En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 7
La agencia dramática Campistrón está establecida en un piso tercero interior de la calle de Lancry, y allí, retirado de la escena después de una carrera llena de incidentes realizada en los teatros de provincia, el antiguo primer tenor se ocupa en proveer á sus ex directores del personal que necesitan para todos los géneros. La señora de Campistrón, más conocida con el nombre de Glorieta, tuvo un momento de reputación como cantante de café concierto. Ahora ayuda á su marido á dar audiciones, á montar espectáculos mixtos, á aconsejar á los aficionados. Porque Campistrón no se limita á colocar en las provincias á las desechadas de los teatros de París, sino que se encarga también de proporcionar á los dueños de casa espectáculos á la medida, comedias, revistas, óperas cómicas y, en general, todo lo que se necesita para montar una reunión en pocas horas.
Sus negocios marchan bien y ha tenido que alquilar otro cuarto del mismo piso para establecer en él un diminuto escenario, donde da las lecciones y hace los ensayos y al que llama pomposamente su conservatorio. Campistrón no es un simple agente dramático; es también un innovador, pues ha inventado un nuevo método de canto: el canto de vientre.
--No se respira con el pecho, declara con su voz _del Profeta_, un poco enronquecida; se respira con el vientre.
Por su procedimiento ha cambiado ya numerosos barítonos en bajos y no escasos tenores en barítonos, sin contar los que ha dejado afónicos. Pero él continúa imperturbable su degollina vocal. Vive de su agencia, pero la desprecia; en cambio su profesorado no le da más que obligaciones, pero eso le enorgullece. Los ladinos que quieren buenos ajustes conocen bien lo que tienen que hacer; dicen que cantan según el método Campistrón y en seguida son presentados como fenómenos de arte por el vanidoso agente.
Siguiendo las indicaciones de Frecourt, Tragomer y Marenval se bajaron un día, á eso de las cuatro, ante el número 17 de la calle de Lancry. La portera que estaba en su casilla bruñendo un perol, respondió á Marenval en tono malhumorado:
--La escalera de enfrente. Si es para un ajuste, tercero de la izquierda; si es para una lección, de la derecha.
Al ver que los dos hombres parecían vacilar, añadió:
--No es posible engañarse... Cuando oigan ustedes chillar es que han llegado.
Tragomer se echó á reir y dijo:
--Gracias, señora.
--No hay de qué.
La buena mujer continuó frotando su cacharro y Tragomer oyó que gruñía:
--Más comienchos con mucho gabán de pieles y sin un céntimo en el bolsillo.
--Mi querido amigo, dijo Marenval mientras subía la húmeda y mal oliente escalera, esa mujer nos ha tomado por un galán joven y un barba que buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdén con frases poco correctas...
--Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval. Nos veremos en muchos casos semejantes.
--No me quejo, amigo mío; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me molesta lo más mínimo.
Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos gritos.
--Oigo chillar, como dice la señora del perol; señal de que nos aproximamos.
Subieron otro tramo empinado como una escala.
--¡Uf! exclamó Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Déjeme usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla...
Se detuvieron delante de una puerta en la cual se leían estas inscripciones en letras negras: _Campistrón agente dramático. Lecciones de declamación y canto_. Nuevo Método; y en un papel pegado con cuatro obleas, esta advertencia manuscrita: ¡_Llamad fuerte_! La recomendación no era inútil, porque en las profundidades del departamento se estaba desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara una operación quirúrgica muy dolorosa á un paciente bien despierto.
--Vamos á ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar á la de la derecha, la de los ajustes.
En este lado las inscripciones decían: _Agencia Campistrón_. Contratas. Informes. Representaciones de todas clases. De 10 á 5. E.L.P.
--E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.
Así lo hicieron y al abrirse la puerta apareció ante su vista una pieza triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una balaustrada de madera. Detrás de la balaustrada estaban escribiendo dos empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitación esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas banquetas. Uno de los empleados levantó la cabeza, dejó la pluma, miro á los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes, se levantó de su asiento y dijo:
--¿Qué desean ustedes, señores?
--Hablar al señor Campistrón, respondió Tragomer.
--Está ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la señora...
Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.
--No hay inconveniente, respondió Marenval.
El empleado abrió una puerta practicada en la balaustrada y salió á la antesala. Llamó á una puerta y entró con aire misterioso. Al cabo de un instante salió y dijo:
--¿Quieren ustedes seguirme?
Las personas que esperaban en las banquetas, hacía mucho tiempo sin duda y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra aquella preferencia otorgada ante su vista.
--¡Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantón hasta que se cierre y nos dirán que volvamos mañana... Campistrón no era tan orgulloso cuando cantaba conmigo la _Favorita_ en Perpiñán...
Marenval y Tragomer no oyeron más; estaban en un gabinete severamente amueblado de _reps_ verde, donde sentada detrás de una mesa de despacho, una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con una guapa muchacha muy pintada y que olía fuertemente á almizcle. La señora de Campistrón dijo á los visitantes indicándoles un sofá:
--Siéntense, señores; soy con ustedes. Después dijo á la joven:
--Aquí tiene usted. Partirá usted mañana y empezará á trabajar la semana que viene. Tendrá usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el segundo...
--Está convenido, mi querida señora de Campistrón... ¿Es Rouen una población de recursos?
--Ciudad de guarnición, hija mía, célebre por su riqueza y su buen gusto artístico... Los hombres son allí un poco zorros, pero serios; se puede contar con ellos... En cuanto al público, es como la sidra del país, tan pronto dulce como agria... Eso depende de los años. ¡Buen viaje, amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.
La muchacha dirigió á Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa á Marenval, y doblando su contrata se la metió en el pecho, no sin enseñar como al descuido la batista de la camisa, y se marchó dejando la atmósfera saturada de perfumes. La señora de Campistrón se sentó al lado de los visitantes.
--¿En qué puedo servir á ustedes, señores? dijo en tono insinuante.
--Dispénsenos usted, señora, contestó Tragomer; el paso que nos atrevemos á dar cerca de usted es bastante delicado. El señor y yo buscamos á una cantante que anda corriendo el mundo en una compañía lírica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al señor Campistrón, que según se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes, á fin de saber dónde puede encontrarse ahora esa compañía.
--No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo, señores, dijo con énfasis la agente consorte, y mucho me sorprendería el no poder informarles exactamente. Tenemos aquí el repertorio y el itinerario de todas las compañías que se forman en París ó en Londres, y las familias de los artistas vienen con frecuencia á preguntarnos á dónde deben dirigirles las cartas. ¿De qué compañía se trata?
--De la de Novelli.
--¡Ah! ¿Novelli? continuó la buena señora con cura desdeñosa. ¡Una vocecilla blanca!... Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de voz... Eso no tiene éxito en Francia. Aquí hace falta timbre... Y el timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz... Si Campistrón estuviese aquí, él les explicaría su método... Para saber dar timbre no hay como Campistrón... Pero ustedes dispensen... ¿Cómo se llama la persona que les interesa?
--Miss Jenny Hawkins.
Al oir este nombre la cara de la señora de Campistrón cambió repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente, sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera fomidable, dió una fuerte palmada y dijo con voz amarga:
--¡Ah! ¡Jenny Hawkins! ¡Hacía mucho tiempo que no oía hablar de tal persona! ¡Jenny Hawkins! Me alegro de que no esté aquí Campistrón, porque hubiera tenido una impresión dolorosa...
--¿Cómo así, señora?
--Campistrón ha tenido grandes disgustos con la artista de que se trata... Pero, dispénsenme ustedes, eso importa poco... Sin duda uno de estos señores se interesa por Jenny...
--No, por cierto, señora, respondió Tragomer, que veía contrariado que aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata, sencillamente, de un asunto de herencia.
--¿Hereda? exclamó la gruesa rubia con acento de indignación. ¿Va á heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte semejante... ¡Oh! Voy á llamar á Campistrón. ¿Permiten ustedes?
Cogió un tubo acústico, sopló fuertemente y dijo en el portavoz:
--Campistrón, ven en seguida. Hay aquí unos señores que te van á contar cosas curiosas...
Aplicó el aparato al oído, escuchó y dijo con vivacidad:
--Deja ese imbécil á tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que haga escalas mientras te espera.
Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oyó una voz sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrón entró con noble ademán, se inclinó sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante que sale á recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si cantara:
--Servidor de ustedes, señores. ¿De qué se trata?
--¡Ah! Prepárate á desmayarte, Campistrón, contestó la gruesa rubia. Estos señores buscan á Jenny Hawkins para una herencia.
Campistrón adoptó la actitud de Hipócrates rehusando los presentes de Artajerjes. Cerró los ojos, volvió la cabeza y extendió los brazos, como si la herencia fuese para él, y respondió en el registro grave:
--¡Esperaba no oir hablar más de aquella ingrata!
--¿Ven ustedes, señores? ¿Qué es lo que yo les decía? Campistrón, domínate; se trata de responder á estos señores. Quieren saber dónde está la compañía de Novelli.
--¡Novelli! ¡Novelli! dijo desdeñosamente el antiguo tenor. Sí, por cantar con ese polichinela napolitano me dejó Jenny. ¡Una muchacha que yo hubiera colocado en la Ópera si hubiera querido escucharme! Pero no; se empeñó en cantar de pecho... ¡Ella, cantar de pecho! ¡Horror! Pues bien, no, señores, á despecho de todo, mi enseñanza hizo su efecto. Á pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de vientre...
¿Fué con el pecho ó con el vientre con lo que habló Campistrón? Marenval y Tragomer no pudieron saberlo; ello fué que se estremecieron y que los vidrios temblaron al formidable rugido que salió de la boca del tenor. Pero Campistrón se calmó pronto. Sus momentos de cólera eran teatrales y no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pasó la mano por la frente, sonrió y dijo:
--Por lo demás, señores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He conocido mucho á su madre...
La señora de Campistrón se enfadó y repuso con una acritud que impresionó á su altisonante esposo:
--¡Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. ¡Bastantes disgustos he tenido con la tal mujer, que tanto te persiguió! Pues la hija no te miraba con malos ojos... Señores, este hombre ha sido magnífico; lo es todavía. Y todas las mujeres, sí, todas, estaban con él como locas... habla, pues, á estos señores y no cuentes tus historias...
Campistrón abrió un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de la mano:
--He aquí, señores, la marcha de las grandes compañías del universo. ¿Quieren ustedes saber dónde está Lassalle?
Volvió varios folios y dijo:
--El 17 de este mes, en Bucharest... El 21, en Budapesth... El 23, en Viena, el...
--Pero ¿y Novelli? interrumpió la señora de Campistrón.
--Novelli y su compañía se encuentran en este momento en Veracruz... Desde allí van á Méjico y á Tampico, después pasan á la Guyana... bajan á las Indias Neerlandesas, tocan en Colombo y vuelven á Europa en la primavera para hacer la temporada de Londres...
--¡Ah! dijo Tragomer, ¿Jenny Hawkins irá á Londres?
--En el mes de mayo cantará en _Covent-Garden_...
--Y diga usted, señor Campistrón, ¿en qué época exacta se marchó de Francia?
--Partió hace dos años con Novelli.
--Dos años... ¿Está usted seguro?
--Segurísimo; en el mes de agosto trabajaba todavía conmigo... Mi señora puede decirlo y nuestro acompañante puede atestiguarlo... Toda la casa lo afirmará... ¿Pero con qué objeto?
--Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene que tengamos certeza sobre ese punto...
--Pues bien, señores, hay más. Ella, que pagaba con mucha exactitud las lecciones, se marchó sin satisfacer las del último mes. No le acuso por ello, dijo Campistrón con nobleza; los artistas no somos mercaderes... Trabajamos de buena gana por la gloria... Hago constar solamente el hecho. He escrito á la interesada para reprocharle el haberse marchado sin advertírmelo, sin decirme adiós... Ni siquiera me ha respondido... Y no era que quisiera tener un autógrafo suyo... Poseo aquí más de veinte cartas.
--¿Podría usted enseñarnos una?
--Declaren ustedes antes, señores, que no quieren abusar de esa carta para hacer daño á una mujer, dijo Campistrón con acento de dignidad, poniéndose una mano sobre el corazón. Juana Baud ha sido muy amada... ¡Era tan hermosa! ¿Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos de por medio?
--Se la doy á usted, dijo Tragomer, por el señor y por mí.
--Entonces, señores, voy á complacerles... Mujer, busca en la taquilla la letra B... Aquí todo es administrativo; de otro modo no nos entenderíamos.
La señora de Campistrón abrió un mueble y se puso á buscar los papeles. Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continuó:
--Ha dicho usted, señor Campistrón, que Juana Baud era muy hermosa... ¿Tiene usted, por casualidad, algún retrato suyo?
--Su fotografía, con una dedicatoria llena de efusión... Mujer, tráela.
--Aquí está, dijo la señora de Campistrón.
Y entregó á su marido una tarjeta álbum que el cantante contempló con satisfacción y con rabia al mismo tiempo.
--Sí, hela aquí... ¡Es la ingrata! Se puede decir, señores, que el cielo le ha dotado de sus más preciosos dones, la estatura, el andar, la expresión... ¡Oh! la expresión... Pero juzguen ustedes mismos.
Entregó el retrato á Tragomer, que le cogió con verdadera ansiedad. Vaciló antes de mirarle; una ojeada iba á decidirlo todo. Si la fotografía representaba á Jenny Hawkins, tal como la había visto en San Francisco, la partida se perdía y habría que creer en una semejanza sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny... Miró de repente el retrato y lanzó un grito:
--¡No es Jenny Hawkins!
--¡Vamos, caballero, dijo Campistrón con una sonrisa de condescendencia, usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no puede haber error.
Tragomer no respondió, abstraído en mirar el retrato, que representaba una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada, desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresión soñadora. Ni un rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Había pues, á no dudar, error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, existía una sustitución de estado civil y Lea Peralli vivía con un nombre que no era el suyo. Pero, entonces, ¿quién era la muerta?
Aquí Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la reconoció y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad. Á falta de la cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su magnífica cabellera rubia, los vestidos que tenía puestos, las sortijas encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto que ahora Tragomer, después de haber sospechado que vivía, estaba cierto de que llevaba un nombre distinto del suyo.
Miró de nuevo la fotografía. Juana Baud era tan morena como rubia Lea Peralli, pero la estatura era la misma y tenía los mismos dientes deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo único que se podía reconocer en la cara destruída de la muerta era una boca que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud tenía la misma boca que Lea Peralli.
--¿Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografía? Me haría usted un buen servicio. Me comprometo á devolvérsela á usted antes de dos días. Y para que usted sepa con quién está hablando, aquí tiene mi tarjeta...
Campistrón echó una ojeada á la tarjeta que le ofrecía Tragomer y se inclinó con mucha deferencia.
--Estoy á las órdenes del señor vizconde... ¿Será, sin duda, para enseñar el retrato al notario de la testamentaría?
--Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la escritura de Juana.
--Ya comprendo.
--La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?
--¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido; no me hable usted. ¡La violencia misma! ¡Una pólvora! ¡Y qué ligera de manos!
--¡Mujer!... interrumpió el tenor.
--¡Déjame! Todo el mundo la conoce... ¡Pues y el lenguaje! Ni las verduleras del mercado cuando disputan... Es verdad que no ha sido educada por ninguna duquesa. La madre de Juana... Sí, Campistrón, aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y la hija tenía á quien parecerse. Un día dió aquí de bofetadas á Bonnand el tenor, porque no quería apresurar el movimiento en el dúo de _Carmen_... Ningún hombre ha podido nunca tenerla á su lado, tan mala y tan viciosa era, y... en fin, caballero, á nadie le gusta tener por amiga una individua que persigue á los hombres y á las mujeres á la vez.
--¡Bueno! exclamó Campistrón; ya estás contenta. Ya has vaciado toda tu hiel sobre esa pobre muchacha... Sí, señores, no era precisamente un modelo de virtud, pero tenía una voz soberbia, antes de caer en poder de Novelli...
--Dispense usted, interrumpió Tragomer: ¿la conocía Novelli antes de encontrarla en Inglaterra?
--Nunca la había visto.
--¿Ha cantado en Inglaterra con el nombre de Baud antes de marchar á América con el de Hawkins?
--Sí, señor. Tuvo una contrata para la Alhambra, donde había hecho ya una temporada. Aquello no era realmente digno de ello... Pero no se presentó á la dirección. Hasta hubo un proceso y Jenny Hawkins fué condenada á pagar.
--¿Jenny Hawkins ha cantado en Inglaterra desde hace dos años?
--No, señor, cantará por primera vez después de ese tiempo en la primavera próxima.
--¿De manera que nadie se acordará de Juana Baud transformada en Jenny Hawkins?
--Como usted lo dice. ¡Se olvida tan pronto! Y además esa muchacha figuró tan poco antes de dedicarse á la ópera...
--¿Hay artistas que hayan alternado en otro tiempo con Juana Baud, en el Conservatorio, por ejemplo, ó en su casa de usted, que pudieran reconocerla?
--En Francia, en París sobre todo, sí, hay algunos; pero en Londres sería una casualidad.
--Gracias, señor Campistrón, ya sé todo lo que quería saber, dijo Tragomer. Agradecemos á ustedes su amable acogida.
--Con mucho gusto, señor vizconde, con mucho gusto. Las personas como usted están seguras de ser recibidas aquí con toda deferencia. Si podemos serles útiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello todo nuestro esmero... Espectáculos de salón, revistas, pantomimas, canciones... todo lo que divierte é interesa al espíritu... Pero permítanme que les entregue unos prospectos de la casa...
Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y llevándose la fotografía. Campistrón les acompañó hasta el descansillo de la escalera con mil muestras de obsequiosa política, mientras que el discípulo cuya lección había sido interrumpida por la visita se desgañitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y húmeda escalera y vieron de nuevo á la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que los siguió con una mirada desdeñosa hasta la puerta de la calle.
--¡Y bien! Tragomer, dijo Marenval, ¿quiere usted tener la bondad de explicarme qué significa la conversación que ha tenido usted con esa gorda tan pintada y con su ridículo esposo? Porque, por mi honor, no comprendo ni una palabra.
--Alégrese usted, Marenval, dijo Cristián; nuestra averiguación ha dado un paso inmenso. Á esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado, pues entramos en la fase más complicada del asunto.
--Entonces, ¿qué va á pasar aquí?
--Algo muy interesante, Marenval. Vamos á luchar paso á paso contra el error en beneficio de la verdad... Ayer, estábamos expuestos á rompernos el cráneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la cuestión consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins, y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografía con la firma de la discípula de Campistrón, prueba hasta la evidencia la sustitución de personas. Y ahora será preciso que la Hawkins nos esplique por qué no tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se supone haber sido muerta hace dos años, precisamente en el momento en que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad enteramente nueva. ¿Comprende usted ahora, Marenval?
--Empiezo á comprender. Pero, querido amigo, ¿vamos á echarnos á perseguir á Jenny Hawkins? La empresa podría llevarnos lejos si la moza está recorriendo el mundo.
--Tranquilícese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendrá, acaso, más tarde. Jenny Hawkins tiene que venir á Londres y no puede escapársenos. No se falta á los contratos con un teatro inglés sin pagar una indemnización formidable... Así pues, vendrá, y allí podremos hacer lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustará á usted.
--Al contrario. Si no hay más que pasar el estrecho será para mí un placer.
Llegaron en este momento al _boulevard_ Magenta, donde habían tomado la precaución de dejar el coche, y Tragomer dijo á Marenval:
--Ahora, tenemos que habérnosla con la magistratura. Usted me ha hablado de ver á Pedro Vesín y estoy pronto á dar ese paso... Hace veinte años que le conozco y de levita ó de toga, no me da miedo.
--¿Cuándo quiere usted verle?
--Cuanto antes, mejor.
Marenval miró el reloj.
--Las cinco. Ya no estará en el palacio de Justicia. Vamos á su casa, ¿quiere usted?
--Excelente idea.
--Calle de _Matignon_, dijo Marenval al cochero.
Cuando Tragomer dijo á su compañero que no temía á Pedro Vesín ni de levita ni de toga, sabía de quién hablaba. El tipo del magistrado moderno estaba bien representado por aquel abogado de cuarenta años, guapo, galante, espiritual, muy elocuente y muy aferrado al código pero que olvidaba completamente sus graves funciones cuando estaba en sociedad y sólo se ocupaba en gozar de la vida entre hombres de talento y mujeres amables. Soltero, rico, apasionado por lo bello, buen poeta á sus horas, unido en amistad con todos los pintores notables y literatos célebres de París, Pedro Vesín había hecho de su casa un brillante centro, en el que se daban cita, los domingos, todos los aficionados de buen gusto y los artistas distinguidos.