# En el fondo del abismo: La justicia infalible

## Part 16

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--¿Qué es eso? dijo con voz áspera. ¿Tenemos dudas? ¡Dios me perdone! ¿Acaso remordimientos? ¿Está usted loca? ¿Olvida usted en qué condiciones intervine para sacarla del atolladero cuando la enloquecía el terror? ¿Es que va usted á ser ingrata, querida? Eso sería una debilidad y una gran imprudencia. No podemos evitar ciertos inconvenientes--porque se trata de inconvenientes, no de peligros--más que permaneciendo fuertemente unidos. Yo no la abandonaré, siempre que usted misma no se haga traición. ¡Qué diablo! Yo creí que tenía usted más estómago. ¿Es usted capaz de perder pie, como una francesa, en vez de tenerse firme, como verdadera italiana? Las de aquel país saben odiar y vengarse; tienen sangre en las venas. ¿Tan pronto ha olvidado usted lo que hicieron Jacobo y la otra?

--¡No! no lo he olvidado. Si la memoria de mis sufrimientos no me hubiera sostenido, no hubiera podido vivir... Y, sin embargo, he pasado noches terribles teniendo ante los ojos el espantoso cuadro de aquella mujer muerta...

Jenny dijo estas palabras en voz baja y, sin embargo, Sorege dirigió al rededor una rápida mirada como para asegurarse de que nadie había podido oir.

Con paso de gato fué á la puerta, la abrió silenciosamente, miró á la pieza contigua para ver si estaba vacía y volvió con el mismo paso felino hacia la joven.

--Se trata de no decir ni hacer tonterías, dijo con dulzura. Vamos á ver, Lea, no tienes para qué atormentarte. Yo estoy aquí para defenderte si hace falta. Si Tragomer te molesta yo me encargo de hacerle entrar en razón. Ven aquí, no pienses más que en tus triunfos y ponme buena cara, ¡qué diablo! No nos vemos tan á menudo y bien sabes cuánto te amo...

Sorege cogió la mano de Jenny y besó sensualmente su puño delicado y su fresco brazo. La joven le rechazó con dureza.

--¡Oh! Nada de hipocresías... ¿Olvida usted que va á casarse dentro de unas semanas?

Sorege se echó á reir.

--¿Y qué prueba eso? ¿Vas á pretender que no te amo porque me caso con esa mina de dollars que se llama miss Harvey? No hago sino un negocio, hija mía; no puedes ignorarlo. Cuando me haya casado y sea muy rico, olvidarás fácilmente el matrimonio para participar de la riqueza.

Jenny Hawkins permaneció un momento silenciosa y después dijo en tono grave y resuelto:

--Escuche usted, Sorege. Ha llegado el momento de que nos expliquemos francamente. Nos conocemos demasiado para tratar de engañarnos sin ninguna utilidad. Usted me ha amado, es cierto, pero ¡qué amor tan triste y tan vergonzoso! Yo he sucumbido á su voluntad y me he entregado porque me tenía usted en un peligro de muerte. Ha sido usted feroz conmigo. ¿Recuerda usted la primera noche que pasé en Boulogne cuando huía á Inglaterra con el nombre de Juana Baud? Usted me amenazó, me aterrorizó, y si alguna vez un hombre abusó de una mujer, ese hombre fué usted, aquella noche... Me forzó usted gritándome: "Ó mía ó en la cárcel". Si no hubiera cedido, hubiera usted sido capaz de ir á denunciarme antes de que pudiera tomar el vapor. ¿No es verdad? Me entregué rechinando los dientes de furor, con la cara inundada de lágrimas de angustia y sublevada de asco y de odio, mientras que usted, monstruo, parecía encantado por mis estremecimientos de espanto y de cólera... Cuanto más le rechazaba, más enloquecido estaba usted por la pasión. No parecía sino que era mi resistencia lo que usted apetecía y que gozaba más de su victoria que de su amor.

Sorege respondió impasible, con los ojos medio cerrados y sonriendo fríamente:

--Hay algo de verdad en lo que dices, pero exageras. Yo no soy un amante vulgar, pero no soy un sádico ¡qué diablo! No me es indispensable oir salir gritos de dolor de una bonita boca para gozar besándola. Me permito solamente hacerte observar, querida Lea, que tu razonamiento carece de sutilidad, pues me manifiestas tu intención de rehusarme toda bondad al mismo tiempo que me demuestras que has comprendido la energía diabólica de que soy capaz. Vamos, chiquita mía, coordina tus ideas. Si yo soy un mozo tan terrible como acabas de decir, haces mal en provocarme, pues debes estar segura de antemano de que te obligaré ó te aniquilaré...

Ambos se miraron esta vez descaradamente como dos adversarios que miden sus fuerzas. Pero Lea bajó los ojos la primera y, bien por cálculo, bien por verdadera sumisión, respondió:

--No me amenace usted. Esto es, bien lo sabe, lo que soporto menos fácilmente. Lo que me ha animado contra usted ha sido su brutalidad primera. No desconozco los servicios que usted me ha prestado, pero ¿para qué recordármelos tan duramente? Si se propusiera incitarme á la resistencia no obraría de otro modo, á no ser que su ferocidad le haga acariciar como los tigres, con las uñas...

Lea sonreía, pero la risa temblaba en sus labios, y si Sorege hubiera levantado los párpados no le hubiera gustado la sonrisa de aquella mujer. Pero acaso la veía, pues tenía el tal extrañas facultades.

--Muy bien, amiga mía, dijo; veo que te vas calmando y haces bien. He venido ahora para hablarte de los encuentros á que estás expuesta. Esta noche vendré sin objeto aparente. Esta _Tavistock-Street_ es un sitio muy bien escogido porque es céntrico y aislado. Reconozco en esto tu tacto habitual...

Se levantó y tomó el sombrero como un visitante próximo á marcharse. Pero en él el último momento era siempre el más importante y la última frase la de más valor.

--¡Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita... Master Julio Harvey da una comida pasado mañana y quiere conseguir que cantes en su casa.

Jenny Hawkins palideció y dijo con voz temblorosa:

--¿Quién encontraré allí? ¿Qué nueva emboscada me prepara usted? ¿Qué atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondió tranquilamente:

--La última prueba. Después serás dueña de tu destino y no tendrás nada que temer. Hasta podrás prescindir de mi si eso te agrada. Así habrás probado á Tragomer y á Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca serás para ellos sino Jenny Hawkins. ¿No vale la pena de arriesgar el golpe? Sé firme y yo te probaré que soy el hombre que te he dejado suponer. ¿Vendrás? Tengo que dar una respuesta á mi suegro y sobre todo á mi futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo á la francesa, pretende que eres asombrosa... Asómbrala más de lo que espera, querida amiga, y harás acto de justicia.

Sorege reía y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le inspiró confianza.

--Está bien, dijo. Iré.

--Perfectamente. Voy de paso á encargar el brazalete que master Harvey te va á ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo á sí la cantante, le dió un beso fraternal en la frente y salió silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareció, Lea se dejó caer desesperada en una butaca.

--¡Qué suplicio! He pagado bien cara mi salvación al precio de esta esclavitud...

Apoyó la cara en la mano y se puso á reflexionar dolorosamente. Cuando la doncella fué á anunciar que el almuerzo estaba dispuesto, la encontró en el mismo sitio, con la mirada fija y la boca contraída, repasando en la memoria sus tristes recuerdos.

Á la misma hora dos señoras enlutadas y envueltas en largos velos bajaron de un coche y, no sin inquietud, echaron en derredor una mirada. Una actividad ruidosa reinaba en el muelle del Támesis, lleno de trabajadores ocupados en descargar los _steamers_ alineados á lo largo del puerto. El río arrastraba sus olas amarillentas entre las carenas negras de los navíos y por el puente de Londres rodaban en incesante desfile los coches y los ómnibus. En lo alto de la ribera se levantaba la Torre alta y misteriosa y la entrada de los _docks_ De Santa Catalina mostraba su amontonamiento de mercancías.

Amarrado cerca del muelle un yate, enano rodeado de gigantes, elevaba su pabellón tricolor entre las banderas azules de Inglaterra. La de más edad de las dos damas mostró á la otra el yate:

--Ahí está _Magic_, dijo; descendamos al muelle.

Por una escalera de piedra bajaron hasta la orilla y pasando entre los obreros, los corredores, los marineros y los mendigos, se dirigieron hacia el tablón que unía el yate con el muelle. Al aproximarse, un joven alto y moreno apareció en la borda y salió á su encuentro.

--Aquí está el señor de Tragomer dijo la más joven levantándose el velo como con prisa de ver mejor.

María de Freneuse apareció entonces y sosteniendo á su madre, que temblaba de emoción, le ayudó á subir los escalones que conducían al puente.

--Bien venidas, señoras, dijo Cristián descubriéndose. Se espera aquí con febril impaciencia su llegada...

María levantó los ojos hacia Cristián, como para asegurarse de que esas palabras no significaban más de lo que decían, y vió la hermosa cara del joven ennegrecida por el viento del mar y por el sol de los trópicos y con una expresión radiante de triunfo.

--¿Está ahí? preguntó la joven.

--En el salón.

María le ofreció la mano al llegar á la escalera, no se sabe si para que se la besara ó para apoyarse al bajar, pero ello fué que Cristián sintió por primera vez la alegría de que se le entregase aquella mano que durante dos años le había rechazado tan duramente.

--Venga usted, madre mía, dijo la joven precediendo á la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abrió una puerta, se oyó un grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocían cuando era dichoso, bello, joven y sonriente, apareció Jacobo tendiéndolas los brazos. La señora de Freneuse, pálida como una muerta, permaneció un instante inmóvil, devorando con los ojos á aquel hijo á quien creyó no volver á ver; estalló después en sollozos y ocultó el rostro con las manos como si temiera que se disipase aquella visión deliciosa. Se sintió transportada más bien que conducida á un sillón y cuando abrió los ojos encontró á su hijo de rodillas que la miraba llorando.

--¡Oh! querido hijo ¿eres tú? balbució la pobre mujer. ¿Es posible que seas tú? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

--Sí, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no sólo han salvado mi vida, sino el honor de nuestro nombre.

--¿Cómo pagarles jamás?

--¡Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige á corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero tranquilícese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cómodamente, al menos en lo que se refiere á uno de mis salvadores...

María se ruborizó á estas palabras de su hermano, pero no apartó los ojos de Tragomer y dibujó en sus labios una sonrisa. Volvió en seguida á Jacobo á quién no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval, apoyado en la pared de la cámara presenciaba esta escena conmovedora sin tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando hacía dos meses el momento de poner á Jacobo en los brazos de su madre y se prometía goces deliciosos. Con frecuencia decía á Tragomer: "¡Será una escena extraordinaria!" Después tuvo que confesar que él, Marenval, un perro viejo de la vida parisiense, gastado y escéptico, se había emocionado más de lo que esperaba y había llorado como un majadero. Se inclinó al oído de Marenval y le dijo:

--Dejémoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egoísta alegría, advirtiesen siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la ternura de que habían estado privadas dos años.

--¿Estás seguro, querido hijo, de que no corres aquí ningún peligro?

--No, á condición de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi presencia podrían denunciarme. Pero esta situación no se prolongará. Dentro de unos días no tendremos que tomar precauciones para vernos.

--¡Qué delgado estás y qué pálido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses... Ahora tengo pelo y bigote al menos... Si me hubierais visto cuando me escapé, os hubiera dado lástima...

--¡Tanto habrás sufrido!

--Sí, madre mía, pero he sufrido útilmente. Encerrado en aquella tumba con la certidumbre de no salir jamás de ella, he reflexionado, he examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. Así he llegado á pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las faltas que había cometido. Un último favor del destino colocó á mi lado un sacerdote excelente, el capellán del presidio, que se interesó por mi desgracia al verme tan diferente de mis compañeros de expiación. Se dedicó á conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirtió en dulce y resignado. Despertó en mi alma las creencias de la infancia y me mostró el cielo como supremo recurso y la oración como único consuelo. Si durante aquellos largos días, dedicados á un trabajo grosero y repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espíritu, me hubiera vuelto loco ó me hubiera matado. Había tomado esa resolución al llegar, después de pasar sesenta y cinco días encerrado en una jaula con la escoria del género humano, sin oir más que palabras infames, cantos obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un cañón cargado de metralla. La existencia me pareció imposible de soportar y me propuse escapar de ella dándome muerte.

--¡Desgraciado niño! gimió la señora de Freneuse poniendo sus temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo... ¡Un suicidio!...

--¡Oh! no, madre mía; hubiera sido inútil. Desde el primer día mis compañeros me tomaron odio. Me llamaban aristócrata y niño mimado. Hay una jerarquía hasta entre esa gente abyecta, y los más infames son los más respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espía y un día en que el vigilante se ausentó por unos instantes del campo en que trabajábamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre mí. Su plan era muy sencillo. Estábamos arrastrando por el camino un enorme rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella pesada masa y pasarla por encima de mí. De este modo se trataba de un simple accidente; me había faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser detenido repentinamente, me había aplastado...

--¡Qué monstruos!

--Sí, madre mía. Así lo pensaba yo al verme cogido y sujeto en tierra y al oírles animarse con risas espantosas á tirar del rodillo para triturarme... No tenía más que dejarlos hacer y, según mis deseos, estaba libre de la vida... Pero no sé qué instinto de conservación me sublevó contra el acto feroz de aquellos hombres y en un instante, en lugar de sufrir mi último suplicio, me defendí energéticamente. Estaba yo todavía vigoroso, á pesar de las privaciones sufridas, y de un empujón derribé por tierra á dos de mis verdugos. Los demás, asombrados por mi resistencia, se echaron de nuevo sobre mí, pero de un golpe con mi cadena eché al suelo otro... Á sus gritos y al ruido de la lucha acudió el vigilante, que se dió cuenta de una ojeada de lo que había sucedido y empuñó el revólver... Todo entró en orden, pero al día siguiente el director me sacó del medio espantoso en que vivía y me colocó en las oficinas del presidio... Allí tuve, si no más libertad, el derecho al menos de sufrir solo, de llorar sin excitar la risa y de rezar sin ser insultado. Entonces fué cuando mis ideas cambiaron poco á poco y en el silencio de mi vida claustral me convertí en otro hombre. Todo lo que más había amado en el mundo, el placer, el lujo, las vanidades humanas, me parecieron miserias y vi claramente la perniciosa inutilidad de la existencia que había realizado. Pensé que en la vida había algo más que hacer que buscar el goce y que había otros hombres que en los talleres, en las canteras, en las minas, pasaban sus días en un trabajo penoso para ganar lo necesario y, sin embargo, no habían merecido ser tan desgraciados. Con un poco de aquel dinero que yo derrochaba en otro tiempo hubiera sido fácil aligerar un tanto el peso de su miseria y hacerlos felices. Resolví entonces, si alguna vez salía de mi prisión, consagrarme á los desgraciados en recuerdo de lo que yo había sufrido. Confié mis pensamientos á un sacerdote admirable, que se había encerrado voluntariamente entre criminales para moralizarlos y salvarlos, y aquel hombre me animó, me tomó afición y se convenció de mi inocencia. Aquel fué, querida madre, un gran alivio para mí. Cuando oí por primera vez de una boca humana estas palabras: "Creo que no es usted culpable," me pareció que Dios me perdonaba por medio de su representante en la tierra y quedé penetrado de reconocimiento. Entonces hice á ese Dios de dulzura y de confianza el voto de darme á él.

--¡Qué! Jacobo, ¿quieres?...

--Hacerme sacerdote, sí, madre mía. Al mismo tiempo que un acto de arrepentimiento lo será de cordura. No nos engañemos; aun cuando haga triunfar la verdad y pruebe mi inocencia, siempre estaré marcado por una nota infamante. Una mancha como la que yo he recibido no se lava jamás por completo. Las caras de mis amigos permanecerán frías y las manos se me tenderán con vacilación. Á cada momento tendré que observar que si se me acoge es por tolerancia y que las simpatías que se me demuestren son forzadas. Será, pues, más digno retirarme de una sociedad que no estaría abierta para mí más que por caridad. Si mis convicciones no me impusieran el retirarme del mundo, me lo aconsejaría mi orgullo. Permaneceré cerca de vosotras para haceros olvidar la penas que os he causado y emplearé mi vida entera en pagaros mi deuda de ternura. Y quién sabe si comparando lo que seré con lo que he sido, llegaréis á pensar que la providencia aparentó perderme para salvarme mejor.

--¡Oh! no, hijo mío; por muy dulces que sean para mí tus promesas, jamás recordaré sin estremecerme la horrible pesadilla de estos últimos años. Mira mi semblante ajado, mi pelo blanco y mis manos temblorosas. He envejecido veinte años en veinticuatro meses hasta parecer una septuagenaria. ¿Había yo, acaso, cometido grandes pecados para recibir tan duro castigo? Porque la expiación que tú aceptas se ha hecho extensiva á tu madre y á tu hermana, y esto no es justo.

La cara de Jacobo se contrajo y su mirada se puso triste.

--Sí; por eso he de ser severo para los que me han perseguido con su odio. Me extraviaba, madre mía, cuando hablé de misericordia, de dulzura y de caridad. Todavía no ha llegado para mí la hora de la indulgencia; tengo antes que condenar y que castigar...

--¿Estás seguro de lograrlo?

--Los culpables no pueden escapar; los tengo en mis manos. Me basta presentarme para confundirlos. Su única seguridad consiste en el convencimiento de que no volveré más. Pero si conozco sus crímenes, no sé las razones que tuvieron para cometerlos. Mi justificación está sobre todo en eso. Necesito probar, no sólo que he sido condenado injustamente, sino quién fué el culpable y por qué lo fué. Á ese fin consagraré mis últimas energías de hombre; después no quiero ser sino indulgencia y mansedumbre.

--De modo, dijo la señora de Freneuse, que esa desgraciada mujer por quien hiciste tantas locuras y á la que pretendían que habías matado, está viva...

--Vive y está en Londres. Anoche cantó en _Covent-Garden_ y asistí á la representación con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada como un actor para que nadie me reconociese, pasé la velada en presencia de Lea Peralli. Tragomer no se había equivocado; es ella... Pero se conoce en su cara la huella de los remordimientos. Á despecho de su belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No sé qué vértigo la arrebató en el momento de cometer la acción atroz de que yo he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso esté dispuesta á repararla. Dentro de poco sabré á qué atenerme, pues es preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que dependerá el éxito de nuestra empresa.

--¿No podría haber otra influencia que la tuya para convencer á esa mujer? dijo María. ¿No será accesible á la piedad? Si yo fuese á verla para suplicarla...

--No; es imposible. Sería ponerles en guardia sin obtener ningún resultado. Comprendo, querida María, que tienes miedo por mí y que quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea será capaz de armar escándalo, de llamar y de hacerme prender... No temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir á medios tan vulgares. La discusión entre los dos tendrá un carácter muy distinto. No temo ninguna traición ni ningún golpe de fuerza. Menos seguro estaría si tuviera que habérmelas con mi excelente amigo Sorege...

--¡Ah! miserable...

--Sí, muy miserable... Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro desprecio. ¡Pero paciencia! Esperemos á saber exactamente qué papel ha desempeñado en el drama y yo respondo de que será castigado por todo lo que nos ha hecho sufrir.

La fisonomía de Jacobo se puso sonriente y el joven se sentó entre su madre y su hermana.

--Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores. Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazón. Decidme lo que hacéis y cómo estáis instaladas en Londres. No quiero que viváis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los velos sombríos. María es una muchacha y parece una abuela. ¿Acaso su corazón permanecerá siempre sumido en la tristeza y no se abrirá á más dulces sensibilidades?

María se ruborizó y volvió los ojos.

--Tragomer me ha confiado sus intenciones. Sé cuál fué su proceder, pero también conozco cuánta fué tu severidad. Cristián ha reparado un momento de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre vosotras, á el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabréis, pues yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha tenido que hacer para llegar á libertarme. Os diré lo poco que sé y esto bastará para llenaros de admiración y de reconocimiento hacia mis dos salvadores: Marenval y Cristián. Marenval creo que encontrará la recompensa en su misma satisfacción. Se ha conducido como un héroe y este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero ¿y Cristián? ¿Cómo pagarle si María no se encarga de esta deuda?

La señorita de Freneuse miró á su hermano y dijo con admirable sonrisa:

--Yo sabía que podría recompensarle de todo lo que iba á arriesgar por nosotros y él también estaba seguro de que tendría en cuenta su fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la amistad en igual proporción que el amor... Pero podéis estar tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento...

--¿Puedo llamarle? Sería justo decirle algunas palabras de esperanza...

María asintió con un movimiento de cabeza, Jacobo tocó un timbre eléctrico, al que no acudió el camarero, sino los patrones del yate, Marenval y Tragomer. María, de pie en el salón, un poco pálida bajo la cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, veía llegar á Cristián. ¿Le había amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de su corazón. En aquel momento miraba fijamente á Tragomer, que con su busto de gigante y sus brazos de Hércules, temblaba de emoción.

--Quería, precisamente, hablar con usted, señor de Tragomer, dijo María con acento firme. Hace seis meses, cuando usted partió, me tendió la mano y yo le di la mía. Por parte de usted, aquello fué pedirme que olvidase sus agravios, y por la mía consentir. Acaso no era eso todo lo que usted deseaba, pero yo no podía conceder más. Después ha adquirido usted grandes derechos á nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesión que usted le ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta á darle la prueba que me pida.

