Chapter 24
No historiaré el tratado Clayton-Bulwer, conocido por todos los que en estas cuestiones se interesan; recordaré solamente que fue una transacción, un _modus vivendi_ mejor dicho, que permitiese extenderse las influencias inglesa y americana en las Antillas y las costas de Centro América, de una manera paralela que no diese lugar a conflictos.
Pero, si los americanos encontraban cómodo el tratado cuando se trataba de factorías insignificantes o islotes diminutos, no juzgaron lo mismo respecto al futuro Canal de Panamá y denunciaron listamente el tratado, reclamando la garantía exclusiva de la libre navegación y neutralidad del Istmo, para sí mismos. Los ingleses, como es natural, rechazaron la denuncia y propusieron, en vez de esa garantía exclusiva, la de todas las potencias de Europa, en unión con los Estados Unidos. Tal es la cuestión; volúmenes de notas se han cambiado, sin que aun se vea un paso positivo.
Entretanto, ¿cuál es la opinión de Colombia, que al fin y al cabo, teniendo la soberanía territorial y la jurisdicción directa, paréceme que puede reclamar algún derecho a ser oída? Desde luego, es bueno recordar que Colombia ha tenido más de una vez que interponer reclamaciones serias contra los avances de los Estados Unidos en las costas atlánticas del Istmo. A veces ha necesitado gritar muy fuerte para ser oída en Europa, y sólo así, los americanos han largado la presa de que perentoriamente, con el derecho del león, se habían apoderado, saltando sobre el tratado Clayton-Bulwer mismo. Pero un ministro colombiano, de paso para Europa, pues ni aun en Wáshington estaba acreditado, tuvo la ocurrencia de firmar con el Gabinete americano, un protocolo, por el cual Colombia declaraba satisfacerse y preferir la garantía exclusiva de los Estados Unidos. Esa convención fue solemnemente desaprobada en Bogotá; pero Colombia, comprendiendo, a mi juicio bien, sus conveniencias, _tira son épingle du jeu_, y dejó frente a frente a la Inglaterra y a la Unión, manifestando, por lo demás, merced a la voz de su prensa y a la palabra de sus oradores en el Congreso, sus simpatías indudables por la garantía unida, propuesta por la Inglaterra.
En el fondo, la doctrina Monroe no es sino una opinión, un _desideratum_, el anhelo de un pueblo, que formula así sus intereses generales. Pero de ahí a convertir esa opinión en un principio de derecho público, hay distancia y mucha. Además de que los principios de derecho, no sólo en nuestro siglo, sino en todos los tiempos, han influido muy débilmente en la solución de las cuestiones de hecho, los americanos ni aun pueden pretender que la doctrina Monroe sea admitida por el consenso universal. Lejos de eso; desde el presidente que le dio su nombre hasta el actual, ninguno la ha formulado con sus variantes en el tiempo, sin que la Inglaterra, y en muchos casos la Europa, haya dejado de protestar. ¡El pobre Monroe ha hecho muchas veces el papel del lobo! ¡el lobo! de la fábula; pero, como los americanos jamás mostraron la garra, ni cuando la expedición de Méjico, ni cuando el bombardeo de Valparaíso, en el que las balas españolas pasaban casi sobre buques que llevaban la bandera estrellada, nadie cree ya en eso espantajo.
La Inglaterra contesta que, teniendo indiscutibles intereses en el Pacífico, y siendo el Canal de Panamá una ruta para la India, es natural que quiera tomar parte en la garantía. Entonces reclamo mi parte también, contestan los Estados Unidos, en la garantía del canal de Suez. La Inglaterra sonríe... e insiste.
Es seguro que la intención de M. Blaine, al convocar el Congreso americano, que debía reunirse en Wáshington en noviembre de 1882, con el pretexto de buscar medios para evitar la guerra entre las naciones americanas (_sic_), era simplemente echar sobre el tapete la cuestión de la garantía del Istmo, y tal vez, ante la perseverancia de la Inglaterra, que no cede, proponer, en lugar de su garantía exclusiva, la de todos los Estados que componen ambas Américas. ¿Qué actitud aconsejaba a éstas la inteligencia clara de sus intereses? ¿Qué habría dicho la Europa a semejante proposición?
Vamos por partes. Noto que salgo por un momento del tono general de este libro de impresiones, en el que sólo he querido consignar lo que he visto y sentido en países casi desconocidos para nosotros. Pero como la cuestión en primer lugar, refiriéndose a Colombia, entra en mi cuadro, y toca por otra parte, no ya a un interés del momento, sino a la marcha constante de la política americana, no creo inoportuno consignar aquí las ideas que un estudio detenido me permite considerar como las más sanas y convenientes para todos.
«América para los americanos»; he ahí la fórmula precisa y clara de Monroe. Si por ella se entiende que la Europa debe renunciar para siempre a todo predominio político en las regiones que se emanciparon de las coronas británica, española y portuguesa, respetando eternamente, no sólo la fe de los tratados públicos, sino también la voluntad libremente manifestada de los pueblos americanos; si ese alcance de la doctrina, estamos perfectamente de acuerdo, y ningún hombre nacido en nuestro mundo dejará de repetir con igual convicción que Monroe: _America for the americans_. Pero... ¿se trata de eso? ¿Piensa hoy seriamente algún gobierno europeo en reivindicar sus viejos títulos coloniales; pasa por la imaginación de algún estadista español, por más visionario que sea, la reconstrucción de los antiguos virreinatos y capitanías generales de la América?
¿Puede la Gran Bretaña acariciar la idea de volver a atraer las colonias emancipadas en 1776? Portugal, un pigmeo, ¿absorbe al Brasil, gigante a su lado? Seamos sinceros y prácticos reposando en la convicción de que no sólo la independencia americana es un hecho y un derecho, sino que nadie tiene la idea de atentar contra las cosas consumadas. España se reorganiza y aún tiene mucho que hacer para recuperar una sombra de su importancia en el siglo XVI. La Francia, desgarrada, fijos sus ojos en el Rhin, mantiene a duras penas sus posesiones del África... y sus mismos límites europeos. La Inglaterra mira crecer con zozobra la India, desenvolverse el Canadá, y avanzar sordamente la democracia, que considera una amenaza de disolución. La Alemania se forma, endurece sus cimientos, trata de homogeneizarse mientras el Austria, perdido su viejo prestigio europeo, comprende, bajo la experiencia de la desgracia, que la verdadera ruta de su grandeza es hacia Oriente, a la cabecera del «hombre enfermo». ¡El Portugal!... Seamos serios, lo repito; nadie atenta contra la independencia de América, y para los más desatinados aventureros o ilusos está vivo aún el recuerdo de Maximiliano, que pagó con su vida una concepción absurda y un negocio indigno, ignorado de su espíritu caballeroso. Puede la América inflamarse en una guerra continental, comprometiendo graves intereses europeos como los que tanto han sufrido en la inacabable guerra del Pacífico; la Europa no desprenderá un soldado de sus cuadros ni un buque de su reserva. Pasaron los tiempos de la intervención anglofrancesa en el Plata o en Méjico, y la Europa podía, y esta vez con razón, variar la fórmula de Monroe repitiendo: _Europe for the europeans_!
¿Qué significado actual, real, positivo, tiene hoy, pues, la famosa doctrina? Simplemente éste: la influencia norteamericana en vez de la influencia europea, el comercio americano en vez del europeo, la industria americana en vez de la de Europa. ¿Es ese un deseo legítimo? Indudablemente, pero es una simple aspiración nacional, egoísta en su patriotismo, exclusiva en su ambición, pero que no está revestida, como antes dije, de los caracteres de un principio de justicia, de derecho natural, que sea capaz de imponerse a la América entera. Que dentro de cinco años el desenvolvimiento pasmoso de la República Argentina, su industria desbordante, los inagotables recursos de su suelo, inspiren a nuestros hombres de Estado la resurrección de la doctrina Monroe en beneficio del pueblo argentino, nada más natural. Pero ¿qué contestarán entonces las nacionalidades americanas que no hayan alcanzado su grado de progreso, más aún, que la geografía coloque fuera de la órbita de influencia argentina? Precisamente lo que debemos contestar hoy a los Estados Unidos franca y abiertamente, sea en la mesa de un Congreso americano, sea por la discreta voz de las cancillerías, y eso no sólo nosotros, sino todos los países desde Panamá a Buenos Aires: «No debemos, no queremos, no nos conviene romper con la Europa en beneficio de una teoría sin sentido político en el momento actual; de la Europa nos vienen la vida intelectual y la vida material. Ella y sólo ella puebla nuestros desiertos, compra y consume nuestros productos, reemplaza las deficiencias de nuestra industria, nos presta su dinero, su genio y su ciencia; es, en una palabra, el artífice de nuestro progreso. En cambio, ¿qué recibimos de ustedes, señores? La jurisprudencia institucional, que en medio de sus ventajas, nos trae la fuente de todos nuestros conflictos institucionales, porque imitamos sin discernimiento, y el mal resultado, que allí se pierde bajo la imponente ponderación de la masa, nos desequilibra y nos arroja en sendas funestas. ¿Respecto a industria? Maderas de pino y balas de algodón. Venid a comprar nuestras lanas y nuestros cueros; vendemos, a precios más bajos que la Europa, tejidos y artefactos; abridnos vuestros mercados monetarios; ayudadnos a hacer ferrocarriles y canales; estableced, en una palabra, el intercambio comercial e intelectual que hoy mantenemos con el Viejo Mundo, desbancadlo, ¡qué diablos! bajo las leyes que rigen la economía de las naciones, y entonces... ¡oh! entonces no tendríamos, ni ustedes ni nosotros, necesidad de desgañitarnos gritando: _America for the americans_, sino que la fórmula sería un hecho indestructible por la fuerza misma de las cosas. Tales son las ideas que impone la más ligera observación de nuestro estado actual; la más leve desviación sólo podría ser momentánea, y el retorno a la inicua Vía costará tal vez a nuestros hermanos de Méjico (vecinos, sin embargo), no pocos sacrificios.
Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra actitud sudamericana respecto a la cuestión de la garantía del Canal de Panamá? Se desprende claramente de las premisas anteriores: la preferencia indiscutible de la garantía colectiva de la Europa y la América sobre la garantía exclusiva de la Unión. Debo declarar, sin merecer a mi juicio el reproche de escéptico, que fundo hoy poca importancia en esta cuestión de garantías, tratados que se lleva el viento cuando hincha la vela de los intereses[30]. Y en ese rumbo de positivismo marcha hoy el espíritu humano; los publicistas gritan, pero la Europa se encoge de hombros cuando Wolseley echa mano del Canal de Suez, y en obsequio de una operación militar interrumpe el tránsito, no a la bandera insurreccional de Arabí, sino al comercio universal. Echar mano y luego cambiar notas, he ahí toda la política. ¿Es la buena, es la moral, es la justa? No lo sé, pero es la única que da resultados, y por lo tanto, todo hombre de Estado, gimiendo por la depravación de las ideas, la seguirá siempre que ame a su patria, tenga el corazón bien puesto y vea un poco claro.
Con todas las garantías de la tierra o con la suya propia, los Estados Unidos, en el momento preciso, han de apoderarse del Canal de Panamá. Lo devolverán sin duda; sí, después de la paz y de mucho cambio de notas.
La importancia de la cuestión para los países sudamericanos radica, por consiguiente, en rechazar indirectamente, por medio de su adhesión a la garantía colectiva, toda solidaridad con la doctrina de Monroe, tal cual la entienden y la practican los americanos. No habría razón, ni justicia, ni sentido común, en seguir estúpidamente a los Estados Unidos, que pretenden dictar una nueva bula de Alejandro VI, dividiendo los dos mundos en provecho propio. Nuestro porvenir está en Europa y con ella debemos estrechar cada día nuestras relaciones, confundir, si es posible, nuestra vida con la suya, más aún, aspirar sus ideas de orden, de conservación, de pureza administrativa, que han de fecundar nuestra democracia vigorosa...
Me he preguntado qué contestaría la Inglaterra si los Estados Unidos le propusieran la substitución de su garantía exclusiva por la garantía colectiva de todos los países de ambas Américas. Se reiría simplemente; ¿qué podríamos hacer nosotros en el caso probable de que a nuestro enorme aliado se le ocurriese hacer lo que se le diera la gana?
La verdadera política sudamericana, pues, en el caso de la convocación del Congreso proyectado por los Estados Unidos, o en toda ocasión propicia, es manifestar firmemente sus deseos de no apartarse de la Europa, tratando al mismo tiempo de insinuarse en el concierto general, reclamando un modesto asiento en toda conferencia en que de intereses americanos se trate. El conde de Cavour metió 15.000 hombres por una rendija en Crimea, y luego los maniobró tan bien, que hizo la unidad italiana. Nuestros nacientes países no tienen hoy un propósito tan vital que perseguir; pero los resultados de una aproximación general y las ventajas de marchar en la misma línea de las grandes naciones, tan sólo sea una vez, pueden ser de incalculable importancia...
Pido ahora perdón por estas últimas páginas; pero, como el fin de la jornada se acerca y pronto vamos a separarnos, cuento con que serán leídas con aquella paciencia, llena de vagas esperanzas, con que se oye el último párrafo de un fastidioso que tiene el sombrero en una mano y la otra en el picaporte.
* * * * *
Cuando me dirigí al Alene, que debía partir a la mañana siguiente, encontré un sinnúmero de hombres y mujeres descargando cerca de cincuenta vagones que una locomotora acababa de dejar al costado del vapor, al que transbordaban el contenido. ¿Sabéis lo que era? ¡Plátanos! Jamás he visto una cantidad semejante de bananas. Millares, millones de racimos se apilaban en las vastas bodegas de tres vapores que cargaban simultáneamente. Ha tomado tal desenvolvimiento esa industria en el Istmo, que se han fundado compañías de vapores exclusivamente destinadas al transporte de plátanos. Más tarde, en Nueva York, me expliqué ese consumo extraordinario. Las calles están plagadas de vendedores de frutas, y raro es el yanqui que al pasar no compra un par de bananas, que pela bravamente con los dientes y engulle sin disminuir su paso gimnástico. Ha llegado hasta tal punto la cosa que ha sido necesario un edicto de policía penando con una fuerte multa a los que arrojan cáscaras de banana en la calle, suministrando así ocasión a más de un desgraciado para romperse la crisma.
Ahora, ¿sabéis a cuánto ha ascendido el valor de la exportación de plátanos por el puerto de Colón en el año 1881? A un millón doscientos mil pesos inertes, esto es, seis millones de francos o sea treinta millones de pesos moneda corriente (Buenos Aires). Doy la cifra en varios tipos monetarios para que su enormidad no se atribuya a un error[31].
¿Os figuráis la pirámide de racimos de plátanos que se necesita, pagados a ínfimo precio, para alcanzar esa suma? Y, sin embargo, uno de los más fuertes exportadores, el iniciador de la idea, cuenta doblar la exportación en dos años más, habituando a la banana a toda la región central de los Estados Unidos que aun no ha mordido la blanda fruta. Es bueno advertir que el plátano de Panamá, que es el mejor del mundo, se da todo el año. Poro, como al principio las plantas existentes estaban lejos de bastar a las necesidades de la exportación, los propietarios han contratado inmensos plantíos, y en el día no se ven sino bananeros repletos de fruta a lo largo del ferrocarril de Colón a Panamá. El plátano se embarca verde, empieza a dorarse a los cuatro o cinco días, y llega en completa sazón a Nueva York, donde pronto desaparece ante el formidable consumo.
Si, como se espera, los cincuenta millones de habitantes de los Estados Unidos se habitúan a comer bananas en la proporción que hoy lo hacen los neoyorquinos y en general la gente del litoral, el porvenir de Panamá está asegurado. Dejando a la savia tropical trepar gozosa a la palma e hinchar el dorado fruto, puede convertirse ese Estado en el más rico de Colombia.
CAPITULO XX
En Nueva York.
El Alene.--El Turpial.--El práctico.--El puerto de Nueva York.--Primera impresión.--Los reyes de Nueva York.--Las mujeres.--Los hombres.--El prurito aristocrático.--La Industria y el arte.--Un mundo "sui generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann House.--Los teatros.--Los hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La vida galante.--Una tumba.--Confesión.
Era el Alene un pequeño vapor construido en Glasgow, fuerte, sólido y marinero. Encontré a su bordo algunas familias colombianas que se dirigían a Nueva York, así como numerosos americanos e ingleses procedentes de California o de los puertos del Pacífico sudamericano.
Cruzamos a la vista de la isla de Cuba, enfrentamos las Bahamas y nos detuvimos a tomar carbón en una de las islas Barbadas: tales fueron todos los accidentes del viaje. Mi único entretenimiento a bordo era cuidar un _turpial_ que traía una niña de Colombia. El ave melodiosa me pagaba sus atenciones con su silbo de una dulzura melancólica y profunda. La garganta del turpial no posee esa _virtuosité_ extraordinario del ruiseñor o del canario; la agilidad le es desconocida. Pero su canto, igual y monótono, es como esos trozos delicados de música que siempre despiertan sensaciones nuevas... Concluí por tomar verdadero cariño al turpial, lo que fue para mí una fuente de amargura. Cuando fondeamos, un marinero a quien la jaula incomodaba para alguna maniobra, la colocó impensadamente sobre la parte de la caldera que sobresalía en la cubierta. En el momento de bajar a tierra, la pobre niña, con la alegría expansiva de la llegada, vino corriendo, tomada de mi mano a buscar el turpial... El pobre animal agonizaba; medio asado por el calor de la caldera, había tenido el instinto de refugiarse dentro del receptáculo del agua que todas las mañanas se le colocaba en la jaula. Desde dos médicos que venían a bordo, basta el último pasajero, todos ideamos veinte remedios diferentes sin resultado. El pobre pájaro murió un instante después. La niñita lloraba sin consuelo y no podía desprenderse del turpial, que tenía apretado contra el seno, como queriendo darle su vida... Yo me paseaba como un imbécil en el puente, renegando contra mí mismo y mi estúpido sentimentalismo que me hacía pasar un mal rato por la muerte de un turpial, cuando anualmente me absorbía un sinnúmero de aves, muertas para mi uso particular, con la más perfecta tranquilidad de conciencia. Hago una salvedad, sin embargo, aunque no se refiere a una ave. Hace cerca de dos años que no como tortuga. He aquí por qué: una mañana, remontando el Magdalena, los bogas habían cogido una tortuga inmensa, cuya concha, a lo largo, no tendría menos de medio metro. Por una casualidad había descendido a la cocina, cuando me encontré a uno de los ayudantes en vía de matar a la tortuga; pero aquel bárbaro, a fuerza de hacha y machete, trataba de separar el cuerpo de su cáscara sin pensar en matar previamente al pobre animal, cuya cabeza pendía y cuyos ojos se entrecerraban a cada golpe de hacha... ¡Se la quité de entre las manos, lo obligué a matarla en el acto, pero no he vuelto a probar tortuga!
* * * * *
En la mañana del octavo día, vimos, lejos aun, cinco o seis pequeñas velas al norte y al oeste. Eran los prácticos, en sus pequeños y veloces yates, con los que se aventuran a veces hasta dos y trescientas millas de Nueva York, corriendo un verdadero _steeple-chase_ en busca de navíos que conducir al puerto. Hay dos compañías rivales, felizmente, lo que explica esa solicitud. En realidad, el puerto de Nueva York es tan conocido y está tan bien balizado, que los capitanes no necesitan del auxilio del piloto para entrar con seguridad. Pero, como en caso de un contraste, siempre posible, las compañías de seguros no pagan si no se han tomado todas las precauciones, el personaje se hace indispensable. Como el viento les era contrario, pasamos un buen rato observando las habilísimas maniobras, las maravillosas bordadas que hacían para ganar terreno, aproximándose al vapor. Por fin, uno de los yates, cuando su rival estaba sólo a veinte brazas, logró coger una amarra que se le echó por babor; el otro viró de bordo en el acto, sin hacer la menor observación y puso la proa a un punto negro que se divisaba en el horizonte, algún buque sin duda que seguía nuestra ruta. Un hombre, con toda la barba, pero sin bigote, de levita y sombrero alto, grave y solemne, apareció en la cubierta del yate, con un diario en la mano. Es el último número del _New York Herald_ que han tomado antes de partir, para obsequiar al capitán. El que olvida ese requisito está seguro de ser evitado por el capitán en el próximo viaje, por medio de una simple maniobra, si el número de su yate (pintado en la vela), se ve entre los candidatos probables.
La llegada del práctico es siempre un acontecimiento a bordo; parece tener un aire de ciudad, cierto aspecto de tierra que alegra el espíritu. Viene de entre los vivos, sabe lo que ha pasado en el mundo, es la encarnación de esa esperanza de la llegada que en los últimos días se hace áspera y violenta... Estábamos todos apiñados en la escalera. El práctico saludó gravemente «¿Qué hay de nuevo?»--preguntó alguno. «_Garibaldi is died_». Así tuve la primer noticia de la muerte del héroe de San Antonio. No sé qué me hizo más impresión, si la noticia en sí misma o la manera cómo la recibí. En 1870, al subir a bordo el práctico que debía introducirnos en el puerto de Southampton, nos dijo, al ser interrogado sobre las novedades: «Carlos Dickens ha muerto». A mi regreso, en 1871, supe también por un práctico, en un puerto de tránsito, la muerte de Alejandro Dumas. Estas curiosas coincidencias me impresionaron de una manera inexplicable, y desde entonces miro a los prácticos como aves de mal agüero.
Ahora bien, ¿quién obtendría el _New York Herald_, después del capitán? Cuestión grave. El lobo se encerró en su cuarto, y creo que, no sólo leyó hasta los avisos el muy miserable, sino que corrigió hasta las faltas tipográficas. Cuando lo conseguimos, no encontramos nada capaz de satisfacer nuestra curiosidad. Parece mentira que las cosas humanas marchen de una manera tan monótona, que haya tan pocos choques de ferrocarriles, dada la extensión de líneas férreas y tan raros crímenes horribles, dadas las condiciones de nuestra amable especie.
He ahí, por fin, el famoso puerto de Nueva York. Indudablemente, esa ensenada profunda, bordeada por colinas caprichosas, salpicadas de montes, chalets relucientes, aldeas y castillos modernos, presenta un aspecto encantador. Pero no, no es la bahía de Río de Janeiro, ese orgullo de la zona tropical, con su cielo de un azul intenso como sus aguas, sus montañas, sus palmares y cocoteros, sus islas sonrientes. No es tampoco la calma poética y serena del golfo de Nápoles, reflejo del alma de Virgilio, que se impregnó de ese cuadro de celeste tranquilidad. Pero, a la verdad, la bahía de Nueva York sorprende gratamente al que pisa el suelo de la gran nación americana con el espíritu dispuesto sólo a la contemplación del lado positivo de la vida humana, a los espectáculos estupendos de la industria, y no a las bellezas naturales...