Entre breñas

Part 2

Chapter 24,205 wordsPublic domain (Wikisource)

Joseíto permaneció inmóvil durante algunos minutos como temiendo despertar el dolor, que al detenerse la montura habíase amortiguado, pero al sentir que la sangre aún seguía manando de la herida, hizo un esfuerzo poderoso y se medio incorporó arrojando una mirada escrutadora en torno suyo.

A la clara luz de la luna pudo verse todo empapado en sangre; el dolor agudizábase por momentos; una gran laxitud habíase apoderado de él; parecíale verlo todo como al través de un tul vaporoso; sus ideas y recuerdos surgían en su imaginación como loca y vertiginosamente barajados por las manos habilísimas de un prestidigitador; Rosalía, el Chirimollo, las arracadas, el mantón, la hipoteca, sus viejos, el Petaquero, el teniente Mendiola, todos los seres amados y no amados parecían bailotear en su cerebro una danza fantástica y grotesca.

El instinto hizo resonar en él su voz poderosa, y arrancándose el pañuelo de seda que le servía de corbata, se lo llevó al costado oprimiendo con él la herida, y en aquel momento un extraño de la montura al desesperado latir de un perro, le despidió bruscamente arrojándole a algunos pasos de distancia sobre un terreno blando y movedizo.

En tanto tenía lugar la escena que dejamos narrada, el tiroteo seguía en la loma del Almendral; los contrabandistas empezaban a retroceder; ya dos de ellos habían tenido que retirarse heridos y uno de los carabineros, al abrigo de las balas por un corte del terreno, vendábase una pierna, de la que no cesaba de brotar la sangre.

El sargento no conseguía abrirse paso, porque los contrabandistas retrocedían con lentitud desesperante, y ya llevaban tres cuartos de hora de lucha cuando un silbido penetrante dominó el fragor de la pelea.

-¡Cobardes! ¡cobardes! ¡cobardes! -rugió Mendiola al ver cómo repentinamente todos los adversarios volvían grupas y se alejaban veloces como sombras tendidos sobre las monturas y haciendo a éstas trazar caprichosos zig zag burladores de la más certera puntería.

La persecución se hizo imposible; al dominar del todo el repecho, pudo ver el teniente cómo cada uno de aquellos seguía un camino distinto, y como ya conocía el modo de pelear de aquellas gentes,

-A ver, que se queden aquí dos con el cabo Manzano y con el otro número herido, y los demás conmigo todos hacia la trocha de Atanares.

Y momentos después volaba el pequeño escuadrón en la dirección indicada por el teniente, alumbrados por la luna que resplandecía en el charolado correaje y en el reluciente alero de los pesadísimos sables y de las no menos brillantes tercerolas.

V. La venta del Caracolo

Las primeras claridades del día iluminaban vagamente el paisaje; la venta del Caracolo presentaba pintoresco golpe de vista; el señor Juan el Pistola, de pie en el umbral, empleábase, como de costumbre, en tejer larga pleita con el esparto que sacaba del abultado haz que sujetaba bajo la axila; el Perezoso, un zagalillo greñudo y atezado, parecía empeñadísimo en justificar su mote con una interminable serie de bostezos, a la vez que daba suelta a la reducida piara que a diario tenía que conducir a la montanera; Márgara, desnudos los renegridos brazos, recogida la falda, que dejaba ver el encarnado zagalejo, y cubierta la cabeza por un pañuelo de hierbas atado en la nuca, barría la planicie situada bajo el viejo parral que le daba sombra grata en los ardientes días de estío y no cerraba el paso a las caricias del sol en los invernales, y el Caracolo colocaba a la yegua el pesado yugo a la vez que canturreaba con voz algo ronca: El león en su cueva muere de celos.

Cuando más engolfados y abstraídos estaban todos, al parecer, en sus respectivos quehaceres,

-Ya tenemos ahí a esos caballeros -dijo Joseíto sumando uno más a la larga serie de sus matinales bostezos.

Una mirada del Caracolo le hizo enmudecer, y crujiendo hábilmente la honda, gritó dirigiéndose a la oronda matrona de la piara:

-Vamos pa allá, preciosa, vamos pa allá, prenda mía.

Y al ver que ésta, no obstante lo excesivamente galante del adjetivo, no parecía dispuesta a acatar su mandato, hízola obedecer haciendo rebotar una piedra en su torso reluciente.

Poco tardaron en llegar a la venta Mendiola con su gente.

-Buenos días -dijo el primero, con acento brusco y mirando con expresión de amenaza al Caracolo.

-¿Cómo tantísimo güeno por aquí, mi tiniente? -repúsole el ventero abandonando la yunta y avanzando lentamente hacia los recién llegados.

-¿Por dónde ha tirao el Petaquero con su lobera? -le preguntó Mendiola sin dignarse contestar a su pregunta.

Los recién llegados, sin duda previamente aleccionados, habíanse dirigido rápidos hacia los de la venta, y llevándose aparte a cada uno de ellos, antes de darles tiempo a que pudiesen cambiar una palabra, dieron principio todos a la vez a un mismo interrogatorio.

Aquellas buenas gentes no sabían una sola palabra de lo ocurrido algunas horas antes en los Chaparrales: sin duda Cayetano y los suyos habían flanqueado la venta en su huida y habían ido a guarecerse a algunos de los pueblos próximos. Terminados los interrogatorios pudieron apreciar los interrogadores que no había habido entre los interrogados la más pequeña contradicción; las gentes de la venta hacía una hora que se habían levantado; el viejo habíase entretenido en encender la candela; la cortijera, en recoger los huevos en el corral y en amasarles a las gallinas; el pastor, en componer la honda que habíasele roto en el día anterior: el ventero, en echarle unas brazadas de yesca a la yunta antes de llevársela al trabajo.

No obstante esto, el teniente echó un vistazo a la cuadra, al pajar, y no encontrando en aquellos lugares nada que le llamase la atención, dulcificó algo la expresión de sus ojos, y:

-¡Por vida de Dios, y qué diíta que nos espera después de la noche que nos han dado! -exclamó a la vez que arrojaba una mirada escrutadora en los alrededores del edificio.

-Pero ¿es que esta noche ha habío gresca con la gente de ese mozo?

-Dos horas casi de danza en los Chaparrales, lo que ese pícaro me tiene que pagar es el haberme lisiao al Cantimplora, que ha salido con un balazo en la cabeza, y a Paco el Dueña, con otro en una pantorrilla.

-¡Pero qué! ¿se les cogieron las cargas?

-Dos machos que se les cortaron en la loma del Pisaverde, y dos hombres que no volverán a matutear por estos terrenos, el Gazpacho de Algatocín y el Veneno de Igualeja.

-¡Lástima de mozos! -murmuró el ventero.

-Lástima de ellos y no lástima de nosotros, ¡por vida de Dios, que esto no se acabará en tanto no se acabe con todos ustedes, que todos ustedes sois lobos de las mismísimas madrigueras!

Al Caracolo le chispearon las negras pupilas con expresión dura y brava, y dos minutos después alejábase el teniente de la venta.

Cuando ya se hubieron perdido de vista, una sonrisa burlona serpeó en los gruesos labios de todos los habitantes del cortijo, y

-Usté, agüelito -dijo el Caracolo al viejo, que no había cesado un punto de tejer la soga- a la loma del Almendral, y tú, Perezoso, a la del Grajo, y tú, Márgara, al cruce de los Matorrales, a tener cudiao con esa gente, y si los ven ostés de golver, ya sabéis, un escopetazo a la luna,

Y diciendo esto se lanzó rápido hacia lo más espeso del monte.

Durante algunos minutos avanzó por una senda casi invisible a los ojos de los menos expertos, y al llegar a un enorme hacinamiento de rocas, llevose los dedos a los labios y dejó escapar un silbo agudo que resonó como modulado por un mirlo en los zarzales.

Otro mirlo pareció contestar al del Caracolo, y momentos después franqueaba éste la primera línea de rocas y topábase con Cayetano y su gente en reducidísima planicie, donde las poderosas acémilas y los enjutos caballos desaparecían casi del todo como bajo una lluvia torrencial de bien olientes matujos.

-Pos sá menester -dijo Cayetano después de oír al Caracolo -meternos más aentro jasta el anochecer que salgamos pa Jimera- y después, dirigiéndose al ventero, continuó:

-¿Y han dicho argo esos armas mías de mi primo Joseíto?

-Ni pío; de los que han platicao ha sío del Gaspacho y del Veneno, a los que, según parece, han arrecogío, pero tocante al Zorzales no deben haberle jechao mano, poique si no no se hubieran dejao de icillo, ¡que apenicas le gusta farolar al tiniente Mendiola!

-Pos sá menester que vaya usté a ver si se ha guarecío por alguno de esos cortijos, poique pa mí que er plomo lo arrecogió, que cuando al sentirse jerío se le arrancó el jaco, diba galapagueando en la montura, y si er plomo lo ha arrecogío bien...

Y al pensar que un desenlace trágico hubiera podido poner fin a la carrera del mozo, algo siniestro resbaló por las negrísimas pupilas del Petaquero, el cual, minutos después, internábase más y más por entre los espesos jarales, seguido de sus compañeros, todos ellos gente avezada a jugarse a diario la piel en la brava serranía.

VI. El herido

-¿Qué, te sientes mejor?

-Sí, que me duele muchísimo menos.

-Como que el tío Clavija tiée en cá deo un bote e bársamo pa eso de curar jerías, camará, que no he visto yo nunca más santas pa estas cosas; verdá es que lo tuyo, felizmente, no es cosa que merezca tratamiento.

Joseíto, tendido en la cama del señor Juan, miraba a éste con expresión triste y meditabunda; su imaginación estaba bien distante de allí; la imagen de su Rosalía no se apartaba un punto de su pensamiento, con sus grandes ojos febriles, su perfil bello y descarnado, sus labios exangües, enjoyados por una sonrisa de melancólico irresistible encanto. Cuando pensaba en que el mal rato sufrido hubiérala podido empeorar, parecía que el lecho le escupía, pero el dolor que al moverse le hiciera sentir, hacíale exhalar hondos suspiros, y rabiosa y silenciosamente tascar el freno que le impedía volar al lado del ser querido. Respecto a sus viejos, no tenía inquietud ninguna; Cayetano habíale enviado uno de sus hombres de confianza, el cual habíase llevado una noche la carga de contrabando menos el pañuelo y los zarcillos; al visitarle aquél a los dos días, entregole el recibo de los Reondos de Faraján y, además, algunas monedas, producto de la venta de la sedería sacada del Campamento, no sin que al entregárselas le dijera con voz sorda:

-Mal arte has tenío, en tu primera salía.

Y al ver que Joseíto se encogía de hombros desdeñosamente, continuó:

-Y el dicir esto no es por esa chirigota que te dijieron y que, gracias a Dios, no se ha formalizao, sino por lo negro que estarás ya de no poer alevantarte pa querer a tu morena.

Los ojos del Zorzales centellearon de amor y tras algunos momentos de silencio, murmuró con voz sorda:

-Pos lo que más me duele de to es no saber si se ha puesto u no más peorsilla con la pícara noticia.

-Mejor no puée estar, poique la probe no se convencerá jasta que te vea con sus propios ojos, de que lo que tú tiées no vale el romero y el vino que en emplastos se ha gastao.

-¿Pero tú tiées noticias de ella? -le preguntó Joseíto haciendo un gesto de dolor al intentar incorporarse.

-Sí, que tengo, poique hier tarde estuve platicando con Sebastián el Cachete, que me ijo qué no está ni peor ni mejor, sino que sigue tosiendo y con su miajica de destemplanza.

Días después sentíase mejorado nuestro protagonista y, aunque con trabajo, podía incorporarse, y hasta, aprovechando uno de los momentos en que la señora Pepa le dejara a solas, había logrado asomarse al balcón, pero para volver a la cama tuvo necesidad de esperar a que volviera la buena mujer.

Desde aquella intentona no había vuelto a moverse, pero ya estaba decidido a abandonar aquel hospitalario rincón; la impaciencia tomaba en él caracteres de mayor gravedad que el balazo; el sueño había huido de sus ojos, y las noches pasábaselas suspirando angustiosamente y dando vuelcos y más vuelcos. No, él no podía continuar más tiempo sin ver a Rosalía; él había esperado que ésta, al enterarse de que él no podía ir a verla, hubiera ido en su busca, y si no lo había hecho ya, era seguramente porque algo muy grande se lo impedía; porque estaba peor, sin duda, y si ella estaba peor... ¡Dios de los cielos! si ella estaba peor, él tenía, aunque fuese arrastrando, que ir a sus cubriles a comerse a besos aquella carita pálida de pómulos encendidos y aquellos ojos que eran como dos ventanales por los que parecía querer irse el alma de aquel cuerpo tan airoso a la vez que tan débil, tan esbelto, tan febril y tan lleno, a sus ojos, de tan hondos atractivos.

-¿En qué piensas? -le preguntó el señor Juan, que entreteníase engrasando el herraje de su retaco.

-¿En qué quiée usté que piense? En lo dichosos que son tos aquellos a los que Dios ha puesto alas pa poer volar aonde más es de su gusto.

No seas súpito, hombre, que ya entro e ná, sigún ice el Clavija, podrás salir de aquí como de un cañón rayao, que ya lo que te quea no vale naica, gracias a Dios, poique es que perdiste aquella noche más sangre que agua suelta un aguacero.

La ventana daba paso a un torrente de rayos de sol que iluminaban alegremente la estancia, y a dos golondrinas que habíase posesionado de un viejo nidal situado en una de las vigas del techo, y las cuales, al acariciarse al borde del nido, habían hecho a Joseíto pensar más de una vez en la querida compañera.

La señora Pepa penetró en la habitación, sobre el encallecido pelo amplio pañuelo de hierbas anudado en la frente, en la mano la escobilla de blanqueo y algunos manchones de cal en el rostro y en los renegridos brazos, que dejaban ver las arrolladas mangas de la chaquetilla.

-Qué, un hombrecito, ¿verdá? -le preguntó la vieja, poniéndose un puño en la cintura y apoyándose con la otra en la escoba.

Joseíto sonrió a la anciana, que con casi maternales desvelos habíalo atendido, y

-Sí, señora -le repuso-, y si no fuese por...

-Si no fuese, ¿por... qué? -le preguntó aquélla, y antes de que aquél hubiera podido contestarle, continuó:

-¡Vaya! Si no juera poique te está jaciendo muchísma farta la prenda que tú más quieres... ¿no es asina?

Los ojos de Joseíto contestaron de modo elocuentísimo a la pregunta, y tras un breve silencio:

-Pos si la cosa no estuviese ya tan pa granar, yo mesma te la traería -dijo la señora Pepa-, pero como ya, gracias a Dios y a la Virgen Santísima, estás tú tan requetemejorao...

-Pero si es que pa que ella no haiga vinío sin que naide vaya por ella en los doce o catorce días que llevo aquí, sa menester que esté pa que la embarzamen la probetica mía e mi corazón -dijo con voz reconcentrada el Zorzales.

-¿Y poiqué ha de ser eso asina? ¿No ves tú que nosotros la hemos dicho que lo tuyo no vale naica?

-Manque ustedes le haigan dicío lo que les haiga dao la repotentísima gana, ella hubiera vinío fijamente, ¡vaya si hubiera vinío!

-Pos bien, sí -dijo el señor Juan-, ella hubiera vinío, y si no ha vinío es poique mosotros no le hemos querío dicir aonde estás tú, por eso mismamente, pa que no se ponga en camino, poique es que como ella está tan... asina, tan poquilla cosa, y como una caminata tan grande le sentaría más peor que un escopetazo...

-Pero es que ha poío vinir en jamugas.

-Pero como er méico...

Estas palabras, que se escaparon sin duda, al señor Juan, hicieron a éste hacer un mohín delator de su arrepentimiento, pero comprendiendo que era preciso enmendar a escape el yerro, continuó:

-Como er méico le tiée aconsejao que no se tome calores ni fríos, ni se ajetree por naica de este mundo, pos es naturá, la señá Micaela le dijo a Juanón que no le igiera aónde estás tú pa que no se arrancara y se viniera en busca tuya.

-¡Luego er méico ha tinío que dir a verla! -dijo Joseíto, y después, con voz irritada y vehemente:

-¡Pos esto no puée seguir asín; yo esta mesma noche me voy ar pueblo manque sea gateando!

-¡Tú qué has de dirte ar pueblo de esas jechuras! ¿No ves tú que si tú te pusieras más peor y se tuviera que llamar ar méico, er compromiso sería pa nosotros?

-Tiée usté razón -musitó con voz llena de desaliento el mozo.

-Vamos, el que ha esperao lo más, espera lo menos -añadió la señora Pepa, a la vez que, soltando la escoba contra la pared, arreglaba la almohada y el embozo del lecho al paciente, que tornó a sonreír agradecido al sentir que la mano de la pobre mujer pasaba acariciadora por su frente, apartando de ella los encrespados mechones.

Cuando se vio de nuevo a solas Joseíto, quedó sumido en sombría abstracción, pero algo más consolado al pensar que tal vez el no haber ido su Rosalía obedecía a no conocer su paradero, y no a que estuviera mucho peor de aquel pícaro mal que iba robándole la vida por horas y por minutos.

Y al par que pensaba esto, sus ojos se posaban en el nido en que las dos golondrinas parecían entablar un apasionado diálogo de amor con sus resonantes trinos y sus ardientes gorjeos.

VII. Rosa marchita

Los tonos del crepúsculo pintaban los celajes de incopiables irisaciones, de opalinas transparencias; tras las enhiestas cumbres habíase hundido el sol dejando a su paso los últimos vaporosos pliegues de oro de su esplendorosa clámide; el valle adormecíase al conjuro de las primeras vaguedades precursoras de la noche; empezaban a esfumarse los contornos de los caseríos y de la arboleda; de vez en cuando turbaba el silencio la voz de alguno de los campesinos, que hablaba a distancia, o el rumoroso tintineo de las esquilas del ganado conducido a los apriscos por los pastores; algo dulce y sedante iba adueñándose del panorama, y allá en lo más hondo de etéreos abismos iban apareciendo los luceros y las estrellas, que parecían parpadear rutilantes y misteriosos.

Rosalía, sentada en una antigua butaca forrada de yute, contemplaba con pupilas en que la fiebre ponía un fuego abrasador la serena perspectiva; extendidos tonos violáceos circuían sus ojos, y las rosas de sus pómulos hacían resaltar los intensamente amarillos que habían sustituido los nacarinos con que en días más felices había dado envidia a los nardos de sus macetas; sus labios entreabiertos constantemente, ponían una mueca de dolor en su pálido semblante.

Arropada en recio mantón de lana, y oculta la rica cabellera por un pañuelo de seda celeste, de vez en cuando sus manos de color de jazmines marchitos, crispábanse al estrechar el mantón, arrebujándose en él al conjuro del escalofrío.

La señora Micaela, procurando enmascarar su profundo desaliento, mirábala a hurtadillas, dejando asomar a sus ojos, de vez en cuando, un chispazo de la terrible pena que envolvía su pensamiento en siniestras negruras ante aquel tremendo avance de la enfermedad, que en tan pocos días habíase adueñado de la muchacha. Cuando la noticia del encuentro de Cayetano con el teniente Mendiola en los Chaparrales llegó al pueblo, no se pudo evitar que una de las hembras más parlanchinas de la vecindad fuese a contárselo a la muchacha; cuando la señora Micaela fue a la casa se encontró con su hija ahogándose y con el pañuelo que oprimía en sus crispadas manos cubierto de sangre; si le hubiera valido hubiera despedazado a la imprudente habladora, pero ésta tuvo buen cuidado de ponerse a salvo. Cuando llegó el médico, sonrió a la enferma y le dijo que aquello, gracias a Dios, no merecía la pena, pero después, cuando estuvo a solas con la señora Micaela, su cara sufrió grave metamorfosis y, triste y meditabundo, dijo a la vieja:

-Esto no me gusta; esa estúpida de Márgara ha cometido una imprudencia imperdonable. ¿A quién se le ocurre venirle con el cuento...? ¡Por vida de...! Pero, en fin, vamos a ver si esto se puede arreglar. ¡Pobre Rosalía!

-Pero ¿usted cree...? -le preguntó, poniéndose lívida, la señora Micaela.

-Lo que yo creo -dijo- es que la ligereza de esa tonta de capirote nos hace retroceder uno o dos meses en la curación. Pero, en fin, todo es cuestión de que se tenga ahora mayor cuidado, y si fuese posible que Joseíto viniera pronto... ¿Dónde está Joseíto?

-Pues mire usté, Joseíto está en ca del señor Juan el Pulío.

-Pos, sigún me ha dicho el Chusquel, la cosa, gracias a Dios, no es grave, pero no se podrá mover entoavía en un puñao de días de la cama.

-¿Quién le está asistiendo?

-Pos como el señor Juan es el que pilló más cerca -murmuró tímidamente la anciana-, fue el Clavija, y el Clavija... Pero yo quisiera que usted...

-Yo no tengo inconveniente, pero si voy tendré que dar parte al Juzgado, y eso no creo que le convenga a Joseíto.

-¡Qué le ha de convenir! Pero es que yo temo que...

El doctor, acostumbrado a las rivalidades del Clavija,

-Bueno -dijo, encogiéndose desdeñosamente de hombros-, si ustedes ven que la cosa es grave, me lo dicen e iré a verle; pero si ustedes creen que con lavarle la herida con sublimado al uno por mil, por ejemplo, y poniéndole, bien tintura de yodo o bien yodoformo con algodones, también fenicados, puede curarle el Clavija, en ese caso no habrá necesidad de que yo vaya ni de dar parte al Juzgado.

Para la señora Micaela no pasó inadvertida la generosa indicación del médico, y en cuanto llegó a la siguiente mañana el Chusquel, le preguntó:

-¿Con qué está curando a Joseíto el Clavija?

-Pos pa mí que le están curando con un emplasto de romero y vino endispués de lavar la jería con agua de malvaloca.

-Pos cuando vayas le vas a icir e mi parte al señor Juan que jaga el favor de vinir a verme, que por favor se lo pío.

Cuando el Pulío llegó a la casa, después de enterarse la anciana de que la bala no había interesado más que la piel y los tejidos blandos, dijo a aquél con acento de súplica:

-Pos me va usté a jacer el favor de icirle al Clavija que se le está poniendo el emplasto que él ha dispuesto, pero en lugar del emplasto le va usté a poner...

Y la vieja repitió, palabra por palabra, todo cuanto el médico le indicara.

Y cumplido este deber, dedicose la pobre vieja de lleno a atender a Rosalía, a la que había procurado tranquilizar diciéndole una y otra vez:

-Yo te juro por toítos nuestros difuntos que es verdá lo que te platico, que tu Pepe no tiée naíta, pero que naíta de importancia.

-Pero ¿aónde está? Eso es lo que yo necesito saber, ¿aónde está mi Joseíto?

-Yo te juro que está mu cerca, pero que mu cerca de aquí, y no te lo icimos poique yo te conozco y sé que eres mu capaz de dar un voletón, y eso es lo que no quiero yo, poique si te siguen y sus cogen y se averigua que él estuvo en los Chaparrales, no va a ser esazón la que sus van a dar a mancos y a cojitrancos.

-Pero ¿y si yo le juro a usté que no me muevo de aquí manque sepa aónde está metío?

-¡Josús, y qué requetecabesúa que te jiso Su Divina Majestá!

Rosalía quedó en silencio, no convencida del todo; tras el acento jovial de su madre advertía ella una amargura honda y desalentadora; además, ella se veía por dentro; antojábasele asistir a un tristísimo espectáculo, al desmoronamiento de un edificio; antojábasele que su interior era una vivienda en la que empezaba a caer tabiques, techumbres, pilares, cítaras, y en la que en breve no quedaría nada en pie. Cuando pensaba esto, un sudor frío y angustioso empapaba su frente y sus cabellos. ¡Dios santo, cuán hondas eran sus angustias, sus temores, su desesperación! No quería pensar en la muerte, pero esta idea, pájaro de negrísimo plumaje, parecía empeñado en abatirlo en ella. ¡Qué miedo más grande se apoderaba de su corazón! ¡Morir! Ser enterrada sin que llegaran hasta ella los rayos del sol, las caricias del viento, el aroma de las flores, el cantar de los pájaros y, sobre todo, no ver a su José, no verse retratada en sus ojos, en aquellos ojos suyos tan dulces, tan habladores, tan llenos de caricias; no oír su voz, aquella tan musical con que tantas veces la arrobaba desde la primera vez que, bajo la vigilancia materna, entablara con él el primer diálogo de amor, aquél que con él mantuviera en una noche de luna en la puerta de su vivienda, diálogo que cien veces le había repetido y le repetía su pensamiento en sus horas de amantísimas abstracciones.

VIII. Las alas rotas