En el fondo del abismo: La justicia infalible

Part 20

Chapter 20 4,058 words Public domain Markdown

Permanecí como atontada y sin responder. Era Sorege que, según su promesa, venía á saber qué había sucedido. Mi turbación y el desorden de mis vestidos le dijeron bastante sin duda, pues me cogió por un brazo y me dijo bajando la voz:

--¿Está usted loca? ¿Qué significa?... Suba usted conmigo.

Me hizo entrar en mi casa, cerró la puerta con cerrojo, entró en el salón el primero, pues yo no quise pasar delante de él, y viendo á Juana Baud tendida en el suelo, lanzó un juramento y dijo volviéndose hacia mí:

--¡He aquí un feo negocio! ¿La ha matado usted? Era una bribona, pero el procedimiento es brutal...

Yo exclamé, impulsada por la necesidad de disculparme:

--¡Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello... ¡Tuve necesidad de defenderme!

Sorege respondió con una flema horrible en semejante situación:

--Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted está perdida.

Yo me arrojé á él:

--¡Oh! No me abandone usted! ¿Qué voy á hacer sin ayuda? ¡Sálveme!

Me eché á llorar mientras él me miraba con tranquilidad.

--¿Yo abandonar á usted? ¿Cómo puede creerlo? Sabía que me necesitaría usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aquí estoy pronto á defenderla.

--¡Dése usted prisa!, exclamé temblando de fiebre.

--Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volverán antes de las doce y no entrarán en esta habitación...

--No.

--El único que puede venir es Jacobo y ese no vendrá seguramente. Somos, pues, dueños de nuestras acciones.

Reflexionó un instante; después miró á la muerta y repitió varias veces:

--Sí; es el único medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que quiera es preciso asegurar la fuga.

Se acercó á mi y me dijo dominándome con toda su resolución firme y lúcida:

--Es imposible sacar este cadáver de aquí. Le encontrarán, pues, fatalmente mañana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrirá su identidad y usted será perseguida y presa. Hay aquí una mujer muerta, ¿por qué ha de ser Juana Baud?

--¿Pues quién ha de ser? pregunté.

--Usted.

--¡Yo! ¿Cómo es posible? Usted pierde el juicio.

Sorege continuó sin responderme:

--Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie la buscará. Es preciso que la mujer muerta aquí sea Lea Peralli. Lea se va á Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar pasaje para América. Mientras, los agentes de policía, los magistrados y toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lío que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma estatura, las mismas carnes y sólo difieron en la cara y en el color del pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve á Lea para teñirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revólver en la cara. Lo mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia más que el género de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es despistar á los listos de la policía. ¿Y cómo no lograrlo? Se encuentra una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; ¿quién va á dudar que es ella y por qué echarse á buscar por otro lado? Lea Peralli se queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aquí resuelto el problema. ¿Quién dice que esto es difícil?

Se puso á reir en silencio viendo mi estupor. Había seguido su razonamiento y comprendía su formidable habilidad. Pero exclamé:

--¿Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quién había cometido el crimen?

--¡Bah! dijo Sorege en tono burlón. Es usted muy curiosa. ¿Quién ha de haber cometido el crimen? La persona á quien aproveche.

Temblé al comprender, pero él no me dejó tiempo de dudar.

--¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién ha hecho á usted traición indignamente? ¿Quién iba á llevarse otra mujer con su dinero de usted en el bolsillo? ¿Quién, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crédito, casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar á su querida?

--¡Jacobo! exclamé llena de horror. ¡Oh! Jacobo... ¡Jamás! ¡Jamás! ¡Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten! Cometer semejante infamia... ¡No! ¡No!

--Una infamia semejante á la suya... No hará usted más que corresponder, sencillamente... ¡Cuántos escrúpulos, cuando él ha tenido tan pocos! ¡Él había resuelto plantar á usted, sin pensar si moriría de desesperación y de cólera!

--¡No! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Déjeme usted!

Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.

--¡Oh! ¡Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer á usted. Quiero salvarla y se empeña usted en perderse. ¡Allá usted! ¿Qué me importa á mi todo esto? Soy su último amigo, el más seguro, el más adicto, y Dios sabe en qué responsabilidades incurro... ¿Usted me rechaza? ¡Adiós!

Dió un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con aquel cadáver me quitó toda mi energía. Mi suprema honradez, vencida por los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta á ceder.

Ese hombre intentó todo lo que puede corromper un alma que resiste al mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fué pronto completa. ¡Oh! ¡Noche espantosa! fué preciso desnudar á la muerta, ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos, tuvimos que teñir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en rubios en nuestras manos profanadoras. ¡Cuadro de espanto y de horror, aquel agua perfumada corriendo por la pálida frente del cadáver, aquel fúnebre disfraz para el ataúd! ¿Cómo pude soportar esa prueba sin que mi corazón estallase en pedazos? Lo que después pasó se pierde en una especie de densa niebla... Estaba medio muerta cuando Sorege, con un revólver que tú me habías regalado tiró á boca de jarro tres balazos en la cara de la víctima, ya inerte hacía algunas horas. Aquel hombre me vistió con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contenía los papeles de la víctima, me hizo salir de mi casa. No tomó, de todo lo que me pertenecía, más que la papeleta del Monte de Piedad que tú me habías enviado aquella misma mañana. Yo ignoraba entonces el uso que quería hacer de ella. Me llevó á la estación, recogió los baúles de Juana con el talón que encontró en el saco, y tomándome un billete de primera, me puso él mismo en el tren de Boulogne. Viéndome allí en seguridad, me dijo:

--Vaya usted á parar al hotel del Casino y espéreme. Mañana por la noche llegaré para darle noticias.

Partió el tren. Sorege me hizo un último signo de animación y casi desvanecida de fatiga y de angustia, me alejé de París, dejando tras de mí el horror de un doble crimen; el que yo había cometido y el que había dejado cometer.

Jacobo inmóvil, temblando, miraba á Lea con más lástima que cólera. Estaba penetrado del horror de la situación en que aquella desgraciada se había encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto cometido había tenido para él y no pensaba más que en el peligro que había corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:

--Sí, todo estaba audazmente combinado y debía resultar. Mi turbación y la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana debían asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida con su ropa, ¿quién podía ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda. Menos firme que tú, volví los ojos cuando me enseñaron el cadáver en la siniestra losa del depósito. ¡Hay qué tener una disposición especial para examinar de cerca los muertos! No supe más que llorar, cuando hubiera sido preciso discutir y examinar! ¿Y tú, no pensabas todo esto, desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi pérdida?

--Sí, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como había anunciado, y sometida á la dura autoridad de mi cómplice, no podía resistir. Lo intenté, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de desesperación y de remordimientos y le supliqué que buscase un medio de disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se echó á reir y dijo con espantosa ironía:

--¿Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al señor de Freneuse? ¡En seguida! ¿Está usted loca? Él se ha metido en ese atolladero; que salga si puede.

--Pero su madre no ha hecho nada y va á llorar lágrimas del corazón. Su hermana es inocente y vamos á aniquilar su porvenir...

Sorege cambió de expresión y dijo abandonando su calma:

--¡No me hable usted de su hermana! Odio á toda esa gente y á su hermana más que á los demás ¿entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me rechazó... ¡No lo olvidaré!

Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perdí la cabeza.

--¡No quiero permanecer á merced de usted!... ¡Le tengo miedo! Su amistad es tan temible como su odio. Déjeme usted marcharme; será de mi lo que Dios quiera, pero separémonos...

Me cogió un brazo y, perdiendo todo disimulo, dejó de ser el hombre bien educado que yo había conocido y se volvió grosero y brutal.

--Criatura estúpida ¿crees que estoy aquí para obedecer tus caprichos? Soy tu dueño, no lo olvides. ¡Me perteneces! Si te he sacado del mal paso es porque te deseo y nada más. ¿Qué me importaba á mi que te cortasen la cabeza por haber matado á tu compañera en un acceso de celos? ¿tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y quiero poseerte... ¡Y voy á satisfacer ahora mismo mi capricho!

Me cogió y yo traté de resistir, pero estaba aniquilada por las emociones sufridas. Sentí sus labios sobre los míos y exclamé:

--¡Me horroriza usted!

--¡Pues yo te encuentro deliciosa!

--¡Prefiero morir!

--¡Bah! eso se dice, y luego...

--¡Cobarde!

Me dejó libre y me dijo furioso:

--¡Basta de farsas! ó, por mi honor, que llamo y te entrego al comisario de policía...

Lea ocultó la cara entre las manos y con más rubor que el que le había producido el relato del crimen, dijo sordamente:

--Tuve miedo... y cedí. Ante mi conciencia, esto es lo que hice más abominable...

Jacobo y Lea permanecieron en silencio, inmóviles, penetrados de horror. Por fin la desgraciada levantó la frente y en un impulso desesperado se arrojó á los pies del que había perdido:

--¡Oh! Jacobo, perdóname; te lo suplico. ¡He sido infame! Pero bien ves que ha sido él quien lo ha hecho todo. El es cien veces más criminal que yo, aunque no ejecutase la muerte, porque la había preparado y aconsejado casi. ¡Yo, que tanto te amaba, haberte hecho tanto daño! ¡Hubiera debido escribir á los jueces, disculparte, entregarme! ¡No tuve esa virtud! Huí, y durante ese tiempo tú expiabas tu infidelidad por el suplicio más doloroso que puede sufrir un hombre. Jacobo, estoy á tu discreción; haz de mí lo que quieras... ¡Aborrezco á Sorege! Ayer, todavía, me violentó y prefiero morir á ser suya, sobre todo ahora, que te he vuelto á ver, ¡Jacobo! Tú eres el mismo de siempre, generoso y bueno... Tú no me has denunciado, aunque has adivinado mi crimen... ¡Compréndelo bien! Hasta cuando te perseguía con mi odio, te amaba, Jacobo...

Lea, de rodillas se arrastraba á los pies de su antiguo amante, levantaba hacia él su hermosa cara inundada de lágrimas y todo su ser se estremecía. En un movimiento de febril ardor sus labios tocaron los del joven... Pero él la separó dulcemente y la dejó á cierta distancia, aterrada por aquella frialdad que había esperado vencer.

--Es tarde Lea, dijo; la noche avanza y hay que pensar en mañana. Te agradezco tu franqueza y no abusaré de ella para perderte. ¡Yo no soy un Sorege! Pero es preciso que yo me disculpe y para ello necesito la prueba material de mi inocencia. Esa prueba sólo tú puedes proporcionármela.

--¡Te la daré! ¡No vacilo! He sufrido demasiado y no puedo ya vivir así. ¿Quieres que te escriba la confesión que te he hecho? ¡Estoy pronta!

Su cara se oscureció y en su frente apareció una sombra de terror.

--Pero Sorege sabe que lo has descubierto todo. Sabe que estamos encerrados aquí y que voy á hablar... ¡Cuidado, Jacobo!

--No le temo.

--¡Haces mal!

--No puede nada contra mí. No doy un paso en Londres sin ser seguido por la policía francesa, que me vigila y me protege al mismo tiempo. Y él lo sabe.

--Entonces estoy perdida. Para impedirme que le acuse tratará de deshacerse de mí. Para castigarme por haberle abandonado, descargará sobre mí su ira...

--Bastante tiene que hacer con defenderse contra mí; tenemos que arreglar los dos una terrible cuenta. Puedes creerme, pobre mujer; él está más en peligro que tú.

Jacobo se quedó un instante reflexionando.

--Me has ofrecido darme tu confesión por escrito... La acepto. Puedes estar tranquila; no me serviré de ella hasta que estés en seguridad. Permanece encerrada en tu casa. No recibas á nadie y menos á Sorege, y yo me encargo de desembarazarte de él.

-Lea movió la cabeza dolorosamente.

--No le conoces. Me alcanzará á través de las paredes si permanezco aquí, y á través del espacio, si huyo. Es terrible y hiere siempre por donde menos se espera. Toma precauciones, Jacobo. Te odia mortalmente. Suceda de mí lo que quiera, poco importa. Pero tú tienes que tomar un desquite público y brillante. No te comprometas por una imprudencia.

Jacobo respondió gravemente:

--Mi vida ha terminado, Lea, y mi rehabilitación así como el castigo de Sorege, serán los últimos actos de hombre que realizaré. He visto el mundo y le he juzgado. Sus goces son vanos y sus penas verdaderas. Si no tuviera el deber de limpiar mi nombre á causa de mi madre y de mi hermana, no aceptaría nada de ti é iría á llamar á la puerta de un convento, donde acabaría mi vida en la meditación y en el silencio.

--¡Qué, Jacobo! Joven, rico aún, con la esperanza de la dicha, ¿quieres huir del mundo?

--Sí, Lea.

--¡Tan agotada está tu alma! ¿No tienes ya deseos ni sueños?

--Conozco la vida; he agotado sus goces y sus dolores. Es inútil el trabajo que se toman los hombres para matar el fastidio por medio del placer. Apenas se ha comenzado á vivir, llega la vejez y después la muerte. Trataré de expiar el mal que he hecho, dulcificando la suerte de los desgraciados.

--¡No te veré más, Jacobo!

--Sí, una vez, para que me entregues tu confesión y decirnos adiós.

--Esta noche, si vivo todavía, dijo Lea con pálida sonrisa, canto _Romeo y Julieta_. Será mi último triunfo, asiste á él, Jacobo. Las coronas que me dediquen serán como homenajes fúnebres. Ya no apareceré más en esa hermosa escena en la que ayer todavía olvidaba mi infamia en medio de las aclamaciones y de los elogios. Tengo que abandonar el arte, que me ha dado una personalidad y sostenido en mis más duras pruebas, la embriaguez del éxito, que aliviaba por una hora mis sufrimientos, el entusiasmo del público, que me permitía hacerme ilusiones sobre mi degradación real. ¡Volveré á entrar en la sombra!... ¿Quién sabe si será en la sombra eterna?

Hizo un gesto de altanero desprecio y añadió:

--¡Pero estoy loca! Todo ese falso brillo no vale nada para sentir perderlo.

Mostró á Jacobo la ventana, ya blanqueada por el alba, y con una sonrisa en la que apareció toda su antigua gracia, dijo:

--¡Me perdonarás, Jacobo! ¿Verdad?

Jacobo quiso responder, pero ella le impuso silencio.

--No. No digas nada. Espera á esta noche... ¡Adiós!

Le condujo hasta la puerta y en la oscuridad del vestíbulo Jacobo sintió el brazo de Lea que le rozaba con suavidad como para guiarle; un seno palpitante se apoyó contra su pecho y, sin que él pudiera defenderse, una boca, que mordía dulcemente, se posó en sus labios. El joven se estremeció y rechazó aquel fantasma del amor desaparecido. Oyó un doloroso suspiro; la puerta se abrió y se cerró tras él. Y la escalera le mostró su espacio vacío...

XII

Cuando Sorege volvió á su hotel después de la terrible velada en que Jacobo se apareció para confundirle, se sumió en una profunda meditación. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos é iba siempre derecho á su objeto. Toda la cuestión para él era saber lo que podía temer ó esperar de Lea y hasta qué punto la cantante daría armas á Jacobo contra él.

No podía dudar que Lea le odiaba; se lo había dicho y repetido mil veces y, aun el día antes su furor por tenerle que sufrir se había roto en violencias y en injurias que le hacían aquella mujer más deseable. Era de esos monstruos á quienes gusta oir los gritos de su víctima y que se deleitan viendo lágrimas. El amor en él tenía un fondo de crueldad. Deseaba á Lea, pero la execraba y sujetándola á sus caprichos, se daba el placer de degradarla.

Que aquella mujer, á la que había tratado como una esclava, tomase contra el un desquite terrible, si la ocasión se presentaba, estaba muy en el orden. Él lo hubiera hecho en su lugar y ni le ocurría la idea de que Lea vacilase en hacerlo. En cuanto Jacobo y ella se confíen sus faltas recíprocas, pensaba, su alianza contra mi será un hecho. Pero ¿qué puede hacer Lea? Su esfera de acción está limitada por el miedo de comprometerse. ¡Perderme! Es tentador para ella, pero lo peor es que se pierde al mismo tiempo. ¿Y qué comparación cabe entre el daño que puede causarme y el que puede hacerse á sí misma? Ninguna. Me puede acusar de doblez, de engaño, pero tiene que confesar al mismo tiempo que ha hecho una muerte. Y sí me acusa ¿á quién podrá convencer? No hay testigos y su testimonio es único. Para Jacobo y para su camarilla de amigos ese testimonio tiene algún valor; ante un juez no tendría ninguno. No tengo, pues, gran cosa que temer por ese lado. Pero el perjuicio moral que esa miserable puede hacerme bastaría para vengarla. Me desacreditaría, me comprometería sin remisión y esto os lo que no sufriré por nada del mundo. ¿Cómo evitarlo?

Reflexionó mucho tiempo mientras fumaba un cigarro, y en las espirales de humo azulado que subían hasta el techo veía pasar vagamente las imágenes de Jacobo y de Lea, tan pronto lánguidas y cansadas, como activas y triunfantes, pero siempre juntas, unidas por el mismo deseo y ligadas por el mismo interés. Se levantó de pronto, disipó con un ademán aquella visión, que se desvaneció con el humo, y se puso á pasear por el cuarto, dejando escapar palabras entrecortadas, fugas de su hirviente pensamiento, escapes de vapor do una caldera.

--¿Qué puedo arriesgar? Un duelo con Jacobo ó con Tragomer... No les temo ni al uno ni al otro. ¿Una acusación por falso testimonio ante los tribunales? ¡Tontería! ¿Á qué les conduciría eso? No pueden nada contra mí... Y yo puedo mucho todavía... Es preciso que hable con esa estúpida Lea y que sepa lo que ha confesado á Jacobo... Y sobre todo que la impida escribir nada... En fin, es indispensable que desaparezca... ¡La aterrorizaré, si es preciso! ¡me teme y me obedecerá. Una vez que se haya marchado, representare mi papel valerosamente... No puedo salir del paso sino con audacia... Pero ante todo es preciso cobrar fuerzas. Se acostó y se durmió hasta el día.

Á la misma hora en que Sorege abría los ojos, después de haber dormido como si tuviera la conciencia tranquila, Jacobo estaba en el yate encerrado en la cámara con Marenval y Tragomer. Empezaba á levantarse la claridad gris y brumosa que alumbra las mañanas de la capital inglesa y se iniciaba el movimiento de los obreros en el muelle. Pero la atención de los tres hombres no se dirigía hacia el espectáculo de aquella actividad incesante y metódica que forma el sello del trabajo inglés. No les interesaba nada de lo que pasaba al rededor de ellos, preocupados con el relato que Jacobo les estaba haciendo de su conversación con Lea.

--Todo lo que nos figurábamos resulta exacto, dijo Tragomer, y tendremos la prueba irrecusable.

--Lea debe entregármela esta noche.

Llegamos á nuestro objeto, dijo Marenval con entusiasmo.

--Tenemos al monstruo acorralado, dijo Tragomer, pero estad seguros de que hará una formidable defensa. Por su audacia de anoche, cuando no estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar de él cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda energía, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolverá y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por honradez, prevenir á Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre que piensa admitir en su familia, tendrá derecho para hacernos cargos. Por otra parte, he prometido á su hija decírselo todo.

--Esto va á dar un golpe mortal á las aficiones nobiliarias de las americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirán, no podemos pagarnos maridos de confianza, más nos vale quedarnos solteras.

--Habrá que avisar también á Vesín. Su concurso nos ha sido muy útil y es justo que sea de los primeros en saber el éxito de nuestros esfuerzos.

--Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino, dijo Jacobo.

--Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo Tragomer.

--Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.

--Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las complicaciones que iba á afrontar... ¡Ah! debo confesarlo; sin el ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después, la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la entrevista con Campistrón... ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre, sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien, después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.

--La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo estará esta noche.

Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.

--Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de la culpable, no estaré tranquilo.

--¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.

--Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!

--¡Por vida de!... Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese malvado. Se burlarían de nosotros.

--No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.