En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 8
Las comidas de la calle de _Matignon_ eran célebres. No concurrían á ellas más que hombres y en vano algunas señoras de la alta sociedad, atraídas por los relatos que oían, quisieron ser invitadas. Se mantuvo la consigna y los secuaces de Epicuro que frecuentaban la casa del magistrado no vieron turbada su tranquilidad por la intervención de las mujeres.
Pedro Vesín que había vuelto del palacio de Justicia hacía una hora, estaba sentado al lado del fuego y leyendo pacíficamente, cuando su criado le anunció la visita de Tragomer y Marenval. El magistrado dejó el libro, pasó al salón y dijo saliendo al encuentro de los visitantes con la mano extendida:
--Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. ¿Qué buen viento les traer?
--Venimos á hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.
--No esperéis, sin embargo, que vaya á ponerme la toga, dijo el juez riendo. Vénganse á mi gabinete y allí estaremos más cómodos.
Les condujo á la pieza de que acababa de salir y les dijo indicándoles dos butacas:
--Siéntense ustedes. Vamos á ver; ¿han cometido ustedes algún crimen?
--¡No! Tranquilice usted su conciencia, contestó Tragomer, no venimos á implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte nos interesamos.
El magistrado se puso serio. Su cara, á la que daban expresión una barba ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tomó un aire de atención.
--Escucho á ustedes, dijo.
--Ante todo, mi querido amigo; ¿se acuerda usted en sus líneas principales, á bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?
--No sólo me acuerdo de las grandes líneas, sino de todos los detalles, dijo Vesín. Verán ustedes por qué. Mi colega Fremart, que estaba de servicio en la Audiencia y debía ocupar el sitio del ministerio público en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encargó de estudiar los negocios de la quincena de modo que pudiera suplir á Fremart si no podía asistir á las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse. La estudié con mucho interés, porque, como todo el mundo, había encontrado á ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas simpatías. No lo conocía con bastante intimidad para recusarme, pero sí para formar un serio empeño en poner en claro aquella conmovedora aventura. No tuve ocasión de tomar la palabra y me alegré, pues hubiera sido penoso para mí acusar á aquel joven y lo hubiera hecho sin indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.
--¡Ah! dijo Tragomer; usted encontró en la causa la prueba de la culpabilidad de Freneuse...
--Terminante, amigo mío; menos la confesión del culpable, no era posible tener pruebas más completas.
--¿Entonces, usted no pone en duda que fué condenado justamente?
--Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendría que estar loco para decir lo contrario. Fremart, con el que hablé del asunto, era de la misma opinión y el Fiscal del supremo también. Solamente por una concesión sentimental del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada, á sus protestas, á sus lágrimas, á la admirable dignidad de la declaración de su madre y á la respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logró salvar la cabeza. Sin eso, se iba á una sentencia de muerte, y el tribunal tenía una convicción tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.
--Pues bien, amigo mío, dijo Tragomer; hoy lo deploraría doblemente, lo que es un argumento muy serio contra la pena de muerte. El tribunal hubiera enviado al cadalso un inocente.
--¡Vamos! ¡Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no hablemos de ligero. Es fácil declarar que un condenado es inocente, pero es menos cómodo probar que no es culpable.
--Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.
Pedro Vesín miró con curiosidad á sus interlocutores, se puso serio y dijo:
--¿Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento y seguramente muy sinceros y extraños á toda intriga. ¿Y por qué tal resolución? ¿En nombre de quién? ¿Con qué interés?
Marenval tomó la palabra y dijo muy sencillamente:
--En nombre de la humanidad y en interés de la justicia.
El magistrado conocía á los hombres y sobre todo á Marenval. Le había tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su comercio, muy vulgar y más preocupado de gozar de su gran fortuna que de procurarse honores. Le había visto alejarse de la familia Freneuse en el momento en que más debía acercarse á ella y esta falta de heroísmo del antiguo fabricante de pastas, no había modificado su opinión sobre la generosidad humana. Así pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente aguzó el oído. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era preciso que su nueva convicción tuviese una base seria.
--¿Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con cuidado á sus amigos.
--Creemos en ese error. La familia no ha cesado jamás de creer en él y el condenado ha protestado siempre su inocencia.
--Siempre ó casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaríamos la vida revisando procesos si hiciéramos caso de las reclamaciones de los parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que confiesan y os vais á asombrar cuando os diga que ha habido procesados que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepción de las que, según la lógica, confirman la regla general.
--Convendrá usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultaría extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer si esta mujer estaba viva.
Esta vez la incredulidad del magistrado se manifestó sin reserva. Hizo un gesto de conmiseración y respondió muy despacio:
--Amigo mío, no caigamos en las complicaciones novelescas. ¿Como quiere usted hacer admitir á un perro viejo de los tribunales, como yo, que un juez de instrucción haya podido enviar á la Audiencia un procesado si no se hubiera cometido un crimen? ¿Olvida usted que he visto la causa, el acta de defunción, la diligencia de confrontación, el interrogatorio del acusado, que no negó estar en presencia del cadáver de su querida, y, en fin, todo, todo... ¡Vamos á ver! No somos niños y no debemos decir chiquilladas...
--Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha condenado á Jacobo la Freneuse por haber matado á Lea Peralli, y Lea Peralli vive.
--¿Usted la ha visto? preguntó el magistrado con acento burlón.
--Y la he hablado.
--¡Oh¡ ¿Cuándo?
--Hace tres meses, próximamente.
--¿Dónde?
--En San Francisco.
--¿Y ella ha declarado ser Lea Peralli?
--No, por cierto. Ha hecho algo más; ha huído para sustraerse á mis investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero se esquivó, lo que es para mí la prueba más concluyente.
--Ha sido usted engañado por un parecido.
--¡No! ¡no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de disfrazar la voz, de no hablar en francés, de volver á dar á su pelo el color natural ó de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que experimentó á mi vista y que la puso en fuga... ¡Era ella!
--¿Y quién diablos era entonces la pobre mujer que se encontró muerta y que está enterrada en su lugar?
--Algún día se lo diré á usted. Ahora no lo sé.
--¡Ah! He aquí el lado flaco, exclamó el magistrado. Así sucede siempre. En todos estos asuntos de reivindicación de inocencia hay siempre un punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la inverosimilitud de la tesis. Véase el asunto Lesurques. ¡Cuántos esfuerzos por obtener su rehabilitación! Todavía hay gentes que creen en la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia ó lo que queda de ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado, se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y entonces ¡pataplún! todo se derrumba. ¡Adiós las pruebas serias! Se cae en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida. Construirán ustedes un edificio que llegará hasta cierta altura, pero una base falsa le hará venirse al suelo.
--¡Es usted terriblemente escéptico, dijo Marenval impresionado.
--Es mi oficio, replicó Vesín. Los hombres de justicia no podemos tragar todo lo que se nos presenta. ¡Buena la haríamos si nos diera por creer ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la humanidad. ¿Creen ustedes que se hace jurar sin objeto á los testigos que dirán la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien que, aun así, no dicen más que lo que quieren ó lo que pueden. Hay que tomar y dejar. Unos son imbéciles, otros mal intencionados. En cuanto á los niños, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo inventivo que les hace contar historias, las más veces falsas. Por eso hay que desconfiar también. Para un magistrado, el escepticismo es el principio de la sabiduría.
--Pero, en fin, ¿admite usted que la justicia pueda engañarse?
--Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesín riéndose; pero en público no lo admitiría de ningún modo. Sé que se representa á la justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que no tiene valor más que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un poder arbitrario, debe ser inmutable é infalible, pues de no ser así no sería posible aceptarlo. Y si el respeto á la justicia no fuese la piedra angular de la sociedad iríamos á parar en la anarquía. Por eso es imposible admitir que la justicia se engañe. El litigante que sucumbe después de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro horas para maldecir á los jueces; después debe someterse. El condenado cuyo recurso de casación ha sido desestimado, no tiene más que inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinión del magistrado, que no puede tener otra. Así se explicarán ustedes las resistencias que la administración opone siempre á toda demanda de revisión en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y minuciosas precauciones. Una demanda de revisión pasa por una red en la que debe necesariamente quedarse enredada si no es sólida como el acero. Y cuando sale, es después de unos plazos y en condiciones tales que equivalen á no conceder nada. Aun la legislación actual es mucho más liberal que la antigua. Antes no había revisión más que en el caso de que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra sentencia; y aun, si se reconocía la inocencia de un condenado, era preciso indultarle. No había otro medio de hacerle salir de presidio.
--¡Pero eso era monstruoso! exclamó Marenval. ¡Cómo! Un desgraciado, perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detención, de la cárcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, ¿no puede ser objeto más que de una medida de clemencia y no de un acto de justicia?
--Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisión. En el asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sería la existencia de Lea Peralli.
--¿No es suficiente?
--Lo sería si estuviera probado. ¿Pero cómo lo probarán ustedes? Su declaración no será apoyada por nada ni tendrá más valor que el de una opinión, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del proceso, será de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinión y se la doy. Es poco halagüeña, pero debo ser sincero.
--Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi convicción es sólida y no cambiará. Marenval y yo podremos modificar nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos hará desistir. ¡No habría ya descanso para nosotros si abandonásemos á ese desgraciado sabiendo que es inocente.
--Veo á ustedes animados de las más nobles intenciones, pero, permítanme que lo diga, las más aventuradas. La convicción de ustedes, basada en la semejanza de una mujer viva con la víctima de Freneuse, es muy frágil, pues no se funda más que en razones de sentimiento; el dolor de la familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando Freneuse fué preso, se preparaba á marcharse al extranjero. Tenía consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y había pagado el día anterior sesenta mil francos á la caja del círculo, del que le iban á expulsar. Y, coincidencia extraña, las alhajas de Lea Peralli, conocidas por su gran valor, habían desaparecido. Se hicieron pesquisas y se adquirió la prueba de que habían sido empeñadas en el Monte de Piedad en cien mil francos. Estuvieron empeñadas dos días y al siguiente fueron rescatadas por una señora que se cubría la cara y, muy probablemente, por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por París. Freneuse reconoció que había empeñado los brillantes entregados voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y pretende haberlas entregado á Lea Peralli con un pagaré de cien mil francos, que según él, hubiera recogido su familia, lo que hacía desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagaré fué presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer endosante, ¿qué se encuentra? Á Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente que recobró el billete después del crimen, y hasta es probable que sólo le cometiera para apoderarse de ese documento. Y él le puso en circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día. ¿Y tratan ustedes de poner en movimiento toda la máquina judicial bajo la fe de un parecido más ó menos cierto? ¡Qué locura! Desde los primeros pasos tropezarán con dificultades morales y con imposibilidades materiales tan serias, que tendrán que detenerse.
--Si quisiera discutir, respondió Tragomer, lo haría acaso con más facilidad de lo que usted cree. Pero ¿para qué? No haríamos más que cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables, usted no los aceptaría. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea Peralli existe. Lo importante es anunciar á Jacobo que la que creía muerta está viva. Porque observe usted que él la cree muerta bajo la fe de vuestras afirmaciones. El procesado no dudó de vuestras pruebas. Le enseñaron una mujer desfigurada que tenía la estatura, el pelo, los vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia, cegado por el dolor, dirigió apenas una mirada de espanto á la víctima extendida en la horrible losa del depósito de cadáveres. Volvió la cabeza y asintió á todo lo que se le afirmaba. ¿Cómo podía negar la evidencia? Lea, asesinada en su casa, ¿podía ser otra que Lea? Él no podía decir más que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de su conciencia; que no era él el asesino. Cogido en las tramas de la instrucción, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba una mano horriblemente hábil, no podía hacer más que protestar. Así lo hizo constantemente y con furor, hasta exasperar á los jurados y á los jueces. Porque el desgraciado parecía cínico y era inocente. Si todos los que tenían que formular una opinión sobre su culpabilidad no hubieran estado imbuídos en el sumario, si hubieran querido reflexionar un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenían una merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos á condenar y condenaron en conciencia. Cuando se les enseñe la mujer viva, tendrán que confesar que se han equivocado. Se averiguará entonces quién era la muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible complot urdido para perder á un inocente.
--Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no realidad. Usted sueña despierto. Eso pasará. Pero permítame usted decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas suficientes de lo que dice, podría jactarse de producir una sensación extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la justicia, darían á este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me contrariaría presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no creo en él y que les he predicho un fracaso seguro.
--Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos, al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. ¿Verdad, Marenval?
--Sí, querido amigo. Lo que acabo de oir á Vesín, me decide por completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun después de las seguridades que usted me había dado. Pero, en verdad, la infalibilidad de la justicia es un dogma tan difícil de admitir como la infalibilidad del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy á dedicar con usted á probarlo. Si hay dificultades materiales las venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento lucharán como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay todavía Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusión los prejuicios, las aberraciones y los errores. ¡Cómo pues! El siglo ha progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensión de apoderarse mañana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquías solamente la justicia ha de ser intangible... ¡No, por cierto! Si la justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. ¡Si no, será arrastrada por el impulso general!
--¡Bravo! Marenval, exclamó Vesín, llega usted á ser elocuente. ¡Adelante, héroes! ¡Combatid! ¡Mis votos os acompañen! Usted está retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendrá. Más vale esto que jugar al _poker_ ó que tallar en el _baccará_. Si tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo daré como _dilettante_. No me consolaría nunca si ustedes me tuvieran por un espíritu cerrado á la razón y á la piedad. Pero la lucha que van á emprender, recuerden bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He hablado á ustedes como amigo. Diríjanse á cualquier magistrado y según el humor en que se halle, les dirá con ironía que se metan en la malla dirigiéndose al ministro del ramo, ó les declarará con indignación que van á dirigir un reto á la justicia.
--Dirigimos, en efecto, ese reto, exclamó Marenval.
--Pero no nos dirigiremos á nadie más que á usted, añadió Tragomer. Quería hablar con un hombre competente antes de meterme á fondo en este asunto. Á pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una resistencia profesional y sistemática. La magistratura no abandona su presa. Es un principio para ella y una garantía para la sociedad. Todo acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser culpable. Está bien. Sé lo que quería saber y obraré en consecuencia.
--¿Puedo preguntar á usted dónde piensa ir á parar? preguntó con curiosidad el magistrado.
--Entendámonos, dijo Tragomer. Hasta ahora he hablado al magistrado; voy á hablar al hombre, al amigo. Una indiscreción sobre lo que vamos á intentar Marenval y yo podría tener tales consecuencias, que sería locura exponernos á ella.
Pedro Vesín miró á los dos compañeros con cuidadosa gravedad.
--¿Acaso duda usted de mí? ¿Tendré que rogarle que se calle, después de haber solicitado sus confidencias?
--No, dijo Tragomer, y la prueba es que voy á explicárselo todo.
--Y yo les doy mi palabra de olvidar en seguida lo que haya sabido.
Tragomer y Vesín se estrecharon afectuosamente la mano. El vizconde encendió un cigarrillo y dijo con tanta calma como si se tratase de una expedición de placer:
--Como usted comprenderá, el negocio para nosotros es no asustar á los verdaderos culpables. Si por desgracia se informasen de nuestros proyectos, tomarían sus precauciones y ¡adiós!, écheles usted un galgo... Bastaría que Lea Peralli desapareciese, para que todo viniese por tierra. Y yo supongo que el tunante que ha puesto el lazo en que cayó Jacobo de Freneuse, sería muy capaz de deshacerse de ella si lo creía necesario. Aunque usted me hubiera mostrado la máquina judicial pronta á funcionar para la revisión del proceso, aunque me hubiera usted asegurado la buena voluntad del ministro, hubiera yo renunciado á someter, por ahora, el asunto á la justicia y á presentar los hechos nuevos que harían necesaria la revisión. Al primer ruido, todas las pruebas desaparecerían y nos encontraríamos desarmados. Lo primero es tener en nuestra mano á los culpables y no dejarlos escapar. Entonces avanzaremos. Tenemos, pues, que hacer averiguaciones y ¿quién sabe? acaso tomar resoluciones graves que nos serán impuestas por los acontecimientos. Desde luego debemos ponernos en relación con Jacobo, á fin de que sepa que existe Lea Peralli y para juzgar con él, hablando larga y maduramente, sobre las consecuencias que trae consigo este hecho inesperado.
--¿Pero van ustedes á ir á Numea? exclamó Vesín con mal contenido asombro.
--Vamos á ir á Numea, declaró fríamente Marenval.
--Allí, dijo Tragomer, nos pondremos de acuerdo con Freneuse sin que la administración adivine nuestros proyectos. Escribir es peligroso, pues se abren las cartas de los penados y se leen sus respuestas. Estudiaremos, pues, la situación de viva voz y veremos qué debemos hacer.
--Tragomer, usted no lo dice todo, exclamó con emoción el magistrado; á pesar de todo, desconfía de mí... ¿Trata usted de hacer evadirse á Jacobo la Freneuse?
Tragomer sólo respondió con una sonrisa pero Marenval se irguió y dijo con extraordinaria energía:
--Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Cree usted que estando convencidos de que ese muchacho es inocente, le vamos á dejar podrirse en el presidio? ¡Le robaremos, pardiez! Eso será divertido. Ya que hacemos el viaje, nos proporcionaremos esa pequeña distracción.
--Pero hay guardias, una guarnición, un barco vigilante, dijo Vezín. ¡Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les prenden, y para prenderles no se tendrá inconveniente en matarles...
--Eso es cuenta nuestra, respondió Marenval. Puede usted creer, querido, que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su existencia. Por otra parte, estamos decididos á defendernos...
--No me digan ustedes ni una palabra más; les encuentro insensatos. Me están ustedes haciendo un capítulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes cincuenta años, mis buenos amigos. Pero quiero creer que á los primeros pasos se encontrarán con tales dificultades, que no llevarán adelante su empresa. Créanme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estará en la tramitación legal de una instancia. Escriban una memoria, diríjanla al ministro y unas buenas pesquisas de la policía podrían...
--Echarlo todo á perder, interrumpió Tragomer. Sé con quién tengo que habérmelas. Es preciso trabajar en la sombra ó fracasaremos...
--Y queremos lograr nuestro propósito, añadió Marenval.
--¿Cómo van ustedes á ir á la Nueva-Caledonia?
--En un yate que fletaremos. Nos conviene tener á nuestra disposición los medios más perfectos y más rápidos.
--¿Se presentarán ustedes á las autoridades coloniales?
--Sí, como viajeros.