorable—decía ella cubriéndole la cara de besos, acariciando la negra barba con su boca suave y estremecedora.
Y en una de estas entrevistas, donde las palabras se interrumpían con repentinos impulsos de pasión y las frases se cortaban con un salto de bestia en celo, ahogándose entre las bocas juntas y los pechos oprimidos por el abrazo, fue cuando Leonora manifestó su capricho.
—Me ahogo aquí dentro. Me repugna acariciarte entre cuatro paredes, junto a una cama vulgar, como un amante de momentáneo capricho. Esto es indigno de ti. Eres el amor que vino a buscarme en la más hermosa de las noches. Al aire libre me gusta más; el amor es fresco y puro en medio del campo. Te veo más hermoso y yo me siento más joven.
Y recordando las expediciones río abajo que tantas veces le había relatado Rafael en sus conversaciones de amigo, aquella isleta con sus cortinas de juncos, los sauces inclinándose sobre el agua y el ruiseñor cantando oculto, le preguntaba, ansiosa:
—¿Qué noche me llevas? Es un capricho, una locura; pero ¿para qué existe el Amor, sino para hacer alegres disparates que endulcen la vida?... Llévame en tu barca; ella que te condujo aquí nos trasladará a esa isla encantada; nos amaremos toda una noche al aire libre.
Y Rafael, que se sentía halagado por la idea de pasear su amor río abajo, al través de la campiña dormida, desamarró su barca a media noche bajo el puente del Arrabal, llevándola hasta un cañar inmediato al huerto de Leonora.
Una hora después atravesaban la brecha, cogidos del brazo, riendo de aquella escapatoria de colegiales traviesos, estrechándose el uno contra otro, turbando con besos ruidosos e insolentes el majestuoso silencio del campo.
Se embarcaron, y la lancha, impulsada por la corriente, guiada por los remos de Rafael, comenzó a descender el Júcar arrullada por el susurro de las aguas al deslizarse por las altas riberas de barro, cubiertas de cañaverales que se inclinaban formando misteriosos escondrijos.
Leonora palmoteaba de alegría. Se echaba sobre la nuca la blonda con que había cubierto su cabeza, desabrochaba su ligero gabán de viaje y aspiraba con delicia el airecillo húmedo y algo pegajoso que rizaba la superficie del río. Su mano se estremecía acariciando el agua.
¡Qué hermosa resultaba la escapatoria! Solos y errantes, como si el mundo no existiera; como si toda la naturaleza fuese para ellos; pasando por cerca de las alquerías dormidas, dejando atrás la ciudad, sin que nadie se diera cuenta de aquel amor que, en su entusiasmo, se desbordaba, saliendo del misterioso escondrijo para tener por testigos el cielo y el campo. Leonora hubiese querido que la noche no terminase nunca; que aquella luna menguante, que parecía partida de un sablazo, se detuviera eternamente en el cielo para envolverles en su luz difusa y mortecina; que el río no tuviese fin y la barca flotase y flotase hasta que anonadados ellos de tanto amar, exhalasen el resto de su vida en un beso tenue como un suspiro.
—¡Si supieras cuánto te agradezco este paseo!... Rafael, estoy contenta. Nunca he tenido una noche como esta. ¿Pero dónde está tu isla? ¿Nos hemos extraviado como en la noche de la inundación?
No; llegaban a la isla donde muchas veces había pasado las tardes Rafael, oculto en los matorrales, aislado por el agua, soñando con ser uno de aquellos aventureros de las praderas vírgenes o de los inmensos ríos americanos, cuyas peripecias seguía en las novelas de Fenimore Cooper y Maine Reid.
Un pequeño río tributario se unía al Júcar desembocando mansamente bajo una aglomeración de cañas y árboles; un arco triunfal de follaje. Y en la confluencia de las dos corrientes emergía la isla, una pequeña extensión de terreno casi al ras del agua, pero fresca, verde y perfumada como un ramillete acuático, con espesos haces de juncos sobre los cuales zumbaban de día los insectos de oro, y unos cuantos sauces que inclinaban sobre el agua sus finas cabelleras formando bóvedas sombrías, bajo las cuales se deslizaba la barca.
Los dos amantes entraron en la obscuridad. La cortina de ramas les ocultaba el río; la luna apenas si podía filtrar alguna lágrima de luz por entre el ramaje de los sauces.
Leonora se sintió intimidada por aquel ambiente de cueva lóbrego y húmedo. Invisibles animales caían en el agua con sordo chapoteo al sentir la proa de la barca cabeceando sobre el barro de la ribera. La artista se agarraba nerviosamente al brazo de su amante.
—No tengas miedo—murmuró Rafael.—Apóyate y salta... Poco a poco. ¿No querías oír al ruiseñor? Ahí le tenemos, escucha.