Chapter 19
Es la tierra de la poesía; desde el hombre de mundo, el político, el militar, hasta el humilde campesino, todos tienen un verso en los labios, todos saben de memoria las composiciones poéticas de los poetas populares. Entre ellos, el dulce «cisne antioquino» Gutiérrez González, se lleva la palma. Es en sus versos donde la criatura que entreabre su alma a las primeras emociones de la vida, encuentra la fórmula que expresa la vaguedad de sus aspiraciones. En ellos vibra la nota melancólica y profunda de esas dulces noches de la tierra caliente que exaltan la imaginación, turban el alma y adormecen los dolores humanos. A Gutiérrez González no se discute, y es una grave impresión de respeto por ese hombre la que siente el extranjero al contemplar la adoración serena de un pueblo por el intérprete armónico de sus cosas más íntimas... Así recitaba la Francia las primeras meditaciones de Lamartine; así suena aún en los hogares de Escocia el eco tierno de Burns... Nacido en tierra americana, respirando la atmósfera de nuestra época, enfermo de las mismas nostalgias mortales que sombrean el espíritu de casi todos nuestros poetas, cantando en nuestra lengua... ¿en qué puede fundarse un colombiano para sotenernos que, sólo para ellos, Gutiérrez González es un gran poeta? ¿En qué se fundaba la generación anterior a la nuestra para encontrar las imprecaciones de Mármol contra Rosas, dignas de Juvenal o de Hugo, o para extasiarse ante las laboriosas estrofas de Indarte? Cuando hoy leemos esos versos, la monotonía del ritmo, la violencia de las imágenes, la exaltación continua y cierta ingenuidad chocante con nuestro intelecto refinado, nos hacen admirar el entusiasmo de nuestros padres y atribuírlo simplemente a las circunstancias. Algo así sucede con Gutiérrez González, aunque sus versos se leen hoy y se leerán siempre con placer. Es sensible y real; ve las bellezas de la naturaleza con una claridad incomparable y las refleja en estrofas felices, fáciles y armoniosas.
¡Fáciles!... He ahí el rasgo característico intelectual de los colombianos. No es posible imaginarse una espontaneidad semejante. Aturden, confunden. En una mesa, cuando, a los postres, el vino aviva la inteligencia y la alegría común hace chispear el cerebro, ¡qué irrupción aquella de cuartetas, décimas, quintillas! Se dan pies forzados, eligiendo voces extrañas, que envuelven siempre antítesis inconciliables. El tiempo material de llenar los renglones, y he ahí una composición completa, llena de chispa, sabrosa de oportunidad. Uno la recita, y al concluir, ya se ha puesto otro de pie y comienza la suya tomando las rimas forzadas en el orden contrario. En los primeros días, acudí a mi secretario, Martín García Mérou, el más distinguido de los poetas argentinos de su edad y cuya fácil espontaneidad es bien conocida entre nosotros, pidiéndole que supliera mi inhabilidad absoluta en la métrica, haciendo frente a aquella avalancha. Lo intentó; tomó sus rimas obligadas, e inclinó la frente sobre el dorso del _menú_. No había aún concluido el primer verso, cuando cinco o seis levantaban en alto la décima completa. «Es imposible, son unos ¡bárbaros!»... decía Martín. Bien pronto dejan a un lado el lápiz y empieza la improvisación oral, vertiginosa, inacabable. Al fin todos hablan en verso, y es tal su facilidad de ritmo y consonante, que he oído a Carlos Sáenz hacer versos durante un cuarto de hora, sin detenerse un instante. Disparates sin sentido, con frecuencia, pero jamás un verso cojo ni una rima pobre. En general, el espíritu corre a raudales; una palabra, una frase, dan el pie a una improvisación admirable...
Si eso es la generalidad, es fácil concebir la altura de los grandes poetas colombianos. No quiero hablar del pasado; pero no puedo resistir al deseo de recordar aquí dos hombres cuya mano he estrechado con respeto y cariño: Rafael Pombo y Diego Fallon.
Un día, en un salón de Nueva York, una dama argentina, que tiene un sitio elevado y merecido en la jerarquía intelectual de nuestro país, recibía una numerosa sociedad sudamericana. Rafael Pombo estaba allí. ¿Qué hacía en los Estados Unidos? Había ido como cónsul, creo; un cambio de política lo dejó sin el empleo, que era su único recurso, y como no quería volver a Colombia, donde imperaban ideas diametralmente opuestas a las suyas, tuvo que ingeniarse para encontrar medios de vivir. ¡Vivir, un poeta, en Nueva York! ¡Me figuro a Carlos Guido en Manchester! Pombo, como Guido, nunca ha tenido la noción del negocio, y tengo para mí, que allá en el fondo de su espíritu, ha de haber una sólida admiración por esos personajes opacos que logran, tras un mostrador, labrarse, con la fortuna, la deseada independencia de la vida. ¿Qué hacer? Hombre de pluma, vivió de la pluma. No creáis que como periodista o corresponsal. Con más suerte que Pérez Bonalde, el admirable poeta venezolano, el único que ha vertido a Heine dignamente al español y que hoy redacta con toda tranquilidad en Nueva York los avisos de la casa Lamman y Kemp en siete idiomas, Pombo se puso al habla con los editores Appleton & Co., que entonces publicaban esos cuadernos ilustrados, con cuentos morales, que todos hemos visto en manos de los niños de la América entera. Antes de ir a Bogotá, no sabía yo por cierto que aquel gracioso e ingenuo cuentecito:
Érase una viejecita Sin nadita que comer.
que mi hijita de cuatro años me recitaba, era nada menos que del inmortal autor del canto al «¡Niágara!». Más de una vez, al pasar, había admirado la maravillosa facilidad de esas composiciones puras y cándidas como los espíritus angelicales que debían entretener; más de una vez pensé vagamente en el caudal de ternura que debía existir en el alma de ese dulce y familiar poeta anónimo, iluminando, desde la sombra, millares de rostros infantiles, era Pombo, era uno de los más grandes poetas que hayan escrito en español...
Pombo, pues, como la mejor parte de los sudamericanos residentes en Nueva York, iba con frecuencia a gozar de la charla elegante y erudita de nuestra compatriota, que sostenía con éxito las más difíciles cuestiones literarias. Una noche se encaró con Pombo y le preguntó quién era esa poetisa desconocida, esa famosa Edda la Bogotana, cuyos versos, impregnados de una pasión profunda y absorbente, le recordaban los inimitables acentos de Saffo, llamando con el ímpetu del alma y el estremecimiento de la carne al hombre de sus sueños y de sus deseos.
Era mi vida el lóbrego vacío, Era mi corazón la estéril nada... Pero me viste tú, dulce bien mío Y creome un universo tu mirada...
--¿Encuentra usted esos versos dignos de atención, señora?--dijo Pombo.
--¿Esos versos, en que vibra un alma apasionada, esos versos tan de mujer, envueltos en la adoración, en el misticismo misterioso de Santa Teresa?... ¡He ahí los hombres! ¿Cuál de ustedes sería capaz de escribirlos?...
--Pues Edda está actualmente en Nueva York, y si usted quiere conocerla...
--¿Que si quiero conocerla?--dijo nuestra compatriota con su ímpetu característico.--Ahora mismo me dice usted dónde vive, cómo se llama, y mañana sin falta la visito. ¡Me la voy a comer a besos!
--Pues empiece usted, señora... Edda... ¡soy yo!
Si Byron cruzara hoy las calles con el traje estrecho de brin, polainas y anteojos verdes, con que nos lo pinta Lady Blessingthon, que lo vio en Venecia, no sería mayor nuestro desencanto que el de nuestra compatriota, que no tuvo más recurso que dar un adiós a Edda, desvanecida... en la forma de una palmada en la mejilla de Pombo...
Pombo es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequeña, boca gruesa, bigote y perilla rubios, ojos saltones y miopes, tras unas enormes gafas... Feo, muy feo. El lo sabe y le importa un pito. Brilla en su cerebro la eterna, la incomparable belleza intelectual, y podría contestar como Ricardo Gutiérrez, un día, en Italia, a un amigo que le criticaba su indiferencia por el corte de una levita... «Yo soy paquete por dentro». Pombo es bello por dentro, por la elevación suprema de su espíritu y la dulzura de su carácter...
He ahí la inspirada bogotana cuyos versos sabe la América entera de memoria... ¡Un capricho hizo a Pombo tomar el nombre de Edda, y Edda es hoy inmortal!... «Muchas veces, me decía sonriendo, he tenido la idea de reunir en un volumen (que no sería pequeño) todos los cantos de amor, los ecos de simpatía, los gritos apasionados de confraternidad en el dolor, que han sido dedicados a Edda desde la Argentina a Méjico, y publicarlo... ¡con mi retrato al frente!»
Una tarde encuentro a Pombo en la calle Florián y entre la charla, le digo que padezco de insomnio, que no sé si el aire de la altura me quita el sueño, etc.--«Yo he tenido un amigo, el señor Guerra, que sufría también de eso; pero se curó... ¿con qué? No me acuerdo. Mañana lo sabré y se lo diré; mire que me ha prometido ir a ver mis cuadros, no lo olvide».--Al día siguiente, al entrar en casa, supe que Pombo acababa de salir; sobre el escritorio encontré una hoja de papel suelta, un viejo borrador mío, con este verso:
Cumplo, amigo, mi palabra; Cúmplala usted como yo. Ramón Guerra se curó Tomando leche de cabra.
Eso es bogotano puro. La facilidad, la precisión, la soltura del verso... Por ejemplo, los que sepan jugar al tresillo, el rey de los juegos y el juego de los reyes, apreciarán la extraordinaria exactitud de los siguientes, tomados de una composición de Gutiérrez González, la _Visita_:
Yo perdí este solo de oros El más grande que se ve: Seis de cuatro matadores Rey de copas, cuatro y tres; Por consiguiente, dos fallos... --¡Pero hombre, no puede ser! ¿Lo perdiste?...--Lo perdí. --¿Por mal jugado?--¡Tal vez! Me recomieron los triunfos Que en los dos fallos jugué, Me asentaron los chiquitos Y me fallaron el rey.
¿Y esta discusión gráfica, después de que el enterrador se la lleva?:
.........Si yo he podido Agachármele a su tres! --¡No, señor, con un triunfito De los míos que tenga usted! --¡O que usted vuelva sus bastos! --¡O que no vuelva a oros él!... --¡Es puesta!--Le doy codillo!... --¡Si era más grande!--Da Andrés.
Un paréntesis, ya que de tresillo he hablado. Es el juego favorito de Bogotá; pero, a diferencia del Perú, sólo lo juegan los hombres. Sabido es que en Lima, todas las noches hay, en una o en otra casa, la clásica partida de Rocambole (tresillo), en que toman parte las señoras. En los tiempos de opulencia, durante la estación de baños en Chorrillos, se ha llegado a jugar hasta... a chino la ficha. El contrato de un chino, por tres o cuatro años, importaba 300 ó 400 pesos fuertes. El que perdía, generalmente hacendado, pasaba al día siguiente a la hacienda de su ganador, el número de fichas-chinois que había perdido la víspera... En Bogotá no se hila tan grueso... y en el Perú pasaron también esos tiempos. Pero los bogotanos son famosos por su habilidad en el tresillo. Martín, Holguín, De Francisco... no tienen rivales. Carlos Holguín, durante su permanencia en España, donde no son mancos, ha asombrado a los más fuertes espadas del Veloz... No he podido menos de sonreír al encontrar, en el admirable estudio del señor Camacho Roldán, uno de los hombres más sabios y distinguidos de Colombia, sobre el poeta Gutiérrez González, este característico comentario a los versos sobre el tresillo que he transcrito en primer término:
«La exposición de la partida es tan clara y la explicación de los azares que determinaron la pérdida de ella tan completa, que cualquier aficionado, sin ser un Miguel Ángel en ese arte divino, puede comprender en el acto que se perdió de puesta en la que el pie, que indudablemente tenía caballo y siete de copas, hizo las cuatro bazas, y el mano el fallo del rey, habiendo sido atravesado el hombre»[23].
¿No es un maestro el que habla?...
Esa facilidad de Gutiérrez González no se desmentía un solo momento. Un día, su amigo Vicente X., lo encuentra a media noche, inclinado sobre el caño, expiando duramente las numerosas libaciones de una comida de donde salía. El que ha pasado por ese trance, sabe que no es el más a propósito para entregarse a la improvisación poética... Sin darse cuenta de lo que Gutiérrez González hacía, pero reconociéndolo, el amigo se le acerca y le pregunta naturalmente:
--¿Qué estás haciendo, Gregorio?
--Déjame, por Dios, Vicente,
¡Que estoy pasando actualmente Las penas del Purgatorio!
--contesta en el acto el incorregible poeta.
Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias de sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido publicar sus versos coleccionados. Tiene horror por la masa, y cree que pocos son los poetas que resisten a un análisis del conjunto de sus obras.
En cambio, Diego Fallon, acaba de publicar sus poesías en un volumen (Bogotá, 1882). ¿Sabéis cuántas son? ¡Dos! Un canto a «Las ruinas de Suesca» y otro «A la luna». He ahí todo su _bilan_ como composiciones de aliento.
Figuraos una cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, «deux trous qui lui vont jusqu'à l'âme», pelo negro, largo, echado hacia atrás, nariz y labios finos, un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel de Van Dyck. Un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre la silla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo, porque es difícil hablar con él, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene la incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el más maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedan contemplar. ¿De qué habla? De todo lo que hay en la tierra y en los cielos, de todas esas cosas más de que Hamlet habla a Horacio y que sólo los poetas ven. ¡Qué lujo, qué prodigalidad! Yo no sé con qué ojos ese diablo de hombre mira los aspectos de la vida, pero el hecho es que jamás uno ha observado el lado curioso, la faz bella o grotesca que él señala. Aquello es una orgía intelectual, un torrente, una avalancha... hasta que el reloj da una hora y el visionario, el poeta, el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estaba a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir a dar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatro colegios y qué se yo donde más. ¡Fallon es hijo de inglés y lo educaron en Inglaterra para ingeniero!
Ese calavera, ese despilfarrador de su savia latina, ha escrito en su vida, lo repito, dos composiciones. ¿Impotencia? Hablaría en verso un día entero. ¿Desidia? Necesita más actividad moral para una charla de una hora que para un poema. No; una concepción altísima y respetuosa del arte, la idea de que el poeta debe cuidar su obra hasta llevarla al grado de perfección que es dado alcanzar al hombre. Fallon confiesa que hay cuarteta que le ha costado meses; quería encerrar en cuatro versos una idea, y, o el ritmo la desfiguraba o el verso reventaba. Así, ¡qué júbilos íntimos, qué francas y abiertas alegrías, cuando, al fin, al último golpe de cincel, la estatua aparecía pura, tal como la soñó el maestro!
Si hay un arte en el que la espontaneidad, la facilidad de la forma importa un gravo peligro, es la poesía. Hay oídos musicales de nacimiento, como hay retinas que ven más hondo que el ojo humano común. Estos privilegiados son portentos hasta los quince años, vulgaridades hasta los veinticinco, cero después. La labor fácil les ha hecho perder el sentimiento de lo bello, de lo concluido, de lo verdadero y expresivo. ¡Cuántas noches ha costado a Byron cierta estrofa que hoy vemos desenvolverse con una soltura y elegancia tal, que parece haber nacido de una pieza, como la Minerva griega! ¡Un manuscrito de Goethe o Schiller impone un grave respeto: ¡qué esfuerzo, qué tenacidad en la lucha contra la forma rebelde que no expresa, que no quiere expresar el pensamiento! ¡Quién creería que el maestro típico de la espontaneidad, el cantor de Vauclusa, el divino Petrarca, que ha escrito más sonetos que estrellas tiene el cielo, labrase el verso como Gioberti el bronce![24]. ¿Y Musset y Hugo mismo? Y Manzoni y Leopardi... ¿y todo lo que vale y todo lo que queda?... Hacía quince días que Béranger estaba preso, cuando un amigo que lo visitaba le preguntó cuántas canciones había hecho en ese tiempo: «Aun no he concluido la primera; ¿creéis que una canción se hace como un poema épico?»
La prosa vulgar se traga como el pan común; pero una «crème fouettée», insípida... no. Detesto el mal verso, y me es una fatiga enorme la lectura de esos volúmenes rimados que no dejan preocupación ni agitación; prefiero las dos composiciones de Fallon a la mayor parte de los gruesos tomos de versos que han hecho gemir las prensas de la América Española y de la España misma...
¿Quién de entre nosotros no tiene perdida en la memoria la sensación deliciosa de una noche de luna, cuando, con el espíritu tranquilo, bajo la plácida influencia de esas horas silenciosas, se sigue el rayo de luz entre los árboles, en los campos y en los cerros, poblándolo, como el haz luminoso sobre la cuna de Betlhem bajo el místico pincel de Dürer, de visiones tenues y flotantes, de sueños y recuerdos?... ¿Cuál es aquel que, impotente para crear, no ha pedido al arte un reflejo, en el verso o en el color, encontrándolo a veces en la música, de esos diálogos íntimos entre el alma y las escenas de la noche, bajo la blanca luz de la luna? He ahí el motivo de mi predilección por la dulce poesía de Fallon; nadie como él, hasta ahora, me ha hecho leer con mayor claridad dentro de mí mismo, dando forma y vida a las ideas y sensaciones confusas que en otro tiempo, en los días de entusiasmo, la luna serena hacía brotar en mi alma... Oíd, quiero citar algunas estrofas. Reclinad la cabeza sobre el cómodo respaldo del sillón, allí, bajo el corredor, frente a los árboles que una brisa imperceptible mueve apenas, a favor de ese silencio profundo e íntimo de las noches en el campo, dejad venir los recuerdos, cantar las esperanzas... Pero, con los ojos entreabiertos bajo el párpado que la quietud adormece, mirad el cuadro...
Ya del Oriente en el confín profundo La luna aparta el nebuloso velo Y leve sienta, en el dormido mundo, Su casto pie con virginal recelo....
Absorta allí la inmensidad saluda, Su faz humilde al cielo levantada Y el hondo azul con elocuencia muda Orbes sin fin ofrece a su mirada. Un lucero, no más, lleva por guía; Por himno funeral silencio santo; Por sólo rumbo la región vacía Y la insondable soledad por manto.
* * * * *
De allí desciende tu callada lumbre Y en argentinas gasas se despliega De la nevada sierra por la cumbre Y por los senos de la umbrosa vega. Con sesgo rayo por la falda oscura A largos trechos el follaje tocas, Y tu albo resplandor sobre la altura En mármol torna las desnudas rocas.
* * * * *
Y yo en tu lumbre difundido ¡oh luna! Vuelvo al través de solitarias breñas A los lejanos valles, de en su cuna De umbrosos bosques y encumbradas peñas El lago del desierto reverbera, Adormecido, nítido, sereno, Sus montañas pintando la ribera Y el lujo de los cielos en su seno. ¡Oh! y éstas son tus mágicas regiones Donde la humana voz jamás se escucha, Laberintos de selvas y peñones En que tu rayo con las sombras lucha. Porque las sombras odian tu mirada; Hijas del Caos, por el mundo errantes, Náufragos restos de la antigüa Nada, Que en el mar de la luz vagan flotantes.
* * * * *
A tu mirada suspendido el viento, ¡Ni árbol ni flor el desierto agita; No hay en los seres voz ni movimiento;... El corazón del mundo no palpita... Se acerca el centinela de la muerte! ¡He aquí el silencio! Sólo en su presencia Su propia desnudez el alma advierte, Su propia voz escucha la conciencia. Y pienso aún y con pavor medito Que del Silencio la insondable calma De los sepulcros es tremendo grito Que no oye el cuerpo y estremece el alma!
* * * * *
El que vistió de nieve la alta sierra, De oscuridad las selvas seculares, De hielo el polo, de verdor la tierra, Y de fondo azul los cielos y los mares, Echó también sobre tu faz un velo,
Templando tu fulgor para que el hombre Pueda los orbes numerar del cielo Tiemble ante Dios y su poder le asombre. Cruzo perdido el vasto firmamento, A sumergirme torno entre mí mismo Y se pierde otra vez mi pensamiento De mi propia existencia en el abismo... Delirios siento que mi mente aterran: Los Andes, a lo lejos, enlutados, Pienso que son las tumbas do se encierran Las cenizas de mundos ya juzgados...
* * * * *
El último lucero en el Levante Asoma y triste tu partida llora: Cayó de tu diadema ese diamante Y adornará la frente de la Aurora. ¡Oh, luna adiós! Quisiera en mi despecho, El vil lenguaje maldecir del hombre. Que tantas emociones en su pecho Deja que broten y les niega un nombre Se agita mi alma, desesperada y gime, Sintiéndose en la carne prisionera; Recuerda al verte su misión sublime Y el frágil polvo sacudir quisiera. Mas si del polvo libre se lanzara, Esta que siento, imagen de Dios mismo, Para tender su vuelo no bastara Del firmamento el infinito abismo! Porque esos astros, cuya luz desmaya, Ante el brillo del alma, hija del cielo No son siquiera arenas de la playa, Del mar que se abre a su futuro vuelo!...
No he podido rendir un homenaje más digno a las letras de Colombia, que la transcripción de esos versos de Diego Fallon.
Vencer las mayores dificultades del verso, sea en la forma, en la transposición o en la rima, derramar la gracia, el chiste, la fina ironía en sus composiciones, es un juego para D. José M. Marroquín. Ha hecho una glosa rimada de los primeros libros de Tito Livio, que no vacilo en considerar como uno de los trabajos más perfectos que en ese género se hayan escrito en nuestro idioma. Castizo, correcto, parece que buscara los trances más difíciles de la sintaxis, como para probar que los tesoros del español son inagotables. ¡Qué galana facilidad y qué facilidad de pincel! Sus versos quedan en la memoria, y siempre su recuerdo trae una sonrisa. Quién que haya leído _El Cazador y la Perrilla_, no verá siempre aquella perra enteca, flaca, que
Era, otrosí, derrengada, La derribaba un resuello... Puede decirse que aquello No era perra ni era nada.
D. Ricardo Cascarilla tiene también composiciones felicísimas de ese género; sobre todo, a mi juicio, un curiosísimo diálogo con el Salto de Tequendama, a quien presenta un literato español, de paso por Colombia. Siento no poder transcribirlo aquí; pero, si fuera a reproducir todo lo bueno que ha producido la literatura colombiana contemporánea, no me bastaría por cierto un volumen.