Entre breñas

Part 3

Chapter 34,096 wordsPublic domain (Wikisource)

Rosalía, reliada en el mantón y casi oculto el semblante por el pañuelo, una vez que hubo salido del corral, entornó la puerta, se dirigió jadeante hacia la salida del pueblo; por fin había conseguido enterarse dónde estaba su Joseíto; el Chusquel, en su diálogo con la señora Micaela, creyéndose a solas con ésta, no se había recatado de hablar del señor Juan el Pulío ni de la señora Pepa, su consorte; también se había enterado de que el enfermo mejoraba, pero que su impaciencia por verla era tan grande, que ya se hacía imposible casi retenerle.

Rosalía no había podido seguir escuchando; su respiración empezó a hacerse tan difícil que se vio obligada a apartarse de la puerta desde la que estaba escuchando, pero decidida a aprovechar la primera oportunidad. Apenas vio salir a su madre, tal como estaba, reliada en el mantón, sin arreglarse siquiera el espléndido cabello, salió al campo por la puerta del corral.

La mañana era espléndida y luminosa; el intenso azul del cielo, las fulgencias del cristalino espacio, las ráfagas de luz, el viento saturado de montesinas fragancias, la onda, en fin, de inmensa vitalidad en que se sintió envuelta hízola bambolearse y cerrar los ojos deslumbrada y embriagada por aquella plétora de vida. Durante algunos minutos permaneció inmóvil, apoyada contra el viejo muro de adobe; después, recobrada algo, echó a andar, pero sus piernas temblaban, el viento hería sus pulmones doloridos, su cuerpo desfallecía. No obstante, prosiguió su ruta, al final de la cual adivinaban sus ojos la imagen del hombre querido. ¡Qué sorpresa y qué alegría la de éste cuando la viera llegar! Aquello era lo que ambos necesitaban para ponerse buenos; lo que ella necesitaba para sanar era volver a sentir en sus labios los del hombre querido; esto era lo que a ella habíale de devolver la salud, sentir el calor de sus brazos, oír el ritmo de su voz acariciadora.

Estas ideas la confortaron. El campo presentábase a su vista como acicalado con nunca por ella vistos verdores. ¡Cuán bella destacábase, como arropada por algunos árboles, la huerta del Breñas, con sus arriates cubiertos de flores, con el parral que sombreaba la planicie! En cuanto se mejorara era preciso que se fuesen a vivir al valle, en una casita como aquella, hasta tanto que ambos se afirmaran, podrían ir tirando con sus escasas rentas. ¡Y cuán felices podrían ser, y lo serían seguramente! ¡Cuán bello porvenir se presentaba a sus ojos! ¡Vivir con su hombre y su madre en un rincón florido de la llanura, paseando por las orillas del río, al que formaban a trechos a modo de una bóveda maravillosa los árboles seculares al entrelazar su ramaje! ¡Oh, cuando ella recobrara de nuevo los tonos nacarinos de sus mejillas, el brillo de sus ojos, la elasticidad de sus músculos; cuando ella pudiera correr y cantar sin sentir aquella mano de hierro que la ahogaba! ¡Oh, cuán hermoso es poder respirar a pleno pulmón, llenárselos con aquel aire tan rico, tan perfumado! ¡Oh, cuán dichosos eran todos los seres esparcidos por el valle: el zagal que cruzaba cantando por entre los campos de trigo y de cebada; el viejo que, encorvado en el majuelo, deleitábase en contemplar los apretados racimos en agraz; la huertana que cabe las aguas del río brillaba al sol con su zagalejo grana y defendida de sus rayos por un gran sombrero de palma!

Rosalía tuvo necesidad de sentarse: un sudor frío y copioso la inundó toda; la sangre martillaba en sus sienes con ritmo febril; sus manos ardían húmedas y viscosas, su pecho se negaba a recibir aquellas ráfagas de aire puro que al acariciar su rostro, antojábasele a ella que la azotaba como con látigos invisibles.

Sentose sobre una piedra jadeante y sudorosa; su rostro parecía cadavérico; un terrible desmayo enseñoreábase de todo su ser; un dolor lento, sordo, penetrante, aquel que con tanta frecuencia la atormentaba, empezó a llenarle de angustias; después sintió un ligero cosquilleo en la garganta, y ¡oh infame cosquilleo! Pronto una tos terca, dura, cavernosa, le hizo llevarse el pañuelo a los labios...

Media hora después recibía, llorando, la señora Micaela a su hija, que procuraba sonreír para tranquilizarla; el señor Toño el Chuchumeco y su hijo Juanón explicábanle momentos después lo ocurrido a la anciana, diciéndole:

-Pos gracias a que pa dir a ea de los Frangullos, en lugar de tirar por la ermitica, se mos ocurrió tirar por la trocha de las chumberas, que si no quizás estaría allí la probe entoavía, y ya sin frío ni calentura, poique cuando mosotros llegamos estaba que parecía de hielo mesmamente.

Cuando llegó el médico, no se cuidó ya de recatar su pesimismo, y llevándose aparte a la señora Catalina, hermana de la señora Micaela, le dijo con acento solemne:

-Esto no tiene ya, desgraciadamente, compostura, así es que ya deben ustedes preocuparse de su alma, que por su cuerpo es ya bien poco lo que puede hacerse.

-Entonces habrá necesidá de avisarle a Joseíto -dijo, gimoteando, aquélla.

Se encogió de hombros el doctor, y:

-En eso harán ustedes lo que mejor les parezca, y en cuanto traigan lo que voy a recetar, que le den una cucharada, y otra cada dos horas. ¡Pobre muchacha!

Y el médico, sacando lápiz y cartera, empezó a recetar apoyando el papel contra el muro, mientras la señora Catalina pensaba en el trago amarguísimo que se veía en la precisión de hacer tomar a su poco venturosa hermana.

IX. Con ella

Cayetano, deteniendo el paso de su cabalgadura delante de la puerta del corral de Juan el Pulío, dejó escapar un silbido prolongado.

-Ahí está tu primo -exclamó, gozosa, la señora Pepa, apoyando ambas manos en las rodillas.

Joseíto se incorporó bruscamente, y cuando aquél penetró en la habitación:

-No puées tú figurarte lo que me alegro de verte -le dijo-, poique es que yo ya no pueo seguir asina ni una horita más; yo necesito ver a mi Rosalía o que mi Rosalía se venga, y, sobre to, que con eso de mi Rosalía to lo veo yo una miajita turbio, y sa menester que tú me platiques la verdá y que me digas si es que mi jembra está más peor, poique pa mí que tiée que estarlo, cuando ella no se ha arrancao ya por carceleras y se ha vinío a mi querencia.

-Como que eso es ya una cosa que se te ha puesto a ti sobre el corazón, y la verdá es que las noticias que yo tengo de tu jembra no son ni mu güenas ni mu malas, poique, sigún me ha dicho a mí el Cherpa, que la ve cuasi tos los días, la probe, como está tan delicaucha y la pícara calentura no afloja la rienda, y como con estas esazones le ha dao por cerrar el pico...

-A mí me platicas tú sin que te quée naíta por dentro -exclamó bruscamente Joseíto, que había palidecido oyendo al Petaquero-. A mí me ices tú la verdá, que yo tengo pecho pa to, y si mi Rosalía...

-Hombre, te diré -murmuró Cayetano sin atreverse a mirar a su primo cara a cara-; ya conoces tú lo súpita que es tu Rosalía, y como es tantísima la voluntá que te tiée, pos lo que pasa es que como el méico no quería que se le igiera aónde estás tú, poique, de enterarse, se hubiera enjotao en vinir y ella no está pa estos apretones, pos na, se le ijo que tú estabas con una pupa que te había salío por mo de que te dio el relente en la cara, pero ella se cabreó y ayer mañana se enteró por casolidá de que tú estabas aquí, y apenitas se enteró y la señá Micaela se fue a la compra, se salió por la puerta del corral, y... na, lo que el méico icía, que como el sol ya encomienza a picar más de lo debio, y como ella está tan... asina, pos le dio la tos más fuerte que de costumbre, y encomenzó a jechar una miajilla e sangre, y...

-Mi Rosalía debe está mu malita -murmuró sordamente, sentándose en el lecho, Joseíto, cuyo rostro delataba la profunda angustia que habíase apoderado de su alma.

-No, hombre, no; mala... sí, pero no mu malita.

-Sí, mi Rosalía..., mi probetica Rosalía...

Y un sollozo ahogado impidiole continuar al Zorzales, el cual, momentos después, decía, dirigiéndose a la señora Pepa, con acento imperativo:

-Jágame usté el favor de traerme la ropa, que ahora mesmito me voy yo ar pueblo.

La señora Pepa no se opuso, como otras veces; ya tenía ella noticias de la gravedad de Rosalía, no ignoraba que ésta pedía a gritos no morir sin volver a ver al hombre querido, y comprendiendo que no debía oponerse a satisfacer aquel legítimo deseo de una moribunda, salió de la estancia, regresando a poco con el airoso traje andaluz del Zorzales, al que preguntó:

-¿Y cómo vas a dir tú andando dende aquí al pueblo, siendo ésta la primera vez que te alevantas?

-Asperaremos que encomience a caer la tarde y yo le llevaré a las ancas jasta la cruz de los Cipreses, y como dende allí ar pueblo no hay más que un tirón...

-No, yo me voy ahora mesmito.

-Tú no quedrás que a mí me cojan los ceviles, y si te vas andando llegarás más tarde que si asperamos.

Joseíto permaneció silencioso y sombrío; la conformidad de Cayetano y de la señora Pepa, que hasta entonces tan tenazmente habíase opuesto a su partida, habían llevado a su espíritu el triste convencimiento de la gravedad de Rosalía; sin duda ésta estaba en peor estado que él había podido suponer cuando tan dispuestos veía a aquéllos a que él fuese al pueblo con la herida no cicatrizada del todo y sin fuerzas para salir de la casa, pues cuantas veces había intentado hacerlo sin el apoyo del señor Juan, hubiera dado en tierra con su buena persona.

Las horas que hubieron de transcurrir antes de que el sol empezara a plegar su regia túnica de oro en los vastos horizontes, las pasó Joseíto devorado por una impaciencia febril que no le dejaba sosegar.

Cuando, ya vestido, se vio reproducido en la luna del espejo que conservaba la señora Pepa como valiosa herencia de sus antepasados, se dio cuenta de los estragos que en él hiciera la bala que conservaba como recuerdo: su rostro estaba demacrado; su cabello y barba, crecidos; de vez en cuando doblábanse sus piernas, y cuando ya oscurecido, y ayudado por el señor Juan, montó a la grupa del caballo de su primo, tuvo que abrazarse a la cintura de éste para no caer, pero, no obstante, un suspiro de satisfacción ensanchó su pecho al pensar que en breve iba a ver a la que llenaba de ternuras infinitas su corazón y de luz su pensamiento.

X. Mortal impaciencia

-¡Mi Joseíto, madrecita, que quiero ver antes de morir a mi Joseíto!

Y la voz de Rosalía, estertórica, no parecía brotar de aquel pecho destrozado; parecía flotar en torno de ella como si fuese su alma retenida al cuerpo por una fibra sutilísima, pero ya desintegrada de aquellos míseros despojos, del que empezaba a emanar ese hálito inconfundible de la muerte con que el cuerpo da el último adiós a la vida.

Contraído por la sofocación y por la pena, estaba su rostro lívido, con una lividez fantástica; sus grandes ojos, abiertos desmesuradamente, parecían mirar aterrados un abismo insondable; su semblante afinábase adquiriendo apariencias espectrales; sus labios, exangües y contraídos, dejaban ver la antes nacarada dentadura, ya de tonos amarillentos; sus cabellos enmarañábanse sobre su frente; su respiración resonaba sibilante y aterradora.

La señora Micaela, junto a ella, secaba el sudor de su rostro, bebiéndose las lágrimas que corrían copiosas por sus rugosas mejillas. La señora Catalina entraba y salía procurando huir del tremendo espectáculo; la Florina y Antonia la Salpullío gimoteaban secándose los ojos con el pico del delantal; en el umbral de la habitación, algunos vecinos piadosos fumaban en la antesala esperando el fatal momento y entreteniendo la lúgubre espera poniendo orden en la marcha del Gobierno y dando solución a los más grandes conflictos internacionales.

La luz melancólica del atardecer daba tonos tristes al aposento; Rosalía, atenta al menor rumor, no apartaba los ojos de la puerta; la impaciencia adquiría en ella trágicas manifestaciones; comprendía que su fin se acercaba, se lo profetizaba la silenciosa hecatombe que dentro de ella tenía lugar, un algo que dentro de su ser extenuado convertíase en escombros, y al presentir que era llegado el momento de abandonar aquellos miserables andrajos corporales en que habíase convertido la espléndida flor de su hermosura, y al convencerse de que muy en breve hundiríase en lo insondable sin volver a ver por la vez postrera el semblante varonilmente hermoso del hombre querido, sin sentir por última vez el ritmo de su voz robusta y apasionada, la pena licuaba sus entrañas y antojábasele que con su José al lado la muerte no podría arrancarla de sus brazos, que su José la defendería de su terrible zarpazo, y al pensar que pudiera llegar tarde en defensa suya, una horrible desesperación apoderábase de su corazón. Se ahogaba. Aquella mano implacable aferrada a su pecho como una garra de fuego, apretaba más y más sus ahorquilladas falanges; el aire que oreaba sus labios no penetraba en él consolando sus angustias, y «¡Oh José! ¡Oh, mi José!», decía con voz, con acento cuyas inflexiones habían perdido sus argentinas modulaciones, y al grito supremo del ser adorado contestaba la angustiada madre con engaño piadoso:

-¡Ya viée, prenda mía! Pero si es que va vinir en seguiíta, pero que en seguiíta va a vinir -decíale, acongojada, la señora Micaela, que procuraba aquietar sus manos, empeñadas en hacer dobleces y más dobleces las vueltas del lecho. Y sus labios mojados por las lágrimas, que no cesaban de beber, se posaban con maternal, desesperado, ahínco en la frente de la enferma, empapada en el sudor de la agonía.

Todos los allí congregados se apresuraron a ratificar las palabras de la señora Micaela. Joseíto no podía tardar; ya se le había avisado por darle gusto, no porque fuese preciso, porque, felizmente, el estado suyo no era de peligro, ni con mucho; verdad que había sufrido un retroceso en su dolencia, pero esto no tenía la importancia que ella quería darle, el médico no hacía más que repetirlo por barbechos y rodales que muy pronto podría volver a poner amarillas de envidia a las que más de bonitas y jacarandosas presumían, como en tiempos mejores. Aquella aparente gravedad era la crisis, la esperada crisis, la última dentellada del lobo, pero en aquella crisis se quedaría fijamente el pícaro animal sin la pícara dentadura.

Todo esto oíalo la enferma con expresión ceñuda; adivinaba en todo aquello un puñado de piadosas mentiras. Si aquello fuese verdad, ¿por qué habíale hablado doña Romualda, la hermana del cura, de que convenía recurrir al Divino Pastor y a la Virgen Santísima? ¿Por qué habíale hablado de aquello, sabiendo ella, como sabía, que cuando Dios penetraba en el hogar de un enfermo, cruzábase en el timbral con la esperanza? Ella lo sabía, y a pesar del terror que esta idea le producía, anhelaba ver ante sus ojos el rostro bondadoso y rudo de don Leovigildo, de aquel buen cura que tanto la acariciara de niña, al ver pasar al cual apresurábase siempre a separarse de sus compañeras de juegos y travesuras infantiles par ir a besarle la mano y a pedirle alguna estampita sagrada; a aquel bondadoso apacentador del rebaño de su pueblo, que había bendecido su unión con su Joseíto.

Cuando doña Romualda le habló de su hermano, hízolo sonriente y acariciando sus cabellos con sus manos huesosas y pellejudas. Ponerse bien con Dios no quería decir, como cree la generalidad, que la enfermedad no tiene remedio. ¡Tantos debían a aquello mismo la salud! Si se acudía a Dios y a la Virgen Santísima en aquella ocasión era porque la enfermedad tendría que salir huyendo ante la Divina Misericordia. ¿Qué médicos podían competir con la Divina Voluntad? Y a ella le dolían los oídos de oír contar milagros conseguidos por su santa mediación. Así es que ella tenía la seguridad, la absoluta seguridad, de que en cuanto descargara su conciencia de lo que la podía abrumar, a los dos días estaría en condiciones de bailar un bolero con toda la sandunga y con todo el ángel con que solía hacerlo en sus años infantiles y en los de su cercana mocedad.

Al aparecer, media hora más tarde, el sacerdote en la estancia, un silencio solemne imperó en ella; sólo se oía el estertor de la moribunda; ésta miraba con expresión de terror a don Leovigildo, que habituado a aquellas tristes escenas y a tener que poner un consuelo en todo el que se disponía a atravesar los aterradores umbrales, la contemplaba con serena expresión llena de amor y de dulcedumbre.

Todos, menos la señora Micaela, habíanse replegado a los corredores, y don Leovigildo sentose junto al lecho, y:

-¿Qué es eso, hija mía? -preguntó, a la vez que cogía una de las desfallecidas manos a la enferma, que seguía mirándole con el espanto en los ojos, y al ver que nada le respondía, continuó con voz dulce y acariciadora-: Me he enterado por mi hermana de que estás algo malucha, y ahora, al pasar por la esquina, pues voy a casa de Bastián, que tiene a la menor de sus mozas con un calenturón que la está achicharrando, pues me dije yo: «Ya que estamos tan cerca, vamos en un vuelo a ver a Rosalía, y a llevarle este escapulario de la Santísima Virgen de Lourdes, para que durante tres meses la rece tres Avemarías en acción de gracias por haberle devuelto la salud». Y digo en acción de gracias porque estoy segurísimo de que te pones buena a los dos días de tenerlo colgado al cuello.

Rosalía miró a don Leovigildo con ojos en que el terror había ido amortiguando su brillo siniestro; el acento de convicción con que éste había dicho aquello había hecho renacer en su espíritu un pálido destello de esperanza: ¡rezar durante tres meses tres Avemarías cada noche a la Santísima Virgen! Luego era posible que aquello que sentía fuese la crisis que empezaba a librar la última batalla en la enfermedad en derrota.

El semblante de Rosalía reverberó con aquel pálido destello de esperanza surgido en su pecho, y oprimiendo convulsivamente el escapulario blanco y azul que acababa el sacerdote de ceñir a su cuello, lo besó con ferviente ahínco, y

-Gracias, padre -balbució, a la vez que dos lágrimas se perdían como en una placa candente al rodar en sus mejillas.

Cuando don Leovigildo salió de la habitación, ya cumplido su santo ministerio consolador, quedó Rosalía como sumida en un a modo de lúcido desmayo; una vaga sensación hasta entonces no sentida habíase adueñado de todo su ser; parecíale que empezaba a ver las cosas por cristales nunca vistos: a sus ojos empezaban a confundirse las líneas y los colores; parecía como si estuviese distante de la habitación en que yacía; la mano férrea que aprisionaba su pecho empezaba, sin duda, a sentirse cansada; aquello era, sin duda, la crisis anunciada por el médico.

Su rostro reflejó vago inefable bienestar; sus facciones fueron serenándose, y algo ultraterreno brilló en su semblante, que iba adquiriendo aspecto de estatua yacente; fue a besar el escapulario, y sus brazos se negaron a acatar los imperativos de su voluntad; sus ojos, sus grandes ojos, parecían mirar algo sólo visible para ella, y de pronto, una sonrisa iluminó como un rayo de sol sus labios, que musitaron suaves y acariciadores.

-¡Ah, José, mi Joseíto...! Por fin... José, mi José...

Y esta vez el nombre del hombre querido brotó en los labios de Rosalía como una dulce, una plácida, una vaga melopea.

XI. Tarde

Rosalía parecía dormida; sus cabellos encrespábanse como un reluciente oleaje alrededor de su cabeza; la muerte había devuelto a su rostro la belleza que amortiguaran horas antes las contracciones del dolor, y una serenidad que tenía algo de celeste beatitud, enseñoreábase de aquella faz que con los grandes ojos entornados parecía como sumida en un a modo de plácido sopor; sus manos, cruzadas sobre el pecho, oprimían el blanco escapulario que le llevara don Leovigildo minutos antes, y los tallos de algunas flores, cuyo blancor competía con el del sudario que envolvía modelándolas sus formas rígidas y descarnadas.

La luz de los blandones daba triste claridad a la estancia, de cuyo centro enseñoreábase la enlutada camilla; y una ventana abierta de par en par renovaba el aire enrarecido por el perfume de las flores amontonadas sobre el ataúd, y el de los amarillentos blandones.

Junto a la muerta, cruzados los brazos y balbuciendo algunas oraciones con labios temblorosos luchaba la señora Catalina contra el sueño y el cansancio; en la habitación inmediata, la señora Micaela, rodeada de algunas vecinas y parientes, vestidas de negro, con los ojos enrojecidos, hacía la apología de la pobre difunta con acento trémulo y acongojado.

-¡Probetica mía! -decía dirigiéndose a la señora Sebastiana la Tabarrerosa- con qué pena más requetegrande que se me ha dío a la tierra! como que se defendía de morir pa dar tiempo a que viniera su José. ¡Ay, cómo se me partía el corazón oyéndola! ¿Y a quién no se le hubiera partío? ¡y qué dolor tan grande! ¡tan regüena como era, que se va a la tierra el alma mía sin que haiga pasao por su frente un mal pensamiento, ni una malina palabra haiga salío de su boca! ¡Pobrecita mía de mis entrañas! ¿Por qué me la habrá arrecogío su Divina Majestá?

-Por lo mesmo que era güena, esas son las que Dios quiere pa su gloria, las güenas, las más regüenas, las más requetegüenísimas como ella.

-¿Pero poiqué no se jecha usté un ratito, a ver si consigue usté escansar una miaja? Señá Micaela, ande usté, jéchese usté una miaja.

-No, que lo que vas a tomar hora mesmo es una miajita de caldo, que dende anoche no ha entrao naica, pero que naica en ese cuerpo, y con eso no vas a conseguir que la difunta reviva.

-Éjame a mí, por Dios, e cardos; que la Virgen Soberana me arrecoja a mí con ella es lo que necesito.

Y la pobre vieja rompió de nuevo en histéricos, y convulsivos sollozos cubriéndose el semblante.

-Pero no llores más, mujer, no llores más -díjole, limpiándose dos lágrimas vergonzantes la mujer del señor Paco el Reondela.

-Éjale que llore -exclamó éste incorporándose bruscamente, mirando con expresión de reproche y con acento desabrido a su consorte-, ¿si no trae ahora agua el río, cuando la va a traer?

Un silencio tristísimo y embarazoso imperó en la sala, silencio que fue interrumpido de nuevo por el Batanero, que dijo, dirigiéndose a la señora Micaela:

-¿Y Joseíto, lo sabe ya?

-Yo le mandé un recao esta mañana con el Chusquel a su primo el Petaquero. ¡Hija de mis entrañas! Ni ese gusto le ha querío Dios dar a tu corazón! ¡Y cómo al morir no tenía boca más que pa llamar a su Joseíto...! ¡Probetica mía, y en qué horita más sin luz que la puse yo en la vía!

Y el llanto volvió a brotar abundante en los ojos de la anciana.

El señor Paco, sintiendo que su voluntad iba siendo insuficiente para poner vendales a una lágrima rebelde que pugnaba por abrirse paso por entre sus párpados, se levantó de nuevo bruscamente, y saliendo de la habitación, penetró en aquella en que la muerta yacía.

-¡Qué requetebonita que era! -musitó posando sus ojos en aquellos ojos tan rasgados que tan de cabeza trajeron un día a casi todos los mozos del pueblo-, ¡lástima de zagala! ¡qué lástima e flor! ¡pícara vía, y qué partías más serranas y más juncales que mos juega a las primeras e cambio! Pos no pueo pensar lo que va a pasar cuando se entere Joseíto, y a ese es a quien hay que tenelle lástima ahora, poique es que el mozo no veía er cielo azul, ni amarillos los madroños, si ella no le dicía que eran dambas cosas de aquellos mesmos colores.

En aquel momento, un grito ahogado, inarmónico, uno que tenía algo de chasquido resonante detrás de él, precedido de algunas exclamaciones de sorpresa, le hizo volver la cabeza, y