En el fondo del abismo: La justicia infalible

Part 9

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--¡Ah! dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas más extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin de siglo es eminentemente práctico, egoísta y anti-sentimental. He aquí un caso que puede hacer pensar á los filósofos. ¿Qué van á decir los que aseguran que se ha perdido en Francia la energía individual? Nos encontramos en presencia de un caso de exaltación como no se veían sino en las ardientes épocas revolucionarias. Lo que van ustedes á intentar es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente las empresas inverosímiles tienen alguna probabilidad de éxito. Se pone uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe de audacia llevado á cabo por personas frías... ¿por qué no ha de resultar? ¿Cuándo piensan ustedes marcharse?

--Lo más pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y lleguemos á Inglaterra.

--¿Van ustedes á fletar un vapor inglés?

--Sí. No queremos que un armador y una tripulación franceses participen de nuestra responsabilidad.

Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y en la semioscuridad del crepúsculo las caras perdían su aspecto real. Marenval se estremeció creyendo estar rodeado de espectros. Un sentimiento de angustia se apoderó de su corazón y sintió una especie de vértigo al oir decir á Vesín con voz fúnebre:

--En efecto, el caso sería grave. Una causa criminal para los que fueran presos, y si había habido, por desgracia, algún hombre muerto...

--Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbucéo Marenval.

--En todo caso, si no atentan contra la piel de los demás, ustedes exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las represiones son terribles.

--Sabemos á lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos á consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que correr.

--¡Y por nada retrocederemos!

--¡Diantre! dijo Vesín; si no me retuvieran mis funciones, me iría con ustedes nada más que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal expedición resultaría algo fuera del cuadro.

--Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consuélese usted; le traeremos fotografías.

Aquella grave conversación acabó en broma. Vesín volvió el conmutador de la electricidad y una viva luz inundó la pieza, produciendo reflejos brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba repentinamente al brotar la luz, hacía tan completo contraste con los proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer sonreía tranquilo y resuelto y la claridad había devuelto á Marenval todo su valor.

--Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesín, pues no emplearán ustedes más tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles útil en algo, tendré en ello mucho placer!

--Amigo mío, si logramos nuestro propósito, vendremos tan llenos de pruebas que será imposible rehusarnos justicia.

--Amén, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.

Les ofreció la mano y añadió:

--Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van á hacer no es vulgar y les admiro de corazón.

--Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo á la señorita de Freneuse y trabajo por mí mismo al intentar la rehabilitación de su hermano. Mi mérito es, por tanto, muy débil. El verdadero héroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.

Á estas palabras que le tocaban en lo más profundo de su ser, Marenval palideció, las lágrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar, permaneció temblando de emoción ante sus amigos. Por último movió la cabeza, dió un suspiro que pareció un sollozo y contestó, arrojándose en los brazos de su pariente:

--Adiós Vesín. Usted sabe á qué atenerse. Si me atacan y yo no puedo defenderme, sosténgame usted. No permita que digan que soy un viejo imbécil.

Repitió con aire extraviado:

--¡Adiós!

Y cogiendo el brazo de Tragomer, salió como si marchase á la muerte.

V

M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había dicho entonces á su hija:

--Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me resulte enteramente desagradable.

--¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted todo lo necesario para ser dichoso?

--Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.

--Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.

Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:

--Es posible. Yo mismo lo creo.

--Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y para mí.

--¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?

--Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien educado.

--Eres libre.

--Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.

Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía:

--Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán más que gastarla.

Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto en un americano. También decía, hablando de ella.

--Mi hija sabe gastar el dinero.

El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente, pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense. Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.

Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.

En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que sentado en el pescante de su _mail_, guiando cuatro caballos del Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones, con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que para saludar á los puertos.

La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.

--¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle dado tu palabra?

Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían decidido su elección.

--El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca, informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho. El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado... He aquí por qué me he comprometido con él.

--No mira jamás; parece un buho...

--Pues á mí me mira muy bien.

--¿Sabe, al menos, montar á caballo? Nunca se le ve más que en los salones.

--No es un gaucho, seguramente, pero irá á pasear con nosotros cuando queramos...

--¿Es cazador?

--Todos los franceses lo son.

--¿Sabe tirar un tiro con puntería?

--No supongo que sea un Buffalo-Bill... Pero no creo que pensemos hacerle perseguir bisontes ó cazar osos grises.

--Creo que toda la fuerza de ese hombre está en la cabeza, dijo Harvey con desdén, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.

--Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios corporales, tendrá usted á mis hermanos; para los del espíritu á mi marido.

--En fin, Maud, eres libre.

El yanqui acogió á Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en su carácter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le dió golpes en las rodillas capaces de aplastar un búfalo y observó con placer que el joven no flaqueaba. La prueba de los _cocktail_ fué también favorable á Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco y no se aturden con su propia excitación. Montó en el _mail_, supo coger las riendas en un momento en que Harvey se fingió cansado, y ejecutó vueltas perfectas á gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo alguno.

En el Havre visitó el yate y mostró tener el aplomo de un marino. Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningún punto y tuvo que reconocer que su futuro yerno era un _sportman_ muy completo. Pero á pesar de todo no se sentía unido á él por una de esas simpatías que le eran tan fáciles y tan necesarias. Entre Sorege y él había siempre un velo, el de los párpados que ocultaban habitualmente la mirada de aquél.

Para probar á su yerno de un modo más completo, pretextó la necesidad de hacerle conocer sus hijos, de enseñarle sus propiedades, de explicarle sus empresas, y le llevó consigo á América. Cuando volvieron, la opinión de Harvey era la misma. Confesaba que no tenía nada de que acusar á Sorege más que de no gustarle. Hablando de él, decía á su amigo y compatriota Weller:

--Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto cometer una incorrección ni decir una inconveniencia. Usted me creerá, si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle blasfemando ó abrazando á una camarera de á bordo. Pero ni lo más mínimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.

Acaso la resistencia opuesta por Harvey á aquel proyecto de enlace excitó á miss Maud á encontrar á Sorege más aceptable. Nunca mostró tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus relaciones con Sorege no habían sido para el mundo más que una coquetería sin importancia, pero al volver á París el conde fué declarado futuro marido. Entonces se difundió la noticia en los círculos parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su modo de conocerse sirvió de texto durante veinticuatro horas á las murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su afición inmoderada á la música. Ambas personas habían sido mutuamente presentadas por la dueña de la casa:

--El señor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.

Sir Harvey ofreció entonces la mano á Marenval, con una franca sonrisa:

--¡Ah! Marenval y compañía, ¿verdad? Conozco á usted muy bien. Hace veinte años que _Harvey and Cª_ provee á Chaminade, de Burdeos, todo el pino para las cajas de embalaje de su casa de usted... ¡Tanto gusto!

La cara que puso Marenval, cuya única ambición consistía en hacer olvidar las pastas y las féculas origen de su fortuna, proporcionó á la concurrencia un precioso rato de diversión. De aquella presentación databa la antipatía manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo, por todos los americanos, á quienes englobaba en el desdén que le inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de él, brusca, decidida y ruidosa, Marenval le dirigía miradas de conmiseración y tenía por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho. Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, bromeó diciendo:

--Son tal para cual... ¡Un hipócrita con una desvergonzada! ¡Qué dichoso cruzamiento!

En los días en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje, fueron invitados á comer en casa de la señora de Weller y se encontraron allí con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufría filosóficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su prometida. Al ver entrar á Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento de cejas acusó solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se borró y escuchó con tranquilidad á su suegro cuando éste le explicó las antiguas relaciones comerciales dé _Harvey and Cª_ y Marenval y compañía.

Pero cuando Tragomer fué presentado á miss Maud por Sam Weller y se habló del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege observó contrariado que el ganadero manifestaba por Cristián una repentina simpatía. Después de la comida, que había sido suntuosa, rápida y acompañada de música, lo que hizo imposible toda conversación y simplificó así las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida á una simple manifestación gastronómica, los invitados se repartieron por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron á fumar en el despacho de Sam.

En aquella habitación están coleccionados los más hermosos cuadros de la escuela de 1830, comprados á peso de oro por el fastuoso americano. El _Degüello en una mezquita_ de Delacroix, fraterniza con el _Concierto de los monos_, de Decamp, y la _Merienda de los segadores_, el mejor cuadro de Millet, hace pareja con la _Danza de las ninfas _, de Corot. _La puesta del sol_, de Díaz, _la Orilla del río,_ de Dupré, los _Grandes bosques agostados_ de Rousseau, disputan la admiración á las preciosas praderas de Trayon y á los magníficos estudios de Messonnier. En cuanto Harvey encendió un cigarro, se dirigió á Marenval y á Tragomer, que estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo señalando á los cuadros de su amigo:

--Sam Weller tiene una hermosa galería, pero si ustedes vienen á mi casa del Dakotah, verán que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente que yo no tengo más que pintores antiguos... Rembrandt, Rafael, el Ticiano, Velázquez, Hobbema...

Marenval miró á Harvey de reojo é interrumpió:

--Esos son los que se copian más fácilmente.

--Sí, pero los míos son todos originales.

--Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les venden cuadros cuidan de no contradecirles...

--¿Pero Sam Weller no tiene más que cuadros auténticos?

--¡Um!... dijo Marenval con acento de duda.

--Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas que se los vieron pintar.

--¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?

--Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy conocido.

--El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido más mérito que el nombre del coleccionador.

--Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas, prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por enviárselo todo.

--¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.

--¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.

--¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.

--En América estimamos á los franceses.

--Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.

Harvey sonrió.

--Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados... No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país... Ellos no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo... No digo esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero, usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?

El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus palabras:

--Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje á ultramar con Tragomer...

No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo. El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:

--¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?

Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.

--Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al Mediterráneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.

--Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se marea usted?

--No he navegado nunca, confesó Cipriano, pero no creo que sea más difícil que cualquiera otra cosa.

--Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensación comparable á la de sentirse dueño de su barco en medio del Océano, entre el cielo y el agua. Allí se está verdaderamente en presencia de Dios... Pero en ese lago interior apenas perderán ustedes de vista las costas... Vénganse ustedes conmigo en mi yate; les llevaré á donde quieran... Hace tiempo que tengo gana de ir á Ceilán; esa será una ocasión.

--Gracias, Harvey, respondió Marenval; para prueba nos basta ese lago interior, como usted llama desdeñosamente al Mediterráneo, que es muy traidor, entre paréntesis...

--¿Y en qué barco irán ustedes?

--Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvió á lord Spydell para ir al Cabo el año último. Es un vaporcito de sesenta metros de largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La tripulación se compone de veintiséis hombres. La arboladura tiene dos palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbón...

--Y hasta hay á bordo cuatro buenos cañones, añadió Marenval, que parecía decidido á hablar siempre que debía callarse.

--¿Y qué piensan ustedes hacer con esa artillería? dijo una voz burlona. ¿Van ustedes á bombardear Malta ó á tomar Trípoli?

Tragomer se volvió y se encontró con Sorege, que sonreía de un modo enigmático.

--Los cañones estaban á bordo y los hemos dejado. ¿Quién sabe? Las costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.

--Marenval, en efecto, sería una buena presa; le exigirían un enorme rescate... Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no pensaba usted en eso hace pocos días, cuando hablamos...

--La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey, la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros algunos amigos... Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros de comer bien; él se ocuparía de eso.

--Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á ustedes?

--Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince días.

Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la cabeza y dijo en tono cordial:

--Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.

--Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss Maud Harvey como ha prometido...

--Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa pequeña ceremonia... Como navegante le debe á usted toda clase de deferencias...

--Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted...