Chapter 11
Al terminar la temporada de Carnaval, aparecen en la Galería los artistas que han pasado el invierno en los principales teatros del mundo. Llegan de Londres, de San Petersburgo, de Nueva York o de Melbourne en busca de nuevas contratas; han corrido el globo con la indiferencia del que tiene todo el mundo por casa; han pasado una semana en el tren o meses en el vapor, para volver a su rincón de la Galería, sin que el viaje les haya reformado, reanudando sus enredos, maledicencias y envidias, como si hubiesen salido de allí el día anterior. Se agrupan ante los grandes escaparates con aire desdeñoso, como príncipes que van de incógnito y no saben ocultar su elevado origen; hablan de las estruendosas ovaciones, tributadas por públicos exóticos; exhiben con satisfacción infantil, brillantes en los dedos y la corbata, insinúan con estudiada reserva los arrebatos de las grandes damas, que locas de amor querían seguirles a Milán; exageran las cantidades ganadas en su viaje y fruncen el ceño con altivez cuando algún camarada desgraciado les pide un refresco en el inmediato café Biffi.
Y cuando llegan las nuevas contratas, los mercenarios ruiseñores levantan otra vez el vuelo, indiferentes, sin importarles dónde van; y de nuevo los trenes y los _steamers_ los distribuyen por toda la tierra con sus ridiculeces y manías para recogerles meses después y devolverles a la Galería, su legítima casa, el escenario fijo en el cual han de arrastrar su vejez.
Mientras tanto, los parias, los que nunca llegan, los bohemios de Milán, al quedar solos, se consuelan hablando mal de los compañeros famosos; mienten contratas que nadie les ha ofrecido, fingen una altivez irreductible con empresarios y compositores, para justificar su inacción; y con el filtro garibaldino en el cogote, enfundados en el ruso que casi barre el suelo, ruedan las mesas de Biffi desafiando la fría ventolera que sopla en el crucero de la Galería, hablan y hablan para distraer el hambre que les muerde las entrañas, y despreciando el trabajo vulgar de los que se ganan el pan con las manos, siguen impávidos en su miseria, satisfechos de su calidad de artistas, haciendo cara a la desgracia con una candidez y una fuerza de voluntad que conmueven, iluminados por la Esperanza, que les acompaña hasta el último instante para cerrarles los ojos.
Rafael recordaba este mundo extraño, visto ligeramente en los pocos días que permaneció en Milán. Su acompañante, el canónigo, había encontrado allí un antiguo niño de coro de la catedral de Valencia, sin otra ocupación ahora que estar día y noche plantado en la Galería. Con él había conocido Brull la vida de aquellos jornaleros del arte, siempre de pie en el mercado, esperando el amo que no llega.
Se imaginaba la adolescencia de Leonora en aquella gran ciudad, formando parte del innumerable rebaño de muchachas que trota graciosamente por las aceras con la partitura bajo el brazo o anima los estrechos callejones con sus trinos y gorgoritos al través de las ventanas.
La veía pasando por la Galería al lado del doctor Moreno: ella rubia, flacucha, angulosa, con el desequilibrio de un exagerado crecimiento, mirando asombrada con sus ojazos verdes aquella ciudad fría y tumultuosa tan distinta de los cálidos huertos de su niñez; el padre, barbudo, cejijunto, enérgico, irritado todavía por el fracaso de sus adoradas creencias; un espantable ogro para los que no conocieran su sencillez casi infantil. Los dos marchaban como desterrados que habían encontrado un refugio en el arte; se agitaban en el vacío de aquella vida, entre maestros avaros que querían prolongar indefinidamente la enseñanza y artistas incapaces de hablar bien hasta de sí mismos.
Vivían en un cuarto piso de la vía Pasarella, estrecha, sombría y de altas paredes, como las calles de la vieja Alcira; un callejón habitado por editores de música, agencias teatrales y artistas retirados. El portero era un antiguo cabo de coros; el principal estaba ocupado por una agencia donde de sol a sol no se hacía otra cosa que poner voces a prueba; los demás pisos los habitaban cantantes que al saltar de la cama comenzaban a hacer ejercicios de garganta conmoviendo la casa del tejado a la cueva como si fuese una caja de música. El doctor y su hija ocupaban dos habitaciones en casa de una antigua bailarina que había conseguido grandes triunfos amorosos en las principales cortes de Europa, y era ahora un esqueleto apergaminado, andando casi a tientas por los pasillos, entablando con las criadas disputas de avara matizadas con juramentos de carretero, sin otros vestigios de su pasado que los trajes de crujiente seda y los brillantes, esmeraldas y perlas que iban reemplazándose en sus orejas acartonadas.
Quería a Leonora con el cariño del inválido por el recluta que entra en filas. Todos los días el doctor Moreno iba a un café de la Galería, donde encontraba una tertulia de viejos músicos que habían peleado a las órdenes de Garibaldi, y jóvenes que escribían libretos para la escena y artículos en los periódicos republicanos y socialistas. Aquel era su mundo: lo único que le hacía simpática su permanencia en Milán. Después de su aislamiento allá abajo en su patria, le parecía un paraíso aquel rincón del café lleno de humo, donde en trabajoso italiano, matizado de españolas interjecciones, podía hablar de Beethoven y del héroe de Marsala, y permanecía horas enteras en delicioso éxtasis, viendo a través de la densa atmósfera la camisa roja y las melenas rubias y canosas del gran _Giuseppe_ mientras sus compañeros le relataban las hazañas del más novelesco de los caudillos.
Cuando él estaba en el café, Leonora permanecía al cuidado de la patrona, y la niña tímida, encogida y como asombrada, pasaba las horas en el salón de la antigua bailarina, rodeada de las amigas de ésta, ruinas del pasado, adoraciones ardientes de grandes señores que hacía muchos años pudrían la tierra; brujas requemadas por el amor, que miraban a cada instante sus vistosas joyas, como temiendo ser robadas, y fumando cigarrillos contemplaban a _la pequeña_, discutiendo su hermosura, profetizándola que iría muy lejos si sabía vivir.
—Tuve excelentes maestras—decía Leonora al recordar aquel período de su juventud.—Eran buenas en el fondo, pero con ellas nada quedaba por aprender. No recuerdo cuándo abrí los ojos. Creo que no he sido nunca inocente.
Algunas noches la llevaba el doctor a su tertulia del café o a la galería alta de la Scala si algún músico le regalaba billetes. Así fue conociendo a los amigos de su padre; aquella bohemia en la que la música iba unida siempre a un ideal de revolución europea; mezcla confusa de artistas y conspiradores; viejos profesores calvos, miopes, con la espalda encorvada por toda una vida de inclinación ante el atril; jóvenes morenos de ojos de brasa con erizadas melenas y corbata roja, que hablaban de destruir la sociedad, haciéndola responsable de que su ópera no fuese admitida en la Scala o de que ningún gran maestro quisiera echar una mirada a sus dramas líricos. Uno de ellos llamó la atención de Leonora. Le contemplaba horas enteras hundida en el diván del café, casi oculta por los brazos, siempre en movimiento, de su padre. Era un joven extremadamente delgado y rubio. Su estrecha perilla y las finas melenas cubiertas por el desmesurado fieltro, recordaban a Leonora el Carlos I de Inglaterra, pintado por Van Dik, y visto por ella en las ilustraciones. En la reunión le llamaban el poeta, y según murmuraban, una gran artista retirada y vieja se encargaba de su manutención y entretenimiento, hasta que sus versos le hiciesen célebre.
—Aquel fue mi primer amor—decía riendo Leonora, al recordar el pasado.
Amor de niña, pasión de colegiala que nadie adivinó, pues aunque la hija del doctor pasaba las horas con sus ojos verdes y dorados puestos en el poeta, éste nunca se dio cuenta de la muda adoración, como si la protectora y vieja diva le abrumase hasta el punto de hacerle insensible para las demás mujeres.
¡Cómo recordaba Leonora aquella época de estrechez y ensueños!... Poco a poco iban devorando la pequeña fortuna que al doctor le restaba allá abajo. Había que vivir y pagar a los maestros. Doña Pepa, apremiada por las cartas de su hermano, vendía campo tras campo; pero aun así en muchas ocasiones se retrasaba el envío de dinero, y en vez de comer en la _trattoría_, cerca de la Scala, entre alumnas de baile y artistas de reciente contrata, se quedaban en casa, y Leonora, olvidando sus partituras, cocinaba valerosamente, aprendiendo las misteriosas recetas de la vieja bailarina. Pasaban semanas enteras condenados a los macarrones y el arroz cargado de manteca que repugnaba al buen doctor: muchas veces había de fingirse éste enfermo para evitarse la visita al café; pero estas rachas de estrechez y miseria las aguantaban padre e hija en silencio, sosteniendo ante los amigos su condición de gentes que tenían en su país de qué vivir.
Leonora se transformaba rápidamente. Había ya pasado el período del crecimiento, esa iniciación de la adolescencia, en la cual las facciones se remueven antes de adquirir su definitiva forma y los miembros se prolongan y adelgazan. Ya no era la muchacha zanquilarga, con movimientos de pilluela que parecían querer arrojar lejos las faldas. Sus ojos adquirían el brillo misterioso de la pubertad; los trajes parecían estrecharse con el impulso de las formas cada vez más llenas y redondeadas y las faldas bajaban hasta los pies, cubriendo algo distinto de aquellas tibias infantiles, secas y nerviosas, vistas tantas veces por la gente de la Galería.
El _signor_ Boldini, su maestro de canto, estaba admirado de la hermosura de su discípula. Era un antiguo tenor que había tenido su hora de éxito allá por los tiempos del Statuto, cuando Víctor Manuel era todavía rey del Piamonte y los austríacos gobernaban Milán. Convencido de que no podría alzar más el vuelo, se había tendido en el surco, dejando pasar a los que venían detrás, y se dedicó a explotar su experiencia escénica como maestro de numerosas muchachas a las que manoseaba bondadoso y paternal. Su blanca barbilla de chivo viejo estremecíase de entusiasmo al acariciar aquellas gargantas vírgenes que, según él, le pertenecían. «¡Todo por el arte!» Y esta divisa de su vida le hacía simpático al doctor Moreno.
—Ese Boldini quiere a mi Leonora como a una hija—decía el médico cada vez que el maestro elogiaba la belleza y el talento de su discípula, profetizándola triunfos inmensos.
Y Leonora seguía sus lecciones acariciada por las manos ardorosas y húmedas del viejo cantante, permaneciendo horas enteras a solas con él, gracias a la inmensa confianza del doctor, hasta que una tarde, en mitad de una romanza, el tembloroso sátiro que todo lo hacía por el arte, cayó sobre ella. Fue una escena odiosa: el maestro, haciendo valer su derecho feudal, cobrándose a viva fuerza las primicias de la iniciación en el mundo del teatro. Y entre lágrimas y desesperados gritos, que nadie podía oír, la muchacha conoció las torturas del amor, sin placer alguno, con una profunda impresión de asco, pareciéndole el más horrible de los tormentos aquel acto misterioso vagamente adivinado en sus curiosidades de joven educada en un ambiente libre de escrúpulos.
Calló por miedo a su padre, temiendo su explosión de cólera al ver engañada la ciega confianza que tenía en el maestro. Se sumió en una pasividad de bestia resignada y siguió acudiendo todos los días a casa de Boldini, sufriendo aquellas lecciones que se interrumpían con acometidas de valetudinario ardoroso o pegajosos halagos de refinada corrupción.
La pobre Leonora entró en el vicio por la puerta grande. De un golpe se sumergió en todas las vilezas aprendidas por aquel vejestorio en su larga carrera por _camerinos_ y bastidores. Boldini hubiera querido conservar eternamente a su discípula; nunca la encontraba suficientemente preparada para hacer su _debut_. Pero de allá abajo, apenas si venía dinero. La pobre doña Pepa, vendido ya todo lo de su hermano y gran parte de lo suyo, sólo a costa de penosos ahorros podía enviarle cantidades insignificantes. El doctor, valiéndose de sus amistades con directores errantes y empresarios de aventura, _lanzó_ a su hija, y Leonora comenzó a cantar en los teatrillos municipales de los pueblos del Milanesado, en las representaciones por dos o tres noches organizadas con motivo de las ferias. Eran compañías formadas en la Galería, al azar, la víspera misma de la función; tropas como las antiguas de la legua que partían casi a la ventura, en vagón de tercera, con la terrible perspectiva de volver a pie, si no vigilaban al empresario, pronto siempre a escapar con los fondos.
Leonora comenzó a oír aplausos, a repetir romanzas ante un público endomingado, de propietarios rurales y señoras cargadas de sortijas y cadenas falsas, y sonrió por primera vez como mujer, al recibir ramos y sonetos de los tenientes de las pequeñas guarniciones. En todas sus correrías la seguía el tirano, el maestro, que enloquecido por una pasión que tal vez era la última, abandonaba sus lecciones para salir a su encuentro. ¡Todo por el arte! Quería gozarse en la contemplación de su obra, presenciar los triunfos de su discípula. Y apenas el padre, agradecido por tanto afecto, se separaba un poco, caía sobre ella imponiéndola su esclavitud.
Por fin salió de aquella bohemia artística, cantando en Padua todo un invierno. Allí conoció al tenor Salvatti, un gran señor que trataba desdeñosamente a los compañeros y era tolerado por el público en consideración a su pasado.
Por su figura arrogante había triunfado muchos años sobre la escena. En torno de su cabeza retocada por la tintura y el colorete, parecía flotar con un nimbo aquella leyenda de triunfos galantes que evocaba su nombre. Las grandes damas disputándosele con sorda guerra; una reina escandalizando a sus súbditos con su ciega pasión por él; dos divas eminentes vendiendo sus diamantes por conservarle fiel en fuerza de regalos. La envidia de los compañeros exageraba prodigiosamente esta leyenda, y Salvatti, cansado, pobre, conservando de su pasado una belleza fatigada y ademanes de gran señor, vivía de los públicos de provincia que le aplaudían bondadosamente, con la misma satisfacción de amor propio que si socorrieran a un príncipe destronado.
Leonora, al cantar frente a aquel hombre famoso, al agarrar en pleno dúo aquellas manos que habían besado las reinas del arte, sentíase profundamente turbada. Era el mundo soñado en su cuartito de Milán, las grandezas aristocráticas que llegaban hasta ella en el ambiente fuertemente perfumado que envolvía a Salvatti. Este no tardó en comprender la impresión que causaba en aquella joven que prometía ser una belleza y con su frialdad de amante egoísta se propuso sacar partido de la _pequeña_. ¿Fue el amor lo que empujó a Leonora hacia los brazos de Salvatti? La artista, cuando examinaba su pasado, protestaba enérgicamente. No era amor; Salvatti era incapaz de inspirar una pasión verdadera. Su egoísmo, su corrupción moral se revelaban en seguida. Era un entretenido, capaz únicamente de explotar a las mujeres. Pero fue una alucinación que la cegó, que la hizo sentir en los primeros días la dulce turbación, el voluptuoso abandono de un amor verdadero. Fue la esclava del arruinado tenor, voluntariamente, como lo había sido por miedo del maestro. Y tanto llegó a dominarla el imperioso amante, tal embriaguez produjo en su naturaleza sensual aquel primer amor, que obedeciendo a Salvatti, se fugó con él al terminar la temporada, abandonando a su padre.
Este era el hecho más terrible de su vida. Ella, tan valerosa con el pasado, que no se arrepentía de nada, parpadeaba conteniendo las lágrimas al recordar tal locura.
Era mentira lo que contaba la gente sobre el fin de su padre. El pobre doctor Moreno no se había suicidado. Tenía demasiada altivez para revelar, dándose la muerte, el inmenso dolor que le había causado aquella ingratitud.
—No me hable usted de ella—dijo con fiereza a su patrona de Milán cuando intentó hablarle de Leonora.—Yo no tengo hija: fue una equivocación.
Ocultándose de Salvatti, que al verse en decadencia era terriblemente avaro, Leonora envió a su padre algunos centenares de francos desde Londres y desde Nápoles. El doctor devolvió los cheques a su procedencia sin añadir una palabra, a pesar de hallarse en la miseria. Entonces Leonora envió todos los meses algún dinero a la vieja bailarina, encargándola que no abandonase a su padre.
Bien necesitaba el pobre de cuidados. La patrona y sus viejas amigas lamentaban el estado del _povero signor espagnuolo_. Pasaba los días como un maniático, encerrado en su cuarto, el violoncello entre las rodillas, leyendo a Beethoven, su único pariente—según él decía,—el que jamás le había engañado. Cuando la vieja Isabella, cansada de oírle, le empujaba a la calle con pretexto de velar por su salud, vagaba como un espectro por la Galería, saludado de lejos por los antiguos amigos que huían del contagio de su negra tristeza, y temían las explosiones de furor con que acogía las noticias de su hija.
¡Qué modo de hacer carrera! Las viejas carroñas reunidas en el saloncito de la bailarina, comentaban con admiración los adelantos de la pequeña y hasta se indignaban un poco contra el padre, por no aceptar las cosas tales como eran. Aquel Salvatti era el apoyo que necesitaba; un piloto, experto conocedor del mundo, que la dirigía sin tropezar en escollos ni perder bordada.
Había organizado sabiamente una _reclame_ universal en torno de su joven compañera. La belleza de Leonora y su entusiasmo artístico conquistaban los públicos. Tenía contratas en los primeros teatros de Europa, y aunque la crítica encontrara defectos, el respeto a la hermosura se encargaba de olvidarlos, exaltando a la joven artista. Salvatti, amparado de aquel prestigio que cuidaba religiosamente, se sostenía como artista. Despedíase de la vida a la sombra de aquella mujer, la última que había creído en él y que toleraba su explotación.
Aplaudida por públicos famosos, cortejada en su _camerino_ por grandes señores, Leonora comenzaba a encontrar intolerable la tiranía de Salvatti. Lo veía tal como era; avaro, petulante, habituado a que le prestasen adoración; arrebatándole (para ocultarlo Dios sabe dónde) cuanto dinero llegaba a sus manos. Deseosa de vengarse y seducida al mismo tiempo por el esplendor de aquel mundo elegante con el que se rozaba sin penetrar en él, tuvo aventuras y engañó muchas veces a Salvatti, experimentando con ello un diabólico placer. Pero no; después de transcurridos los años, al examinar el pasado con la frialdad de la experiencia, comprendía los hechos. La engañada era ella. Recordaba la facilidad con que se alejaba Salvatti, en el momento oportuno; la rara casualidad con que se combinaban los sucesos para facilitar sus infidelidades; comprendía que aquel hombre era un rufián que cautelosamente preparaba sus aventuras con hombres poderosos presentados por él mismo, para sacar provechos que quedaban en el misterio. Después se mostraba cruel y susceptible durante muchos días; era su amor propio de antiguo buen mozo perseguido por las mujeres, que se sentía lastimado: la rabia de traicionarse a sí mismo para ahorrar una pequeña fortuna; y buscaba cualquier pretexto para armar querella a su amante, promoviendo escenas borrascosas en las que la abofeteaba, jurando como en su juventud cuando descargaba las barcazas del Tíber.
A los tres años de esta vida, estando Leonora en todo el esplendor de su belleza, fue en Niza la mujer de moda una primavera completa. Los periódicos de París, en sus crónicas del gran mundo, hablaron de la pasión de un anciano rey, un monarca democrático que abandonando su estado partía en _villegiatura_ para la Costa Azul, como un fabricante de Londres o un bolsista de París. Leonora sentíase intimidada por aquel señor alto, robusto, de barba patriarcal—el tipo de los reyes bondadosos de las leyendas,—que orgulloso de mostrar cierto verdor a sus años, no temía presentarse en público con la hermosa artista.
Aquello pasó, dejando como rastro en Leonora una marca de distinción, algo de ese vago ambiente que tienen los objetos hermosos cuando se sabe que han sido usados por personajes históricos. Todo el rebaño masculino que con la flor en el ojal y el monóculo hundido en la ceja bailaba y aventuraba luises en la ruleta, desde Niza a Monte Carlo, la miraba con avidez y respeto, como un caballo de raza que acabase de ganar el Gran Premio en las carreras.
—¡Ah! ¡La Brunna!—decían con entusiasmo.
—La querida del rey Ernesto... una gran artista.
E intentaban abrirse paso hasta ella, entre el tropel de adoradores que continuamente la asediaban bajo la mirada inteligente y voraz de Salvatti.
Por entonces murió su padre en un hospital de Milán. Un final tristísimo, según le explicaba en sus cartas la antigua bailarina. ¿De qué había muerto?... Isabella no sabía explicarlo. Cada médico había dicho una cosa; pero la bailarina resumía claramente su pensamiento: el _povero signor espagnuolo_ había muerto porque estaba cansado de vivir. Un desplome general de aquel cuerpo fuerte y poderoso, en el que influían con ímpetu irresistible los afectos morales. Estaba casi ciego al entrar en el hospital; parecía idiota, sumido en inquebrantable silencio; Isabella no podía conservarle en su casa, por su estado de inconsciencia. Pero lo raro fue que al aproximarse la muerte, reapareció de un golpe en su memoria todo el pasado, y los enfermeros le oyeron gemir noches enteras, murmurando en español, con una tenacidad de maniático:—¡Leonora! ¡pequeña mía!, ¿dónde estás?...
Lloró la artista oculta en su hotel más de una semana, con gran enfado de Salvatti, que no gustaba de la desesperación dolorosa porque agostaba la hermosura.
¡Sola!... Con su locura había causado la muerte de su padre; ya sólo le quedaba en el mundo aquella buena tía que vegetaba lejos como una planta sin más vida que la devoción. Miró a Salvatti con odio. El la había inducido a abandonar a su padre, turbándola con una embriaguez voluptuosa. Sintió el deseo de vengarse, de recobrar su libertad, y abandonando a Salvatti, huyó con el conde Selivestroff, un ruso de varonil belleza, rico y capitán de la Guardia Imperial.
Su suerte estaba echada; pasaría de brazo en brazo. Su vida era el canto y dejarse adorar por los hombres. Sería en su lecho como en la escena: de todos y de ninguno.
Aquel Apolo rubio, de músculos duros y blancos como el mármol, de ojos grises, bondadosos y acariciadores, la amaba de veras.
Leonora, recorriendo el pasado, confesaba que Selivestroff había sido su mejor amante. Se enroscaba a sus pies sumiso y adorador, como Hércules ante Ariadna, acariciándola las rodillas con su hermosa barba de oro. Se acercaba todos los días con timidez, cual si la viese por vez primera y temiese ser rechazado; la besaba con adoración y recogimiento como una joya frágil que pudiera romperse bajo sus caricias.
¡Pobre Selivestroff! Era el único amante cuyo recuerdo conmovía a Leonora. Habían vivido un año en su castillo, en plena campiña rusa con la fastuosidad del boyardo, paseando su amor fresco, insaciable y sin cesar renovado, por entre los embrutecidos mujiks que contemplaban a aquella mujer hermosa, envuelta en pieles blancas y azules, con la misma devoción que si fuese una virgen despegada del fondo dorado del _icona_.
Pero Leonora no podía vivir lejos de la escena; las grandes damas huían de ella en el campo, y Leonora quería que la aplaudiesen y festejasen. Decidió a Selivestroff a trasladarse a San Petersburgo y cantó en la ópera todo un invierno, como una gran señora, convertida en artista por entusiasmo.