Chapter 2
Apenitas aclarió salieron los dos á descolgar á la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu'había padecido; el telarañero se l'enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu'estaba. Pero lo que más enjuria le daba á San Pedro era que parecía tuerta, porqui'un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d'estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió á amolar la desjarretadera... y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba á comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa'cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo á los vivos.
La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron á su oficio; y como los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió á agarrarlos á todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si'staba ricachón! ¡Ya no tenía ondi acomodala!
Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso á pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu'era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas se le presentó la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: "¡Matáme pues!". ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!
Peralta s'encontró en un paraje muy feíto, parecido á una plaza. Voltió á ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. "Ya sé aonde se va por ese camino -pensó Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu'el otro lao!". Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.
Peralta seguía á la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó á divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com'un avispero; y como toda la gente se iba colando á la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu'era el Infierno, por el jumero que salía de p'arriba y el candelón que salía de p'abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.
El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué á repuntar por allá á unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo'stán degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho á toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y á cada golpe le gritaban los diablos á la señora: "¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu'enredés á las personas, vieja culebrona!". Y á Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.
De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao á moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y á lo que vió á Peralta le dijo muy fanfarrón y arrogante: "¿Qué venís hacer aquí, culichupao? Vos no sos di aquí; ¡rumbati al momento!". "Pues, como nadie mi atajó, yo me fuí colando, sin saber que me iba á topar con Su Mercé", contestó Peralta con mucha moderación. "¿Quién sos vos?", le dijo el Diablo. "Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaquí embolatao. Me dijeron qu'estaba en carrera de salvación, pero á yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo".
Al momento le comprendió el Diablo qu'era alma del Purgatorio o del Cielo. ¡Figúresen, no entenderlo él, con toda la marrulla que tiene! Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humildá agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, resultó que Peralta más bien le cayó en gracia, más bien le pareció sabrosito y querido. "¿Su Mercé está como enfermoso?", le preguntó Peralta. "Sí, hombre -contestó Lucifer como muy aplacao-. Se mi han alborotao en estos días los achaques; y lo pior es que nadie viene á hacerme compañía, porqu'el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha caído en estos días". "Pues, si yo le puedo servir di algo á su Mercé -dijo Peralta haciéndose el lambón-, mándeme lo que quiera, qu'el gusto mío es servile á las personas".
Y ai se fueron enredando en una conversa muy rasgada, hasta qu'el Diablo dijo que quería entretenerse en algo. "Pues, si su Mercé quiere que juguemos alguna cosita -dijo Peralta muy disimulao-, yo sé jugar toda laya de juegos; y en prueba d'ello es que mantengo mis útiles en el bolsico". Y sacó la baraja y los daos. "Hombre, Peralta -dijo el Diablo-, lo malo es que vos no tenés qué ganarte, y yo no juego vicio". "¿Cómo nu he de tener -dijo Peralta-, si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con su Mercé, pues también soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Mercé". El Enemigo Malo, que ya le tenía ganas á esa almita de Peralta, tan linda y tan buenita, li aparó la caña al momentico.
Determinaron jugar tute, y le tocó dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron á jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice: "¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!". "¡Así será! -dijo el Diablo bastante picao-. Pero sigamos á ver qué resulta". Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo á Peralta, con un tonito muy maluco: "¿Vos sos culebra echada go qué demonios?". "¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé -le contestó Peralta con su humildá tan grande-. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita". Siguieron; á la otra mano salió Peralta con tute de reyes. "¡Doblo!", gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! "Doblemos", dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. "¡Doblo!", gritó el Diablo.
Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: "¡Ya no más!". Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió á ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron á su Amo y Señor llorando á moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: "¡Nunca me figuré que á mi Señor le diera pataleta!". "¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? -dijo Peralta como suplicando-. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu'el Infierno está sin tocar". "¡Cierto! -dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros-. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen á yo!". Siguió moquiando, y á un ratico le dijo á uno de sus edecanes: "¡ Andá, hombre, sacále á este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí".
Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui'una vieja ñata se persina, fueron echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui á Peralta le parecía más particular era que, á conforme iban saliendo, s'iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si á todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas á la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.
Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s'encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero á Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó á San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino á la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole puño: "¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé fue porque no pude, pero aquí sí chupás!". "¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya á ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de nojase". Voltió á ver San Pedro, estiró bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendió el enredo, pegó patas; abrió la puerta, la golvió á cerrar á la carrera y la trancó por dentro. Ni por ésas si agallinó Peralta, ni le coló cobardía, ni cavilosió qu'en el Cielo le fueran á meter machorrucio.
No bien se sintió San Pedro de puertas pa dentro corrió muy trabucao, y le hizo una señita al Señor. Bajó el Señor de su trono, y se toparon como en la mitá del Cielo, y agarraron á conversar en un secreto tan larguísimo que á toda la gente de la Corte Celestial le pañó la curiosidá. Bien comprendían toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu'estaba, que la conversa era sobre cosa gorda, ¡pero muy gorda! Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qué sacaban en limpio. ¡Pero ni lo negro e'l'uña! El Señor, qui había estao muy sereno oyéndole las cosas á San Pedro, le dijo muy pasito á lo último: "¡En buena nos ha metido este Peralta! Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar por toda la eternidá. Andáte á tu puesto, que yo iré á ver cómo arreglamos esto. No abrás la puerta; los que vayan viniendo los entrás por el postigo chiquito".
Se volvió el Señor pa su trono, y á un ratico le hizo señas á un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió á meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña á una santica qu'estaba por allá muy lejos, ojo con él; y la santica se vino muy modosa y muy contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma de ganso muy grandota.
¡Esto sí fue lo que más embelecó á las otras santas! Por todos los balcones empezó á oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada que les valió! Figúrese qu'en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada á un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d'escribano. El cura y la monjita se fueron derecho á los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.
¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s'esmeró El: tenía la cabecita com'una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p'abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu'era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de la monjita, y por eso 'staba tan confianzudo con ella.
La santica entró como en un alegato con el cura; pero á lo último, él se puso á relatar y ella á jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu'era en esas cosas d'escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y á conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu'hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo seña al Señor de que ya había acabao.
No bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: "¡Toquen bando y que entre Peralta!". Y principiaron á redoblar todas las tamboras del Cielo, y á desgajarse á los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: "¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial nu'es cualquier cosa!". Y después se voltió p'onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: "Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia".
¡Caramba si la tenía! Esu'era como cuando los mozos montañeros agarran á tocar el capador; como cuando en las faldas echan á gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d'esta laya: "Nós, Tomás di Aquino y Teresa de Jesús, mayores d'edá, y del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Señor, hemos venido á resolver un punto muy trabajoso..." tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. ¡Hasta ai mecha la que tenían esos escribanos!
Ultimadamente el documento quería decir qu'era muy cierto que Peralta li había ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalidá y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no podían colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso tenían que quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios tenían remedio, esta cosa se podía arreglar sin que Peralta ni el Patas se llamaran á engaño. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que debían haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita á Peralta, qu'era el que l'había ganao con su puño. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d'esta laya: qu'esos condenaos no volvían á las penas de las llamas sino á otro infierno de nuevo uso que valía lo mismo qu'el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu'era d'esta moda: que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu'esos cuerpos les metían adentro las almas que sacó Peralta de los profundos infiernos; y qu'estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu'eran pal Cielo, ya'staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les valía, aunque el bautismo fuera de verdá; y que se morían los cuerpos, y volvían las almas á otros, y después á otros, y seguía la misma fiesta hasta el día del juicio; que di ai pendelante las ponían á voltiar en rueda en redondo del Infierno por |secula seculorum amen.
Que por todo esto quizqu'es qui hay en este mundo una gente tan canóniga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tantísimos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu'el Enemigo Malo no quiso arriesgar las almas aquellas del Infierno, porqu'esas también eran d'envidiosos.
Peralta entendió muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verdá y muy buena que le pareció la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegrón que tenía por dentro se le vio mover las pestañas de ternero: ai se quedó en su puesto como si no fuera con él. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. ¡Hast'ai placitas!
Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hacían unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo había una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachulí de la gloria; y cada una d'estas pilitas tenía su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. También era di oro y de plata el balconerío de la plaza; y al mismito frente de l'entrada, estaba el trono de la Santísima Trinidá. Era á modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custoria estaban el Padre y el Hijo, y allá en la punta di arriba estaba prendido el Espíritu Santo, aliabierto y con el piquito de p'abajo. De la punta del piquito le salía un vaho di una luz mucho más alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se ponía brilloso con aquella luminaria.
El Padre Eterno, qu'en todas las bullas de Peralta nu'había hablao palabra, se paró y dijo d'esta moda: "Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu'ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya'stás ensalzao!". Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d'Isaías, y Peralta, que todavía nu'había usao la virtú di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilidá que tienen los bienaventuraos, se brincó al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomodó muy bien y si abrazó con la Cruz. ¡Allí está por toda l'Eternidá!
¡Botín colorao, perdone lo malo qui hubiera'stao!
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