The Wits and Beaux of Society. Volume 1

Chapter 4

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-¡Joseíto! -exclamó lleno de asombro, al ver a éste, pálido, desencajado, con el hirsuto cabello sobre la frente y en los ojos la expresión de un dolor infinito, sin fondo, sin fronteras; a Joseíto, que flaco, amarillento, habíase tenido que apoyarse un punto contra el quicio de la puerta, como para no caer desplomado, y el cual, de pronto, como si tras el primer momento de estupefacción que en él produjera el trágico espectáculo, hiciera el dolor reaccionar todas sus energías, avanzó impetuoso como un torbellino y, febril, desatentado, con algo aterrador en los ojos, se arrojó sobre la muerta, casi la sacó del ataúd, juntó su rostro al de la muerta querida, y un grito ronco, un a modo de alarido, brotó de su garganta, y momentos después caía de bruces, como desplomado, sobre el cuerpo de la amada compañera.

El señor Paco, tras pasarse el dorso de la encallecida mano por los ojos, intentó arrancar a su amigo de junto a la muerta, a la vez que todos los que formaban el duelo, sorprendidos por el ruido de la terrible escena, penetraban en tropel en la estancia mortuoria, pero Joseíto, apartando un punto su rostro, tan pálido como el de ella, de Rosalía, contempló con expresión llena de atonía a todos los que le acababan de rodear, y sólo al ver a la señora Micaela, hizo explosión su dolor, hasta entonces mudo y reconcentrado, y un sollozo largo, ronco, desgarrador, sollozo que parecía haber roto al explotar las fibras de su corazón y todos los músculos de su garganta, fue el preludio de una deshecha tempestad de lágrimas, que se confundieron con las de la pobre vieja, que habíase abrazado al cuello de aquél, cuyo dolor se besaba con el suyo al siniestro fulgor de los amarillentos blandones.

XII. Las últimas galas

El Zorzales había querido acompañar los restos de la mujer amada hasta el lugar de su eterno descanso, y vestido con el traje corto de luto y rodeado de sus más íntimos camaradas, siguió tras los que conducían la caja al cementerio, casi colgado en la florida falda de una colina donde las cruces de madera aparecían engalanadas de flores y trepadoras, fulgiendo como faldellines de ricos verdores bajo el intensísimo azul del cielo.

Los enterradores, ya abierta la profunda fosa, fumaban indiferentes, esperando el nuevo tributo; algunas cogujadas asustadizas levantaban el vuelo al paso del convoy con doliente piar; don Leovigildo hizo descubrir a la muerta, y el sol acarició por última vez, con un torrente de centellas de oro, el rostro de Rosalía, que parecía dormir un sueño apacible envuelta en un mantón de Manila de larguísimo flecaje, un a modo de espléndido chal de los que dieron fama eternal a los artífices del Oriente, a la vez que entre los bucles de su revuelta cabellera, centelleaban en sus orejas los aretes que la difunta tanto había codiciado.

Todos los que al acto aquel tan triste asistían, miraron tan llenos de asombro aquella riqueza destinada a los gusanos, que algunos se olvidaron de descubrirse cuando don Leovigildo, ceñida a su cuello la estola y en la mano el solideo, dio principio a rezar la última oración con que la Religión acaricia por última vez al creyente.

Y terminado que hubo don Leovigildo, acercose a la caja el Zorzales, que parecía próximo a caer desplomado, se arrodilló junto a la muerta, y reclinando su frente casi en la de aquélla, puso en su faz su último beso.

-Vamos, vamos ya -díjole Curro el Madroño.

Joseíto se incorporó, apoyándose en el brazo de su amigo. Uno de los enterradores cogió la tapadera de la caja y esperó.

-¿Se cierra? -preguntó a Joseíto, y con voz trémula, el señor Pepe el de la Florida, a la vez que ponía una mirada francamente codiciosa en el mantón y en los aretes de la difunta,

-Sí, que cierren -dijo con voz sorda el Zorzales.

Hubo un momento de vacilación, de perplejidad, de incertidumbre, pero los enterradores, viendo que no había razón para prolongar aquella indecisión, colocaron la tapa en su sitio y quedó sumida en sombras eternas la bellísima cuanto infortunada compañera del Zorzales.

Y algunos minutos después descendían de la colina José y los que le acompañaban; el sol seguía bañándolo todo con sus raudales de luz esplendorosa; una brisa cálida impregnada de montesinos aromas agitaban mansamente las ramas de los árboles; el campo todo aparecía como vestido de flores; algunas cogujadas asustadizas levantaban azoradas el vuelo, y cerniéndose sobre los riscos, una alondra piaba dulce y querellosamente, como llamando con quejumbrosos halagos de amor a la amada compañera.

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