En el fondo del abismo: La justicia infalible

Part 17

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Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y no pudo. Alargó tímidamente la mano y permananeció inmóvil y mudo, con el pecho agitado por una emoción indescriptible. María le ofreció su mano delicada y dijo dulcemente:

--¿Quiere usted que le dé ahora la mano que usted me pedía antes de su viaje?

Tragomer la cogió, la estrechó con efusión y llevándosela á los labios, se inclinó como delante de un ídolo y contestó:

--¡Sí, para siempre!

--Es de usted. Pero recuerde que no se unirá á la suya sino cuando el nombre de la que se la concede esté lavado de toda mancha. Seré su mujer, Cristián, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobación de todo el mundo.

--Esté usted tranquila, María, y usted también, señora; ese momento no se hará esperar.

Todos eran felices y Marenval saltaba de gozo, atribuyéndose toda aquella alegría. El tiempo pasaba rápido y ya declinaba la tarde cuando la madre y la hija se decidieron á dejar á Jacobo. Al bajar del yate se cruzaron con un hombre de cara distinguida y que por su aspecto parecía francés. El desconocido se detuvo para dejarlas pasar, saludó y se entró por el tablón al navío. Sin duda lo esperaban allí, porque Marenval, que se estaba paseando por el puente, le salió al encuentro y dándole un vigoroso apretón de manos, le dijo:

--Por aquí, mi querido magistrado.

--¡Silencio! dijo el visitante sonriendo; nada de nombres ni de cargos, amigo, si á usted le parece.

Y siguiendo á su guía, bajó á la cámara. Era Pedro de Vesín, que sin duda no iba por primera vez al _Magic_, pues conocía perfectamente el camino. En un saloncillo de fumar situado en la popa, cerca del comedor, encontró á Tragomer y á Jacobo, les estrechó la mano y dijo sentándose:

--Acabo de encontrar á su madre de usted y á su hermana. ¡Parecían encantadas, las pobres señoras! Ya era tiempo de que se aclarase su horizonte... Pero los negocios están en buen camino y traigo á ustedes noticias que les satisfarán. El comisario especial encargado de vigilar á Jenny Hawkins ha llegado y se ha puesto en relación con M. Melville, el jefe de la policía inglesa, un hombre de primer orden que va á tomar por su cuenta la dirección de las operaciones. La demanda de proceso contra Jenny no está muy adelantada... Si consideramos á la cantante como americana es sumamente difícil detenerla en Inglaterra por un crimen cometido en Francia y por el cual se ha dado ya sentencia. Si le devolvemos su verdadero nombre de Lea Peralli, se convierte en italiana y esto es otra complicación. Si estuviera en Francia todo sería fácil; un mandamiento de arresto y asunto terminado. Pero en este diablo de Inglaterra estas cosas son mas incómodas... No hay país donde la libertad tenga más garantías... La cosa llega hasta la licencia... Esta es la tierra de promisión para los malvados.

--¿Qué va entonces á hacer ese comisario? preguntó Tragomer.

--Vigilar estrechamente á la cantante y á Sorege y estar pronto á intervenir, si llega el caso. De todos modos nos informará minuciosamente de lo que hagan vuestros adversarios. Yo estoy en vacaciones y no intervengo en este asunto más que como particular; un amigo vuestro y nada más. He dejado en París mi título y mis funciones. El ministro de la Justicia, á quien fui á visitar con el fiscal del Tribunal supremo, se interesa prodigiosamente en este asunto. Es un ardiente liberal á quien gustaría que en su tiempo ocurriese la reparación de una gran injusticia. Nos han fastidiado mucho, desde hace algún tiempo, con las revisiones aventuradas y estamos encantados de intentar una ventajosa. Así verá el mundo entero que nos anima el puro amor de la verdad y de la justicia. Esto es lo que ha dicho el jefe, é inmediatamente se ha puesto de acuerdo con la policía para que todo se haga rápida y silenciosamente.

--¿Y qué ha dicho el ministro de nuestra expedición á Numea? preguntó Marenval frotándose las manos.

--Eso, querido amigo, es lo que se llama un caso reservado y no se ha hablado de él. El informe sobre la evasión ha llegado á París, pero es imposible deducir cargo alguno contra ustedes. Las precauciones tomadas por Tragomer para disfrazar su identidad han engañado á la administración. Según el gobernador fué un barco inglés el que dió el golpe y se fué después á la Australia á todo vapor. Si ustedes no se jactan de su hazaña, están á cubierto de toda responsabilidad. Una vez que tengamos en nuestras manos las pruebas de la inocencia del señor de Freneuse, bastará que se constituya preso para que las cosas sigan su curso regular. Pero ahí está el punto capital; esas pruebas es preciso que sean materiales y todo depende de que podamos producirlas. Si no pueden ustedes obtener la confesión del verdadero culpable, la situación del señor Freneuse será muy grave y tendrá que tomar el camino de la América del Sur para vivir libre de persecuciones. La verdad es que nunca he visto asunto tan difícil ni tan peligroso. Todo es en él irregular y las leyes resultan lamentablemente pisoteadas. Confieso, sin embargo, que era imposible salir de otro modo.

--¿Desde que está usted en Londres, ha visto á Sorege? preguntó Tragomer.

--Comí ayer con él en casa de Harvey. Se habló de usted y con magnífica impudencia, le estuvo elogiando.

--Paciencia; no me elogiará siempre. Esta es una cuenta pendiente entre los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo que pienso de su carácter y de sus perfidias. Si no resulta tan comprometido en compañía de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle arreglárselas con el comisario.

Pedro de Vesín movió la cabeza.

--¡Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan fácilmente. Está metido en una partida de tal índole, que se defenderá con furor. Piense usted que se trata para él de ser ó de no ser, como dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si fracasa... ¡Ah! amigos míos, entonces será peligroso. El tigre acorralado, seguro de su pérdida, querrá hacer algunas víctimas... ¡Cuidado con él en ese momento!

--Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan terrible... Usted no hace justicia á Sorege; es infinitamente más terrible.

Jacobo había asistido á todo este diálogo sin pronunciar ni una palabra y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oía. Pareció, sin embargo, escuchar con interés las últimas palabras de Cristián, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su amigo:

--Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No pertenece á nadie más que á mi y no pienso abandonarlo ni aun á la justicia. Tendré la piedad suprema, que él no tuvo conmigo, de sustraerlo á la vergüenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.

Tragomer bajó la cabeza.

--Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.

--En cuanto á Lea Peralli, continuó Jacobo, no esperaréis mucho tiempo sin saber á qué ateneros. Mañana mismo tendremos una solución.

Vesín y Marenval se levantaron.

--¿Viene usted á comer conmigo? dijo el magistrado á su pariente.

--Sí, voy á vestirme y me voy con usted. Dejaremos á estos jóvenes hacerse sus confidencias.

--¿Á dónde van ustedes? preguntó Tragomer.

--Al _Savoy_. Es donde se come mejor.

--Y más caro.

--No comerán ustedes mejor que á bordo.

--Es posible, dijo el fiscal riendo; pero no olvide usted que, moralmente, los jueces no deben comer en la misma mesa que los procesados.

--Hasta mañana, pues.

--Hasta mañana en casa de Julio Harvey.

X

Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en _Grosvenor-Square_. Tenía casa puesta en Londres como en París y todos los años su hija le llevaba dos meses á Inglaterra. Uno ó dos de los hijos de Harvey se decidían con frecuencia á ir á ver á su padre á Londres, pues en Inglaterra se encontraban más en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jóvenes se ahogaban en los estrechos límites de las conveniencias sociales y muy á menudo sentían deseos de quitarse el frac en plena reunión y de meterse la corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les ofrecía un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.

Al salir de una comida ó de una representación se embarcaban en el Támesis ó recorrían cincuenta leguas en ferrocarril para ir á cazar zorros y volvían frescos y contentos cuando habían roto algunos remos ó reventado algún caballo. Su padre les envidiaba, pero él estaba severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que quería.

La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la _gentry_ como la de París por el gran mundo, rivaliza en lujo con las familias más aristocráticas de Inglaterra y tira el dinero por la ventana con más fastuoso abandono todavía que en París. No parece sino que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibición de su extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansión de fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta predilección hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos indulgentes se sonríen ante las travesuras americanas, hasta el día en que comprendan, con su sentido práctico, que tienen interés en fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona será un hecho en ambos mundos, y el águila norte americana y el león inglés harán sus rapiñas de concierto.

Por el momento sus relaciones se limitan á veladas y comidas entre millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La estadística de los matrimonios por los cuales las _misses_ de Chicago, de Nueva-York ó de Filadelfia han entrado en las más ilustres casas inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido más de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los periódicos del nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan las transacciones publicando la lista de las jóvenes disponibles en los Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.

Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita singularmente el cambio de buenas relaciones entre los países productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.

La familia Harvey tenía, pues, un pie en Francia y el otro en Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege había sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer llegó á bordo del _Magic_ y se presentó en casa del ganadero, parecía que el prestigio de Sorege había disminuído. Los dos hermanos más jóvenes, Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa. El _cow-boy_ Felipe declaró sin ambages á su hermana que hubiera debido escoger al noble bretón.

--Ese, decía, es de los nuestros. Monta á caballo como el viejo Pew, que nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo; ha pescado en los grandes lagos... ¿Por qué, con tu dinero, no has encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristián, en lugar de buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y Cª. pagan el dote que tu quieres, debías haber escogido lo mejor.

--Pero, Felipe, había respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no es lo mejor en los salones. Estando yo decidida á vivir en Europa, es acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un torbellino, como tú y los demás hermanos.

--Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, añadió Edward; pero si piensas en tu descendencia, tienes más interés en casarte con un hombre robusto que con un alfeñique. En fin, allá tú.

--Además, dijo la joven, nada prueba que el señor de Tragomer me hubiera querido; y, según él mismo me ha dicho, su corazón no está libre.

--¡_All right_! Entonces, no hay más que hablar.

La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristián, influyó seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes, llegó el _Magic_, fué á visitarle dos veces é invitó á Cristián y Marenval á comer en casa de su padre. Además, casi todas las mañanas encontraba á los dos franceses en _Hyde-Parck_, donde se paseaba á caballo con sus hermanos y al paso, lo que ponía á aquellos dos centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban después con una buena partida de _cricket_, en la que Tragomer manejaba el mazo con un vigor que había contribuído no poco á conquistarle el favor de los hermanos de Maud.

El día anterior al en que las señoras de Freneuse estuvieron en el yate, Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la orilla de la Serpentina encontraron á miss Maud que iba á pie, seguida de un lacayo y de su coche.

--¿Dónde están sus hermanos de usted, miss Maud? preguntó Cristián.

--En el círculo de los Arqueros, donde según parece hay una apuesta de las más interesantes. Paseemos juntos.

--Con mucho gusto.

Se colocaron á uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Después de un momento de silencio, Cristián dijo con voz discreta:

--¿Se acuerda usted, miss Maud, de una conversación que tuvimos hace seis meses, el día en que tuve el honor de ser presentado?

--Sí, perfectamente, y he pensado después en ella con un particular interés. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que usted me contó me impresionó vivamente. Estaba usted tan seguro de la inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qué se podría hacer en su favor.

--Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continuó Cristián sonriendo. Y hasta me maltrató usted un poco porque no intentaba nada en favor de mi amigo. Yo, exclamó usted, si un hermano mío hubiera sido condenado injustamente, no me detendría ante nada para libertarle. El mismo Sorege bromeó agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calmó después y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresión.

Miss Harvey miró fijamente á Cristián.

--¿Por qué vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fué favorable? Conozco á usted ya lo bastante para creer que lo hace por algo. ¿Hay alguna novedad sobre Freneuse? ¿Acaso ha adquirido usted la prueba de su inocencia?

Tragomer siguió andando, con la cabeza inclinada y sin mirar á la joven.

--¿Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. ¿Las mujeres de su país saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les daría una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son incapaces de resistir al deseo de hablar y dejarían cortar la cabeza á su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

--Las mujeres de América, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey. Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarán matar antes que revelarlo. Somos aún medio salvajes y tenemos los defectos y las virtudes de tales.

--Pues bien, entonces tendré confianza en usted y le contaré la mitad de mis proyectos... Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver más reservado, pero, ¡que diablo! yo me arriesgo...

--Arriésguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por advertir á miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa para cierta persona que le toca muy de cerca...

Maud se detuvo bruscamente y palideció.

--¿Se refiere usted al señor de Sorege?

Tragomer movió la cabeza.

--Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestión como debe ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como á la primera palabra se ha turbado, y qué peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su interés.

Las mejillas de la joven americana se tiñeron de rojo. Echó á andar y dijo en tono decidido:

--¿Luego es cierto que Sorege está metido en el asunto en cuestión? Pues no crean ustedes que mi carácter me consiente ilusionarme en lo que le concierne. ¿Qué mujer sería yo si pudiendo saber la verdad respecto del hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido una mala acción, ¿la habría cometido menos porque yo me case con él? Taparme los ojos para no ver sería imitar al avestruz, que esconde la cabeza creyendo evitar el peligro. El señor de Sorege no tiene fortuna, no es un genio, no posee una instrucción excepcional; no tiene más que su nombre. Si ese nombre no está sin mancha, no le quiero por nada del mundo.

El golpe fué seco y duro como un latigazo. No se podía dudar de la buena fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.

--Pues bien, va usted á oir la verdad puesto que quiere saberla. En lugar de irnos á pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y Batavia llegado á la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he bajado á tierra, he visto á Jacobo de Freneuse y el día siguiente, Marenval y yo, después de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado á viva fuerza.

--¿Es posible? exclamó miss Harvey entusiasmada. ¡Marenval y usted! ¡Dos franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! ¡Oh! Si Felipe y Edward lo supieran, perderían la cabeza...

--¡Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpió muy bajo Tragomer.

--¿Entonces, han traído ustedes á ese pobre muchacho?

--Está á bordo de nuestro barco.

--¿En el Támesis?

--Delante de los Docks. Su madre y su hermana van á verle mañana mismo; para ello han llegado ocultamente á Londres, pues su presencia aquí daría mucho que pensar y sólo obrando misteriosamente podemos lograr nuestra empresa.

--¡Las buenas señoras! ¡Qué felices van á ser! ¡Ah! Quisiera presenciar su alegría... Pero, díganme ustedes, porque esta aventura me apasiona, ¿han navegado ustedes millares de leguas por amistad al señor de Freneuse? ¡Ustedes, dos parisienses, han abandonado su París, sus placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus vidas!...

--Marenval la arriesgó en efecto, dijo Cristián, pues por poco recibe una bala de revólver... Y si le hubiera usted visto en aquel momento... ¡Estaba soberbio!

Miss Harvey ofreció la mano con entusiasmo á Marenval y con una vibración en la voz que conmovió á Cipriano hasta el fondo del corazón, añadió:

--No pensé que usted se convertiría en un héroe; pero los franceses son capaces de todo... ¿Y usted, qué hacía en ese momento, señor de Tragomer?

--Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sosteniéndole, animándole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los tiburones... Sí, miss Harvey, el episodio fué vivo... Tuvimos que echar á pique la lancha de la Administración para escapar á sus ataques; pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no queríamos tirar contra franceses. ¡Oh! ¡De buena nos escapamos! Aseguro á usted que por la noche, cuando corríamos á toda velocidad, comimos con buen apetito...

--Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. ¡Qué alegría! ¡Y qué agradecimiento el suyo!

--Estaba como loco, pero recobró después su lucidez. Nos hemos comunicado nuestros descubrimientos y lo que él sabía y ha resultado clara la prueba de su inocencia.

Miss Harvey reflexionó un instante y dijo después con gravedad:

--¡Y esa inocencia era conocida de Sorege, según ustedes!

--No cabe duda.

--¿Podrán ustedes probarlo?

--Resultará claramente de la prueba que vamos á intentar y para la cual necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado mañana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos. Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche á la cantante Jenny Hawkins, de _Covent Garden_. Sorege la conoce y si usted sabe pedirlo, servirá de intermediario para llevar á la artista.

--Así se hará. ¿Y después?

--Nada más. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea usted prudente y no diga ni una palabra á Sorege. Tiene usted amigos en su casa á quienes obsequiar, ha oído en el teatro á Jenny Hawkins y tiene el capricho de hacerla venir... Si él hace objeciones, insista usted, pero no nos descubra.

--Esté usted tranquilo.

--Yo pediré á usted solamente una invitación para un joven inglés amigo mío, que irá por la noche á su casa de usted á tomar una taza de te.

--¿Cómo se llama?

--Para todo el mundo se llamará sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo de Freneuse.

--¡Dios mío! ¿Qué intentan ustedes? preguntó miss Maud con inquietud.

--Ya lo verá usted. Puesto que este asunto le apasiona, va usted á asistir á una de sus peripecias más importantes. Usted me incitó á arriesgarlo todo para salvar á mi amigo; ahora es preciso que me ayude á llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

--Les ayudaré lealmente, señor de Tragomer, y si hay quien tiene algo que ocultar, peor para él. Lo primero es defender á las personas honradas.

--Cuando Jacobo de Freneuse se presente, dijo Cristián, mire usted bien á Jenny Hawkins y á Sorege. Por muy dueños que sean de sí mismos, nos entregarán su secreto por el extravío de sus ojos y la palidez de sus semblantes. Usted conoce _Macbeth_ y sabe cuál es el espanto del asesino coronado cuando ve levantarse en medio del festín la sombra de su víctima. Examine usted á su prometido y á la cantante y verá reproducirse la tragedia. Pero tenemos que habérnoslas con personas temibles. En una situación parecida la Hawkins se dominó admirablemente y acaso ahora intente burlarnos. Con ningún pretexto le permita usted comunicar con Sorege ni salir del salón. Desde el momento en que Jacobo de Freneuse esté en presencia de sus adversarios, sólo él debe combatirlos, sin ayuda, á su placer. Usted no hará más que impedir que se le escapen...

--Doy á usted mi palabra de que así será.

--Ahora, separémonos y hasta mañana.

Miss Harvey subió en el coche y los dos franceses continuaron su paseo como si no tuvieran motivo alguno de preocupación, admirando los lujosos trenes que empezaban ya á circular por las verdes praderas del parque.

El hotel Harvey es un hermoso edificio estilo Luis XVI, edificado por el duque de Sommerset y que el americano pagó á buen precio. El decorado interior es lujoso y miss Maud ha tenido el buen gusto de conservar el aspecto antiguo de los salones, de entrepaños contorneados con bonitas aguadas á dos colores. El admirable comedor, adornado con una gran chimenea de piedra, en cuyo retablo se ostenta un fresco de Gainsborough, puede contener cuarenta convidados. Aquella noche, las señoras acababan de levantarse y una quincena de caballeros, entre los cuales estaban Cristián y Marenval, estaban haciendo los honores, según la costumbre, á unas cuantas botellas de exquisitos licores.

Los hijos de la casa se indemnizaban del malestar que les producía el frac absorbiendo algunos vasos _wysky_. Nuestros dos franceses no habían apenas probado los vinos desde el principio de la comida. Julio Harvey, que era muy sobrio á causa de la gota, resultaba un triste anfitrión. Sorege tenía entablada una conversación, que parecía interesarle mucho, con Geo Seligman, el gran introductor de acciones de minas de oro en el mercado europeo. Eran las diez y ya la atmósfera empezaba á ponerse cargada cuando Harvey dijo á sus convidados:

--Si tienen ustedes gana de fumar, vámonos de aquí, porque de seguro mi hija va á venir pronto á rogarnos que pasemos al salón.

--Tragomer y yo vamos á reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo permite, dijo Marenval.