En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 3
--¡Cómo! ¿Dificultades? Todo el mundo nos va á ayudar, la justicia, los poderes públicos, el jefe del gobierno... En cuanto tengamos pruebas serias del error cometido, todos se apresurarán á repararlo. Lo único delicado que tiene el asunto es las averiguaciones.
--Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de la justicia; su primer pensamiento será desconfiar y el segundo resistir á nuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se ha equivocado y menos para la justicia, que, por profesión, no admite que pueda estar sujeta á error. Bien sabe usted cuánto tiempo, cuánto trabajo, cuánta voluntad y cuánta influencia han sido menester para lograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura, arrancadas casi todas por la política. No venda usted, pues, la piel del oso, puesto que aún no le hemos matado. Contamos con buenos elementos, la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y su inteligencia. Y si usted me lo permite, añadiré mi valor y mi voluntad.
--Sí, por cierto, querido Cristián, exclamó Marenval estrechando las manos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo seré silencioso y circunspecto, lo prometo. No tendrá usted que llamarme al orden.
--Está bien. Óigame aún durante un minuto. Tengo que dar á usted algunos datos complementarios. En primer lugar Jenny no está ya en América, sino en Inglaterra.
--¡En Inglaterra! ¿Está cantando?
--Está en Londres, en el _Princess-Theâtre._ Lo he leído estos días en los periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podía esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso que acompañaba á la cantante en San Francisco.
--¿Le conoce usted?
--Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al _bridge_ con unos amigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los jugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y la prendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente: ¡Cuidado! y yo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y el acento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volví prontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme y también me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la suya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido. Fingió una sonrisa y dijo alegremente:
--No quememos el material, ¿verdad Tragomer?
--Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tan familiarmente... ¿quién era?
Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á una intensa palidez y dijo, bajando la cabeza:
--Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locuras de Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso...
Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspecto de desolación.
--He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen? ¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él. Estamos detenidos en los primeros pasos.
--No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada es imposible ni inverosímil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podido tener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con los móviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quien estaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo, pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí no sólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente. Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asunto ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto más difícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Está usted pronto á ayudarme?
--Sí y á pesar de todo, dijo Marenval con energía.
El bretón miró á su compañero con firmeza.
--Está bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos.
Miró el reloj y añadió:
--Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. ¿Nuestro pacto de alianza está firmado?
--Empeño mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Si se presentan peligros...
--Son de mi cuenta...
--Poco á poco, protestó Marenval. No me ha comprendido usted. Los peligros á medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano.
--¡Muy bien! Así será.
Se estrecharon la mano y entraron en el círculo por una puerta interior.
II
Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría. En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomía de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los favores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos los males de la humanidad sobre los que allí se alberguen.
Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la tristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en la calle de _Petits-Champs,_ número 47 duplicado, ante la cual se detuvo muy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:
--Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora; tiene mucho calor... Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aire atroz en esta calle.
Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos hacia la puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más que haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en el patio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachada ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos cerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalones verdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en la casa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momento el visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrir la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval el gabán y le dijo con tierna familiaridad:
--Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de ver al señor, después de tanto tiempo...
--Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerse al mismo diapasón que ellas... Por muy afligido que uno esté, teme ofender su dolor al tratar de consolarlas.
--Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen consuelo.
--¿Y cómo están de salud?
--Están bien, señor; no se puede decir que están mal... ¡Ah! si su espíritu estuviese lo mismo... ¡Pero no lo está! no, no lo está.
--En fin, Giraud, no hay que desesperar. ¿Quién sabe? Todo puede cambiar.
--¡Oh! no, señor; no hay esperanza alguna... Pero, con su permiso, si el señor quiere servirse entrar, iré á anunciarle á las señoras.
Marenval entró en un vasto salón un poco sombrío y espléndidamente amueblado con una sillería antigua de tapicería. En las paredes se veían algunos cuadros notables, restos de una buena colección dispersada por ventas sucesivas. En los ángulos había unas vitrinas vacías. Todo allí atestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que sólo quedaba el noble orden de una habitación en otro tiempo suntuosa.
Era fácil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente en aquella pieza aparatosa, pues no se veían allí los objetos familiares á dos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel salón era correcto, frío, lúgubre. Se abrió una puerta y el criado se presentó de nuevo.
--Si el señor quiere tomarse la molestia de seguirme, la señora le ruega que tenga la bondad de subir á su habitación.
Marenval subió por una escalera de piedra con barandilla de hierro forjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galería, encontró una joven de alta estatura y vestida de negro, que se adelantaba á recibirle. Giraud desapareció sin ruido y Marenval se encontró, algo cortado, frente á la señorita de Freneuse que le alargó la mano sonriendo tristemente. Pero ¡qué desgarradora melancolía en la expresión de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces y profundos, mortificados por las lágrimas, presentaban un círculo azulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados y recogidos sin coquetería, daba á aquella altiva fisonomía un aire de incomparable nobleza.
Marenval miró un instante á su hermosa pariente, movió tristemente la cabeza y dijo en tono afectuoso:
--Y bien, María, ¿sigue usted tan poco razonable?
--Siempre tan desgraciada, señor de Marenval.
--¿Y su madre de usted?
--Va usted á verla.
La joven introdujo á Cipriano en una pequeña pieza, especie de santuario en el que la señora de Freneuse había reunido todo lo que le recordaba á su hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban allí al que la infeliz mujer no había dejado de llorar, á pesar de sus faltas. Se levantó de una butaca baja mostrando una fisonomía pálida bajo sus cabellos blancos y, dulce y resignada, dió las gracias á Marenval por su visita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia, agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso.
Marenval se sentó y dirigió la vista hacia un magnífico retrato que representaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amarga sonrisa plegó los labios de la señora de Freneuse. La pobre madre dejó al visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casi sin timbre:
--Ahí tiene usted lo que él era. ¿Cómo estará ahora? ¿Qué habrán hecho de él? Hace dos años ha sido imposible conseguir que se deje hacer una fotografía, que estábamos dispuestas á pagar muy cara... No ha querido que pudiésemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con el traje de penado.
--¿Tienen ustedes noticias suyas?
--Las recibimos con regularidad.
--¿En qué situación se encuentra?
--Materialmente, no puede quejarse... Es joven y fuerte... Y, después, parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en la oficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es así menos miserable... Pero, moralmente...
--¿Sigue afirmando su inocencia?
Á esta pregunta, el pálido semblante de la señora de Freneuse se iluminó por una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclamó, con voz en la que se notaba aún cierto vigor:
--Hasta morir declarará que no ha cometido ese crimen atroz, que no ha podido cometerle. Mi hija y yo,--¿entiende usted, Marenval?--no cesaremos de afirmarlo así. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto de circunstancias abrumadoras que han podido engañar á los hombres hasta hacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana, repetiremos con él hasta el último suspiro que es inocente.
Marenval miró á las dos mujeres con expresión de asentimiento y dijo, levantando la cabeza:
--Es absolutamente mi opinión.
Á estas palabras, que Marenval decía por primera vez delante de aquella madre desolada, la señora de Freneuse se irguió, se puso encarnada y dijo con repentina vivacidad:
--Marenval ¿qué significa esto? Jamás ha estado usted tan afirmativo... Hay más; yo acusaba á usted de no participar de nuestra ardiente convicción.
Ha parecido usted siempre más humillado que asombrado por lo ocurrido y, de pronto, toma usted una actitud diferente... Ya lo oyes, María, no es el mismo; ha cambiado por completo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Será que ha tenido usted alguna buena noticia? ¿Acaso, después de haber desesperado, podríamos...?
--¡Poco apoco! interrumpió Marenval, un poco desconcertado al ver aquel furioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta al acusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted que le he defendido con la energía de un hombre á quien el mundo englobaba malignamente en la catástrofe ocurrida. Sí, en aquellos momentos vi en toda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, la bajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidad honrada, se intentó entonces contra mí. He padecido con esta desdicha tanto como ustedes mismos, pues durante más de un año todo el mundo, en París, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta sé de algunas almas caritativas á quienes no faltaba nada para insinuar que yo también merecía ir á presidio. Y todo ¿por qué? Porque soy rico, porque me divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magníficos caballos y un proscenio en la Ópera... La verdad es que todo esto es más que suficiente para echar un hombre á galeras... ¡Tengo amigos que querrían verme en ellas! ¿Puede usted pensar lo que estas buenas personas habían dicho de mí en el momento de la desgracia? En aquella hora peligrosa no le he parecido á usted heroico, querida prima; confieso que en parte ha tenido usted razón. Hubiera podido mostrarme más caballeresco y colocarme más resueltamente al lado de usted, pero hay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo en que vivo; no hace aún diez años que salí de las pastas alimenticias y, ¡qué diablo! no se me tiene en la misma consideración que á un Montmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo, y así me lo han hecho ver. Esto explicará á usted muchas cosas que le parecerían oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la conciencia de ser tan adicto á ustedes, que habrán de perdonarme fácilmente un día mis debilidades aparentes.
La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones de Marenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, que tanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á los tardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabras pronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobre mujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad.
--¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, que agradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosa actitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras. Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.
--¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedes capaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que...
Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de expansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio de la entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había visto todo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado había tal desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en armonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado en tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido de cuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentido penetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. La señorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación:
--Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano y ahora, por una razón que no conozco, cree en ella.
Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con una expresión que les arrancó las lágrimas:
--¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo; hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestros esfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes en intentarla?
La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación.
--¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo es sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad. Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y me atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de la inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones dirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal manera graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y eso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en una especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, toda claridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo en el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podido cometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondido siempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente! Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia, ¿qué hacer? ¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las pruebas acumuladas? ¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado de Jacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tan apasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuando le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.
--¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él eran decisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que estamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo que el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero, pudo, en un momento de irresponsabilidad... Sí, he admitido que pudo ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba dispuesto á creer en su culpa.
--¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esa modificación de su espíritu? ¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido usted algún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos ha declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos, sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano, yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado y busco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted, pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle.
Marenval miró á la joven con enternecimiento.
--Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de su corazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellas terribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á usted tiernamente y al que usted alejó sin piedad...
La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven se irguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso desdén.
--Se trata de Cristián Tragomer... Añadió Marenval.
Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto tan inesperado.
--Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijo fríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme, no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro recuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamos necesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, y su abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristes momentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco.
--Tragomer ama á usted todavía.
--Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir...
Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchaba en silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella:
--Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyo fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No volverá á suceder.
--Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernos con frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga. No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lo relativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y se expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable de Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en su servicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber que él es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada en beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese diablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas, que no he podido permanecer indiferente...
--Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora de Freneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó para calmarla.
Marenval movió la cabeza con aire de importancia.
--Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar. El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo. Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á emprender.
--¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito sea usted por el bien que me hace!
--Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima, hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.
--Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no recuerde podrá precisarlo mi hija.
--Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.
La señora de Freneuse respondió vivamente:
--Sí, Juan de Sorege... Era un excelente muchacho, de muy buena familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven... Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su juventud... Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos...
--¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?
--Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo, con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle favorable.
--De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo...
--Como el mejor que pudiera tener.
--¿Era rico ese joven?
--No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer deudas para asociarse á sus gastos... ¡Ese fué el principio del desastre!
--Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura... á esa Lea Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?
--Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio de sorprenderla.
--¿Y esa carta existe?
--La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró nuestro criado en el cuarto de Jacobo... Á consecuencia de esto, se produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo... Estuvieron á punto de batirse... Pero amigos comunes arreglaron el asunto.
--¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?
--No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo pensaba como yo en mi casa.
--¿Quién le era desfavorable?
--Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y después nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.
--¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano?