Entre breñas

Part 1

Chapter 14,271 wordsPublic domain (Wikisource)

I. El chaval

Detuvo el paso de su yegua Pepe el Zorzales, y colocándose una mano a modo de pantalla sobre los ojos, arrojó una mirada escrutadora sobre el riente panorama.

Un espléndido sol otoñal embellecía las rápidas pendientes cubiertas por una vegetación exuberante y anárquica, en la que más que verse adivinábanse los rebaños por el lastimoso balar de los recentales y por el lánguido tintineo de las esquilas. Grandes macizos de verdor flanqueaban el río, en cuyas orillas blanqueaban los molinos ribereños, de zafir purísimo parecía el horizonte y de cristal el espacio.

Veintiséis o veintisiete primaveras podría contar nuestro protagonista, y era de tez morena, grandes ojos de lánguidas y adormecedoras pupilas, con facciones de correcto dibujo, curvas mejillas, donde azuleaba la barba cuidadosamente afeitada, como el bigote; sus labios eran frescos y encendidos; como de marfil su dentadura, algo grande y desigual; su cabello, abundante y sedoso, tan oscuro como sus bien arqueadas y pobladísimas cejas y como sus larguísimas pestañas, desbordaba por bajo el ala del airoso rondeño gris, y era vigorosa y cenceña su figura, que avaloraban ajustado marsellés, ceñidor y pañuelo de raso azul que lucía a guisa de corbata sobre la bordada y blanca pechera de la camisa. El pantalón de pana era sustituido en la rodilla por flamantes polainas adornadas con arabescos dibujos y larguísimo flecaje.

Permaneció Joseíto inmóvil durante algunos momentos; el silencio era turbado únicamente por el rumor del río al resbalar mansamente por entre verdes tarajes que salpicaba el rojo adelfal y los blancos rosales bravíos; por el melódico doliente piar de las alondras, por los susurros del viento al agitar la frondosa arboleda y por el sonoro latir de los perros guardianes del desparramado caserío.

Pronto el rápido trotar de otro caballo hizo volver el rostro a Joseíto y saludar con una exclamación de júbilo a Cayetano el Petaquero, que avanzaba hacia él también airosa y típicamente engalanado, jinete en un jaco de sangre andaluza y cabos finos como torzales, que, al aire la suelta crin, agitaba los encarnados borlones del mosquero y la también roja morillera del ensedado y vistoso atajarre.

-¡Gracias a Dios! -exclamó aquél al ver a su primo, el cual podría contar algunos años más que Joseíto, y era de contextura hercúlea y de rostro bronceado, ojos negros y fulgurantes, y rizosas, negrísimas patillas, evocadoras de las usadas por la gente macarena de la pasada centuria.

-Como que pensé que no diba a poer vinir, poique por poquito si me doy de cara con el sargento Cariñena en la encrucijá de los Encinares.

-Pos mía tú, si te parece nos metemos aonde no mos puean ver como no suban en globo.

-Es lo mejor, que no tengo yo ganas de tonteos con estos caballeros que por horas y por minutos van afinando la puntería.

Minutos después internábanse ambos interlocutores por entre los espesos jarales, entre los que tan sólo podían ser sorprendidos por las águilas, que se mantenían como inmóviles y con las poderosas alas extendidas sobre los vértices de la montaña.

-Güeno -exclamó el Petaquero, sentándose a la sombra de un nogal, en tanto Joseíto elegía sitio también cómodo junto a él, y los caballos despuntaban algunos tiernos matujos-, vamos a ver pa qué es pa lo que necesitas tú de mi presona gitana.

-Pos na, pa lo que yo te quería era pa icirte que ya estoy decidío der to a dar contigo argunos portes al Campamento.

-Pero ¿es que te vas tú también a jechar al tabaco?

-Lo que yo necesito es arrejuntar más pronto que se ice un puñao de jaras pa poer mercalle a mi jembra las mejores arracás y el mejor mantón de tos los que puean lucir en toíca la serranía, y como yo no tengo haberes pa premitirme esos rumbos, pos cuando antier me dio el viejo las tres mil y pico de tordas que importa el vencimiento de la hipoteca que le tiéen jecha los Reondos de Faraján, pos me ije yo pa mí: «Con estos cuatro ochavos pueo yo dirme en busca de mi primo y dirme con mi primo al Campamento y emplearlos bien empleaos y mercar el mantón y mercar los aretes, y endispués, cuando venda lo que me traiga de Gibraltar, pagar el vencimiento, y si por casolidá no arcanzara, pos lo que jaría sería gorver a dar otro porte contigo, y como ya sabes tú lo súpito que soy, y como ya se me ha puesto la cosa sobre el corazón, pos velay tú, por eso te mandé el recao que te mandé con Perico el Muletero.

-Pero ¿por qué te ha entrao a ti esa calentura por mercalle esas dos cosas a tu jembra? ¿Es que ya ha encomenzao a escupir y a sentarle mal lo que come?

-Eso quisiera yo, y no pasa por mo de eso que tú ices, que lo que me escupe la prenda es de la colorá y no pasa un día sin que le entre la pícara calentura.

-Pero ¿no se había mejorao retantísimo cuando estuvo en la Tordillera?

-Sí que se mejoró una miaja, pero apenitas gorvió ar pueblo encomenzó de nuevo a toser, y como yo sé que mi prenda no va a jaser los huesos viejos, y como si ella no los jase viejos, en flor se me van a abitocar a mí los míos...

-Lo que tiées tú que jacer es mandalla otra vez en seguidita a la Tordillera.

-Eso será lo que jaré en cuantico llegue el verano, pero antes quieo dalle el gustazo de que ella se mire al espejo con las cosas que te he dicho, poique es que yo creo que ésa es una de las cosas que más peor la tiéen, poique es que ya son muchas las fantesías con que Rosarillo la Solana viée achicharrándole la sangre.

-¿Qué Rosarillo? ¿La casá con el Chirimollo?

-La mesmita, que no la puée ver, poique como ella se pensó que poique yo le icía cuatro tontunas había yo ya perdío por su cara y por su porte los papeles, pos cuando yo me casé con mi rosa de Jericó, pos a ella le entró el dislocamiento y se casó na más que de rabia que le dio con Robustiano, y como el hombre to lo que le sobra son talegas, y como está más loco que un cencerro por la Rosarillo, pos ésta es la que pica la torva en el molino, y ca vez que quiée mete la mano jasta el co en la faltriquera de su hombre, y como de alguna jechura se tiée que vengar, pos no jace más que dalle chingares a mi Rosalía con toícos los jarambeles que la merca su hombre, y como ella sabía que mi nena siempre tuvo la ilusión de poer mercarse un güen mantón y unas güenas arracás, pos apenitas puso a la venta su mantón y sus salcillos la viuda de Calcetines, jizo que su chato se los mercara, y dende entonces no va a una parte aonde ella sepa que va mi Rosalía, que no se ponga dambas cosas no más que por emberrechinarle la sangre a mi lucero.

-¡Camará, y quién eres tú y qué cosillas más de a ochavo que te ponen a ti a cavilar!

-De a ochavo y no de a ochavo -exclamó con acento impetuoso Joseíto-, poique es que mi jembra púo casarse con Tobalico el de Montejaque, que no es pan seco lo que masca, y a pesar de eso espreció ella sus haberes y se casó conmigo sabiendo que yo no tengo más que una choza y dos majuelos, y dende que se casó no le he podío yo mercar na de lo que reluce y de lo que más a ella le gusta, y como la probetica mía es más callá que un sótano y más humilde que el porvo que se pisa, y como además me tiée tanta voluntá, pos en jamás de los jamases ha dicho ni pío tan siquiera; pero como ella tiée pa mí de cristal la frente, pos sé las ducas que ella pasará cuando la otra encomienza a tirarle barrumbás y fantesías.

-Pos mía tú lo que son las cosas: eso que tantísimo es lo que vale pa ti, pa mí no vale ni la pleita de un capacho.

-Pos pa mí sí son tejoletas -dijo con voz ya irritada Joseíto-. Poique pa mí es una puñalá trapera que me dan una pluma que le jurguen con mala intención a la que a mí me esteta to lo que a un hombre le enluta er corazón, y tan es asina, que la otra tarde que la vi yo la mar de cavilosa y me enteré de que se había trompezao con la Rosarillo en ca de la Pechugona, como yo me comí la partía del porqué estaba ella tan de malito encare, le juré que o perdía yo jasta el segundo apellío o tenía ella, antes de que gorviera a crecerle el pelo a los maizales, un mantón y unas arracás doble mejores que las que se pone jasta pa dormir la jembra del Chirimollo.

-Güeno, hombre -dijo Cayetano, encogiéndose de hombros-, no hay que inritarse por tan poquilla cosa, y si tan enjotao estás tú, pos por lo que a mí resperta no se irá al joyo tu Rosalía sin que le cumplas tu juramento. Y ya que estás tan decidío, no tiées más que vinirte conmigo, que esta noche salimos a carear los Conchinos de Benaoján, los mozos de Andrés Benítez y los Zurdos de Jimena.

II. La chavala

La azotea, la blanquísima azotea, cegaba con el blancor de sus bien enjalbegados muros y con los espléndidos tonos de las flores, que en numerosas macetas adornaban el murete corno una greca florida, a los ardientes rayos del sol que parecía querer incendiar el zafir de los cielos y el cristal purísimo del espacio.

Rosalía, inclinada sobre el muro y asomando la cabeza por entre dos de las florecientes macetas, inspeccionaba con inquieto mirar la riente lejanía.

La enfermedad apenas había conseguido amortiguar los encantos de la moza, que era alta sin exageración, de talle esbelto, de seno algo tímido que hundíase como para dejar aproximarse sus hombros; sus ojos eran negros, dulces, melancólicos, ojos de oriental abolengo, adoselados por cejas que parecían trazadas con antimonio, de encorvadas y larguísimas pestañas de azabache, que acentuaban con su sombra sus ojeras, que morían en los algo descarnados pómulos coloreados por el mortal padecimiento y cuyos tonos contrastaban rudamente con el intenso y casi fantástico blancor de su tez empalidecida.

Sobre su frente arremolinábanse los encrespados y brillantísimos cabellos, que desbordábanse en brilladores bucles sobre sus sienes y se retorcían en relucientes vedijas sobre la nuca y amenazaban, al desatarse, inundar la espalda como un torrente de rizos.

Una entre sonrisa y mohín estereotipado en sus labios finos y pálidos hablaba con muda elocuencia del recóndito, silencioso y constante malestar, y sus movimientos estaban llenos de languideces; la falda de color de rosa que vestía, como la chaquetilla del mismo color, que ocultaba del todo casi amplio pañuelo blanco de Canilla, dejaba adivinar lo descarnado de su cuerpo de armónicas elegantes proporciones.

Durante algunos minutos exploraron sus ojos la radiante lontananza, sin que quedara senda que no exploraran, pero convencida la moza de que por ninguna de ellas venía el que con tanta ansiedad esperaban, y corno ya el cansancio hacía flaquear sus piernas, dejose caer en una vieja poltrona colocada junto al murete.

Una profunda inquietud enseñoreábase de su corazón, y un vago remordimiento de su conciencia; la tardanza de Joseíto habíale robado las escasas horas de reposo que la tos le concedía, al recordar el despecho de su hombre por no poder tenerla como a la flor en el tallo, y el juramento que le hiciera recientemente de satisfacer en breve plazo el capricho suyo que ella había cometido la torpeza de revelarle un día en que un ala del corazón hubiera dado por haber podido eclipsar con su lujo el de su vanidosa rival.

Este recuerdo era el que más amargura le proporcionaba,; ella sabía que su hombre no vivía más que mirándose en sus ojos, que un capricho suyo por satisfacer era una espina clavada en su pecho, y sabiendo que vivía rabiando por no poder tenerla como a una reina en su trono, y soñando con echarse al tabaco para que se acabaran ya de una vez estrecheces y amarguras, había ella cometido la imprudencia de confiarle sus tan vehementes deseos de darle un boca abajo a la mujer del Chirimollo.

Y al pensar que su Joseíto, en lugar de irse a pagar el vencimiento de la hipoteca, hubiese metido su caballo sierra adentro para ir en busca del Petaquero, profunda zozobra apoderábase de su corazón; ella sabía que los tiempos habían cambiado, que ya todos los que al tabaco se echaban tenían que tutearse con la que nos pudre, y que no eran pocos los que, como el Petaquero, tenían que andar jugando al zorro que te vi entre breñas y abulagas en espera de poder pillar un transatlántico que los llevara a las Américas latinas, y menos mal para los que podían hacer esto, que otros como Antón el Cantonera, Paco el Pecoso y Casimiro el Broñigal, habían pagado con la número uno su ambición y su valentía.

-Pero, chiquilla -exclamó la señá Micaela penetrando en la azotea y acercándose a la moza cuando más engolfada estaba ésta en sus poco gratas meditaciones-, ¿es que tú no vas a catar la gracia e Dios en tanto y cuanto no güerva tu Joseíto?

Miró a su madre con expresión indiferente la muchacha, y dijo:

-Pero si no tengo ganas de abrir la boca tan siquiera, maresita -le repuso.

-Pos sá menester que la abras, que por querer alimentarte con suspiros te estás poniendo ca vez más amarilla y cá día con más ojeras, y...

-Señá Micaela -gritó en aquel momento Toño el Carambuco desde el umbral de la casa con acento resonante.

-El cartero -exclamó la anciana a la vez que,

-Carta de mi José -decía, incorporándose, pálida y con la respiración anhelosa, Rosalía.

-No se había ésta equivocado; la carta era del Zorzales, carta en que éste la decía que no se inquietara, que al llegar a Faraján habíase encontrado con que el Reondo estaba en uno de sus cortijos y que como no era cosa de perder el viaje, había decidido esperarle, lo cual le hacía tener que prolongar su ausencia durante dos o tres días.

-¿Qué más ice -preguntó la señá Micaela al ver que la moza callaba, no sin seguir con los ojos puestos en el papel y no sin que vaga sonrisa se bosquejara en sus labios exangües.

-Ná, cuatro tontunas.

-Vaya, güeno -murmuró la señá Micaela cayendo en la cuenta de la indiscreción cometida, y después:

-Entonces, ya podrás tomar una miaja de alimento, ¿verdá, tú?

-Güeno, lo tomaré, pero ná más que una miaja.

-Eso ya se verá, que no quieo yo que cuando güerva tu José iga que en cuantito falta él de aquí ya no hay aquí naide que te cuide, como si hubiera sío él el que te hubiera dao los calostros, cantao la nana y metío los pañales.

III. Jabalíes y perros

La luna plateaba el paisaje hermosamente bravío; mansa brisa hacia ondular las ramas de los nogales y quejigos; de vez en cuando cruzaba el espacio con vuelo blando y silencioso alguna que otra ave agorera proyectando en las riscosas faldas su fantástica silueta fugitiva; el silencio de la noche era turbado únicamente por el sonoro latir de los mastines, que velaban en los blancos caseríos y por el lento caminar de los contrabandistas que, jinetes en caballos enjutos y voladores, precedían y escoltaban las poderosas acémilas por las más ocultas veredas.

Joseíto, junto a Cayetano, en la retaguardia del pelotón, terciada la brillante tercerola sobre la típica y pintoresca montura, exploraba con mirada inquieta la lejanía.

-No sé poiqué, camará -dijo Cayetano, a la vez que ponía en torno suyo una mirada recelosa-, pero me está dando er corazón que vamos a tener una miajita de ruío, y lo sentiría más que ná por ti, que tendría mal ange eso de que por ser la primera vez que sales tú te recibieran de tan malita jechura.

-Pos tamién me está a mí goliendo la noche a pórvora -dijo Antón el Sarmentoso con acento indiferente.

-¿Y eso poiqué? -le preguntó Joseíto.

-Pus poique -repúsole Cayetano- no mos hemos trompezao, como esperaba, con José el de Guadiaro en la cañá de las Palomas, y pa que él no haiga jecho lo que yo le ije, menester es que lo hayan arrecogío o alicortao, lo que no tendría naica de particular, poique es que ese pícaro teniente Mendiola le viée largo a una cometa, poique es que tiée más vista que un lince y más nariz que un poenco.

Nadie contestó a las palabras de Cayetano, y durante media hora continuaron todos caminando silenciosos y meditabundos, no sin que el más pequeño rumor hiciera estremecerse a Joseíto.

Este sentía que una profunda inquietud aceleraba el latir de su corazón al pensar que un mal encuentro le hiciera perder los dos pequeños fardos de sedería amarrados a las ancas de su Careto, y con ellos el codiciado mantón y las dos magníficas arrancadas de oro y diamantes que rabiaba ya por ver adornando las casi invisibles orejas de su Rosalía.

Cuando más engolfado caminaba en tan poco grata meditación, al detenerse bruscamente los que formaban la vanguardia de la cuadrilla, hicieron retroceder algo desordenadamente a las acémilas y a los escopeteros.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Cayetano, avanzando rápido, seguido del Zorzales, hacia los que precedían a la cuadrilla.

-¿Pero qué es lo que pasa? -repitió al llegar junto a ellos y encarándose con Juan el Pulío, que delante de todos, y con la tercerola en la mano, exploraba inmóvil como una estatua, la silenciosa lejanía, y el cual, al oír su pregunta, le repuso sin apartar la vista de la lontananza:

-Que arguien viene jaciendo yesca al jaco por el cruce del Pantalones.

-Yo no veo naíta.

-Lo tapan los algarrobos del Rodrigones, pero ahora lo verás... ya lo tiées ahí, y pa mí que es el de Guadiaro.

No se había equivocado el Pulío, y minutos después llegaba a todo el desesperado galopar de su cabalgadura, Joseíto, el cual exclamó con voz anhelosa, dirigiéndose al Petaquero:

-Encimita, pero que encimita, tenemos al tiniente Mendiola con cuasi toa su jauría.

-Pero ¿qué ha sío lo que ha pasao? -le preguntó aquél con voz completamente serena.

-Pos ná, que estando en la cañá e las Palomas me rodearon sin que los sintiera ni la tierra y me llevaron al Tajo de los Mimbrales, de aonde me he poío escapar, y yo no sé cómo no me han arrecogío, poique es que uno de los chinazos que me han tirao me quitó un rizo como ricuerdo, y lo que siento es que se vaya a pensar otra cosa mi morena.

-¿Y hasta aónde te han seguío?

-Pos aonde yo los perdí e vista fue en las lomas del Fatigas, pero pa mí que los tenemos aquí antes de lo que se tarda en cantarse unas serranas.

-Pos a ver -dijo Cayetano con voz vibrante como un toque de clarín dirigiéndose al grupo de contrabandistas- tos los de Gaucín y tos los de Igualeja a tomar con los machos la trocha de Atanares pa pillar en un vuelo la venta del Baticolo y a esconderse en el Carrascal, y los de Jimera y los de Arriate conmigo por si sá menester pararles los pies un rato a esos caballeros.

Y fijándose en su primo, que continuaba inmóvil a su lado:

-Arza tú tamién con ellos y aspérame con ellos en el Carrascal.

-Yo no me aseparo e tu vera -repúsole sombríamente Joseíto.

Momentos después, rápidos y silenciosos, se alejaban las cargadas acémilas rodeadas por los escopeteros de Gaucín y de Igualeja, con dirección a la trocha de Atanares, y cuando Cayetano les hubo visto ocultarse tras los árboles que embellecían la vertiente de la montaña, dijo:

-Ahora tos mosotros a lo alto de la loma -dijo a los restantes

compañeros- por si viéen esos señores, jacelles bailar un rato con la más fea, tan y mientras los otras se lleven la más bonita, y cuando yo pite, ya saben ustés, cá uno por su lao y tos a la torre del Moro pa dende allí cortar el monte por la Torrentera.

Ya situados en el repecho al amparo cada uno de los jinetes de uno de los copudos algarrobos, esperaron tranquilos.

La espera no fue de mucha duración; pronto el rápido galopar de sus caballos anunció la llegada del enemigo; éste, al llegar al pie del repecho, se detuvo bruscamente: la vista de águila del teniente había divisado a los contrabandistas, y al divisarlos, un juramento capaz de hacer enrojecer al más bigotudo de sus veteranos, brotó en su boca; como ducho en aquella clase de lides, al adivinar lo ocurrido, se dispuso a maniobrar de modo que pudiera cortar el camino a los que, sin duda, habían huido con dirección a la sierra, y dirigiéndose a uno de los que le seguían:

-A ver, Morales; como, si no me equivoco, esa gente ha metido las acémilas con algunos escopeteros, por la trocha, y a los demás los tenemos en el repecho tras los algarrobos, es preciso que, mientras yo con diez números subo a lo alto, usted con los otros diez vaya a tomar a escape el atajo del Charambela, a ver si me los copa usted antes de que pillen los tallares.

La operación dispuesta por el teniente había sido adivinada, sin duda, por Cayetano, y antes de que el sargento hubiese podido alejarse con sus hombres, ya habíanse extendido bajando por el barranco los matuteros, cerrando también el paso por retaguardia a sus perseguidores.

Un nuevo rotundo vocablo tronó en los labios del teniente que, brincando de ira en su, montura, gritó:

-Pues a barrer toda esa canalla, sargento, a barrerla, y que no quede ni uno.

Y dicho esto, espoleó a su montura que, encabritándose al sentir el injusto castigo, pretendió despedir a su jinete, dominada por el cual, avanzó por el empinado repecho seguido de sus hombres que, abiertos en guerrilla, pronto se tuvieron que detener y parapetarse tras los árboles para contestar el nutrido fuego que a discreción les hacía desde la altura la gente del Petaquero.

IV. El encuentro

Joseíto, recto e inmóvil sobre su caballo, contemplaba el espectáculo sin que pudiera darse cuenta de aquellos a modo de dulces ceceos que modulaba al pasar cerca de él el plomo ya frío; sus ojos no se cansaban de mirar cómo el teniente esforzábase en dominar su caballo, que caracoleaba y arrancando chispas a las rocas al choque de sus herraduras, giraba espantado sin querer obedecer ni riendas ni acicate, impidiendo que su jinete pudiera resguardarse del fuego enemigo.

-Pero ¿es que tú te has pensao llevarte virgen la tercerola? -preguntó con voz desabrida Cayetano a su primo, junto al cual no cesaba un punto de disparar la suya, y después, fijándose en el blanco que aquél presentaba, enhiesto sobre la típica montura, y sin que le resguardase árbol ninguno:

-Pero ¿qué haces que no te arrimas al árbol ni te tiendes sobre el caballo?

Joseíto se sonrojó oyendo a su pariente, y echándose a la cara la tercerola, hizo el primer disparo.

Poco a poco fue apoderándose de él el vértigo de la pelea, y una nunca por él sentida ansia belicosa, fue apoderándose de su espíritu, y haciéndole olvidar toda prudencia, todo instinto de conservación, y ya embriagado por el olor de la pólvora y por el vibrante detonar de las carabinas y tercerolas, saliendo del lugar que le amparaba la sombra del árbol, quedaron él y su Careto bañados en la luz de plata de la luna.

-¡Tiéndete! -le gritó con voz resonante Cayetano.

Joseíto oyó la voz de aquél, pero antes que pudiera hacer lo que su primo le ordenara, tronaron como uno solo varios disparos, y el Zorzales sintió como si le pasaran por el costado un hierro candente, y después, que le zumbaban los oídos y que se aflojaban sus músculos.

Nuevos disparos retumbaron sonoros y como rodando de cañada en cañada, y encabritándose de pronto Careto rebrincó alocadamente haciendo a su jinete aferrarse para no caer con desesperado ahínco a la montura, y después, libre de rienda, y espoleado, sin duda, por el dolor, salió disparado como una flecha, atravesó raudo como una visión, por entre los carabineros, que le saludaron con una nueva descarga, y se perdió de vista, siempre galopando vertiginosamente, tras la loma situada frente al lugar donde tenía lugar el encuentro.

A Joseíto, aferrado con mano crispada a las crines y al atajarre, sin perder felizmente los estribos y apoyándose en las cargas sujetas a la grupa, antojábasele aquello una pesadilla; un dolor vivo y taladrante parecía penetrar su costado; además, la sangre empapaba su camisa.

A medida que avanzaba su caballo en su carrera loca, saltando acequias, parapetos y albarradas, sin respetar ni sembrados, ni viñedos, iba dejando de oír Joseíto los disparos, y minutos después, que a él se le antojaron todo un siglo de suplicio, empezó a templar la rapidez de su carrera el caballo, que en breve detúvose, bañado en sudor y con la boca espumante.