More Songs From Vagabondia

Chapter 2

Chapter 2909 wordsPublic domain

-¡Si necesitaré yo que nadie me lo diga! Paco, mi mismo Paco me lo ha dicho; él, él mismo, con su manera de hablar y de mirarme y de portarse conmigo. ¿Se piensa usté que si me quisiera como me quería haría él lo que hace? No, señor Cristóbal, no y cien veces no, no lo haría; y si lo hace es porque ya no me quiere, y si no me quiere es porque tiene puestos en otra mujer sus ojos.

-Pos mira, te voy a hablar a la barda, como si fueses el confesor. Yo creo que estás dequivocá hoy por hoy; yo creo que estás dequivocá der to, pero yo te digo una cosa, y esta cosa es que cuando se tiée una jaza, una güena jaza y no hay en ella espantajos, está muy expuesto el amo a que se coman el trigo los gorriones. Eso es lo que yo te digo, y al buen entendedor con media palabra basta. Pero en eso allá tú, porque a mí no me gusta meterme en camisa de once varas, y más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena; pero que te coste a ti que a veces penas se lloran que pudieron haber sío alegrías, y, en fin, perdona si en algo te ofendí sin querer y no me tomes tirria, que yo te quiero a ti bien y me sabrían a retama tus rencores.

Y el señor Cristóbal, sin atender a lo que Clotilde y la señora Dolores le decían, salió precipitadamente de la casa.

IV

-No te vayas hoy; por Dios y por su Santísima Madre te lo pío -díjole Clotilde con acento tan dulce, tan suplicante, a Paco, que éste tuvo que echar mano a todo el repuesto de sus energías para responderle:

-Si no puée ser, chiquilla, si es que tengo un compromiso mu grande.

-Eso es que ya no me quieres tú; eso es que quiées a otra, a otra que te está esperando.

Y a la idea de que pudiera ser cierto lo que tan rotundamente ella afirmaba, no pudo reprimir el sollozo.

-No llores, mujer, no llores. Yo te juro que yo no quieo a ninguna mujer más que a ti; a ti, prodigio; a ti, que eres el recreo de mis ojos.

-No, no; to eso es mentira. Tú me engañas, porque te da lástima, y si es verdá dame gusto y queáte, quéate hoy, Paco, quéate hoy y otro día haces lo que tú quieras. Pero hoy no, Paco, hoy no. Mira que si te vas me vuelvo loca; mira que cuando vuelvas me vas a encontrar amortajaíta y con cuatro velas; mira que tengo celos, mira que...

-¿Celos tú? ¿Y de quién? ¡Como si a Dios, después de hacer tu cara, le hubieran quedao fuerzas ni voluntá pa hacer otra cara como la tuya! Vamos, mujer, no seas tú asín, y si no te doy gusto, créelo, por tu salusita te juro que si no te lo doy es porque tengo empeñá mi palabra, y los hombres no faltan a su palabra.

Clotilde quedósele mirando con honda, con tristísima, con desesperada expresión de ira, de celos, de ternura, y tras algunos instantes de angustioso silencio, dijo impetuosamente:

-Pos bien: yo te he dicho que no quiero que tú vayas a esa fiesta, pero vas a dir, te vas a salir con la tuya; pero no del to, porque lo que es solo... solo no vas tú.... yo te lo juro. Solo no vas, porque yo no quiero que vayas solo.

-Si yo nunca voy solo a ninguna parte, chiquilla; si yo siempre te llevo a ti colgá de mi pensamiento.

-No; pero es que ahora no me vas a llevar en el pensamiento; es que hoy me vas a llevar contigo.

-¿Y cómo te vas a venir conmigo, chiquilla, cómo te vas a venir conmigo, si yo he venío a caballo? -exclamó Paco sin poder casi ocultar la alegría que se le desbordaba en el alma.

-¿Que cómo? ¡Pos mu bien: a la grupa de tu caballo!

-Pero, chiquilla, ¿quién te va a traer mañana? ¿Te vas a venir solita?

-Eso ya lo veremos; si no me vengo mañana, me vendré pasao, y si no otro día, y si no, cuando tú quieras. Pero lo que es solo, solo no vas tú hoy a esa fiesta, porque no, porque no me da a mí la repotentísima gana.

Y una hora después, en tanto que el señor Cristóbal les veía partir con el júbilo retratado en el rugoso semblante desde un corte de terreno, en las afueras del pueblo, y las dos viejas lloraban silenciosas, cada una en un rincón de una de sus habitaciones, mirándose mutuamente de cuando en cuando con insondable tristeza; a los rientes rayos del sol, en un ambiente primaveral y bajo un cielo radiante, cruzaba la polvorienta carretera flanqueada por ventas blanquísimas, por copudos árboles y por apiñados pencares, al airoso trote castellano de su gallardo Cartujeño, Paco Cárdenas, a cuya cintura aferrábase Clotilde con ansias de amor y de caricias, luciendo rojo pañuelo de crespón de largo flecaje, falda que dejábale al descubierto los pies casi invisibles, primorosamente calzados y, a modo de riquísimo joyel, el puñado de flores nítidas y carmesíes con que se hubo de adornar al partir la oscura y rizosa y espléndida cabellera.

Categoría:ES-E Categoría:Cuentos de Arturo Reyes Categoría:P1905 Categoría:Cuentos