En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 21
En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler y se dirigió á _Tavistock-Street_. Nunca el tal hacía las cosas á medias. Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.
Un viejo _gentleman_, vestido con un pantalón roto, una levita adornada con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado. Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza. El _gentleman_ de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:
--Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su salvación... Los momentos son preciosos... La engañan á usted... Escúcheme...
La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El _gentleman_ de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz ronca:
--¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo el día...
Sorege no se dignó siquiera responder... Miró al hombre de alto á bajo y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á _Hyde-Parck_. Eran las diez. Bajó en la esquina de _Piccadilly_ y se dirigió al jardín á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso. Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo, podían defenderse; separados, estaban perdidos.
Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera. Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer. Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir! muy bien, pero no sin vengarse.
Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el interior del parque, por el lado de _Kensington_, donde paseó como unas dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en una fonda de _Regent-Street_, comió como de costumbre, y dando las dos, llegó al hotel de _Grosvenor-Square_.
Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio, estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella, dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.
--El sol empieza á nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera inglesa es glacial.
--¿Hace mejor tiempo en América?
--¡Oh! En América todo es mejor. Las estaciones no engañan, ni los hombres.
Sorege levantó la cabeza. La alusión era directa; el ataque comenzaba y había que responder inmediatamente.
--¿Ni las mujeres tampoco, sin duda?
Por los ojos de miss Maud pasó una llama.
--¡Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.
Sorege la miró con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar su pensamiento pero que tan bien seguían el de los demás, y dijo en tono seguro:
--Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. ¿Qué significa la acogida que me hace usted?
La joven se levantó ligeramente de su sillón y replicó:
--Señor conde, se lo diré á usted cuando me haya explicado por qué dejó condenar, sin defenderle, á su amigo Jacobo de Freneuse...
Sorege hizo un gesto desdeñoso.
--¡Ah! ¿Volvemos á eso? Pues pregúnteselo usted á el mismo. Anoche le ha visto usted en su casa bajo el nombre de Herbert Carlton, y es de esperar que sabrá explicar á usted, mejor que lo hizo á los jueces, las circunstancias que le comprometieron. Una condena es siempre una mala nota entre personas honradas... No se condena á la gente con tanta facilidad... Y si América es el país de la sinceridad, Francia es el de la justicia.
--¡Bella frase! ¡Muy hermosa! Pero sé que habla usted con facilidad y no habrá usted de satisfacerme con palabras.
--¿Hemos llegado al caso de tener que disculparme con usted?
--Estamos en el caso preciso de que cada cual sepa á qué atenerse. Hace un momento enumerábamos las cualidades de nuestros países. América posee, entre otras, una que domina en todos sus actos: el sentido práctico. Yo soy enteramente americana en ese concepto y quiero, si me caso con usted, señor de Sorege, no tenerme que arrepentir de llevar su nombre.
--Tiene usted muchísima razón, miss Maud, pues es lo único que aporto al matrimonio, ó poco menos. Pero ¿sospecha usted que mi nombre pueda estar comprometido?
--Señor conde, hay muchas maneras de estarlo. Se puede estar comprometido materialmente por malos negocios que conducen á la quiebra. Esto no tiene importancia para nosotros los americanos. El que cae, puede levantarse. Es el eterno movimiento de báscula del comercio y de la industria; la cuestión está en acabar en lo alto. Pero á lo que atribuímos una transcendencia enorme es á la integridad moral. Para una joven que se respeta, es tan imposible casarse con un hombre que ha cometido una acción deshonrosa, como con un criado negro ó un esclavo chino.
Sorege sonrió. Entreabrió los párpados y dijo con tranquilidad perfecta:
--¿De qué se me acusa? Porque se me acusa de algo, no puedo dudarlo, y para justificarme es preciso que conozca las calumnias que se han inventado contra mí.
--Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzaría de haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le atribuye...
--Pero, ante todo, ¿quiénes son los que declaran contra mí?
El señor de Tragomer, el señor de Marenval y por fin, el mismo señor de Freneuse...
--¡Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa á alguien... ¡Tragomer y Marenval! También se explica; el uno es amigo y el otro pariente...
--¡Pero usted también era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible su conducta. ¿Por qué no tiene usted para Freneuse la adhesión absoluta de Tragomer? ¿Por qué no tiene usted la ciega confianza de Marenval? ¿Por qué, cuando en otra época hablaba á usted de este asunto, me daba respuestas evasivas y ahora hostiles? ¿Hay un secreto entre los dos? Sea usted franco y diga qué les ha separado y qué les separa todavía.
--Su crimen, dijo Sorege fríamente, y su condena. Es, por cierto, bastante. ¿Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fué arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido con esposas primero á la cárcel y después á presidio? Mi alejamiento, que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un presidiario por compañero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos de ella por una severa condena á un hombre indigno, no es el momento de irle á buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy más que un hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, ¿obraron de otro modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fué un paria para ellos como para todos los que le conocían. El abandono fué completo y la huída general. ¿Á qué vienen hoy á acusarme? Tragomer ha necesitado dos años para cambiar de opinión y eso, ¿sabe usted por qué? Porque ama á la señorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado viajando por el mundo. En cuanto á Marenval, es un _snob_, á quien se hace ir á donde se quiere sin más que prometerle que hablarán de él los periódicos. Esos señores han tenido el deseo de arrebatar á Freneuse de su prisión y traérsele á Europa y han ejecutado su plan con una suerte rara. Ya está el condenado en libertad. Pero de eso á probar su inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia á Inglaterra. Y no es acusando á diestro y siniestro á todo el mundo como lograrán probar que un juez de instrucción, doce jurados, tres magistrados y la justicia en masa se han engañado groseramente y enviado un inocente á presidio.
--Á no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron arregladas tan hábilmente que fué imposible no creer en la culpa de ese desgraciado.
--¡Oh! eso lo dicen todos los condenados... Es muy fácil... Pero en cuanto á dar una prueba...
--¿Y si esa prueba existiera?
Sorege se puso lívido, sus ojos lanzaron un relámpago y exclamó:
--¿Qué prueba?
--La confesión del crimen por su autor.
--¿Y ese autor, ¿quién es?
--Una mujer. ¿Tendré que decir á usted su nombre? ¿Cuál, en este caso? Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aquí, Jenny Hawkins, la cantante de _Covent-Garden_; Juana Baud, la fugitiva que usted hizo venir á Inglaterra hace dos años; y Lea Peralli, la miserable con la cual maquinó usted el complot contra Jacobo de Freneuse. Esto es muy claro, señor de Sorege; ahora se trata de responder sin más ambigüedades.
--¿Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?
--Y las renovará por escrito. Se ha comprometido á ello formalmente.
De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo más que ese futuro: las renovará. Luego Jenny no había escrito nada todavía. Entrevió la salvación y tuvo un acceso de hilaridad que sonó de un modo extraño en el silencio del salón.
--¡Ah! ¿Conque escribirá? ¡Y á mi, qué me importa! Por dinero se hará escribir á esa individua todo lo que se quiera. ¿ Qué le cuesta eso? Se marchará con la música á otra parte llevándose el bolsillo bien repleto, y todo se reduce á cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande. Italia y España están á su disposición... Las mujeres de teatro saben disfrazarse y engañan al mundo fácilmente. ¿Qué importa un escrito destinado á satisfacer la envidia ó el rencor de ciertas personas? Esta noche, miss Maud, traeré á usted, si lo desea, un mentís formal de todo lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio reclamaré que se me enseñe el escrito en que me acusa.
--Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Más le vale á usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro... Esa mujer no miente cuando se acusa... Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse mienten...
Sorege se levantó bruscamente y dijo con acento furioso:
--¿Si no son ellos, soy yo?
En este instante se abrió la puerta y apareció Julio Harvey, rojo de indignación.
--¡Pardiez! sí, es usted, puesto que es preciso decírselo. ¿Hase visto obstinación semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada consideración... Yo no hubiera tomado tantas precauciones.
Sorege hizo un gesto terrible.
--¿Cómo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se llama en todos los países del mundo una emboscada. ¡Estaba usted apostado para escuchar y sorprenderme!... ¡Vamos! Llame usted á sus acólitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara á cara.
El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se veía había desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable energía, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se erguía, terrible, pronto á atacar y á defenderse. Detrás de Harvey, habían aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englobó á todos en el mismo insulto:
--¡Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, señores, y veréis más cómodamente. Doy un mentís formal á los que me acusan. No he sabido más de lo que dije anoche al señor de Freneuse, y muy tarde ya para utilizarlo en su favor. En cuanto á su conducta personal con sus antiguos amigos, más vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los servicios que le prestó Lea Peralli, es un ingrato...
Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le puso la mano en el brazo para detenerle.
--Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, serán saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el señor de Sorege son de tal naturaleza, que, por su interés, le invito á no insistir en ellas...
--¿Qué tengo que temer? preguntó audazmente el conde.
--¿Usted? ¡Nada! dijo Jacobo fríamente. Otro hombre temería la deshonra.
--¡Me insulta usted! exclamó Sorege lívido.
--Había dicho á usted que no insistiera, continuó Jacobo con calma. Nada tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Creí á usted más hábil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras decisivas, va á ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le abría con toda su confianza su corazón, como usted se ha portado conmigo, es el último de los miserables, señor de Sorege. He visto en el presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como usted.
--¡Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le lave!
--Se engaña usted. No busco tal duelo. Le juzgo á usted pero no me dignaré castigarlo.
--¿Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burlón Sorege. ¡No le faltaba á usted más que eso!
--Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.
--¡Pues bien, séalo usted por completo!
Dió tres pasos y levantando el brazo, trató de pegar á su antiguo amigo en la cara. En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo articulando un grito de furor:
--¿Tendré que matar á este hombre?
Se calmó instantáneamente, soltó al conde y dijo dirigiéndose á miss Harvey:
--Perdone usted, señorita. No quería que fuese usted testigo de una escena de violencia, pero me han obligado.
Sorege se volvió hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:
--He prometido á usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se las daré.
Saludó á Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando despreciativamente á Tragomer, á Marenval y á Jacobo, dijo en tono altanero:
--¡Nos veremos, señores!
--No se lo deseo á usted, dijo Marenval con desdén.
Sin responder, Sorege fué hacia la puerta y salió. Cuando hubo desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme peso. Miss Maud se acercó á su padre y le dijo con sonrisa un tanto forzada:
--Perdóneme usted por haber resistido á sus consejos queriendo casarme con ese personaje. No le había á usted engañado su golpe de vista y había juzgado con acierto.
--Querida mía, un hombre que no es aficionado á los caballos, ni á los perros, ni á los barcos, y que no mira jamás de frente, no puede ser honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causarás un gran placer á tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta á ese caballero.
--¡Un _snob_! murmuró Marenval. ¡Me ha llamado _snob_!... Por mi vida, que me las ha de pagar.
--¡Silencio! dijo Cristián en voz baja. No es hora de recriminar, sino de tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le hayamos puesto á buen recaudo. Ya habéis visto cómo se ha defendido. Dejemos á Jacobo y vamos á casa de Vesín.
Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los hombros de los visitantes de su padre á fuerza de hercúleos apretones de manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusión para desaparecer. Al pasar oyeron á miss Maud que decía á Jacobo, sentado á su lado:
--Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado definitivo de esta empresa... Quisiera conocerlas. Usted me presentará á ellas, ¿verdad?
Jacobo respondió:
--Sí.
En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:
--¿Sabe usted lo que pienso, Cristián? Que miss Maud está á punto de enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una alemana...
--Y no le disgustaría hacerse francesa.
Sorege salió de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se desahogó jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar á un guardia que hacía tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin objeto ni saber á dónde iba. La sangre le hervía y su cabeza parecía querer estallar. Aquel hombre frío había perdido la calma y se encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia á la vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el hotel Harvey y todos los que en él estaban, la afrenta que acababa de sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles rumiando sus reveses y su cólera. De pronto se detuvo; se encontraba detrás de _Withe-Hall_ y se puso á pasear delante del palacio pensando profundamente.
Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.
Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el _Strand_ y se dirigió hacia _Tavistock-Street_. Eran las cuatro cuando pasó por _Charing-Cross_.
Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio, es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.
Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono. Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada, y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:
--Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.
Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:
--Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los otros la engañan y la pierden.
Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente. La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de impaciencia:
--Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se oculta de mí.
Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada:
--Puesto que no puedo escapar á su persecución, entre usted.
Sorege entró sin replicar, dichoso por haberlo logrado á pesar de su resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sentó en el saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneció en pie, con los brazos cruzados y mirándole con aire preocupado.
--¿De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardónico. ¿Qué te han prometido para que te vuelvas contra mí?
Lea no respondió.
--¡Sin duda te han asegurado la impunidad! ¿Pero cómo es eso posible? Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mató, no fué Jacobo de Freneuse. ¿De qué modo, por qué prodigio se establecerá la inocencia del uno y se salvará al mismo tiempo á la otra?
Lea respondió con acento dolorido:
--¿Y quién permite á usted creer que yo quiero salvarme?
--¿Entonces buscas tú misma la expiación?
La cantante irguió su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:
--¿Por qué no?
--¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?
--Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.
--¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida? ¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.
--¡Me canso de ser una mentira viviente!
--¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando, querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso el patíbulo.
--¡Estoy pronta!