# En el fondo del abismo: La justicia infalible

## Part 6

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--No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo, no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.

Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le juzgaba digno de estima.

--Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan para mañana.

--Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que le lleve á alguna parte?

--Bueno; á la Magdalena.

Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse ante la señorita de Freneuse.

Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo; cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un movimiento para ir hacia su antiguo amigo.

Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.

--¿Vas á comer?

--Sí, contigo, si quieres.

--Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.

--Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.

Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de Yvette Guilbert en el _Diván Japonés_. Su eclecticismo era absoluto y hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay, evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es notable en grado igual."

Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la Ópera, con la que tenía dos hijos.

El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta y todos se dirigieron á la mesa.

Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados, solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.

--Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo menos de tu sempiterna música.

Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.

--Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina, de estrategia, de pintura, de política?

--No hables, lo prefiero.

--Aunque rabies, espera un poco... Canción de Silvain, los Dragones de Villars, acto segundo, escena..., dijo Frecourt riendo.

--¡Vaya! Ya se desató.

--Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas, los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.

--¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.

--¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio obligado de los festines.

--¿Á que vas á pedir _tziganes_?

--Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los _tziganes_ de ese tiempo.

--¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?

--Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina y no era más que poeta...

--¡Digo! Si hubiera sido músico...

--Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.

--Estaban borrachas... Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso tocar lo que ellas le pedían.

Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.

--¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que canta. Una multa; que traigan champagne...

--¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido limonada. Vais á probar un _Château Lafite_ como no se bebe en ninguna parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.

La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer, que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono indiferente:

--Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny Hawkins?

--¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli? Pues es, sencillamente, Juana Baud.

Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.

--¡Juana Baud! Es un nombre francés.

--Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en _Périchole_. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.

--Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?

--Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha era en aquella época completamente ignorada.

--¿Qué edad puede tener?

--Unos treinta años.

--¿Qué señas tenía?

--Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la creen compatriota y eso les halaga.

--¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

--Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una persona que le enterará exactamente:

--¿Quién?

--El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.

--¿Dónde vive ese agente?

--¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

--¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de gorgoritos?

--Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos querido hacer competencia á los _Menus-Plaisirs_. El tal Campistrón hace de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas... Es un tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

--¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió furiosamente Maugirón... No sé cómo te sufre Tragomer.

--Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer. Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos. Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite... ¿De modo, Frecourt, que usted ha conocido á esa Juana Baud?

--Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard. Tenía una preciosa voz de _mezzo-soprano_, pero vivía en una continua _juerga_, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al _faubourg Poissonnière_ en una preciosa berlina tirada por un caballo de ciento cincuenta luises... Y era de ver la cara que ponía Ambrosio Thomas... ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el _boulevard_ á Armando Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los jóvenes más á la moda... Después, un día apareció en Variedades, donde enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

--Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de bastidores?

--Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

--Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo... Apuesto á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

--¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos jóvenes... Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

--¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel tiempo, las sé más asombrosas.

--No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está empezado; acabémosle.

--¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

--No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te daré explicaciones y te quedarás asombrado.

--En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece que es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y prosiguió:

--Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo un hotel en la calle de la _Faisanderie_ y un tren suntuoso. De entonces datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

--¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa clase de mujeres!

--No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión, porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny Hawkins... El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase rencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la comida con una satisfacción completa.

Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en el hombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:

--Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?

Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguida sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga sonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:

--¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesa grande con nosotros?

--Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuó sonriendo.

--¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?

--¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?

--¿Lo es algo en el mundo?

--¿Y es una americana tu elegida?

--Sí, una persona encantadora, miss Harvey... ¿La conoces?

--No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

--Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura y tu aspecto de vigor... Estos primitivos de América tienen un culto por la fuerza...

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca, que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono amenazador:

--Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

--No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba. Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo, mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó francamente á reír.

--¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello...

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege sino que salía al encuentro de las explicaciones.

--¿Me viste, acaso?

--¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.

--¿Por qué?

Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado suyo:

--Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de fortuna...

--¿Jenny Hawkins?

--La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la ocasión, la primavera... Salí de toda aquella cuaresma americana con una buena cena á la europea...

--¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?

--Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un serio contratiempo... Preferí, pues, suprimir el abrazo... ¿Me guardas rencor?

Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato, para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus recursos.

--No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo. ¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?

--¿Por qué?

--En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja: "¡Cuidado! ¡Tragomer!..."

Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad respondió.

--¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su compañero. "Juraría que es francés" dijo.--Y parisiense, respondí--¿Sabes quién es?--Cáspita, es mi mejor amigo--Tráemele--Tú bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!

Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por esclarecer los hechos en su conjunto.

--Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la representación?

--Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.

--¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?

--¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á _Golden House_. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana, Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la representación y á marchar á Chicago.

--¿Marchaste con ella?

--Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?

--¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

--La cosa es muy sencilla... Hemos sido rivales durante veinticuatro horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus _cow-boys_ de hijos, te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos, sobre todo de viaje.

Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de nuevo la curiosidad, preguntó:

--¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!

--¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres, en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar que llegaría á ser una estrella.

--¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que tradujo un poco su emoción:

--¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se aprende en veinte lecciones.

--En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San Francisco me lo dijeron.

--Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?

--Para saber si tú lo ignoras.

--Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

--Que no se llama así.

--No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es francesa. ¿Estás contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca, desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio. Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad te vas á estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga. Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar. Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:

--Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala cualidad.

--Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como palominos atontados... Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza sin divertirse en escoger los malos caminos.

--Cuando te cases ¿irás á vivir en América?

--Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible. Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no había más que obligarles á vivir en sus _United States_. Se morirían de fastidio.

--Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con franceses ó ingleses.

--Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan algunas encantadoras _misses_, muy rubias, de talle largo y piernas cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay que cruzar las razas, Tragomer.

--Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la buena elección que ha sabido hacer.

--Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.

--Lo que haré será no beber nada.

Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa del _baccará_.

--¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.

--De vez en cuando, para pasar una hora.

--¿Y ganas?

--Algunas veces.

Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:

--No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.

Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:

--En el juego que él hacía era imposible ganar.

Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:

--Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las cartas...

Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida hacia él, le dijo:

--¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.

Levantó la cabeza orgullosamente, dirigió á Tragomer un ademán de despedida y se alejó.

IV

