En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 22
--¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la _Hebrea_! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan. Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos, ¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú? ¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte! Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.
Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición, jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el _peluche_ de la chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege. Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus argumentos.
--El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión. Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle, que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?... ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que te ama todavía?
Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.
--¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!
El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?
Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente. Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:
--Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo de que yo viniese para hacerte volver á la razón.
Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:
--¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.
--¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.
Lea le miró con sublime desprecio.
--Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.
--¿Te vas?
--Me quedo.
--¡Te pierdes!
--Pero salvo á un inocente.
--¡Estás loca!
--Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería completar mi crimen.
Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:
--¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido por ti y me entregas á mis enemigos!
--Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su víctima, siempre sublevada y ahora implacable...
Sorege dijo en tono burlón:
--¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi á ese héroe de tu última novela?
--Mi confesión escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.
Sorege se dirigió hacia ella.
--¿Dónde está ese papel?
--¡Qué le importa á usted!
--Vas á dármelo ahora mismo.
--¡Jamás!
--¡Ah! Estúpida criatura ¡Ten cuidado! Me conoces bastante para saber que no dudaré en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.
--Puede usted buscar. No encontrará nada.
--¿Le has enviado ya?
--Esta mañana.
--¡Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habías vacilado...
Lea hizo un movimiento al verse adivinada é instintivamente volvió los ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arrojó á él de un salto y á pesar de los esfuerzos que ella hacía para impedírselo, conteniéndola con una mano y registrando con la otra, se apoderó de una carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.
Sorege se apartó con aire sombrío, miró á Lea profundamente y dijo:
--¡Aquí está! ¡ No creía que fueses capaz de denunciarme!
--¿De qué le sirve á usted coger ese papel? gritó la cantante encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaración.
--Por eso voy á tomar mis precauciones en consecuencia. Siéntate á esa mesa.
Y mostró á Lea el escritorio del que había cogido el papel. La cantante no contestó, ni se movió siquiera. Sorege se llegó á ella, la cogió bruscamente por un brazo y la empujó hasta la silla colocada delante del escritorio.
--Ahora, escribe.
--¿Qué?
--Sencillamente esto: "La pretendida confesión que posee el señor de Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y dueña de mi misma, me retracto de ella completamente. Jamás he cometido el crimen de que se me obliga á acusarme."
Lea le miró con tranquilidad.
--¿Y después?
--Nada más.
La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y respirando el odio y la violencia.
--¡Por el diablo! ¡Si no escribes, estúpida, te aplasto.
Cogió la mano de aquella mujer y la apretó con toda su fuerza. Lea enrojeció de dolor y de cólera y trató de desasirse, pero él la tenía como con una tenaza de acero.
--¡Me hace usted daño! ¡Déjeme!
--¡Obedece!
--¡No!
--¡Obedece!
Lea lanzó un grito desesperado y se retorció, con las lágrimas en los ojos.
--¡Oh! Me martiriza usted... ¡Cobarde!
--¡Obedece, mal bicho, ó te rompo el brazo!
Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato aparecía en sus ojos. Lea cayó de rodillas enloquecida. Cerca de ella la aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba caída en la alfombra. Lea la cogió con la mano izquierda y se levantó. Sorege le dió un tremendo empujón hacia la mesa.
--¡Vamos! ¡Despachémonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones. No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir... ¡Pronto!
Lea permaneció como atontada, de pie, sin moverse, y él le dió un golpe violento en un hombro.
--¿Vamos á volver á empezar?... ¡Ira de Dios! Te voy...
No dijo una palabra más. Dando un grito de rabia, Lea se volvió y le hirió en la garganta con la larga aguja. Sorege se quedó de pie, con los ojos fijos y una sonrisa estúpida en los labios. Sus brazos se abrieron y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trató de arrancarse el estilete de acero que tenía clavado, dió dos pasos vacilantes, sus rodillas flaquearon y cayó dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufrió una convulsión que le hizo volverse de espalda y se quedó inmóvil.
Inclinada sobre él, Lea le vió contraído, terrible, inerte. No había corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba herméticamente la herida y su punta había llegado al corazón. Con pasos cauteolosos, como si temiese despertar de su espantoso sueño al que temía más muerto que vivo, se echó un abrigo por la espalda y huyó á la calle. Sin saber lo que hacía, tomó la dirección de su teatro. Eran las seis.
Pasó por delante del conserje, que le dijo:
--Señora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aquí tiene su llave. La doncella no ha llegado todavía. ¿Va usted á comer en su cuarto?
Lea no respondió y subió la escalera que conducía al primer piso. Siguió un largo pasillo, abrió una puerta y entró en la habitación que le servía de salón de recibo. Se sentó, sin encender luz, y se puso á llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.
Aquella noche miss Harvey llegó á su palco, contra toda costumbre, al tiempo de levantarse el telón. Capuleto estaba presentando su hija á los señores reunidos en su palacio. Julieta sonreía, pero una gran tristeza velaba la gracia de su semblante. Cantó con brillantez febril el vals y la escena del encuentro con Romeo le valió una entusiasta salva de aplausos.
La artista no saludó, como si permaneciese indiferente al favor del público. Dijo con acento profundo la frase:
_Y la tumba será nuestro lecho nupcial_.
Bajó el telón y no volvió á levantarse, á pesar de los gritos entusiastas de todo el público. Nunca la Hawkins y Novelli habían cantado mejor, según la impresión unánime de todo el teatro. La representación empezaba de tal modo, que tenía que acabar en un gran triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenían otro palco más oculto á fin de no dejarse ver. Habían comido con la señora de Freneuse y María y el tiempo se había deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el teatro.
El cuarto acto llegaba á su fin. En cuanto bajó el telón, Tragomer fué al palco de Harvey y Jacobo se metió entre bastidores. Conforme estaba convenido, quería ver á Lea y recibir de ella la declaración escrita que debía servir para rehabilitarle.
Conducido por un celador, llegó al primer piso, y envuelto en una atmósfera enrarecida y perfumada Jacobo siguió el corredor como un enamorado que va á ver á su bella, según opinaron de aquel elegante joven los que se cruzaron con él en el camino, y se detuvo ante una puerta á la que su conductor llamó discretamente. La doncella abrió y Freneuse vió á la cantante tendida en un diván y rodeada de ramos y canastillos de flores. Pálida, inmóvil, vestida con el blanco traje nupcial, parecía la hija de Capuleto dormida con el sueño remedo de la muerte. Al ver á Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se dibujó en sus labios y dijo dulcemente:
--Llega usted tarde, amigo mío. He tenido un gran éxito... Vea usted estas flores... Me aclaman, me envidian... Soy un hermoso ídolo ¿verdad? ¿Quién no querría estar en mi puesto?
La doncella salió, y apenas se cerró la puerta Lea se levantó de un salto y toda cambiada, la cara contraída, la voz temblorosa, dijo llevándose á Jacobo al punto más apartado de la pieza:
--Mírame bien... ¿No me encuentras nada nuevo en la mirada? ¿Soy la misma mujer?
--¿Qué tienes? preguntó Jacobo, asustado por su agitación. ¿Qué ha sucedido?
--Lo que debía suceder fatalmente, respondió Lea con una actitud de extravió. Sorege ha venido á mi casa...
--¿Y le has recibido?
--No he tenido otro remedio. Ofrecía estarse allí hasta que saliera. No podía escapar. ¡No se evita lo inevitable! Te lo había dicho... Lo sabía... Mi suerte estaba decidida...
--¿Pero á qué se ha atrevido? preguntó Jacobo, que empezaba á estar inquieto.
--Á todo aquello de que es capaz...
Lea se quitó los brazaletes y dijo enseñando en sus brazos las huellas de los dedos de Sorege:
--Casi me ha roto el brazo para obligarme á desmentir mi declaración... Creo que me hubiera matado...
--¿Y has obedecido?
La cantante levantó la frente, miró á Jacobo á los ojos y con una sonrisa que recordaba á la tierna, fiel y enamorada Lea de otros tiempos, contestó:
--¡No! No he obedecido, Jacobo, no porque se trataba de mi vida, sino porque quería salvar la tuya...
--¿Entonces?...
Lea bajó la voz y dijo con aire aterrado:
--Se trataba de él ó de mí, Jacobo; era preciso elegir y he elegido. ¡Ya no hará daño á nadie! La declaración que yo debía darte está en su bolsillo; allí la encontrarán... Yo no me atreví á cogerla... Está caído en el suelo en el salón de la casa de _Tavistock-Street_, con los ojos terriblemente abiertos y la boca todavía amenazadora...
--¿Le has matado?
--¡Cállate, desgraciado! No se debe saber eso hasta mañana. Es preciso que yo esté libre hasta el fin del espectáculo. Aún no he terminado mi misión. Me pagan y tengo que cantar. Precisamente esta noche está el público loco conmigo...
Al decir esto, tenía un aire tan extraño, que Jacobo creyó que el cerebro de aquella mujer no había podido resistir las duras pruebas que venía sufriendo, y se había vuelto loca. Pensó llamar y no creyó lo que le decía. Pero vió en los ojos de la infeliz un pensamiento de desesperación tan terrible, que tuvo el presentimiento de una desgracia inmediata.
La voz del traspunte se oyó en el pasillo:
--Á escena para el último acto...
Y al pasar cerca de la puerta:
--Miss Hawkins, ¿se puede empezar?
--Sí, respondió Lea tranquilamente, ya bajo.
Cogió de un canastillo una orquídea blanca con manchas rojas y dijo presentándosela á Jacobo:
--Guárdala en memoria mía. Esta flor es como mi alma; ensangrentada y, sin embargo, pura...
--Lea, dijo Jacobo asustado, pide un momento de descanso; no estás en posesión de ti misma...
--¡Sí! Jamás he estado más segura de mi... Es el acto de la muerte, Jacobo; verás qué bien le canto... Anda, vete á verme. Lo quiero...
Jacobo trató de detenerla, de calmarla.
--¡Lea!
La cantante lo miró profundamente, le dirigió otra sonrisa y se arrojó en sus brazos en un movimiento apasionado, diciéndole:
--Dame un beso, ¿quieres? Es la última vez que estamos juntos. Permíteme que al partir lleve en la frente el recuerdo de tus labios.
Jacobo se prestó dulcemente á ese capricho y ella entonces le apretó contra su corazón con una fuerza extraordinaria y exclamó:
--¡Oh! Si me hubieras amado siempre, viviría y sería dichosa...
Hizo un ademán de desolación y prosiguió:
--¡Ay! ¡Ya no es tiempo! ¡Adiós!
Le echó un último beso con la punta de los dedos y se lanzó fuera. Ya la orquesta ejecutaba el sublime preludio del acto de las tumbas. Jacobo, turbado y lleno de preocupación, entró en la sala y se reunió con Tragomer. El acto había comenzado y Romeo estaba cantando. Jacobo se inclinó al oído de Cristián y murmuró:
--No sé qué va á pasar, pero Lea ha perdido la cabeza. Acaba de decirme que esta tarde ha ido Sorege á amenazarla, á violentarla, y que ella le ha matado.
--¡Dios mío! exclamó Tragomer. Pero ella, entonces, la desgraciada...
--¡Mírala! Está aterradora...
Con la palidez de la muerte en las mejillas, Julieta se levantó de la tumba y fué á caer en los brazos de su amante. Con voz que parecía velada por el crepúsculo de la noche eterna, la hija de Capuleto esperaba la embriaguez de su dicha al despertarse sobre el corazón del bien amado. Después el veneno hacía su efecto y Romeo palidecía, sucumbiendo. Julieta le retuvo con fuerza, como si se acusase de aquella muerte que él se daba por su amor. En seguida arrancó de la cintura de Romeo el puñal que de ella pendía y echando á la aguda hoja una mirada de dichoso alivio, pronunció como un grito de libertad esta frase:
"¡Ah! ¡Bendito puñal! ¡Eres mi último recurso!"
Y con firme brazo se asestó una puñalada en el mismo sitio en que había herido á Sorege. Siguió de pie, pero la voz se extinguió en sus labios. Un hilo de sangre surgió de la garganta y se deslizó por el traje blanco. Sus ojos se nublaron. Novelli se levantó en este momento y se arrojó sobre su compañera gritando:
--¡Socorro! ¡Se ha herido!
Un espantoso rumor partió de todos los puntos de la sala. Los espectadores, de pie, miraban aterrados. La cantante agitó lentamente la mano como para decir que todo era inútil. Bosquejó una sonrisa, esperando que la recogería Jacobo. Su belleza era tan brillante en aquel momento supremo, que los tres mil espectadores que ocupaban el teatro se callaron como por una fuerza misteriosa, y se oyó el último suspiro que se exhalaba de los labios de la artista. Vaciló como una flor cortada, y cayó muerta en aquella misma escena en que acababa de triunfar su arte.
* * * * *
M. Melville, avisado por teléfono, salió de _Scotland-Yard_ y se dirigió al domicilio de la cantante. Sorege estaba tendido en la alfombra del salón, lívido y horrible. En el bolsillo de su levita se encontró la declaración de Lea probando la inocencia de Jacobo, que fué enviada á la embajada francesa por la policía de Londres. Vesín marchó á París, á fin de activar la revisión del proceso. Los Harvey en su yate y Marenval, Tragomer y la familia de Freneuse en el _Magic_, se habían dirigido á Cowes.
Los jóvenes pasaron dos meses deliciosos en la intimidad de una existencia activa y libre, navegando por el tranquilo mar ó anclados en las radas del Solento. La belleza de María, realzada por la esperanza, brilló entonces con todo su esplendor. La joven se mostró encantadora y tierna con Cristián, como si quisiera hacerle olvidar los pasados rigores.
Jacobo sencillo, dulce, un poco grave, y tan diferente de si mismo que era imposible reconocerle, se complacía en hablar con miss Harvey que le pedía interminablemente el relato de sus aventuras y de sus miserias. El joven confesaba sus errores, sus locuras y sus faltas y describía los sufrimientos de su vida con una humildad y una emoción, que conmovían profundamente á la americana. Jacobo no demostraba el ardor y la fuerza de la juventud sino para remar y montar á caballo con los hijos de Harvey, y aun éstos tenían que rogárselo vivamente así ellos como la señora de Freneuse, inquieta por las tendencias místicas de su hijo y deseosa de verle volver á los gustos de la vida normal. Con este mismo fin la madre de Jacobo favorecía la intimidad de su hijo con miss Maud. Pero pronto quedó sentado que nada modificaría en las horas de felicidad los proyectos madurados en las de angustia.
El mes de agosto expiraba y Julio Harvey anunciaba el propósito de marchar á Portsmouth para hacer provisiones de carbón y de víveres á fin de volver á América. Tenía que arreglar negocios en su país y sus hijos debían volver á los prados para vigilar las ganaderías. Miss Maud se resignó á acompañar á su padre, pero quería llevarse con ella á las señoras de Freneuse y á Jacobo.
--El proceso, decía, que consagrará la inocencia de su hijo de usted, no será resuelto hasta dentro de algunos meses. ¿Qué van ustedes á hacer hasta entonces? Si vuelven á Francia no podrán vivir sino muy retiradas y probablemente el señor de Freneuse tendrá que constituirse en prisión, pues hasta que se pronuncie la nueva sentencia le considerarán como culpable. Vénganse, pues, con nosotros á Nueva York... Dejaremos á mi padre y á mis hermanos ir á Dakota y nosotros nos instalaremos tranquilamente en Newport. El señor de Tragomer nos acompañará, pues á Marenval le creo muy deseoso de volver á París.
--Véngase usted, Tragomer, decían los _cow-boys_; iremos hasta las altas mesetas á tirar á los bisontes. Hay todavía hermosas manadas, y acamparemos en las tiendas con los _Cherokees_... Allí verá usted potros, como no los hay en el mundo, que corren veinticuatro horas sin descansar... Pescaremos el salmón en los _creeks_... Hay rincones donde se cogen piezas que datan del diluvio... ¡Unos monstruos! Venga usted, Tragomer, venga usted... Cuando tengamos á Jacobo en el suelo americano, le pondremos en forma... Es un buen _sportman_; no hay que dejarle hacerse cura.
Miss Maud se encargó en persona de intentar el esfuerzo supremo. Una noche en que se paseaba con Jacobo por la cubierta del _Magic_, en la rada de Cowes, se detuvo repentinamente y se apoyó en la borda del yate. El mar estaba fosforescente. Por todos lados las luces eléctricas marcaban el sitio de los barcos anclados y un viento tibio y ligero cantaba en las vergas. Innumerables estrellas bordaban el cielo en sus resplandores de oro pálido. La joven estaba mordisqueando una rosa y miraba al mar sin decir palabra. Jacobo, á su lado, escuchaba distraídamente una música que se oía á lo lejos en la oscuridad. Miss Maud se levantó y dijo, fijando en la cara de Jacobo sus ojos perspicaces:
--Señor de Freneuse, conviene hablar esta noche sinceramente, para que no tengamos después ni penas ni arrepentimientos. Usted tiene proyectos que afligen á su madre y á su hermana. No hablo de sus amigos, entre los que nos contamos, pues la autoridad que pueden tener sobre usted es muy débil comparada con la de esas dos mujeres que tanto han llorado por usted. Existe ademas otra afección que puede tener una influencia decisiva en la vida de un hombre. Y aun esa es preciso que el que la provoca, la sienta.
Se detuvo un poco confusa, tanto por la gravedad de la confidencia como por la dificultad de completarla. Pero era un espíritu enérgico y continuó atrevidamente:
--Ha hecho usted muchas locuras, pero las ha expiado con muchos sufrimientos. Está usted, pues, en paz consigo mismo. ¿Por qué insiste usted en dejar el mundo á pesar de la pena que causa á su familia? Debe usted ciertas compensaciones á las que han sufrido por su causa. En fin, si una mujer, conmovida por sus desgracias, interesada por su rehabilitación y sinceramente enamorada de usted, se ofreciera á cuidar las heridas secretas de su corazón, á curarlas y á cifrar su dicha en hacer de usted el hombre que debe ser, ¿rechazaría usted esa ternura?
Levantó su frente en la que brillaban la inteligencia y la voluntad, y prosiguió:
--Yo soy esa mujer que le ama y que le ofrece la mano. Si usted la admite, tendrá en mi una compañera resuelta y adicta. El bien que usted se propone hacer á la humanidad á cambio del mal que de ella ha recibido, lo haremos juntos. Todo lo que pido es que me hable usted francamente para saber si debo esperar ó resignarme. Diga Usted sí, y vamos juntos á ver á mi padre y á que yo abrace á su madre de usted con todo mi corazón. Diga usted no, y mañana parto, para que no me vea usted llorar.
Maud ofreció su mano y Jacobo la vió pálida, en la clara noche, y con los ojos brillantes de emoción. El joven se inclinó con respetuoso dolor:
--Aunque mi sinceridad aflija á usted, miss Maud, voy á obedecerla hablando francamente. Estoy conmovido hasta lo más profundo de mi ser por su generosa y caritativa afección. Usted ha sido impulsada, cosa digna de una mujer, por la obra de dulzura y de piedad que desea realizar cerca de un desgraciado. Pero yo me juzgo más severamente que usted y sé cuántas manchas contiene todavía ese corazón que usted cree purificado. Mido mejor que nadie la profundidad de mi caída y no creo que un ángel como usted pueda levantarme tan fácilmente. No me siento digno de usted, mis Harvey, y lo confieso con una humildad muy meritoria, llorando de agradecimiento por su bondad.
Cogió su mano y llevándosela á los labios la mojó con sus lágrimas. Después continuó con voz alterada:
--En fin, preciso es que se lo confíe á usted como á todos mis otros amigos; no soy libre de disponer de mi. He hecho un voto. En el momento más grave de mi vida, cuando se estaba decidiendo mi salvación ó mi pérdida, juré dedicarme á Dios si me permitía volver á mi familia y á mi país y probar mi inocencia.
Dios me oyó y ya no me pertenezco. Me entrego al que después de haberme castigado justamente, tuvo piedad de mí. Perdón, miss Maud. Si una mujer podía realizar la obra que usted había soñado, esa mujer es usted. Solamente Dios habrá sido preferido.